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Publicado por el 3 feb, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 5 comentarios

Las ventajas sociales de la monogamia

“Siete sacramentos. Matrimonio” (1637-1640)

Explicar la evolución de la monogamia plantea un problema, dada la prevalencia de la poligamia (la mayoría de las sociedades del registro antropológico son polígamas) y dado que las normas que penalizan la poligamia en apariencia están en conflicto con los intereses de los mismos maridos polígamos que normalmente ocupan las posiciones de mayor influencia en la legislación social.

Según el trabajo que Henrich, Boyd y Richerson acaban de publicar en la Philosophical transactions, la respuesta radica en la evolución de los conflictos entre grupos: la monogamia es una institución de éxito porque concedería importantes ventajas sociales a los grupos que la practican.

Estas ventajas descansan en fundamentos biológicos pero, sobre todo, consisten en normas específicamente culturales que determinan cómo funcionan los sistemas de matrimonio. Estas normas no son, desde luego, independientes de la biología y la neurofisiología humana: cumplir normas sociales, así como castigar a quienes las violan, son conductas que activan el sistema de recompensa del cerebro.

Si bien estas normas no siempre se cumplen, como muestra claramente la ubicuidad de patrones de infidelidad, divorcio o prostitución en casi todas las sociedades, no puede negarse que tienen una influencia decisiva en la conducta de las personas.

El matrimonio monógamo reduce la competencia intrasexual

Las sociedades monógamas registran una menor competencia sexual, especialmente entre hombres. Los datos que se han obtenido estudiando a las comunidades mormonas de EE.UU entre 1830 y 1890 atestiguan que la competición sexual se redujo significativamente coincidiendo con la supresión gubernamental del matrimonio polígamo. Evidencias de otras sociedades muestran valores parecidos.

Una implicación de la monogamia normativa es el descenso del crimen, dado que favorece el abandono de las prácticas arriesgadas típicas en hombres solteros de bajo status. Las normas monógamas favorecen la inversión parental, reduciendo significativamente los niveles sociales de violación, asesinato, robo o secuestros.

Una segunda implicación del matrimonio monógamo es la reducción de la diferencia de edad entre los esposos, la desigualdad de género y la fertilidad, todo lo cual ayuda a disminuir la conflictividad social.

Las normas monógamas también tendrían un efecto directo en la productividad económica, incrementando el producto interior bruto de una sociedad.

El matrimonio monógamo reduce los conflictos domésticos

La monogamia normativa también tiene un efecto positivo en la disminución de los conflictos domésticos. Por el contrario, las normas polígamas i) fomentan la competición entre las esposas ii) aumentan la diferencia de edad entre los esposos iii) disminuyen la consanguinidad dentro de la casa y iv) reducen la certeza de paternidad.

El conflicto entre esposas, en particular, es corriente en las sociedades polígamas. De acuerdo con el registro etnográfico, en 66 de 69 sociedades polígamas no se puede describir como “armoniosa” la relación entre esposas. Numerosas evidencias muestran, además, que la convivencia con adultos no relacionados genéticamente es el principal factor de riesgo en el abuso, el rechazo y el homicidio infantil. También se sabe que los niños que crecen en familias nucleares monógamas tienen niveles de cortisol inferiores, un conocido predictor de stress y comportamiento conflictivo.

El matrimonio monógamo también permite que se incremente la inversión parental, mejorando los resultados sociales de los hijos. Las normas monógamas son muy positivas para los hombres de status inferior, ya que inhibe los comportamientos asociales y favorece la inversión en los niños, pero también tiene un efecto positivo en la inversión parental de los hombres de status superior, ya que no deben preocuparse en seguir encontrando parejas.

En resumidas cuentas, la monogamia normativa reduce significativamente la violencia doméstica, la desigualdad de género y la competencia sexual.

Además, es preciso subrayar que el efecto positivo de las normas monógamas es extraordinariamente robusto, pues se mantiene descontando las principales diferencias socioeconómicas, raciales o demográficas.

Monogamia, religión y democracia

Según Boyd, la religión (el cristianismo en particular, aunque el Islam también posee normas que inhiben la poligamia) habría podido desempeñar un papel importante en la evolución de las normas monógamas. Al imprimir una sanción sobrenatural en el matrimonio, las normas religiosas habrían podido servir como contrapeso decisivo a los poderosos incentivos de los hombres políticamente poderosos interesados en mantener las normas polígamas.

Y por si todo esto fuera poco, las normas monógamas también habrían desempeñado un papel importante en el desarrollo político de la democracia:

La extensión de la monogamia normativa, que representa una forma de igualitarismo, podría haber ayudado a crear las condiciones para la emergencia de la democracia y la igualdad política a todos los niveles del gobierno. Dentro del registro antropológico, existe un vínculo estadístico entre las instituciones democráticas y la monogamia normativa. Estos autores argumentan que la disminución en la cantidad de hombres no casados habria debilitado a los déspotas, dado que reduciría su capacidad para encontrar soldados y secuaces. La reducción del crimen también habría debilitado las afirmación de los déspotas de que ellos era todo lo que había entre el caos y los ciudadanos normales (…) En la Grecia antigua, no sabemos qué vino primero, pero sabemos que Atenas, por ejemplo, tenía tanto elementos de matrimonio monógamo como democracia. En el mundo moderno, los análisis de datos en distintas naciones revelan relaciones estadísticas significativas entre la fuerza de la monogamia normativa y la democracia y las libertades civiles. En este sentido, las peculiares instituciones del matrimonio monógamo podrían explicar por qué los ideales democráticos, las nociones de igualdad y de derechos humanos surgieron antes en Occidente.

Referencia: Henrich, J. (2012-03-05) The puzzle of monogamous marriage. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 34(2), 190-669. DOI:10.1098/rstb.2011.0290

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Publicado por el 1 feb, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

Los que tratamos de comprender la mente, tenemos una sola limitación a la que enfrentarnos: el elemento conocedor coincide con el elemento conocido

La pregunta Edge 2012: ¿Cuál es su explicación profunda, elegante o hermosa favorita?

autora: Mahzarin Banaji http://edge.org/response-detail/2955/what-is-your-favorite-deep-elegant-or-beautiful-explanation

Traducción: Iñigo Valverde

Mahzarin Rustum BanajiMahzarin Rustum Banaji estudia el pensamiento y los sentimientos humanos como extensiones del contexto social. Su enfoque son principalmente los sistemas mentales que operan en modo implícito o inconsciente. En particular, está interesada en la naturaleza inconsciente de valoraciones propias y de otros humanos que reflejan sentimientos y conocimiento (frecuentemente imprevisibles) sobre los miembros de su grupo social (p.ej., edad, raza/etnia, género, clase). Ha adquirido renombre por  estudios sobre la exploración de prejuicios de género y raciales utilizando el “Implicit Association Test” que ha sido ampliamente visitado durante estos años.

La racionalidad restringida como explicación de muchos de nuestros males

Las explicaciones  que son extraordinarias, tanto analítica como estéticamente, comparten, entre otras, las siguientes propiedades: (a) a menudo son sencillas en comparación con el saber convencional, (b) señalan la causa más cierta como algo suficientemente alejado del fenómeno y (c) te hacen desear haber llegado a la explicación tú mismo.

Los que tratamos de comprender la mente, tenemos una sola limitación a la que enfrentarnos: el elemento conocedor coincide con el elemento conocido. La mente es la que formula la explicación, la mente también es el objeto explicado. Distanciarse de la propia mente, o del apego a lo especial de la propia especie o tribu, alejarse de la introspección y la intuición (no como generadores de hipótesis, sino como respuestas y explicaciones) son actitudes especialmente difíciles de lograr cuando lo que buscamos es explicar nuestra propia mente y la de los de nuestra especie.

Por esta razón, mi candidatura a la explicación más profundamente satisfactoria en la última década es la idea de la racionalidad restringida. La idea de que los seres humanos son más inteligentes que otras especies, pero no lo suficientemente inteligentes con arreglo a sus propios parámetros, en el sentido, por ejemplo, de actuar de acuerdo con los axiomas básicos de la racionalidad, es ahora una observación bien afinada, con hondos fundamentos empíricos en los descubrimientos que le sirven de apoyo.

Herbert Simon marcó un hito con el estudio del procesamiento de la información y la inteligencia artificial, y mostró que tanto la gente como las organizaciones siguen pautas de comportamiento “satisficientes” que los constriñen a tomar decisiones aceptables, pero no óptimas. El segundo hito lo pusieron Kahneman y Tversky, que demostraron las sorprendentes formas en que incluso los expertos están expuestos al error —con consecuencias no sólo para su propia salud y felicidad, sino para las de sus sociedades en general.

En conjunto, la visión de la naturaleza humana que ha ido evolucionando durante las cuatro últimas décadas ha cambiado sistemáticamente la explicación de lo que somos y por qué hacemos lo que hacemos. Estamos expuestos al error en las formas singulares en que lo estamos, continúa la explicación, no porque tengamos intenciones malignas, sino a causa de la base evolutiva de nuestra arquitectura mental, la manera en que aprendemos y recordamos la información, la forma en que nos afectan los que nos rodean y así sucesivamente. La causa de que seamos restringidamente racionales estriba en que el espacio de información en el que hacemos nuestro trabajo es amplio en comparación con las capacidades que tenemos, con severos límites en la atención consciente, en nuestra capacidad de control sobre el comportamiento y de actuar incluso de acuerdo con nuestras propias intenciones.

A partir de estas restricciones a la racionalidad, podemos considerar también el compromiso de las normas éticas —es otra vez la misma historia: que el problema no es la intención de perjudicar. Más bien, la explicación en esas fuentes es la forma en que alguna información desempeña un papel desproporcionado en la toma de decisiones, la capacidad de generalizar o de generalizar en exceso, y el carácter común de las malas acciones que caracterizan la vida cotidiana. Esas son las causas más poderosas de las faltas éticas de los individuos y de las instituciones.

La idea de que los malos resultados se derivan de mentes restringidas que no pueden almacenar, computar y adaptarse a las exigencias del entorno es una explicación radicalmente diferente de nuestras capacidades y por lo tanto de nuestra naturaleza. Su elegancia y belleza surgen de ella poniendo el énfasis en lo ordinario y lo invisible más que en la singularidad y en las malas intenciones. Esto no parece tan diferente de un deslizamiento más en la explicación, de Dios al ámbito natural y es probable que despierte las mismas resistencias.

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Publicado por el 30 ene, 2012 en Tercera Cultura | 7 comentarios

La desigualdad es mala e irracional

La desigualdad es mala e irracional

autor: Eduardo Zugasti en revolucionnaturalista.com

Para Richard Wilkinson, coautor de The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better, la idea de que la desigualdad es mala para la sociedad (para la sociedad en su conjunto, no sólo para los particularmente desfavorecidos) no es simplemente una intuición arcaica, y tampoco una divisa de revolucionarios radicales. Es una evidencia racional, verificable y postpartisana. Los 11 gráficos publicados en The equality trust realmente hablan por sí mismos: Las sociedades con mayor desigualdad en la renta tienen una tasa superior de muertes infantiles, de enfermedades mentales, de abuso de drogas, de fracaso escolar, de población encarcelada o de obesidad. Mayor desigualdad en la renta también predice que las personas tengan menos oportunidad para adquirir un status superior al de sus padres, y también implica un mayor grado de desconfianza social, niveles más altos de criminalidad, menor solidaridad con el exterior e inferior bienestar infantil.

Quizás la lección más importante es esta: en el mundo desarrollado (no en eleconómicamente subdesarrollado) el bienestar promedio ya no depende del crecimiento económico sino de cómo está socialmente distribuida la riqueza.

Una advertencia para políticos. Una sociedad fuertemente desarrollada, pero desigualitaria, no es sólo inmoral, sino también muy cara:

[Ésta es] una clara advertencia para aquellos que desean rebajar la prioridad del gasto púbico y los impuestos. Si se fracasa a la hora de evitar un nivel alto de desigualdad, se necesitarán más prisiones y más policía. Se deberán afrontar tasas más altas de enfermedad mental, de abuso de drogas y todo tipo de problemas. Si mantener bajos los impuestos y beneficios lleva a mayores diferencias de renta, la necesidad de tratar con las enfermedades sociales obligará a aumentar el gasto público.

Desde luego, el planteamiento de Wilkinson no tiene nada que ver con la “igualdad perfecta”, con cómo lograr sociedades igualitarias perfectas, sino más bien con algo que preocupa a los politólogos y economistas de los últimos decenios; el problema de cómo llegar a Dinamarca (“Getting to Denmark“): ”Si los norteamericanos desean vivir el sueño americano, deberían irse a Dinamarca.”

La “evidencia” de que la desigualdad es mala e irracional no es equiparable a otras evidencias científico naturales, por supuesto, dado que depende claramente de valores establecidos con anterioridad (Patricia Churchland: “Al final, las personas tendrán que reunirse y decir lo que piensan hacer”). Si las preferencias de alguien coinciden con los valores de una sociedad caballeresca, fuertemente jerárquica, basada en el honor y la guerra, o en el exclusivo mérito del mercado, estas evidencias sencillamente no cuentan. Estas evidencias sólo cuentan como tales para quienes prefieran vivir en una sociedad basada en el intercambio pacífico, en la seguridad y en la prosperidad compartida.

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Publicado por el 27 ene, 2012 en Divulgación Científica, General, Tercera Cultura | 3 comentarios

Los artículos científicos no son sagrados

Primera portada de la "Philosophical transactions" (1665)

El sistema de publicación de la ciencia, tal como es definido por Bruno Maltrás Barba [1], es “el conjunto de elementos y pautas que sostienen, regulan y perpetúan el proceso por el que los investigadores hacen accesibles de modo “oficial” al resto de la comunidad científica sus pretensiones de contribuir al acervo científico”. El resultado de todo esto es lo que llamamos literatura científica, el conjunto de publicaciones que hacen de la ciencia una empresa colectiva. Desde los antiguos intercambios entre científicos a través de cartas y otros medios informales, se trata de un sistema que ha evolucionado en los últimos siglos para proteger la propiedad de los autores, evitando así el “robo filosófico” de nuevas ideas y descubrimientos, pero también para evitar que la información poco fiable se cuele en el “archivo de la ciencia”. La revisión por pares, en especial, que permite filtrar la información antes de que sea publicada, es un procedimiento en marcha desde la primera revista científica moderna, fundada por la Royal Society en 1665, Philosophical transactions.

El filtro preventivo de los pares funciona de forma razonable. Normalmente podemos confiar en que las revistas científicas de prestigio no publican tonterías. Pero el sistema está lejos de ser invulnerable. Como explican Adam Marcus e Ivans Oransky en Nature, un artículo científico no es “sagrado”. Su blog, Retraction watch, publicó en sólo 16 meses de duración hasta 250 casos distintos de artículos que han sido retractados en revistas científicas. Ahora bien, aunque las retractaciones y su visibilidad parecen haber aumentado mucho en los últimos años (algunos casos son bastante sonados), el porcentaje final necesita ser puesto en perspectiva: de 1.400.000 artículos publicados durante un año, sólo se retractaron 300. Además, el hecho de que un artículo sea retractado no es en sí una mala noticia, sino más bien una indicación de que los procedimientos correctores del sistema funcionan.

Pero según Marcus y Oransky existen ya significativas oportunidades “digitales” para mejorar el sistema de publicación. En concreto, sugieren que los artículos tengan en cuenta la realidad del “research blogging” (blogs de investigación y análisis, basados en artículos revisados) e incluyan información acerca de los comentarios más “valiosos” publicados en posts de blogs, o acerca del número de veces que un artículo es descargado. Esta sugerencia, por cierto, nos mete en un lío interesante y endemoniadamente difícil de resolver: cómo determinar la calidad de los blogs sobre ciencia y en qué medida estas discusiones aparentemente informales, o al menos no oficiales, pueden contribuir al proceso de hacer mejor ciencia.

Es creciente la sensación de que el sistema de publicación en la ciencia necesita una adecuación digital. Algunas propuestas son bastante radicales, como la sugerencia de terminar con la revisión por pares previa a la publicación, dejando simplemente que la “comunidad científica” se encargue de analizar los resultados de cada artículo después de que son publicados, a través de medios digitales o no digitales. Esto evitaría la “fetichización” de los artículos, pues está claro que la vida de una publicación científica se prolonga a través del debate posterior y que, de forma progresiva, este debate está teniendo lugar fuera de los cauces considerados convencionales hasta ahora.

[1] Maltrás Barba, B. 2003. Los indicadores bibliométricos. Fundamentos y aplicación al análisis de la ciencia. Ediciones Trea

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Publicado por el 25 ene, 2012 en Tercera Cultura | 5 comentarios

¿Nos hemos vuelto “más buenos”?

Por María Teresa Giménez Barbat en Letras Libres

¿Nos hemos vuelto “más buenos”?El humanismo secular sostiene que el afinamiento de los instrumentos de la inteligencia que florecieron y avanzaron sobre todo a partir de la Ilustración aportaron grandes logros a la ciencia  e hicieron retroceder  el ámbito de lo milenarista y de lo indemostrable –territorios de la religión, la superstición y la ideología dogmática–. Son precisamente estos instrumentos a los que Steven Pinker, en su libro The Better Angels of our Nature. Why Violence Has Declined (Viking, 2011), hace responsables de una caída en la frecuencia de las guerras, de la violencia y de la agresividad en general en las relaciones humanas. De que, en sus palabras, seamos en conjunto “más buenos”.

En la sección de preguntas frecuentes de su más reciente libro pueden leerse estas palabras:

Aunque siempre tuve una vaga impresión de que una comprensión científica de naturaleza humana era compatible con una robusta moralidad secular, solo por la influencia intelectual de mi esposa, la filósofa y novelista Rebecca Newberger Goldstein, entendí la lógica que las une. Me explicó cómo la moralidad se conecta con la racionalidad, y cómo el humanismo secular es un término moderno para la visión universalista que resultó de la Edad de la Razón y la Ilustración (en particular, según ella, de las ideas de Spinoza). Esas ideas han conducido a la disminución de la violencia hasta un grado al que llamo humanismo ilustrado y que es lo más cercano que tenemos de una teoría unificada.

Este es un mensaje optimista muy de agradecer. Y la tarea llevada a cabo por los humanistas seculares, extraordinaria. Pero, ¿nos hemos vuelto “más buenos”?

La agresividad humana

El comportamiento agresivo es general. No se inventó en un lugar y se extendió. Forma parte de la historia y la prehistoria de nuestra especie y su linaje ancestral. El cerebro humano ha conservado los circuitos agonísticos y de predominio en los mamíferos.

La agresividad tiene por lo menos dos aspectos importantes a considerar. Por un lado, procura rendimientos o recursos en general: alimentarios, territoriales, económicos o sexuales. Por el otro, la agresividad es algo placentero en distintos grados dependiendo de las personas o de las circunstancias. Los dispositivos neurales de la agresión ofensiva se enlazan con los de la recompensa fisiológica. Todo ello recordando que está demostrado que la variación de las tendencias violentas en los individuos es considerablemente hereditaria.

Disminución de la violencia en nuestros días

No solo Pinker, sino autores como L. H. Keeley, Margo Wilson y Martin Daly o Napoleon Chagnon ya demostraron en su día la falsedad del mito del buen salvaje y la evidencia del declive de la violencia (en palabras del antropólogo Richard Wrangham, de la “domesticación” del ser humano).

Estos autores han aportado números que muestran los porcentajes de homicidios, guerras, actos de terrorismo, abuso infantil y otras formas de violencia en varios períodos de tiempo. Pero la cobertura masiva de los hechos violentos tiende a enmascarar (las buenas noticias venden menos) que, por regla general, nuestras posibilidades de ser asaltados o asesinados han ido disminuyendo durante siglos. Incluso en el siglo XX, con sus dos guerras mundiales, las cifras han sido inferiores que en siglos anteriores. Y la segunda mitad del siglo XX ha sido testigo de una carencia de guerras sin precedente entre Estados desarrollados y grandes potencias. La obsolescencia de las grandes guerras es solo uno de muchos motivos de la disminución de la violencia. Los porcentajes de homicidios en Europa se han dividido al menos por 30 desde la Edad Media: de aproximadamente 40 personas por cada cien mil al año en el siglo XIV a 1.3 al final del XX.

Posibles motivos para ello

Pinker asegura en su libro que la evolución social ha reducido los incentivos para la agresión y el crimen cambiando las sensibilidades modernas. En mi opinión, se podrían resumir en tres sus motivos fundamentales. Uno, “la consolidación de los gobiernos –como describió Thomas Hobbes en Leviatán(1651)– como monopolizadores de la violencia legítima y del arbitraje de las disputas reduciendo la necesidad de la venganza privada”. Otro, el auge del “comercio apacible” que produjo los beneficios mutuos del intercambio. Y el tercero sería una progresiva mejora en la inteligencia y en el pensamiento crítico que da lugar a una ética secular y a la consecución de una mayor “bondad” en las nuevas generaciones en su conjunto.

Críticas razonables

Aunque Pinker menciona la relevancia en la disminución de las desigualdades económicas, que han sido el predictor más acertado en la variabilidad en las tasas de homicidio en todas partes, algunos autores –como Martin Daly– consideran que no hace suficiente hincapié en ello. Y también faltan, como resalta Adolf Tobeña*, parámetros importantes como los cambios demográficos, la evolución de los saltos tecnológicos, los índices sanitarios, la evolución de flujos comerciales interestatales y locales y, lo que es particularmente importante cuando se trata de violencia y agresividad, las cifras comparativas sobre el incremento de funcionarios dedicados al control de la delincuencia, la evolución de las prisiones y la población reclusa o tecnologías basadas en la prevención del crímen. Fernando Savater, en un momento de su conferencia en las jornadas La creación del mundo, reproducida en las páginas de esta revista, dice a propósito del avance de esa supuesta “bondad” humana, que habría que profundizar más en datos sobre tipos de violencia como la escolar, el bullying, la violencia doméstica, etc., que ya aporta Pinker pero que merecen mucha más atención.

¿Revolución humanista?

No cabe duda que el avance del pensamiento crítico ha cambiado las sensibilidades modernas a base de potenciar esos componentes de la mente humana que Abraham Lincoln llamó “los ángeles buenos de nuestra naturaleza”. La alfabetización, los viajes y el cosmopolitismo mejoran la empatía y pueden explicar la aversión actual hacia los castigos crueles y los costes humanos de la guerra.

Hoy se les enseña a los niños tolerancia y comprensión al otro de forma realmente asumida. No como adoctrinamiento sino como razonamiento dirigido e inteligente. Pero no hay que bajar la guardia y dar estas conquistas por establecidas. Un artículo de The New York Timespublica datos de un sondeo federal de Estados Unidos que señala que una de cinco mujeres asegura haber sido violada o víctima de un intento de violación. Y una de cada cuatro dice haber sido golpeada por un compañero sentimental.

Hay que tener siempre presente que no somos una tábula rasa y que la naturaleza con todo lo bueno y lo malo es la tierra en la que crecemos. Cuando, por ejemplo, en la misma escuela, en la universidad, en los medios se estimula la rivalidad intergrupal y el favoritismo con los propios (sea a causa del nacionalismo, la adscripción a un color ideológico, la religión etc.) al servicio de intereses políticos se están facilitando excusas para dar salida a impulsos agresivos cuya expansión puede ser muy gratificante para el animalito interior pero que tienen poco de encomiable y mucho de peligrosos.

Un único grupo solidario

La domesticación de la agresividad humana parece posible siempre que no restemos importancia a los sistemas que contemplan las leyes para la prevención de la violencia, su control y el subsiguiente castigo. Es la otra cara del estimulo a la razón, al pensamiento crítico y a la ciencia que promueve este humanismo secular al que el libro de Pinker da un merecido reconocimiento. Vamos hacia una cultura global destinada a ser la única cultura posible, pues es la que se va a construir entre todos a partir de una competencia de visiones en la que resultarán triunfadoras aquellas que proporcionen en la práctica una superior calidad de vida al ciudadano, y no podrá ser independiente de los logros más importantes del intelecto humano: los derechos y libertades delindividuo recogidos en la carta de los derechos humanos; el legado de la ciencia y de la razón crítica; y el sistema político que ha demostrado ser capaz de crear y distribuir riqueza y de defender la paz dentro y fuera de sus fronteras. Esto es, una ética consensuada que nos convierta a todos en pertenecientes al mismo grupo solidario: el del Homo sapiens. ~

* Adolf Tobeña, “Angels de la guarda pinkerians”, Mètode.

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