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Publicado por el 7 dic, 2011 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Las torres de los perdigones. Técnicas de microgravedad en el siglo XVIII

Autores: Equipo de divulgación científica de Eureka!

Torre de los perdigones de Sevilla. Foto de Flickr/Pablonete. Licencia: Attribution-NonCommercial-NoDerivs 2.0 Generic (CC BY-NC-ND 2.0)

Torre de los perdigones de Sevilla. Foto de Flickr/Pablonete. Licencia: Attribution-NonCommercial-NoDerivs 2.0 Generic (CC BY-NC-ND 2.0)

A finales del siglo XVIII se desarrolló una nueva tecnología para fabricar los perdigones de las municiones que permitía hacerlos más baratos y más esféricos. Se construyen altas «torres de perdigones» para lanzar gotitas de plomo desde gran altura –la torre de Sevilla tiene 58 m– para que mientras están en caída libre adopten la forma esférica.

Estábamos en Sevilla cuando nos llamó la atención un restaurante que se llama «La torre de los perdigones» que está en una torre de 58 m de altura. Al preguntar nos enteramos de que el nombre del restaurante se limita a repetir el de la torre. El nombre es curioso y nos ofrece una duda, ¿a qué perdigones se refiere?, pues la palabra perdigón tiene varios significados. Por un lado se refiere al pollo de la perdiz y por otro a los granos de plomo que se usan en las municiones de caza. Bastó una pregunta para que nos dijeran que la torre era una antigua fábrica de perdigones de plomo. Nada de perdices.

Una sencilla búsqueda en Internet nos permite saber que también hay «Torres de los perdigones» en Melbourne –Australia–, en Bristol y Chester –Reino Unido–, en Dubuque –Iowa, USA–, etc.

La historia de estas torres es sumamente interesante. Hasta finales del siglo XVIII los perdigones de las municiones de caza se hacían con moldes o arrojando gotas de plomo derretido en barriles de agua. La primera técnica, la de derretir plomo y echarlo en moldes con la forma del perdigón era muy lenta y por lo tanto muy costosa. La de arrojar gotas de plomo a un barril de agua no producía perdigones suficientemente esféricos. A William Watts, de Bristol, se le ocurrió una forma nueva de hacer perdigones, baratos y perfectamente redondos. La idea es genial por lo sencilla.

Se hace una torre alta, ya hemos dicho que la de Sevilla tenía 58 m. En la parte alta de la misma se pone un horno para fundir el plomo. Una vez fundido se echa en una especie de colador metálico, en cuyo fondo hay agujeritos. El plomo pasa por los agujeros y cuando tiene un tamaño predeterminado cae. Entonces viene la idea genial. En caída libre los cuerpos no pesan. Y sin peso se agrupan formando una esfera. Aunque al salir del «colador» las gotas tuvieran una forma alargada, al caer durante muchos metros adquiere una forma esférica perfecta. Abajo, hay una «piscina» con agua fría que hace que los perdigones se solidifiquen inmediatamente con su forma perfecta.

Tal vez a usted le haya sorprendido que en caída libre los objetos no pesen, pero es así. Y de hecho la ha visto infinidad de veces en los documentales de los viajes espaciales. Normalmente una nave espacial –como es la Estación Espacial Internacional– al dar vueltas en torno a la Tierra, está en caída libre. Por eso los astronautas no pesan y pueden flotar. Algunas personas erróneamente piensan que si los astronautas flotan es porque están lejos de la gravedad terrestre. Nada más lejos de la realidad. La EEI está a 360 km de altura. A esa distancia la gravedad de la Tierra es un poco menor, pero muy poco menor. La estación está sometida a la gravedad, pero al estar en caída libre tanto ella como todos los objetos que lleva dentro, no tienen peso y por eso flotan. Los experimentos que se llevan a cabo dentro de sus laboratorios se hacen sin peso, aunque muchas veces, no demasiado correctamente, se dice que lo hacen en gravedad cero o microgravedad.

Los perdigones que se fabricaban no eran todos del mismo tamaño, pues éste dependía  del grosor de los agujeritos del «colador». Agujero grande, perdigón grande; agujero pequeño, perdigón pequeño.

Es sumamente interesante pensar que a finales del siglo XVIII una persona usase la

idea de la caída libre para producir esferas. Todavía es más sorprendente que su torre estuvo produciendo perdigones hasta 1968, cuando la fábrica fue desmantelada. Hoy en día la fabricación de perdigones se hace por una nueva técnica llamada de Bliemeister, pero esa es otra historia.

La ciudad de Batman
Foto de la torre de los perdigones de Melbourne debajo de la cúpula del complejo comercial «Melbourne Central». Foto de alittlebitdramatic en Flickr con licencia: Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-NC-SA 2.0)

Foto de la torre de los perdigones de Melbourne debajo de la cúpula del complejo comercial «Melbourne Central». Foto de alittlebitdramatic en Flickr con licencia: Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-NC-SA 2.0)

Melbourne es la capital del Estado de Victoria en Australia. Uno de los edificios que normalmente forma parte de las rutas turísticas de esta ciudad es su «Torre de los Perdigones» pues está dentro del famoso centro comercial «Melbourne Central»  y está muy bien conservada.

John Batman nació en Sidney en 1801 y fue el explorador que descubrió –en 1835– la zona en la que hoy está asentada Melbourne. De hecho solicitó que aquellas tierras le fueran concedidas, pero las autoridades se lo negaron; aunque en su diario podemos leer que «aquellas tierras eran muy buenas para establecer una ciudad» y a toda aquella zona la llamaba «Batmania».

Batman y otros crearon la «Asociación de Port Phillips» y negociaron la adquisición de 2 400 km2 a los nativos. Con posterioridad, el tratado de Batman con los aborígenes fue anulado por el gobierno de Nueva Gales del Sur.

El nombre de Melbourne se le dio en 1837, en honor al primer ministro inglés William Lamb que era el segundo vizconde de Melbourne –una localidad del condado de Derbyshire (Reino Unido)–. Pero estuvo a punto de ser la ciudad de Batman.


La bola de agua

Esquema del experimento. Desde poca altura no llegará a formarse una esfera de agua, pero se verá que empieza a formarse. Puede usarse el dibujo mencionando eureka! Licencia CC Attribution 2.0 Generic (CC BY 2.0)

Esquema del experimento. Desde poca altura no llegará a formarse una esfera de agua, pero se verá que empieza a formarse. Puede usarse el dibujo mencionando eureka! Licencia CC Attribution 2.0 Generic (CC BY 2.0)

Hacer experimentos para ver los efectos de la caída libre es muy sencillo; lo difícil es registrarlos de algún modo para verlos bien.

Para hacerlo necesitamos un frasquito de plástico transparente pequeño. En su interior ponemos una cucharada de agua teñida de algún color chillón para que se vea bien; por ejemplo de rojo alimentario.

Subimos el recipiente lo más alto posible, por ejemplo, hasta el techo, y lo dejamos caer sobre unos cojines para que no se rompa. Al caer notaremos que el agua forma algo que se parece a una esfera. Todo ocurre tan rápido que es difícil de ver. Si tienes una cámara de vídeo te aconsejamos que la pongas en el trípode apuntando un poco más arriba de los cojines, para que capte la parte final de la trayectoria.

Se filma y después se ve imagen a imagen. Verás que el agua ha abandonado el fondo y se convertido en algo que quiere ser una esfera, aunque desde el techo al suelo normalmente no le da tiempo a formarse correctamente; por eso, las torres de perdigones tienen varias decenas de metros de altura.

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Publicado por el 5 dic, 2011 en Libros / Reseñas, Tercera Cultura | 15 comentarios

Daniel Kahneman: Pensamiento rápido y lento


Daniel Kahneman

Daniel Kahneman (1934-) es un psicólogo norteamericano-israelí, actualmente profesor emérito en Princeton e incluido hace poco en la lista de 100 pensadores globales más influyentes por la revista Foreign Policy. Aunque Kahneman ha recibido su Nobel en 2002 junto con Amos Tversky por su contribución a la teoría económica, las repercusiones de su trabajo son muy amplias, y prácticamente no hay un área de las ciencias humanas que pueda permitirse ignorarlas.

Su última publicación, Thinking. Fast and slow, orientada a no especialistas, abarca varias décadas de trabajo como psicólogo experimental y es uno de los libros científicos más comentados (y vendidos) de este año.

Dos sistemas, un sólo cerebro

No intentes resolver este acertijo y procura emplear la intuición:

Un bate y una pelota cuestan $1.10
El bate cuesta un dólar más que la pelota.
¿Cuánto cuesta la pelota?

La respuesta de 10¢ se presenta como una intuición rápida, potente y atractiva, pero es incorrecta. Para llegar a la solución correcta, 5¢, muchos tendremos que recurrir al lápiz y al papel, transformando el acertijo en una ecuación matemática. Tendremos que recurrir a la forma más lenta y fatigosa de pensar que permite nuestro cerebro. Algunos psicólogos consideran que este tipo de test es un predictor más válido sobre la inteligencia que los test sobre cociente intelectual corrientes. En este caso, nos sirve para ilustrar que las intuiciones pueden ser erróneas, no importa lo poderosas que parezcan.

Aunque tenemos una sola mente, no tenemos una sola forma de decidir. Daniel Kahneman propone entender la toma humana de decisiones partiéndola en dos “sistemas” principales. El Sistema 1 es un esclavo de las emociones y actúa  “rápida y automáticamente, con pequeño o ningún esfuerzo y sin el sentimiento de un control voluntario.” El Sistema 2, por contra, funciona como un agente racional que “concentra con esfuerzo la atención hacia las actividades mentales que así lo demandan, incluyendo las computaciones complejas. Las operaciones del Sistema 2 están asociadas a menudo con la experiencia subjetiva de la agencia, la elección y la concentracion.”

La mayoría de nuestros juicios diarios son obra del Sistema 1, ocurren de forma automática, intuitiva y emocionalmente, y nos permiten desenvolvernos de forma razonable en nuestra vida práctica. Pero el Sistema 1 también genera todo tipo de intuiciones erróneas con consecuencias triviales o catastróficas. Solamente cuando entra en juego el Sistema 2, postergando las gratificantes sugerencias del sistema emocional, y sólo tras invertir un gran esfuerzo cognitivo, podemos intentar resolver los problemas difíciles o contraintuitivos.

Hacia un nuevo concepto de racionalidad

Kahneman sugiere que examinemos la naturaleza de la racionalidad a través de sus errores más que a través de sus triunfos. Estos errores o sesgos cognitivos tienen la virtud de aparecer de forma inadvertida para nuestra mente consciente. Tienen además un carácter irresistible en los seres humanos psicológicamente sanos y se dan sistemáticamente si concurren las circunstancias adecuadas. Para poner algunos ejemplos (la lista de errores cognitivos sistemáticos es bastante grande), la ilusión de causalidad se da de forma natural cada vez que inferimos erróneamente que dos eventos naturales están intencionalmente relacionados entre sí (el experimento de Heider y Simmel es una temprana ilustración experimental de este principio), un descubrimiento que arroja mucha luz sobre el origen del pensamiento religioso. El efecto Halo ocurre cuando tendemos a atribuir características excesivamente positivas o negativas en una persona basándonos en pistas parciales pero emocionalmente atractivas, lo cual ayuda a explicar por qué el público ama irracionalmente a las estrellas de cine, o por qué hemos convertido a Steve Jobs en una especie de santo laico. La ilusión de validez afecta particularmente a los expertos en entornos difícilmente predecibles, como la política y las finanzas, provocando un exceso de confianza en predicciones infundadas y poniendo serias dudas sobre la eficacia de reputados especialistas y “pundits” mediáticos.

El Sistema 1 está preparado para creer, no para dudar y tiene tanto miedo de la incertidumbre y del azar que a menudo salta rápidamente a conclusiones precipitadas pero capaces de convertirse en buenas historias. Este hecho psicológico ayuda a entender por qué el fanatismo y la seguridad dogmática a menudo se sustentan en la ignorancia, o en evidencias claramente insuficientes, y por qué el escepticismo (una ardua operación del Sistema 2) sigue siendo tan costoso e impopular.

No es sólo la inteligencia, sino la racionalidad, es decir, la capacidad para amonestar a la parte más vaga de nuestro pensamiento, la propiedad que es realmente capaz de desvelar, y en algunos casos domar, los sesgos cognitivos naturales. Desde esta perspectiva, una persona “racional” no es ya aquella que tiene una visión del mundo más consistente, ni mucho menos la que es capaz de contar mejores historias. Tampoco es más racional quien rechaza las emociones en nombre de una inexistente razón desencarnada, sino aquella persona que es capaz de examinar sus propios prejuicios y de asumir que errar es natural. Una difícil empresa que, al fín y al cabo, hubiera firmado el mismo Sócrates: “Una vida sin examinar no merece ser vivida.”

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Clase magistral de Daniel Kahneman en EDGE: The marvels and flaws of intuitive thinking

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Publicado por el 2 dic, 2011 en Tercera Cultura | 3 comentarios

Carnes curadas. Salazones y ahumados para conservar la carne

Autores: Equipo de divulgación científica de Eureka!

Jamones serranos en el techo de un bar

Jamones serranos en el techo de un bar. Autor Henri lapeyre. En Picasa. Licencia CC

Antes de la existencia de los frigoríficos se conservaban las carnes y los pescados sin que se estropeasen haciendo ahumados y salazones. Entre las carnes saladas más prestigiosas está el jamón serrano, cuyos elementos de conservación son la sal, el aire y el tiempo, a veces con la ayuda del humo, del aceite de oliva y de vinagre.

El autor romano Catón el viejo (234 aC-179 aC) en su obra «De Re Rustica», también conocida como «De Agricultura», en el capítulo CLXII nos dice que para preparar jamón debemos proceder  del siguiente modo. Primero compramos las piernas de cerdo y le quitamos los pies. Necesitaremos sal picada romana. Debemos esparcir una capa de sal en el fondo de un tonel o de un recipiente para la salazón. Debemos poner la pierna con la piel hacía la sal. Se pone una segunda capa de sal por encima y se pone otra pierna. Nueva capa de sal, nueva pierna… Así hasta tener todas las piernas. A la última hay que cubrirla totalmente con sal. Deben permanecer así cinco días. Después hay que reorganizar los jamones, los que estaban arriba se ponen abajo y viceversa. Después de un total de doce días se sacan los jamones, se limpia la sal y se cuelgan al aire libre durante dos días. Al tercer día se frota todo el cuerpo con aceite, se cuelgan y se ahúman durante dos días, se desmontan y se frota todo el cuerpo con una mezcla de aceite y vinagre. Después se pasan a la despensa. De ese modo «ni las polillas ni los gusanos los atacarán».

En esta fórmula están todos los ingredientes básicos que se han usado durante milenios para conservar las carnes sin que se pudriesen en épocas en las que no había frigoríficos. Los ingredientes son bien sencillos: sal, aire y tiempo con unos extras: humo, aceite y vinagre.

Si dejamos la carne al aire libre, en muy poco tiempo se pudre, sin embargo con esa fórmula dura bastantes meses, incluso años. El factor fundamental es la sal. Lo que pudre son las bacterias y mohos. Lo que hace la sal es desecarlos: matarlos. El modo de hacerlo es lo que se llama ósmosis. La llamada presión osmótica lo que hace es que el agua trata de ir desde la zona con menos concentración de sales hacia la zona de más concentración. En nuestro caso, si cubrimos la superficie del jamón con sal, la zona con mayor concentración es el exterior, por lo tanto, el agua de las células de la pierna y –ojo, esto es importante– de las bacterias y mohos, se va hacia la sal. Las células –incluyendo los microorganismos de la podredumbre– se resecan y mueren. De ese modo, mediante la presión osmótica, la sal ayuda a conservar los jamones; pero no es el único ingrediente que nos da Catón, también nos dice que frotemos con aceite la superficie, lo que hace que se forme una película que impide que entren las bacterias y los mohos; nos dice que hagamos lo mismo con vinagre, que por ser ácido mata los microorganismos. Por último, nos dice que hay que ahumarlo. Los humos contienen cientos de componentes, incluyendo muchos que son antibacterianos, otros que retrasan la oxidación de las grasas y muchos que dan sabor y olor.

Aunque la de Catón sea una de las primeras obras que nos han llegado sobre la fabricación del jamón nos consta que no es una invención romana sino que fue una tecnología importada de los celtas y de los galos. Y, si nos vamos un poco más lejos, veremos que la momificación en Egipto era esencialmente un sistema de conservar la carne mediante sales –recordemos que los egipcios usaban para las momias una sal que llamaban natrón: carbonato de sodio.

¿Quién nos iba a decir que básicamente el jamón serrano era cerdo momificado?

Salinas de Janubio

Salinas de Janubio. Autor Víctor Aranda. Picasa. CC

Sal

Tenemos la sal tan a mano y es tan barata que apenas reparamos en su importancia. Necesitamos sal para poder sobrevivir, aunque muchas veces basta con la sal que contienen los animales que comemos para tener cubiertas nuestras necesidades. Cuando nuestra dieta se hizo menos carnívora y se basó más en plantas cultivadas, tuvimos necesidad de conseguir sal de algún modo. La conservación de carnes y pescados mediante salazones todavía presionó más la necesidad de sal. Para poder obtener sal hay varios métodos, el más obvio es el de poner agua de mar en estanques poco profundos y dejar que el sol evapore el agua. Lo que queda es la sal. El problema es que para que eso funcione se necesitan dos cosas: estar al lado del mar y que haya sol suficiente para que se produzca la evaporación. Por ejemplo, en los países nórdicos, el sol no es suficiente. Allí desarrollaron la tecnología de quemar las turberas; entre las cenizas había sal. Un tercer método de obtener sal es la minería. Por suerte, hay minas de sal. Hay ciudades que existen gracias a que en ellas había minas de sal, el ejemplo paradigmático es Salzburgo, cuyo nombre literalmente significa ciudad de la sal.

La patata que encoge

La patata que encoge

Vamos a experimentar con la presión osmótica de un modo muy sencillo, con una patata, dos vasos y varias cucharadas de sal.

Cortamos una patata y preparamos varias patatas «chips», es decir, una tira con la base cuadrada y muy larga. Cortamos cuatro de la misma medida.

Llenamos un vaso con agua del grifo. Dentro de ese vaso ponemos dos patatas.

En otro vaso además del agua ponemos dos cucharadas de sal. Metemos en él las otras dos patatas. Esperamos al día siguiente. Ahora sacamos una patata del vaso que tiene solamente agua y otra del que tenía sal, veremos que la segunda –la del vaso con sal–  ahora es más corta. Esperamos otro día. Comparamos las dos patatas y volvemos a ver lo mismo: la que estaba en el agua con sal ha encogido.

La razón es muy sencilla: la sal en el vaso hace que la presión osmótica haga que el agua de la patata salga hacia el vaso. La patata pierde agua y por lo tanto disminuye de tamaño.

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Publicado por el 30 nov, 2011 en General, Tercera Cultura | 10 comentarios

Elaine Pagels: ¿Por qué persiste la religión?

Elaine Pagels: ¿Por qué persiste la religión?

San Miguel en el combate con el dragón

Elaine Pagels es profesora de religión en la universidad de Princeton y autora de varios libros sobre los orígenes del cristianismo. En una de las últimas clases magistrales organizadas en EDGE este año, Pagels trata sobre uno de los fragmentos más raros y controvertidos de la Biblia: el Apocalipsis, mejor conocido como libro de las revelaciones en la cultura protestante.

Lo más desconcertante de este libro es que resulta difícil explicar su existencia e influencia desde las teorías dominantes en la sociología de la religión, de Durkheim a Weber. La naturaleza extravagante del libro, cuya auténtica autoría fue puesta en duda o atribuída a un discípulo de Jesús por los primeros comentaristas cristianos, desafía aparentemente cualquier comprensión de la religión en términos de utilidad social. En las revelaciones no encontramos ideas y ningún elemento que pueda introducirse cuerdamente en un código social sensato, únicamente “fantásticas visiones de monstruos, putas y ángeles batallando contra demonios”.

Pagels se pregunta por qué estas exóticas historias siguen interesando a la gente en general, y no a un reducido grupo de especialistas y arqueólogos de las curiosidades.

Sea o no el profeta Juan de Patmos el verdadero autor de las revelaciones, lo cierto es que no es el único libro profético escrito en la época por judíos, egipcios o cristianos. ¿Por qué concretamente estas presuntas revelaciones lograron superar la censura eclesiástica? Aunque en la ronda de preguntas y respuestas finales Pagels atribuye la persistencia de la religión a la sed de emociones del ser humano, y también al gusto inveterado por los relatos catastróficos del mundo, para entender la persistencia de un libro como el Apocalipsis tal vez sea más adecuado recurrir a explicaciones políticas que tienen que ver directamente con la historia de la Iglesia. Al fín y al cabo los negros designios revelados que aparentemente caerían sobre Roma no se cumplieron de forma literal. El mundo no terminó. Lo que terminó realmente fue la persecución contra los cristianos, dando paso a la entronización del mismo cristianismo como religión del imperio, a través de Constantino:

Me pregunté qué hace que sea diferente la visión de Atanasio sobre la revelación. La respuesta es que podía reinterpretar realmente todas las profecías. En lugar de entender que las profecías de Juan se referían a la victoria de Dios sobre los poderes del mal encarnados en Roma, sugirió que no podíamos interpretarlo literalmente. Que debíamos aplicar la visión de Juan sobre la guerra cósmica a la batalla de su vida, la larga batalla para establecer una iglesia católica apoyada por el imperio romano. Esta se convertiría en la que más tarde será la iglesia del Sacro Imperio Romano.

Desde estas nuevas coordenadas sería quizás necesario volver a escribir el título de este post: ¿Por qué persiste la iglesia católica? Desde luego, esa es otra interesante historia.

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Publicado por el 28 nov, 2011 en Tercera Cultura | 4 comentarios

La neurociencia desafía las viejas ideas sobre el libre albedrío

Gareth Cook, Scientific American, 15-11-11

(Traducción: Verónica Puertollano)

La neurociencia desafía las viejas ideas sobre el libre albedrío¿Tenemos libre albedrío? Es una vieja pregunta que ha atraído la atención de filósofos, teólogos, abogados y politólogos. Ahora está atrayendo la atención de la neurociencia, explica Michael S. Gazzaniga, director del Centro SAGE para el Estudio de la Mente en la Universidad de California en Santa Bárbara, y autor del nuevo libro Who’s In Charge: Free Will and the Science of the Brain. Habló con la directora de Mind Matters, Gareth Cook.

¿Por qué decidió abordar la cuestión del libre albedrío?
Creo que el asunto está en la mente de toda persona pensante. Recuerdo hacerme preguntas al respecto hace unos cincuenta años cuando estudiaba en Dartmouth. En esa época, el asunto estaba verde y en términos muy simples. La física y la química eran los reyes y aunque todos éramos demasiado jóvenes para afeitarnos, veíamos las implicaciones. Para mí, eran aquellos tiempos en que iba a la iglesia cada domingo, ¡y a veces el lunes si tenía algún examen!

Ahora, después de cincuenta años de estudiar el cerebro, de escuchar a los filósofos y, más recientemente, de haberme formado lentamente en leyes, el asunto vuelve a tener prioridad para mí. La cuestión de si somos responsables de nuestras acciones —o robots que responden automáticamente— ha estado presente durante largo tiempo pero hasta hace poco los grandes académicos que hablaban sobre el tema no conocían la ciencia moderna con sus profundos conocimientos e implicaciones.

¿Qué le hace pensar que la neurociencia puede arrojar alguna luz sobre lo que ha sido durante mucho tiempo una pregunta filosófica?
Los filósofos son los mejores para articular la naturaleza de un problema antes de que alguien tenga cualquier conocimiento empírico. Los filósofos modernos de la mente se aferran a la neurociencia y la ciencia cognitiva para ayudar a iluminar viejas cuestiones y en este momento van por delante del resto. Entre otras habilidades ¡tienen tiempo para pensar! El laboratorio científico está consumido por la información experimental, analizando los datos, y con frecuencia no tiene tiempo de situar un hallazgo científico en un paisaje más amplio. Es una tensión constante.
Dicho esto, los filósofos no pueden ser los únicos que se diviertan. Enfrentados a la naturaleza de los mecanismos biológicos mañanas, tardes y noches, los científicos no pueden evitar pensar sobre cuestiones tales como la naturaleza de la «libertad de acción en un universo mecanicista» como dijo un gran neurocientífico hace unos años. Como mínimo, la neurociencia dirige tu atención a la pregunta de cómo sucede la acción.

¿Cree que la neurociencia, como campo, necesita abordar estas cuestiones? Es decir, ¿considera que el libre albedrío es una importante cuestión científica?
Todos necesitamos entender más sobre el libre albedrío, o dicho más acertadamente, la naturaleza de la acción. La neurociencia es una disciplina de suma relevancia para esta cuestión. Sean cuales sean tus creencias sobre el libre albedrío, todos sienten que lo tienen, incluso aquellos que discuten su existencia. Lo que la neurociencia nos ha estado enseñando, en cambio, es que todo funciona de manera distinta a como nos parecía que debía funcionar. Por ejemplo, los experimentos neurocientíficos indican que las decisiones humanas sobre los actos se toman antes de que el individuo sea consciente de ellas. En vez de que este descubrimiento responda la vieja pregunta de si el cerebro decide antes que la mente, nos hace preguntarnos si es incluso la manera de pensar sobre cómo funciona el cerebro. La investigación se ha centrado en muchos aspectos de la toma de decisiones, como en qué lugar del cerebro se forman y ejecutan las decisiones para actuar, cómo un grupo de neuronas que interactúan se convierte en un agente moral, e incluso de qué modo las creencias sobre si tienen libre albedrío afectarán a sus acciones. La lista de cuestiones donde la neurociencia tendrá peso es interminable.
Por favor, explíqueme, ¿qué quiere decir con la idea de una «mente emergente» y la distinción que establece entre ésta y el cerebro?
Leibnitz planteó la cuestión hace casi 300 años con su analogía del molino. Imagine que puede ampliar el molino de modo que todas sus partes aumentan y puede caminar entre ellas. Todo lo que verá son piezas individuales, una rueda aquí, un eje allá. Mirando las partes del molino no puedes deducir su función. El cerebro físico también puede ser desmontado en partes, y sus interacciones examinadas. Ahora entendemos las neuronas y cómo se disparan y un poco sobre los neurotransmisores, etcétera. Pero de algún modo las propiedades mentales son indivisibles y no pueden ser descritas en términos de disparos neuronales. Necesitan ser comprendidas con otro vocabulario. A esto se le llama a veces la mente emergente. Emergencia como concepto en general está ampliamente aceptado en la física, la química, la biología, la sociología, lo que quiera. Los neurocientíficos, sin embargo, tienen problemas con él porque tienen la sospecha de que este concepto cuela un fantasma en la máquina. No lo es en absoluto. Lo que motiva esta idea es conceptualizar la arquitectura real de la interacción estratificada mente/cerebro y así poder estudiarla correctamente. Es de perezosos quedarse fijos en una capa del análisis y descartar las demás.

¿Cómo limita la mente el cerebro?
Nadie dijo que fuera a ser fácil y es aquí donde la cosa se pone difícil. Desarrollando la última idea: tenemos un sistema en capas, y cada capa tiene sus propios protocolos, igual que las leyes de Newton afectan a una capa de la física y la mecánica cuántica a otra. Piense en las capas de hardware/software. El hardware es inútil sin software y el software es inútil sin hardware.

¿Cómo vamos a captar una comprensión de cómo interactúan las dos capas? Por ahora, nadie ha captado realmente esa realidad y nadie ha captado todavía cómo los estados mentales interactúan con las neuronas que los producen. Pero sabemos que las capas superiores mentales y las capas de debajo, que los producen, interactúan. Los pacientes con depresión pueden ser ayudados con psicoterapia (descendente). También pueden ser ayudados con fármacos (ascendente). Cuando estas dos terapias se combinan la terapia es aún mejor. Esto es un ejemplo de la mente limitando el cerebro.

¿Y cómo esta idea de la interacción de la mente y el cerebro le lleva a su postura sobre el libre albedrío?
Para mí, refleja el hecho de que estamos tratando de entender un sistema por capas. Te vuelves consciente de que hay un sistema encima de las capas mente/cerebro que es otra capa más: el mundo social. Interactúa masivamente con nuestros procesos mentales y viceversa. De muchas maneras, nosotros los humanos, en el logro de nuestra resistencia, hemos subido muchas de nuestras necesidades críticas al sistema social que nos rodea así que las cosas que inventamos pueden sobrevivir a nuestras frágiles y vulnerables vidas.

Usted habla de «abandonar» la idea del libre albedrío. ¿Podría explicar qué quiere decir con esto, y cómo ha llegado a esa conclusión?
A mi juicio, esta es el modo en que hay que pensar sobre ello: si fueses un marciano aterrizando hoy en la Tierra, y estuvieras recogiendo información sobre cómo funcionan los humanos, la idea del libre albedrío, tal como se entiende comúnmente en la psicología popular, no surgiría. El marciano observaría que los humanos han aprendido sobre física y química y causalidad en el sentido estándar. Les impresionaría ver la cantidad de información que ha acumulado sobre cómo funcionan las células, y de cómo funciona el cerebro, y concluiría: «Ok, lo están consiguiendo. Igual que las células son maravillosas máquinas complejas, también los son cerebros. Trabajan de maneras sorprendentes a pesar de esa fuerte sensación de que hay un hombrecillo en su cabeza que toma las decisiones. No lo hay.»

El mundo no es plano. Antes de que se conociera esta verdad, la gente solía preguntarse qué pasaría si llegabas al fin de la tierra —¿te caías?—. Una vez que supimos que la tierra era redonda, la nueva perspectiva nos hizo ver que las viejas preguntas eran estúpidas. Las nuevas preguntas también parecen tontas muchas veces hasta que se acepta una nueva perspectiva. Creo que superaremos la idea del libre albedrío y aceptaremos que somos un tipo especial de máquina, una máquina con un agente moral que es el resultado de vivir en grupos sociales. Esta perspectiva nos hará plantearnos nuevos tipos de preguntas.

¿Hay algún experimento en concreto que crea que ha arrojado una luz importante sobre la cuestión del libre albedrío?
Todo en la neurociencia arroja luz de un modo u otro respecto a cómo funciona el cerebro. Está la realidad y es ese conocimiento, acumulándose poco a poco, que nos llevará a pensar de forma más profunda. Una manera de avanzar es intentarlo y responder la simple pregunta. ¿Libre albedrío de qué? ¿De qué quiere estar libre alguien? Yo sin duda no quiero estar libre de las leyes de la naturaleza.

¿Cree que la ciencia va a obligar a los filósofos a cambiar lo que piensan sobre el libre albedrío? ¿Y el resto de nosotros?
El saber humano no puede valerse a sí mismo a la larga. Las cosas se vuelven lenta y gradualmente más claras. A medida que los humanos prosigan su recorrido llegarán a convencerse de ciertas cosas sobre la naturaleza de las cosas y esas abstracciones se reflejarán entonces en las reglas que se establecen para facilitar la convivencia en común. Las convicciones tienen consecuencias y las veremos reflejadas en todo tipo de formas. Sin duda cómo acabemos pensando y entendiendo la responsabilidad humana en el contexto del conocimiento moderno de los mecanismos biológicos dictará cómo elegimos nuestras leyes y nuestras penas. ¿Qué podría ser más importante?

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