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La industria cementera y el cambio climático

Publicado por el 2 ene, 2008 en Empresa |

El cemento es un componente básico en las economías emergentes; en muchos países, desde Asia hasta la Europa del Este, el cemento es el cohesionador del progreso, elemento fundamental para la construcción de edificios y carreteras. Razón por la cual, el 80% del cemento que se hace es utilizado en los países en desarrollo. Solamente China emplea el 45% de la producción mundial y en Ukrania se dobla la fabricación de cemento cada cuatro años.

Pero fabricar cemento supone polucionar en forma de emisiones de dióxido de carbono (CO2); las cementeras producen el 5% de las emisiones globales de dióxido de carbono, la causa principal del calentamiento global, al decir de la corriente hoy en boga, no aceptada en absoluto por muchos científicos de reputación universal. Pero es que, además, el cemento no puede reciclarse; cada nuevo edificio y carretera necesita cemento nuevo.

Ahora, los incentivos verdes pueden aumentar la contaminación. La Unión Europea subvenciona a las compañías occidentales que compren plantas de cemento anticuadas en países pobres y las reacondicionan con la tecnología verde. Pero las tecnologías verdes tan sólo pueden reducir un 20% de las emisiones de CO2.

Así, cuando la industria occidental renueva una planta en el Este, el porcentaje de CO2 por tonelada fabricada se reduce. Sin embargo, la mayor cantidad de cemento producido acaba por polucionar más la atmósfera que anteriormente.

Los cementeros conocen el dilema. La industria cementera está en medio del debate del calentamiento global, pero el mundo necesita el material para escuelas, hospitales y viviendas, como dijo Olivier Luneau, responsable de sostenibilidad de Lafarge, el gigante mundial de materiales para la construcción, con sede en París. Por razón de sus iniciativas, las emisiones crecen menos que lo harían sin sus intervenciones, zanjó Luneau.

Los cementeros han invertido millones de dólares en programas ecológicos, como el Cement Sustainable Initiative (CSI) que se formó para colaborar con la industria cementera para dirigir los retos del desarrollo sostenible. Los propietarios de un grupo de las mayores cementeras del mundo lideran la iniciativa. Lafarge, que es uno de los líderes en sostenibilidad,  que ha reducido un 16,5% el contenido de CO2 por tonelada de cemento. Y el reto está en bajar un 7% adicional el CO2 del nivel actual, para el 2010. Pero reconoce la empresa, la enorme dificultad en bajar de esa cifra.

Julian Atwood, profesor de la Universidad de Cambridge, le contó a Elisabeth Rosenthal, del Herald Tribune que la gran noticia sobre el cemento es que es la mayor fuente de emisiones de CO2 y la demanda sigue creciendo. Si la demanda se duplica, añadió y sólo se consigue reducir el 30% de las emisiones, la polución seguirá creciendo en cualquier caso.

El cemento tiene un problema básico: la reacción química que lo produce libera grandes cantidades de CO2. El 60% de las emisiones causadas por la producción de cemento son debidas únicamente a esta reacción química. El resto de emisiones viene del fuel usado en la combustión para producirlo. A pesar de que tales emisiones se pueden mitigar con el uso de tecnologías verdes.

Los acuerdos sobre el comercio del carbón, incentivos verdes creados por la UE y el protocolo de Kyoto para la contención de gases invernadero, animaron la compra de cementeras en Europa del Este y en Rusia a Lafarge y otras empresas, como HeidelbergCement. Pero también autorizan a los fabricantes a aumentar la producción total, tanto en economías emergentes como en sus propios países.

Las inversiones son extraordinariamente importantes, tanto en la adquisición de nuevas plantas obsoletas y su puesta al día, como en la reducción de emisiones contaminantes. Y está muy bien que así sea, pues si bien el calentamiento global no depende de la mano del hombre como se está haciendo creer últimamente, no está mal que el hombre trate de contaminar menos.

Pero la industria del cemento es la pescadilla que se muerde la cola; la reducción posible de emisiones de CO2 es absorbida por el incremento necesario de la producción.

Pero cualquier volcán dormido, arroja a la atmósfera más CO2 de lo que el hombre pudiera hacer a posta. Y si el volcán entra en erupción, sus  emisiones son muy superiores a lo que el hombre podría emitir en un siglo. Los océanos emiten también grandes cantidades de CO2 a la atmósfera cuando se calientan. Y la absorben cuando se enfrían. El agua supone las tres cuartas partes de la superficie terrestre, por lo que tales emisiones son muy superiores a las que el hombre podría producir.

El calentamiento global tiene su origen en el sol que es quien realmente calienta la Tierra y la cantidad de CO2 en la atmósfera es consecuencia del calentamiento y no al revés.

Pero del calentamiento global, sus causas y la cruzada de Al Gore y otros, nos ocuparemos más adelante, en esta misma sección.

Demasiado para ‘Pinkie’

Publicado por el 11 dic, 2007 en Laicismo |

Demasiado para ‘Pinkie’
Por Pedro J. Ramírez

Como suele ocurrir con los grandes personajes cuyas vidas excepcionales exceden los límites de la vida misma -he aquí a alguien que supo desde muy pequeña lo que quería decir larger than life-, la existencia de este bello animal político, de esta atractiva y carismática mujer cuyo último asalto al trono del poder quedó ahogado en sangre el pasado jueves, mientras esparcía las semillas de la democracia y el racionalismo en el territorio más árido para esa siembra que imaginarse quepa, puede ser contada de dos maneras.
En la primera versión vemos a una joven abnegada e inteligente, en cuya formación han confluido los mejores vientos del este y del oeste, que de vuelta a su país, tras dejar huella académica y una estela de corazones rotos en los campus de Harvard y Oxford, ve a su padre encaramado al puesto de primer ministro por las urnas y derrocado, encarcelado y condenado a muerte por los militares. El último encuentro en una fétida celda de Karachi, apenas distante unos centenares de metros del escenario del atentado del jueves, entre Zulfikar Ali Bhutto y la bella Benazir -él tratando de salvar la compostura y las apariencias con los últimos restos de su frasco de colonia y su proverbial habano, ella sublevada por la farsa judicial que le enviaba a la horca- marcará para siempre su destino. «Hija mía, prométeme que continuarás mi misión», contará ella en su autobiografía que le dijo él.

Como en el caso de los Kennedy o de los Gandhi en la vecina y siempre enemiga República India o de los Aquino en la no muy lejana y mucho más amistosa Filipinas, la antorcha había pasado de manos. La «misión», o más bien el instrumento de esa misión, era el liderazgo de la triple P o Partido Popular del Pakistán, una formación que bajo su mano de hierro iría evolucionando desde el socialismo propio del Movimiento de los Países No Alineados de los 70 hacia un populismo con reminiscencias peronistas y su Evita con pañuelo siempre en primera línea, hasta desembocar en sus actuales posiciones socialdemócratas, nítidamente prooccidentales.

Ungida por el óleo del martirio de su padre, el propósito de Benazir no podía ser otro sino el restablecimiento de la democracia en Pakistán. Su figura de heroína de tragedia griega alcanzó proporciones shakesperianas cuando sus dos hermanos varones murieron en extrañas circunstancias -envenenado el uno, tiroteado por la policía el otro- tras las que ella siempre vio la sombra del general tirano Zia ul-Haq y de sus criaturas del ISI o servicio secreto paquistaní, inquietantemente propensas a aliarse con el integrismo islámico para impedir la modernización del país.

Por dos veces, la primera a los 35 años, consiguió Benazir llegar al puesto de su padre -algo extraordinariamente meritorio en una sociedad musulmana en la que, como ha escrito Bernard-Henri Lévy, el mero hecho de que su rostro fuera hermoso y estuviera destapado era para muchos una provocación intolerable- y por dos veces fue forzada a abandonarlo antes de que concluyera su mandato. La segunda bajo una infamante sospecha de corrupción y con la secuela de tener que dejar a su marido, el ex ministro de Inversiones Ali Zardari, encarcelado -Benazir siempre lo consideraría un «rehén» e incluso llegaría a compararlo con Mandela- mientras ella optaba por el exilio londinense.

El tercer asalto debía ser el definitivo. A medida que la figura de otro general, Musharraf, digno heredero de la tradición golpista, iba empequeñeciéndose por la doble incapacidad de democratizar su régimen y de contener con eficacia la propagación del integrismo, la de Benazir se agigantaba ante los ojos no sólo de la comunidad internacional sino sobre todo de las clases medias paquistaníes, ansiosas de salir de la alternativa diabólica entre la dictadura militar y los delirios reaccionarios de los acólitos de Al Qaeda. El impacto de su regreso con cientos de miles de seguidores escoltándola desde el aeropuerto, la valentía de su perseverancia en el empeño a pesar de los sanguinarios atentados que ese día cercenaron más de un centenar y medio de vidas en un radio de pocos metros de distancia de su automóvil y la trayectoria ascendente de su campaña hasta el mismo momento en que sólo el asesinato logró acallar su voz, garantizan ya su elevación a los altares de esa gran catedral en memoria de los mártires de nuestra civilización donde Abraham Lincoln acompaña a los hermanos Kennedy, junto a Isaac Rabin, Indira Gandhi y su hijo Rajiv a escuchar los sermones de Martin Luther King.

Algo llamado predestinación estaba forjándose en torno a Benazir cuando su padre le recomendaba leer las biografías de dos grandes mujeres que terminaron igual de mal, aunque fuera con unos cuantos siglos de distancia: Juana de Arco y la propia primera ministra de la India. También le pedía que devorara cualquier libro que hablara de la figura que él más admiraba: Napoleón Bonaparte, «el hombre más completo de la historia».

Precisamente ese «bonapartismo a la musulmana» es el que nos guía hacia el lado oscuro de la luna, hacia la otra cara mucho menos ejemplar de lo que Ian Buruma describiría como «una familia nacida para mandar». Pese a no ser militar, Ali Bhutto se veía a sí mismo como una especie de padre protector de la nación paquistaní, al modo de Ataturk o de Sukarno; y en nombre de esa especie de despotismo ilustrado -él sabía mejor que nadie lo que les convenía a sus descamisados- encarceló a sus oponentes, restringió la libertad de prensa y gobernó con pocos escrúpulos democráticos. Pues bien, ese providencialismo también formó parte de la herencia de Benazir, quien, ante el escándalo de su propia madre, se hizo elegir presidenta vitalicia del PPP.

Es la versión que nos muestra a una mujer terca, ambiciosa y sedienta de poder y de riquezas que, desde que sus hermanos la bautizaron como Pinkie por el color rosado de su piel, siempre tuvo un sentido aristocrático de superioridad y diferencia -algo parecido a lo que le pasaba en Nicaragua a la rubia y esbelta Violeta Chamorro- en medio de aquel océano de teces cobrizas. Una mujer fría y calculadora que aceptó casarse mediante un matrimonio arreglado a la vieja usanza, para cubrir las exigentes apariencias de la vida pública paquistaní y luego habría convertido a su marido en una especie de Mister 10% al servicio de su codicia.

Es un retrato demoledor al que incluso su sobrina Fátima aporta la sospecha de que la mano de Benazir pudo estar detrás de la muerte del hermano tiroteado por la policía, justo cuando él cuestionaba su liderazgo en el partido. El retrato de una persona oportunista y sin principios -Jasmima Khan, la ex esposa británica del gran ídolo del cricket paquistaní Imran Khan, la definió como «una cleptócrata con pañuelo de Hermes»-, de una manipuladora nata, capaz de basar su regreso en una negociación política con Musharraf tan tortuosa y enigmática como la danza de los siete velos. Su objetivo era conseguir una sospechosa cohabitación que incluyera la retirada de todas las acusaciones de corrupción contra ella y el blanqueo democrático de todas las violaciones constitucionales del general y sus conmilitones.

¿Dechado de virtudes o compendio de los peores vicios? Este primer gran magnicidio del siglo XXI -según el diccionario, para usar tal término no hace falta que la víctima esté en el poder, basta que su importancia política sea grande- funde para siempre la imagen de la abnegada luchadora por la libertad con la de la insaciable princesa obsesionada por dominar a los demás. Probablemente las dos visiones de Benazir combinan lo falso con lo verdadero. Es lo propio de una sociedad abierta en la que las figuras públicas terminan sirviendo de perchero a todos los fantasmas e ilusiones del hombre corriente.

En todo caso la palma del martirio diluye toda distinción entre la heroína que sacrificó una vida confortable y lujosa al servicio de un ideal y la adicta a la adrenalina de los grandes órdagos que terminó siendo víctima de la propia maquinaria que puso en marcha. Es obvio que Musharraf no hizo nada por protegerla y que los fundamentalistas no quisieron aceptar el riesgo que conllevaba su alianza. Aunque la mano ejecutora fuera la de Al Qaeda, la opinión más generalizada es la de que, como explicaba un militar paquistaní experto en seguridad a The New York Times, «ha existido un esfuerzo concertado para acabar con ella».

Benazir Bhutto ha sido la última víctima del odio impulsado por la mayor perversión de la condición humana que en la actualidad amenaza nuestra civilización. Como si el hombre estuviera emprendiendo un viaje inverso hacia la oscuridad y la barbarie, el papel que hace un siglo representaba el anarquismo -recuérdense los asesinatos de grandes personalidades destinados a divulgar «la propaganda por el hecho»- hoy lo desempeña el fundamentalismo islámico. Tras cometer sus crímenes los anarquistas se quedaban quietos con la pistola colgando de su brazo extendido, prestos para ser detenidos y enviados al cadalso para dar su vida por la causa de la emancipación humana. Los integristas musulmanes abrevian ellos mismos el camino al matar muriendo como terroristas suicidas que van en pedacitos al encuentro de las huríes del Profeta.

El asesinato de Benazir Bhutto recuerda inevitablemente el de Anwar el Sadat, el del caudillo afgano Massoud, paladín de un islam tolerante y abierto a la democracia, o el del primer ministro libanés Hariri, tan próximo a las grandes familias cristianas que también han ido pagando con las vidas de sus vástagos el precio de pretender impulsar una sociedad plural en el corazón de Oriente Medio. La trastienda de tanto derramamiento de sangre no es sino la incapacidad de los países musulmanes para superar la disyuntiva entre los regímenes dictatoriales, bien sean de índole militar (Argelia, Túnez, Egipto, el propio Pakistán) o monárquica (Marruecos, Arabia, Jordania, Kuwait), y el despeñadero de las repúblicas islámicas como Irán o el Afganistán de los talibanes que imponen el yugo de la sharia. Con la excepción de la democracia imperfecta, siempre vigilada por el Ejército, en la semieuropea Turquía, no existe un sólo caso de un país musulmán en el que se haya consolidado un sistema político mínimamente respetuoso de las libertades públicas y los derechos humanos.

El arabista Bernard Lewis lo atribuye a una especie de cortocircuito cultural que sitúa a finales del XVII tras el fracaso del segundo sitio de Viena por los turcos. Es el momento en que el islam se enroca en torno a las interpretaciones más rígidas del Corán predicadas por la escuela wahabí y pierde el paso de un mundo occidental que llega al liberalismo a través de la ilustración y encara decididamente los procesos modernizadores de la edad industrial. Mientras en el orbe cristiano la máquina de vapor da paso al tren y al automóvil, en el islámico se persigue a los constructores de relojes. Esa es la realidad sobre la que el iluso espejismo de la Alianza de Civilizaciones sirve de enésima coartada para que la comunidad internacional olvide que media humanidad tiene asignaturas pendientes que hace ya varios siglos que aprobó la otra media.

Por eso lo que nadie podrá negarle nunca a Benazir Bhutto es su optimismo crónico. En el artículo que escribió para The Washington Post, el mes anterior a su regreso, definió a Pakistán como «una nación intrínsecamente centrista y moderada». Teniendo en cuenta que su parto, desgajado de la India, se produjo hace 60 años en medio de un espantoso baño de sangre, que muy cerca del lugar en el que ha caído Benazir también fue asesinado en 1951 el primer jefe del Gobierno Liaqat Ali Khan y que desde entonces sus anales políticos reflejan una sucesión de golpes militares con breves intervalos formalmente democráticos, es innegable que la heredera de la dinastía de los Bhutto reservaba siempre la mejor de sus miradas para su país.

Era la mirada de una mujer tenaz y empecinada, convencida de que la determinación y la fuerza del carácter pueden superar todas las dificultades y derribar cualquier barrera, sobre todo si actúan convenientemente envueltas en el bello chal del sentido del deber. Es cierto que las distintas elecciones han demostrado que en Pakistán existe una incipiente clase media dispuesta a tratar de construir un puente sobre el abismo. Pero el panorama desde ese puente, que una y otra vez se hunde cuando sus ingenuos arquitectos intentan transitarlo, incluye, como relataba el viernes con su habitual destreza Gustavo de Arístegui, un índice de desarrollo en el pelotón de cola de las estadísticas de la ONU, un caldo de cultivo óptimo para el proselitismo de los grupos radicales, un contagio permanente del fanatismo importado de Afganistán, un archipiélago de 13.000 madrasas que sirven de caja de resonancia a los llamamientos a la yihad, una trama de publicaciones radicales especialmente activa y una red de conexiones y simpatías con el integrismo que engloba a gran parte del Ejército y de los Servicios Secretos. Y todo eso con la guinda de que se trata del único estado musulmán que dispone de la bomba atómica.

Ante un panorama así es imposible no levantar la cabeza y sentir un enorme respeto y admiración por el gigantesco descuadre entre el empeño de la mujer que acaba de ser engullida por ese volcán rugiente y las posibilidades reales que tenía de haber domesticado su caldera. Incluso el más excepcional y arrojado de los héroes clásicos habría parpadeado ante una montaña que, en todo caso, ha resultado ser demasiado escarpada para Pinkie. Zapatero, Moratinos o alguien en nombre nuestro debería depositar una flor sobre su tumba.

Voltaire. Il était à lui seul l’opinion publique

Publicado por el 10 dic, 2007 en Historia de las ideas |

Voltaire. Il était à lui seul l’opinion publique
Par Robert Redeker

Il y a bien eu un siècle de Voltaire comme il y a eu un siècle de Louis XIV. Le Régent ? Louis XV ? Louis XVI ? Effacés. Réduits à des seconds rôles. Devant la postérité, le vrai roi de son siècle, c’est lui, le poète, le dramaturge, le philosophe, François-Marie Arouet, devenu M. de Voltaire (1694-1778). Malgré les déboires, les humiliations, les disgrâces, en dépit de ses innombrables ennemis, des bastonnades et des autodafés, c’est lui qui sort vainqueur de son siècle. C’est lui qui donnera à son siècle son nom. Telle est la leçon du grand livre de Pierre Milza, une biographie d’historien plus haletante que le meilleur des romans : Voltaire.

Il y a bien eu un siècle de Voltaire comme il y a eu un siècle de Louis XIV. Le Régent ? Louis XV ? Louis XVI ? Effacés. Réduits à des seconds rôles. Devant la postérité, le vrai roi de son siècle, c’est lui, le poète, le dramaturge, le philosophe, François-Marie Arouet, devenu M. de Voltaire (1694-1778). Malgré les déboires, les humiliations, les disgrâces, en dépit de ses innombrables ennemis, des bastonnades et des autodafés, c’est lui qui sort vainqueur de son siècle. C’est lui qui donnera à son siècle son nom. Telle est la leçon du grand livre de Pierre Milza, une biographie d’historien plus haletante que le meilleur des romans : Voltaire.

Nous sommes le 30 mars 1778. Les manuels scolaires ont omis d’en faire une date de l’histoire de France. Et pourtant ? L’atmosphère de cette journée anticipe celle du printemps 1789. Peut-être même est-ce la première fois que cette atmosphère est perceptible avec autant d’évidence ? Aux portes de la mort, qu’il franchira dans quelques semaines, rentré de Ferney, Voltaire traverse Paris en carrosse pour se rendre à l’Académie. La foule – le peuple de Paris -  le reconnaît, l’acclame ; l’attelage ne se fraye un passage qu’avec peine au milieu de l’enthousiasme populaire. Des gens montent sur la galerie de la voiture afin de voir le héros. Les acclamations, les cris de joie n’ont fait que s’amplifier tout au long de la journée. Evénement immense, dont les funérailles d’Hugo seront un écho : pour la première fois un écrivain est fêté par une foule aussi nombreuse qu’admirative, pour la première fois une marée humaine acclame un écrivain. Ou plutôt : ce n’est pas autour de l’écrivain qu’elle se presse, mais de l’écrivain devenu intellectuel, le défenseur de Calas, du chevalier de La Barre, le pourfendeur des injustices et des barbaries. Le roi, ce n’est pas Louis XVI, le roi, pour cette foule, c’est Voltaire ! Toute une vie pour en arriver là. Toute une vie pour cette apothéose. Né sous Louis XIV, Voltaire s’éteint à la veille de la Révolution : son nom, ce printemps de 1778 le laisse deviner, va peser sur l’histoire.

Nul n’est plus méconnu que Voltaire. L’ouvrage de Pierre Milza restitue l’écrivain dans sa complexe vérité : il y a loin en effet entre le poète mondain, dévoré par un insatiable besoin de reconnaissance, une ambition le traînant de cour en cour, et le premier intellectuel de l’histoire, celui qui tracera la voie à Hugo, à Zola et à Sartre. « L’intellectuel, a écrit Sartre, est quelqu’un qui se mêle de ce qui ne le regarde pas ». A savoir : le pouvoir. Exactement ce que sera le dernier Voltaire : quelqu’un qui se mêle du pouvoir. Le poète mondain des débuts n’aspirait qu’à briller devant le pouvoir, obtenir les faveurs des Princes, attirer le regard des monarques et de leurs favorites, fasciner Louis XV et Frédéric II jusqu’à prendre le risque d’être leur bouffon. L’intellectuel des dernières années, l’avocat des persécutés, au contraire, affronte directement le pouvoir. Milza en signale la grandeur : « ce qui fait sa grandeur (…) c’est le caractère solitaire de son entreprise Aucun parti, aucune force politique, aucune coterie derrière lui, pas même la maçonnerie ». L’affaire Calas fut un combat solitaire comme le sera, deux siècles plus tard, celui de Soljenitsyne. Les philosophes – Diderot, Rousseau – ne se sont pas rangés à son côté. Qu’à cela ne tienne ! Il s’appuiera sur l’opinion publique, que, de fait, il invente, et qu’il définit comme la voix publique : « je parle de cette voix, de toutes les honnêtes gens réunis qui réfléchissent, et qui, avec le temps, portent un jugement infaillible ». Appuyé sur l’opinion  publique il obtient la réhabilitation de Calas.  

Rien de plus romanesque que sa vie ! Un trait, aux yeux de Milza, la caractérise : lorsqu’il est parvenu à son ambition, entrer dans l’intimité des Rois, briller à la cour du plus bel éclat, il commet invariablement quelque imprudence qui le précipite dans la disgrâce. C’est le ressort du roman, non ? Boudé, en représailles à ses incartades, par Louis XV, qui le fit auparavant officier de la chambre du roi et historiographe officiel, il se précipite à la cour du roi-philosophe, « le Salomon du Nord », Frédéric II de Prusse. Là, comme partout, il aurait pu jouir de sa situation, d’autant plus que le monarque lui vouait une amitié sincère. Il en arrive cependant à changer ce roi en ennemi. Avant de finir symbole pour toujours de la liberté d’expression, Voltaire aura tout été : brillant élève des jésuites à Louis-le-Grand, clerc de notaire, libertin dévergondé, courtisan à Versailles, tragédien aux succès instables, premier historien moderne, chambellan de Frédéric II, financier de haute volée, hobereau à Ferney, patriarche du parti des philosophes. Il aura tout connu : la gloire et l’infortune, l’exil et l’errance, l’amitié et la trahison, l’amour d’une femme qu’il tenait, non sans raisons, pour supérieure à lui, Emilie du Châtelet. Jusqu’aux guet-apens dignes de films de cape et d’épée commis par des coquins sur commande de nobles seigneurs, le chevalier de Rohan ou Frédéric II lui-même. Il aura été aimé, admiré, jalousé et haï comme personne. Il aura montré les mille facettes, dont certaines particulièrement déplaisantes, de sa personnalité. On le découvre à chaque page de cette biographie : autant qu’un siècle, Voltaire aura été un roman ! 

« Ecraser l’infâme » – cette formule revenant souvent sous sa plume constitue le fil rouge de sa vie. L’infâme : l’alliance despotique du trône et de l’autel, de la superstition et de la barbarie, dont le règne social passe par l’intimidation et la terreur. L’infâme : tout ce qui, issu du christianisme fait obstacle au progrès de l’humanité. Le chevalier de La Barre s’était rendu coupable d’abominables crimes : blasphème et impiété. Il fut condamné à avoir la langue coupée, la tête tranchée, le corps mutilé brûlé en même temps que le Dictionnaire Philosophique de Voltaire, œuvre diabolique qui avait été retrouvée dans son appartement. La France du siècle des Lumières est bien ce pays où l’infâme pousse à commettre de sang-froid « des barbaries qui feraient frémir des sauvages ivres ». L’infâme qui, à travers quelques prêtres sans scrupules, travaillèrent en vain à arracher au Voltaire à l’article de la mort une rétractation de ses impiétés et une profession de foi. Ne concluons pas cependant à l’athéisme de l’auteur de Candide. Adversaire des religions révélées, pourfendeur des fétichismes, Voltaire, ce qui l’opposait à Diderot, croyait sincèrement en Dieu – un Dieu horloger. En déiste, sans croire la Bible, ni l’Evangile.  

Voltaire n’a rien été de moins qu’un tournant de l’histoire. Avec lui commencent l’intellectuel et l’opinion publique. Partout dans le monde, il se dit : Voltaire, c’est la France. La France libératrice, la France émancipatrice, la France étendard des droits de l’homme. L’encre de Voltaire fut le berceau du message de la France au monde. Au-delà de l’hexagone, le mythe de la France et le mythe de Voltaire correspondent. Ainsi, au terme de son parcours, une mue intérieure suivie pas à pas par Milza, Voltaire était devenu plus que l’homme-siècle : l’homme, pour toujours et à tout jamais, au-delà de sa propre mort, symbole universel de la liberté. Les fanatismes égorgeurs trouveront toujours le souvenir de Voltaire sur leur route. Milza fait bien d’approuver, à la dernière ligne de son livre, l’appréciation d’Hugo : Voltaire, « l’homme qui est mort le 30 mai 1778 est mort immortel ».

* Pierre Milza, Voltaire, Perrin, 913 pages, 26,50€.

‘Maldito día’

Publicado por el 1 dic, 2007 en Cultura |

Jacinto Antón.  El País

Arturo Pérez-Reverte revive de manera impresionante en Un día de cólera, su nuevo libro, la feroz jornada del Dos de Mayo de 1808 en Madrid, devolviéndola a la calle con toda su sangre y salvajismo y con tono documental.

“Pelean por barullo o por cabreo: esos franchutes le han tocado las tetas a mi novia, son unos cabrones, chuloputas”

“El drama del Dos de Mayo es el de los lúcidos, los que saben que combatir a los franceses es defender a unos reyes incapaces”

“¿Qué se puede esperar de un pueblo que se echa a la calle porque está cabreado? Eso no puede llevar a nada bueno”

“Estoy hablando de personas, del albañil, la pescadera, el picador, gente concreta, gente de verdad, seres humanos”

Cañones, cañones, cañones. “Colocaron las piezas ahí, dos de a ocho libras y dos de a cuatro, para cubrir la transversal de San José en las dos direcciones, hacia San Bernardo por la derecha y hacia Fuencarral por la izquierda, y enfilando también la calle de San Pedro, al frente. Desde aquí les tiraban a los franceses, vinieran por donde vinieran”. Arturo Pérez-Reverte hace una mueca lobuna y señala con la mano como si orientara a los artilleros del parque de Monteleón y estuviéramos metidos de lleno en aquel fregado de humo, pólvora y espanto, el Dos de Mayo de 1808, nada menos. Hasta parece prudente agacharse.

Nos encontramos en uno de los escenarios principales (la madrileña plaza del Dos de Mayo) de aquella histórica, violenta y controvertida jornada de la que pronto se cumplirán 200 años y a la que el escritor ha dedicado su nuevo libro, Un día de cólera (Alfaguara), una reconstrucción apasionante y minuciosa hasta la obsesión de los sucesos que tuvieron lugar en la fecha. “Por ahí entró la columna Lagrange-Lefranc”, está diciendo el autor, “dos mil hombres, encabezados por un destacamento de gastadores y granaderos de la Guardia Imperial; imagina los chacós negros, las relucientes bayonetas, los toques de corneta, el crepitar de la fusilería”. El lugar está tranquilo como una balsa de aceite en esta tarde radiante. Un grupo de jóvenes con monopatines, varios paseantes con perros y un tipo que, sentado, da cuenta de un gran bocadillo, miran de reojo, con cierta aprensión, a Pérez-Reverte, que luce un radical corte de pelo a lo paracaidista de la 82ª Airborne en Sainte-Mère-Eglise, y sigue indicando con rasgo feroz ángulos de tiro, líneas de ataque, movimientos de tropas.

“Éste fue nuestro Álamo”, afirma contundente. Y agrega, con tono compungido, señalando al suelo, junto a la puerta monumental conservada en medio de la plaza que es lo único que queda del viejo edificio del parque de artillería: “Exactamente aquí cayó Daoíz, y allá Velarde”. Las ajadas estatuas de los dos héroes “les faltan las espadas originales y el pedestal está atravesado de grafitos” parecen inclinarse para observar por encima del hombro del novelista.

Pasear por los escenarios del Dos de Mayo con Arturo Pérez-Reverte de scout es “igual que leer su libro” como ver resucitar la historia bajo tus ojos. Tras callejear tropezando con grupos de paisanos armados, esquivando balazos, cuerpos tirados de cualquier manera y charcos de sangre -”mira, la calle del Barquillo, aquí murió el hijo del general Legrand, oficial de caballería, de un macetazo”-, llegamos por la calle Mayor hasta cerca de la Puerta del Sol, donde vemos pasar a la caballería francesa del Chef d’escadron Daumesil, dragones, cazadores y granaderos montados, con los mamelucos en vanguardia, preparada para cargar. El escritor se detiene y aprovecha para evocar el ataque de los coraceros de Rigaud en la Puerta de Toledo. El suelo parece temblar con la evocación de la masa compacta de esa caballería pesada. Esa vibración de la tierra que notan los personajes del libro antes de ver llegar a los 926 coraceros… “Es real. Pude sentirla durante el rodaje de Alatriste, durante el ataque contra el cuadro español, con todos aquellos caballos”, explica Pérez-Reverte. La escena de Un día de cólera recuerda la de Salvar al soldado Ryan en la que llegan los pánzer y los precede una trepidación de los cristales, las paredes, la tierra -no en balde, al cabo, los regimientos de coraceros se convirtieron en unidades de blindados-. “Yo eso lo viví en Vukovar”, añade el novelista, “con Márquez, el cámara; la sensación de desasosiego cuando se acercan los carros de combate…”.

El largo paseo por “la batalla de Madrid” del Dos de Mayo es el postre de la conversación con Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) en el café Gijón, donde el novelista recibe con un humor excelente y sorprendentemente sosegado. , incluso con un punto de dulzura tan discordante en él como crema sobre una guindilla.Es posible que Un día de cólera, paradójicamente, le haya calmado. Ante la primera pregunta, no obstante, se revuelve como si lo hubieran azotado con un knut.

PREGUNTA. Un día de cólera tiene un aire periodístico.

RESPUESTA. Para nada. No es periodismo.

P. Bueno, no es ficción, ni libro de historia, dice usted, se parece a aquellos libros de Dominique Lapierre y Larry Collins, como ¿Arde París? Aquí es un poco ¿Arde Madrid? El amplísimo reparto, esos personajes -todos reales, subraya usted- a los que seguimos de un lado a otro, las vidas y perspectivas que se entrecruzan, la minuciosidad en situar a cada uno en el momento exacto y en el lugar preciso en que se encontraba? Marbot se corta afeitándose, Moratín se quema con el chocolate, una manola le canta una copla a Daoíz, Murat imparte órdenes de tirar sin compasión en su cuartel general en el palacio Grimaldi…

R. Eso sí, es un libro documento, basado en los datos, los informes militares, las memorias de los que vivieron aquellos hechos, los documentos oficiales, las listas de muertos y heridos. Pienso más que en Lapierre y Collins en Cornelius Ryan.

P. El autor de El día más largo, Un puente lejano…

R. Y La caída de Berlín, sí.

P. Ese afán de objetividad, ese puntillismo, los nombres, dónde mata y muere cada uno…

R. El Dos de Mayo es algo muy contaminado y manipulado por todo el mundo durante 200 años. He querido despojarlo de todo eso, mostrarlo como fue, con información de primera mano -he consultado una cantidad ingente de documentación-, y hacer que el lector lo viva, por primera vez, en la calle. Que entienda cómo fue, y que se sienta un participante, que pase miedo, que corra, que sude. Un día de cólera es un libro basado en los testimonios, absolutamente riguroso. Es novela sólo en la medida en que he llenado los agujeros que deja la documentación usando técnicas de narrador, poniendo la argamasa que une los datos. Pero empleo un lenguaje directo, objetivo, frío, sin adjetivos. Un tono documental. Aquí no hay héroes, ni heroísmo, ni épica. No he ido a juzgar el aspecto ético. Es un libro descriptivo, distante. Me separo del sujeto para dejarle el sitio al lector, es él el que se mete en la acción, se codea con los personajes.

P. Dice que el Dos de Mayo ha sido muy manipulado.

R. Desde el día siguiente. Por los patriotas, por el absolutismo de Fernando VII, los liberales, la I República, la monarquía, la II República -que puso el énfasis en el protagonismo del pueblo en aquella jornada-, el franquismo -para Franco los héroes eran Daoíz y Velarde, claro, los militares a la cabeza del pueblo-… De nada como del Dos de Mayo se han hecho tantas lecturas.

P. Entonces, su propuesta…

R. La historia ya ha sido contada, no voy a reescribir a Galdós -como hacen otros-, sería ridículo. Ni voy a dar una interpretación. Que sea el propio lector el que interprete. Quien quiera ver en esto un arrebato patriotero va de culo.

P. Eso de frío, distante, objetivo… se lo salta a veces con algunos trucos.

R. Claro, es una narración, y uso la libertad que me da ser novelista. El historiador, en cambio, no puede narrar ciertas situaciones, no está autorizado a rellenar los huecos, las lagunas de la historia.

P. Aquello, como lo muestra, fue una ordalía de sangre y violencia.

R. Una lucha sucia, callejera. Cada uno hizo su guerra. Mucho combate individual.La reina fue la navaja. Los franceses hablan de ella con acojone. No navajitas de las de ahora, sino trastos de dos palmos.

P. De hecho, la única onomatopeya que se permite en Un día de cólera es la de la multitud enfurecida en Puerta del Sol abriendo al unísono sus navajas: clac-clac-clac.

R. Centenares de cachicuernas albaceteñas de siete muelles…, he imaginado ese ruido.

P. Aquel día los madrileños inventan un arma nueva letal: la maceta.

R. Sí, una auténtica innovación bélica española. Matan a varios franceses lanzándoselas desde balcones. Les tiran de todo, tejas, ladrillos, botellas, muebles, agua y aceite hirviendo. Unos tipos saquean la armería real y combaten con armas antiguas, cascos, escudos, viejas espadas, alabardas de tiempos de Carlos V… El cerrajero Molina mata a un imperial a garrotazos. Otros usan hachas, hoces, agujas, lo que sea?

P. Su descripción de la célebre carga de los mamelucos, al frente de la caballería de la Guardia Imperial, es estremecedora.

R. Un choque brutal. A los mamelucos que caen los degüellan como a gorrinos, “moros”, les llaman. Claro que, para un madrileño de entonces, un mameluco egipcio, con el atavío oriental, turbante, cahouk, sarouaibombachos escarlata, le parecería el no va más de lo musulmán…

P. Pero en realidad había mucho mameluco francés, ¿no?, eran un poco como los zuavos, una indumentaria exótica.

R. Eso, la incorporación de franceses, fue más tarde, los mamelucos que cargaron en Madrid eran originales, egipcios, como el pobre Mustafá del que hablo y al que, sujetándole entre tres, le rebanan el cuello.

P. En todo caso, cargarse a un mameluco -a los que Napoleón concedió un águila por su valor en Austerlitz- o a un coracero, ya que estamos, requería valor.

R. Sí, recuerda que eran soldados de élite. Para ser coracero, les gros frères, les hommes de fer, debías medir un mínimo de 1,73, que era una buena altura entonces. -Daoíz y Velarde, por ejemplo, son muy bajitos-. Eran tropas que impresionaban, con enormes caballos.

P. Sí, cantaban aquello tan simpático C’est la charge, c’est la foudre,/ c’est l’assaut dans la sang et dans la poudre. ¿Cómo caen ante simples civiles?

R. Imagínate que eres un coracero, digamos que te llamas Dupont, muy marcial, muy bravo, muy duelista, que te has paseado por todos los campos de batalla de Europa, por Eylau, con Hautpoul, por Friedland. Y llegas a la Puerta de Toledo y en vez de los enemigos acostumbrados, todo orden y banderas, se te tiran encima cuatrocientos tíos con navajas, puñales, macetas, lo que sea? Una manola le mete un espetón de asar a tu montura por los belfos, otra se deja atropellar para detenerte; un cura te pega un escopetazo. Te acojonas. Te dices: ¡Mon Dieu, yo no soy un gendarme, yo soy un soldado! Goya muestra muy bien lo que fue aquello: la gente estaba enloquecida, rabiosa, no se precavían físicamente, se tiraban a los pies de los caballos para hacerlos caer. Eso tú y yo no lo hacemos.

P. Yo, desde luego que no.

R. El que hace eso es el mismo español que despotrica de Zapatero, de Rajoy, de Bono, aunque más primitivo, más fanatizado, trabajado a fondo por la Iglesia. Coge y suelta a ese tío bien cabreado ante los franceses y tienes el Dos de Mayo. Primero es cólera pura; luego, cuando las cosas comienzan a ir mal, siguen peleando por vergüenza, vergüenza torera, y venganza.

P. Hubo muchas mujeres en la lucha.

R. Sí. Es muy sorprendente que, por ejemplo, entre los que se enfrentan a la caballería francesa hay una gran cantidad de mujeres. También las hay en Monteleón, con los artilleros, arrastrando cañones si es necesario, como Ramona García Sánchez. Casi la mitad de las bajas que recoge la documentación son mujeres.

P. Se las cargan los franceses sin miramientos.

R. Hombre, tú mismo, si se te tira encima una pescadera con tijeras herrumbrosas de limpiar pescado en la mano buscándote la yugular, no sé, yo no dejo que se me acerque.

P. ¿Sumergirse como lo ha hecho en el Dos de Mayo le ha llevado a alguna conclusión sobre el significado de esa fecha?

R. Mi conclusión es que ¡maldito día! El Dos de Mayo es una losa que aún nos pesa. Es el día en que el instinto, el coraje, el fanatismo, el valor, el patriotismo, el ansia de rapiña, el deseo de venganza, lo noble y lo innoble produjeron un proceso que trajo consecuencias terribles para España. Los madrileños luchan en el bando equivocado ese día. Para restituir el viejo orden, casposo, ruin. Esa épica callejera nos metió en una pesadilla que arrastramos hasta hoy, ahí nacen las dos Españas. Insisto: ¡maldito sea el día! El drama del Dos de Mayo no es sólo el de los 400 muertos españoles censados. Es el de la inteligencia, el drama de los lúcidos. De la gente que sabe que la razón, el progreso, está del lado de los franceses, que el futuro es ése. Y que combatir a los franceses es defender a unos reyes incapaces y a unos curas fanáticos. La familia real, española, esos Borbones, eran lo más abyecto, despreciable y vil de Europa. Por eso mucha gente se quedó en sus casas. , por eso luchó quien luchó y no luchó quien no luchó. Moratín, Goya, Blanco White… Qué día más terrible cuando el bando del honor se contrapone abiertamente a todo lo que quieres y en lo que crees.

P. Usted parece identificarse con los afrancesados, por la cabeza, y también por el corazón, con la gente del pueblo llano que se echa a la calle, la gente a la que finalmente dejan en la estacada, el “pueblo huérfano”, como ese valiente chispero, Juan Gómez, escéptico y descreído, que es un trasunto suyo.

R. ¡No, no te equivoques! Aquí no hay trasuntos míos, no me invento nada ni a nadie. Todos los personajes son reales, construidos a partir de testimonios. Mi libertad ha sido, sabiendo que cinco mueren en la misma esquina, hacer que se conozcan, que hablen entre ellos, lo cual no es muy osado suponer.

P. ¿Cuántos personajes maneja? en total…

R. Unos trescientos.

P. ¿Quién lucha ese día?

R. El mito de siempre es que ese día lucha el pueblo todo, la nación. Eso es mentira. La mayoría de la gente está en sus casas. Es la chusma, el pueblo bajo, ignorante, el que sale a la calle. Las putas de Lavapiés, los matarifes del Rastro, los chisperos (herreros) de Barquillo, los delincuentes, los mendigos. Muchos salen por barullo, por chulería, por robarle al francés los dineros de la bolsa y arrancarle los dientes de oro. Por venganza: esos franchutes le han tocado las tetas a mi novia, son unos cabrones, chuloputas, no pagan el vino.

P. ¿Y el patriotismo?

R. A veces lo confundimos con el cabreo, que es lo que hay en abundancia el Dos de Mayo. Por eso mi libro se titula Un día de cólera y no Un día de gloria. Lo del patriotismo en el Dos de Mayo es en buena parte manipulación. Al acabar la jornada la gente cree que todo ha terminado ahí, un motín y nada más. Ni independencia ni leches. No sabían lo que estaban haciendo, lo que vendría después. Yo he visto mucha insurrección. , he estado en Rumanía cuando la caída de Ceaucescu. A la calle siempre salen los mismos. Aquel día, combatiendo en Madrid, había algunos patriotas, sí, y militares, incluso un aristócrata. Pero hay que comprender que la algarada es popular y viene del cabreo. Era cólera, no patria. El del Dos de Mayo es el mismo español que pega al ministro, que se cabrea en Barajas. Sale a cargarse franceses como sale a cargarse curas durante la República. Ese español tan peligroso. “¡Con razón o sin ella!”, ese terrible motivo del español para pelear. El Dos de Mayo no hay propósito definido, no hay plan, no hay cabeza rectora. Por eso resulta tan difícil a los franceses pararlo. Lo de la nación y la patria viene después. La guinda de la macedonia. Luego todo el mundo se apropia de aquello. Volverán a hacerlo el próximo 2 de mayo de 2008. Yo quiero devolver el 2 de mayo a la calle, insisto. Que el lector corra ante los caballos, escuche las balas golpeando a su lado, se agobie, participe en el combate callejero, se encuentre con gente que no volverá a ver, se meta en el caos, el humo, los gritos, la sangre…

P. Ahí su experiencia de corresponsal de guerra es un punto.

R. Cuando hablo de saltar tapias delante de tipos armados que te persiguen no me lo explican, lo he vivido, y eso se nota. Puedo reconstruirlo con soltura. Yo he estado allí, sé lo que se siente. Eso lo hace muy real.

P. Hay cosas que hacen pensar en El pintor de batallas. Lo cual es lógico porque en ambos aparecen Goya y sus cuadros.

R. Un día de cólera se me ocurrió cuando escribía El pintor de batallas. Aquí también estoy explicando un cuadro. Nos hemos nutrido mucho de un imaginario gráfico con el 2 de mayo. También en eso he tratado de despojar a los cuadros de las adherencias, dar una lectura limpia, sin interposición, sin intermediarios.

P. El parque de artillería de Monteleón es uno de los centros de Un día de cólera.

R. La que llamo la batalla de Madrid tiene sus escenarios ahí, en Monteleón, y en el eje Palacio Real-Puerta del Sol-Buen Retiro y en la Puerta de Toledo, más los lugares de los fusilamientos. El parque de Monteleón es nuestro Álamo. De hecho en ese lugar mueren más que en la misión tejana. ¡Mira que hemos comido con patatas leyenda del Álamo!, tanto Travis, Bowie y Crockett.

P. Remember the Alamo, Remember Monteleón. Es verdad, los franceses incluso tocan a degüello como los lanceros de Santa Ana. Aquí también son tres los líderes de la resistencia: Daoíz, Velarde y Ruiz, Jacinto Ruiz, teniente.

R. Si te acercas ves que eran unos matados. Dos oficiales, simples capitanes, uno por exaltación -Velarde, el típico militar de “¡viva España!”, el que asalta la trinchera en Rusia a pecho descubierto-, el otro por decencia -Daoíz, callado y frío, pero que se suma al asunto por vergüenza torera y asume su destino trágico-. El tercero, un tenientillo asmático. Y les hacen bajas, y muchas, al mejor ejército del mundo. ¿Por qué he de admirar a los del Álamo, que ni me va ni me viene? Monteleón marca más mi vida, esos valientes? Montan un chocho de la hostia.

P. Daoíz cae bajo las bayonetas francesas, a lo David Crockett, atravesando con su espada antes al general Lagrange, ¡vaya escena!

R. Así fue, hay testimonios.

P. Parece que admira usted ese valor.

R. Pero todo eso fue para mal. No lo olvidemos. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que se echa a la calle porque está cabreado? Eso no puede llevar a nada bueno. Pero, claro, es una jornada fascinante.

P. Los militares de Monteleón, confiando en que con su gesto van a arrastrar al ejército entero tienen un no se qué del 23-F.

R. Algo de eso hay. Todas las fuerzas políticas y militares se inhiben, unos por sinceridad -les horroriza mezclarse con la chusma revoltosa, turbulenta: en el fondo mejor que se los carguen los franceses-, otros por no liarse. Pero el 23-F es algo tan sucio que cualquier comparación mancha. No me gusta esa comparación.

P. Un día de cólera se puede leer como un parte de bajas. Esa obsesiva y recurrente enumeración de las víctimas, todos esos nombres de los participantes, párrafos enteros. ¿No teme que puedan hacer engorrosa la lectura?

R. Era fundamental lo de los nombres. Estoy hablando de personas, del albañil, la pescadera, el picador, gente concreta, gente de verdad, seres humanos. Eso no puede hacerse de forma anónima. El lector tiene que reconocerlos. Además, es un recurso clásico, a la manera homérica. La Ilíada, salvando las distancias, está llena de nombres y genealogías. No escatimo esa reiteración. Los personajes del Dos de Mayo no son abstracciones patrióticas. Tengo las listas y las uso.

P. Y si al lector le corta…

R. Que se fastidie. El libro lo requería. Creo que ese uso de los nombres aporta más de lo que pueda entorpecer. Tras la lectura, no te queda un concepto abstracto como el pueblo de Madrid, sino nombres, personas. De todas formas, ojo, eso de los nombres es algo que dosifico y sitúo estratégicamente en la narración.

P. Hace constar las profesiones de los que cita, y las edades, que sirven para ver que en la calle había hasta niños y ancianos.

R. Sin esos datos no se entiende el Dos de Mayo, sin ellos nos manipulan, te llevan al huerto los políticos y los hijos de la gran puta, ponlo así, por favor.

P. También aparecen dos maestros de esgrima, a uno le hace morir dándose de sablazos con los dragones franceses.

R. Yo no le hago, yo no hago nada, bueno, casi nada.

P. Parecía un guiño a El maestro de esgrima.

R. No, no. Son personajes reales. No hay ningún guiño en esta novela, ni siquiera a El húsar, que me hubiera resultado fácil, por la cercanía temporal.

P. Da la impresión de que se lo ha pasado muy bien escribiendo.

R. Ha sido un trabajo enorme. ¡Pero lo que he disfrutado! Con las lecturas y mapas, y paseando por Madrid, por los escenarios, imaginando la carga de caballería en la Puerta de Toledo, entendiendo por qué caen tantos madrileños en un lugar: ¡porque huían de los coraceros cuesta arriba!

P. Una topografía del terror.

R. Vas encontrando fantasmas, y los ves luchar y morir, y entiendes por qué mueren así y ahí. Es algo muy conmovedor. De nuevo, por supuesto, está mi experiencia personal en combates callejeros, que me permite leer la batalla sobre el terreno. Enfiladas, ángulos de tiro, descubiertas. Lo que en los documentos eran simples listas de bajas cobra sentido.

P. Me da la sensación de que, pese a la objetividad y tal, a lo largo de la narración usted se va calentando.

R. No yo, es la historia la que se calienta en esas horas, ese día.

P. Pero se percibe que la odisea de esas partidas y esos individuos, esa gente desesperada, le conmueve.

R. Me conmueve su terrible orfandad, que nadie los apoye. Nadie los orienta, nadie se moja, nadie media por ellos al final al final, cuando van al matadero.

P. Los fusilamientos son estremecedores. De un realismo que espanta. Los de la Montaña del Príncipe Pío. Parece que descongelara el cuadro de Goya y le diera animación.

R. Así han sido siempre, con fusiles de avancarga o armas automáticas, no son escenas imaginadas, las he visto en Angola, Nicaragua, Sarajevo. Ésa es mi ventaja. Pones experiencia, historia y Goya y sale lo que hay en el libro.

P. La forma en que los franceses van casa por casa, vacían las cárceles, seleccionan a los presos, los ejecutan. Esa matanza sistemática hace pensar en las Fosas Ardeatinas o en los Einsatzkommandos.

R. Fue un comportamiento similar al de los nazis. Los franceses están furiosos por sus bajas. Odian y desprecian a esa gente baja, sucia, fanática, esa hidra que les ataca y desaparece para volver a juntarse. Hay un componente de racismo, sin duda. Aunque más racista era nuestro aliado, el inglés.

P. Hay disparos en la nuca, y a los que van a fusilar les hacen quitarse la ropa.

R. Es lo habitual.

P. Nada de elegancia napoleónica.

R. No me hagas reír, mírate los grabados de Goya.

P. El punto de vista, la simultaneidad, de los acontecimientos,le habrá dado problemas.

R. Tenía las paredes de casa llenas de anotaciones, de personajes. Sabía dónde estaba cada cual en cada momento. Manejar todo eso, respetando los horarios, respetando los horarios, fue todo un desafío. Hay una parte en él muy técnica.

P. Una dramaturgia.

R. Una coreografía.

P. También utiliza el punto de vista de los franceses.

R. No hay buenos ni malos. el Dos de Mayo. Hay que entender a los franceses: ven delantea una chusma.

P. Y tienen muchas bajas: 2.500, según algunas fuentes.

R. Yo creo que hubo menos, pero es cierto que al inicio del Dos de Mayo tuvo lugar una auténtica caza del francés, y les pillaron en pelotas, aislados, desprevenidos. , solos por ahí. Goya pinta muchos franceses muriendo luego en la famosa carga -aunque es cierto que no la vio personalmente, estaba en otra zona-. Murat le escribe a Napoleón que han tenido cantidad de muertos y que lo diga alguien como él, una bestia parda acostumbrada a las batallas más sangrientas, significa que de verdad los hubo. Por otro lado, no fusilas tanto si no ha habido mucho mal rollo. Estaban muy cabreados los franceses

P. Les hace hablar alguna vez con acento -Marbot dice cobagdes, Murat a un sacerdote: “Te vamos a fusilag, cuga”-, pero estamos lejos de Trafalgar y no digamos de la hilaridad de La sombra del águila.

R. Los franceses hablan como lo hacen. Toques de humor hay pocos, sólo los que da la propiahistoria, la vida, la desmesura de la jornada.

P. ¿Y Arturo Pérez-Reverte qué hubiera hecho ese colérico 2-M?

R .Yo no sé qué hubiera hecho. De joven, como todos, pensaba que hubiera salido a luchar. Ahora, con la lucidez de los años, no soy capaz de decirlo. Depende de cómo hubiera ido todo, de las circunstancias que me hubiera tocado vivir. En principio, salir a la calle para qué, ¿para defender a esos curas, a esa nobleza inculta, a esos Borbones corruptos? Que salga su puta madre. Pero si veo a ese francés matando a mis vecinos, fusilando, ejecutando. O si una bala perdida alcanza a un familiar en casa? Mucha gente sale por venganza, por rabia, por rencor o por el qué dirán. Qué tragedia, insisto, ese día para los lúcidos, para la razón, para Moratín, para Goya, para la gente culta.

La conversación se alargará para entrar en terrenos tan concretos como la forma de doblar el codo los coraceros al cargar con sus espadas o el tipo de unidad francesa (¡marinos de la Guardia!) que Goya representó en sus fusilamientos del 3 de mayo. Pérez-Reverte referirá cosas tan espeluznantes como las consecuencias de una herida de metralla o bayonetaen el vientre. y en las que el paquete intestinal se desparrama sin remedio. El novelista explicará que presenció una herida asíen Bosnia, para espanto de una joven que escucha disimuladamente la conversación en la mesa de al lado. La chica empalidece cuando el escritor detalla cómo las vísceras del desgraciado, rajado por una esquirla, se desparraman con un ruido líquido “-son azules y huelen”- y suspira aliviada cuando nos marchamos hacia las calles, que no saben lo que se les viene encima, para seguir reviviendo el Dos de Mayo. Cañones, cañones, cañones.

El caso Redeker

Publicado por el 11 nov, 2007 en Laicismo |

El caso Redeker
Por Christian Delacampagne, publicado en Commentary Magazine en Enero 2007

Traducción: Vicente Berenguer

El pasado Septiembre, Robert Redeker, profesor de filosofía en el instituto Saint-Orens-de-Gameville (una pequeña localidad cerca de Tolouse) y autor de varios libros eruditos, publicó un artículo en el periódico Le Figaro. La pieza, una respuesta a la controversia suscitada por las observaciones sobre el Islam que el Papa Benedicto XVI había hecho la semana anterior, se titulaba “¿Qué debería hacer el mundo libre frente a la intimidación islamista?”. Era una feroz crítica de lo que Redeker llamaba “el intento del Islam por imponer su plúmbeo armazón sobre el mundo”. Si Jesús fue un maestro del amor, escribió,  Mahoma fue un maestro del odio. De las tres religiones del Libro, el Islam era la única que predicaba abiertamente la Guerra Santa, mientras que el judaísmo y el cristianismo eran religiones cuyos ritos  rechazaban y deslegitimaban la violencia, concluía  Redeker. El Islam es una religión que desde su libro sagrado y sus ritos cotidianos exalta la violencia y el odio.

Cuando el artículo apareció online se leyó en toda Francia y en otros países. Enseguida fue traducido al árabe. Las denuncias de quenRedeker insultaba al profeta se extendieron por Internet. Al día siguiente de su publicación, el artículo ya fue condenado en Al Jazeera por el popular predicador televisivo Sheik Yousef al-Qaradawi (una voz no oficial de Bin Laden).  En Egipto y Túnez el ejemplar de Le Figaro fue prohibido. Por lo que respecta a Redeker, pronto recibió numerosas amenazas, tanto por carta como por e-mail. En una web islamista fue condenado a muerte a través de un post en el que, para facilitar la tarea al potencial asesino, se facilitaba su dirección y una foto de su casa. Temeroso por su vida y la de su familia, Redeker buscó la protección de la policía local, que transfirió el caso a las autoridades nacionales de contraespionaje. Siguiendo su consejo, Redeker, su mujer y sus tres hijos huyeron de su casa y se refugiaron en un emplazamiento secreto.  Desde entonces se han trasladado de ciudad en ciudad bajo protección policial, pagándose los gastos de su bolsillo. Otro profesor ha sido elegido por el ministerio de educación para reemplazar a Redeker, que muy posiblemente no volverá a ver a sus antiguos alumnos.

Como viejo amigo de Redeker ,yo estaba profundamente consternado por estos hechos y muy preocupado por su seguridad y la de su familia. Mi angustia se agravó a causa de la reacción del  establishment francés ante el caso Redeker . El primer ministro Dominique de Villepin fue practicamente el la única figura oficial que mantuvo una posición honrosa ; este declaró que “esta fatwa” contra un intelectual francés era “inaceptable”, Un grupo de de intelectuales centrístas ,incluyendo a Pascal Bruckner, Alain Finkielkraut, André Glucksmanny Henry-Levy, hizo un llamamiento en defensa de Redeker y de las libertades fundamentales de Francia. Pero la mayoría de las respuestas ,incluso aquellas que disfrazadas como defensas de la libertad de expresión.eran de hecho hostiles al profesor de filosofía.  El alcalde comunísta de Saint-Orens-de-gameville y,haciendose eco ,el director del colegio de Redeker,lamentaron el hecho de que hubiese incluido su afiliación al final del artículo. Los dos sindicatos de profesores mayoritarios en francia,ambos socialístas,recalcaron que ellos no compatían las convicciones de Redeker. Las más punteras organizaciones izquierdístas de derechos humanos aún fueron más lejos denunciando sus irresponsables declaraciones e ideas pútridas. Un profesor de filosofía ,compañero de Redeker ,Pierre Tevanian,declaró (en una web musulmana) que Redeker era un racísta que debería ser severamente castigado por la administracíon del colegio.
Como viejo amigo de Redeker, yo estaba profundamente consternado por estos hechos y muy preocupado por su seguridad y la de su familia. Mi angustia se agravó a causa de la reacción del  establishment francés ante su caso. El primer ministro Dominique de Villepin fue prácticamente la única figura oficial que mantuvo una posición honrosa: declaró que “esta fatwa” contra un intelectual francés era “inaceptable”. Un grupo de intelectuales centristas, incluyendo a Pascal Bruckner, Alain Finkielkraut, André Glucksmann y a Henry-Levy hizo un llamamiento en defensa de Redeker y de las “libertades fundamentales” de Francia.

Pero la mayoría de las respuestas, incluso aquellas que fueron disfrazadas como defensa de la libertad de expresión, eran de hecho hostiles al profesor de filosofía.  El alcalde comunista de Saint-Orens-de-Gameville y el director del colegio de Redeker lamentaron el hecho de que hubiese incluido su afiliación al final del artículo. Los dos sindicatos de profesores mayoritarios en Francia, ambos s”. Las más punteras organizaciones izquierdistas de derechos humanos aún fueron más lejos denunciando sus “irresponsables declaraciones” e “ideas pútridas”. Un profesor de filosofía compañero de Redeker, Pierre Tevanian, declaró (en una web musulmana) que Redeker era “un racista” que debería ser severamente castigado por la administración del colegio.
Incluso Gilles de Robien, el ministro francés de Educación, criticó a Redeker por actuar como si representara al sistema educativo francés; extraña acusación contra el autor de un artículo que era claramente una opinión personal.

Entre los miembros de los medios de comunicación, Redeker fue regañado por articular sus ideas tan imprudentemente. En  la radio Europe 1, Jean Pierre Elkebach invitó al acosado profesor a declarar su ”arrepentimiento”. El consejo editorial de Le Monde tildó  la pieza de Redeker de “excesiva, errónea, engañosa e insultante”. Llegó a calificar sus observaciones sobre Mahoma como “blasfemas”, lo cual implicaba que el fundador del Islam debía ser tratado, incluso por los no musulmanes en un país no musulmán, no como objeto de investigación sino de veneración.

Cierto, el lenguaje de Redeker no había sido amable. ¿Pero cuando ha sido eso un requisito del discurso intelectual francés? Uno puede encontrar un lenguaje igual de fuerte en Les Temps Modernes, el diario fundado por Sartre  y en cuyo consejo editorial ha trabajado Redeker mucho tiempo. Juzgando la respuesta a su “ofensa”, grandes sectores del establishment político e intelectual francés han establecido una excepción a su duramente ganada tradición de discusión abierta: cuando se tata del Islam (en oposición al cristianismo y al judaísmo) la libertad de expresión debe respetar unos límites.
¿Cómo alcanzó Francia este punto?

La primera y más inmediata explicación es que el país está a punto de entrar en un importante periodo electoral. Cinco millones de musulmanes residen en Francia y la mayoría de ellos son ciudadanos con derecho a voto. Ningún partido se puede permitir una confrontación con esta creciente comunidad. Es más, en la memoria están todavía frescas las revueltas en los suburbios de las ciudades francesas en el otoño del 2005. Aún existe violencia aunque menos dramática en las áreas con grandes poblaciones de jóvenes musulmanes de origen africano o norte africano nacidos en Francia, y eso ha hecho que el miedo de la clase política a una nueva conflagración la obligue a evitar tocar nada relacionado con el Islam.

Más desconcertante es la complicidad de los medios franceses. Por supuesto que ellos también quieren evitar ser percibidos como adversarios de la comunidad musulmana. Pero han ido más allá de la mera precaución. Después de los disturbios, los principales periódicos, revistas y noticiarios han mostrado poco interés en la realidad del Islam francés, especialmente en la creciente influencia de la propaganda islamista. De ahí que no fuese un periodista sino el político de extrema derecha Phillippe de Villiers el que llamara la atención recientemente sobre la islamización del personal en el aeropuerto Charles de Gaulle. Este fenómeno no era un secreto pues el aeropuerto está situado en el departamento de Seine San Denis, mayoritariamente musulmán y que por lo tanto contrata gente de allí, pero nadie vio pertinente investigarlo. Confrontados con la militancia islamista, los periodistas franceses parecen haber perdido su nervio y comprometido su profesionalismo.

Por lo que respecta al mundo académico francés, la historia es más complicada. Trabajar en temas sensibles relacionados con la raza y la religión no ha sido nunca una elección fácil para un erudito francés, especialmente para uno cuyas opiniones se salgan de las convenciones de la izquierda académica. Durante los años cincuenta  Fernand Braudel, trató de disuadir a Leon Poliakov de que escribiera sobre el antisemitismo, un tema sobre el que Poliakov posteriormente escribiría libros muy importantes. Años después, gentes bien intencionadas y preocupadas por mi futuro me aconsejaron que evitara el tema del antisemitismo. Ignoré su consejo y escribí un libro titulado L´Invention du Racisme (1983), y ya no pude conseguir trabajo en la universidad. Por suerte me ha ido mejor en los Estados Unidos.

Hoy en día en Francia, investigar sobre los polémicos temas de la raza y la religión es tabú a menos que uno exhiba la política correcta. Para hablar en conferencias o para que uno pueda aspirar a puestos importantes debe estar dispuesto a describir la era colonial francesa como un genocidio y a denunciar la política americana en Oriente Medio como una bárbara crueldad. Los que se niegan son relegados al ostracismo.

Un ejemplo notable de lo que es estar incluido en la lista negra ocurrió en el 2004, cuando un investigador solicitó un puesto en el prestigioso Collége International de Philosophie. Sus credenciales eran magníficas, pero cuando un miembro del comité supo que tenía opiniones pro americanas (al parecer no se oponía con rotundidad a la guerra de Irak), comenzó una campaña subrepticia pero efectiva para negarle el puesto. Los detalles del caso aparecieron en L´Express. El nombre del candidato injustamente tratado era Robert Redeker.

Se podrían señalar muchas explicaciones para esta extraordinaria parcialidad, pero estoy convencido que el origen está en la compleja historia de las relaciones entre Francia y el mundo árabe durante los últimos 150 años. El factor dominante en esta historia han sido los distintos esfuerzos de Francia por establecer un dominio de ultramar. El colonialismo francés empezó en Argelia en 1830, más tarde se extendió a Marruecos y a Túnez, llegando a alcanzar Siria y El Líbano. Después de la primera guerra mundial el Tratado de Versalles convirtió a Francia en la potencia encargada de estos países recién fundados. En Argelia el periodo colonial fue el más largo, hasta 1962, y también el más amargo. Sus últimos años estuvieron manchados por una sangrienta guerra de independencia en el curso de la cual los clérigos musulmanes argelinos jugaron un importante papel, no sólo apoyando las operaciones militares del FLN, sino también haciendo del Islam la ideología de la guerra.

Un trasfondo histórico tan tenso nos llevaría a pensar que existe un gran antagonismo entre el ex poder colonial y sus anteriores colonias. Pero, extrañamente, la realidad ha sido la contraria. Con excepción de la abortada expedición de Suez en 1956, cuando Francia estuvo aliada con Gran Bretaña e Israel contra Egipto, los distintos gobiernos franceses han mantenido unas relaciones notablemente amistosas con los países árabes. Si ha habido una tendencia permanente en la diplomacia francesa desde Charles De Gaulle hasta Miterrand y Chirac ha sido la de mantenerse siempre en el campo pro árabe. La base de esta alianza fue establecida por De Gaulle. Al final de la guerra de Argelia éste decidió que era vital restaurar unas buenas relaciones con los líderes árabes, especialmente con el régimen egipcio, que había apoyado al FLN. Para conseguir este fin, sin embargo, tuvo que romper la alianza diplomática y militar que existía entre Francia e Israel desde 1948. La Guerra de los Seis Días le ofreció el pretexto que tanto buscaba.

El episodio más vívido de esta realineación (y ciertamente el más famoso) fue la observación que emitió De Gaulle en una conferencia de prensa en 1967. Los judíos, dijo, eran unas gentes elitistas, muy seguras de sí mismas, y muy dominantes. El significado de este comentario no pasó desapercibido para el distinguido politólogo Raymond Aaron, que reconoció en él el típico lugar común anti semita sobre la supuesta sed de poder de los judíos. Fue la clara señal que dio De Gaulle sobre el giro en la política exterior francesa, pasando así a abrazar la causa anti sionista. El giro de De Gaulle reforzó otras tendencias ideológicas en la sociedad francesa que ya eran fuertes por entonces y lo siguen siendo hoy. La primera de ellas es la arraigada resistencia de los católicos franceses a ver a Palestina, Tierra Santa, como el lugar de nacimiento de Jesús devuelto a los judíos, a los que consideraban enemigos de Cristo. En la práctica la Iglesia siempre había buscado tener buenas relaciones con los regímenes islámicos para proteger los intereses cristianos en la región. La simpatía francesa por Israel había torcido estos esfuerzos y De Gaulle dio a la Iglesia esta ventaja diplomática.
Una importancia más duradera de este giro radical de de Gaulle fue el apoyo a los paises no alineados ,como se llamaba entonces al tercer mundo. Para estos elementos de la política francesa ,el sionísmo era simplemente una forma de colonialísmo occidental, ahora apoyado por la fuerza bruta de los imperialístas  Estados Unidos. Con el paso de los años esta idea se ha convertido en universal en la izquierda francesa, y no digamos en los bien pensantes de otras partes de Occidente. Una de las ironias más trístes  de la política francesa es que la izquierda , por su cerril odio a Israel, se ha hecho más anti semita que la extrema derecha,con su larga historia de animosidad contra los judios.
Otro aspecto de este giro radical de De Gaulle fue el apoyo a los países no alineados, como se llamaba entonces al Tercer Mundo. Para estos elementos de la política francesa el sionismo era simplemente una forma de colonialismo occidental, ahora apoyado por la fuerza bruta de los imperialistas de Estados Unidos. Con el paso de los años esta idea se ha convertido en universal en la izquierda francesa, y no digamos entre los bien pensantes de otras partes de Occidente. Una de las ironías más tristes de la política francesa es que la izquierda, por su cerril odio a Israel, se ha hecho más anti semita que la extrema derecha, que cuenta con una larga historia de animosidad respecto a los judíos.
Otro aspecto en el que fijarse es el de la actitud de las élites francesas hacia el mundo árabe y el papel de la comunidad académica de los orientalistas. Como resultado de la colonización, las universidades francesas empezaron pronto a desarrollar estudios norte africanos y de Oriente Próximo. Este campo, a pesar de sus muchos logros, estaba emponzoñado desde el principio.

El primer gran orientalista fue Louis Massignon (1883-1962), un intelectual católico que publicó sus primeros libros hace cien años, mientras Francia se hallaba enfrascada en el affaire Dreyfus, y se movía en círculos anti semitas. Poco después apareció el famoso trío compuesto por Jacques Berque, Maxime Rodinson y Vincent Monteil. Experto en Indonesia, Monteil se convirtió al Islam y después de la segunda gran guerra suscribió algunas teorías derechistas que negaban la realidad del Holocausto.  Rodison, que era judío, fue activista comunista durante la Guerra Fría. Por lo que respecta a Berque, que creció en el Marruecos colonial, vivió en tantos países árabes que con el paso de los años se hizo manifiestamente incapaz de mantener una distancia crítica. Mientras yo trabajaba en la sección cultural de la embajada francesa, Berque se entretuvo contándome cómo se había asimilado completamente a la cultura árabe. Viajando por Irak a principios de los setenta fingió ser marroquí y como tal fue invitado por el imán de una importante mezquita a comentar unas suras coránicas durante el sermón del viernes. Si lo hubiesen descubierto habría puesto en peligro su vida. Pero, como decía Berque, su árabe era tan fluido (era el único no árabe miembro de la academia egipcia de lengua árabe) y su conocimiento de la materia tan extenso que ningún iraquí podría haberlo detectado. Su identificación no era sólo cultural. Buceando en sus pronunciamientos, se encuentra un patrón muy claro. Calificó el nacimiento de Israel como un acto ilegítimo y predijo que el estado judío no sobreviviría más allá de unos pocos años. En 1967 predijo que Nasser borraría a Israel del mapa. A finales de los ochenta declaró que Saddam Hussein era un gran líder socialista y secular que traería la democracia al Oriente Medio. También exigió que Francia lo tratase como a un buen amigo. En sus años finales dijo que el islamismo podría hacer algunos avances aquí o allá, pero que nunca tendría predicamento entre las élites de un país como Egipto.

Desgraciadamente los herederos de los orientalistas hoy en día tienen prejuicios similares y son poco de fiar en sus juicios políticos.  Gilles Kepel, en La Guerra por la Mente Musulmana (2004), ha proclamado que el islamismo es un fracaso y Al Qaeda un esfuerzo baldío, llegando a describir los ataques del once de septiembre como un acto de pura desesperación. Oliver Roy, autor de El Islam Globalizado, ve el islamismo como un programa revolucionario que responde a aspiraciones populares, aunque se exprese en términos reaccionarios. Otro estudioso, Francois Burgat, arguye en Cara a cara con el islam político (2005) que los países occidentales en vez de luchar contra los líderes islámicos, deberían mantener con ellos un diálogo amistoso.

No quiero sugerir que ninguno de estos estudiosos carezca de conocimientos sobre la situación en el mundo árabe. Pero dan una imagen distorsionada de la situación, y lo hacen deliberadamente. Tratando de quitarnos la sensación de amenaza por parte del Islam, minimizan la importancia del Islam radical y su amenaza a la libertad y a la paz. En contraposición a lo que los mismos islamistas dicen, los orientalistas insisten en que no hay un choque de civilizaciones.

El efecto de estas opiniones en la discusión política en Francia es profundo. La presente generación de orientalistas es omnipresente en los medios. Aseguran que la creciente y bien visible islamización de los suburbios europeos no supone ningún peligro. Sugieren que el problema de Israel es su propia existencia. Inspiran la abierta simpatía con la que se ve a Hamas o a Hezollah en periódicos como Liberation o Le monde. Se esfuerzan por acuñar el término islamofobia para deslegitimizar a los que no están de acuerdo con ellos, como Redeker.

Yo no soy orientalista ni experto en el Islam, pero he pasado años en Oriente Medio y en otros países árabes y sé que la situación en el mundo islámico se corresponde muy poco con el wishful thinking de tantos estudiosos, periodistas y políticos franceses. Una rápida ojeada al mapa, desde Chechennia a Israel y a la Autoridad Palestina, Líbano, Irán, Irak, Afganistán, Sudán, Somalia, Cachemira, el sur de Tailandia y el sur de las Filipinas, revela que las guerras más devastadoras son las del tipo jihadista. Todas se alimentan del islamismo violento. También sé que el creciente anti semitismo que uno se encuentra en Francia, combinado con la tendencia de la élite a hablar de Israel como un estado temporal, no es sólo peligroso en sí, sino también para Francia. Una república fundada en los principios de la libertad y la igualdad no puede dar cabida a tan perniciosas ideas. La corrupción de las ideas es difícil de controlar y los compromisos morales e intelectuales que llevan a gente educada a negar la naturaleza y la realidad de la lucha contra el islamismo, una lucha de todo Occidente, pronto afectarán otros aspectos de la vida pública.

Cuando por fin di con Redeker por e-mail semanas después de que se ocultase con su toda familia, todavía estaba atónito por su suerte. “Nunca pensé que tal cosa pudiese ocurrir en nuestra vieja república francesa”, me escribió en un corto y estoico mensaje. Tampoco yo. Pero las cosas han cambiado. Lo que era impensable en Francia ha ocurrido.

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