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El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (III)

Publicado por el 19 ago, 2011 en Tercera Cultura | 0 comentarios

autor: Fernando Peregrín Gutiérrez

El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (III)Tal vez el mayor riesgo indirecto de la homeopatía y de otras muchas medicinas alternativas y complementarias provenga del diagnóstico. Por muchos síntomas, enfermedades y sustancias que hayan incorporado con el tiempo los homeópatas a sus repertorios y textos de materia médica, el diagnóstico homeopático sigue estancado en sus inicios, en la década final del siglo XVIII. Nace, además, de un principio cuya aplicación general es, más que una cuestión discutida, un buen ejemplo de falsa ciencia: lo similar cura a lo similar (similia similibus curentur, el latinismo usado para dar prestigio científico a una idea sin base científica alguna)[1]. Los conocimientos que tienen los homeópatas de las enfermedades provienen básicamente, en concordancia con este principio, de hacer ingerir a voluntarios sanos la sustancia a ensayar y anotar sus síntomas, los cuales se incluyen, con el nombre en latín de la sustancia, en la materia médica (patogénesis homeopática). Esta misma sustancia que produce un determinado tipo de síntomas se espera que, una vez diluida cure enfermedades que producen síntomas similares. El diagnóstico médico consiste básicamente en un interrogatorio, en el que el homeópata puede preguntarle a una paciente, además de por sus síntomas, por cualquier cosa, como por ejemplo qué es lo que le debe a su madre[2]. A partir de los síntomas del enfermo y de lo que puede observar a simple vista (si es un paciente reincidente, se considera también la historia médica homeopática), la tarea esencial del homeópata consiste en ajustar el cuadro sintomático del paciente a la patogénesis de un determinado medicamento homeopático. Dada la vaguedad con que los pacientes explican sus síntomas y la subjetividad de estos, no tiene nada de extraño que los homeópatas vendan su producto como si se tratara de un traje a medida, con el lema de que no hay enfermedades sino enfermos, lo que se expresa también diciendo que la homeopatía es una medicina holística[3]. Esta máxima, en un sentido amplio, es una perogrullada; como principio de la medicina, es falsa. Hay enfermos de gripe y hay gripe. Por ello se puede estudiar la gripe como enfermedad y llegar a saber con precisión su etiología y patología a partir de datos objetivos y no solamente de una sintomatología personal y subjetiva.

Mas no cabe duda de que, carente de otros medios, el homeópata conversa largo y tendido con sus pacientes, lo que le ha valido la etiqueta de medicina humanística. Pero hablando con una paciente de sus síntomas y estableciendo con ella una cálida relación humana no se diagnostica precozmente el cáncer de mama ni otras patologías cuya mortalidad depende de un diagnóstico técnico, preciso, fiable y precoz. Se dirá que el homeópata no rechaza el diagnóstico de la medicina alopática y que recurre a él cuando lo considera necesario, algo que no requiere justificación pues lo contrario, limitarse a los pobres medios de diagnóstico de la homeopatía sería verdaderamente inhumano. En este sentido, se habla y se escribe sobre complementariedad de las medicinas e integración de la terapias, sin tener en cuenta que la diagnóstica de la medicina científica es una refutación inapelable de la mayoría de los fundamentos de la homeopatía y de la casi totalidad de las demás medicinas alternativas (la patogénesis homeopática, por ejemplo, es incompatible con la diagnóstica científica)[4].

Los enormes avances en la diagnóstica de la medicina científica y su desfase respecto de la terapéutica es una de las razones de los recelos de una gran parte de las poblaciones occidentales respecto del sistema de salud convencional. Se dice, a propósito de esto, que la medicina moderna lo diagnostica todo pero cura sólo lo que puede, una perogrullada que a la vez es reflejo irónico de la realidad. Las técnicas de diagnóstico van muy por delante de la capacidad de tratar con éxito las enfermedades que se diagnostican y conocen. Con mayor frecuencia y precisión la medicina es capaz de decirle a un paciente qué enfermedad tiene, cómo se originó, cómo va a evolucionar y hasta cómo y cuándo le va a matar, mas no de ofrecerle siempre remedios eficaces ni el consuelo de la esperanza que proviene del optimismo del ignorante[5]. Esta es una poderosa razón por la que los enfermos desahuciados recurren a los curanderos, a las vírgenes milagrosas o a cualquier medicina alternativa que le ofrezca esperanzas de sanación[6].

Relativismo multiculturalista posmoderno y la new age

El renacimiento de la homeopatía en Europa (en Alemania y Francia hay una importante tradición homeopática[7]) y su expansión por otras zonas de occidente se debe también al relativismo cognitivo posmoderno o como dice la filósofa belga Isabelle Stengers, a la “ecología de los saberes”[8], una actualización “en verde” del  anything goes o “todo vale” de Feyerabend. Ante el fracaso de la homeopatía y de otras medicinas alternativas de justificar científicamente su eficacia, el relativismo terapéutico intenta descalificar los métodos que la medicina científica ha desarrollado para los ensayos clínicos, que es el que han adoptado las autoridades sanitarias para dar carta de naturaleza científica a una terapia[9]. Dado que la ciencia y la medicina científica, dice el relativismo, son construcciones culturales, y que sus métodos y conocimientos, las enfermedades, su diagnóstico y su terapia son meros acuerdos tras “negociaciones entre actores”, no se debe exigir a otras terapéuticas “cultivadas” (en el sentido de que son un hecho de cada cultura o grupo cultural, sin base en el saber adquirido mediante la razón y la actividad científica) que resistan a unas pruebas impuestas (los ensayos clínicos de la medicina científica) por otras medicinas también “cultivadas”[10]. Según este relativismo, cada medicina, cada terapéutica, cada curandero y cada sanador milagrero tiene derecho a establecer por sí mismo las pruebas y ensayos que considere oportuno debe presentar o superar para probar la eficacia terapéutica de sus teorías, métodos y procesos. Esta postura que resulta del punto del vista de la “democracia de los saberes” presenta un grave problema en este contexto: que no tiene en cuenta que lo que está en juego no es un debate académico sobre epistemología, sino la seguridad, la salud y hasta la vida de los pacientes; y que, en consecuencia, el listón que marca las exigencias de las pruebas a que se deben someter las terapias para demostrar su seguridad y eficacia debe ponerse lo más alto posible. Con todas sus limitaciones y yerros, la denostada medicina moderna occidental es la única que está diseñando y acumulando pruebas cada vez más exigentes de su validez y seguridad.

El relativismo multiculturalista posmoderno está también detrás del auge en Occidente de ciertas terapias tradicionales de otras culturas como la acupuntura de la medicina tradicional china o el panchakarma de la medicina ayurvédica[11]. Otra fuente inagotable de terapias y medicinas esotéricas (que aparecen por docenas a diario), es el pensamiento mágico y la espiritualidad narcisista de la new age que mezcla con asombroso eclecticismo karmas con energías positivas y negativas, masculinas y femeninas, de colores, etcétera; auras con vibraciones bioenergéticas, las doshas ayurvédicas con la función de onda de la mecánica cuántica[12], el Reiki con el toque terapéutico transpersonal (versión actualizada de la imposición de manos milagrera) y así hasta agotar los esoterismos, las magias y los términos científicos sacados al azar de los libros de divulgación (y crear, de pasada, un floreciente e incontrolado negocio multimillonario). Respecto de muchas de estas medicinas new age, así como de la mayoría de las “verdes” medicinas alternativas, lo mejor que se puede decir muchas veces es que la imaginación, la irracionalidad y la credulidad humanas no parecen conocer límites, lo que queda especialmente patente leyendo los panegíricos que sus crédulos proselitistas publican sobre estas magias, mitos, creencias o simples charlatanerías. A propósito de esto, cabe concluir citando a Peter Medawar, un inmunólogo ilustre, premio Nobel de medicina y al que tantos años de vida le deben los transplantados: “si fuese una credulidad inocente, pasiva, sería excusable; pero salta demasiado a la vista, ¡ay!, que se trata de una disposición activa a dejarse engañar.” [13]


[1] Los homeópatas dice que el caso de las vacunas de la medicina alopática o convencional es un ejemplo de la aplicación de este principio. La diferencia, en este caso prácticamente único de semejanza entre ambas medicinas, consiste, entre otras cosas, que se puede demostrar científicamente que las vacunas producen anticuerpos. Curiosamente, las llamadas “vacunas homeopáticas” o “nosodes” de las que se carece por completo de pruebas de que produzcan inmunización alguna, se preparan según métodos nada homeopáticos. Por otro lado, a la medicina convencional no se le ocurre curar la diabetes con azúcar ni la tuberculosis con bacilos tuberculosos.

[2] En la descripción de una consulta homeopática por la socióloga Emile Gomart, se incluye un fragmento del interrogatorio del homeópata a una paciente (que iba a la consulta por angustia y no poder mover bien el hombro derecho), cuyas preguntas y respuestas finales son:

- Homeópata: Ignatia. Para los que no soportan el olor a tabaco. Son personas sometidas a la autoridad.

- Paciente: Es exactamente eso. En el trabajo mando yo. Tengo personal a mis órdenes. Pero en casa está mi madre encima de mí. Soy una mujer sola.

- H: ¿Come usted bien?

- P: No.

- H: Entonces le conviene el Calibrotum. Usted no es como yo. ¿Sabe qué placer le ha dado su madre?

- P: ¿Cuál?

- H: El deber

- P: ¡Sí!

- H: Usted seguirá siendo una mujer de deber.

El homeópata finalmente receta Calibrotum, que también, según dice el homeópata en otra parte del interrogatorio, está indicado, al parecer, para “las mujeres que se aburren los domingos” (Gomart, E: El punto de vista del etnólogo. Presentación y análisis de consultas homeopáticas. Mundo Científico, dossier sobre homeopatía, septiembre de 1998).

[3] Lo que no impide que los laboratorios homeopáticos fabriquen y promocionen remedios contra enfermedades en general que se venden sin receta (muchas veces por simple recomendación del farmacéutico) ni consulta previa homeopática. La automedicación es la parte más floreciente de la homeopatía, lo que deja sin justificación muchas de las aseveraciones de los homeópatas.

[4] En un reciente programa del primer canal de TVE, “Esta es mi historia”, que trataba sobre curanderos, la presentadora, con una frivolidad tan notoria como su ignorancia sobre la discusión que intentaba conducir (llamarlo debate es darle una dignidad de la que careció el programa), llegó a admitir como razonable que se fuera al curandero pero siempre que fuese bajo supervisión médica.

[5] Siguen existiendo errores de diagnóstico pese al gran desarrollo de las técnicas, pero estadísticamente son cada vez menos significativos. La cuestión sobre la ética del silencio o del engaño al paciente es otra cuestión a debatir.

[6] La remisión espontánea de las enfermedades, incluso de las más graves y serias, que se puede dar cuando el enfermo desesperado visita al curandero, al sanador energético de auras o Lourdes, es la cusa fundamental de las sanaciones milagrosas.

[7] Los partidarios de la homeopatía exhiben como prueba de validez científica que en Francia está incluida entre las prestaciones de la Seguridad Social, sin tener en cuenta que el catálogo de prestaciones de la seguridad social francesa y de la mayoría de los países que la tienen es una cuestión política que muy poco o nada tiene que ver con la ciencia.

[8] Pignarre, P. y Stengers, I. : Ciego y doble ciego. Mundo científico, loc. cit.

[9] Métodos sometidos continuamente a crítica y discusión por los propios investigadores de la medicina científica que son conscientes de sus limitaciones y posibles errores y que buscan continuamente la mejora de los sistemas y procedimientos de validación y falsación de sus conocimientos y técnicas médicas.

[10] Peregrín Gutierrez, F. : loc. cit.

[11] La acupuntura, al igual que la homeopatía, está siendo objeto de un amplio y acalorado debate entre partidarios y detractores. Respecto de los ensayos clínicos de eficacia se encuentra en una situación muy parecida a la de la homeopatía, excepto que aparentemente se están acumulando pruebas a favor de su eficacia para el tratamiento del dolor y las náuseas en casos muy concretos (véase Linde, K et al.: Systematic Reviews of Complementary Therapies. An Annotated Bibliography. Part 1: Acupunture. Cochrane Complementary Medicine Field, 2002.

[12] Es el caso de Deepak Chopra, que tras publicar libros de gran éxito sobre esta cuestión (Quantum Healing: Exploring The Frontiers Of Body, Mind, Medicine) que son pura charlatanería y sinsentidos, ha montado un negocio esotérico de sanaciones en asociación con una empresa especializada en “lo último” en caprichos y juguetes de adultos  para ricos.

[13] Reseña del libro El fenómeno humano, del jesuita Teilhard de Chardin., para Stephen Gay Gould, “uno de los grandes ensayos del siglo XX” ( Peter Medawar: El extraño caso de los ratones moteados y otros ensayos sobre ciencia. Drakontos. Crítica, Barcelona, 1997).

Extrañas relaciones

Publicado por el 15 ago, 2011 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Autor: Félix Ares/Asesor científico de eureka!

Extrañas relacionesA veces encuentro relaciones que me sorprenden y una de ellas ha sido la que he descubierto en un trabajo de Corey Fincher y Randy Thornhill de la Universidad de Nuevo México y otros autores, en el que demuestran que el riesgo de infecciones de parásitos predice muy bien lo abiertos, extravertidos, individualistas y conservadores que son los individuos de una sociedad concreta.  Más riesgo de parásitos significa personas más cerradas, introvertidas, menos individualistas y más conservadoras que en otras sociedades menos expuestas.

Lo primero que se me ocurrió fue aquello de «qué tiene que ver la velocidad con el tocino», pero siguiendo leyendo empecé a pensar que tal vez los autores no estuvieran tan equivocados. Antes de los sistemas sanitarios modernos –fundamentalmente agua corriente e inodoros en las casas y antibióticos–, la causa más importante de enfermedad, muerte e infertilidad estaba relacionada con los parásitos patógenos. En nuestros intestinos viven más de cien billones de microbios que colectivamente tienen cientos de veces más genes que nosotros mismos. La mayoría –por suerte– son beneficiosos o inofensivos para nosotros, pero una pequeña parte son perjudiciales. En todos los vertebrados se ha desarrollado un sistema bioquímico de defensa contra esos parásitos que se llama sistema inmunitario, que está compuesto principalmente por dos billones de linfocitos que colectivamente pesan tanto como nuestro cerebro.

En cada persona sus linfocitos han aprendido a luchar contra una clase particular de parásitos: los que se dan en su proximidad, en su grupo local. El sistema inmunitario recuerda los parásitos con los que se ha enfrentado. Pero todo es muy local. Me explico. Es muy probable que una tribu que viva a veinte kilómetros de distancia tenga parásitos ligeramente diferentes para los que nosotros no estemos preparados. Si nos exponemos a ellos, nuestras defensas no saben qué hacer y ello puede llevar a la enfermedad, la esterilidad o la muerte. Así que cuanto mayor sea la «carga de parásitos», es decir, el número, la variedad y la severidad de los parásitos que nos rodean mayor será nuestra precaución para no entrar en contacto con extraños –o mejor dicho, con sus parásitos–. Ellos desarrollarán, en palabras de los autores un «sistema inmunológico psicológico» para «evitar que sus bocas, genitales o piel se pongan en contacto con fuentes potenciales de infección».

Después de todo parece que la relación no era tan descabellada como yo pensaba.

El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (II)

Publicado por el 14 ago, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

autor: Fernando Peregrín Gutiérrez

Holismo y reduccionismo

El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (II)Desde un punto de visto gnoseológico, lo que más llama la atención de ese supuesto nuevo “paradigma integral” o “paradigma holístico” es que, además de ser un cajón de sastre donde se mezclan incoherentemente teorías más o menos científicas, filosofías, creencias místicas y esotéricas, mitos y leyendas, parece una percha de la que se pueden colgar prácticamente todas las medicinas y terapias alternativas, complementarias o integrales, sean tradicionales o no, nuevas o centenarias, con tal de que de que cumplan con unos mínimos requisitos. ¿Cuáles son éstos? Aparentemente, el más importante, y al que ya hemos aludido con anterioridad, amén del de no ser parte de la medicina moderna occidental, es que deben basarse en unos principios vitalistas, ya sean de naturaleza animista sagrada o mágica, esotérica (fuerzas o energías vitales) o pansiquista[1], o relativos a las relaciones entre la mente y el cuerpo, en el sentido de que la mente y el cuerpo forman un todo integrado que no se rige por las leyes de las ciencias naturales, sino por otros principios sobrenaturales. Los propagandistas y promotores de estas medicinas y terapias hablan o escriben, siempre de forma vaga y sin ofrecer explicaciones razonables, sobre el carácter holístico de éstas en contraposición con el reduccionismo de la medicina científica.

Quienes así se expresan demuestran un serio desconocimiento del significado de reduccionismo de teorías en las ciencias naturales. Tradicionalmente, las teorías científicas se conciben como un conjunto de proposiciones, y, dicho aproximadamente, una teoría se reduce a otra cuando las proposiciones de la primera son derivables de las de la segunda. Ejemplos paradigmáticos son la reducción de la ley del movimiento de Galileo a la mecánica de Newton, la de las leyes de los gases ideales o perfectos a la teoría cinética de gases y las del enlace químico a la mecánica cuántica. En el caso de la biología y demás ciencias de la vida, se acepta por la comunidad científica que los últimos constituyentes de los fenómenos que se estudian por estas disciplinas son de naturaleza física. Los organismos biológicos, por ejemplo, están constituidos por células, las cuales a su vez están constituidas por moléculas complejas, que se pueden formar a partir de moléculas más simples, que están formadas por átomos, los cuales son ya los componentes de los fenómenos que competen a la física. Mas una cosa es que este reduccionismo ontológico sea indiscutible (excepto para los vitalistas) y otra es que las teorías de ciencias tales como la biología molecular o la fisiología se puedan reducir finalmente a las leyes de la física (reduccionismo epistemológico)[2].

El desarrollo de la moderna medicina occidental, su carácter científico y su éxito se deben en gran medida a su ontología reduccionista (o naturalista) y a la adopción de un tipo de reduccionismo metodológico, al menos, a un cierto nivel. Así, la medicina se dividió en disciplinas más o menos autónomas como la biología, la histología, la anatomía, la fisiología o la patología. Esto permitió lograr unos conocimientos precisos y cada vez más completos, fiables y veraces que ninguna otra medicina holística, integral, metafísica o como quiera llamársela, ha logrado jamás. En ciencia, como en otras muchas actividades humanas, lo que conocemos y comprendemos bien y con detalle es fruto de haber podido aplicar un cierto grado de reduccionismo metodológico y explicativo. Mas esto no entraña que la ciencia moderna no sea capaz de reconocer que, en casi todos los niveles de explicación, el todo es más que las partes de que se compone (que, precisamente, es la definición precisa de holismo), las cuales se estudian y comprenden en un nivel explicativo inferior. Esta forma de proceder no deriva de nuestro conocimiento temporalmente limitado en un cierto nivel cognitivo, sino que refleja los niveles de organización de la propia naturaleza, que tienen sus propias ontologías. Así, y por exhaustivo que llegue a ser nuestro conocimiento de la biología molecular, siempre tendremos que recurrir a la citología para explicar las propiedades emergentes de las células que surgen de las moléculas.

Los abanderados de las medicinas no convencionales y esotéricas objetarán diciendo que el precio pagado por estos conocimientos obtenidos fragmentando el cuerpo humano en partes y separándolo de su mente y de su entorno social y medioambiental, es el olvido de la concepción integral del ser humano y de la medicina humanista. Cierto que el problema mente-cuerpo fue ignorado por la ciencia hasta hace unos pocos años. He aquí una explicación de este hecho:

“Buena parte de la culpa la tuvo el dualismo cartesiano, con su nítida distinción entre espíritu, la sustancia pensante (res cogitans), y el cuerpo, la sustancia extensa (res extensa), que entraban en contacto a través de la glándula pineal. Para Descartes y para Galileo, la ciencia sólo puede investigar el mundo físico y, por tanto, la actividad mental, manifestación del espíritu, queda fuera de su alcance. Esta distinción contribuyó al desarrollo de la ciencia a partir del siglo XVII, ya que dificultó la injerencia religiosa en el ámbito de la investigación científica, pero también condicionó el estudio del cerebro cuando la psicología surgió como ciencia en la última parte del siglo XIX”[3]

Pero tras la aparición de la psicología cognitiva y el desarrollo de las neurociencias, nuestro conocimiento científico de la relación entre mente y cerebro se ha desarrollado enormemente, y según uno de los científicos que más han contribuido a ello, Antonio Damasio, se ha avanzado más en este conocimiento desde 1990 que en todos los años anteriores. La postura más común entre neurobiólogos y psicólogos cognitivos respecto de la mente es la siguiente:

“Un monismo materialista emergentista (qualified realism, en palabras de Edelman y Tononi), pero utilizando la palabra emergencia sin ningún contenido mistérico, tal y como se usa en química cuando se dice que las propiedades del agua emergen de la combinación del hidrógeno y del oxígeno pero no pueden reducirse a las propiedades por separado del hidrógeno y del oxígeno. Esta posición se separa drásticamente del dualismo cartesiano, o de cualquier forma de idealismo y del pansiquismo. Pero también se distancia de las propuestas ultrarreduccionistas del materialismo eliminativo que niegan la existencia objetiva de las experiencias subjetivas de la conciencia, los qualia, así como de los planteamientos cibernéticos de la inteligencia artificial, que equiparan la conciencia con un programa de ordenador implementado en un hardware orgánico, el cerebro, y también de los intentos de explicar los fenómenos conscientes recurriendo a fenómenos cuánticos en niveles subcelulares como, por ejemplo, las estructuras de los microtúbulos.” [4]

Las relaciones cuerpo-mente y el efecto placebo

Nuestro conocimiento sobre la mente y su relación con el resto del cuerpo a través del cerebro es aún muy limitado y no es seguro que seamos capaces algún día de desentrañar “lo que David J. Chalmers llama el problema duro [de las neurociencias]: una explicación completa de la manera en que las experiencias subjetivas surgen de los procesos cerebrales.”[5] Sin embargo, lo que sabemos ya nos permite afirmar que la gran mayoría, por no decir la totalidad, de las ideas, creencias o filosofías sobre las relaciones cuerpo-mente en las que se fundamentan la casi totalidad de las medicinas alternativas no son más que chácharas huecas, dislates pseudo-científicos y sinsentidos místicos.

En relación con nuestro desconocimiento sobre la mente y su acción sobre el cuerpo está el llamado efecto placebo, que tan importante papel (muchas veces, único y exclusivo; a veces, no siempre, se corresponde con el llamado poder de autosanación de la mente) juega en la debatida, y hasta ahora, prácticamente sin demostrar eficacia de la gran mayoría de las medicinas alternativas[6].

“El efecto placebo puede definirse como el cambio terapéutico en el estado del paciente que está causalmente conectado con el conocimiento (o la conciencia) personal que posee de encontrarse en una determinada situación clínica. Se trata, por tanto, de un procedimiento médico que no posee efecto fisicoquímico específico sobre la situación de dicho paciente.”

Ejemplos de placebo son las píldoras de azúcar (del mismo color y tamaño que los del fármaco a comprobar) o las inyecciones de solución salina que se dan a los grupos de control en los ensayos clínicos en lugar del medicamento a ensayar y sin informar sobre esta característica. Se han propuesto varias teorías para explicar los mecanismos del efecto placebo y sus efectos, mas ninguna ha recibido confirmación experimental definitiva, entre otras razones por lo difícil que es diseñar y realizar ensayos clínicos controlados sobre el propio placebo. Con bastante seguridad sabemos que los mecanismos de este efecto son de tipo psicológico y bioquímico y que existen numerosísimas vías anatómicas, fisiológicas y bioquímicas que conectan los sistemas inmunitario, nervioso y endocrino. Más de un 30% de la población de los países occidentales es sensible al placebo, y hasta ahora no se ha podido demostrar su eficacia curativa (si es que tiene alguna), por lo que parece lo más probable que se limite a producir alivio que se refleja en la mejoría de la sintomatología del paciente (no debe confundirse el placebo con la remisión espontánea o natural de muchas enfermedades; de hecho, más del 80%–algunos autores hablan de hasta un 90%–se curan solas).

Si una píldora o un jarabe no contienen sustancia activa terapéutica alguna se dice, como acabamos de ver, que es un placebo. Sin embargo, hay medicinas alternativas que ofrecen rutinariamente placebos en lugar de medicamentos; tal es el caso de la homeopatía. Para muchos pacientes que recurren a ella, uno de los encantos de la homeopatía es que sus remedios son naturales, muy diluidos (“dosis homeopáticas”) y no tienen efectos secundarios o contraindicaciones. Una de las leyes jamás demostrada por los partidarios de la homeopatía, y que estos aceptan como dogma de fe, es la llamada de los infinitesimales, que viene a decir que cuanto más pequeña sea la dosis más poderoso será el efecto de la sustancia. O lo que es lo mismo: los efectos de la sustancia se potencian con la dilución de la misma; cuanto más diluida esté la sustancia más poderoso será su efecto. Esta supuesta ley general médica va en contra de las leyes de la biología y hasta si se me apura, del sentido común. Pero es que, además, hay una ley de la naturaleza que nos marca un límite para las diluciones sucesivas que podemos hacer de una sustancia. Y dado que el proceso de fabricación de los productos homeopáticos consiste, entre otras cosas, en diluciones continuas, llega un momento en que éstas no contienen ni una sola molécula de la sustancia activa supuestamente terapéutica[7]. Consecuentemente, ¿qué es el medicamento homeopático sino un placebo muy caro?

Misterios homeopáticos

Los homeópatas llevan 200 años tratando de rebatir esta aseveración sin conseguirlo. Entre dilución y dilución, dicen los homeópatas, hay que agitar fuertemente el preparado (una operación que se llama de dinamización) y tal vez ahí se encuentre la explicación. La primera se debió al fundador de esta medicina, el doctor alemán Samuel Hahnemann, hacia finales del siglo XVIII, para el cual a medida que la sustancia se diluía y agitaba perdía sus propiedades materiales y ganaba en espirituales (la homeopatía nació siendo vitalista y lo sigue siendo). Cuando los discípulos y seguidores de Hahnemann cayeron en la cuenta de lo que significaba el número de Avogadro, se pensó que el solvente conservaba memoria de la sustancia disuelta, aunque esta hubiese desaparecido, una teoría llamada “memoria del agua”, y su intento de demostrarla ocasionó al investigador francés Jacques Benveniste y a sus colaboradores uno de los fiascos más sonados y ridículos de la historia moderna de la investigación científica[8]. A esta frustrada tentativa siguieron otras, como la muy inverosímil “hipótesis del medicamento informacional”, que enuncia que, bajo ciertas circunstancias, el agua y ciertos disolventes pueden registrar información a propósito de las sustancias con las que han estado en contacto y luego transmitir esa información a sistemas biológicos sensibilizados, mas jamás se ha podido saber ni demostrar cómo se transfiere, se guarda y se recupera dicha información. Todas las hipótesis formuladas hasta la fecha para explicar el mecanismo de acción del medicamento homeopático tienen en común su carácter pseudo-científico y muy especulativo. Y puestos a elegir una, nos quedaríamos con la original de Hahnemann, que al menos tiene un cierto sabor a romanticismo y a metafísica de la Naturphilosophie.

Pruebas de eficacia y riesgos

Pero la homeopatía funciona, proclaman sus adeptos. Ya hemos dado noticia del pragmatismo con que la medicina moderna examina hoy día la eficacia de terapias, independientemente de las filosofías, leyendas o creencias anticientíficas en que se basen. Pues bien, hasta la fecha de hoy, no hay evidencia suficiente ni definitiva de que la homeopatía funcione mejor que el placebo. En Estados Unidos, el National Center for Complementary and Alternative Medicine (NCCAM), integrado por presiones políticas y económicas, en contra de la opinión mayoritaria de la comunidad científica estadounidense, en los prestigiosos National Institutes of Health (la mayor organización mundial dedicada a la investigación de la medicina científica), ha sido incapaz desde su creación en 1998 hasta la fecha, pese a su abultado presupuesto (más de 104 millones de dólares para el año en curso) de lograr evidencia suficiente para demostrar incuestionablemente la validez de la homeopatía (o de otras medicinas alternativas o complementarias) más allá de su acción como placebo. En la Unión Europea, el Grupo de Trabajo sobre homeopatía integrado en el proyecto COST B4 (Medicinas no convencionales en Europa) de la Comisión Europea, en su informe final a la Comisión (1999), no sólo reconoce que los estudios de eficacia son de “relevancia cuestionable”, sino que se carece de estudios sistemáticos sobre la tan cacareada seguridad de los preparados homeopáticos, que “en diluciones bajas pueden contener concentraciones fisiológicamente relevantes de sustancias tóxicas (por ejemplo, metales pesados)”[9]. Asimismo advierte este informe a la Comisión Europea sobre los riesgos indirectos (el daño que puede causar la no aplicación de un tratamiento efectivo de la medicina científica) que puede conllevar la práctica de la homeopatía (especialmente arriesgada es la aparente actitud de algunos homeópatas en contra de la inmunización mediante vacunas convencionales) [10].


[1] Teoría que establece que la mente se encuentra en toda la naturaleza. Materia y mente, soma y psique no son diferentes pudiendo compararse a las dos caras de una moneda.

[2] Sobre el reduccionismo en biología véase: Gasper, P. : The Philosophy of Biology y Kitcher, P. : 1953 and All That: A tale of Two Sciences. The Philosophy of Science (editado por R. Boyd, P. Gasper y J.D. Trout). The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 1991.

[3] Castro Nogueira, L. y Toro Ibáñez, M. A. : Neurobiología de la conciencia: la actividad mental de la materia. Revista de libros, números 67-68, julio-agosto de 2002.

[4] Ibíd.

[5] Crick, F. y Koch, C. : ¿Podría la neurología llegar a explicar la consciencia?, en La consciencia, serie Temas, número 28. Investigación y ciencia. Barcelona, 2002. Crick es un firme defensor de la posibilidad que algún día lleguemos a solucionar este problema “duro” de las neurociencias. Y cuando Francis Crick habla, el sabio escucha.

[6] García-Alonso, F.; Guallar, E.; Bakke, O.M. y Carné, X. : El placebo en ensayos clínicos con medicamentos. Med. Clin. (Barcelona) 1997; 109: 797-801. El placebo se usa como control en los ensayos clínicos controlados, aleatorizados y de doble-ciego (o triple-ciego), uno de los pilares de la moderna medicina científica.

[7] Dicho límite viene marcado por el número de Avogadro, un fastidio para la homeopatía y algo que se aprende en los libros de química del bachillerato de ciencias. Los preparados homeopáticos indican el número de diluciones de cada sustancia, sean decimales (DH, D, X, XH, 1/10) o centesimales (CH, C, 1/100). La probabilidad de encontrar al menos una molécula de la sustancia medicamentosa que se está disolviendo disminuye rápidamente hasta que por encima de D23 (entre C12 C13) prácticamente no queda ni una sola molécula del principio supuestamente curativo o paliativo. Generalmente, las diluciones comprendidas entre C30 y C60 se llaman “diluciones medias”. Las “diluciones altas” llegan hasta un número de diluciones que permitiría hacer desaparecer de la disolución final toda la materia del universo (Park R. L. : Alternative Medicine and the Laws of Physics. Skeptical Inquirer, septiembre-octubre de 1997). De aquí surge el chiste del enfermo que estaba tomando un medicamento homeopático y un día se equivocó, se bebió un vaso de agua y murió de una sobredosis (Park. R. L. : Vudú Science. Oxford University Press. Oxford, 2000. Existe traducción al español).

[8] Peregrín Gutiérrez, F. : El debate sobre la homeopatía. El Escéptico, número 2, otoño de 1998.

[9] Además, respecto de su uso pediátrico, hay que tener en cuenta que el alcohol es una parte importante del solvente, por lo que normalmente los preparados homeopáticos contienen mucho más del 10% de alcohol, límite máximo que permite la FDA para los medicamentos convencionales. A los homeopáticos, que tienen una reglamentación distinta, mucho menos exigente en todo el mundo, se les acepta hoy por hoy ese exceso de alcohol. Sobre los riesgos de los preparados homeopáticos, veáse Ramey, D.W. et al.: Homeopathy and Science: a Closer Look. The Technology Journal of the Franklin Institute, 2000.

[10] The Final Report of the European Commission Sponsored COST Project on Unconventional Medicine. Homeopathy. Comisión Europea, COST Secretaría Científica para la Investigación Médica. (http://www.rccm.org.uk/cost.htm). El informe, que  incluye el célebre meta-análisis de Linde y colaboradores publicado en 1997 en The Lancet y al que tanto crédito dan los laboratorios homeópatas, es muy crítico con la literatura científica disponible a favor de la homeopatía.

La responsabilidad personal: caso práctico

Publicado por el 12 ago, 2011 en Tercera Cultura | 3 comentarios

autora: Teresa Giménez Barbat en http://mujer-pez.blogspot.com

Teresa Giménez Barbat Hace unos días paseaba con un amigo con quien comparto algunas de mis inquietudes favoritas. Igual que yo había leído el artículo “El cerebro a juicio” de David Eagleman que Arcadi Espada había mandado traducir a la estupenda Verónica Puertollano y que también habíamos colgado en Tercera Cultura. Mi amigo es tan tajante como Espada sobre la influencia en el comportamiento de la genética y la biología en general, y está de acuerdo plenamente con esta frase de su post: ”El principal reto del futuro será vivir en un mundo donde la responsabilidad personal se habrá diluido”.

Yo también estoy convencida de que los nuevos avances en neurociencias harán que muchas disciplinas modifiquen sus planeteamientos de manera progresiva. Pero dudo de que sea posible una sociedad donde la responsabilidad personal o la culpa dejen de tener un papel destacado. Si la conducta está determinada, las reacciones ante la conducta, también. La necesidad de reparación, de justicia, de que quien vulnere las normas sea sancionado es tan fuerte como el impulso irresistible a saltárselas de un sujeto concreto.

Se me ocurrió contarle un caso que me fascinaba. Hace un tiempo, una mujer a quien conocía sólo superficialmente, sabiendo mi interés por ciertos temas, tuvo la confianza de participarme de algo muy privado. Por problemas médicos que serían largos de explicar, dejó de producir las hormonas típicamente femeninas, estrógenos y progesterona. Y, aparentemente, los andrógenos adquieron un protagonismo inusitado. Poco a poco y ante su sorpresa (según ella, había sido más bien “sosa”) su libido empezó a ser más potente. Hacía 20 años que vivía en un fiel y feliz matrimonio y se encontró en una aventura extraconyugal.

Le pregunté a mi amigo que qué haría él en este caso. Y fue implacable: jamás perdonaría a su mujer una infidelidad. Se separaría de ella sin dudarlo. Le recordé las circunstancias hormonales del caso en cuestión y su posible influencia en la decisión de la señora. Por la cara que puso, vi que le harían falta informes médicos muy contundentes para valorar siquiera un pretexto como éste.

Arcadi Espada también dice en el post que “hasta ahora la ciencia es capaz de señalar el origen biológico de las desviaciones exageradas. Pero la cuestión no es que las desviaciones comunes no lo tengan” y mi amigo suscribe esta aseveración de forma muy sincera. Mi amiga alborotada es muy probablemente uno de estos casos de “desviación común”. Pero lo que no sea válido en el dormitorio de casa, ¿cómo va a serlo a escala social? No puede construirse en serio la casa por el tejado.

Podría ser que con el tema del determinismo en la conducta suceda como con la física cuántica, la del microcosmos. Todos sabemos que la materia en realidad no es sólida. Lo que ocurre es que no sólo no lo tenemos en cuenta en la vida real, la del macrocosmos. Es que sería muy peligroso si lo hiciéramos. La de batacazos que nos daríamos. Por este motivo, nosotros y nuestros televisores de plasma vivimos en mundos agradablemente paralelos.

Pero el conocimiento de nuestro cerebro y de nuestra biología es asombroso. Veremos en el futuro de qué manera nos cambiará la vida.

El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (I)

Publicado por el 10 ago, 2011 en Tercera Cultura | 0 comentarios

autor: Fernando Peregrín Gutiérrez

El suave encanto de las verdes medicinas alternativas (I)A simple vista se diría que la medicina moderna occidental está enferma. Los síntomas son el descontento de un creciente número de ciudadanos de las sociedades occidentales, generalmente de educación y medios económicos por encima de la media y de notable mayoría femenina, que buscan alternativas terapéuticas en otros tipos de medicinas y las crecientes manifestaciones de opiniones críticas contra ella, cuando no claramente desacreditadoras, que aparecen con mayor frecuencia en muchos medios de comunicación[1]. Las causas, múltiples y complejas, paradójicamente, derivan en parte de las de su éxito: su progresiva dependencia de las ciencias naturales básicas—la física, la química y la biología molecular—y de los conocimientos histológicos, anatómicos, fisiológicos, etcétera, que éstas están proporcionado y las tecnologías sanitarias que han surgido de estos conocimientos. En consecuencia, por un lado, los médicos y demás profesionales sanitarios, a medida que basan su saber en la ciencia, tienden a adoptar un lenguaje cada vez más incomprensible para el paciente, al tiempo que toman una actitud más cautelosa, fruto de la sistemática duda científica, respecto de las certezas y seguridades que muy posiblemente necesiten los enfermos para su consuelo. Por otro, la tecnificación de la medicina occidental hace que sus usuarios se encuentren, extraños e indefensos, en un frío entorno de equipos e instrumentos cuya complejidad aumenta sin cesar y que parecen una cadena industrial de robots por la que van pasando, resignada y silenciosamente, un paciente tras otro.

Existen, sin duda, otras causas de origen político y económico que contribuyen al desprestigio de la medicina occidental. En la medicina pública, la insuficiencia de medios, cada vez más caros, para atender a la cada vez mayor demanda, ocasiona las desesperantes listas de espera y el escaso tiempo que se puede dedicar a lo que se llama atención personal, al contacto directo entre médicos y enfermos. Resulta que estos últimos perciben frecuentemente que no se les trata como individuos cuya mayor y casi única preocupación es su estado de salud, sino como a un elemento más de la masa indiferenciada de pacientes, un número de cartilla, y que en lugar de prestar atención para entender cómo experimentan sus síntomas y sufren sus dolores, la medicina moderna, mediante expertos con bata blanca, máquinas y laboratorios, decidirá por su cuenta. Se habla y se escribe entonces genéricamente de la deshumanización de nuestra medicina occidental, sin tener en cuenta que más que a un problema intrínseco de dicha medicina, quizá esta situación se deba parcialmente a la manera políticamente interesada (no preocupa la calidad del sistema sanitario público, que no da votos; basta con solventar o postergar los problemas para no perderlos), ineficaz y hasta chapucera en la que se administra y se suministra la medicina socializada en los sistemas públicos de salud de la mayoría, por no decir la totalidad, de los países occidentales (en Estados Unidos, aunque no se haya socializado la medicina, ésta está controlada por las aseguradoras y demás organizaciones administradoras de servicios sanitarios (HMO), es muy costosa y de muy irregular calidad. Los estadounidenses se gastan un 14% de su PIB en sanidad).

No obstante, para los más críticos con el llamado modelo de salud occidental, la deshumanización de la medicina se debe no sólo a las citadas causas políticas y económicas, sino que es consecuencia directa de su dependencia de la ciencia y la tecnología. La importancia, dicen, dada al estudio científico de los órganos y sus patologías en las enseñanzas regladas de los profesionales de la salud, hace que estos se centren en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mediante las mejores tecnologías disponibles, tecnificando en exceso la medicina y descuidando los aspectos denominados “humanísticos” de la práctica médica. Más adelante intentaremos explicar qué entienden los citados críticos por dichos aspectos “humanísticos”, mas en este punto se debe señalar, aunque sin entrar en detalles, que es cierto en parte su reproche al descuido de las enseñanzas en las escuelas y facultades de enfermería y medicina sobre la comunicación que debe existir entre los profesionales sanitarios y los usuarios de la sanidad pública, sean pacientes o simplemente interesados en mantener adecuadamente su estado de salud.

Se dice también que otra causa deshumanizadora de la medicina moderna occidental, que tiene su origen en su enorme dependencia de la ciencia y la tecnología es la de que sus avances y progresos, tan evidentes que son difíciles por no decir imposibles de negar hasta por sus detractores más recalcitrantes, están controlados y dirigidos por una minoría formada por los grandes laboratorios farmaceúticos, las multimillonarias multinacionales diseñadoras y fabricantes de aparatos de electromedicina, instrumental clínico y otros dispositivos médicos (productos sanitarios, en la jerga de la legislación española vigente), las clínicas y hospitales (principalmente universitarios) de mayor prestigio internacional y los especialistas que ejercen en ellos, y una docena escasa de renombradas revistas científicas. El resultado de este monopolio técnico y científico, supervisado (y para algunos críticos del sistema médico occidental incluso propiciado) por unos pocos organismos gubernamentales de control y regulación, como son la Agencia Europea para la Evaluación de los Medicamentos (EMEA) y la Food and Drug Administration (FDA), ha sido la esclavitud del médico y de los sistemas nacionales de salud de una poderosísima industria médica y farmacéutica, que controla la investigación y el desarrollo de nuevos productos y tecnologías cuya exclusividad de comercialización se protege mediante patentes internacionales y cuyas decisiones y beneficios están en manos de unos pocos individuos, generalmente americanos o europeos. La deshumanización proviene en este caso, según los disconformes con la medicina occidental, de que tanto los médicos como los pacientes quedan indefensos frente a unos conocimientos y técnicas cuya complejidad y costo aumentan continuamente, que les son ajenos (el tradicional ojo clínico del facultativo, por ejemplo, se ha sustituido por una parafernalia de procedimientos diagnósticos tanto analíticos como mediante imágenes) y que les impone el sistema sanitario como única alternativa posible.

Es difícil negar la realidad de algunos de estos hechos. La medicina moderna se ha desarrollado en el marco de un sistema social y político determinado lo que explica en parte, aunque no siempre justifica, sus virtudes y defectos. Mas no es mi intención en este artículo realizar una crítica sociológica de la medicina moderna occidental y de sus logros y fracasos, sino de analizar las razones, entre las cuales se incluye sin duda el creciente descontento con la medicina convencional u ortodoxa de una parte cada vez mayor de la población, del importante auge en las sociedades de Occidente—en algunos países como Estados Unidos se puede calificar de espectacular—de otros tipos de medicinas y terapias llamadas alternativas, complementarias, no convencionales, suaves[2], holísticas o integrales.

Diferencias epistemológicas

Tienen en común todas estas medicinas que se presentan como alternativa o complemento a la medicina moderna que usualmente se enseña y practica en Occidente, a la que se la denomina también ortodoxa y convencional. Se han descrito como

“Un amplio ámbito de recursos curativos que abarca todos los sistemas de salud, modalidades y prácticas con sus correspondientes teorías y creencias que no son los del sistema de salud políticamente predominante en una sociedad o cultura en particular, en un determinado período histórico.”[3]

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) los términos medicina alternativa y medicina complementaria deben definirse respecto del concepto de medicina tradicional o indígena, que corresponde a la suma de todos los conocimientos, habilidades y prácticas basadas en teorías, creencias y experiencias propias de cada cultura, sean o no explicables, y que se usan para el mantenimiento de la salud así como para el diagnóstico, mejora o tratamiento de enfermedades físicas y mentales[4]. Se da pues el caso, no siempre simétrico, de que una medicina pueda considerarse tradicional en un país o región y no convencional, alternativa o complementaria en otros. Tal sucede, por ejemplo, con la medicina tradicional china, que es alternativa en Occidente mientras que en China la medicina occidental no se denomina alternativa ni tiene la consideración que ese término conlleva en los países en los que la atención sanitaria principal en el ámbito nacional es responsabilidad exclusiva de la moderna medicina occidental. ¿En qué se diferencia pues, esta medicina de las demás para que se produzca tal asimetría conceptual y denominativa? Para los editorialistas del prestigioso Journal of the American Medical Association (JAMA), la pregunta está mal formulada ya que no hay medicinas alternativas en general, sino la medicina que está científicamente demostrada, se basa en la evidencia de las pruebas y tiene una sólida base de datos experimentales en que apoyarse, y las que carecen de pruebas y de evidencia científica[5]. Y aunque no se diga explícitamente en el editorial en cuestión, no queda ninguna duda de que de todas las que se practican hoy en el mundo, la medicina moderna occidental es la única que se acerca al modelo de una disciplina cuya teoría y práctica se asientan en firmes y probados fundamentos científicos. De ello cabe inferir que, dado que el conocimiento científico en el que tiende a basarse cada vez más la medicina occidental es transcultural (digan lo que digan los relativistas gnoseológicos), ésta tiene cierto potencial de alcanzar también un carácter transcultural, una validez universal, al menos en sus aspectos más conceptuales, técnicos y objetivos, pese a que no es fácil que la relación entre médico y enfermo o nociones generales como bienestar, salud, enfermedad y dolor, y por tanto, la práctica médica en su totalidad, pierdan alguna vez todo o parte de su dependencia subjetiva y cultural[6].

En general existen importantes diferencias ontológicas y epistemológicas entre la medicina científica y la gran mayoría de las medicinas tradicionales, principalmente debidas a que casi todas ellas surgieron en épocas pre-científicas y, posteriormente, no se han adaptado a los importantes cambios teóricos y metodológicos impuestos por la ciencia moderna. Así, mientras que la gran mayoría de las medicinas tradicionales se basan en algún tipo de vitalismo, sea de origen mágico, espiritual o religioso, la medicina científica se sustenta, al menos metodológicamente, en la biología naturalista que excluye cualquier clase de espíritus, fuerzas vitales y poderes sobrenaturales, por lo que, los que la desarrollan y ejercen deben actuar, independientemente de cuales sean sus creencias religiosas, con metodología naturalista. Sucede que la experiencia histórica nos ha mostrado la posibilidad de que las medicinas tradicionales hayan encontrado mediante métodos empíricos procedimientos terapéuticos, físicos o químicos, para ciertas enfermedades, con independencia de las creencias vitalistas (sagradas o no) sobre los fundamentos y mecanismos de acción de dichas prácticas terapéuticas. Se trata de los llamados remedios naturales, entre los cuales el más importante es la fitoterapia o tratamiento de las enfermedades con plantas. La medicina científica, de forma pragmática, considera en estos casos que los orígenes místicos y el desarrollo empírico (mediante prueba y error sin control alguno) de estos remedios, por muy pre-científicos que fueran, son sólo de interés para los historiadores de la antropología cultural y la farmacognosia, y que, para que puedan considerarse parte de esa medicina científica basta con que superen la evaluación de su eficacia terapéutica y su seguridad mediante pruebas científicas realizadas con el rigor y la metodología reglamentada para los ensayos clínicos[7]. Por este procedimiento, un número importante de sustancias de origen vegetal ha pasado a formar parte del vademécum de medicamentos de la medicina occidental. Sucede entonces que el misterio de la acción terapéutica de la planta desaparece, pues tarde o temprano se identifican los principios activos que contiene (una molécula o conjunto de ellas) responsables de la eficacia  paliativa o curativa de dicha planta medicinal, se extraen y se purifican (o se sintetizan en los laboratorios) y se convierten en un medicamento convencional[8]. Si una planta medicinal no supera esta evaluación o no ha sido aún evaluada con estos criterios, no puede admitirse como medicamento científico y por tanto se deberá seguir considerando, en el mejor de los casos, como un remedio natural de la medicina tradicional (o un tóxico potencialmente peligroso, en caso de no pasar las pruebas de seguridad)[9]. A este respecto, y pese a lo que se escribe y se dice sobre la inocuidad de los remedios naturales, es importante reseñar que la base de datos sobre éstos más completa del mundo, la “Natural Medicines Comprehensive Database”, incluía en sus edición de 1999 un total de 964 remedios de las medicinas naturales. De todos ellos, solamente 46 tenían la consideración de eficacia probada para las indicaciones correspondientes (según la evidencia científica disponible), y otros 72 se consideraban como probablemente eficaces.[10] Respecto de la seguridad, los editores de dicha base de datos solamente pudieron calificar de bastante seguros a 147 de esos casi mil remedios analizados. Como probablemente inseguros figuraban un total de 118 remedios, 131 como casi inseguros y 45 como claramente sin seguridad alguna. En resumen, solamente en un 15% de los remedios de las medicinas naturales se ha podido establecer su seguridad y únicamente en un 11% de ellos, su eficacia o probable eficacia para las indicaciones en las que se vienen usando.[11]

Al comparar una planta medicinal de eficacia terapéutica con el correspondiente medicamento farmacéutico con los mismos componentes activos nos encontramos con otra de las causas del auge de las medicinas alternativas y complementarias. Para sus partidarios, y aunque el análisis químico y los ensayos clínicos demuestren irrefutablemente la equivalencia de ambos, la planta es preferible como medicina pues es un producto natural y no un artificio químico. Dejando a un lado la tentación de explicar con detalle por qué el ácido acetil salicílico sintético que contiene una tableta de Aspirina es en todo igual al que acumulan naturalmente las plantas como parte de su sistema de resistencia a las infecciones (resistencia sistémica adquirida) y que ambos son el mismo compuesto químico, continuaré con la afirmación de que la demanda de terapias no convencionales es una parte de la moda que otorga un gran valor a todo lo que se pueda etiquetar (con etiqueta de color verde, por supuesto) de natural, ecológico, verde, saludable y alternativo[12]. Se argüirá que estamos ante algo mucho más importante que una simple moda y que nos encontramos frente a un amplio movimiento social que tiene unas nuevas formas de pensar y actuar, un nuevo “paradigma integral” basado en teorías diferentes a las del “paradigma reduccionista” de la ciencia moderna y una escala de valores más acordes con la relación holística e integradora que debe existir entre el hombre, la sociedad y la naturaleza. Por consiguiente, el auge de las medicinas alternativas, complementarias o suaves no es una cuestión de modas sino consecuencia natural de esta nueva cosmovisión[13].


[1] Véase como ejemplo, el artículo de Jesús Vinçens, La integración de la salud, publicado en el número 123 de CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA, junio de 2002.

[2] Aunque todas estas medicinas o terapias se presentan como suaves en contraposición a la “dura medicina ortodoxa y convencional de Occidente”, la denominación de suaves no es muy frecuente, aunque tiene reminiscencias cervantinas. Figura en un párrafo de la Aprobación de la segunda parte del Quijote firmada por el licenciado Márquez Torres, que se reproduce a continuación:

“Hácense odiosos a los bien entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si alguno tuvieron, para admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo tiempo están dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes, algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación, el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas, término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del hierro.”

[3] Panel of Definition, CAM Research Methodology Conference, April 1995. Defining and describing complementary and alternative medicine. Alternatives Therapies in Health and Medicine, 1997; 1995:3:49-57

[4] Guidelines on Methodology, WHO 2000. Las medicinas tradicionales, cuando se practican en donde son autóctonas y en donde son, en muchas ocasiones, las únicas medicinas a disposición de la población, merecen respeto y comprensión, aunque no sean científicas y su eficacia y riesgo se consideren muy discutibles. Mas cuando se practican en Occidente por moda o capricho, como negocio, merecen otra consideración.

[5] Phil B. Fontanarosa, George D. Lundberg: Alternative Medicine Meets Science, Editorial. JAMA, Vol. 280 No. 18, 11 de noviembre de 1998.

[6] Conviene distinguir entre subjetividad y objetividad ontológicas y epistemológicas. Que la ideas de bienestar, salud y enfermedad tengan una fuerte componente ontológica cultural y subjetiva, no impide que utilicemos una epistemología científica, esto es, objetiva y transcultural, para su estudio y consecuente búsqueda de respuestas y soluciones al mayor número posible de asuntos y problemas relacionados con la medicina y la salud (sobre subjetividad y objetividad ontológicas y epistemológicas, véase John R. Searle: Mente, lenguaje y sociedad. La filosofía en el mundo real. Alianza Editorial,  Madrid, 2001).

[7] El uso prolongado de una planta medicinal, así como el anecdotario, creencias, teorías o testimonios sobre dicho uso que no estén rigurosamente documentados carecen de validez científica para demostrar su eficacia o seguridad. Sirva como ejemplo la reciente y categórica demostración de la ineficacia de la Hierba de San Juan (Hypericum perforatum, también conocida como Corazoncillo, Hipérico, Pericón, etcétera) para el tratamiento de la depresión, pese a su uso continuado durante mucho tiempo por millones de personas en todo el mundo, mediante uno de los estudios más exhaustivos sobre la eficacia de los remedios naturales, realizado por la Universidad de Duke (Carolina del Norte) y cofinanciado por el National Center for Complementary Medicine (NCCAM), el National Institute of Mental Health (NIMH) y la Office of Dietary Supplements(ODS), organismos pertenecientes a los National Institutes of Health (NIH) del Department of Health and Human Services (Hypericum Depresion Trial Study Group. Effect of Hypericum perforatum (St. John wort) in major depression disorder: a randonized, controlled trial. JAMA, 2002; 287:1807-1814). Asimismo, en febrero de 2000, la Agencia Española del Medicamento emitió una nota informativa sobre el riesgo de interacciones medicamentosas del Hypericum Perforatum, principalmente con anticonceptivos y antirretrovirales para el tratamiento de la infección por VIH (www.msc.es/agemed/csmh/notas/hiperico.asp).

[8] Algunos fitoterapeutas discrepan de que la conversión de las plantas medicinales en medicinas clásicas (especialidades farmacéuticas con indicaciones terapéuticas, según la legislación vigente española) sea preferible al uso de las plantas naturales pues se pierde el valor de la sinergia, concepto que se refiere a que la parte activa de la planta medicinal está formada por numerosos componentes, y su acción farmacológica es a veces superior a la que se obtiene con los principios activos aislados. Salvo en los casos muy excepcionales en los que no sea posible identificar y extraer de una planta todos sus principios activos y preparar el medicamento convencional con las mismas concentraciones que estos tenían en la planta de origen, esta aseveración carece de todo fundamento y no ha podido ser demostrada científicamente.

[9] En España aún está por desarrollar la legislación correspondiente (artículo 42 de la Ley del Medicamento), tal vez en espera de la correspondiente Directiva Europea. La postura de la administración sanitaria española, que es contraria a dobles estándares de seguridad y eficacia, es de exigir lo mismo a las plantas que a los medicamentos farmacéuticos si se quiere que se comercialicen con indicaciones terapéuticas. La industria de plantas medicinales y los herbolarios pretenden por su parte, sin justificación científica alguna, que se trate con benevolencia la evaluación de la eficacia de estos productos.

[10] Jellin, J. M., Batz, F. y Hitchens, K., editors (Pharmacist’s Letter/Prescriber’s Letter), Therapeutic Research Faculty, Stokton, 1999 (se renueva frecuentemente). La eficacia y la seguridad estaban demostradas cuando se cumplían los mismos requisitos sobre ensayos clínicos que los que se exigen a las medicinas convencionales.

[11] Marty, A. T.: “Natural Medicines Comprehensive Database”, Journal of the American Medical Association, JAMA, Vol. 283 No. 22, junio de 2000.

[12] El Grupo de los verdes del Parlamento Europeo encabeza todas las iniciativas para presionar a la Comisión Europea a fin de que regule las medicinas alternativas en pie de igualdad con la medicina científica, pero sin tener que pasar por las duras y exigentes evaluaciones de esta última.

[13] Vinçens, J., loc. cit. Entre las teorías en que para este autor se basa el supuesto “nuevo paradigma” científico figuran la de los sistemas de Bertalanffy, que, al contrario de otras teoría semejantes que a menudo se citan formando parte de ese “nuevo paradigma”, como la teoría de la información (Shannon), la cibernética (Wiener ), la teoría de autómatas (Turing) o la teoría de los juegos (von Neumann), incluidas hoy en los libros de texto de la “ciencia reduccionista”, ha quedado en vía muerta, dados sus componentes metafísicos; la de Gaia de Lovelock, que no es tal teoría sino una simple metáfora medioambiental, desfigurada por ecologistas ignorantes hasta la patochada de considerar a la Tierra como un organismo viviente; la trama de la vida, de Fritjof Capra, que no es como dice Viçens una metáfora utilizada en física cuántica sino el título de un libro sobre biología lleno de errores y de ideas absurdas con las que Capra pretende refutar con increíble frivolidad aspectos básicos y sólidamente establecidos del darwinismo; y los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, un despropósito de la New Age.

Hoy tampoco amaneció

Publicado por el 8 ago, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

por Arcadi Espada en elmundo.es

 hombre que muerde al perroMe obsesiona un asunto. Acabar con el periodismo del hombre que muerde al perro. O con su extensión más o menos respetable del good news no news. Creo que entre las razones del misterio de Julien Simon («la vida irá cada vez mejor pero los hombres seguirán diciendo que va a peor») figura el periodismo. Hace tiempo escribí que el subtexto invisible de cualquier diario era la normalidad de las gestiones: hoy amaneció. Y que era lógico que el periodismo se basara en las variaciones de ese subtexto. Sin embargo, ya no estoy tan seguro de que el subtexto informativo sea ese, sino más bien su contrario. Hoy tampoco amaneció. Puede que haya una percepción circunstancial del fenómeno debida a la crisis; pero no estoy seguro. Creo que el periodismo ha acabado instalando una traducción abusiva, una inercia de la negatividad contra el que debería ser el primero en reaccionar. Los extremeños se tocan y la noticia de hoy es que el perro muerde al hombre. La proliferación de estupideces llamativas propiciada por la digitalización de la vida en forma y fondo: móviles, twitters, blogs ha acabado convirtiendo la vulgar mordida no sólo en lo interesante, sino también en lo importante.

Mientras el periodismo se lo piensa, algunos intelectuales reaccionan. Ya he hablado muchas veces del libro de Matt Ridley. Mañana hablaré de David Eagleman y el futuro de la responsabilidad y del castigo penal. En otoño llega lo nuevo de Pinker sobre la violencia. Con este párrafo deslumbrante por veraz:

«La crueldad como entretenimiento, el sacrificio humano para satisfacer a la superstición, el esclavismo como medio de ahorrar trabajo, la conquista como misión de gobierno, el genocidio como modo de adquirir estados, la tortura y la mutilación como castigo rutinario, la pena capital para delitos menores y discrepancias de opinión, el asesinato como mecanismo de sucesión política, la violación durante las guerras, los progromos a consecuencia de la frustración, el homicidio como el mejor modo de resolución de conflictos; todos ellos son rasgos de la vida poco excepcionales en la mayor parte de la historia humana. Pero hoy resultan raros o inexistentes en Occidente, mucho menos comunes en otras partes, y se lamentan cuando tienen lugar y se condenan cuando salen a la luz.»

El texto debe cambiar.

El cerebro a juicio

Publicado por el 6 ago, 2011 en Tercera Cultura | 11 comentarios

David Eagleman, The Atlantic, julio/agosto 2011

(Traducción: Verónica Puertollano)

El cerebro a juicioEl húmedo 1 de agosto de 1966, Charles Whitman tomó un ascensor al último piso de la torre de la Universidad de Texas en Austin. Tenía 25 años. Subió las escaleras hasta el mirador, cargando un baúl repleto de armas y munición. Arriba, mató a una recepcionista con la culata de su rifle. Aparecieron dos familias de turistas por el hueco de la escalera; les disparó a quemarropa. Después empezó a disparar indiscriminadamente desde arriba a las personas que estaban abajo. La primera mujer a la que disparó estaba embarazada. Cuando su novio se arrodilló para auxiliarla, Whitman le disparó también. Disparó a los peatones de la calle y a un conductor de ambulancia que había venido a rescatarlos.

La noche anterior, Whitman se había sentado a su máquina de escribir y redactado una nota de suicidio:

«No me entiendo a mí mismo estos días. Se supone que soy un joven medianamente razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no logro recordar cuándo empezó) he sido víctima de muchos pensamientos extraños e irracionales.»

Para cuando la policía lo mató a tiros, Whitman había matado a 13 personas y herido a otras 32. La noticia de esta masacre copó los titulares del día siguiente. Y cuando la policía fue a su casa a investigar las pistas, la historia se volvió aún más extraña: en las primeras horas de la mañana del día del tiroteo, había asesinado a su madre y apuñalado a su mujer hasta la muerte mientras dormía.

«Fue después de pensarlo mucho que decidí matar a mi mujer, Kathy, esta noche… La quiero mucho y ha sido la buena mujer que cualquier hombre pudiera desear. No puedo señalar ninguna razón específica para hacer esto…»

Junto a la conmoción de los asesinatos se hallaba otra sorpresa, aún más oculta: la yuxtaposición de sus aberrantes actos con su anodina vida personal. Whitman era Scout Águila y ex marine, estudió ingeniería arquitectónica en la Universidad de Texas; trabajó brevemente como cajero de un banco y fue monitor voluntario en la V Tropa de los Boy Scouts de Austin. De niño, había obtenido 138 puntos en la escala de Stanford-Binet, situándose en el percentil 99. De modo que, tras su masacre desde la torre de la Universidad de Texas, todo el mundo quería respuestas.

En ese sentido, también las quería Whitman. En su nota de suicidio pedía que se le realizara una autopsia para determinar si había cambiado algo en su cerebro, porque lo sospechaba.

«Hablé una vez con un doctor durante dos horas y traté de trasladarle mis temores de sentirme [superado por] insoportables impulsos violentos. Después de la primera sesión nunca volví a ver al doctor, y desde entonces he estado luchando contra mi perturbación mental por mi cuenta, y parece ser que en vano.»

El cuerpo de Whitman fue trasladado al depósito, pasaron su cráneo bajo la sierra y el examinador médico extrajo el cerebro de su cavidad. Descubrió que el cerebro de Whitman albergaba un tumor del diámetro de una moneda de cinco centavos. Este tumor, llamado glioblastoma, se había extendido desde la parta baja de una estructura llamada tálamo, afectando al hipotálamo y comprimiendo una tercera región llamada amígdala. La amígdala está implicada en la regulación emocional, especialmente el miedo y la agresividad. A finales de 1800, los investigadores descubrieron que el daño de la amígdala podía producir perturbaciones emocionales y sociales. En los años 30, los investigadores Heinrich Klüver y Paul Bucy demostraron que el daño de la amígdala en los monos producía una serie de síntomas, incluyendo la ausencia de miedo, la atrofia emocional y la reacción desmesurada. Las monas hembras con daños en la amigdala tendían al abandono o al abuso físico de sus crías. En los humanos, la actividad en la amígdala aumenta cuando se les enseñan caras amenazantes, cuando son puestos en situaciones aterradoras o experimentan fobias sociales. La intuición de Whitman sobre sí mismo —que algo en su cerebro estaba modificando su comportamiento— daba en el clavo.

Las historias como la de Whitman no son poco comunes: afloran cada vez más las causas legales relacionadas con daños cerebrales. A medida que desarrollamos tecnologías mejores para explorar el cerebro, detectamos más problemas, y los vinculamos más fácilmente con la conducta aberrante. Véase el caso, en 2000, de un hombre de 40 años que llamaremos Álex, cuyas preferencias sexuales empezaron a transformarse de repente. Desarrolló un interés por la pornografía infantil, y no un mero interés, sino que era un interés irrefrenable. Se pasaba el tiempo en las webs y revistas de pornografía infantil. También solicitó una prostituta en una casa de masajes, algo que jamás había hecho antes. Dijo después que habría querido parar, pero que «el principio del placer» anulaba su contención. Trató de esconder sus actos, pero las sutiles insinuaciones sexuales hacia su hijastra prepúber alarmaron a su esposa, que pronto descubrió su colección de pornografía infantil. Le echaron de su casa, le hallaron culpable de abuso infantil y sentenciado a rehabilitación en vez de a prisión. En el programa de rehabilitación, se insinuó de manera impropia al personal y a otros clientes, y fue expulsado y enviado a prisión.

A la vez, Alex se quejaba de unos dolores de cabeza que iban a peor. La noche antes de que se le fuera a informar de su sentencia de cárcel, ya no podía aguantar más el dolor y se fue a la sala de emergencias. Se sometió a un escáner cerebral, que reveló un tumor masivo en el córtex orbitofrontal. Los cirujanos extirparon el turmor. El apetito sexual de Alex volvió a la normalidad.

Al año siguiente de su cirujía cerebral, su conducta pedofílica empezó a reaparecer. El neuroradiólogo descubrió que no se había detectado una parte del tumor en la operación y que estaba volviendo a crecer, y Alex volvió a pasar por el bisturí. Tras extirparle el resto del tumor, su conducta volvió a ser normal.

Cuando cambia tu biología, también pueden cambiar tus deseos y las decisiones que tomas. Los impulsos que das por supuestos («Soy heterosexual/homosexual», «Me atraen los niños/adultos», «Soy agresivo/no lo soy», etc.) dependen de intrincados detalles de tu maquinaria neuronal. Aunque se considera que actuar sobre tales impulsos es una libre elección, el examen más superficial de las pruebas demuestra los límites de esa hipótesis.

La repentina pedofilia de Alex demuestra que los impulsos y deseos ocultos pueden permanecer escondidos tras la maquinaria neuronal de la socialización. Cuando los lóbulos frontales están afectados, la gente se vuelve deshinibida, y pueden surgir sorprendentes conductas. La deshinibición se ve comúnmente en pacientes con demencia frontotemporal, una trágica enfermedad que produce una degeneración de los lóbulos frontales y temporales. Con la pérdida del tejido cerebral, los pacientes pierden la capacidad de controlar sus impulsos ocultos. Para frustración de sus seres queridos, estos pacientes violan las normas sociales de infinitas maneras: robar en las tiendas delante de los encargados, quitarse la ropa en público, saltarse señales de stop, ponerse a cantar en momentos inoportunos, comer restos de basura de los contenedores públicos o ser físicamente agresivos o sexualmente transgresores. Los pacientes con demencia frontotemporal suelen acabar en los juzgados, donde sus abogados, médicos e hijos mayores avergonzados deben explicar al juez que la violación no fue culpa de quien la perpetró, exactamente: ha degenerado gran parte del cerebro, y la medicina no ofrece remedios. El 57% de los pacientes con demencia frontotemporal violan las normas sociales, frente a solo el 27% de los pacientes de Alzheimer.

Los cambios en el equilibrio químico cerebral, incluso los más leves, pueden provocar grandes e inesperados cambios de conducta. Las víctimas del Parkinson ofrecen un ejemplo. En 2001, los familiares y cuidadores de los pacientes de Parkinson comenzaron a notar algo raro. Cuando se les daba a los pacientes un medicamento llamado pramipexol, algunos se convirtieron en jugadores de azar. Y no jugadores ocasionales, sino jugadores patológicos. Estas eran personas que nunca habían jugado, y que ahora volaban a Las Vegas. Un hombre de 68 años tuvo pérdidas de más de 200.000 dólares en seis meses en una serie de casinos. Algunos pacientes se vieron consumidos por el poker en internet, acumulando impagables facturas de tarjetas de crédito. Para algunos, la nueva adicción sobrepasó los juegos de azar, y llegaron a las comidas compulsivas, el consumo excesivo de alcohol y la hipersexualidad.

¿Qué estaba ocurriendo? El Parkinson supone la pérdida de las células cerebrales que producen un neurotransmisor llamado dopamina. El pramipexol actúa suplantando la dopamina. Pero resulta que la dopamina tiene un doble cometido en el cerebro. Además de su función en los controles motores, también media en los sistemas de recompensa, guiando a una persona hacia la comida, la bebida, las relaciones y otras cosas útiles para la supervivencia. Debido a esa función de la dopamina de sopesar los costes y beneficios de las decisiones, los desequilibrios en sus niveles pueden disparar el juego, los excesos de comida y la adicción a las drogas: conductas que son resultado de un sistema de recompensas averiado. Los médicos estudian ahora estos cambios de conducta como posibles efectos secundarios de medicamentos como el pramipexol. Afortunadamente, los efectos negativos del medicamento son reversibles: los médicos bajaron la dosis y se acabó el juego compulsivo.

La lección de todas estas historias es la misma: la conducta humana no puede separarse de la biología humana. Si preferimos creer que las personas toman decisiones libres respecto a su conducta («Yo no juego, porque tengo mucha fuerza de voluntad»), los casos como el del Alex pedófilo, los frontotemporales que roban en las tiendas y los enfermos de Parkinson que juegan deberían animarnos a examinar más atentamente nuestros puntos de vista. Puede que no todo el mundo sea igual de «libre» para tomar decisiones socialmente adecuadas. ¿Modifica el descubrimiento del tumor cerebral de Charles Whitman sus sentimientos sobre los asesinatos sin sentido que cometió? ¿Afecta a la sentencia que consideraría apropiada para él, de haber sobrevivido aquel día? ¿Cambia el tumor el grado hasta el cual considera que «tiene la culpa» de sus asesinatos? ¿No podría tener usted tan fácilmente la suficiente mala suerte de desarrollar un tumor y perder el control de su comportamiento?

Por otro lado, ¿no sería peligroso sacar la conclusión de que las personas con un tumor están libres de culpa, y que se les debería dejar indemnes por sus crímenes?

A medida que mejora nuestra comprensión del cerebro humano, los juristas se ven cada vez más desafiados con este tipo de preguntas.  Cuando un criminal, hoy, se pone ante el estrado del juez, el sistema legal quiere saber si él es culpable. ¿Fue su culpa, o culpa de su biología? Yo sostengo que es la pregunta equivocada. Las elecciones que hacemos están inseparablemente unidas a nuestros circuitos neuronales, y por tanto no tenemos ningún modo significativo de separar ambas cosas. Cuanto más aprendemos, más complejo se vuelve el aparentemente sencillo concepto de culpabilidad, y más se debilitan los fundamentos de nuestro sistema legal.

Si parece que me dirijo hacia una dirección incómoda —dejar a los criminales indemnes— por favor, siga leyendo, porque voy a demostrar la lógica de un nuevo argumento, por partes.

El resultado es que podemos construir un sistema legal informado más profundamente por la ciencia, donde seguiremos sacando a los criminales de las calles pero adaptando las sentencias, impulsaremos nuevas oportunidades para la rehabilitación, y estructuraremos mejores incentivos para la buena conducta. Los descubrimientos de la neurociencia indican un nuevo camino hacia delante para la ley y el orden —uno que conducirá a un sistema más rentable, humano y flexible del que tenemos hoy—. Con la ciencia del cerebro moderna claramente establecida, es difícil justificar que nuestro sistema legal pueda seguir funcionando sin tener en cuenta lo que hemos aprendido.

A muchos de nosotros nos gusta creer que todos los adultos poseen la misma capacidad de tomar decisiones justas. Es una idea benévola, pero demostrablemente errónea. Los cerebros de las personas son sumamente diferentes. Quien tendrás la posibilidad de ser empieza incluso en la concepción. Si crees que los genes no afectan a cómo se comporta la gente, considérese este dato: si usted es portador de un determinado conjunto de genes, la probabilidad de que cometa un crimen es cuatro veces superior a la que tendría de carecer de estos genes. Es tres veces más probable que cometa robo, cinco veces más que cometa delitos de agresión, ocho veces más de ser detenido por asesinato, y trece veces más de ser arrestado por ataque sexual. La abrumadora mayoría de los presos portan estos genes; el 98.1% de los internos condenados a muerte también. Estas estadísticas indican por sí mismas que no podemos presumir que cualquiera viene igualmente equipado en términos de impulsos y conductas.

Y esto proporciona una lección mayor de biología: nosotros no somos los que manejamos el barco de nuestra conducta, al menos, mucho menos de lo que nos pensamos. Quiénes somos se ejecuta muy por debajo de la superficie de nuestro acceso consciente, y los datos se remontan a antes de nuestro nacimiento, cuando la unión de un espermatozoide y un óvulo nos garantizan ciertos atributos en vez de otros. Quiénes podemos ser empieza en nuestros planes moleculares —una serie de extraños códigos escritos en cadenas invisibles de ácidos—  mucho antes de que tengamos nada que ver con ello. Cada uno de nosotros es, en parte, un producto de nuestra historia inaccesible, microscópica. Por cierto, en lo que respecta a ese peligroso conjunto de genes, es probable que haya oído hablar de ellos. Se resumen como el cromosoma Y. Si es usted portador, le llamaremos varón.

Los genes son parte de la historia, pero no son toda la historia. Estamos igualmente influenciados por el entorno en el que crecemos. El abuso de sustancias por parte de la madre durante el embarazo, el estrés maternal y el bajo peso al nacer pueden influir en cómo ese bebé se convierte en adulto. Mientras un niño crece, el abandono, el maltrato físico, y los traumatismos craneales pueden impedir el desarrollo mental, igual que el entorno físico. (Por ejemplo, el gran movimiento de la salud pública para eliminar la pintura a base de plomo surgió de saber que la ingesta de plomo podía causar daños cerebrales, haciendo a los niños menos inteligentes y, en algunos casos, más impulsivos y agresivos). Y cada experiencia a lo largo de nuestras vidas puede modificar la expresión genética —activando ciertos genes o desconectando otros— que a su vez puede dar lugar a nuevas conductas. De este modo, los genes y los entornos se entrecruzan.

Cuando se habla de nature y nurture, lo importante es que no escojamos ninguna. Todos estamos construidos a partir de un patrón genético, y luego nacemos en un mundo de circunstancias que no podemos controlar en nuestros años principales de formación. Las complejas interacciones de los genes y el entorno significan que todos los ciudadanos —iguales ante la ley— tienen perspectivas distintas, personalidades distintas, y distinta capacidad para tomar decisiones. Los patrones únicos de neurobiología en el interior de cada una de nuestras cabezas no pueden calificarse de elecciones: son las cartas que nos ha tocado jugar.

Como no elegimos los factores que afectaron a la formación y la estructura de nuestro cerebro, a los conceptos de libre albedrío y responsabilidad personal les empiezan a brotar signos de interrogación. ¿Tiene sentido decir que Alex tomó malas decisiones, aunque no tuviera la culpa de su tumor cerebral? ¿Es justificable decir que los pacientes con demencia frontotemporal o de Parkinson deberían ser castigados por su mala conducta? Es problemático ponerse en la piel de otra persona que infringe la la ley, y concluir: «Bien, yo no lo habría hecho», porque si usted no se ha visto expuesto a la cocaína en el útero, envenenado con plomo y maltratado físicamente, y él sí, entonces él y usted no son directamente comparables. No puede dar ni un paso en su pellejo.

El sistema legal se basa en la hipótesis de que somos «razonadores prácticos», un término técnico que presume, en el fondo, la existencia del libre albedrío. La idea es que hacemos uso de la deliberación consciente cuando decidimos cómo actuar, es decir, que en la ausencia de coacción externa, tomamos decisiones libremente. Este concepto del razonador práctico es intuitivo, pero problemático.

La existencia del libre albedrío en la conducta humana es sujeto de un antiguo debate. Los argumentos a favor del libre albedrío se basan típicamente en la experiencia subjetiva directa («Siento que he tomado la decisión de levantar el dedo justo ahora»). Pero evaluar el libre albedrío requiere de ciertos matices más allá de nuestras intuiciones inmediatas. La decisión de moverse, o hablar. Parece como si el libre albedrío te llevara a sacar la lengua, o arrugar la cara, o decir el nombre de alguien. Pero el libre albedrío no necesita desempeñar ningún papel en estos actos. Las personas con síndrome de Tourette, por ejemplo, sufren movimientos y vocalizaciones involuntarias. Alguien con un caso típico de Tourette podría sacar la lengua, arrugar la cara o decir el nombre de alguien; todo eso sin haberlo elegido.

Aprendemos inmediatamente dos lecciones del paciente con Tourette. Primero, que las acciones pueden producirse en la ausencia de libre albedrío. Segundo, que el paciente con Tourette no tiene libre negativa. No puede usar el libre albedrío para anular o controlar lo que las partes subconscientes de su cerebro han decidido hacer. Lo que la ausencia de libre albedrío y la ausencia de libre negativa tienen en común es que no son «libres». El síndrome de Tourette plantea un caso en el que la maquinaria neuronal subyacente hace lo suyo, y todos estamos de acuerdo en que la persona no es responsable.

Este mismo fenómeno se da en personas con una enfermedad conocida como corea, por la cual los acciones de las manos, los brazos, las piernas y la cara son involuntarias, a pesar de parecer ciertamente voluntarias: pregúntele a una paciente así por qué mueve los dedos arriba y abajo, y ella explicará que no tiene control sobre su mano. No puede no hacerlo. De modo similar, algunos pacientes con el cerebro dividido (que tienen los dos hemisferios cerebrales quirúrgicamente desconectados) desarrollan el síndrome de la mano ajena: mientras una mano abrocha la camisa, la otra hace por desabrocharla. Cuando una mano alcanza un lápiz, la otra lo aparta. No importa lo mucho que lo intente el paciente, no puede hacer que su mano ajena no haga lo que está haciendo. Los movimientos no son «suyos» por lo que no puede iniciarlos o detenerlos libremente.

Las acciones inconscientes no se limitan a los gritos involuntarios o las manos díscolas: pueden ser soprendentemente sofisticadas. El caso de Kenneth Parks, un canadiense de 23 años con esposa e hija de 5 meses, con una estrecha relación con sus suegros (su suegra lo describió como un «gigante amable»). Atravesando dificultades económicas, problemas maritales y una adicción al juego, hizo planes para ir a ver a sus suegros para hablarles de sus problemas.

En la madrugada del 23 de mayo de 1987, Kenneth se levantó del sofá en el que se había quedado dormido, pero no se despertó. Sonámbulo, se montó en su coche y condujo los 23 kilómetros que distan de la casa de sus suegros. Entró en la casa y mató a su suegra a puñaladas y atacó a su suegro, que sobrevivió. Después, se dirigió él mismo a la comisaría. Una vez allí, dijo: «Creo que he matado a algunas personas… mis manos», dándose cuenta por primera vez de que sus manos tenían graves cortes. A lo largo del año siguiente, el testimonio de Kenneth fue notablemente coherente, incluso ante los intentos de engañarle: no recordaba nada del incidente. Es más, mientras que todas las partes estaban de acuerdo en que Kenneth había cometido indudablemente el crimen, también estaban de acuerdo en que no tenía móvil. Su abogado alegó que este era un caso de lo que se conoce como sonambulismo homicida.

Aunque los críticos gritaran «¡Impostor!», el sonambulismo es un fenómeno verificable. El 25 de mayo de 1988, tras un largo estudio de los registros eléctricos del cerebro de Kenneth, el jurado concluyó que sus actos habían sido efectivamente involuntarios, y lo declararon no culpable.

Como los enfermos de Tourette, los pacientes con el cerebro dividido y aquellos con movimientos coreicos, el caso de Kenneth ilustra cómo  pueden tener lugar conductas de alto nivel en ausencia de libre albedrío. Igual que los latidos del corazón, la respiración, el parpadeo y tragar, también la maquinaria mental puede funcionar con piloto automático. El quid de la cuestión es si todos tus actos se producen fundamentalmente con piloto automático o si alguna pequeña parte de ti es «libre» para elegir, independientemente de los dictados biológicos.

Este ha sido siempre el escollo para los filósofos y científicos. Al cabo, no existe ningún punto en el cerebro que no esté densamente interconectado con —y accionado por— otras partes del cerebro. Y eso sugiere que ninguna parte es independiente ni por lo tanto «libre». En la ciencia moderna, es difícil encontrar el hueco por el que pasar el libre albedrío —el creador primario— porque parece no haber parte de la maquinaria que no siga una relación causal de las otras partes.

El libre albedrío podría existir (podría estar simplemente más allá de nuestra ciencia actual), pero una cosa parece clara: si existe el libre albedrío, tiene poco sitio para operar. En el mejor de los casos, podría ser un pequeño factor funcionando por encima de las inmensas redes neuronales moldeadas por los genes y el entorno. De hecho, el libre albedrío podría resultar siendo tan pequeño que acabaremos pensando sobre las malas decisiones de la misma forma en que pensamos sobre cualquier proceso físico, como la diabetes o las enfermedades pulmonares.

El estudio del cerebro y la conducta está en medio de un cambio conceptual. Históricamente, los médicos y los abogados han estado de acuerdo sobre la distinción intuitiva entre trastornos neurológicos («problemas cerebrales») y trastornos psiquiátricos («problemas mentales»). Hace tan solo un siglo, era común hacer que los pacientes de psiquiatría «se fortalecieran» mediante la privación, las plegarias o la tortura. No es de extrañar que este enfoque resultase médicamente infructuoso. Al cabo, aunque los trastornos psiquiátricos tienden a ser el producto de patologías cerebrales más sutiles, estos, también, están basados en los datos biológicos del cerebro.

¿Cómo se explica el cambio de la culpa a la biología? Tal vez el principal motor es la efectividad de los tratamientos farmacológicos. Ninguna cantidad de amenazas puede ahuyentar la depresión, pero una pequeña píldora llamada fluoxetina puede resolver el problema. Los síntomas esquizofrénicos no puede resolverlos el exorcismo, pero pueden ser controlados con risperodina. La manía no responde a las palabras o al ostracismo, pero sí al litio. Estos éxitos, muchos de ellos introducidos en los últimos 60 años, han puesto de relieve la idea de que llamar a algunos trastornos «problemas cerebrales», mientras se consignan otros al inefable ámbito de la «psique», no tiene ningún sentido. En vez de eso, hemos empezado a tratar los problemas mentales de la misma manera que tratamos una pierna rota. El neurocientífico Robert Sapolsky nos invita a contemplar este cambio conceptual con una serie de preguntas:

«¿Se trata de una persona querida, sumida en una depresión tan aguda que no puede funcionar, un caso de enfermedad cuya base bioquímica es tan «real» como la bioquímica de, pongamos, la diabetes, o simplemente está siendo autoindulgente? ¿Se trata de un niño rindiendo mal en la escuela porque está desmotivado o es lento, o porque hay una incapacidad para aprender con base neurológica? ¿Se trata de un amigo al filo de un grave problema con el abuso de drogas, mostrando una simple falta de disciplina, o tiene problemas con la neuroquímica de la recompensa?».

Los actos no pueden ser entendidos separadamente de la biología de los actores, y su reconocimiento tiene implicaciones legales. Tom Bingham, ex Presidente de la Corte Suprema de Justicia, lo dijo así una vez:

«En el pasado, la ley ha tendido a basar su enfoque… en una serie de hipótesis de trabajo bastante rudimentarias: los adultos con una  capacidad mental competente son libres de elegir si actuarán de una u otra forma; se presume que actúan racionalmente, y en lo que ellos conciben como sus mejores intereses. Se les atribuye tal previsión de las consecuencias de sus actos como cabría esperar comúnmente de las personas razonables en su posición. Generalmente se les supone que lo que dicen tiene un sentido.

Al margen de los méritos o deméritos de hipótesis de trabajo como estas en el rango común de casos, es evidente que no proveen una guía uniformemente adecuada para la conducta humana».

A medida que vamos descubriendo sobre los circuitos neuronales, nos alejamos de las acusaciones de autoindulgencia, de falta de motivación y de pobre rendimiento hacia los datos de la biología. El paso de la culpa a la ciencia refleja nuestra comprensión moderna de que nuestras percepciones y conductas son dirigidas por programas neuronales profundamente insertos.

Imaginemos un espectro de cupabilidad. En un extremo, encontraríamos a personas como Alex el pedófilo, o a un paciente con demencia frontotemporal que se exhibe en público. A ojos del juez y del jurado, estas son personas que han sufrido daños cerebrales en manos del destino y que no eligieron su circunstancia neuronal. En el otro extremo del espectro —el lado culpable de la raya de la «culpa»— encontramos al delincuente común, cuyo cerebro está poco estudiado, y sobre el cual poco podría decir de todos modos nuestra tecnología actual. La abrumadora mayoría de los delincuentes están en este lado de la raya, porque no tienen ningún problema biológico obvio, medible. Simplemente se les considera actores que eligen libremente.

Dicho espectro refleja la intuición común que los jurados tienen respecto a la culpabilidad. Pero existe un profundo problema con esta intuición. La tecnología seguirá desarrollándose, y a medida que midamos mejor los problemas en cerebro, la raya de la culpa entrará en el territorio de las personas que actualmente tenemos por plenamente responsables de sus crímenes. Los problemas que ahora son opacos se abrirán al estudio mediante nuevas técnicas, y tal vez algún día descubramos que muchos tipos de mala conducta tienen una explicación biológica básica, como ha sucedido con la esquizofrenia, la epilepsia, la depresión y la manía.

Hoy, la neuroimagen es una tecnología muy rudimentaria, incapaz de explicar los detalles de la conducta individual. Podemos detectar únicamente problemas a gran escala, pero en las próximas décadas, seremos capaces de detectar patrones a niveles inimaginablemente pequeños de la microcircuitería relacionada con los problemas de la conducta. La neurociencia será más capaz de decir por qué las personas están predispuestas a actuar del modo en que lo hacen.

A medida que vayamos siendo más hábiles especificando los resultados de la conducta a partir de los datos microscópicos del cerebro, más abogados defensores apuntarán a los atenuantes biológicos de la culpa, y más jurados pondrán a los acusados en el lado de la raya de la no culpabilidad.

Esto nos pone en una extraña situación. Después de todo, un sistema legal justo no puede definir la culpabilidad simplemente por las limitaciones de nuestra tecnología actual. Los testimonios periciales médicos, por lo general, solo reflejan si tenemos siquiera nombres y medidas para un problema, no si existe un problema. Un sistema legal que declara a una persona culpable al principio de una década y no culpable al final, es un sistema en el que la culpabilidad no comporta un significado claro.

El quid del problema es que ya no tiene sentido preguntar: «¿Hasta qué punto fue su biología, y hasta qué punto fue él?», porque ahora sabemos que no existe ninguna distinción significativa entre la biología de una persona y su toma de decisiones. Son inseparables.

Mientras nuesto tipo actual de castigo se apoya en la base de la voluntad personal y la culpa, nuestra comprensión moderna del cerebro sugiere un enfoque distinto. La culpabilidad debería ser suprimida del argot judicial. Es un concepto retrógrado que requiere la tarea imposible de desentrañar la red desesperadamente compleja de genética y entorno que construye la trayectoria de una vida humana.

En vez de discutir la culpabilidad, deberíamos centrarnos en qué hacer,  avanzando, con un acusado de delincuencia. Yo sostengo que el sistema legaltiene que mirar hacia el futuro, fundamentalmente porque ya no puede esperar a hacer otra cosa. Dado que la ciencia complica la cuestión de la culpabilidad, nuestro sistema legal y nuestra política social tendrán que girar hacia un conjunto distinto de preguntas: ¿Cómo es probable que se comporte una persona en el futuro? ¿Tienden los actos criminales a repetirse? ¿Puede ser esta persona ayudada para la conducta prosocial? ¿Cómo pueden estructurarse los incentivos de manera realista para disuadir el crimen?

El cambio importante se producirá en la manera de responder al inmenso rango de actos delictivos. La explicación biológica no exculpará a los criminales, seguiremos sacando de las calles a los delincuentes que resulten demasiado agresivos, con déficit de empatía y que controlen mal sus impulsos. Consideremos, por ejemplo, que la mayoría de los asesinos en serie conocidos sufrieron abusos de pequeños. ¿Les hace esto menos culpables? ¿A quién le importa? Es la pregunta equivocada. Saber que sufrieron abusos nos anima a apoyar los programas sociales para prevenir el abuso infantil, pero no cambia en nada la forma en que afrontamos con el asesino en serie particular que está ante el estrado. Necesitamos seguir manteniéndolos fuera de las calles, al margen de sus desgracias pasadas. El abuso infantil no puede servir de excusa para dejarles marchar; el juez debe mantener la seguridad de la sociedad.

Aquellos que vulneran contratos sociales deben ser confinados, pero en este marco de trabajo, el futuro es más importante que el pasado. Un estudio biológico en profundidad de la conducta fomentará una mejor comprensión de la reincidencia —y esto ofrece la base para una sentencia apoyada empíricamente. Algunas personas tendrán que estar fuera de las calles durante más tiempo (incluso toda la vida), porque su probabilidad de reincidir es alta. Otros, a causa de las diferencias en la constitución neuronal, tienen menos probabilidades de reincidir, y por tanto pueden ser liberados antes.

La ley ya mira hacia delante en algunos aspectos: por ejemplo la indulgencia concedida a un crimen pasional frente a un asesinato premeditado. Es menos probable que reincidan quienes cometen el primero que quienes cometen el segundo, y sus sentencias lo reflejan de manera sensata. Asimismo, la ley americana traza una línea inequívoca entre los actos criminales cometidos por menores y los actos cometidos por adultos, castigando más severamente a los últimos. Este enfoque puede ser duro, pero la intuición que hay detrás es sensata: los adolescentes tienen menos habilidad para la toma de decisiones y el control de los impulsos que los adultos. El cerebro de un adolescente no es como el cerebro de un adulto. Las sentencias más leves son adecuadas para aquellos cuyos impulsos es probable que mejoren de forma natural cuando la adolescencia da paso a la edad adulta.

Aplicar un enfoque más científico a las sentencias, caso por caso, podría llevarnos más allá de estos ejemplos limitados. Por ejemplo, se están produciendo cambios importantes en las sentencias de los agresores sexuales. Antes, los investigadores les preguntaban a los psiquiatras y los miembros de las juntas de libertad condicional qué probabilidad tenían específicamente los agresores sexuales de recaer cuando salieran de prisión. Ambos grupos experimentaron con agresores, así que predecir quién estaba bien y quién iba a volver parecía sencillo. Pero, sorprendentemente, las estimaciones expertas apenas guardaban relación con los resultados reales. Los psiquiatras y los miembros de la junta de libertad provisional tuvieron una precisión predictiva solo ligeramente superior a la del que lanza una moneda al aire. Esto dejó atónita a la comunidad jurídica.

De modo que los investigadores probaron un enfoque más actuarial. Decidieron registrar decenas de características de unos 23.000 delincuentes sexuales en libertad: si el agresor había tenido inestabilidad de empleo, si había sufrido abuso sexual de niño, si era adicto a las drogas, si mostraba remordimientos, si tenía intereses sexuales anormales, etc. Los investigadores siguieron después a los delincuentes durante una media de cinco años tras su excarcelación para ver quién terminaba otra vez en la cárcel. Al final del estudio, calcularon qué factores explicaban mejor las tasas de reincidencia, y a partir de estos datos y otros posteriores fueron capaces de construir tablas actuariales que pudieran utilizarse en las sentencias.

¿Qué factores eran importantes? Pongamos el escaso remordimiento, la negación del delito y el abuso infantil. Cabría figurarse que estos factores se corresponderían con la reincidencia de los agresores sexuales. Pero sería un error: estos factores no tienen poder predictivo. ¿Y el trastorno antisocial de la personalidad y no lograr completar el tratamiento? Esto ofrece un cierto poder más predictivo. Pero entre los predictores más decisivos de reincidencia están los delitos sexuales previos y el interés sexual por los niños. Cuando comparas el poder predictivo del enfoque actuarial con el de las juntas de la provisional y los psiquiatras, no hay duda: los números derrotan a la intuición. En los juzgados de todo el país, estas pruebas actuariales se usan ahora para presentenciar o modular la duración de las penas.

Nunca sabremos con certeza qué hará alguien en el momento de salir de la cárcel, porque la vida real es complicada. Pero en los números se esconde un mayor poder predictivo del que la gente suele generalmente esperar. Las sentencias basadas en la estadística son imperfectas, sin embargo permiten que las pruebas triunfen sobre la intuición popular, y ofrece una adaptación en lugar de las categóricas guías que emplea típicamente el sistema legal. Los actuales enfoques actuariales no requieren una comprensión profunda de los genes o la química cerebral, pero a medida que introducimos más ciencia en estas medidas —por ejemplo con los estudios de neuroimagen— el poder predictivo solo podrá ir a mejor. (Para hacer blindar dicho sistema a los abusos del gobierno, los datos y ecuaciones que componen las guías de sentencia deben ser transparentes y accesibles online para quien quiera verificarlas).

Más allá de adaptar las sentencias, un sistema legal progresista informado por los estudios científicos del cerebro nos permitirá dejar de considerar la prisión como una solución válida para todo. Para hablar claro, no estoy en contra de la encarcelación, y su propósito no se limita a apartar a la gente peligrosa de las calles. La posibilidad de ir a la cárcel evita muchos delitos, y el tiempo pasado en prisión puede apartar a algunas personas de los actos criminales cuando salgan. Pero eso solo sirve para los cerebros que funcionan normalmente. El problema es que las cárceles se han convertido de facto en nuestras instituciones de atención a la salud mental, e infligir un castigo sobre los enfermos mentales suele tener poco efecto en su futura conducta. Una alentadora tendencia es el establecimiento de tribunales de salud mental por todo el país: mediante dichos tribunales, las personas con enfermedades mentales pueden recibir ayuda en vez de ser confinadas en un entorno a medida. Ciudades como Richmond (Virginia) se están moviendo en esta dirección, por razones de justicia así como de rentabilidad. El Sheriff C.T. Woody, que estima que casi el 20% de los presos de Richmond son enfermos mentales, le dijo a CBS News: «La cárcel no es un lugar para ellos. Deberían estar en un centro de salud mental». Similarmente, muchas jurisdicciones están abriendo tribunales de drogas y desarrollando sentencias alternativas. Se han dado cuenta de que las cárceles no son tan útiles para curar las adicciones como los programas específicos de rehabilitación de las drogas.

Un sistema legal progresista también transformará comprensión biológica en rehabilitación adaptada, viendo la conducta delictiva del modo en que entendemos otras enfermedades como la epilepsia, la esquizofrenia o la depresión, enfermedades que ahora permiten buscar y ofrecer ayuda. Estos y otros trastornos cerebrales se encuentran en el lado de la no culpabilidad de la raya, donde ahora son reconocidos como problemas biológicos, no demoníacos.

Muchas personas reconocen la rentabilidad a largo plazo de rehabilitar a los agresores en vez de apiñarlos en cárceles abarrotadas. El reto ha sido la falta de nuevas ideas sobre cómo rehabilitarlos. Una mejor comprensión del cerebro ofrece nuevas ideas. Por ejemplo, la falta de control es una característica de muchos presos. Estas personas pueden generalmente expresar la diferencia entre las buenas y malas acciones, y entienden las desventajas del castigo, pero están discapacitadas por la falta de control sobre sus impulsos. Ya sean fruto de la ira o la tentación, sus actos anulan la consideración razonada del futuro.

Si parece difícil empatizar con las personas que tienen problemas de autocontrol, solo hay que pensar en todas las cosas a las que sucumbes contra tu buen juicio. ¿Alcohol? ¿Pastel de chocolate? ¿Televisión? No es que no sepamos qué es lo mejor para nosotros, es que simplemente los circuitos del lóbulo frontal que representan las consideraciones a largo plazo no siempre pueden vencer sobre el deseo a corto plazo cuando tenemos la tentación delante.

Con este conocimiento de la mente, podemos modificar el sistema judicial de distintas maneras. Una, defendida por Mark A. R. Kleiman, profesor de política pública en la UCLA, es mejorar la certeza y la rapidez del castigo, por ejemplo, exigiendo a los delincuentes drogadictos que se sometan dos veces por semana a un test de drogas, con consecuencias inmediatas y automáticas si no lo superan, no basándose solo en una abstracción lejana. De forma similar, los economistas han sugerido que el descenso del crimen desde principios de los 90 se debe a, en parte, el incremento de la presencia policial en las calles: su visibilidad refuerza el apoyo a las partes del cerebro que sopesan las consecuencias a largo plazo.

Quizá estemos en la cúspide de encontrar nuevas estrategias rehabilitadoras también, permitiendo a las personas un mejor control de su conducta aun en la ausencia de autoridad externa. Para ayudar a un ciudadano a reinsertarse en la sociedad, el objetivo es cambiarlo lo menos posible mientras se guía su conducta de acuerdo a las necesidades de la sociedad. Mis colegas y yo estamos planteando un nuevo enfoque, que surge del entendimiento de que el cerebro opera como un equipo de rivales, con diferentes poblaciones neuronales que compiten por controlar el único canal de salida de la conducta. Como es una competición, el resultado puede dar un vuelco. Yo lo llamo el enfoque del «entrenamiento prefrontal».

La idea básica es que los lóbulos frontales puedan suprimir los circuitos cerebrales de corto plazo. Con este fin, mis colegas Stephen LaConte y Pearl Chiu han comenzado a dar feedback, en tiempo real, a personas a las que se les escanean sus cerebros. Imagine que usted quiere dejar de fumar. En este experimento, usted ve imágenes de cigarrillos mientras los doctores observan qué regiones están involucradas en su deseo. Luego le muestran la actividad de esas redes, representadas por una barra vertical en una pantalla de ordenador, mientras usted ve más imágenes de cigarrillos. La barra actúa como un termómetro de su deseo: si su deseo es alto, la barra es alta; si usted está suprimiendo el deseo, la barra es baja. Su tarea es hacer que baje. Quizás intuye qué hacer para resistir el deseo; quizás el mecanismo es inaccesible. En todo caso, usted recorrerá distintos caminos mentales hasta que la barra comience a bajar lentamente. Cuando baja del todo, significa que ha reclutado al lóbulo frontal para apagar la actividad en las redes involucradas en el deseo impulsivo. La meta es que el largo plazo triunfe sobre el corto. Sigue viendo cigarrillos, y usted logra que la barra baje una y otra vez, hasta que ha fortalecido los circuitos frontales. Con este método, usted es capaz de visualizar la actividad en partes de su cerebro que necesitan modulación, y puede ser testigo de los efectos de los diferentes enfoques mentales que podría adoptar.

Si esto suena a biofeedback de los 70, lo es, pero con una sofisticación mucho mayor, que permite monitorear redes específicas del interior de la cabeza, en lugar de colocar un electrodo en la piel. Esta investigación acaba de comenzar, de modo que su eficacia aún no se conoce, pero si funciona implicará un gran cambio. Podremos llevarla a la población penal, especialmente a quienes serán próximamente liberados, para evitar que vuelvan a atravesar las puertas giratorias de la prisión.

Este entrenamiento prefrontal está diseñado para equilibrar mejor la discusión entre las partes de largo y corto plazo del cerebro, brindando la opción de reflexionar antes de actuar a quienes carecen de ella. No es más que madurar. La principal diferencia entre un cerebro adolescente y uno adulto es el desarrollo de los lóbulos frontales. La corteza prefrontal humana no se desarrolla completamente hasta los 20 años, y este hecho es el que está detrás del comportamiento impulsivo de los adolescentes. A los lóbulos frontales se les llama a veces el órgano de la socialización, porque socializarse implica en gran parte desarrollar los circuitos para suprimir los primeros impulsos.

Esto explica por qué el daño de los lóbulos frontales desenmascara comportamientos no socializados, que nunca habríamos pensado hallar en nuestro interior. Recuérdese a los pacientes con demencia frontotemporal que roban en tiendas, se exhiben y se ponen a cantar en momentos inapropiados. El mismo tipo de desenmascaramiento funciona en las personas que salen y se emborrachan hasta decir basta: desinhiben la función normal de los lóbulos frontales y dejan que las redes más impulsivas tomen el control. Después de entrenar en el gimnasio prefrontal, una persona puede seguir ansiando un cigarrillo, pero sabrá cómo vencer el deseo, en vez de dejarse vencer por éste. No es que no queramos disfrutar de nuestros pensamientos impulsivos (Mmm, pastel), es que queremos dotar a la corteza frontal con algo de control sobre si debemos actuar sobre ellos (¡Paso!). De modo similar, si una persona piensa en cometer un acto criminal, eso será permisible mientras no llegue a actuar.

En cuanto al pedófilo, no podemos esperar controlar que se sienta atraído por un niño. Que él no actúe nunca sobre esa atracción podría ser lo mejor que podemos esperar, especialmente como sociedad que respeta los derechos individuales y la libertad de pensamiento. La política social solo puede esperar prevenir que los pensamientos impulsivos se transformen en una conducta irreflexiva. El objetivo es dar más control a la población neuronal que cuida de las consecuencias a largo plazo, para inhibir la impulsividad y alentar a la reflexión. Si una persona piensa sobre las consecuencias a largo plazo y aún decide seguir adelante con un acto ilegal, entonces responderemos en concordancia. El entrenamiento prefrontal deja el cerebro intacto —ni medicinas ni cirugía— y usa los mecanismos naturales de la plasticidad neuronal para ayudar al cerebro a ayudarse a sí mismo. Es un ajuste, en vez de la retirada del producto.

Esperamos que este enfoque represente el modelo correcto: se basa simultáneamente en la biología y la ética libertaria, permitiendo que una persona se ayude a sí misma mejorando su toma de decisiones a largo plazo. Como cualquier intento científico, podría fallar por una serie de razones imprevistas, pero al menos hemos alcanzado un punto en el que podemos desarrollar nuevas ideas en vez de asumir que el encarcelamiento constante es la única solución práctica para disuadir del crimen.

Junto a cualquier eje que usemos para medir a los seres humanos, descubrimos una distribución de amplio rango, sea en empatía, inteligencia, control de los impulsos o agresividad. La gente no ha sido creada igual. Aunque suele pensarse que es mejor barrer esta variabilidad bajo la alfombra, es de hecho el motor de la evolución. En cada generación, la naturaleza pone a prueba tantas variedades como pueda producir, a lo largo de todas las dimensiones disponibles. La variación da lugar a sociedades exuberantemente diversas, pero es una fuente de problemas para el sistema legal, en su mayor parte construido en la premisa de que los hombres son todos iguales ante la ley. Este mito de la igualdad humana sugiere que la gente es igualmente capaz de controlar los impulsos, tomar decisiones y comprender las consecuencias. Aun admirable en espíritu, la idea de la igualdad neutral no es cierta, simplemente.

A medida que mejore la ciencia del cerebro, entenderemos mejor que la gente existe a lo largo de un continuo de posibilidades, en vez de en categorías simplistas. Y seremos más capaces de adaptar las sentencias y la rehabilitación a los individuos, en vez de persistir en la pretensión de que todos los cerebros responden de forma idéntica a los desafíos complejos y que todas las personas merecen por tanto los mismos castigos. Algunas personas se preguntan si es injusto aplicar un enfoque científico a las sentencias. Al fin y al cabo, ¿qué hay de humano en ello? ¿Pero cuál es la alternativa? Tal como está ahora, los feos recibirán sentencias más largas que los guapos, los psiquiatras no tienen capacidad para averiguar qué agresores sexuales reincidirán, y nuestros presos están apiñados con drogadictos y enfermos mentales: a ambos les ayudaría más la rehabilitación. Así que ¿son las sentencias actuales realmente superiores al enfoque científicamente informado?

La neurociencia está empezando a tocar cuestiones que antes eran del dominio exclusivo de filósofos y psicólogos; cuestiones sobre cómo la gente toma decisiones y el grado en el que dichas decisiones son verdaderamente «libres». No son cuestiones ociosas. Al final, darán forma al futuro de la teoría legal y crearán una jurisprudencia más informada por la biología.

David Eagleman es neurocientífico en el Baylor College de Medicina. Su artículo está adaptado de su nuevo libro: Incognito: las vidas secretas del cerebro.

La pacificación de los teólogos

Publicado por el 5 ago, 2011 en Tercera Cultura | 3 comentarios

autor: Eduardo Robredo Zugasti en revolucionnaturalista.com
La pacificación de los teólogosLa violencia humana está en declive durante los últimos siglos, según Steven Pinker, autor del libro más esperado de este otoño.

La crueldad como entretenimiento, el sacrificio humano para satisfacer a la superstición, el esclavismo como medio de ahorrar trabajo, la conquista como misión de un gobierno, el genocidio como modo de adquirir estados, la tortura y la mutilación como castigo rutinario, la pena capital para delitos menores y diferencias de opinión, el asesinato como mecanismo de sucesión política, la violación durante las guerras, los progromos a consecuencia de la frustración, el homicidio como mayor modo de resolución de conflictos, todos ellos son rasgos de la vida poco excepcionales en la mayor parte de la historia humana. Pero hoy resultan raros o inexistentes en occidente, mucho menos comunes en otras partes, y son lamentados cuando tienen lugar y condenados cuando salen a la luz.

Lo que quiero sugerir ahora es que este declive de la violencia física se aprecia también en los discursos, y particularmente en los discursos de los teólogos concernientes a la tolerancia religiosa. Hace unos meses comentábamos un artículo de María Tausiet sobre el “duelo de insultos” entre Calvino y Servet, recordando que la denigración de los adversarios (especialmente religiosos) era un procedimiento normal, nada excepcional en nuestra tradición o en otras, donde la impiedad ha sido vista como un problema político además de puramente filosófico.

Todavía en el siglo XVIII el autor de una concienzuda contestación a los filósofos impíos de su tiempo  (a quienes considera, no obstante “pseudofilósofos”) se pronunciaba en estos términos sobre los peligros sociales y políticos inherentes al ateísmo y el materialismo:

Nótese desde aqui la profunda malicia en que se zanjan los principios del Deismo, Materialismo y demás falsos Filósofos. Sus hypótesis, que entre ellos tienen lugar de dogmas o de princicipios, no se contentan con referirse a ciertos puntos indiferentes, que nada influyen en los negocios del Estado y de la Religión o de la Moral, ya sea que se concedan o que se nieguen: no son como estas disputas de los Escolásticos que aun quando sean inútiles, no tocan con todo eso al estado comun de los hombres, ni al de los particulares; como si el todo sea alguna cosa mas que sus partes unidas; si los elementos entran formal o virtualmente en los mixtos; y asi otras en que se exercitan los jóvenes; sino principalmente miran a las costumbres, a la independencia de las Leyes, y de los Gefes de los pueblos; a los artículos de la fe, como si el mundo puede existir, y regirse por sí sin necesidad de algún Dios, y otros iremos viendo: advirtiendo, que estas hypótesis no ser reservan para las discusiones del Aula, sino que se tratan con el pueblo, y llaman fanatismo a la moderación que les opone.

El título completo del tratado escrito por Fernando de Ceballos es La falsa filosofía o El ateísmo, deismo, materialismo y demás nuevas sectas convencidas de crimen de estado contra los soberanos y sus regalías, contra los magistrados y potestades legítimas. Se combaten sus máximas sediciosas y subversivas de toda sociedad y aun de la humanidad.

Claramente se aprecia que la tolerancia religiosa es una conquista muy reciente, al lado de los estados laicos o los derechos humanos que han logrado mitigar, sino suprimir del todo, el terrorismo tradicional contra los no creyentes. Claramente se aprecia también la diferencia entre el libelo de Ceballos y la descripción del ateísmo como un respetable “modo de vida espiritual alternativo”, según los términos del filósofo católico Charles Taylor, que llegó a recibir el premio Templeton.

Por supuesto, las persecuciones contra impíos, herejes o apóstatas siguen produciéndose en el mundo, pero a menudo son denunciadas como vestigios teocráticos incompatibles con una democracia actualizada.

Paralelamente, también el discurso de los llamados “nuevos ateos” está lejos de las invectivas anticlericales de otros tiempos, y sólo algunos ignorantes y afectados histriones, deseosos de llamar la atención, se empeñan en asociar el “nuevo ateísmo” con violencias pasadas.

Dar a algo un nombre o saber cómo funciona

Publicado por el 3 ago, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

La «imagen dramática» de Richard Feynman

Freeman Dyson, The New York Review of Books

(Traducción exprés Verónica Puertollano para elmundo.es)

Dar a algo un nombre o saber cómo funcionaEn los últimos cien años, desde que la radio y la televisión crearan la industria del entretenimiento moderna, global y de masas, ha habido dos científicos superestrellas: Albert Einstein y Stephen Hawking. Luces menores como Carl Sagan, Neil Tyson y Richard Dawkins tienen un gran público seguidor, pero no están en la misma categoría que Einstein y Hawking. Sagan, Tyson y Dawkins tienen fans que no entienden casi nada de ciencia, y que se entusiasman con sus personalidades.

En general, el público muestra buen gusto en la elección de sus ídolos. Einstein y Hawking ganaron su estatus de superestrellas no solo por sus descubrimientos científicos, también por sus extraordinarias cualidades humanas. Los dos encajan fácilmente en el rol del ícono, respondiendo a la adoración del público con modestia y buen humor y con declaraciones provocativas calculadas para dirigir la atención. Los dos dedicaron sus vidas al esfuerzo sin concesiones de penetrar en los misterios más profundos de la naturaleza, y a los dos aún les quedó tiempo para atender las preocupaciones prácticas de la gente corriente. El público les juzgó correctamente como verdaderos héroes, amigos de la humanidad y también como genios científicos.

Dos nuevos libros plantean ahora la cuestión de si Richard Feynman está alcanzando el estatus de superestrella. Los dos libros son muy diferentes en estilo y en esencia. El libro de Lawrence Krauss, Quantum Man, narra la vida de Feynman como científico, eludiendo ligeramente las aventuras personales que han sido enfatizadas en anteriores biografías. Krauss logra explicar en un lenguaje no técnico el núcleo esencial del pensamiento de Feynman. A diferencia de otros biógrafos previos, lleva al lector al interior de la cabeza de Feynman y reconstruye la imagen de la naturaleza como Feynman la veía. Este es un nuevo tipo de historia científica, y Krauss está bien preparado para ello, al ser un físico experto y un talentoso escritor de libros científicos para el público general. Quantum Man nos muestra la cara de la personalidad de Feynman menos visible para la mayoría de sus admiradores, el silencioso y persistente calculador trabajando intensivamente los días y las noches para descifrar el funcionamiento de la naturaleza.

El otro libro, del escritor Jim Ottaviani y el artista Leland Myrick, es muy distinto. Es una biografía en cómic de Feynman, que contiene 266 páginas de dibujos de Feynman y sus legendarias aventuras. En cada dibujo, los bocadillos recogen los comentarios de Feynman, en su mayoría sacados de las historias que él y otros han contado y publicado en libros anteriores. Al principio vemos a Feynman como un inquisitivo niño de 5 años, aprendiendo de su padre a cuestionar la autoridad y admitir la ignorancia. Le pregunta a su padre en el parque: «¿Por qué [la pelota] sigue moviéndose?». Su padre responde: «La razón por la que la pelota sigue rodando es porque tiene “inercia”. Eso es lo que los científicos dicen que es la razón… pero es solo un nombre. Nadie sabe realmente qué significa». Su padre era un vendedor viajante sin formación científica, pero entendía la diferencia entre dar a algo un nombre y saber cómo funciona. Encendió en su hijo una pasión de por vida por saber cómo funcionan las cosas.

Tras las escenas con su padre, los dibujos muestran a Feynman pasando gradualmente por los papeles del joven y vivaz profesor y baterista en los carnavales, el padre cariñoso y el amante esposo, el venerado profesor y el reformista educativo, hasta que acaba su vida como un sabio arrugado en la batalla perdida contra el cáncer.

Resulta muy impactante verme a mí mismo retratado en estas páginas, como un afortunado y joven estudiante que se va cuatro días con Feynman en su coche desde Cleveland hasta Alburquerque, compartiendo con él alojamientos insólitos y divirtiéndome con el flujo inacabable de su memorable conversación.

Uno de los incidentes de la vida de Feynman que muestra sus cualidades humanas fue claramente su reacción a la noticia en 1965 de que había ganado un premio Nobel. Cuando se produjo la llamada telefónica desde Estocolmo, hizo comentarios que parecían arrogantes e ingratos. Dijo que probablemente rechazaría el premio, ya que odiaba las ceremonias formales y odiaba en particular los rituales pomposos relacionados con reyes y reinas. Su padre le había dicho, cuando era un crío, «¿Qué son los reyes, al cabo? Solo tipos con trajes de fantasía». Prefería rechazar el premio que verse obligado a trajearse y a estrechar la mano del Rey de Suecia.

Pero a los pocos días, cambió de parecer y aceptó el premio. Tan pronto como llegó a Suecia, se hizo amigo de los estudiantes suecos que fueron a recibirle. En el banquete de su aceptación oficial del premio, hizo un discurso espontáneo, disculpándose por su anterior rudeza y dando las gracias a la gente sueca con un emotivo relato personal de las bendiciones que el premio le había traído.

Feynman había esperado reunirse con Sin-Itiro Tomonaga, el físico japonés que compartía el premio Nobel con él. Tomonaga había hecho de forma independiente algunos de los mismos descubrimientos que Feynman, cinco años antes, en el absoluto aislamiento del Japón en guerra. Compartía con Feynman no solo las ideas sobre física, también las experiencias de una tragedia personal. En la primavera de 1945, Feynman estuvo cuidando de su amada primera esposa, Arline, durante las últimas semanas de su vida hasta que la vio morir de tuberculosis. En la misma primavera, Tomonaga estuvo ayudando a un grupo de estudiantes a sobrevivir en las cenizas de Tokio, después de que un incendio devastara la ciudad y matara a más personas de las que mató la bomba nuclear en Hiroshima cuatro meses antes. Feynman y Tomonaga compartían tres cualidades extraordinarias: dureza emocional, integridad intelectual y un saludable sentido del humor.

Para consternación de Feynman, Tomonaga no llegó a aparecer en Estocolmo. El libro de Ottaviani y Myrick saca a Tomonaga explicando lo que pasó:

«Aunque envié una carta diciendo que estaría “encantado de asistir”, detestaba la idea de ir, pensar que el frío podía ser duro, ya que la ceremonia se iba a celebrar en diciembre, y que las inevitables formalidades serían agotadoras. Después de que se se me nombrara ganador del Premio Nobel, vino mucha gente a visitarme, con licor. Tenía barriles de licor. Un día, el hermano menor de mi padre, al que le encantaba el whiskey, pasó por aquí y empezamos a beber alegremente. Bebimos un poco más de la cuenta, y después, aprovechando la ocasión de que mi mujer había salido de compras, entré en el baño y me bañé. Ahí me resbalo y me caigo, rompiéndome seis costillas… Hubo algo de buena suerte en ese infeliz incidente.»

Después de que Tomonaga se recuperara de sus lesiones, fue invitado a Inglaterra a recibir otro alto honor que requería un encuentro formal con la realeza. Esta vez no se resbaló en la bañera. Apareció debidamente en el Palacio de Buckingham y estrechó la mano a la Reina inglesa. La Reina no sabía que él no había podido viajar a Estocolmo. Y le preguntó ingenuamente si había disfrutado de su encuentro con el Rey de Suecia. Tomonaga estaba totalmente desconcertado. No podía confesarle a la reina que se había emborrachado y que se había roto las costillas. Dijo que había disfrutado mucho de su conversación con el Rey. Comentó después que durante el resto de su vida cargaría con una doble culpa, primero por emborracharse, y segundo por mentir a la Reina de Inglaterra.

Veinte años más tarde, cuando Feynman estaba mortalmente enfermo de cáncer, sirvió en la comisión de investigación de la NASA del desastre del Challenger de 1986. Asumió su trabajo a regañadientes, sabiendo que tendría que emplear la mayor parte del tiempo y las fuerzas que le quedaban. Lo asumió porque sentía como una obligación hallar las causas que provocaron el desastre y hablar al público de manera llana sobre sus descubrimientos. Fue a Washington y descubrió lo que se esperaba en el corazón de la tragedia: una jerarquía burocrática con dos grupos de personas, los ingenieros y los gestores, que vivían en mundos separados y que no se comunicaban entre sí. Los ingenieros vivían en el mundo de los datos técnicos; los políticos vivían en el mundo de los dogmas políticos.

Le pidió a los miembros de ambos grupos que le explicaran sus estimaciones de riesgo de catástrofe en cada misión del Transbordador Espacial. Los ingenieros estimaban que el riesgo era del orden de un desastre por cada cien misiones. Los gestores estimaban que el riesgo era del orden de un desastre por cada cien mil misiones. La diferencia, un factor de mil entre las dos estimaciones, nunca fue reconciliada y nunca se discutió abiertamente. Los gestores estaban al cargo de las operaciones y tomaban las decisiones de volar o no volar, basándose en sus propias estimaciones de riesgo. Pero los datos técnicos que Feynman descubrió probaban que los gestores se habían equivocado y que los ingenieros llevaban razón.

Feynman tuvo dos ocasiones para educar al público sobre las causas del desastre. La primera concernía a los datos técnicos. Se celebró una reunión abierta de la comisión con periodistas de prensa y televisión presentes. Feynman había preparado un vaso de agua helada y una muestra de la junta tórica de caucho de un cohete propulsor de combustible sólido. Mojó la arandela de caucho en el agua helada, la sacó, y demostró el hecho de que la goma fría estaba rígida. La goma fría no podría funcionar como un sello hermético para mantener los gases calientes lejos de la estructura. Como el lanzamiento del Challenger se había producido el 28 de enero con un tiempo inusualmente frío, la pequeña demostración de Feynman apuntaba a la rigidez de las juntas tóricas como probable causa técnica del desastre.

La segunda oportunidad de educar al público concernía a la cultura de la NASA. Feynman escribó un relato de la situación cultural como él la vio, con la división fatal de la administración de la NASA en dos culturas estancas: ingenieros y gestores. El dogma político de los gestores, declarando que los riesgos son mil veces menores de lo que los datos técnicos indican, fue la causa cultural del desastre. El dogma político surgía de una larga historia de declaraciones públicas por parte de líderes políticos de que la Lanzadera era segura y fiable. Feynman acababa con la famosa sentencia: «Para una tecnología exitosa, la realidad debe tener preferencia sobre las relaciones públicas, pues no se puede engañar a la naturaleza».

Feynman intentó como pudo que se incluyera esta declaración de conclusiones en el informe oficial de la comisión. El presidente de la comisión, William Rogers, era un político profesional con larga experiencia en el gobierno. Rogers quería que el público creyera que el desastre del Challenger era un accidente sumamente improbable del que la NASA no tenía la culpa. Intentó como pudo excluir la declaración de Feynman del informe. Al final se llegó a un acuerdo. La declaración de Feynman no se incluyó en el informe pero se añadió como apéndice al final, con una nota que decía que era la declaración personal de Feynman y no la acordada por la comisión. Este acuerdo sirvió en favor de Feynman. Como él señaló por entonces, el apéndice que estaba al final obtuvo mucha más atención pública de la que habría tenido de haber formado parte del informe oficial.

La dramática exposición de Feynman de la incompetencia de la NASA y sus demostraciones con la arandela le hicieron un héroe para el público general. El suceso fue el comienzo de su ascenso al estatus de superestrella. Antes de su servicio en la comisión del Challenger, era ampliamente admirado por los entendidos como científico y como carácter original. Después, fue admirado por un público mucho más amplio, como un defensor de la honestidad y la franqueza en el gobierno. Cualquiera que luchara contra el secretismo y la corrupción en cualquier parte del gobierno podía mirar a Feynman como líder.

En la escena final del cómic, Feynman camina por el sendero de una montaña con su amigo Danny Hillis. Dice Hillis: «Estoy triste porque te vas a morir». Feynman responde: «Sí, eso también me fastidia a mí a veces. Pero no tanto como crees. Mira, cuando te haces tan viejo como yo soy, empiezas a darte cuenta de que de todas formas ya le has dicho la mayoría de todas las cosas buenas que sabes a los demás. ¡Oye! ¡Seguro que puedo mostrarte un camino de vuelta a casa mejor!». Y Hillis se queda solo en la montaña. Estas imágenes captan con notable sensibilidad la esencia del carácter de Feynman. Las imagen del cómic, de algún modo, cobra vida y habla con la voz del Feynman real.

Hace veinte años, mientras viajaba en un tren de cercanías en los suburbios de Tokio, me asombró ver que una gran parte de los pasajeros japoneses iban leyendo libros, y que una gran parte de ellos eran cómics. El género de la literatura seria en cómic se desarrolló enormemente en Japón mucho antes de que apareciera en Occidente. El libro de Ottaviani-Myrick es el mejor ejemplo de este género que yo haya visto con texto inglés. Algunos lectores usan comúnmente la palabra japonesa manga para referirse a la literatura seria en cómic. Según uno de mis amigos japoneses, este uso es incorrecto. La palabra manga significa «garabato» y se usa en Japón para referirse a las colecciones de cómic triviales. La palabra correcta para la literatura seria en comic es gekiga, que significa «imagen dramática». El libro ilustrado de Feynman es un buen ejemplo de gekiga para los lectores occidentales.

El título del libro de Krauss, El hombre cuántico, está bien elegido. El tema central del trabajo de Feynman como científico fue explorar una nueva forma de pensamiento y trabajar con la mecánica cuántica. El libro logra explicar sin ninguna jerga matemática cómo pensaba Feynman y cómo trabajaba. Esto es posible porque Feynman visualizaba el mundo en imágenes en vez de ecuaciones. Otros físicos del pasado y del presente describen las leyes de la naturaleza con ecuaciones, y después resuelven las ecuaciones para averiguar qué sucede. Feynman se saltaba las ecuaciones y anotaba las soluciones directamente, empleando sus imágenes como guía. Saltarse las ecuaciones fue su mayor contribución a la ciencia. Saltándose las ecuaciones, creó el lenguaje que habla la mayoría de los físicos modernos. Indirectamente, creó un lenguaje que la mayoría de la gente sin formación matemática podía entender. Usar el lenguaje para realizar cálculos cuantitativos requiere formación, pero la gente no formada puede usarlo para describir cualitativamente cómo se comporta la naturaleza.

La imagen del mundo de Feynman surge a partir de la idea de que el mundo tiene dos capas, una capa clásica y una capa cuántica. Clásico se refiere a las cosas que son normales. Cuántico se refiere a las cosas que son raras. Nosotros vivimos en la capa clásica. Todas las cosas que podemos ver y tocar y medir, como los ladrillos, las personas y la energía, son clásicas. Las vemos con dispositivos clásicos como los ojos y las cámaras, y las medimos con instrumentos clásicos como los termómetros y los relojes. Las imágenes que Feynman inventó para describir el mundo son imágenes clásicas de objetos moviéndose en la capa clásica. Cada imagen representa una posible historia de la capa clásica. Pero el mundo real de los átomos y las partículas no es clásico. Los átomos y las partículas aparecen en las imágenes de Feynman como objetos clásicos, pero en realidad obedecen a leyes muy diferentes. Obedecen a las leyes cuánticas que Feynman nos enseñó a describir mediante el uso de sus imágenes. El mundo de los átomos pertence a la capa cuántica, que no podemos tocar directamente.
La principal diferencia entre la capa clásica y la capa cuántica es que la capa clásica maneja factores y la capa clásica maneja probabilidades. En las situaciones en que las leyes clásicas son válidas, podemos predecir el futuro observando el pasado. En situaciones en que las leyes cuánticas son válidas, podemos observar el pasado pero no podemos predecir el futuro. En la capa cuántica, los sucesos son impredecibles. Las imágenes de Feynman solo nos permiten calcular las probabilidades de que distintos futuros alternativos puedan suceder.

La capa cuántica está relacionada con la capa clásica de dos maneras. La primera, el estado de la capa cuántica es lo que se llama «suma de historias», es decir, una combinación de todas las historias posibles de la capa clásica que anticipan ese estado. Cada historia clásica posible tiene una amplitud cuántica. La amplitud cuántica, también conocida como función de onda, es un número que define la contribución de la historia clásica a ese estado cuántico. La segunda, la amplitud cuántica se obtiene a partir de la imagen de la historia clásica siguiendo un sencillo conjunto de normas. Las normas son pictóricas, traduciendo la imagen directamente a un número. La parte difícil del cálculo es agregar a la suma de historias correctamente. El gran logro de Feynman fue demostrar que esta visión de la suma de historias del mundo cuántico reproduce los resultados conocidos de la teoría cuántica, y permite una descripción exacta de los procesos cuánticos en situaciones en las que versiones previas de la teoría cuántica se habían venido abajo.

Feynman era radical en su falta de respeto por la autoridad, pero conservador en su ciencia. Cuando era joven había esperado empezar una revolución en la ciencia, pero la naturaleza dijo no. La naturaleza le dijo que la jungla existente de ideas científicas, con el mundo clásico y el mundo cuántico descritos por leyes muy diferentes, era básicamente correcta. Intentó encontrar nuevas leyes de la naturaleza, pero el resultado de sus esfuerzos resultaron finalmente consolidar las leyes existentes en una nueva estructura. Esperaba encontrar discrepancias que demostraran que las viejas teorías eran incorrectas, pero la naturaleza persistía obstinadamente en probarlas correctas. Por muy irrespetuoso que pudiera ser hacia los viejos científicos famosos, nunca fue irrespetuoso hacia la naturaleza.

Hacia el final de la vida de Feynman, su visión conservadora de la ciencia se quedó pasada de moda. Los teóricos de moda rechazaban su imagen dualista de la naturaleza, con el mundo clásico y el mundo cuántico existiendo lado a lado. Pensaban que solo el mundo cuántico era real, y que el mundo clásico debería ser explicado como una especie de ilusión que surge de los procesos cuánticos. Discrepaban de la manera en que las leyes cuánticas debían ser interpretadas. Su problema fundamental era explicar cómo un mundo de probabilidades cuánticas puede generar las ilusiones de certidumbre clásica que experimentamos en nuestras vidas diarias. Sus distintas interpretaciones de la teoría cuántica dio lugar a especulaciones filosóficas en competencia sobre el papel del observador en la descripción de la naturaleza.

Feynman no tenía paciencia para esas especulaciones. Él decía que la naturaleza nos dice que tanto el mundo cuántico como el mundo clásico existen y que son reales. No entendemos con precisión cómo encajan entre sí. Según Feynman, el camino a la comprensión no es discutir sobre filosofía sino seguir explorando los datos de la naturaleza. En los años recientes, una nueva generación de experimentadores ha ido avanzando por el camino de Feynman con gran éxito, moviéndose hacia los nuevos mundos de la computación cuántica y la criptografía cuántica.

Krauss nos muestra un retrato de un científico que era excepcionalmente altruista. Su desdén por los honores y los premios era auténtico. Después de ser elegido como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, dimitió porque los miembros de la Academia se pasaban mucho de su tiempo discutiendo quién se merecía la admisión en las próximas elecciones de la Academia. Consideraba que la academia estaba más preocupada por el autobombo que por el servicio público. Odiaba todas las jerarquías, y no quería que ningún distintivo de estatus académico superior se interpusiera entre él y sus amigos más jóvenes. Consideraba que la ciencia era una empresa colectiva en la que educar a los jóvenes era tan importante como hacer descubrimientos personales. Dedicó los mismos esfuerzos a la enseñanza como a su pensamiento.

Nunca mostró el más ligero resentimiento cuando publiqué algunas de sus ideas antes de que lo hiciera él. Me dijo que él había evitado las discusiones sobre la prioridad en la ciencia siguiendo una simple regla: «Da siempre a los bastardos más crédito del que se merecen». He seguido esta regla por mí mismo. Y la encuentro considerablemente efectiva para evitar las riñas y hacer amigos. Compartir con generosidad el crédito es la forma más rápida de construir una comunidad científica saludable. Al final, la mayor contribución de Feynman ala ciencia no fue ningún descubrimiento en particular. Su contribución fue la creación de una nueva forma de pensar que permitió que una gran multitud de estudiantes y colegas, incluyéndome a mí, hicieran sus propios descubrimientos.

El amor es producido en el cerebro

Publicado por el 1 ago, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

El amor es producido en el cerebro Video corto sobre descubrimientos en el amor por Helen Fisher en la Universidad de New Jersey.  En su libro Por qué amamos, la antropóloga norteamericana Helen Fisher ofrece una nueva visión de este fenómeno universal basada en un novedoso estudio científico. Consiguió demostrar que, cuando uno se enamora, se «encienden» unas zonas concretas del cerebro por un aumento del flujo sanguíneo.
A partir de estos datos ha llegado a la conclusión de que la pasión romántica está, en realidad, estrechamente ligada al cerebro. No es una emoción. Es un instinto tan fuerte como el hambre. En esta fascinante obra, Fisher revela exactamente qué experimentamos cuando nos enamoramos, por qué elegimos a una persona y no a otra, y cómo el amor romántico afecta biológicamente al impulso sexual y a los sentimientos de atracción por el otro. También expone las diferencias entre el cerebro femenino y el masculino, y lo que esto implica para nuestra forma de amar.

EL CEREBRO Y LAS DOS CULTURAS

Publicado por el 30 jul, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

Publicado por Miquel en http://memoriasdesoledad.blogspot.com

EL CEREBRO Y LAS DOS CULTURASEl cerebro de los animales, como cualquier otro órgano, ha estado sometido al mecanismo de la selección natural y ha ido ganando complejidad porque favorecía la supervivencia de los organismos que disponían de él. El cerebro ayuda a gestionar mejor la vida porque extrae regularidades del entorno que permite aprovechar los recursos para mantener un estado óptimo del medio interno de los animales. Es,por tanto, un mecanismo eficaz de supervivencia para extraer el orden del mundo real por medio de ensayo y error, y con ello, optimizar las respuestas a una mayor diversidad de circunstancias medioambientales.
En el caso de los humanos, durante miles de generaciones, no solo fueron captando leyes naturales sino que además, con la aparición del lenguaje fueron capaces de transmitir esos conocimientos a los organismos de su especie, logrando así adaptaciones muy eficaces en la lucha por la vida. Estas leyes, con el tiempo se transformarían en leyes científicas.
Como muestra la poco conocida epistemología evolucionista la razón la extrae el cerebro del medio. El origen de la ciencia puede así considerarse como esos primeros experimentos intuitivos que conseguían predecir el comportamiento de los fenómenos naturales y así tener ventajas a la hora de sobrevivir y perpetuar los genes.

Pero junto a esta función del cerebro, el desarrollo del lenguaje condujo a otra capacidad. Los humanos podían utilizar la complejidad neuronal para convencer a los congéneres en beneficio del interés particular y establecerse como líderes de su grupo, obteniendo mayor poder en las relaciones sociales. De esta manera, la razón se utilizó, no para obtener la verdad sino para buscar argumentos que justifiquen sus acciones y poder atraer a los miembros del clan formando grupos sólidos; sin importar la racionalidad de las propuestas y utilizando la confusión como un elemento más. El lenguaje se convierte en un instrumento para confirmar nuestras creencias y nuestro interés. Esta teoría argumentativa de la razón ha sido propuesta recientemente por Sperber y Mercier, y podría estar en la base del arte y de las disciplinas humanísticas. Esta teoría viene excelentemente detallada en este enlace de Tercera Cultura.
La razón no sirve, en este sentido, para buscar la verdad sino para buscar partidarios que confirmen nuestras ideas y mejoren nuestra posición social. Tener una buena inteligencia social también es adaptativa y ayudó a los homínidos a transmitir sus genes en su aventura evolutiva.
Esta función argumentativa de la razón se puede observar en cualquier varón cortejando a una hembra sacando todo un arsenal de argumentos para intentar convencer a su compañera de que se encuentra ante el macho ideal para compartir sus favores sexuales. Pero se puede encontrar en muchas otras situaciones. Escuchen tertulias políticas; discusiones futbolísticas.
Todos intentan argumentar sus posiciones, confirmar sus creencias, aumentar su prestigio en el grupo, independientemente de la conquista de la verdad.

Extraer orden de la naturaleza. Argumentar y defender nuestras ideas. En estas funciones del cerebro estarían las raíces de las dos culturas. De su comprensión y su fusión emerge la Tercera.

La ideología antisecular de Anders Behring Breivik

Publicado por el 26 jul, 2011 en Tercera Cultura | 2 comentarios

autor: Eduardo Robredo Zugasti en revolucion naturalista
atentados en NoruegaLos recientes atentados en Noruega, perpetrados aparentemente por un “lobo solitario”, Anders Behring Breivik, están provocando un intenso debate acerca de la agenda ideológica detrás de los crímenes. La publicación en internet de un “Manifiesto sobre la independencia europea“, un concienzudo tratado político de 1.500 páginas escrito por el propio Breivik (con su nombre anglicanizado como “Andrew Berwick”) arroja mucha luz sobre el caso. Breivik ha resultado ser un terrorista “ilustrado” cuyo caso recuerda a otro asesino filosóficamente brillante, el estadounidense Theodore John Kaczynski, “Unabomber“.

Tal como explican en GNXP, los últimos años testimonian el auge en la percepción social de los motivos religiosos del terrorismo. Esta tendencia podría haber provocado una sobreexposición de los motivos religiosos, desorientando a los analistas y a la opinión pública sobre la verdadera agenda política detrás del terror. El mismo Breivik, más bien un nacionalista europeísta y un conservador intelectualmente lúcido, no encajaría con el estereotipo del fanático religioso. Su manifiesto es de hecho una crítica bastante exhaustiva de la ideología de la “corrección política” europea, supuestamente heredada de la escuela de Frankfurt y convertida por las élites europeas en un “marxismo cultural” dominante. El problema religioso, fundamentalmente provocado por las políticas “multiculturalistas” europeas que facilitan la expansión islámica, desempeña un papel central dentro del drama moral del manifiesto, cuya ideología destila un fuerte carácter antisecular (en esto coincide con el nazismo, tal como ha explicado Richard Steigmann-Gall). Breivik critica explícitamente lo que llama “ateísmo chic” (de Dawkins y cia) y divisa un futuro “cristianismo europeo” que tolerará a los ateos, a diferencia del Islam, pero promulgará políticas conservadoras respetuosas con la “naturaleza humana”. Significativamente, el nacionalismo europeo de Breivik carga tanto contra el sencularismo europeo como contra las tendencias apaciguadoras del Vaticano:

No podemos tener un Vaticano que tiembla a los pies de la Ummah islámica, o un Vaticano que facilita su propia destrucción sin luchar. Debemos librar al Vaticano de sus miembros corruptos e incluso suicidas y asegurar que poseemos unos líderes de la iglesia que crean en una cristiandad europea sostenible y confiada. Necesitamos un cristianismo que crea en el concepto fundamental de la autodefensa y que tenga la ambición de sobrevivir. Necesitamos líderes cristianos que estén dispuestos a llamar a las cruzadas de defensa si nuestros hermanos cristianos son amenazados por la Yihad en el futuro.

Será verdad por tanto que Breivik no encaja con la imagen pública del “fanático religioso”, o del “creyente fanático” (él mismo afirma que mentiría si dijera “que es una persona muy religiosa”), pero lo cierto es que el problema religioso, y de forma aún más significativa el choque de la cultura religiosa y secular, es el elemento crucial de su agenda política.

ACTUALIZACIÓN. ¿Es Breivik el primer terrorista de masas inspirado por los blogs? LGF: “A diferencia de Jared Loughner (el francotirador que disparó contra la congresista Gabrielle Giffords), en el caso de Anders Behring Breivik no hay duda de dónde encontró la inspiración y la ideología que llevó inexorablemente al horror de Oslo.”

ACTUALIZACIÓN II. Hoy, de actualidad: “Por qué dejé la derecha” (2009)

ACTUALIZACIÓN III. Breivik no es “sólo un loco“. Es un asesino político, movido por una ideología patológica, mezcla de fantasía y realidad, que es totalmente necesario analizar.

ACTUALIZACIÓN IV. Bruce Bawer: “Muchos de los que hemos hablado sobre el ascenso del Islam en Europa habíamos advertido de que el fracaso de los líderes políticos mayoritarios para señalar responsablemente los desafíos actuales daría como resultado el surgimiento de extremistas como Breivik.”

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