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‘Maldito día’

Publicado por el 1 dic, 2007 en Cultura |

Jacinto Antón.  El País

Arturo Pérez-Reverte revive de manera impresionante en Un día de cólera, su nuevo libro, la feroz jornada del Dos de Mayo de 1808 en Madrid, devolviéndola a la calle con toda su sangre y salvajismo y con tono documental.

“Pelean por barullo o por cabreo: esos franchutes le han tocado las tetas a mi novia, son unos cabrones, chuloputas”

“El drama del Dos de Mayo es el de los lúcidos, los que saben que combatir a los franceses es defender a unos reyes incapaces”

“¿Qué se puede esperar de un pueblo que se echa a la calle porque está cabreado? Eso no puede llevar a nada bueno”

“Estoy hablando de personas, del albañil, la pescadera, el picador, gente concreta, gente de verdad, seres humanos”

Cañones, cañones, cañones. “Colocaron las piezas ahí, dos de a ocho libras y dos de a cuatro, para cubrir la transversal de San José en las dos direcciones, hacia San Bernardo por la derecha y hacia Fuencarral por la izquierda, y enfilando también la calle de San Pedro, al frente. Desde aquí les tiraban a los franceses, vinieran por donde vinieran”. Arturo Pérez-Reverte hace una mueca lobuna y señala con la mano como si orientara a los artilleros del parque de Monteleón y estuviéramos metidos de lleno en aquel fregado de humo, pólvora y espanto, el Dos de Mayo de 1808, nada menos. Hasta parece prudente agacharse.

Nos encontramos en uno de los escenarios principales (la madrileña plaza del Dos de Mayo) de aquella histórica, violenta y controvertida jornada de la que pronto se cumplirán 200 años y a la que el escritor ha dedicado su nuevo libro, Un día de cólera (Alfaguara), una reconstrucción apasionante y minuciosa hasta la obsesión de los sucesos que tuvieron lugar en la fecha. “Por ahí entró la columna Lagrange-Lefranc”, está diciendo el autor, “dos mil hombres, encabezados por un destacamento de gastadores y granaderos de la Guardia Imperial; imagina los chacós negros, las relucientes bayonetas, los toques de corneta, el crepitar de la fusilería”. El lugar está tranquilo como una balsa de aceite en esta tarde radiante. Un grupo de jóvenes con monopatines, varios paseantes con perros y un tipo que, sentado, da cuenta de un gran bocadillo, miran de reojo, con cierta aprensión, a Pérez-Reverte, que luce un radical corte de pelo a lo paracaidista de la 82ª Airborne en Sainte-Mère-Eglise, y sigue indicando con rasgo feroz ángulos de tiro, líneas de ataque, movimientos de tropas.

“Éste fue nuestro Álamo”, afirma contundente. Y agrega, con tono compungido, señalando al suelo, junto a la puerta monumental conservada en medio de la plaza que es lo único que queda del viejo edificio del parque de artillería: “Exactamente aquí cayó Daoíz, y allá Velarde”. Las ajadas estatuas de los dos héroes “les faltan las espadas originales y el pedestal está atravesado de grafitos” parecen inclinarse para observar por encima del hombro del novelista.

Pasear por los escenarios del Dos de Mayo con Arturo Pérez-Reverte de scout es “igual que leer su libro” como ver resucitar la historia bajo tus ojos. Tras callejear tropezando con grupos de paisanos armados, esquivando balazos, cuerpos tirados de cualquier manera y charcos de sangre -”mira, la calle del Barquillo, aquí murió el hijo del general Legrand, oficial de caballería, de un macetazo”-, llegamos por la calle Mayor hasta cerca de la Puerta del Sol, donde vemos pasar a la caballería francesa del Chef d’escadron Daumesil, dragones, cazadores y granaderos montados, con los mamelucos en vanguardia, preparada para cargar. El escritor se detiene y aprovecha para evocar el ataque de los coraceros de Rigaud en la Puerta de Toledo. El suelo parece temblar con la evocación de la masa compacta de esa caballería pesada. Esa vibración de la tierra que notan los personajes del libro antes de ver llegar a los 926 coraceros… “Es real. Pude sentirla durante el rodaje de Alatriste, durante el ataque contra el cuadro español, con todos aquellos caballos”, explica Pérez-Reverte. La escena de Un día de cólera recuerda la de Salvar al soldado Ryan en la que llegan los pánzer y los precede una trepidación de los cristales, las paredes, la tierra -no en balde, al cabo, los regimientos de coraceros se convirtieron en unidades de blindados-. “Yo eso lo viví en Vukovar”, añade el novelista, “con Márquez, el cámara; la sensación de desasosiego cuando se acercan los carros de combate…”.

El largo paseo por “la batalla de Madrid” del Dos de Mayo es el postre de la conversación con Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) en el café Gijón, donde el novelista recibe con un humor excelente y sorprendentemente sosegado. , incluso con un punto de dulzura tan discordante en él como crema sobre una guindilla.Es posible que Un día de cólera, paradójicamente, le haya calmado. Ante la primera pregunta, no obstante, se revuelve como si lo hubieran azotado con un knut.

PREGUNTA. Un día de cólera tiene un aire periodístico.

RESPUESTA. Para nada. No es periodismo.

P. Bueno, no es ficción, ni libro de historia, dice usted, se parece a aquellos libros de Dominique Lapierre y Larry Collins, como ¿Arde París? Aquí es un poco ¿Arde Madrid? El amplísimo reparto, esos personajes -todos reales, subraya usted- a los que seguimos de un lado a otro, las vidas y perspectivas que se entrecruzan, la minuciosidad en situar a cada uno en el momento exacto y en el lugar preciso en que se encontraba? Marbot se corta afeitándose, Moratín se quema con el chocolate, una manola le canta una copla a Daoíz, Murat imparte órdenes de tirar sin compasión en su cuartel general en el palacio Grimaldi…

R. Eso sí, es un libro documento, basado en los datos, los informes militares, las memorias de los que vivieron aquellos hechos, los documentos oficiales, las listas de muertos y heridos. Pienso más que en Lapierre y Collins en Cornelius Ryan.

P. El autor de El día más largo, Un puente lejano…

R. Y La caída de Berlín, sí.

P. Ese afán de objetividad, ese puntillismo, los nombres, dónde mata y muere cada uno…

R. El Dos de Mayo es algo muy contaminado y manipulado por todo el mundo durante 200 años. He querido despojarlo de todo eso, mostrarlo como fue, con información de primera mano -he consultado una cantidad ingente de documentación-, y hacer que el lector lo viva, por primera vez, en la calle. Que entienda cómo fue, y que se sienta un participante, que pase miedo, que corra, que sude. Un día de cólera es un libro basado en los testimonios, absolutamente riguroso. Es novela sólo en la medida en que he llenado los agujeros que deja la documentación usando técnicas de narrador, poniendo la argamasa que une los datos. Pero empleo un lenguaje directo, objetivo, frío, sin adjetivos. Un tono documental. Aquí no hay héroes, ni heroísmo, ni épica. No he ido a juzgar el aspecto ético. Es un libro descriptivo, distante. Me separo del sujeto para dejarle el sitio al lector, es él el que se mete en la acción, se codea con los personajes.

P. Dice que el Dos de Mayo ha sido muy manipulado.

R. Desde el día siguiente. Por los patriotas, por el absolutismo de Fernando VII, los liberales, la I República, la monarquía, la II República -que puso el énfasis en el protagonismo del pueblo en aquella jornada-, el franquismo -para Franco los héroes eran Daoíz y Velarde, claro, los militares a la cabeza del pueblo-… De nada como del Dos de Mayo se han hecho tantas lecturas.

P. Entonces, su propuesta…

R. La historia ya ha sido contada, no voy a reescribir a Galdós -como hacen otros-, sería ridículo. Ni voy a dar una interpretación. Que sea el propio lector el que interprete. Quien quiera ver en esto un arrebato patriotero va de culo.

P. Eso de frío, distante, objetivo… se lo salta a veces con algunos trucos.

R. Claro, es una narración, y uso la libertad que me da ser novelista. El historiador, en cambio, no puede narrar ciertas situaciones, no está autorizado a rellenar los huecos, las lagunas de la historia.

P. Aquello, como lo muestra, fue una ordalía de sangre y violencia.

R. Una lucha sucia, callejera. Cada uno hizo su guerra. Mucho combate individual.La reina fue la navaja. Los franceses hablan de ella con acojone. No navajitas de las de ahora, sino trastos de dos palmos.

P. De hecho, la única onomatopeya que se permite en Un día de cólera es la de la multitud enfurecida en Puerta del Sol abriendo al unísono sus navajas: clac-clac-clac.

R. Centenares de cachicuernas albaceteñas de siete muelles…, he imaginado ese ruido.

P. Aquel día los madrileños inventan un arma nueva letal: la maceta.

R. Sí, una auténtica innovación bélica española. Matan a varios franceses lanzándoselas desde balcones. Les tiran de todo, tejas, ladrillos, botellas, muebles, agua y aceite hirviendo. Unos tipos saquean la armería real y combaten con armas antiguas, cascos, escudos, viejas espadas, alabardas de tiempos de Carlos V… El cerrajero Molina mata a un imperial a garrotazos. Otros usan hachas, hoces, agujas, lo que sea?

P. Su descripción de la célebre carga de los mamelucos, al frente de la caballería de la Guardia Imperial, es estremecedora.

R. Un choque brutal. A los mamelucos que caen los degüellan como a gorrinos, “moros”, les llaman. Claro que, para un madrileño de entonces, un mameluco egipcio, con el atavío oriental, turbante, cahouk, sarouaibombachos escarlata, le parecería el no va más de lo musulmán…

P. Pero en realidad había mucho mameluco francés, ¿no?, eran un poco como los zuavos, una indumentaria exótica.

R. Eso, la incorporación de franceses, fue más tarde, los mamelucos que cargaron en Madrid eran originales, egipcios, como el pobre Mustafá del que hablo y al que, sujetándole entre tres, le rebanan el cuello.

P. En todo caso, cargarse a un mameluco -a los que Napoleón concedió un águila por su valor en Austerlitz- o a un coracero, ya que estamos, requería valor.

R. Sí, recuerda que eran soldados de élite. Para ser coracero, les gros frères, les hommes de fer, debías medir un mínimo de 1,73, que era una buena altura entonces. -Daoíz y Velarde, por ejemplo, son muy bajitos-. Eran tropas que impresionaban, con enormes caballos.

P. Sí, cantaban aquello tan simpático C’est la charge, c’est la foudre,/ c’est l’assaut dans la sang et dans la poudre. ¿Cómo caen ante simples civiles?

R. Imagínate que eres un coracero, digamos que te llamas Dupont, muy marcial, muy bravo, muy duelista, que te has paseado por todos los campos de batalla de Europa, por Eylau, con Hautpoul, por Friedland. Y llegas a la Puerta de Toledo y en vez de los enemigos acostumbrados, todo orden y banderas, se te tiran encima cuatrocientos tíos con navajas, puñales, macetas, lo que sea? Una manola le mete un espetón de asar a tu montura por los belfos, otra se deja atropellar para detenerte; un cura te pega un escopetazo. Te acojonas. Te dices: ¡Mon Dieu, yo no soy un gendarme, yo soy un soldado! Goya muestra muy bien lo que fue aquello: la gente estaba enloquecida, rabiosa, no se precavían físicamente, se tiraban a los pies de los caballos para hacerlos caer. Eso tú y yo no lo hacemos.

P. Yo, desde luego que no.

R. El que hace eso es el mismo español que despotrica de Zapatero, de Rajoy, de Bono, aunque más primitivo, más fanatizado, trabajado a fondo por la Iglesia. Coge y suelta a ese tío bien cabreado ante los franceses y tienes el Dos de Mayo. Primero es cólera pura; luego, cuando las cosas comienzan a ir mal, siguen peleando por vergüenza, vergüenza torera, y venganza.

P. Hubo muchas mujeres en la lucha.

R. Sí. Es muy sorprendente que, por ejemplo, entre los que se enfrentan a la caballería francesa hay una gran cantidad de mujeres. También las hay en Monteleón, con los artilleros, arrastrando cañones si es necesario, como Ramona García Sánchez. Casi la mitad de las bajas que recoge la documentación son mujeres.

P. Se las cargan los franceses sin miramientos.

R. Hombre, tú mismo, si se te tira encima una pescadera con tijeras herrumbrosas de limpiar pescado en la mano buscándote la yugular, no sé, yo no dejo que se me acerque.

P. ¿Sumergirse como lo ha hecho en el Dos de Mayo le ha llevado a alguna conclusión sobre el significado de esa fecha?

R. Mi conclusión es que ¡maldito día! El Dos de Mayo es una losa que aún nos pesa. Es el día en que el instinto, el coraje, el fanatismo, el valor, el patriotismo, el ansia de rapiña, el deseo de venganza, lo noble y lo innoble produjeron un proceso que trajo consecuencias terribles para España. Los madrileños luchan en el bando equivocado ese día. Para restituir el viejo orden, casposo, ruin. Esa épica callejera nos metió en una pesadilla que arrastramos hasta hoy, ahí nacen las dos Españas. Insisto: ¡maldito sea el día! El drama del Dos de Mayo no es sólo el de los 400 muertos españoles censados. Es el de la inteligencia, el drama de los lúcidos. De la gente que sabe que la razón, el progreso, está del lado de los franceses, que el futuro es ése. Y que combatir a los franceses es defender a unos reyes incapaces y a unos curas fanáticos. La familia real, española, esos Borbones, eran lo más abyecto, despreciable y vil de Europa. Por eso mucha gente se quedó en sus casas. , por eso luchó quien luchó y no luchó quien no luchó. Moratín, Goya, Blanco White… Qué día más terrible cuando el bando del honor se contrapone abiertamente a todo lo que quieres y en lo que crees.

P. Usted parece identificarse con los afrancesados, por la cabeza, y también por el corazón, con la gente del pueblo llano que se echa a la calle, la gente a la que finalmente dejan en la estacada, el “pueblo huérfano”, como ese valiente chispero, Juan Gómez, escéptico y descreído, que es un trasunto suyo.

R. ¡No, no te equivoques! Aquí no hay trasuntos míos, no me invento nada ni a nadie. Todos los personajes son reales, construidos a partir de testimonios. Mi libertad ha sido, sabiendo que cinco mueren en la misma esquina, hacer que se conozcan, que hablen entre ellos, lo cual no es muy osado suponer.

P. ¿Cuántos personajes maneja? en total…

R. Unos trescientos.

P. ¿Quién lucha ese día?

R. El mito de siempre es que ese día lucha el pueblo todo, la nación. Eso es mentira. La mayoría de la gente está en sus casas. Es la chusma, el pueblo bajo, ignorante, el que sale a la calle. Las putas de Lavapiés, los matarifes del Rastro, los chisperos (herreros) de Barquillo, los delincuentes, los mendigos. Muchos salen por barullo, por chulería, por robarle al francés los dineros de la bolsa y arrancarle los dientes de oro. Por venganza: esos franchutes le han tocado las tetas a mi novia, son unos cabrones, chuloputas, no pagan el vino.

P. ¿Y el patriotismo?

R. A veces lo confundimos con el cabreo, que es lo que hay en abundancia el Dos de Mayo. Por eso mi libro se titula Un día de cólera y no Un día de gloria. Lo del patriotismo en el Dos de Mayo es en buena parte manipulación. Al acabar la jornada la gente cree que todo ha terminado ahí, un motín y nada más. Ni independencia ni leches. No sabían lo que estaban haciendo, lo que vendría después. Yo he visto mucha insurrección. , he estado en Rumanía cuando la caída de Ceaucescu. A la calle siempre salen los mismos. Aquel día, combatiendo en Madrid, había algunos patriotas, sí, y militares, incluso un aristócrata. Pero hay que comprender que la algarada es popular y viene del cabreo. Era cólera, no patria. El del Dos de Mayo es el mismo español que pega al ministro, que se cabrea en Barajas. Sale a cargarse franceses como sale a cargarse curas durante la República. Ese español tan peligroso. “¡Con razón o sin ella!”, ese terrible motivo del español para pelear. El Dos de Mayo no hay propósito definido, no hay plan, no hay cabeza rectora. Por eso resulta tan difícil a los franceses pararlo. Lo de la nación y la patria viene después. La guinda de la macedonia. Luego todo el mundo se apropia de aquello. Volverán a hacerlo el próximo 2 de mayo de 2008. Yo quiero devolver el 2 de mayo a la calle, insisto. Que el lector corra ante los caballos, escuche las balas golpeando a su lado, se agobie, participe en el combate callejero, se encuentre con gente que no volverá a ver, se meta en el caos, el humo, los gritos, la sangre…

P. Ahí su experiencia de corresponsal de guerra es un punto.

R. Cuando hablo de saltar tapias delante de tipos armados que te persiguen no me lo explican, lo he vivido, y eso se nota. Puedo reconstruirlo con soltura. Yo he estado allí, sé lo que se siente. Eso lo hace muy real.

P. Hay cosas que hacen pensar en El pintor de batallas. Lo cual es lógico porque en ambos aparecen Goya y sus cuadros.

R. Un día de cólera se me ocurrió cuando escribía El pintor de batallas. Aquí también estoy explicando un cuadro. Nos hemos nutrido mucho de un imaginario gráfico con el 2 de mayo. También en eso he tratado de despojar a los cuadros de las adherencias, dar una lectura limpia, sin interposición, sin intermediarios.

P. El parque de artillería de Monteleón es uno de los centros de Un día de cólera.

R. La que llamo la batalla de Madrid tiene sus escenarios ahí, en Monteleón, y en el eje Palacio Real-Puerta del Sol-Buen Retiro y en la Puerta de Toledo, más los lugares de los fusilamientos. El parque de Monteleón es nuestro Álamo. De hecho en ese lugar mueren más que en la misión tejana. ¡Mira que hemos comido con patatas leyenda del Álamo!, tanto Travis, Bowie y Crockett.

P. Remember the Alamo, Remember Monteleón. Es verdad, los franceses incluso tocan a degüello como los lanceros de Santa Ana. Aquí también son tres los líderes de la resistencia: Daoíz, Velarde y Ruiz, Jacinto Ruiz, teniente.

R. Si te acercas ves que eran unos matados. Dos oficiales, simples capitanes, uno por exaltación -Velarde, el típico militar de “¡viva España!”, el que asalta la trinchera en Rusia a pecho descubierto-, el otro por decencia -Daoíz, callado y frío, pero que se suma al asunto por vergüenza torera y asume su destino trágico-. El tercero, un tenientillo asmático. Y les hacen bajas, y muchas, al mejor ejército del mundo. ¿Por qué he de admirar a los del Álamo, que ni me va ni me viene? Monteleón marca más mi vida, esos valientes? Montan un chocho de la hostia.

P. Daoíz cae bajo las bayonetas francesas, a lo David Crockett, atravesando con su espada antes al general Lagrange, ¡vaya escena!

R. Así fue, hay testimonios.

P. Parece que admira usted ese valor.

R. Pero todo eso fue para mal. No lo olvidemos. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que se echa a la calle porque está cabreado? Eso no puede llevar a nada bueno. Pero, claro, es una jornada fascinante.

P. Los militares de Monteleón, confiando en que con su gesto van a arrastrar al ejército entero tienen un no se qué del 23-F.

R. Algo de eso hay. Todas las fuerzas políticas y militares se inhiben, unos por sinceridad -les horroriza mezclarse con la chusma revoltosa, turbulenta: en el fondo mejor que se los carguen los franceses-, otros por no liarse. Pero el 23-F es algo tan sucio que cualquier comparación mancha. No me gusta esa comparación.

P. Un día de cólera se puede leer como un parte de bajas. Esa obsesiva y recurrente enumeración de las víctimas, todos esos nombres de los participantes, párrafos enteros. ¿No teme que puedan hacer engorrosa la lectura?

R. Era fundamental lo de los nombres. Estoy hablando de personas, del albañil, la pescadera, el picador, gente concreta, gente de verdad, seres humanos. Eso no puede hacerse de forma anónima. El lector tiene que reconocerlos. Además, es un recurso clásico, a la manera homérica. La Ilíada, salvando las distancias, está llena de nombres y genealogías. No escatimo esa reiteración. Los personajes del Dos de Mayo no son abstracciones patrióticas. Tengo las listas y las uso.

P. Y si al lector le corta…

R. Que se fastidie. El libro lo requería. Creo que ese uso de los nombres aporta más de lo que pueda entorpecer. Tras la lectura, no te queda un concepto abstracto como el pueblo de Madrid, sino nombres, personas. De todas formas, ojo, eso de los nombres es algo que dosifico y sitúo estratégicamente en la narración.

P. Hace constar las profesiones de los que cita, y las edades, que sirven para ver que en la calle había hasta niños y ancianos.

R. Sin esos datos no se entiende el Dos de Mayo, sin ellos nos manipulan, te llevan al huerto los políticos y los hijos de la gran puta, ponlo así, por favor.

P. También aparecen dos maestros de esgrima, a uno le hace morir dándose de sablazos con los dragones franceses.

R. Yo no le hago, yo no hago nada, bueno, casi nada.

P. Parecía un guiño a El maestro de esgrima.

R. No, no. Son personajes reales. No hay ningún guiño en esta novela, ni siquiera a El húsar, que me hubiera resultado fácil, por la cercanía temporal.

P. Da la impresión de que se lo ha pasado muy bien escribiendo.

R. Ha sido un trabajo enorme. ¡Pero lo que he disfrutado! Con las lecturas y mapas, y paseando por Madrid, por los escenarios, imaginando la carga de caballería en la Puerta de Toledo, entendiendo por qué caen tantos madrileños en un lugar: ¡porque huían de los coraceros cuesta arriba!

P. Una topografía del terror.

R. Vas encontrando fantasmas, y los ves luchar y morir, y entiendes por qué mueren así y ahí. Es algo muy conmovedor. De nuevo, por supuesto, está mi experiencia personal en combates callejeros, que me permite leer la batalla sobre el terreno. Enfiladas, ángulos de tiro, descubiertas. Lo que en los documentos eran simples listas de bajas cobra sentido.

P. Me da la sensación de que, pese a la objetividad y tal, a lo largo de la narración usted se va calentando.

R. No yo, es la historia la que se calienta en esas horas, ese día.

P. Pero se percibe que la odisea de esas partidas y esos individuos, esa gente desesperada, le conmueve.

R. Me conmueve su terrible orfandad, que nadie los apoye. Nadie los orienta, nadie se moja, nadie media por ellos al final al final, cuando van al matadero.

P. Los fusilamientos son estremecedores. De un realismo que espanta. Los de la Montaña del Príncipe Pío. Parece que descongelara el cuadro de Goya y le diera animación.

R. Así han sido siempre, con fusiles de avancarga o armas automáticas, no son escenas imaginadas, las he visto en Angola, Nicaragua, Sarajevo. Ésa es mi ventaja. Pones experiencia, historia y Goya y sale lo que hay en el libro.

P. La forma en que los franceses van casa por casa, vacían las cárceles, seleccionan a los presos, los ejecutan. Esa matanza sistemática hace pensar en las Fosas Ardeatinas o en los Einsatzkommandos.

R. Fue un comportamiento similar al de los nazis. Los franceses están furiosos por sus bajas. Odian y desprecian a esa gente baja, sucia, fanática, esa hidra que les ataca y desaparece para volver a juntarse. Hay un componente de racismo, sin duda. Aunque más racista era nuestro aliado, el inglés.

P. Hay disparos en la nuca, y a los que van a fusilar les hacen quitarse la ropa.

R. Es lo habitual.

P. Nada de elegancia napoleónica.

R. No me hagas reír, mírate los grabados de Goya.

P. El punto de vista, la simultaneidad, de los acontecimientos,le habrá dado problemas.

R. Tenía las paredes de casa llenas de anotaciones, de personajes. Sabía dónde estaba cada cual en cada momento. Manejar todo eso, respetando los horarios, respetando los horarios, fue todo un desafío. Hay una parte en él muy técnica.

P. Una dramaturgia.

R. Una coreografía.

P. También utiliza el punto de vista de los franceses.

R. No hay buenos ni malos. el Dos de Mayo. Hay que entender a los franceses: ven delantea una chusma.

P. Y tienen muchas bajas: 2.500, según algunas fuentes.

R. Yo creo que hubo menos, pero es cierto que al inicio del Dos de Mayo tuvo lugar una auténtica caza del francés, y les pillaron en pelotas, aislados, desprevenidos. , solos por ahí. Goya pinta muchos franceses muriendo luego en la famosa carga -aunque es cierto que no la vio personalmente, estaba en otra zona-. Murat le escribe a Napoleón que han tenido cantidad de muertos y que lo diga alguien como él, una bestia parda acostumbrada a las batallas más sangrientas, significa que de verdad los hubo. Por otro lado, no fusilas tanto si no ha habido mucho mal rollo. Estaban muy cabreados los franceses

P. Les hace hablar alguna vez con acento -Marbot dice cobagdes, Murat a un sacerdote: “Te vamos a fusilag, cuga”-, pero estamos lejos de Trafalgar y no digamos de la hilaridad de La sombra del águila.

R. Los franceses hablan como lo hacen. Toques de humor hay pocos, sólo los que da la propiahistoria, la vida, la desmesura de la jornada.

P. ¿Y Arturo Pérez-Reverte qué hubiera hecho ese colérico 2-M?

R .Yo no sé qué hubiera hecho. De joven, como todos, pensaba que hubiera salido a luchar. Ahora, con la lucidez de los años, no soy capaz de decirlo. Depende de cómo hubiera ido todo, de las circunstancias que me hubiera tocado vivir. En principio, salir a la calle para qué, ¿para defender a esos curas, a esa nobleza inculta, a esos Borbones corruptos? Que salga su puta madre. Pero si veo a ese francés matando a mis vecinos, fusilando, ejecutando. O si una bala perdida alcanza a un familiar en casa? Mucha gente sale por venganza, por rabia, por rencor o por el qué dirán. Qué tragedia, insisto, ese día para los lúcidos, para la razón, para Moratín, para Goya, para la gente culta.

La conversación se alargará para entrar en terrenos tan concretos como la forma de doblar el codo los coraceros al cargar con sus espadas o el tipo de unidad francesa (¡marinos de la Guardia!) que Goya representó en sus fusilamientos del 3 de mayo. Pérez-Reverte referirá cosas tan espeluznantes como las consecuencias de una herida de metralla o bayonetaen el vientre. y en las que el paquete intestinal se desparrama sin remedio. El novelista explicará que presenció una herida asíen Bosnia, para espanto de una joven que escucha disimuladamente la conversación en la mesa de al lado. La chica empalidece cuando el escritor detalla cómo las vísceras del desgraciado, rajado por una esquirla, se desparraman con un ruido líquido “-son azules y huelen”- y suspira aliviada cuando nos marchamos hacia las calles, que no saben lo que se les viene encima, para seguir reviviendo el Dos de Mayo. Cañones, cañones, cañones.

El caso Redeker

Publicado por el 11 nov, 2007 en Laicismo |

El caso Redeker
Por Christian Delacampagne, publicado en Commentary Magazine en Enero 2007

Traducción: Vicente Berenguer

El pasado Septiembre, Robert Redeker, profesor de filosofía en el instituto Saint-Orens-de-Gameville (una pequeña localidad cerca de Tolouse) y autor de varios libros eruditos, publicó un artículo en el periódico Le Figaro. La pieza, una respuesta a la controversia suscitada por las observaciones sobre el Islam que el Papa Benedicto XVI había hecho la semana anterior, se titulaba “¿Qué debería hacer el mundo libre frente a la intimidación islamista?”. Era una feroz crítica de lo que Redeker llamaba “el intento del Islam por imponer su plúmbeo armazón sobre el mundo”. Si Jesús fue un maestro del amor, escribió,  Mahoma fue un maestro del odio. De las tres religiones del Libro, el Islam era la única que predicaba abiertamente la Guerra Santa, mientras que el judaísmo y el cristianismo eran religiones cuyos ritos  rechazaban y deslegitimaban la violencia, concluía  Redeker. El Islam es una religión que desde su libro sagrado y sus ritos cotidianos exalta la violencia y el odio.

Cuando el artículo apareció online se leyó en toda Francia y en otros países. Enseguida fue traducido al árabe. Las denuncias de quenRedeker insultaba al profeta se extendieron por Internet. Al día siguiente de su publicación, el artículo ya fue condenado en Al Jazeera por el popular predicador televisivo Sheik Yousef al-Qaradawi (una voz no oficial de Bin Laden).  En Egipto y Túnez el ejemplar de Le Figaro fue prohibido. Por lo que respecta a Redeker, pronto recibió numerosas amenazas, tanto por carta como por e-mail. En una web islamista fue condenado a muerte a través de un post en el que, para facilitar la tarea al potencial asesino, se facilitaba su dirección y una foto de su casa. Temeroso por su vida y la de su familia, Redeker buscó la protección de la policía local, que transfirió el caso a las autoridades nacionales de contraespionaje. Siguiendo su consejo, Redeker, su mujer y sus tres hijos huyeron de su casa y se refugiaron en un emplazamiento secreto.  Desde entonces se han trasladado de ciudad en ciudad bajo protección policial, pagándose los gastos de su bolsillo. Otro profesor ha sido elegido por el ministerio de educación para reemplazar a Redeker, que muy posiblemente no volverá a ver a sus antiguos alumnos.

Como viejo amigo de Redeker ,yo estaba profundamente consternado por estos hechos y muy preocupado por su seguridad y la de su familia. Mi angustia se agravó a causa de la reacción del  establishment francés ante el caso Redeker . El primer ministro Dominique de Villepin fue practicamente el la única figura oficial que mantuvo una posición honrosa ; este declaró que “esta fatwa” contra un intelectual francés era “inaceptable”, Un grupo de de intelectuales centrístas ,incluyendo a Pascal Bruckner, Alain Finkielkraut, André Glucksmanny Henry-Levy, hizo un llamamiento en defensa de Redeker y de las libertades fundamentales de Francia. Pero la mayoría de las respuestas ,incluso aquellas que disfrazadas como defensas de la libertad de expresión.eran de hecho hostiles al profesor de filosofía.  El alcalde comunísta de Saint-Orens-de-gameville y,haciendose eco ,el director del colegio de Redeker,lamentaron el hecho de que hubiese incluido su afiliación al final del artículo. Los dos sindicatos de profesores mayoritarios en francia,ambos socialístas,recalcaron que ellos no compatían las convicciones de Redeker. Las más punteras organizaciones izquierdístas de derechos humanos aún fueron más lejos denunciando sus irresponsables declaraciones e ideas pútridas. Un profesor de filosofía ,compañero de Redeker ,Pierre Tevanian,declaró (en una web musulmana) que Redeker era un racísta que debería ser severamente castigado por la administracíon del colegio.
Como viejo amigo de Redeker, yo estaba profundamente consternado por estos hechos y muy preocupado por su seguridad y la de su familia. Mi angustia se agravó a causa de la reacción del  establishment francés ante su caso. El primer ministro Dominique de Villepin fue prácticamente la única figura oficial que mantuvo una posición honrosa: declaró que “esta fatwa” contra un intelectual francés era “inaceptable”. Un grupo de intelectuales centristas, incluyendo a Pascal Bruckner, Alain Finkielkraut, André Glucksmann y a Henry-Levy hizo un llamamiento en defensa de Redeker y de las “libertades fundamentales” de Francia.

Pero la mayoría de las respuestas, incluso aquellas que fueron disfrazadas como defensa de la libertad de expresión, eran de hecho hostiles al profesor de filosofía.  El alcalde comunista de Saint-Orens-de-Gameville y el director del colegio de Redeker lamentaron el hecho de que hubiese incluido su afiliación al final del artículo. Los dos sindicatos de profesores mayoritarios en Francia, ambos s”. Las más punteras organizaciones izquierdistas de derechos humanos aún fueron más lejos denunciando sus “irresponsables declaraciones” e “ideas pútridas”. Un profesor de filosofía compañero de Redeker, Pierre Tevanian, declaró (en una web musulmana) que Redeker era “un racista” que debería ser severamente castigado por la administración del colegio.
Incluso Gilles de Robien, el ministro francés de Educación, criticó a Redeker por actuar como si representara al sistema educativo francés; extraña acusación contra el autor de un artículo que era claramente una opinión personal.

Entre los miembros de los medios de comunicación, Redeker fue regañado por articular sus ideas tan imprudentemente. En  la radio Europe 1, Jean Pierre Elkebach invitó al acosado profesor a declarar su ”arrepentimiento”. El consejo editorial de Le Monde tildó  la pieza de Redeker de “excesiva, errónea, engañosa e insultante”. Llegó a calificar sus observaciones sobre Mahoma como “blasfemas”, lo cual implicaba que el fundador del Islam debía ser tratado, incluso por los no musulmanes en un país no musulmán, no como objeto de investigación sino de veneración.

Cierto, el lenguaje de Redeker no había sido amable. ¿Pero cuando ha sido eso un requisito del discurso intelectual francés? Uno puede encontrar un lenguaje igual de fuerte en Les Temps Modernes, el diario fundado por Sartre  y en cuyo consejo editorial ha trabajado Redeker mucho tiempo. Juzgando la respuesta a su “ofensa”, grandes sectores del establishment político e intelectual francés han establecido una excepción a su duramente ganada tradición de discusión abierta: cuando se tata del Islam (en oposición al cristianismo y al judaísmo) la libertad de expresión debe respetar unos límites.
¿Cómo alcanzó Francia este punto?

La primera y más inmediata explicación es que el país está a punto de entrar en un importante periodo electoral. Cinco millones de musulmanes residen en Francia y la mayoría de ellos son ciudadanos con derecho a voto. Ningún partido se puede permitir una confrontación con esta creciente comunidad. Es más, en la memoria están todavía frescas las revueltas en los suburbios de las ciudades francesas en el otoño del 2005. Aún existe violencia aunque menos dramática en las áreas con grandes poblaciones de jóvenes musulmanes de origen africano o norte africano nacidos en Francia, y eso ha hecho que el miedo de la clase política a una nueva conflagración la obligue a evitar tocar nada relacionado con el Islam.

Más desconcertante es la complicidad de los medios franceses. Por supuesto que ellos también quieren evitar ser percibidos como adversarios de la comunidad musulmana. Pero han ido más allá de la mera precaución. Después de los disturbios, los principales periódicos, revistas y noticiarios han mostrado poco interés en la realidad del Islam francés, especialmente en la creciente influencia de la propaganda islamista. De ahí que no fuese un periodista sino el político de extrema derecha Phillippe de Villiers el que llamara la atención recientemente sobre la islamización del personal en el aeropuerto Charles de Gaulle. Este fenómeno no era un secreto pues el aeropuerto está situado en el departamento de Seine San Denis, mayoritariamente musulmán y que por lo tanto contrata gente de allí, pero nadie vio pertinente investigarlo. Confrontados con la militancia islamista, los periodistas franceses parecen haber perdido su nervio y comprometido su profesionalismo.

Por lo que respecta al mundo académico francés, la historia es más complicada. Trabajar en temas sensibles relacionados con la raza y la religión no ha sido nunca una elección fácil para un erudito francés, especialmente para uno cuyas opiniones se salgan de las convenciones de la izquierda académica. Durante los años cincuenta  Fernand Braudel, trató de disuadir a Leon Poliakov de que escribiera sobre el antisemitismo, un tema sobre el que Poliakov posteriormente escribiría libros muy importantes. Años después, gentes bien intencionadas y preocupadas por mi futuro me aconsejaron que evitara el tema del antisemitismo. Ignoré su consejo y escribí un libro titulado L´Invention du Racisme (1983), y ya no pude conseguir trabajo en la universidad. Por suerte me ha ido mejor en los Estados Unidos.

Hoy en día en Francia, investigar sobre los polémicos temas de la raza y la religión es tabú a menos que uno exhiba la política correcta. Para hablar en conferencias o para que uno pueda aspirar a puestos importantes debe estar dispuesto a describir la era colonial francesa como un genocidio y a denunciar la política americana en Oriente Medio como una bárbara crueldad. Los que se niegan son relegados al ostracismo.

Un ejemplo notable de lo que es estar incluido en la lista negra ocurrió en el 2004, cuando un investigador solicitó un puesto en el prestigioso Collége International de Philosophie. Sus credenciales eran magníficas, pero cuando un miembro del comité supo que tenía opiniones pro americanas (al parecer no se oponía con rotundidad a la guerra de Irak), comenzó una campaña subrepticia pero efectiva para negarle el puesto. Los detalles del caso aparecieron en L´Express. El nombre del candidato injustamente tratado era Robert Redeker.

Se podrían señalar muchas explicaciones para esta extraordinaria parcialidad, pero estoy convencido que el origen está en la compleja historia de las relaciones entre Francia y el mundo árabe durante los últimos 150 años. El factor dominante en esta historia han sido los distintos esfuerzos de Francia por establecer un dominio de ultramar. El colonialismo francés empezó en Argelia en 1830, más tarde se extendió a Marruecos y a Túnez, llegando a alcanzar Siria y El Líbano. Después de la primera guerra mundial el Tratado de Versalles convirtió a Francia en la potencia encargada de estos países recién fundados. En Argelia el periodo colonial fue el más largo, hasta 1962, y también el más amargo. Sus últimos años estuvieron manchados por una sangrienta guerra de independencia en el curso de la cual los clérigos musulmanes argelinos jugaron un importante papel, no sólo apoyando las operaciones militares del FLN, sino también haciendo del Islam la ideología de la guerra.

Un trasfondo histórico tan tenso nos llevaría a pensar que existe un gran antagonismo entre el ex poder colonial y sus anteriores colonias. Pero, extrañamente, la realidad ha sido la contraria. Con excepción de la abortada expedición de Suez en 1956, cuando Francia estuvo aliada con Gran Bretaña e Israel contra Egipto, los distintos gobiernos franceses han mantenido unas relaciones notablemente amistosas con los países árabes. Si ha habido una tendencia permanente en la diplomacia francesa desde Charles De Gaulle hasta Miterrand y Chirac ha sido la de mantenerse siempre en el campo pro árabe. La base de esta alianza fue establecida por De Gaulle. Al final de la guerra de Argelia éste decidió que era vital restaurar unas buenas relaciones con los líderes árabes, especialmente con el régimen egipcio, que había apoyado al FLN. Para conseguir este fin, sin embargo, tuvo que romper la alianza diplomática y militar que existía entre Francia e Israel desde 1948. La Guerra de los Seis Días le ofreció el pretexto que tanto buscaba.

El episodio más vívido de esta realineación (y ciertamente el más famoso) fue la observación que emitió De Gaulle en una conferencia de prensa en 1967. Los judíos, dijo, eran unas gentes elitistas, muy seguras de sí mismas, y muy dominantes. El significado de este comentario no pasó desapercibido para el distinguido politólogo Raymond Aaron, que reconoció en él el típico lugar común anti semita sobre la supuesta sed de poder de los judíos. Fue la clara señal que dio De Gaulle sobre el giro en la política exterior francesa, pasando así a abrazar la causa anti sionista. El giro de De Gaulle reforzó otras tendencias ideológicas en la sociedad francesa que ya eran fuertes por entonces y lo siguen siendo hoy. La primera de ellas es la arraigada resistencia de los católicos franceses a ver a Palestina, Tierra Santa, como el lugar de nacimiento de Jesús devuelto a los judíos, a los que consideraban enemigos de Cristo. En la práctica la Iglesia siempre había buscado tener buenas relaciones con los regímenes islámicos para proteger los intereses cristianos en la región. La simpatía francesa por Israel había torcido estos esfuerzos y De Gaulle dio a la Iglesia esta ventaja diplomática.
Una importancia más duradera de este giro radical de de Gaulle fue el apoyo a los paises no alineados ,como se llamaba entonces al tercer mundo. Para estos elementos de la política francesa ,el sionísmo era simplemente una forma de colonialísmo occidental, ahora apoyado por la fuerza bruta de los imperialístas  Estados Unidos. Con el paso de los años esta idea se ha convertido en universal en la izquierda francesa, y no digamos en los bien pensantes de otras partes de Occidente. Una de las ironias más trístes  de la política francesa es que la izquierda , por su cerril odio a Israel, se ha hecho más anti semita que la extrema derecha,con su larga historia de animosidad contra los judios.
Otro aspecto de este giro radical de De Gaulle fue el apoyo a los países no alineados, como se llamaba entonces al Tercer Mundo. Para estos elementos de la política francesa el sionismo era simplemente una forma de colonialismo occidental, ahora apoyado por la fuerza bruta de los imperialistas de Estados Unidos. Con el paso de los años esta idea se ha convertido en universal en la izquierda francesa, y no digamos entre los bien pensantes de otras partes de Occidente. Una de las ironías más tristes de la política francesa es que la izquierda, por su cerril odio a Israel, se ha hecho más anti semita que la extrema derecha, que cuenta con una larga historia de animosidad respecto a los judíos.
Otro aspecto en el que fijarse es el de la actitud de las élites francesas hacia el mundo árabe y el papel de la comunidad académica de los orientalistas. Como resultado de la colonización, las universidades francesas empezaron pronto a desarrollar estudios norte africanos y de Oriente Próximo. Este campo, a pesar de sus muchos logros, estaba emponzoñado desde el principio.

El primer gran orientalista fue Louis Massignon (1883-1962), un intelectual católico que publicó sus primeros libros hace cien años, mientras Francia se hallaba enfrascada en el affaire Dreyfus, y se movía en círculos anti semitas. Poco después apareció el famoso trío compuesto por Jacques Berque, Maxime Rodinson y Vincent Monteil. Experto en Indonesia, Monteil se convirtió al Islam y después de la segunda gran guerra suscribió algunas teorías derechistas que negaban la realidad del Holocausto.  Rodison, que era judío, fue activista comunista durante la Guerra Fría. Por lo que respecta a Berque, que creció en el Marruecos colonial, vivió en tantos países árabes que con el paso de los años se hizo manifiestamente incapaz de mantener una distancia crítica. Mientras yo trabajaba en la sección cultural de la embajada francesa, Berque se entretuvo contándome cómo se había asimilado completamente a la cultura árabe. Viajando por Irak a principios de los setenta fingió ser marroquí y como tal fue invitado por el imán de una importante mezquita a comentar unas suras coránicas durante el sermón del viernes. Si lo hubiesen descubierto habría puesto en peligro su vida. Pero, como decía Berque, su árabe era tan fluido (era el único no árabe miembro de la academia egipcia de lengua árabe) y su conocimiento de la materia tan extenso que ningún iraquí podría haberlo detectado. Su identificación no era sólo cultural. Buceando en sus pronunciamientos, se encuentra un patrón muy claro. Calificó el nacimiento de Israel como un acto ilegítimo y predijo que el estado judío no sobreviviría más allá de unos pocos años. En 1967 predijo que Nasser borraría a Israel del mapa. A finales de los ochenta declaró que Saddam Hussein era un gran líder socialista y secular que traería la democracia al Oriente Medio. También exigió que Francia lo tratase como a un buen amigo. En sus años finales dijo que el islamismo podría hacer algunos avances aquí o allá, pero que nunca tendría predicamento entre las élites de un país como Egipto.

Desgraciadamente los herederos de los orientalistas hoy en día tienen prejuicios similares y son poco de fiar en sus juicios políticos.  Gilles Kepel, en La Guerra por la Mente Musulmana (2004), ha proclamado que el islamismo es un fracaso y Al Qaeda un esfuerzo baldío, llegando a describir los ataques del once de septiembre como un acto de pura desesperación. Oliver Roy, autor de El Islam Globalizado, ve el islamismo como un programa revolucionario que responde a aspiraciones populares, aunque se exprese en términos reaccionarios. Otro estudioso, Francois Burgat, arguye en Cara a cara con el islam político (2005) que los países occidentales en vez de luchar contra los líderes islámicos, deberían mantener con ellos un diálogo amistoso.

No quiero sugerir que ninguno de estos estudiosos carezca de conocimientos sobre la situación en el mundo árabe. Pero dan una imagen distorsionada de la situación, y lo hacen deliberadamente. Tratando de quitarnos la sensación de amenaza por parte del Islam, minimizan la importancia del Islam radical y su amenaza a la libertad y a la paz. En contraposición a lo que los mismos islamistas dicen, los orientalistas insisten en que no hay un choque de civilizaciones.

El efecto de estas opiniones en la discusión política en Francia es profundo. La presente generación de orientalistas es omnipresente en los medios. Aseguran que la creciente y bien visible islamización de los suburbios europeos no supone ningún peligro. Sugieren que el problema de Israel es su propia existencia. Inspiran la abierta simpatía con la que se ve a Hamas o a Hezollah en periódicos como Liberation o Le monde. Se esfuerzan por acuñar el término islamofobia para deslegitimizar a los que no están de acuerdo con ellos, como Redeker.

Yo no soy orientalista ni experto en el Islam, pero he pasado años en Oriente Medio y en otros países árabes y sé que la situación en el mundo islámico se corresponde muy poco con el wishful thinking de tantos estudiosos, periodistas y políticos franceses. Una rápida ojeada al mapa, desde Chechennia a Israel y a la Autoridad Palestina, Líbano, Irán, Irak, Afganistán, Sudán, Somalia, Cachemira, el sur de Tailandia y el sur de las Filipinas, revela que las guerras más devastadoras son las del tipo jihadista. Todas se alimentan del islamismo violento. También sé que el creciente anti semitismo que uno se encuentra en Francia, combinado con la tendencia de la élite a hablar de Israel como un estado temporal, no es sólo peligroso en sí, sino también para Francia. Una república fundada en los principios de la libertad y la igualdad no puede dar cabida a tan perniciosas ideas. La corrupción de las ideas es difícil de controlar y los compromisos morales e intelectuales que llevan a gente educada a negar la naturaleza y la realidad de la lucha contra el islamismo, una lucha de todo Occidente, pronto afectarán otros aspectos de la vida pública.

Cuando por fin di con Redeker por e-mail semanas después de que se ocultase con su toda familia, todavía estaba atónito por su suerte. “Nunca pensé que tal cosa pudiese ocurrir en nuestra vieja república francesa”, me escribió en un corto y estoico mensaje. Tampoco yo. Pero las cosas han cambiado. Lo que era impensable en Francia ha ocurrido.

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