Navegar a...

Publicado por el 20 feb, 2012 en Tercera Cultura | 6 comentarios

Jonathan Haidt descodifica la psicología tribal de la política

Jonathan Haidt descodifica la psicología tribal de la política

«Los conservadores creen en la igualdad ante la Ley,» les dice a los jóvenes activistas, que están ahí, en el «emporio de la riqueza» para hablar del poder del pueblo alrededor de un guisote vegano («vegan stew»). «No les preocupa en absoluto la igualdad de los resultados».

Por su interés, traducimos un artículo de Marc Parry para The Chronicle Review sobre Jonathan Haidt, autor que tiene traducido al español su libro “La hipótesis de la felicidad”. En marzo, Haidt va a publicar The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion (Pantheon).

Traducció: Iñigo Valverde

Jonathan Haidt descodifica la psicología tribal de la política

Jonathan Haidt es un psicólogo que estudia las opciones morales. Ha hecho algunas visitas al movimiento Occupy Wall Street, de Nueva York. «Los progresistas (“liberals”) necesitan que los sacudan un poco», dice. «Entienden peor a los conservadores que estos a los de izquierdas»

por Marc Parry

Nueva York

Jonathan Haidt está ocupando Wall Street. En cierto modo. Es una noche de enero húmeda que te cala hasta los huesos en el parque Zuccotti del Lower Manhattan. Este psicólogo de 48 años, alto y con aspecto juvenil a pesar de su cabellera plateada está dando una conferencia a los ocupas sobre la visión que tienen los conservadores de sus ideas.

«Los conservadores creen en la igualdad ante la Ley,» les dice a los jóvenes activistas, que están ahí, en el «emporio de la riqueza» para hablar del poder del pueblo alrededor de un guisote vegano («vegan stew»). «No les preocupa en absoluto la igualdad de los resultados».

¿Explicar el conservadurismo en una manifestación callejera de izquierdas? El momento dice mucho de la evolución de Jonathan Haidt, psicólogo moral, guru de la felicidad e izquierdoso rezongón.

Haidt (pronúnciese «heit», con hache aspirada) se hizo un nombre argumentando que la intuición, y no la razón, es el hilo conductor de los juicios morales. La gente se parece más a unos abogados que montan un caso con sentimientos viscerales que a unos jueces que razonan en busca de la verdad. Más tarde, se puso a teorizar una serie de fundamentos morales innatos grabados por la evolución en nuestros cerebros igual que las papilas en nuestras lenguas—bases psicológicas subyacentes tanto en las cualidades protectoras de la individualidad que tanto valora la izquierda el tipo de la atención de salud y la lealtad, como en las virtudes grupales integradoras que prefieren los conservadores, como la lealtad y la autoridad.

«A lo largo de la última década más o menos, ha influido sustancialmente para cambiar lo que piensa la gente de la psicología moral», dice Paul Bloom, profesor de psicología de la Universidad de Yale.

Ahora  Haidt quiere cambiar lo que piensa la gente sobre las guerras culturales. Primero se lanzó a la investigación política desde la frustración que le produjo el fracaso de John Kerry en conectar con los votantes en 2004. Militante izquierdista, este profesor de la Universidad de Virginia tenía la esperanza de que una mejor comprensión de la psicología moral podría ayudar a los demócratas a afilar sus cuchillos. Pero ocurrió algo curioso. Haidt, ahora profesor invitado en la Universidad de Nueva York, ha aparecido como un centrista que piensa que «los conservadores tienen una comprensión más ajustada de la naturaleza humana que los progresistas (“liberals”)».

En marzo, Haidt va a publicar The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion (Pantheon). Al exponer la ciencia moral—cómo se vinculan las personas en un sentimiento de «corrección grupal» y se ciegan en sus propias tendencias mentales—espera extraer algo de vitriolo del  debate público y facilitar el diálogo entre gentes de ideologías opuestas.

En la práctica, lo que hace es incordiar a los progresistas mientras explica los conservadores y la gente religiosa, trazando una delgada línea entre la provocación y la traición. Haidt trabaja en un entorno tan izquierdista que, una vez que reunió a un buen millar de colegas en una conferencia sobre psicología social, entre el 80 y el 90 %  de ellos se clasificaron como «liberales» (a la americana). Sólo tres se identificaron como conservadores.  De modo que si te dejas caer por su despacho, te puedes llevar un choque de buenas a primeras. Oirás a su equipo hablar de sus asuntos entre  hamburguesas de jabalí y de ketchup bio de Greenwich Village, y pensarás—pero bueno, este Haidt ¿no acaba de elogiar a Sarah Palin?

Desde luego. «Ella tiene razón,» dice, con eso de que «no es tanto cuestión de si derecha o izquierda como de intereses de los poderosos frente a la gente corriente». ¿Y la National Review? «Es lo más importante que leo» para captar nuevas ideas.¿ Y Glenn Beck? «Le encanta diabolizar a la gente», dice Haidt, pero es un tipo «con un gran sentido del humor, así que me encanta escucharlo».

Mientras tanto, aunque Haidt aún sigue apoyando al Presidente Obama, crítica a los demócratas por mostrar una visión moral que se enajena a una buena parte de la clase obrera, a los campesinos y a los votantes religiosos. Aunque es ateo, es ferozmente crítico con los científicos progresistas del Nuevo Ateísmo por poner el acento en lo que cree la gente religiosa más que en cómo la religión los reúne en el seno de comunidades. Y arroja a propios colegas de la psicología social a las brasas por qué constituyen «una comunidad moral de tipo tribal que desalienta activamente a los conservadores cuando intentan participar» y por hacer que los demás colegas no específicamente progresistas se sientan como homosexuales que no han salido del armario.

«Hay que sacudir a los progresistas», me dice Haidt. «Entienden mucho peor a los conservadores de lo que los conservadores les entienden a ellos».

Pero, incluso cuando Haidt sacude a los progresistas, algunos pensadores argumentan que muchas de sus propias creencias no aguantan un análisis. El intuicionismo de Haidt ignora el papel esencial que desempeña el razonamiento en nuestra vida cotidiana, dice Bloom. El esquema que se hace de los valores morales innatos equivale a poner «un emoticono sonriente al autoritarismo», dice John T. Jost, un psicólogo político de la Universidad de Nueva York. La concepción inflexiblemente tergiversada de la fe que tiene Haidt hace que parezca como si Dios y la revelación fueran temas más o menos marginales de la religión, protesta Sam Harris, uno de los «cuatro jinetes» del Nuevo Ateísmo y autor del libro «El fin de la fe» (Paradigma, 2007).

«Es casi como decir que el crecimiento incontrolado de las células es un asunto marginal en la biología del cáncer», me pone Harris en un correo electrónico. «El análisis que podría hacer Haidt del cáncer podría equivaler a esto: ‘Desde luego, el crecimiento incontrolado de las células es bastante preocupante, ¡pero el cáncer es mucho más! está la quimioterapia y el diagnóstico por imagen y la atención hospitalaria y el diseño de medicamentos. Están todos los cambios para bien y para mal que ocurren en las familias cuando a alguien le diagnostican una enfermedad terminal.  ‘Vale, pasan todas esas cosas, pero, ¿qué es lo que hace que el cáncer sea cáncer?»

Otras cuestiones: ¿Qué ha pasado para que Haidt pase de ser un progresista anticlerical a convertirse en un centrista respetuoso de la fe? Y, ahora que se acerca la elección de 2012, ¿va a escucharle alguien?

Los investigadores han descubierto que los conservadores tienden a ser más perceptivos a las amenazas y los progresistas más abiertos a las nuevas experiencias. Por la biología y por la biografía, Haidt parecía destinado a ser de la tribu «liberal». Creció en los alrededores de Nueva York como un judío laico cuya madre adoraba a Roosevelt. Fue a Yale en la época en que el  Presidente Ronald Reagan era objeto de burlas permanentes en el campus. Disfrutó de nuevas aventuras como la de entrevistar a sacerdotes y fieles hindúes en la India, un proyecto que le arrancó toda su hostilidad contra la fe y lo dio un gusto más variado por las preocupaciones morales, como las relacionadas con la comunidad o la divinidad.

Su libro anterior, La Hipótesis de la Felicidad, exploraba siglos de filosofía y ciencia en busca del secreto del bienestar (Conclusión: buscar las relaciones. Útil también para Haidt: siesta. Todas las tardes se echa una cabezadita en el  futón que tiene en su despacho).

Haidt se especializó  en filosofía en Yale, esperando que le ayudaría a «hacerse una idea del sentido de la vida». No fue así. El tema resultó «seco y aburrido» y divorciado de las preocupaciones reales de los seres humanos de carne y hueso. Pero le gustó ir a las clases de psicología, de modo que optó por seguir esa vía en una escuela superior de la Universidad de Pennsylvania. Tenía un difuso proyecto de estudiar el humor.

Pero una semana después de llegar a Philadelphia, Haidt se enzarzó en una conversación sobre el pensamiento moral con el que pronto iba a ser su tutor, Jonathan Baron, y se encontró con el tema que ha estado estudiando desde entonces. Haidt se haría ampliamente conocido por su enérgica defensa de una nueva forma de considerar algunas cuestiones muy antiguas: ¿cómo formula la gente los juicios morales? ¿Domina la razón o la intuición?

En 1739, el filósofo David Hume escribió que «la razón es y solo debe ser la esclava de las pasiones, y nunca debe pretender otra función que la de servirlas y obedecerlas». Hume estaba en desacuerdo con los filósofos que aspiraban a razonar su vía hacia la verdad moral sin examinar la naturaleza humana. Una investigación honrada, argumentaba, revela que la razón es tendenciosa y débil, mientras que la intuición propulsa nuestra vida moral.

Haidt y sus colegas metieron a Hume en el laboratorio al investigar cómo reacciona la gente frente a historias inocuas pero desagradables que ponen a la razón en conflicto con la intuición.

Una de las historias presenta a un tipo, Mark, y a su hermana, Julie, que deciden hacer el amor durante unas vacaciones en Francia. Ella toma la píldora y él se pone un condón. La experiencia hace que se sientan más próximos. Pero deciden no volver a hacerlo. ¿Es correcta la decisión?

La mayor parte de la gente condena inmediatamente a los hermanos y luego buscan una explicación. Los peligros de la consanguinidad; daños emocionales. Pero cuando el investigador señala que ni Mark ni Julie sufren el  menor daño, los interrogados suelen aferrarse a una respuesta del tipo: «No sé, no puedo explicarlo. Simplemente es que me parece mal…»

Haidt llamó este fenómeno «moral  desconcertada». La consideraba como un reto al «enfoque racionalista» prevalente en psicología moral, un campo enormemente influido por las ideas de Lawrence Kohlberg.

Los psicólogos kohlbergianos miden el desarrollo moral como una serie de vías cada vez más complejas de razonamiento sobre la justicia. Una tarea notoriamente kohlbergiana, por ejemplo, es el «dilema de Heinz»: ¿Debe Heinz robar un medicamento para salvar a su mujer que se está muriendo?

En 2001, Haidt se alzó en armas contra el racionalismo en un documento clásico que vinculaba la «moral  desconcertada», la filosofía y unos descubrimientos recientes sobre la capacidad de juicio humana, involucrando al mismo tiempo la antropología y la primatología. Su conclusión fue que «la mayor parte de la acción en psicología moral» está en nuestras intuiciones automáticas. «La gente razona, desde luego, pero ese razonamiento sirve en primer lugar para preparar la interacción social, no para buscar la verdad».

No es ninguna tontería: nos engañamos con la forma en que distinguimos lo bueno de lo malo. En buena medida gracias a Haidt, un ámbito descuidado hasta ahora «estalló de pronto», dice David A. Pizarro, profesor asociado de psicología de Cornell. Escribió una crítica con Bloom, que es un admirador de Haidt pero que ha seguido estando en desacuerdo con él en este aspecto durante los últimos diez años. El problema, me dice Bloom, es que los psicólogos sociales pasan por alto las toneladas de razonamientos morales que se hace la gente en la vida cotidiana. La moral fascina y no lo hace de forma inconsciente. La gente lee los consultorios, va a ver a los curas, discute.

«Esas cosas no se ven forzosamente en los laboratorios», dice Bloom. Sacas los temas, presentas algún dilema extraño. Ves como responden. Y dices, «¡Aja! Aquí no hay ningún razonamiento». Pero luego analizas cómo se las arregla la gente para ver a quién votar, o para decidir si abortar o no, o la limosna que van a dar. Y ves que la gente razona.

¿La prueba? El progreso moral. El sexismo, la esclavitud, el racismo — ahora sabemos que es algo malo. Es «el aspecto más interesante e importante  de la humanidad», dice Bloom. «Y puede explicarse si piensas que la moral es un acto reflejo».

Otros profesores, como el psicólogo Drew Westen y el lingüista George Lakoff, han descrito cómo es necesario «sentir» los argumentos políticos antes de que los votantes se los apropien. Haidt detalla sus ideas con una nueva teoría sobre la satisfacción moral. Su trabajo explora cómo las diferentes cocinas políticas atraen las «papilas» innatas de nuestras mentes morales —y, por extensión, la razón por la que los progresistas son incapaces de entender la «atracción intuitiva» que ejercen muchas de las ideas de los republicanos.

Haidt basa sus conclusiones en datos extraídos de un sitio Web, YourMorals.org, que es la versión en psicología de un video viral de YouTube. Cerca de 250.000 personas han contestado las preguntas de ese sitio, valorando declaraciones como: «Pienso que es inmoral que los hijos de los ricos hereden fortunas mientras que los de los pobres no heredan nada».

Con estas investigaciones en la mente, Haidt se ha presentado dos veces en «Occupy Wall Street». ¿Cómo se enfrenta un movimiento de izquierdas, y su contrapartida del Tea Party, con sus ideas sobre el intuicionismo moral en política? Esta noche de enero, ha vuelto al parque Zuccotti, a la cabeza de una bandada de estudiantes de filosofía, para saber más, y observar con fascinación cómo se desarrolla en directo el conflicto moral.

El trabajo crucial de la asamblea general nocturna compone una declaración de principios para el grupo. Algunos miembros «facilitan», pero nadie dirige. La forma de hacerse oír por encima del rumor general es el «micrófono popular», un sistema por el que uno habla y la multitud amplifica las palabras repitiéndolas.

Una discusión sobre acusaciones internas de racismo y sexismo perturba la reunión desde el principio.

Un facilitador explica los esfuerzos para mejorar el proceso contencioso. Mientras intenta avanzar, un hombre de aspecto inexpresivo con gorra de piel negra da un paso adelante y se erige en «transmisor del pueblo».

«Mic check!» grita.

Micrófono humano…

«Quisiera decir…»

¡Quisiera decir!

«Que esto no parece…»

¡Que esto no parece!

«Un espacio seguro.»

¡Un espacio seguro!

Toda la noche, Haidt circula por el parque, escuchando respetuosamente lo que contestan a sus preguntas sobre las motivaciones de los ocupantes. Inicia una conversación con Hillary Moore, artista, y Danny Valdés, profesor. ¿Qué les parece el capitalismo?

«Cuando está fuera de control, es una pesadilla—y creo que es ahí donde estamos», dice Moore. Y añade «La falta de regulación es cosa de gangsters. Es una economía mafiosa».

Moore habla de la empatía en las políticas públicas cuando estalla otra confrontación en un corro cercano.

«¡Porque quieres seguir siendo un crío!» grita una señora. «Park Slope no es un grupo de trabajo».

«La democracia es fea, tío,» dice Valdés. «Es un follón».

Lo que le llama la atención a Haidt es hasta qué punto es un follón. Cuando la gente se pone a debatir el manifiesto, el documento no plantea ningún objetivo específico. Una oradora informa de que su grupo no ha podido ni siquiera ponerse de acuerdo en una sección sobre la no violencia, porque «hay una diversidad de tácticas dentro del movimiento».

«Sorprendente», dice Haidt. «El consenso vence a la no violencia.»

Para Haidt, la evolución de la moral puede servir para dar sentido a las tribus políticas modernas, como ésta. Y en esta evolución, la gran pregunta es: ¿Cómo se junta la gente para edificar sociedades cooperativas más allá de la relación de parentesco?

El elemento  cohesionante es la moral, responde. Los humanos tienen un 90% de chimpancés, pero también un 10%  de abejas, evolucionadas para mantenerse asociadas por el bien de la colmena. Una buena parte de la narración moral de Haidt se basa en la fe. Argumenta que la religión es una adaptación evolucionista destinada a unir individuos en grupos, a los que permite competir mejor con otros grupos. Sirviéndose de la fe, los humanos desarrollaron la «psicología de lo sagrado», la noción de que «algunas personas, algunas cosas, días, palabras, valores e ideas son especiales, separadas, intocables y puras». Si la gente venera los mismos objetos sagrados, escribe, pueden fiarse unos de otros y cooperar para alcanzar objetivos más amplios. Pero la moral también los ciega frente a los argumentos que vienen de fuera del grupo.

¿Qué proporción del pensamiento moral es innato? Haidt ve la moral como una «construcción social» que varía con los tiempos y los lugares. Todos vivimos en una «red de significados y valores compartidos» que se constituye como nuestra matriz moral, escribe, y esas matrices forman lo que Haidt equipara, citando al escritor de ciencia ficción William Gibson, a una «alucinación consensual». Pero todos los humanos injertan sus principios morales en sistemas psicológicos que evolucionan para servir a diversas necesidades, como la atención a las familias y los castigos a los tramposos. Basándose en ideas del antropólogo Richard Shweder, Haidt y sus colegas sintetizan la antropología, la teoría de la evolución y la psicología para proponer seis fundamentos morales innatos: atención/daño, honradez /fraude, libertad/opresión, lealtad/traición, autoridad/subversión y santidad/degradación.

La teoría es frustrante para algunos. Patricia S. Churchland, filosofa y neurocientífica, la ha calificado de «bonita relación sin base biológica». Jost, psicólogo de la Universidad de Nueva York, piensa que Haidt emplea una argumentación débil para definir la moral con tanta amplitud. Los filósofos llevan mucho tiempo considerando si es «moralmente correcto favorecer a miembros de tu propio grupo, obedecer a la autoridad o bien imponer pautas de pureza», dice Jost. «Y, en amplio consenso, han llegado a la conclusión de que estas cosas no tienen la misma categoría moral que la honradez en las relaciones personales o el deseo de minimizar los daños». Seguir a los líderes puede acarrear  terribles consecuencias, observa.

Haidt reconoce que las mismas cualidades «abejiles» que fomentan el altruismo pueden también llevar al genocidio. Pero como psicólogo, no filósofo, piensa que su trabajo consiste, en general, en describir los juicios morales, no en aconsejar sobre lo que pueda ser bueno o malo para los individuos.

Y los seis fundamentos morales son el núcleo central de la explicación que Haidt ofrece de la política. La mente moral se parece a un ecualizador de audio con una serie de botones deslizantes que representan diferentes partes del espectro moral. Todos los movimientos políticos basan sus principios en diferentes ajustes de sus fundamentos y las guerras culturales nacen de las diferencias entre los elementos a los que deciden dar más importancia. Los progresistas ponen al máximo el volumen de la atención sanitaria, seguida de la honradez y la libertad. Rara vez valoran la lealtad y la autoridad. Los conservadores elevan los seis.

Para Occupy Wall Street, la honradez parece ser la preocupación principal, igual que para el Tea Party. La versión de Occupy presenta a los ricos sacando dinero de la trampa y la explotación. El Tea Party restaura el karma castigando la pereza y el fraude, ha escrito Haidt, «y ven el progresismo y el gobierno «de izquierdas» (liberal) como una agresión contra su proyecto». Pero, tal como muestra el mítin de esta noche, la derecha tiene una ventaja para crear grupos efectivos: los activistas de extrema izquierda ajustan el dial de la «autoridad» a cero.

Es una crítica suave, pero Haidt se va poniendo más duro en los memorandos que envía a los políticos progresistas y a los «think tanks». Escribe que la política, como la religión, une a la gente en el objetivo de «perseguir ideales de moral y defender valores sagrados.» El valor que veneran los progresistas es defender al oprimido. Pero su devoción a las víctimas los ciega frente a otras preocupaciones. Se distancian con «una moral laxa y tolerante que da vértigo a la mayoría de los estadounidenses». Y a menudo cometen «sacrilegio» facilitando a sus contrarios «movilizar el sentimiento de ofensa moral». Por ejemplo, socavan la autoridad al respaldar el aborto sin consentimiento parental.

Otro ejemplo que usa Haidt para subrayar la característica psicológica tribal de la sacralidad política es la investigación que hizo en los años sesenta el sociólogo progresista Daniel Patrick Moynihan, profesor de Harvard y experto en políticas públicas. En un célebre informe al Presidente Johnson, Moynihan usó el término «tangle of pathology» (embrollo patológico) para describir el tipo de familia de los negros, argumentando que algunos de sus problemas se derivaban de los elevados índices de nacimientos no matrimoniales, no sólo del racismo. Esa expresión lo convirtió en un apestado; muchos profesores de Harvard prohibieron a sus hijos jugar con los de Moynihan. Tal como Haidt cuenta la historia, Moynihan cometió «el pecado capital»: «culpar a la víctima, perteneciendo la víctima a uno de los grupos de víctimas sacralizadas». Haidt señala que los sociólogos están reconociendo hoy amargamente que tenía razón…

Hasta ahora, Haidt no ha tenido mucha suerte para interesar a los políticos en sus ideas. Estuvo saludando a políticos del Partido Demócrata en su estado de origen, Virginia, como Mark Warner y Tom Perriello, así como en el Center for American Progress, un centro de investigación progresista estrechamente ligado a la Casa Blanca. Pero la gente de Washington etiquetaba a Haidt como demasiado ocupado en esquivar los palos que le caen cada día como para pensar sobre el futuro a largo plazo del progresismo. Los pocos políticos que le dedicaron algo de su tiempo parecían mas interesados en ver si se podían sacar datos de la ciencia del comportamiento para recolectar fondos o sencillamente, demasiado ocupados para comprometerse con sus ideas.

Me llega un barrunto de lo que quiere decir Haidt cuando intento extraer de Anna Greenberg, hija del asesor de Bill Clinton Stanley B. Greenberg y vicepresidenta ejecutiva de Greenberg Quinlan Rosner, la empresa de sondeos demócrata que fundó éste, una respuesta a sus memorandos. Lo primero que me dijo es que lamentaba haber aceptado la entrevista porque «hay mucha tela que cortar» y «no había podido echar una ojeada a la mayor parte».

Pero luego se arranca con un discurso sobre el reto de aplicar la investigación académica a la política. Las ideas pueden ser interesantes, y algunas de las de Haidt parecen tener mucho sentido, dice. Pero, ¿cómo utilizarlas? ¿Diciendo a los demócratas que adopten puntos de vista más conservadores?

«Esos que él llama marcos morales suponen auténticas posiciones políticas que la gente tiene que adoptar y que pueden ser contradictorias con valores básicos de los demócratas, dice Greenberg.

En The Righteous Mind, Haidt atribuye su viraje ideológico a un despertar intelectual. Llegó a apreciar los puntos de vista de la derecha sobre la cohesión social tras leer Conservatism, an anthology editado por el historiador Jerry Z. Muller. Pero también lo achaca a otro factor: el final de la presidencia de George W. Bush. Haidt odiaba a Bush. No pudo cambiar de forma de pensar hasta que no desapareció esa animosidad, hasta que dejó de ser un partidario feroz en lucha contra otro equipo «por la supervivencia del mundo».

Dicho de otro modo, mandaba su intuición.

Compartir/Guardar
Leer más

Publicado por el 19 feb, 2012 en Humanismo Secular, Tercera Cultura, Traducciones | 12 comentarios

Richard Dawkins: Pecados de nuestros padres

Publicado por Richard Dawkins en Richard Dawkins Foundation

Ayer por la tarde me telefoneó un reportero que se presentó como Adam Lusher del Sunday Telegraph. Después de una semana de ajetreo, estaba preparado para nuevas tácticas de distracción, pero ni en mis sueños más extraños podía imaginarme lo surrealista que iba a ser esta vez. Obviamente no puedo repetir lo que dije palabra por palabra (mi pobre recuerdo de largas listas de palabras ha sido advertido esta misma semana), y es posible que el orden no sea correcto, pero aproximadamente así fué la conversación.

“Hemos estado investigando en la historia de la familia Dawkins, y hemos descubierto que sus ancestros poseían esclavos en Jamaica en el siglo XVII y XVIII. ¿Qué tiene que decir a esto?”

Respondí: “Sus ancestros probablemente también los tuvieron. Lo único que ocurre es que conocemos quiénes eran mis ancestros y quizás no conocemos los suyos.”

Persistió desgranando varios de mis antecesores, incluyendo, creo, a Henry Dawkins (nacido en 1698) y su padre el coronel Richard Dawkins (fecha de nacimiento desconocida para mí), ofreciendo cifras terribles (y de hecho deplorables) sobre el número de esclavos que poseían, preguntándome si me sentía culpable sobre ello.

Respondí citando Números 14:18 (de memoria, Oh calamidad) ese pequeño y encantador verso sobre el Señor que “castigará (visitará) los pecados de los padres sobre los hijios hasta la tercera o cuarta generación”: de paso, un buen ejemplo de moralidad bíblica.

Al persistir en sus insinuaciones me excusé perentoriamente y me marché (tenía prisa porque iba a dar una conferencia en Londres y quería prepararla).

Apenas tuve tiempo para reabrir las notas de mi conferencia cuando volvió a llamarme: “La selección natural darwiniana tiene mucho que ver con los genes, ¿no está de acuerdo?” Por supuesto que estaba de acuerdo. “Bueno, algunas personas podrian sugerir que usted ha heredado un gen para apoyar la esclavitud de Henry Dawkins.” “Usted obviamente necesita lecciones de genética”, contesté. Henry Dawkins fue mi tatara tatara tatara tatara tataraabuelo, por lo que aproximadamente he heredado 1 de 128 genes de él (esta es la cifra correcta, en el calor del momento la di mal por teléfono por un par de potencias de dos).

Dejando aparte su analfabetismo científico y su insinuación francamente difamatoria de que podría disculpar la esclavitud, el asunto sobre las potencias de dos es lo bastante interesante para hacer una digresión. Siguiendo una línea de razonamiento explicada en The ancestor’s tale, podemos calcular que Adam Lusher y yo (y yo y tú, y el tío Tom Cobleigh y todos) compartimos la mayor parte de nuestros ancestros y literalmente todos nuestros más lejanos ancestros. Lo que resulta algo menos obvio es que el ancestro que compartimos más recientemente probablemente vivió sólo hace unos siglos. Casi seguramente todos descendenos de propietarios de esclavos (y de hecho de esclavos), si vas lo bastante atrás, y probablemente no tengas que ir muy lejos. Lo que ocurre únicamente es que sólo unos pocos de nosotros cargan, para citar a J B S Haldane, con un cromosoma Y etiquetado históricamente. Como suele pasar, mis ancestros también cuentan con una línea continua de seis generaciones de clérigos anglicanos, desde el reverendo William Smythes (nacido en 1635) a su tatara tatara tataranieto Edward Smythes (nacido en 1818). Me pregunto si Adams piensa que también he heredado un gen para la piedad.

Nuestro inquisitivo periodista de investigación entonces me desafió a negar que William Wilberforce, el gran activista contra la esclavitud, era cristiano. (Es presumible que también lo fueran los propietarios de esclavos. Como cualquier otro en una Inglaterra que era cristiana en aquellos tiempos). Esto me provocó para que le diera otra lección, esta vez exponiendo el brillante libro de Steven Pinker, The better angels of our nature, sobre cómo nos estamos haciendo cada vez más apacibles y civilizados a medida que pasan las generaciones, seamos o no religiosos. Nuestros cambiantes valores morales traen consigo una clara señal estadística sobre el siglo e incluso la década en que vivimos, pero virtualmente ninguna señal sobre si somos religiosos.

A continuación sugirió que debería pagar una reparación financiera por los pecados de mis antecesores.

¿Reparación para quién? ¿Debería peregrinar a Jamaica para buscar a los descendientes de los esclavos a quienes agraviaron mis antecesores? ¿Pero por qué los descendientes de personas que fueron oprimidas por mis ancestros hace 300 años y no las personas que son oprimidas hoy? Se trata de nuevo de la falacia de “los pecados de nuestros padres”, llevada dos generaciones más lejos de lo que Yavé tenía en mente.

En sus palabras de despedida (en realidad era yo el que me despedí) llegó a sugerir que las sucias ganancias de Henry podrían haber servido para adquirir la hacienda inglesa, de la cual mi familia aún posee una pequeña parte. Le contesté que lejos de ser una hacienda, se trata de una pequeña granja que intenta sobrevivir en malos tiempos para la agricultura. Añadí que la riqueza y las tierras poseídas una vez por la familia Dawkins fue malgastada en el siglo XIX por el coronel William Gregory Dakwkins (me alegro de que no fuera mi antecesor directo) en pleitos inútiles. Lo que poseo difícilmente procede de la herencia de pasados siglos, sino que ha sido ganado por mí en mi propia vida. Me alegra poder dar dinero para la caridad, y lo hago en grandes cantidades, pero mi elección a favor de la caridad no está influida por cualesquiera que fuera los pecados que cometieron mis antecesores del siglo XVII y XVIII. En ese momento me preguntó cuántos acres poseía mi moderna y pequeña granja, pero le respondí que se metiera en sus asuntos y le colgué el teléfono por segunda vez.

No puedo evitar preguntarme sobre la calidad del periodismo que aprovecha la ocasión para atacar a un hombre por lo que hizo su tatarabuelo de quinta generación. ¿Es que no hay nada más actual? Por supuesto, está nuestra encuesta Ipsos MORI, publicada esta semana. Pero parece que es mejor distraer a los lectores con una historia de 300 años que liarse con eso.

No compren el Telegraph hoy, pero echen un vistazo a la web y maravíllense por el abismo en que se ha precipitado el antiguo orgullo de un periódico. Esto a menos que (y me gustaría pensar que es bastante probable) el editor considere que la historia se ha pasado de caducidad nada menos que trescientos años.

Leer más

Publicado por el 17 feb, 2012 en Historia de las ideas, Tercera Cultura | 4 comentarios

Por qué nos interesa el libre albedrío, y por qué no nos ponemos de acuerdo

Por qué nos interesa el libre albedrío, y por qué no nos ponemos de acuerdo

El libre albedrío. Con lo bonito que es ese tema. Viene aquí pintiparado. Después de siglos de interminables disputas, el asunto sigue entusiasmando a teólogos, neurocientíficos y filósofos experimentales. Y la razón por la que nos sigue interesando probablemente radica en la tradición, en especial, en las fuertes resonancias teológicas (y últimamente, ideológicas) que conserva la discusión.

No deja de ser llamativo que ni la tradición religiosa ni la tradición filosófica, ni ateos ni creyentes, ni místicos ni teólogos hayan logrado ponerse de acuerdo en un tema tan delicado, dando lugar a una combinatoria de lo más pintoresca. La ubicuidad de prejuicios y sesgos, tanto favorables como desfavorables al libre albedrío, hace que sea muy difícil llegar a un acuerdo. Mucho está en juego.

Empezando por el Génesis, donde Dios aparece como creador del mundo pero no como responsable del estado lamentable en que se encuentra. El mal es, más bien, un resultado de los pecados líbremente escogidos por los antepasados de la especie humana, una concepción en cierto modo equiparable -según Mircea Eliade- a la idea posupanishádica de la humanidad como resultado de sus propios actos.

Pero la postura de la tradición posterior dista mucho de ser unánime, y esto incluso dentro de los márgenes del pensamiento ortodoxo (como atestigua la interesantísima polémica española de auxiliis librada entre dominicos y jesuitas en el siglo XVI).

Lutero en particular, en su Disputa contra la teología escolástica, defiende que el hombre no tiene libre albedrío después de la “caída”. Pero la teoría de la predestinación y la gracia, “tan cara al agustinismo, el jansenismo, el luteranismo y el calvinismo” es notablemente antigua, remontándose al menos hasta Simón el Mago (siglo I d.C.), como explica Michel Onfray en el segundo volumen de su contrahistoria: “Simón inaugura un pensamiento que muchas veces la filosofía alternativa hace propio: la negación del libre albedrío, el relativismo y la arbitrariedad de la moral, el uso del cuerpo como amigo, la adecuación de la existencia personal a la pulsión de vida más radical y en sus formas más primitivas: el deseo resulta en placer.”

Defendiéndose de la bula Exurge domine, Lutero llega a afirmar que “la libre voluntad es realmente una ficción o un nombre sin realidad”. Pero -y éste es el punto verdaderamente crucial- es necesario tener muy presente que la negación de Lutero del libre albedrío, no se refiere a las decisiones triviales, o incluso a las decisiones morales importantes de la vida, sino a la única decisión verdaderamente importante, a la salvación: “Por libre elección entendemos una potencia de la voluntad humana en virtud de la cual puede un hombre aplicarse a las cosas que conducen a la salvación eterna o (puede) apartarse de ella” (citado por Eliade).

Ahora aparquemos la religión. ¿Están de acuerdo los demás filósofos y científicos en la verdad del determinismo, es decir, en la negación del libre albedrío? En absoluto, ni aún los más naturalistas.

Al fin y al cabo, hay antecedentes ilustres. Lucrecio ya defendió en De rerum natura la validez del libre albedrio, justificándose en la física de los átomos. El fascinante clinamen permitía salvar la libertad humana a la vez que la causalidad puramente material en un universo hecho exclusivamente de átomos y vacío.

Más recientemente, a pesar de las evidencias que muestran que muchas de nuestras decisiones descansan en procesos inconscientes y aparentemente no racionales, muchos filósofos y científicos siguen defendiendo que el libre albedrío es una propiedad “emergente” compatible con el hecho de que seamos “criaturas biológicas que deben obedecer las leyes de la física”. Sean Carroll: “El libre albedrío es tan real como el beisbol”. Michael Gazzaniga: “Los cerebros son automáticos, los seres humanos son libres”.

Según Patricia Churchland, la noción tradicional contracausal, que exige de las decisiones libres que sean completamente acausales, -con el permiso de la física cuántica, no es plausible. Hume ya desmostró que nuestras elecciones llamadas libres en realidad estaban causadas por otros eventos de la mente: deseos, creencias, sentimientos, etc. Para Hume la elección libre y responsable en realidad es incompatible con la visión tradicional acausal, “libertaria”. De acuerdo con Churchland, aunque la distinción entre eventos causales del cerebro compatibles e incompatibles con el libre albedrío está lejos de ser nítida, el conjunto de las evidencias científicas no permiten negar que esa distinción exista. En resumidas cuentas, el hecho de que las emociones o los procesos inconscientes influyan causalmente en las decisiones que consideramos “libres” no elimina el libre albedrío. De hecho, una visión actualizada y naturalista del libre albedrío, libre de las exigencias platónicas tradicionales, implicaría justamente la integración de esta parte emocional suprimida por las concepciones tradicionales.

Leer más

Publicado por el 15 feb, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

Geometría en retablo barroco

Autor. Félix Ares/Asesor científico de eureka!

La ciencia se encuentra en todas partes, incluso en los sitios más inesperados.

Catedral de BaezaNunca me han gustado demasiado los retablos barrocos; siempre me han parecido sobrecargados y con un exceso de dorados; y, desde luego, nunca los había considerado depositarios de una alta dosis de ciencia.

Era consciente de que la madera dorada exige una gran tecnología tanto para hacer el pan de oro como para estofarlo. También lo era de que las columnas salomónicas exigían saber bastante de geometría; pero lo que no me esperaba era lo que me encontré en el retablo mayor de la catedral de Baeza, gracias a una excelente guía de nombre Lourdes.

El retablo fue concebido en 1674 por Manuel del Álamo. Es de madera dorada, de tres calles. En el centro hay una virgen y en las calles laterales, a media altura, a izquierda y derecha respectivamente, están las estatuas de dos mártires. Vistos desde la primera fila de bancos/reclinatorios parecen unas figuras un poco más pequeñas que un ser humano de verdad. Lo parecen, pero nos equivocamos. La guía nos dijo que si las bajásemos y las pusiéramos a nuestro lado serían de nuestro tamaño. Son imágenes a tamaño natural.

Arriba del todo, en la calle central, hay otra imagen; desde nuestro punto de vista su tamaño es normal, aproximadamente igual –quizá un poco mayor– a las otras dos que estaban más abajo en las calles laterales. La sorpresa vino cuando la guía nos dijo que medía 2,5 m de altura. ¡Dos metros y medio! Era una imagen gigantesca pero la perspectiva le hacía parecer igual a las otras. Además, una talla tan grande, vista desde abajo tendríamos que verla deforme, con los pies muy grandes y la cabeza muy pequeña; pero ese no era el caso. Se veía normal y proporcionada. Para conseguir esa apariencia «natural», el imaginero había tenido que hacer los pies pequeños, el cuerpo troncocónico con una anchura más que la natural en los hombros y una enorme cabeza. Si la pusiéramos a nuestro lado, no solo sería una imagen gigantesca, sería deforme, con unos pies ridículos para el cuerpo y la cabeza que soportaban. El cuerpo sería muy ancho en los hombros y demasiado delgada en la cintura y la cabeza sería enorme. Sin embargo, vista desde abajo, donde están los fieles, parece una figura perfectamente proporcionada. Se trata de todo un triunfo de las proyecciones geométricas adaptadas a los retablos barrocos. Este tipo de proyecciones las había visto en los cuadros, incluso sabía que las columnas de los templos griegos estaban inclinadas, separándose, para dar, vista desde abajo, una sensación de paralelismo. Pero nunca había pensado que también se utilizarán en los retablos barrocos. Me equivocaba. Matemáticas a la vista de todos.

Gracias Lourdes

Leer más

Publicado por el 13 feb, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 8 comentarios

“Efecto gurú”. El prestigio de la oscuridad

La oscuridad y confusión en la expresión normalmente se consideran un defecto, salvo en el caso de algunos adivinos, teólogos y gurúes intelectuales.

Dan Sperber distingue dos tipos de creencias que esencialmene coinciden con los dos “sistemas” de Kahneman. Algunas creencias son intuitivas y se producen de forma automática sin examen ni esfuerzo intelectual. Otras, en contraste, son reflexivas, requieren razones para ser creídas. Asimismo, las razones para aceptar una creencia pueden ser internas, es decir, pueden estar contenidas en las mismas creencias, o bien externas, cuando una creencia se acepta en virtud de una fuente considerada fiable.

El llamado “sesgo de confirmación”, por el cual prestamos mucha más atención a aquellas evidencias que aparentemente confirman puntos de vista previos, desempeña un papel fundamental reforzando la confianza en la autoridad. Además, cuanto más abierta está una afirmación a una variedad de interpretaciones, mayor es el riesgo de sesgo de confirmación. Según Sperber, las prácticas arcaicas de adivinación son una excelente ilustración de este mecanismo.

"Quienes consultan a la Pitia interpretan sus afirmaciones de un modo que resulte relevante para ellos y que confirme los poderes atribuídos al adivino."

La relevancia atribuída a la información es crucial. Cuánto mayores son los efectos cognitivos derivados de interpretar alguna afirmación, mayor resulta su relevancia. Pero interpretar la información difícil es costoso, y por lo corriente sólo es percibida como relevante cuando está investida por autoridad social. Un claro ejemplo es el prestigio de la teología y los misterios religiosos. Para un creyente, la relevancia de los dogmas está fuera de toda duda, aún cuando sea incapaz de comprender el dogma de una forma sofisticada, un modo de comprensión accesible únicamente al teólogo. Esta dinámica de la relevancia religiosa probablemente causa la transferencia de autoridad del magisterio teológico a magisterios, en principio, seculares. Tal como explicaba Daniel Dennett, la gente no es escéptica con la evolución porque haya analizado los argumentos internos de la teoría, sino porque confía en la autoridad de los representantes religiosos que ya han analizado la cuestión por ellos.

Dan Sperber, que ha pasado su vida intelectual en el París de Sartre, Lacan y Derrida, analiza otro pintoresco campo intelectual donde funciona el “efecto Gurú”: la filosofía contintenal. Martin Heidegger:

No queremos debatir doctrinas sino interiorizar lo conforme a la esencia, aquello en donde o bien estamos afincados, o bien somos arrastrados de acá para allá al carecer todavia de arraigo y juicios.

(…) El ser es lo más dicho en todo decir porque lo decible hay que decirlo únicamente en el ser (y sólo es decible la verdad y de lo que de serio ella tiene).

(…) En tanto que acallamiento, el ser sería también el origen del lenguaje.

El sentido de este tipo de sentencias probablemente no es del todo opaco para un puñado de especialistas e iniciados, pero la cuestión es que, para una mayoría de lectores, resultarán altamente problemáticas.

Se ha de subrayar que, sunque se ha relacionado la argumentación con el proceso de la modernidad (¡Sapere aude!), autoridad y argumentación no son dos procesos totalmente diferenciados:

La autoridad y la argumentación parecen ser dos caminos bastante distintos hacia la persuasión y, en buena medida, lo son. Desde un punto de vista evolutivo, la capacidad para producir y evaluar argumentos podría haber surgido como un modo de superar parcialmente el riesgo de engaño y manipulación involucrado en la aceptación de la autoridad de la comunicación. Históricamente, la transición de la modernidad puede describirse como la sustitución de la autoridad por los argumentos como modo básico de justificar creencias. En el estilo intelectual, a menudo existe una oposición clara entre aquellos que confían más en la autoridad que en los argumentos, y aquellos que confían más en los argumentos que en la autoridad. Sin embargo, en las prácticas comunicativas, lo que encontramos no es una dicotomía entre la apelación a la autoridad y la apelación a la razón, sino una variedad de interacciones y un solapamiento entre las dos formas.

Para los iniciados el prestigio de la fuente (en el caso anterior, el prestigio de Martin Heidegger) y justamente su oscuridad, aumenta la relevancia de la comunicación, estimula y socializa el esfuerzo cognitivo, ya que el mero hecho de participar en una conversación difícil es una prueba de competencia intelectual. No es del todo cierto que la claridad sea “la cortesía del filósofo”.

En los últimos tiempos es verdad que ha florecido un nuevo tipo de gurú digital relacionado con Internet y las llamadas “redes sociales”, con una oscuridad y confusión propias. Pero el lenguaje y el mensaje de los gurúes digitales es demasiado estúpido como para equipararlo con la Pitia o los filósofos posmodernos. Por lo menos yo me niego a ponerlos en el mismo nivel. Además, en el artículo de Sperber sólo interesan los gurúes honestos, que no desean engañar a sus lectores.

Referencia: Sperber, D. (2010) The Guru EffectReview of Philosophy and Psychology, 12(1), 129-592. DOI: 10.1007/s13164-010-0025-0

Leer más
Página 64 de 156« Primera...102030...626364656667...8090100...Última »