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Publicado por el 9 ene, 2012 en Tercera Cultura | 8 comentarios

Por qué no tienes libre albedrío

Jerry A. Coyne, USA Today 2-01-12

(Traducción: Verónica Puertollano)
Estás aquí: Tu propio libre albedrío

Estás aquí: Tu propio libre albedrío

No tienes. Quizá sientas que has tomado decisiones, pero en realidad tu  decisión de leer este artículo, o de si tomar huevos o crepes, estaba tomada  mucho antes de que fueras consciente de ello —tal vez antes de que te  levantaras hoy—. Y tu «voluntad» no participa en esa decisión. Y lo mismo  ocurre con otras decisiones: ninguna de ellas es el resultado de una decisión  libre y consciente por nuestra parte. No hay libertad de elección, no hay libre  albedrío. ¿Y esos propósitos de Año Nuevo que te has hecho? No tienes elección para proponértelos, y no tendrás elección respecto a si vas a mantenerlos…

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Publicado por el 7 ene, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

Deshonra: Sobre Marc Hauser

Charles Gross, The Nation, 21 de diciembre de 2011

(Traducción: Verónica Puertollano)

Marc HauserEn verano de 2007, mientras el científico Marc Hauser estaba en Australia, las autoridades de la Universidad de Harvard entraron en su laboratorio en la décima planta del William James Hall, confiscando ordenadores, cintas de vídeo, manuscritos inéditos y notas. Hauser, que por entonces tenía 47 años, era profesor de psicología, organísmica y psicología evolutiva, y antropología biológica. Era popular entre sus estudiantes, y un prolífico investigador y autor, con más de 200 artículos y varios libros en su haber. Su libro más reciente, La mente moral (2006), trata las bases biológicas de la moralidad humana. Noam Chomsky dijo que era una «introducción lúcida, experta y desafiante a un campo que se está desarrollando a mucha velocidad con grandes promesas e implicaciones de largo alcance.»; para Peter Singer, «es una contribución importantísima al debate actual sobre la naturaleza de la ética».

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Publicado por el 4 ene, 2012 en General | 10 comentarios

La evolución “rara” de la psicología humana

Publicado por Eric Michael Johnson en Scientific American

¿Está distorsionando nuestra imagen de la especie humana el exceso de confianza de la psicología en los estudiantes norteamericanos?

"Mental health", de Nathaniel Gold

Imagine que se encuentra en una habitación junto con 100 psicópatas. Probablemente lo primero que quiera hacer es salir de la habitación. Sin embargo, una vez que lo hace, descubre una cabina instalada con un cristal desde el que es posible ver lo que está pasando sin ser visto. Sentado cómodamente, observa que está teniendo lugar un extraño experimento. Algunos de esos individuos tienen batas blancas y llevan cuadernos, mientras que otros están respondiendo a una batería de tests psicológicos.

Lentamente, la frenética actividad empieza a tomar sentido. Algunos sujetos del test miran monitores de video y tienen sensores incorporados para medir las respuestas de su piel ante las imágenes que ven. A otros les dan cuestionarios para que elijan sus respuestas en varias situaciones sociales. A otros los introducen en un scanner IRMf para medir el flujo sanguíneo en diferentes regiones de sus cerebros. Todos estos son métodos normales en las ciencias psicológicas y del cerebro. Pero lo más llamativo es el hecho de que el estudio está siendo dirigido por psicópatas que estudian otros psicópatas.

“Los sujetos informaron de un desprecio constante por los sentimientos de los demás y una falta de remordimientos en los casos en que habían herido a otros”, según informó un investigador basándose en respuestas del cuestionario.

“Esto es consistente con los resultados de IRMf que muestran un flujo sanguíneo significativamente inferior hacia el sistema paralímbico, especialmente hacia aquellas regiones que implican emoción”, añade otro al mirar los datos de sus análisis en el scanner cerebral.

“Los datos sobre la conductividad de la piel también concuerdan, mostrando una escasa o nula reacción emocional a las imágenes perturbadoras”, informa una tercera persona que parece estar a cargo de este extraño experimento.

“Estos resultados sugieren que la especie humana es inherentemente mentirosa, antisocial y con escaso respeto por los demás”, afirma. “La evolución ha favorecido que seamos actores egoístas interesados únicamente en maximizar nuestro potencial individual a expensas de todos los demás.” El resto de los investigadores están de acuerdo, pues esto es ciertamente lo que muestran los resultados.

Desde el punto de vista del lector, está claro que algo marcha terriblemente mal en este estudio. Dado que sólo estaban haciendo tests a psicópatas, los datos de los investigadores puede que sean consistentes, pero sólo se aplican a ese único grupo. Sin embargo, dado que los investigadores también formaban parte del grupo y veían el mundo del mismo modo, supusieron falsamente que los humanos de todas partes se comportaban del mismo modo. Esto se conoce en ciencia como sesgo de confirmación, preferir las conclusiones que apoyan las preferencias propias incluso cuando las evidencias son débiles o inexistentes. Normalmente ocurre de forma inconsciente. Es una tendencia que tenemos todos a preferir las interpretaciones que apoyan nuestras creencias previas. Esta es la razón por la que los estudios científicos intentan conseguir un tamaño de muestra más grande y diverso desde el que llegar a conclusiones.

Obviamente, el ejemplo previo nunca podría ocurrir en la vida real, pero representa un experimento mental simplificado para plantearse cómo se investiga sobre la evolución de la cognición humana. ¿Qué ocurre si los investigadores sucumben sin darse cuenta al sesgo de confirmación a nivel social? ¿Los mismos resultados falsos que afectan al hipotético estudio sobre la psicopatía podrían afectar también otros supuestos sobre la naturaleza humana?

Los psicólogos Joseph Henrich, Steven J. Heine y Ara Norenzayan de la universidad de British Colunbia (donde yo también me encuentro) publicaron un artículo el año pasado en la revista Behavioral Brain Sciences para plantear esta cuestión. Su investigación documenta de qué modo la mayoría de los estudios que los psicólogos afirman que muestran universales humanos son realmente meras extrapolaciones a partir de un único grupo social, el equivalente cultural de los psicópatas en mi ejemplo. Tal como escribió el New York Times en su reseña:

De acuerdo con el estudio, el 68% de los sujetos del estudio en una muestra de cientos de estudios dentro de revistas de psicología importantes provenía de los Estados Unidos, y el 96% de naciones occidentales industrializadas. De los sujetos norteamericanos, el 67% era estudiantes de psicología, lo que hacía que los estudiantes norteamericanos seleccionados tuvieran una oportunidad de ser un sujeto de estudio 4000 veces mayor que cualquier otro no occidental.

Henrich y sus colegas averiguaron que la subpoblación sobrerepresentada correspondía con sociedades totalmente “raras” (del acrónimo inglés WEIRD: Occidental, Educada, Industrializada, Rica y Democrática). Aunque ya es bastante negativo que los estudiantes norteamericanos “raros” (WEIRD) sirvan como el modelo para el comportamiento humano, lo que el artículo documenta debe preocupar a todos los investigadores conductuales y cognitivos (particularmente aquellos cuyo trabajo se centra en las explicaciones evolucionistas humanas).

Cuando se comparan las poblaciones ricas norteamericanas con las no occidentales existen importantes diferencias en dominios tan aparentemente poco relacionados como la percepción visual, la justicia, la cooperación, el razonamiento espacial, los estilos de razonamiento e incluso la heredabilidad del cociente intelectual. No es sólo que los estudiantes resultaran diferentes, sino que diferían de forma substancial. Sin embargo, forman la base de la mayor parte de los supuestos de los investigadores que tratan sobre la naturaleza humana, por más que, como concluyen Henrich y sus colegas, “esta subpoblación en particular es muy poco representativa para la especie”.

Para subrayar uno de los dominios en los que los estudiantes norteamericanos difieren de la mayoría de las demás poblaciones en el mundo, consideremos una categoría neutral como la percepción visual. Mirando a la siguiente figura, ¿Qué línea, “a” o “b” consideras que es más larga?

Si escoges “b” entonces estás en línea con un número substancial de norteamericanos (tanto estudiantes como niños) que escogieron la misma. Pero de hecho ambas líneas tienen una longitud idéntica. Esto se conoce como la ilusión Müller-Lyer, nombrada así después de que el psiquiatra alemán Franz Carl Müller-Lyer la descubriera por primera vez en 1889. Sin embargo, si muestras la mismas dos líneas a personas de muchas sociedades no occidentales (particularmente sociedades de cazadores y recolectores) será más probable que identifiquen las dos líneas como idénticas. En una serie de experimentos en distintas culturas en 1966 el psicólogo Marshall H. Segall manipuló la longitud de la línea “a” hasta que el punto en que los participantes del estudio informaran que las dos tenían una longitud idéntica. Los resultados de esos experimentos se pueden ver en el siguiente gráfico.

La columna vertical representa el Punto de Igualdad Subjetiva, o cómo de larga tenía que ser la línea “a” antes de que los participantes dijeran que eran de la misma longitud. En otras palabras, el Punto de Igualdad Subjetivo mide la eficacia de la ilusión para diferentes poblaciones. Como indica el gráfico, los norteamericanos (etiquetados como “Evanston” dado que Segall hizo el test a estudiantes de la Northwestern University en Illionois), fueron la población más engañada por esta ilusión, y requirieron que la linea “a” fuera de media una quinta parte más larga que la línea “b” para que ambas fueran percibidas como iguales. Les siguieron los blancos sudafricanos de Johanesburgo. En contraste, los recolectores San del Kalahari no resultaron afectados por la ilusión, mientras que la mayoría de las demás poblaciones del estudio sólo fueron afectadas de forma marginal.

¿Por qué tendrían que ser tan susceptibles a esta ilusión los norteamericanos? Por nuestro ambiente. La mayoría de los norteamericanos son educados en una sociedad donde las líneas horizontales y las esquinas nítidas forman la mayor parte de la arquitectura moderna. Los cerebros de los niños norteamericanos (y, presumiblemente, la mayoría de los niños en los países altamente industrializados) se han adaptado para hacer cálculos ópticos como resultado de su medioambiente único. Los San y muchos otras sociedades de horticultores y recolectores de pequeña escala no han crecido en un medioambiente manufacturado, por lo que sus cerebros no son afectados por estas ilusiones.

Una diferencia similar puede encontrarse en lo que los psicólogos llaman “razonamiento de biología popular”. Científicos cognitivos que hacen tests a niños procedentes de centros urbanos de EE.UU (donde se encuentran la mayoría de las universidades) han desarrollado una influyente teoría del desarrollo en su artículo:

Antes de los 7 años, los niños urbanos razonan sobre los fenómenos biológicos por analogía, y por extensión, a los humanos. Entre los 7 y 10 años, los niños urbanos experimentan un cambio conceptual hacia el patrón adulto de ver a los humanos como un animal entre muchos.

Este cambio ha sido considerado un proceso que deben atravesar todos los niños humanos. El problema con este razonamiento, tal como argumenta Henrich, es que sólo se aplica a un subconjunto de niños: aquellos que viven en ambientes urbanos. Tests cognitivos similares en niños de comunidades nativas norteamericanas de Wisconsin, y en comunidadades Yukatek Maya de México, no mostraron ninguno de los patrones empíricos aparecidos en los niños norteamericanos urbanos. La respuesta, por supuesto, es que los niños urbanos crecen en ambientes empobrecidos donde rara vez interactúan con animales distintos de los humanos (ocasionalmente mascotas como perros o gatos). Este es un ambiente muy distinto al de muchas sociedades no occidentales, y ciertamente muy distinto a aquel en el que vivieron nuestros ancestros.

Como resultado, el medio ambiente “no natural” de estos niños WEIRD terminó en supuestos antropocéntricos sobre el mundo natural, hasta que los profesores o la televisión les contaron otra cosa (aunque me pregunto a menudo de qué forma puede influir una exposición elevada a la naturaleza en su juventud a las actitudes adultas sobre la importancia de los temas medioambientales). Teniendo esto en cuenta, como señala Henrich, tiene tanto sentido emplear niños urbanos en estudios sobre cognición humana como lo tendría estudiar el crecimiento físico “normal” en niños malnutridos. El hecho de que los psicólogos que llevan a cabo estos estudios probablemente crecieron ellos mismos en un ambiente urbano (es mucho menos probable que los estudiantes rurales vayan al instituto, particularmente a instituciones de alto ranking) permite que el sesgo de confirmación se perpetúe.

Por supuesto, hay una diferencia importante entre los psicópatas y la sociedad norteamericana. La psicopatía y de modo más general el Desorden de Personalidad Anti-Social, es un desorden mental diagnosticado que tiene una parcial base genética, no se trata sólo de medioambiente. Sin embargo, el sesgo de confirmación que existe en muchos estudios psicológicos representa una distorsión de la realidad que tiene el mismo potencial para pasar a las siguientes generaciones.

El hecho de que existen diferencias empíricas en estudios psicológicos idénticos cuando se replican en distintas culturas debería hacer que los investigadores evolucionistas sean cautelosos (especialmente los psicólogos evolucionistas, que son los más culpables de esencializar estos estudios). Henrich y sus colegas llaman a un esfuerzo renovado para llevar a cabo investigaciones en distintas culturas antes de hacer grandes afirmaciones sobre la especie como un todo. Como mínimo, esto implica que los investigadores y los periodistas científicos deben ser cuidadosos para no perpetuar las ideas que resultan atractivas a sus propias creencias pero que pueden carecer de base en otras sociedades.

Referencia:

Henrich, J., Heine, S., & Norenzayan, A. (2010). The weirdest people in the world?Behavioral and Brain Sciences, 33 (2-3), 61-83 DOI: 10.1017/S0140525X0999152X

Traducción: Eduardo Zugasti

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Publicado por el 2 ene, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Imprimir esculturas. Fabricar objetos en 3D con tecnologías de las impresoras de chorro de tinta

Autores: Equipo de divulgación científica de Eureka!

Las humildes impresoras de chorro de tinta han tenido unos hijos sorprendentes e inesperados que incluyen hacer piezas tridimensionales que pueden usarse como prototipos o para hacer pequeñas series. Y si se cambia la tinta por células vivas pueden imprimirse órganos.

En el mundo de los ordenadores las impresoras de chorro de tinta fueron una revolución, de un modo sumamente sencillo podían imprimirse letras, dibujos y fotos. Antes, las impresoras se limitaban a escribir caracteres predeterminados o con complicados «plotters» podían hacerse planos.

La idea de la impresora de chorro de tinta no puede ser más sencilla. Hay una cabeza que se desplaza a lo ancho del papel. En la cabeza hay unos cuantos agujeros que dejan salir tinta o no de acuerdo con las instrucciones del programa. El programa sabe dónde está la cabeza, y sabe qué agujero debe abrir o cerrar para crear una figura concreta. ¡Y ya está, eso es todo! Ni que decir tiene que el programa que controla todo ello es bastante complicado y que controlar que los agujeros dejen salir o no tinta exige una tecnología bastante sofisticada.

Estas impresoras primero imprimían en blanco y negro, pero muy pronto empezaron a imprimir en colores. Y no tardando mucho algunos empezaron a pensar en usos más complejos. Por ejemplo –pensaron algunos– si en vez de tinta que es plana usamos ceras que tienen un cierto relieve, ¿no podríamos hacer esculturas a base de que la impresora hiciera muchas pasadas? Lo hicieron y funcionó. La cabeza impresora soltaba ceras con un cierto relieve y pasada tras pasada se iba creando un relieve. La primera imagen fabricada de ese modo que tuvimos en las manos fue a finales de los años 90 y era un «marcianito» de cinco centímetros de alto.

Si lo pensamos un poco, muy pronto nos damos cuenta de que de ese modo no se puede hacer cualquier cosa. Por ejemplo, si queremos hacer una casa con ventana no podremos hacerla, pues al tratar de poner la cera para el marco superior no tendría donde sujetarse. Pero, sin duda era capaz de hacer infinidad de cosas.

Si en vez de ceras blandas usábamos otros tipos de materiales que endurecieran mucho más podríamos hacer todo tipo de piezas de un modo muy rápido: por ejemplo, engranajes, ruedas,… De hecho se creó toda una industria de hacer prototipos de un modo rápido. Por ejemplo, se podían hacer todas las piezas de una nueva máquina fotográfica para ver si todo encajaba en su sitio y funcionaba. No era la máquina de verdad, tan solo era el prototipo que permitía saber si las cosas funcionaban.

Un avance posterior hizo que incluso estas impresoras, más un láser para endurecer los materiales, pudieran producir componentes para pequeñas series. Y hoy en día estas impresoras 3D son bastante comunes tanto para prototipos como para pequeñas series.

Muy pronto la tecnología dio un giro inesperado. ¿Y si en vez de tinta o ceras usamos células podremos hacer venas? Una vena es muy complicada pues tiene válvulas difíciles de hacer; pero hay una parte que se trata simplemente de un cilindro con un tipo de células en su interior y otra en el exterior. Para muchas aplicaciones médicas ese simple tubo venoso –sin válvulas– es más que suficiente. Hoy en día se imprimen esos tubos. La cabeza de la impresora se carga con dos tipos de células que se imprimen sobre un «papel» de glucosa que sirve de alimento a las células. Primera hoja, se imprime un círculo con sus dos tipos de células. Segunda hoja, otro círculo en el mismo sitio. Y así la tercera, la cuarta,… Entonces ocurre algo extraordinario: las células se fusionan y como se han comido la glucosa lo que queda es un cilindro que se puede extraer sin problemas. Un cilindro apto para reparar algunas venas.

Se abre un camino inmenso para «imprimir» ciertos órganos o partes de los mismos.

Un reciente giro que ha dado esta tecnología es la de construir casas con una impresora de chorro de tinta gigantesca; pero de eso hablamos en el recuadro: imprimiendo casas.

Para formar un tubo se depositan células capa a capa sobre un «papel» de glucosa

Para formar un tubo se depositan células capa a capa sobre un «papel» de glucosa


Imprimiendo casas

Berorokh Khoshnevis, de la Universidad del Sur de California, tuvo la idea de utilizar una gran «impresora» para hacer casas. La idea es simple: la cabeza en vez de tinta lo que va soltando es cemento de fraguado muy rápido. Ni que decir tiene que la cabeza es muy grande y que esta soportada por unos sistemas robóticos que le permiten moverse en tres dimensiones: izquierda-derecha, adelante-atrás, arriba-abajo. De ese modo, paso a paso van haciendo crecer los muros de una casa. Siguen teniendo el problema de las ventanas que mencionábamos más arriba, así que lo único que hacen es el contorno, por lo que a la tecnología le han dado el nombre de «contour crafting». El problema de las ventanas se puede solucionar con una intervención manual: para cerrar la parte superior de puertas o ventanas, manualmente se añade un soporte.

Todavía está en desarrollo pero estiman que podrán construir una casa de 186 m², con puertas, ventanas e instalaciones eléctricas y de fontanería, en 24 horas.

Así se imprime el muro de una casa. Gráfico gentileza del profesor Khoshnevis.

Así se imprime el muro de una casa. Gráfico gentileza del profesor Khoshnevis.


Moldes de papel de esculturas

Hoy vamos a hacer el «negativo» de una escultura mediante el sencillo procedimiento de ir superponiendo una a una finas hojas de papel mojado sobre la escultura.

Debe ser un papel fino y muy flexible –por ejemplo el papel higiénico vale perfectamente–. Cogemos la primera hoja seca y la ponemos sobre la escultura. Con un pincel fino mojado en agua aplastamos el papel contra la escultura. El papel se adapta perfectamente a su forma. Cogemos una segunda hoja y hacemos lo mismo y después una tercera y una cuarta y una quinta…

Dejamos que seque unas cuantas horas; en nuestro caso lo hemos dejado veinticuatro horas. Después con cuidado despegamos el papel de la escultura y el resultado es un negativo de la misma, donde se reproducen todos sus rasgos.

En las imágenes podéis ver en la 3-1 la escultura que hemos usado, en la 3-2 se ve cómo hemos puesto la primera hoja de papel y en la 3-3 mostramos el «negativo».

3-1: escultura. 3-2: aplicación del papel. 3-3: el molde resultante. (Fotos de Eureka! Licencias CC)

3-1: escultura. 3-2: aplicación del papel. 3-3: el molde resultante. (Fotos de Eureka! Licencias CC)

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Publicado por el 30 dic, 2011 en Tercera Cultura | 2 comentarios

Despejar las ilusiones

The New York Review of books

(Trad. Antonio A. Gonzalez)

(Enlace original: http://www.nybooks.com/articles/archives/2011/dec/22/how-dispel-your-illusions/ )

Freeman Dyson

Bombardero americano en preparación en una base de la RAF en Gran Bretaña para incursiones diurnas sobre la Francia ocupada, 1942. Fotografía de Robert Capa.

Bombardero americano en preparación en una base de la RAF en Gran Bretaña para incursiones diurnas sobre la Francia ocupada, 1942. Fotografía de Robert Capa.

En 1955, Daniel Kahneman tenía 21 años y era teniente de las Fuerzas Armadas israelíes. Le habían asignado el trabajo de implantar un sistema nuevo de entrevistas para todo el ejército. El objetivo era evaluar a cada nuevo recluta y ubicar a cada cual en el resorte más adecuado de la maquinaria de guerra. Entrevistadores estimarían quién funcionaría mejor en infantería o en artillería, en el cuerpo de tanques o en cualquier otro cuerpo del ejército. El antiguo sistema, anterior a la llegada de Kahneman, era informal. El entrevistador tenía una charla de 15 minutos con el recluta y luego decidía en base a la conversación. Pero el sistema había fracasado miserablemente. Cuando a los pocos meses se comparaba el desempeño real con el previsto por los entrevistadores, la correlación entre el rendimiento real y el estimado era cero.

Kahneman era licenciado en psicología, y había leído un libro, Clinical vs. Statistical Prediction: A Theoretical Analysis and a Review of the Evidence, de Paul Meehl, publicado un año antes solamente. Meehl era un psicólogo norteamericano que estudiaba los éxitos y fracasos de predicciones en diversos ámbitos, y descubrió pruebas abrumadoras de una conclusión inquietante, que los pronósticos basados en una puntuación estadística sencilla eran por lo general más precisos que los basados en el juicio de expertos.

Un ejemplo famoso que confirma la conclusión de Meehl es el “Apgar score”, inventado por la anestesióloga Virginia Apgar en 1953 como guía de tratamiento de bebés recién nacidos. Se trata de una simple fórmula basada en cinco signos vitales que pueden medirse con rapidez: ritmo cardíaco, respiración, reflejos, tono muscular y color. En promedio, es más eficaz que un médico normal cuando se trata de decidir si el bebé necesita asistencia inmediata, y en la actualidad se emplea en todas partes y salva la vida de miles de recién nacidos. Otro ejemplo famoso de estimación estadística es la fórmula Dawes para la duración del matrimonio. La fórmula consiste en “frecuencia de relación sexual menos frecuencia de disputas”. Robyn Dawes era un psicólogo que trabajó con Kahneman más tarde. Su fórmula funciona mejor en promedio que el consejero matrimonial corriente estimando cuándo se romperá un matrimonio.

Tras la lectura del libro de Meehl, Kahneman sabía cómo mejorar el sistema de entrevistas del ejército israelí. Su nuevo sistema no dejaba a los entrevistadores el lujo de charlar libremente con los reclutas, sino que a éstos se les pedía responder a una lista estándar de preguntas concretas sobre su vida y su trabajo. Las respuestas se convertían en valores numéricos, y estos valores introducidos en fórmulas que miden la aptitud del recluta para los diversos empleos del ejército. Cuando se compararon las estimaciones del nuevo sistema con el rendimiento, varios meses después, los resultados mostraron que el nuevo sistema era mucho mejor que el viejo. La estadística y la aritmética simple nos dicen más sobre nosotros mismos que la intuición experta.

Reflexionando 50 años después sobre su experiencia en el ejército israelí, Kahneman dice en Thinking, Fast and Slow que en aquellos días no era raro que se dieran grandes responsabilidades a personas jóvenes. El propio país tenía siete años tan sólo. “Todas las instituciones estaban en construcción” recuerda, “y alguien tenía que construirlas”. Tuvo la suerte de tener la oportunidad de participar en la construcción de un país y de avanzar a la vez en el conocimiento intelectual de la naturaleza humana. Se dio cuenta de que el fracaso del viejo sistema de entrevistas era un caso particular de un fenómeno general que él llamó “ilusión de validez”. A este respecto, dice, “había descubierto mi primera ilusión cognitiva”.

Las ilusiones cognitivas son el tema principal de este libro. Una ilusión cognitiva es una creencia falsa que aceptamos intuitivamente como cierta. La ilusión de validez es la falsa creencia en la fiabilidad de nuestro propio juicio. Los entrevistadores creían sinceramente que podían predecir el desempeño de los reclutas tras tener con ellos una conversación de quince minutos. No podían dejar de creerlo incluso tras ver la evidencia estadística de que era una ilusión. Kahneman confiesa que él mismo aún sufre la ilusión de validez después de cincuenta años previniendo a otras personas contra ella. No puede escapar de la ilusión de que su propio juicio instintivo es fiable.

Un episodio de mi propio pasado es curiosamente similar a la experiencia de Kahneman en el ejército israelí. Antes de ser científico fui estadístico. Cuando tenía veinte años me encontraba haciendo análisis estadístico de las operaciones del Mando de bombarderos británico durante la II guerra mundial. El Mando tenía entonces siete años, igual que el estado de Israel en 1955. Todas sus instituciones estaban en construcción. Constaba de seis grupos de bombarderos que evolucionaban hacia la autonomía operativa. El vice-mariscal aéreo sir Ralph Cochrane era el comandante del 5º grupo, el más independiente y eficaz de ellos. Nuestros bombarderos sufrían por entonces fuertes pérdidas, y su causa principal eran los cazas nocturnos alemanes.

Cochrane decía que los bombarderos eran demasiado lentos, y que la razón por la que eran demasiado lentos era que equipaban pesadas torretas de ametralladoras que aumentaban la resistencia aerodinámica y bajaban su techo operacional. Como los bombarderos volaban de noche, estaban normalmente pintados de negro. Con su carácter extravagante, Cochrane declaró que le gustaría coger un bombardero Lancaster, arrancarle las torretas y todo el peso muerto relacionado con ellas, dejar en tierra a los artilleros, y pintarlo todo de blanco. Entonces volaría con él sobre Alemania, y lo haría tan alto y tan rápido que nadie podría derribarlo. Nuestro comandante en jefe no aprobó la sugerencia, y el Lancaster blanco no voló nunca.

La razón por la que nuestro comandante en jefe no estaba dispuesto a eliminar las torretas de ametralladoras, ni siquiera de modo experimental, era que estaba cegado por la ilusión de validez. Esto era diez años antes de que Kahneman la descubriera y le diera nombre, pero la ilusión de validez hacía su mortífero trabajo. Todos en el mando de Bombarderos compartíamos la ilusión. Una tripulación de bombardero era un equipo de siete personas estrechamente unidas, en el que los artilleros jugaban un papel esencial defendiendo a sus compañeros contra los ataques de los cazas mientras el piloto volaba en vaivenes irregulares para defenderlos de los antiaéreos. Parte esencial de la ilusión era que el equipo aprendía por experiencia. En la medida en que estaban más adiestrados y más estrechamente unidos, sus oportunidades de supervivencia irían en aumento.

Cuando me encontraba reuniendo datos en la primavera de 1944, la probabilidad de que una tripulación completara un tour de treinta operaciones era de alrededor del 25 por ciento. La ilusión de que la experiencia les ayudaba a sobrevivir era esencial para su moral. Al fin y al cabo, todos podían ver en cada escuadrón a algunas respetadas y expertas tripulaciones veteranas que habían completado un tour y se habían presentado voluntariamente para hacer un segundo. Era evidente para todos que los veteranos sobrevivían porque eran más diestros. Nadie quería pensar que los veteranos sobrevivieron sólo porque tuvieron suerte.

Por el tiempo en que Cochrane hizo su sugerencia del Lancaster blanco, yo me encargaba de examinar las estadísticas de pérdidas de bombarderos. Hice un análisis cuidadoso de la correlación entre la experiencia de las tripulaciones y sus índices de pérdida, separando los datos en muchos paquetes pequeños para eliminar así efectos meteorológicos y geográficos. Mis resultados fueron tan concluyentes como los de Kahneman. No había efectos de la experiencia sobre el índice de pérdidas. De modo que, hasta donde yo puedo decir, si una tripulación vivía o moría era puramente cuestión de suerte. Su creencia en el efecto protector de la experiencia era una ilusión.

La demostración de que la experiencia no tenía efecto sobre las pérdidas habría apoyado fuertemente la idea de Cochrane de eliminar las torretas de ametralladoras. Pero no ocurrió nada de eso. Tal como Kahneman descubrió más tarde, la ilusión de validez no desaparece sólo porque los hechos prueben su falsedad. Todo el mundo en el Mando de bombarderos siguió creyendo en la ilusión, desde el comandante en jefe hasta las tripulaciones de vuelo. Las tripulaciones continuaron cayendo, tanto las expertas como las inexpertas, hasta que Alemania fue invadida y la guerra terminó por fin.

Otra cuestión del libro de Kahneman, declarada en el título, es la existencia de dos sistemas independientes de organización del conocimiento en nuestro cerebro. Kahneman los llama Sistema Uno y Dos. El Sistema Uno es asombrosamente rápido, y nos permite reconocer caras y comprender el habla en una fracción de segundo. Debe haber evolucionado a partir de los antiguos pequeños cerebros que permitieron a nuestros ágiles ancestros mamíferos sobrevivir en un mundo de grandes predadores reptilianos. La supervivencia en la jungla requiere un cerebro que tome decisiones rápidas basadas en información limitada. Intuición es el nombre que damos a los juicios basados en la acción rápida del Sistema Uno. Este decide y actúa sin esperar a que el conocimiento consciente le de alcance. El hecho más destacable del Sistema Uno es que tiene acceso inmediato a un vasto almacén de memorias que usa como base de decisión. Las memorias más accesibles son las asociadas con emociones fuertes, con miedo, dolor y odio. Los juicios resultantes son a menudo erróneos, pero en el mundo de la jungla es más seguro un juicio equivocado y rápido que uno acertado y lento.

El Sistema Dos es el lento proceso de formar juicios basados en el pensamiento consciente y el examen crítico de los datos. Evalúa las acciones del Sistema Uno. Nos da una oportunidad de corregir errores y revisar opiniones. Probablemente evolucionó más recientemente que el Sistema Uno, después de que nuestros ancestros primates se hicieran arbóreos y tuvieran el tiempo de considerar las cosas detenidamente. Un mono en un árbol no se preocupa tanto de los predadores como de la adquisición y defensa de territorio. El Sistema Dos permite a un grupo familiar hacer planes y coordinar actividades. Tras convertirnos en humanos, el Sistema Dos nos posibilitó crear arte y cultura.

La cuestión que se plantea es: ¿por qué no abandonamos el Sistema Uno, propenso a errores, y dejamos el gobierno de nuestra vida al más fiable Sistema Dos? Kahneman da una respuesta simple a esta cuestión: el Sistema Dos es vago. Activarlo requiere esfuerzo mental. El esfuerzo mental es costoso en tiempo y también en calorías. Mediciones precisas de la química de la sangre muestran que el consumo de glucosa se incrementa cuando el Sistema Dos está activo. Pensar es un trabajo duro, y nuestras vidas diarias están organizadas para economizar el pensamiento. Muchas de nuestras herramientas intelectuales, como la matemática, la retórica y la lógica, son sustitutos convenientes del pensamiento. Mientras estamos ocupados en tareas rutinarias como calcular, hablar o escribir, no estamos pensando, y el Sistema Uno se hace cargo. Sólo hacemos el esfuerzo mental de activar el Sistema Dos cuando hemos agotado las alternativas posibles.

El Sistema Uno es mucho más vulnerable a las ilusiones, pero el Sistema Dos no es inmune a ellas. Kahneman usa la expresión “inclinación de disponibilidad” para definir un juicio tendencioso basado en una memoria que resulta estar disponible rápidamente. No espera a examinar una muestra mayor de memorias menos contundentes. Un ejemplo llamativo de inclinación de disponibilidad es el hecho de que los tiburones salvan vidas de bañistas. Análisis detallados de muertes en el mar en las cercanías de San Diego muestran que, en promedio, cada muerte de un bañista por ataque de tiburón salva la vida de otros diez. Cada vez que un bañista es atacado, el número de ahogados desciende durante unos pocos años y luego vuelve al nivel normal. El efecto se da porque las informaciones de muertes por ataques de tiburones se recuerdan con más viveza que las de muertes por ahogamiento. El Sistema Uno está fuertemente sesgado, y presta mayor atención a los tiburones que a las resacas que se dan con mayor frecuencia y pueden ser igualmente letales. En este caso, el Sistema Dos probablemente comparte la misma tendencia. Los recuerdos de ataques de tiburones están vinculados a emociones fuertes y por tanto son accesibles a ambos sistemas.

Kahneman es un psicólogo que obtuvo el Premio Nobel de economía. Su gran aportación fue convertir la psicología en una ciencia cuantitativa. Sometió nuestros procesos mentales a medidas precisas y cálculo exacto, estudiando en detalle cómo negociamos con dólares y centavos. Al hacer cuantitativa la psicología, brindó una nueva y potente visión de la economía. Gran parte de su libro contiene historias que ilustran las variadas ilusiones a las que personas supuestamente racionales sucumben. Cada historia describe un experimento que examina la conducta de estudiantes o ciudadanos a quienes se presentan opciones bajo condiciones controladas. Los sujetos toman decisiones que se pueden medir y registrar con precisión. La mayoría de las decisiones son numéricas, y tienen que ver con pagos en dinero o cálculo de probabilidades. Las historias demuestran cuánto difiere nuestra conducta de la conducta del mítico “actor racional” que obedece las reglas de la economía clásica.

Un ejemplo típico de experimento de Kahneman es el experimento de la taza de café, diseñado para medir una forma de tendencia que él llama “efecto dotación” (endowment). Este efecto consiste en nuestra tendencia a valorar más un objeto cuando lo poseemos nosotros que cuando lo posee algún otro. Una taza de café debe ser tan elegante como útil, de modo que sus dueños les toman cariño. Una versión simple del experimento consistía en dos grupos de personas, vendedores y compradores, escogidos aleatoriamente de una población de estudiantes. A cada vendedor se le daba una taza y se le pedía que la vendiera a un comprador. A los compradores no se les daba nada y se les pedía que compraran una taza a un vendedor con su propio dinero. Los precios medios ofrecidos en un experimento típico fueron: vendedores 7,12$, compradores 2,87$. Con una diferencia de precios tan grande, se vendieron pocas tazas.

El experimento echó por tierra de manera convincente el dogma central de la economía clásica. Este dogma afirma que, en un mercado libre, compradores y vendedores acordarán un precio que ambas partes consideren justo. El dogma es cierto para agentes profesionales que negocian acciones en el mercado de valores. No lo es para compradores y vendedores no profesionales debido al efecto dotación. No se llega a un trato beneficioso para ambas partes porque la mayoría de la gente no piensa como los agentes profesionales.

Nuestra incapacidad para pensar como profesionales tiene consecuencias prácticas importantes, para bien y para mal. La mayor consecuencia del efecto dotación es dar estabilidad a nuestras vidas e instituciones. La estabilidad es buena cuando una sociedad es pacífica y próspera. Pero la estabilidad es mala cuando una sociedad es pobre y oprimida. El efecto dotación funciona para bien en la ciudad alemana de Munich. Una vez alquilé allí durante un año una casa a pocas millas del centro de la ciudad. Enfrente de nuestra casa había una auténtica granja con un campo de patatas, cerdos y ovejas. Los niños de la localidad, incluidos los nuestros, salían al campo al campo al anochecer, encendían pequeñas hogueras en la tierra y asaban patatas. En una economía de libre mercado, la granja hubiera sido vendida a algún promotor y convertida en viviendas. Tanto el granjero como el promotor habrían obtenido un beneficio excelente. Pero en Munich la gente no pensaba como lo haría un agente financiero. Allí no había mercado libre con la tierra. La ciudad valoraba la granja como un espacio abierto público que posibilitaba a los vecinos pasear por el campo hasta el centro y a los chicos asar patatas por las noches. La granja sobrevivió gracias al efecto dotación.

En las sociedades agrícolas pobres, como la Irlanda del siglo XIX o gran parte de África hoy en día, el efecto dotación funciona para mal porque perpetúa la pobreza. Las posesiones otorgan poder político al terrateniente irlandés o al jefe tribal africano. Ellos no piensan como lo hace el agente financiero, porque el estatus y el poder político son más valiosos que el dinero. No cambiarían su estatus superior por dinero aunque estuvieran fuertemente endeudados. El efecto dotación mantiene a los campesinos en la pobreza y aboca a la emigración a quienes piensan como el agente financiero.

Al final de su libro, Kahneman se hace la siguiente pregunta: ¿Qué beneficio práctico podemos derivar de la comprensión de nuestros procesos mentales irracionales? Sabemos que nuestro juicio está fuertemente inclinado por ilusiones heredadas que nos ayudaron a sobrevivir en una jungla llena de serpientes pero que poco tienen que ver con la lógica. También sabemos que, aunque lleguemos a tomar conciencia de estas tendencias e ilusiones, éstas no desaparecen. ¿Qué utilidad tiene saberse engañado, si el conocimiento no disipa el engaño?

Kahneman responde a esta pregunta con la esperanza de cambiar nuestro comportamiento cambiando nuestro vocabulario. Puede que, si los nombres que él ha dado a las inclinaciones e ilusiones comunes, como “ilusión de validez”, “inclinación de disponibilidad”, “efecto dotación” y otros que no tengo espacio para describir en esta reseña llegan a formar parte de nuestro lenguaje diario, entonces las ilusiones pierdan su capacidad de engaño. Si usamos estas expresiones en nuestra vida diaria para criticar los juicios de valor erróneos de nuestros amigos y reconocer los propios, entonces quizá aprendamos a superar nuestras ilusiones. Tal vez nuestros hijos y nietos crezcan con el uso del nuevo vocabulario y corrijan automáticamente sus tendencias congénitas al formar juicios. Si este milagro ocurre, las generaciones futuras tendrán una gran deuda con Kahneman por aportar una visión más clara.

Algo que está llamativamente ausente en el libro de Kahneman es el nombre de Sigmund Freud. En las treinta y dos páginas de notas no hay una sola referencia a sus escritos. Esta omisión con seguridad no es accidental. Freud ha sido la figura predominante en el campo de la psicología durante la primera mitad del siglo XX y el tirano derrocado durante la segunda. En el artículo de Wikipedia dedicado a Freud, podemos encontrar citas del inmunólogo y premio Nobel Peter Medawar -el psicoanálisis es “el más formidable timo intelectual del siglo XX”- y de Frederick Crews:

Poco a poco vamos viendo que Freud ha sido la figura más sobrevalorada de toda la historia de la ciencia y la medicina, que ha causado un daño inmenso mediante la propagación de etiologías falsas, diagnosis erróneas y vías de investigación estériles.

En estas citas hay una alta emotividad. Freud es odiado ahora tan apasionadamente como fue una vez amado. Kahneman comparte evidentemente este rechazo hacia Freud y su legado escrito.

Freud escribió dos libros, Psicopatología de la vida cotidiana (1901) y El yo y el ello (1923), que estuvieron muy cerca de adelantar dos de los temas principales del libro de Kahneman. El de psicopatología describe los muchos errores de juicio y de acción que surgen de las tendencias emocionales que operan bajo el nivel de consciencia. Estos “deslices freudianos” son ejemplos de inclinación de disponibilidad causados por memorias asociadas a emociones fuertes. El yo y el ello dibuja dos niveles de la mente que son similares a los sistemas Uno y Dos de Kahneman, siendo el yo usualmente consciente y racional y el ello usualmente inconsciente e irracional.

Hay grandes diferencias entre Freud y Kahneman, como podría esperarse de pensadores separados por un siglo. La mayor de ellas es que Freud es escritor y Kahneman es científico. La gran aportación de Kahneman ha sido convertir la psicología en una ciencia empírica, con resultados experimentales susceptibles de ser repetidos y verificados. Freud, en mi opinión, hizo de la psicología una rama de la literatura, con historias y mitos que apelan más al corazón que a la mente. El dogma central de la psicología freudiana es el complejo de Edipo, una historia tomada de la mitología griega representada en las tragedias de Sófocles. Freud afirmó haber identificado a través de su práctica clínica las emociones que los hijos sienten hacia sus padres, que él denominó complejo de Edipo. Sus críticos han rechazado esta afirmación. Freud ha sido para sus seguidores un profeta de la sabiduría espiritual y psicológica, y para sus detractores un curandero que aparenta remediar enfermedades imaginarias. Kahneman enfocó la psicología en una dirección diametralmente opuesta, al no pretender curar dolencias sino solamente disipar ilusiones.

Es comprensible que Kahneman no conceda utilidad a Freud, pero también es lamentable. Los descubrimientos de Kahneman y de Freud son más complementarios que contradictorios. Cualquiera que se interese en la comprensión de la naturaleza humana tiene mucho que aprender de ambos. El campo de la psicología de Kahneman está limitado necesariamente por su método, que consiste en estudiar procesos mentales que puedan ser observados y medidos bajo condiciones experimentales controladas rigurosamente. Siguiendo este método, ha revolucionado la psicología. Descubrió procesos mentales que pueden ser descritos con precisión y demostrados de manera fiable. Kahneman rechazó las fantasías poéticas de Freud.

Pero junto con las fantasías poéticas desestimó también otras cosas de valor. Dado que las emociones fuertes y las obsesiones no pueden ser controladas experimentalmente, el método de Kahneman no permite su estudio. La parte de la personalidad humana que puede abordar el método de Kahneman es la parte no violenta, la que tiene que ver con decisiones cotidianas, juegos de salón artificiales y pequeños intereses. Las manifestaciones violentas y apasionadas de la naturaleza humana, aquellas que tienen que ver con la vida, la muerte, el amor, el odio, el dolor, el sexo, no pueden controlarse experimentalmente y están fuera del alcance de Kahneman. La violencia y la pasión son territorio Freud. Freud puede penetrar más profundamente porque la literatura ahonda más profundamente que la ciencia en la naturaleza y el destino humano.

William James es otro gran psicólogo cuyo nombre tampoco se menciona en el libro de Kahneman. James fue contemporáneo de Freud y publicó su obra clásica, Las variedades de la experiencia religiosa: un estudio de la naturaleza humana en 1902. La religión es otra gran área de la conducta humana que Kahneman opta por ignorar. Como el complejo de Edipo, la religión no se presta a estudio experimental. En lugar de hacer experimentos, James escucha a personas que describen sus experiencias. Estudia las mentes de sus testigos desde el interior y no desde el exterior. Distingue dos tipos de temperamento religioso, que él llama once-born [por nacimiento o tradición] y twice-born [por conversión], anticipando la división de Kahneman de nuestra mente en sistemas Uno y Dos. Como James busca sus pruebas más en la literatura que en la ciencia, los dos principales testigos que estudia son Walt Whitman como once-born y León Tolstoi como twice-born.

Freud y James fueron artistas y no científicos. Es normal que artistas que reciben grandes elogios en vida se eclipsen y pasen de moda tras su muerte. Cincuenta o cien años después pueden disfrutar de un renacimiento y ser admitidos entre los grandes maestros. Los seguidores de Freud y James pueden tener la esperanza de que llegue un tiempo en que figurarán junto con Kahneman como los tres grandes exploradores de la psique humana, Freud y James de nuestras emociones más profundas y Kahneman de nuestros procesos cognitivos más comunes. Pero ese tiempo aún no ha llegado. Mientras tanto, debemos agradecer a Kahneman habernos proporcionado en este libro una amena comprensión del lado práctico de nuestra personalidad.

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