Publicado por TC el 10 nov, 2012 en Divulgación Científica, General, Tercera Cultura |

La setentera “sociedad planetaria”
El 9 de noviembre se conmemora globalmente el Día de Carl Sagan, una “celebración de su vida y obras” que este año se dedica a la misión del Curiosity en Marte. Los eventos en esta ocasión están organizados y auspiciados por el Center for Inquiry y la fundación de James Randi.
Carl Sagan (1934-1996) fue uno de los divulgadores científicos más conocidos del siglo XX, en especial después de rodar la serie Cosmos. Un viaje personal para la televisión en los años setenta, y que se estrenó por primera vez en España hace ya treinta años. Sagan nos enseñó desde su panóptica nave espacial, entre otras cosas interesantes y pintorescas, que siempre que uno logre situarse a 6.000 millones de kilómetros de distancia del planeta tierra, más allá de la órbita de Plutón, entonces el lugar donde vivimos nuestros dramas vitales parece un insignificante y pálido “punto azul“.
Por lo visto, la última esposa y heredera del legado de Sagan, Anne Druyan (coautora del guión de Cosmos), está de acuerdo en que el encargado de dirigir la secuela de esta afamada serie televisiva sea el famoso astrónomo afroamericano Neil deGrasse Tyson. Tyson se considera inspirado por la espiritualidad cósmica de Carl Sagan, y ya nos ha mostrado en alguna oportunidad lo emocionante que es el hecho de que nosotros y un modesto helecho procedamos de átomos de estrellas.
El día de Sagan continúa siendo uno de los eventos más celebrados en el santoral científico y laico, a escasa distancia del día de Darwin o, últimamente, del día de Ada Lovelace.
Publicado por TC el 9 nov, 2012 en Ciencia cognitiva, Divulgación Científica, Tercera Cultura |

“Pachamama”
Teleología (del griego telos, fin) es el “uso del diseño, propósito o utilidad como explicación de cualquier fenómeno natural”. Según una descripción clásica de Francisco J. Ayala, se dice que un comportamiento u objeto son teleológicos “cuando dan pruebas de un diseño o bien cuando parecen estar dirigidos hacia determinados fines” (Ayala, 1979). La teleología es muy popular en la religión, que ve en el mundo natural un diseño divino, pero impopular en la ciencia moderna, especialmente después de la “revolución darwiniana”, que ve en el mundo natural un proceso mucho más azaroso, sometido a la selección natural y a otros fenómenos naturales que no implican la noción de finalidad.
Según la psicóloga Deborah Kelemen, experta en cognición infantil, las bases para pensar de esta manera no están en la autoridad de Aristóteles. La idea de teleología surge en nuestra psicología de forma bastante más “natural”. Y los niños parecen especialmente “promiscuos” buscando explicaciones teleológicas: “Cuando se les pregunta sobre propiedades de entidades naturales como rocas puntiagudas los niños prefieren las explicaciones teleológicas sobre las físico-causales, sosteniendo que las rocas son puntiagudas porque así los animales no se sentarán en ellas y no porque se hayan apilado pequeños trozos a lo largo del tiempo” (Kelemen, 2009). Resultados parecidos también se han obtenido en adultos con una educación mínima, sugiriendo que la adhesión a explicaciones teleológicas no es simplemente el fruto de la inmadurez cognitiva. En su conjunto, esta forma de pensar parece un sesgo mental persistente en los seres humanos, cuyo atractivo permanece muy difundido a pesar de las críticas de la ciencia moderna.
Ahora, Kelemen junto con sus compañeros de la universidad de Boston (2012), han diseñado dos estudios dirigidos a averiguar si incluso los científicos naturales conservan tendencias teleológicas en determinadas circunstancias. En uno de los estudios, los científicos (profesores de ciencias físicas y naturales en universidades norteamericanas) efectivamente resultaron muy propensos a apoyar explicaciones teleológicas de fenómenos naturales cuando disponían de poco tiempo para resolver el problema, al igual que los adultos sin adiestramiento científico o los estudiantes que participaron en estudios similares: cuando piensan” despacio”, los científicos piensan como los niños. El segundo estudio llevó a un resultado todavía más interesante: los científicos naturales resultaron tan propensos a apoyar explicaciones teleológicas como los académicos de las humanidades,sugiriendo que “aunque una educación extendida parece producir una reducción general en las explicaciones teleológicas inadecuadas, la especialización como científico no lo hace, en sí misma”.
En general, las conclusiones de estos trabajos son consistentes con la caracterización de Daniel Kahneman sobre dos “sistemas” de pensamiento en los seres humanos, uno de ellos mucho más “natural”, rápido e instintivo que el otro. Pensar de forma “religiosa” parece figurar entre estos sesgos naturales y casi automáticos que poseen una base natural. Según Kelemen y sus compañeros: “Las nociones de propósito son bases centrales de las religiones mundiales, y el presente estudio revela no sólo que son un supuesto natural de la mente humana, sino que también están íntimamente conectados con intuiciones acerca de la agencia. Los efectos duraderos del sesgo teleológico en la ciencia y la cultura podrían ser más profundos de lo que creíamos”.
Dejar de pensar en que el mundo natural es un diseño de Dios, o la fecunda expresión de la “Madre Tierra” (hasta los llamados neohumanistas se sienten atraídos por estas maravillosas teorías) es una de las tareas cognitivamente más costosas que enfrenta la ciencia moderna, habida cuenta de que estamos hablando de sesgos que forman parte de nuestra plantilla cognitiva por defecto.
Referencias:
Kelemen, D. (2009) The Human Function Compunction: Teleological explanation in adults. Cognition, 111(1), 138-143. DOI: 10.1016/j.cognition.2009.01.001
Kelemen, D., Rottman, J., & Seston, R. (2012). Professional Physical Scientists Display Tenacious Teleological Tendencies: Purpose-Based Reasoning as a Cognitive Default. Journal of Experimental Psychology: General. Advance online publication. doi: 10.1037/a0030399
Dobzhansky, T.; Ayala, F. J.; Stebbins, G. L. y Valentine, J. W. (1979). Evolución. Ediciones Omega
Publicado por Félix Ares el 7 nov, 2012 en Tercera Cultura |
El 15 de agosto de hace 98 años se inauguró oficialmente el Canal de Panamá, aunque algunos barcos habían pasado previamente. Tener un paso marítimo que unía el Atlántico con el Pacífico fue una revolución en el comercio que ha tenido una gran importancia en el desarrollo del siglo XX en muchos campos. En la construcción naval, por ejemplo, ha creado un tipo de barcos que se llaman Panamax y que son los de mayor dimensión que pueden cruzar a través del istmo. Los países que más lo utilizan son Estados Unidos y China.
La idea de unir los dos océanos por Centroamérica, para que los barcos se ahorrasen dar la vuelta por las peligrosas aguas del Cabo de Hornos, ya fue planteada en 1516 por el primer explorador europeo de aquellas tierras: Núñez de Balboa. Hubo muchos intentos de hacer dicho canal, en distintas ubicaciones. Los franceses en 1869 habían abierto el Canal de Suez, bajo la dirección de Lesseps, y aquello les dio ánimos para intentar hacer lo mismo en Panamá. A fin de cuentas, el de Panamá sería la mitad de largo que el de Suez; pero los ingenieros franceses se equivocaron en dos temas fundamentales, el clima y las enfermedades. El clima hacía que las paredes de los canales abiertos se deslizaran rellenándolos y la fiebre amarilla y la malaria hicieron estragos entre los trabajadores. Inicialmente el proyecto era hacer un canal sin esclusas, pero pronto se vio que aquello era inviable y decidieron que la mejor solución era hacer un gran pantano –Gatún– en el río Chagres y usarlo tanto para que los barcos circularan por él como para almacenar el agua que necesitaban las esclusas. El problema era que el pantano estaba a 35 m de altura y por lo tanto había que subir los barcos hasta allí. Desde el Atlántico al pantano pensaron en tres esclusas y desde el pantano al Pacifico otras tres. Pero los franceses, por problemas económicos y políticos, no fueron capaces de terminar el proyecto y en 1889 la empresa de Lesseps fue asumida por el ingeniero Philippe-Jean Bunau-Varilla que estaba realizando nuevos trabajos de acuerdo con el proyecto de Eiffel. Pero no tenía recursos financieros por lo que pidió ayuda a Estados Unidos, que era el país al que más podía beneficiar la obra pues permitía unir marítimamente la costa este y la oeste. Bunau-Varilla consiguió los recursos a cambio de ceder la explotación del canal a Estados Unidos. Con aquella financiación se logró terminar la obra y el 15 de agosto de 1914 el vapor Ancón inauguró oficialmente la nueva ruta.
Publicado por Eduardo Zugasti el 29 oct, 2012 en Divulgación Científica, Moral natural, Psicología evolucionista, Tercera Cultura |

Emblema del “movimiento” gay
El estudio de la homosexualidad divide todavía a quienes la consideran una tradición extremadamente reciente, precedida por “prácticas” heterogéneas y culturalmente variables, y quienes se proponen naturalizar el estudio de la homosexualidad, asociándolo con una naturaleza humana universal.
La homosexualidad es realmente un problema difícil de explicar desde la evolución humana, debido a que cualquier orientación sexual que disminuyera de forma drástica la probabilidad de tener éxito reproductivo se enfrentaría con presiones evolutivas adversas. Se calcula que la orientación heterosexual abarca a entre el 96 y el 99% de la población humana.
Los psicólogos evolucionistas han propuesto distintas hipótesis para hacer sitio a la homosexualidad en la evolución humana. Según la teoría del altruísmo familiar, los genes para la homosexualidad podrían haber evolucionado si condujeran a una inversión en los parientes genéticos suficientemente grande como para compensar el costo de renunciar a la reproducción directa. Una segunda alternativa es la hipótesis de la fertilidad femenina, según la cual los genes para la homosexualidad masculina podrían haber evolucionado si provocaran un incremento en el éxito reproductivo de los parientes del individuo homosexual. Finalmente, otra hipótesis sugiere que la homosexualidad, en cuanto comportamiento homoerótico al menos, podría haber evolucionado como una estrategia para formar alianzas masculinas que, últimamente, podrían conducir al acceso sexual de mujeres.
Sea cual sea la razón evolutiva para la homosexualidad, si existe una, la identidad homosexual es un problema propio de las sociedades liberales. Las culturas que toleran la homosexualidad, según Warren Farrell, lo hacen porque a fin de cuentas se lo pueden permitir: desde el imperio comercial ateniense hasta las sociedades liberales y capitalistas relativamente prósperas en las que vivimos hoy. En el marco de las sociedades tradicionales que vivían al límite de la subsistencia, la homosexualidad como identidad resultaba mucho más difícil de aceptar. De forma ancestral, lo que la “homofobia” esconde es el temor al sexo gratuito y la renuncia de los hombres a proteger a las mujeres.
La condición histórica de la homosexualidad, sin embargo, no excluye una condición natural. Según estudios de gemelos, los genes sólo son la mitad de la causa de la homosexualidad pero, tal como alerta Simon LeVay, autor de Gay, straight and the reason why: The science of sexual orientation, “no todo en biología es genético”. Otras causas de la homosexualidad, incluyendo factores hormonales que actúan durante el desarrollo fetal, también son biológicos y “naturales”.
Para algunos activistas por los derechos de los homosexuales, la idea de que la homosexualidad puede no ser exactamente una identidad biológica resulta perturbadora, debido sobre todo a la insistencia de la derecha religiosa en el carácter optativo y reversible de las orientaciones sexuales.
¿Se puede “escoger” ser gay o dejar de serlo? Según Brian Earp, investigador de ética práctica en Oxford, debemos tener cuidado distinguiendo entre la ciencia de las orientaciones sexuales, con su carácter ampliamente especulativo, y las implicaciones de la ciencia en el debate social. La decisión de no discriminar a los gays no depende de la genética o de la neurofisiología, de si la homosexualidad se “escoge” o no, sino que es parte de una conversación ética y política mucho más amplia. En último término, la ciencia no puede dictarnos valores morales, aunque sí puede ilustrar nuestra conversación para tomar mejores decisiones.
Publicado por TC el 26 oct, 2012 en Divulgación Científica, Neurociencia, Tercera Cultura |

Neuroimagen
El problema de los “neuromitos”, descritos como malentendidos basados en “la falta de entendimiento, la lectura o la cita errónea de hechos establecidos científicamente (por la ciencia del cerebro) para defender el uso de la investigación sobre el cerebro en la educación y otros contextos”, es conocido desde el informe de Brain and learning project preparado por la OCDE en 2002.
Ahora, un grupo de neurocientíficos holandeses y británicos han dirigido el primer estudio orientado a indentificar la prevalencia de estas concepciones erróneas sobre la neurociencia entre profesores. En concreto, la muestra incluía un total de 242 participantes británicos y holandeses, en su mayor parte profesores de primaria y secundaria.
Estos profesores participaron en un encuesta online para que evaluaran 32 afirmaciones sobre la influencia del cerebro en al aprendizaje. 17 de ellas eran afirmaciones generales sobre el cerebro, como “El hemisferio derecho e izquierdo del cerebro siempre trabajan a la vez” y las otras 15, “neuromitos”, como “Los individuos aprenden mejor cuando reciben información en su estilo preferido de aprendizaje” o, el preferido por el público, “Sólo empleamos el 10% del cerebro”.
Como media, resultó que los profesores creyeron la mitad de los neuromitos, y en particular aquellos que estaban relacionados con programas educativos comerciales. El 26% de los profesores británicos y el 42% de los holandeses (en la muestra) también creyeron que sólo empleamos el 10% del cerebro.
De modo general, se sabe que la neurociencia goza de un prestigio social importante, hasta el punto de que la gente está más dispuesta a aceptar los resultados de un trabajo científico si están acompañado con imágenes del cerebro y explicaciones aparentemente neurocientíficas (Weisberg et al., 2007; McCabe y Castel, 2008). En el caso de los profesores del estudio, lo más curioso es que el conocimiento general del cerebro resultó estar positivamente relacionado con la creencia en neuromitos. Es decir, a mayor conocimiento general del cerebro, por ejemplo, a través de las revistas científicas populares, mayor tendencia a creer en las afirmaciones científicas erróneas, sugiriendo que “los profesores que son entusiastas sobre la posible aplicación de los hallazgos de la neurociencia en la escuela encuentran difícil distinguir la pseudociencia de los datos científicos.”
Para evitar los efectos potencialmente dañinos de los neuromitos en la educación, los investigadores hacen una sugerencia final evidente: mejorar el conocimiento científico de los profesionales de la educación e incluso incorporar cursos sobre neurociencia fiable como parte del entrenamiento previo de los profesores. Además de la supuesta “aptitud pedagógica”, que tantos recursos mueve en España, quizás sería deseable que los futuros profesores tuvieran conocimientos más sólidos de neurociencia.
Referencia: Dekker S, Lee NC, Howard-Jones P and Jolles J (2012) Neuromyths in education: Prevalence and predictors of misconceptions among teachers. Front. Psychology 3:429. doi: 10.3389/fpsyg.2012.00429
Publicado por Félix Ares el 24 oct, 2012 en Tercera Cultura |
Autor: Félix Ares
Una fotografía vista con un solo ojo a 15 cm de distancia se ve en relieve…
Soy miope y es posible que este hecho tenga algo que ver en la historia que les voy a contar. Hace ya casi dos años que me regalaron un «tablet», al que no vi demasiada utilidad pues yo estaba dedicado íntegramente a mi trabajo en el cual el uso fundamental de los ordenadores era la consulta a los buscadores –principalmente Google y para cálculos Wolframalpha– y la redacción de escritos. Pero, como saben mis seguidores, me he jubilado y dispongo de más tiempo libre. Hace unos días me dio un «ataque de añoranza» y me puse a ver por internet viejas series de televisión que me gustaron. Una de ellas fue «El Santo», interpretada por Roger Moore. Estaba en mitad de un capítulo cuando me entró un sueño horrible, así que pensé que podía dejar el ordenador y llevarme el tablet a la cama. Lo hice, y me puse a ver el final del capítulo. Estaba viéndolo medio dormido, con un solo ojo pues la almohada me tapaba el otro. Y de repente la imagen se transformó y empecé a verlo en relieve. El mismo relieve con el que había visto «Vol de Nuit» o «Avatar». Pero para ver aquellas películas se necesitaba llevar unas gafas que a los veinte minutos me producían cierto dolor de cabeza. Ahora lo estaba viendo sin gafas, con un solo ojo. Y la sensación era la misma. Igual de buena o igual de mala. He de reconocer que a mí me parece más falso y más irreal el relieve artificial que las imágenes planas, pero eso, sin duda, va en gustos.
¿Cómo es posible ver relieve con un solo ojo? Mejor dicho: ¿cómo es posible que con un solo ojo se tenga una visión en relieve tan potente? Entonces recordé un libro que siempre me ha encantado y del que he disfrutado. Lo tengo en mi biblioteca, en papel, pero he preferido volver a buscarlo en electrónico. Lo he encontrado, se trata de «Física Recreativa» cuyo autor es Yakov Perelman (http://www.librosmaravillosos.com/fisicarecreativa1/capitulo09.html). Un libro magnífico. En el capítulo 9 explica el fenómeno de la visión en relieve con un solo ojo. Mis recuerdos eran correctos. Y allí dice que si ves una fotografía a una distancia de entre 10 y 15 cm se ve perfectamente en relieve. Yo puse mi tablet, de 21 cm de anchura –me niego a dar la medida como la diagonal en pulgadas–, a unos 15 cm de distancia de mi ojo. El problema para los que tienen una vista normal es que esa distancia es un poco corta para ver enfocada la imagen. Pero es perfecta para los miopes.
Si hacen la experiencia me gustaría saber los resultados.
Publicado por TC el 22 oct, 2012 en Humanismo Secular |

Paul Kurtz (1925-2012)
Hoy ha fallecido Paul Kurtz, profesor emérito de filosofía, editor, filántropo, y uno de los padres fundadores del humanismo secular moderno y del llamado “movimiento escéptico”. En los años setenta, fue el fundador del Committee for Skeptical Inquiry (anteriormente conocido como Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (CSICOP)), el Council for Secular Humanism, y el Center for Inquiry, asociaciones que desde entonces han ejercido una enorme y fundamental influencia en el entendimiento público del racionalismo militante y el humanismo secular en todo el mundo.
En 2010 Kurtz decidió abandonar el conjunto de estas asociaciones porque estaba en desacuerdo con la línea crítica del movimiento escéptico y humanista. En su carta de despedica, Kurtz manifestaba su cansancio:
Me gustaría tomarme un tiempo ahora para tratar sobre una cuestión vital que necesita ser planteada por el Center for Inquiry, y que creo que debería estar en frente de la agenda para el futuro. Hablo sobre la necesidad de aplicar la razón y la ciencia a los valores humanos. Desafortunadamente, el gran énfasis del Center se ha dirigido a la crítica de las afirmaciones religiosas y paranormales, que sin duda es una parte clave de la agenda. Pero esto ha llevado a negar otra parte esencial de la visión inspirada en la creación del Center for Inquiry: la aplicación de la ciencia y la razón a las cuestiones éticas. La cuestión clave es si los secularistas son capaces de desarrollar unos valores éticos seculares que impriman significado y proporcionen una base para la integridad moral.
Estos nuevos objetivos humanistas se plasmaron en la creación del Institute for Science and Human Values y en la redacción de un nuevo manifiesto humanista más ambicioso que pretendía recoger las ambiciones morales ampliadas de Kurtz. La Declaración neo-humanista sobre principios y valores seculares: Personal, progresista y planetaria abarcaba, en este sentido, un conjunto de valores más detallado de los recogidos tradicionalmente por los humanistas seculares, desde el abierto apoyo a políticas de control de la población, la “protección de otras especies” y de “una economía verde”, hasta una nueva “reverencia” humanista hacia la “madre tierra”.
Publicado por TC el 20 oct, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura, Traducciones |
Publicado por en
Jesse Marczyk en
Pop Psychology

George. C. Wiliams, crítico pionero de la “selección de grupo”
En mayo, escribí sobre por qué un organismo desearía ser miembro de un grupo. Por una parte, un organismo podría querer unirse a un grupo porque, últimamente, este organismo calcula que uniéndose al grupo obtendría beneficios que no conseguiría de otra forma por sí mismo. En otras palabras, los organismos desearían unirse a un grupo por razones egoístas. Por otro lado, un organismo podría querer unirse a un grupo con el objetivo de proporcionar beneficios a todo el grupo, no sólo a sí mismo. Por razones que escapan a mi entendimiento, existen personas que continúan creyendo que la segunda razón para unirse a un grupo es la más plausible, a pesar de ser anatema para todo lo que sabemos actualmente sobre el funcionamiento de la evolución.
El debate sobre si las adaptaciones para la cooperación y el castigo se forjaron primariamente por presiones selectivas al nivel del individuo o del grupo se ha prolongado tanto porque muchas de las evidencias que se han presentado sobre el asunto podrían entenderse como consistentes con ambas teorías. Claro está, si uno es lo bastante creativo en su interpretación de los resultados. Los resultados de un nuevo estudio, de Krasnow et al (2012), deberían influir en los partidarios de la selección de grupo: o bien haciendo que reconsideren su posición o bien haciendo que sean todavía más creativos en su interpretación.
El estudio de Kransow et al (2012) está en el camino de resolver el debate. Crearon contextos donde las dos teorías hacen predicciones opuestas. Si las adaptaciones para el intercambio social (cooperación, engaño, castigo, reputación, etc) fueron dirigidas primariamente por intereses egoístas (tal como establece el modelo de intercambio social), la información sobre cómo se comporta tu compañero con respecto a tí debería ser más relevante que la información sobre cómo se comporta tu compañero con respecto a otros, cuando estás decidiendo cómo comportarte hacia ellos. En abierto contraste, un modelo de selección de grupo predice que estos dos tipos de información deberían ser de valor similar cuando estamos decidiendo cómo tratar a otros, dado que la función de esas adaptaciones debería ser proporcionar ganancias a todo el grupo, no ganancias egoístas.
Se crearon estos contextos por medio de dos experimentos. El primer experimento se diseñó con el objetivo de demostrar que las personas, de hecho, hacen uso de lo que los autores llamaron “reputación de tercera persona”, definida como la reputación de un compañero por comportarse de cierto modo hacia los demás. A los sujetos se les llevó al laboratorio para que jugaran un juego de confianza con un compañero que, sin saberlo los sujetos, eran programas de ordenador y no personas reales. En un juego de confianza, un jugador puede escoger entre no confiar en su compañero, resultando en una ganancia media idéntica para ambos (en este caso, 1.20$ para ambos), o bien confiar en su compañero. Si el primer jugador confía, su compañero puede o bien cooperar, llevando a una ganancia idéntica para ambos jugadores que es más alta que la ganancia media (1.50$ para ambos), o desertar, llevando a una ganancia asimétrica que favorece al desertor (1.80$ y 0.90$). En el caso de que el jugador confíe y su compañero deserte, se da al jugador la opción de pagar para castigar a su compañero, resultando en que las ganancias de ambos se sitúan a un nivel bajo (0.60$ para ambos).
Antes de que los sujetos jugasen el juego de confianza, se les presentó información sobre la reputación de tercera persona de su compañero. Esta información llegó a través de cuestiones que sus compañeros habían respondido antes, planteando la voluntad de ese compañero para engañar si se estaba libre de ser detectado. Quizás de forma no sorprendente, los sujetos estaban menos dispuestos a confiar en un compañero que había indicado estar más dispuesto a engañar, dada una buena oportunidad para hacerlo. Lo que nos cuentan estos resultados, entonces, es que las personas son perfectamente capaces de hacer uso de la reputación de las terceras personas cuando no sabían nada más sobre su compañero. Estos resultados no nos ayudan a distinguir entre el grupo y las consideraciones a nivel del individuo, sin embargo, dado que ambos modelos predicen que las personas deberían actuar de este modo. Por este punto debería empezar el segundo estudio.
El segundo estudio añadió una variable crucial: la reputación de primera persona, o el comportamiento pasado de tu compañero con respecto a tí. Esta información fue proporcionada por medio de los resultados de dos juegos de dilema de prisionero que se hicieron visibles al sujeto, uno jugado entre un sujeto y su compañero y otro jugado entre el compañero y una tercera persona. Esto condujo a que los sujetos se encontraran con cuatro tipos de compañeros: uno que fallaba a ambos y a una tercera persona, uno que cooperaba con ambos, y uno que fallaba a uno (o bien el sujeto o bien la tercera persona) y cooperaba con el otro. Continuando con este juego inicial, los sujetos jugaron de nuevo un juego de confianza de dos rondas con sus compañeros. Esto permitió que se contestara a la siguiente cuestión: ¿Cuando los sujetos tenían disponible reputación de primera persona, aún hacían uso de la reputación de tercera persona?
La respuesta no podía ser un “no” más sonoro. Al decidir sobre si iban a confiar en su compañero o no, la reputación de tercera persona no predijo en absoluto el resultado, mientras que si lo hizo la reputación de primera persona y, no sorprendentemente, los sujetos estuvieron menos dispuestos a confiar en un compañero que previamente les había fallado. Más aún, una reputación de tercera persona para engañar no hizo que los sujetos castigaran más a sus compañeros, aunque la reputación de primera persona tampoco tenía mucho valor en estas predicciones. Dicho esto, el modelo de intercambio social no predice que el castigo deba infligirse estrictamente sobre la base de haber sido injuriado. Dado que el castigo resulta costoso sólo debe emplearse cuando los sujetos esperan recuperarse de los costos del castigo en subsiguientes intercambios. Si los sujetos no desean renegociar los términos de cooperación a través del castigo, simplemente deberían evitar interactuar con sus compañeros.
Surgió este patrón preciso de resultados: cuando se fallaba a un sujeto, y entonces el sujeto casigaba al desertor, el mismo sujeto también estaba dispuesto a cooperar en rondas subsiguientes con sus compañeros. De hecho, estaban tan dispuestos a colaborar con sus compañeros como si sus compañeros no hubieran desertado inicialmente. Merece la pena repetir que los sujetos hicieron esto, en apariencia ignorando que sus compañeros se habían comportado de esa forma hacia nadie más. Los sujetos sólo castigaron a su compañero para persuadir a sus compañeros para que les tratara mejor, no lo castigaron poque hubiera dañado a otros. Finalmente, la reputación de primera persona, a diferencia de la reputación de tercera persona, tuvo un efecto sobre si los sujetos estaban más dispuestos a colaborar con sus compañeros en la primera ronda del juego de confianza. Las personas estaban más dispuestas a colaborar con un compañero con el que habían colaborado, sin fijarse en si ese compañero se habia comportado mal hacia algún otro.
Para resumir, a pesar de que los modelos de selección de grupo predicen que los sujetos deberían hacer un uso equivalente o al menos conjunto de la información de primera mano y de terceros, no lo hicieron. Los sujetos sólo parecieron interesados en la información sobre cómo se habían comportado sus compañeros hacia los demás en la medida en que tal información podría predecir cómo se comportarían sus compañeros hacia ellos. Sin embargo, dado que la información sobre cómo se habían comportado sus compañeros hacia ellos es una pista superior, los sujetos hicieron uso de esa información de primera mano cuando estaba disponible excluyendo la reputación de terceros.
Se podría quizás argumentar que no debería esperarse que los sujetos hicieran uso de la información sobre cómo se comportan sus compañeros hacia terceras personas porque no existe garantía de que esas terceras personas son miembros del grupo del sujeto. Después de todo, de acuerdo con las teorías de selección de grupo, el altruísmo sólo puede dirigirse hacia miembros del propio grupo específicamente, de modo que tal vez estos resultados no hagan daño a los partidarios de la selección de grupo. Simpatizaría con ese argumento, pero hay dos grandes problemas con los que tratar antes de hacerlo. Primero, sería preciso que los partidarios de la selección de grupo negaran todas las evidencias ambiguas previas que según ellos era consistente con su teoría, dado que casi toda esa investigación tampoco trata explícitamente sobre el grupo del sujeto. No deberían reconocer las evidencias sólo en los casos en que resultan convenientes para sus teoría e ignorarlas cuando no es así. El segundo asunto es el que planteé en mayo: “el grupo” es un concepto que tiende a carecer de fronteras claras. Sin concretar mejor este concepto, sería difícil construir cualquier clase de teoría estable sobre él. Una vez que se haya desarrollado este concepto más plenamente, entonces debería mostrarse que los sujetos que se comportarán de forma altruísta hacia su grupo (y no hacia otros) sin tener en cuenta la ganacia personal para hacerlo, demostrando que las personas actúan de forma altruísta con la esperanza de que terminarán beneficiándose al final, no es suficiente.
¿Será este estudio la última palabra sobre la selección de grupo? Tristemente, es probable que no. En el lado bueno, al menos es un paso en la dirección correcta.
Referencia: Krasnow, M.M., Cosmides, L., Pederson, E.J., & Tooby, J. (2012). What are punishment and reputation for? PLOS ONE, 7
Publicado por Félix Ares el 18 oct, 2012 en Tercera Cultura |
La aparición de hongos capaces de descomponer la madera produjo el fin del Carbonífero
Los periodos geológicos tienen nombres sugerentes y que a mí me resultan extrañamente atractivos: Silúrico, Carbonífero, Pérmico, Jurásico,… La razón de que se cambie el nombre se debe a los fósiles. Pensemos en dos periodos consecutivos, por ejemplo, el Devónico y el Carbonífero. Durante el Devónico abundan los tiburones primitivos, aparecen los primeros peces óseos y grandes arrecifes de coral y no hay restos de carbón. El Carbonífero debe su nombre a que los fósiles principales son carbón, que no es nada más que plantas leñosas que fueron sepultadas. El carbón que se produjo en el Carbonífero es el que usamos nosotros, el que dio origen a la revolución industrial. Comenzó hace unos 360 millones y acabó bastante bruscamente hace 300. Los geólogos siempre se han hecho dos preguntas: ¿por qué empezó la producción masiva de carbón? y ¿por qué acabó repentinamente? La respuesta la primera pregunta es que las plantas desarrollaron la lignina que es la que da resistencia a los troncos y les permite crecer en altura. La lignina no tenía ningún ser vivo capaz de descomponerla, por lo que cuando los árboles morían, caían y no había nada que los descompusiera, por lo que si se enterraban terminaban convertidos en carbón. Por eso el carbón se creó en el Carbonífero. Respecto a la pregunta de por qué acabó, desde hace mucho tiempo se especulaba con la idea de que habían surgido los hongos que eran capaces de descomponer la lignina. Pero, claro, una cosa es una idea y otra cosa es demostrarlo. Mi buen amigo Luis R. González, me ha puesto sobre la pista de un artículo de la revista Science en el que se explica que un grupo internacional de investigadores en el que han participado miembros del CSIC, han analizado los genomas de 31 hongos que descomponen la lignina, algunos existían pero muchos los han tenido que secuenciar para este trabajo. Con los genomas en la mano han visto en qué se diferencian y han calculado cuándo se separaron, o dicho de otro modo, cuándo apareció por primera vez un hongo capaz de descomponer la lignina. El resultado ha sido que hace aproximadamente unos trescientos millones de años. Es decir, que el final del Carbonífero y el final de la producción de carbón ocurrieron en simultaneidad a la aparición de estos hongos.
Es sorprendente que cuando las plantas «inventaron» la lignina hicieron posible los árboles y es curioso pensar que durante cuarenta millones de años estos no se pudrían porque no había ningún organismo capaz de degradarla.
Publicado por TC el 13 oct, 2012 en Divulgación Científica, Moral natural, Tercera Cultura |

La obra seminal de Adam Smith (1759)
Especialmente durante la última década, la ciencia que estudia el comportamiento moral ha recuperado e incluso exaltado la importancia de las intuiciones. Diversas ramas de la empresa científica: filósofos experimentales, economistas conductuales, psicólogos cognitivos, psicólogos evolucionistas, científicos políticos y neurofilósofos, convergen en la conclusión de que las decisiones morales arraigan en intuiciones naturales. Una versión standard de esta visión es la distinción de Daniel Kahneman entre un sistema intuitivo y automático, basado en predisposiciones naturales probablemente moldeadas por la evolución, y un sistema reflexivo y “racional”, basado en una evaluación más fria y cuidadosa de las decisiones a tomar.
Según David Rand, de la universidad de Harvard, y sus compañeros Joshua Green y Martin Nowak, los actos de altruísmo son más probables si descansan en sentimientos morales intuitivos que si lo hacen en la reflexión y el cálculo. Su trabajo ha aparecido este mes en Nature.
Miles de sujetos tomaron parte en 10 estudios basados en juegos económicos tales como el “juego de bienes públicos” en el que los participantes tienen que decidir si se quedan con el dinero que se les ha ofrecido, o están dispuestos a situarlo en un fondo común que beneficiaría a todo el grupo. Cuando los investigadores “manipularon” la mentalidad de los participantes, haciendo que pensaran en las virtudes de la intuición, contribuían más al bien común que cuando manipularon la mentalidad de los mismos participantes para que pensaran en las virtudes de la reflexión. En resumidas cuentas: “forzar a los sujetos a que decidan rápidamente incrementa las contribuciones, mientras que enseñarles a que reflexionen y forzarles a que decidan lentamente hace que las contribuciones decrezcan”.
Estos experimentos parecen evidenciar un “lado oscuro” de la reflexión moral, pero en ningún caso sirven para despreciar la deliberación moral. Según Joshua Green las intuiciones funcionan bien cuando se trata de la disyuntiva “Nosotros” y “Ellos”, pero cuando se trata de una confrontación de distintas intuiciones morales, y esta parece ser una cuestión clave de las diferencias políticas más importantes, según Jonathan Haidt, “el razonamiento y la reflexión pueden ser nuestra mejor esperanza para reconciliar nuestras diferencias”.
Referencia: Rand, David G. (2012-9-19) Spontaneous giving and calculated greed. Nature, 320(7416), 1605-430. DOI: 10.1038/nature11467
Publicado por TC el 10 oct, 2012 en Ciencia cognitiva, Divulgación Científica, Tercera Cultura, Traducciones |
Publicado por Tom Rees en Epiphenom*
La inhibición cognitiva es una importante habilidad mental. Detener o no prestar atención a procesos mentales, conscientes e inconscientes, es algo que a menudo se precisa para suprimir pensamientos irrelevantes o no deseados, y para suprimir significados inapropiados de palabras ambiguas.
En otras palabras, resulta vital centrar la atención.
Un decrecimiento en la inhibición cognitiva está asociado con la creatividad, pero también con la ansiedad y la neurosis, los sentimientos de amenaza e incontrol, los estados alterados de conciencia, el pensamiento intuitivo y los sesgos en el razonamiento lógico. Esto es lo que lleva a Marjaana Lindeman, de la universidad de Helsinki, Finlandia, a preguntarse si la falta de inhibición cognitiva también juega un papel en las creencias sobrenaturales.
Junto con sus colegas, colocó a 23 escépticos y creyentes dentro de un scanner de resonancia magnética (un scanner cerebral). Una vez allí, les dieron algunas historias cortas para que las leyeran, y una imagen a la que mirar. Pueden verse algunos ejemplos en el gráfico.

Lindeman. 2012
Se les pidió que imaginaran que estaban caminando, pensando con atención en un tema particular subrayado en la historia, y que miraran hacia la imagen mostrada. ¿Qué pensamientos provocaría la imagen?Ambos grupos mostraron actividad cerebral en una región llamada Giro Frontal Interior izquierdo (GFI). Esta es una parte del cerebro que juega un papel importante en el procesamiento de varios signos y sus significados, incluyendo el lenguaje hablado y escrito, lenguajes de signos, pantomimas, gestos y otros símbolos comunicativos. Sin embargo, aunque el IFG izquierdo se activaba lo mismo en ambos grupos, el GFI derecho se encendía con más fuerza en los escépticos que en los creyentes. Esto es importante, porque el GFI derecho es una área del cerebro que está asociada con la inhibición cognitiva.Como cabía esperar, resultó que los creyentes tuvieron más probabilidades que los escépticos de decir que vieron las imágenes como signos de algún tipo, una indicación de cómo iba a resolverse la situación. Esto sugiere que las asociaciones iniciales, producidas en el GFI izquierdo, no fueron suprimidas por el GFI derecho..
Como resultado, asegura Lindeman, esto “apoya el argumento de que los escépticos tacharon como irrelevante la idea potencial de un signo sobrenatural en las imágenes, mientras que los creyentes no lo hicieron. Esta interpretación se encuentra en línea con previos hallazgos que muestran que los escépticos son mejores en tareas inhibitorias que los creyentes.”
También encaja con una investigación previa de Lindeman una investigación previa de Lindeman que sugería que los creyentes en lo sobrenatural se sienten confusos cuando piensan sobre cómo funciona el mundo.
Continúa concluyendo que:
Aunque la inclinación general de la gente hacia las creencias sobrenaturales puede entenderse como un modo de procesamiento natural de la información, la inhibición cognitiva débil podría explicar por qué las creencias sobrenaturales no son típicas en todo el mundo y especialmente no lo son para los niños, la gente mayor, los individuos creativos, los pensadores intuitivos, las personas ansiosas o con desórdenes mentales, y también durante un sentido de control disminuído y estados alterados de conciencia.
En otras palabras, aunque todos nacemos con cerebros hiperactivos que buscan signos y señales, no todos nacemos creyentes. Porque muchos de nosotros también nacemos escépticos.
Referencia: Lindeman M, Svedholm AM, Riekki T, Raij T, & Hari R (2012). Is it just a brick wall or a sign from the universe? An fMRI study of supernatural believers and skeptics. Social cognitive and affective neuroscience PMID: 22956664
Publicado por Félix Ares el 8 oct, 2012 en Tercera Cultura |
José Joaquín Ferrer fue un excelente astrónomo nacido en Pasajes y mundialmente reconocido.
Los Amigos del Museo de San Telmo, cada primer domingo de mes invitan a un conferenciante para que hable sobre una de las piezas de su imponente colección. El pasado 1 de julio me invitaron a hablar sobre un telescopio de finales del siglo XVIII que perteneció a José Joaquín Ferrer. No conocía a este personaje, pero al indagar en hemerotecas y en bibliotecas me he encontrado con un científico con mayúsculas. Un gran astrónomo, cartógrafo y navegante, nacido en Pasajes de San Pedro en 1863. Creo no equivocarme si digo que es el mejor científico guipuzcoano, dejando aparte a las nuevas generaciones.
En sus estudios destacó en matemáticas y astronomía. Por una historia un poco rocambolesca, le conmutaron seis años en una cárcel británica por estudiar en uno de sus colegios, donde aprendió inglés y volvió a destacar en matemáticas y astronomía ante sus profesores. Saber inglés fue decisivo en su carrera.
Se especializó en calcular la longitud de puntos geográficos importantes. Calcular la longitud no es fácil; él destacó en hacerlo con gran precisión, basándose principalmente en la ocultación de las estrellas por la Luna. La estrella Aldebarán de la constelación de Tauro, la Omega de Sagitario,… le permitieron calcular con enorme precisión la longitud de Arica en Perú, del monte más alto de México, de la Habana, de San Juan de Puerto Rico, de San José de Costa Rica, de las islas de Barlovento, Bahamas,… de Nueva York, Filadelfia, y muchas ciudades estadounidenses. Sus coordenadas estaban tan bien calculadas que científicos de todo el mundo dijeron que gracias a él pudieron hacer buenos mapas de América.
En una artículo anterior hablé de los tránsitos de Venus del siglo XVIII y de la importancia que tuvieron para calcular la distancia de la Tierra al Sol. Lo que no dije es que varios años después, Ferrer recopiló todas las observaciones –en torno a las 150–, rehízo los cálculos y llegó a una cifra asombrosamente precisa. El gran astrónomo Laplace, por un método diferente, llegó a la misma distancia. Al leer el trabajo de Ferrer, Laplace quedó impresionado. Que por dos métodos distintos se llegase a la misma distancia confirmaba que ambos lo habían hecho bien. Laplace quiso conocerle y le invitó a París y allí se reunió con los científicos franceses más insignes: Laplace, Aragó –con el que ya tenía amistad desde sus días en la Habana–, Lalande –el que «casi» descubrió Neptuno… No está nada mal para un chico de Pasajes.