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¡Foto! ¡Quieto!

Publicado por el 23 jul, 2012 en Tercera Cultura | 2 comentarios

Si te mueves no sales en la fotoSi te mueves no sales en la foto. Recientemente he visto una cámara fotográfica de las de ahora, chiquitita y con una pantalla por detrás que hacía lo siguiente, el fotógrafo, en la calle pública, estaba sacando la foto de una persona muy cerca de una escultura. Mientras la sacaba, por allí pasaban muchas personas, un perro, una bicicleta,… Sacó varias fotos, pero no logró ninguna sin gente. Entonces puso un programa especial de la cámara, repitió la foto y sobre la pantalla táctil fue señalando lo que quería que desapareciera. Señalaba un peatón y este desaparecía y en su lugar aparecía lo que había por detrás de él, como si se volviera absolutamente transparente. Un perro, fuera; una bici, fuera.

Puede parecer mágico – ¿cómo sabe la cámara lo que había detrás de esa persona que borra?– pero realmente es muy sencillo. Cuando tienes la cámara en el modo de «eliminar lo que se mueva» no saca una sola foto sino varias separadas un cierto intervalo de tiempo, con lo cual todo lo que se mueve ha cambiado de sitio. Si el fotógrafo señala que desaparezca un perro lo que la cámara hace es buscar un fotograma en el que el animal estuviera en otro sitio y sustituye la imagen en el primer fotograma por lo que había en la misma ubicación en el otro fotograma. Combina las imágenes de los dos fotogramas. Si después lo que quieres eliminar es el ciclista, hace lo mismo. Se señala qué es lo que quiere eliminar, la cámara busca un fotograma donde ese objeto esté en otro sitio o ya no esté y después se sustituyen todos sus puntos en el primer fotograma por lo que había en otro. El resultado es que la bicicleta desaparece como por encanto.

Si esto se hubiera realizado en un potente ordenador me hubiera sorprendido bastante poco; mi sorpresa venía del hecho de que era la propia cámara de bolsillo la que hacía todo el proceso. Es decir, la cámara llevaba dentro un potente ordenador. Eso me ha hecho preguntarme por el número de potentes ordenadores que solemos utilizar. El teléfono móvil es un potente ordenador, cada vez más potente. La máquina fotográfica también se ha convertido en otro potente ordenador, cuya potencia crece con cada nuevo modelo. Lo mismo ocurre con las videocámaras o los grabadores de TDT. Incluso la televisión TDT es un ordenador especializado en el tratamiento digital de las imágenes. Relojes digitales, equipos de GPS, ordenadores de a bordo de los coches, video consolas,… todos llevan en su interior circuitería electrónica inteligente que podemos llamar ordenadores.

El lado oscuro de la oxitocina

Publicado por el 20 jul, 2012 en Divulgación Científica, Neuroeconomía, Neurofilosofía, Tercera Cultura | 7 comentarios

Estructura química de la oxitocina

La oxitocina es una de las hormonas más “sexys” del mercado de la divulgación científica, debido al papel que desempeña en un variadísimo conjunto de conductas sociales: cuidado materno de los niños, cooperación social, ansiedad, confianza económica, miedo, diferencias sexuales, síndromes antisociales…

Sin embargo, la oxitocina no es exactamente una “molécula del amor”, y por desgracia los peores inconvenientes de vivir en sociedad no se van a poder resolver con sprays de esta hormona, tal como parecía inferirse de los primeros trabajos optimistas de los neuroeconomistas. El neurotransmisor de las caricias tiene su lado oscuro. No es una “bomba para la paz“.

Ed Yong pasa revista en New Scientist [PDF] (Vía) a algunos de los hallazgos desagradables de los que aparentemente es responsable la misma oxitocina: promoción de la envidia y de schandenfraude (Journal of Biological Psychiatry, Vol 66, Pág 864), mejora de la capacidad para leer las emociones, pero sólo para los más sociables (Psychological Science Vol 21, Pág 1426), reducción de la confianza y la cooperación en personas particularmente ansiosas (Social Cognitive and Affective Neuroscience, Vol 5, Pág 556), aumento de la confianza en los compatriotas, pero no hacia las personas de otras nacionalidades (Science, Vol 328, Pág 1408).

Según Carsten de Dreun, la oxitocina proporcionaría, ante todo, una respuesta de defensa dirigida a las personas del propio círculo social para protegerlas de los peligros exteriores. Más que promover una buena voluntad genérica, la oxitocina parece promocionar los sesgos sociales más provincianos. También es el “neurotransmisor del nacionalismo”.

Para Patricia Churchland, la oxitocina es una “poderosa hormona que juega muchos papeles en el cerebro y el cuerpo” pero sigue siendo muy difícil identificar un papel causal directo en comportamientos socialmente complejos. Es probable que averiguar más sobre estas “hormonas sociales” pueda ayudar, en un futuro próximo, a remediar síndromes antisociales como el autismo o el síndrome de Asperger, pero los efectos a largo plazo son desconocidos, y las soluciones fáciles están descartadas. En Braintrust (Pág. 59 ):

Aunque los datos que hemos discutido muestran que hay una importante relación entre el comportamiento social, la oxitocina, la vasopresina y sus receptores, entender la naturaleza precisa de estas relaciones requerirá entender mucho más sobre cómo se toman las decisiones, así como sobre los efectos de la percepción en las emociones. Hay que tener en cuenta que la Oxitocina no debe ser etiquetada como la molécula de la función social y cognitiva. Es una parte de un circuito interactivo complejo y flexible de genes, de interacciones entre genes, neuronas y el entorno neuroquímico, y de interacciones entre las neuronas y el cuerpo.

De lo que ya podemos dudar menos es de que existe una neurobiología de la moralidad y que, probablemente, el circuito cerebral de la oxitocina y la vasopresina, en particular, desempeña papeles cruciales. Como explica Mario Bunge en un libro de próxima aparición, “todos los descubrimientos científicos logrados durante estas tres décadas se refieren a entes concretos, y nadie descubrió entes desencarnados”. Carece de sentido sorprenderse de que las conductas “inmorales” o moralmente provincianas también se correlacionen con entes y moléculas concretas. Repetimos: la moralidad no ha bajado del cielo. El tradicional problema ético del mal también depende de una compleja interacción entre moléculas físicas.

Una educación científica, ¿nos defiende contra creencias erróneas?

Publicado por el 17 jul, 2012 en Tercera Cultura | 4 comentarios

Scientific knowledge En el último número de Cognition   un artículo titulado “Scientific knowledge suppresses but does not supplant earlier intuitions ”  (linkar al pdf) nos advierte  de esa dificultad.

Un estudio realizado por Andrew Shtulman  y Joshua Valcarcel del Departmento de Psicología del Occidental College de  Los Angeles se pregunta si los estudiantes modifican sus anteriores teorías ingenuas o intuitivas cuando aprenden teorías científicas que están en desacuerdo con ellas. ¿Se superponen a ellas o son simplemente suprimidas?

Los autores investigaron esta cuestión diseñando y poniendo en práctica una tarea de razonamiento rápido.

Propusieron a adultos con muchos años de educación científica que razonasen  sobre dos tipos de aserciones tan rápidamente como pudieran. En unas, el valor de la verdad de un fenómeno particular era el mismo tanto en sus antiguas teorías ingenuas como en las actuales ya científicas (por ejemplo, que la Luna gira alrededor de la Tierra). En otras,  donde estaban implícitas las mismas relaciones conceptuales pero cuyo valor de verdad difería entre teorías (por ejemplo, que la Tierra gira alrededor del sol ). Los participantes razonaron las últimas considerablemente más despacio y con menos exactitud que en las antiguas en 10 dominios del  conocimiento ( la astronomía, la evolución, fracciones, genética, gérmenes, materia, mecánica, fisiología, termodinámica y ondas), sugiriendo que las teorías ingenuas sobreviven a la adquisición de una teoría científica  incompatible y que coexisten con las misma durante muchos años.
tabla1

Estos resultados podrían arrojar luz a la relación entre teorías ingenuas y teorías científicas pero también sobre la naturaleza de la representación conceptual y sobre el cambio conceptual en un sentido más general.

Flimmies contra paparazis

Publicado por el 13 jul, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

Autor. Félix Ares

Camuflaje que produce parpadeo luminoso evitan que se tomen fotos nítidas de los prototipos automovilísticos

Flimmies contra paparazisEstaba viendo un documental sobre Laponia, sus habitantes y sus renos, cuando se pusieron a hablar de que hay muchas marcas automovilísticas que utilizan sus lagos helados como pistas de prueba de sus prototipos, para ver cómo se comportan en carreteras heladas, frío, etc. Sobre el lago helado había nieve que tenían que quitar y luego pasaba una máquina que lanzaba agua para que se congelara y quedase una superficie totalmente cubierta de hielo. Después aparecieron unos coches feísimos, todos negros, que iban en grupo y se dirigían a las pistas. La fealdad de los coches me sorprendió, pero también lo hizo el que al ser totalmente negros, las sombras en la carrocería no se veían con lo que su forma exacta quedaba bastante difusa.

Se trataba de los prototipos que alguna marca automovilista quería probar. El negro y sus formas eran un camuflaje para evitar que los paparazis sacaran fotos nítidas de cómo era de verdad el nuevo modelo. Aquella masa negra incluía añadidos de gomaespuma o de plásticos para cambiar la forma. Para evitar que se supiera su forma exacta. Las leyes de tráfico permiten circular a los prototipos, pero los faros y las luces de freno deben funcionar. Si tenemos en cuenta que esos dos elementos son dos de los que más definen el aspecto de un nuevo coche, no es de extrañar que estuvieran modificados.

Al llegar a las pistas todos los añadidos tienen que quitarse pues hay que probar cómo se comporta el coche auténtico. Así que los técnicos quitan todos los añadidos y el coche queda al descubierto, momento que suelen aprovechar los paparazis para sacar sus fotos. Un momento, he dicho que quitan todos los añadidos, pero la pintura que se queda es de camuflaje. Durante bastante tiempo algunas empresas, entre ellas Vauxhall, usaban rombos blancos y negros que cubrían toda la carrocería con extrañas inclinaciones. Parece muy tonto, pero verdaderamente hace tremendamente difícil saber donde están las puertas o donde empieza o acaba una ventana. Aunque las modernas técnicas por computador hacen que sea posible identificar la auténtica forma de la carrocería. Así que tenemos una lucha entre los paparazis y los expertos en camuflaje. En una versión posterior los rombos tenían formas más alargadas, curvadas y redondeadas, por lo que disimulaban mejor. Su aspecto era el de una colección de peces nadando, por eso a esos dibujos les llamaban «fishies» (pescaditos). Y lo último son unas extrañas formas que producen una especie de parpadeo de la luz que impiden sacar unas fotos decentes. Les llaman «flimmies», que no me atrevo a traducir.

Drogas para el amor. Un argumento materialista

Publicado por el 10 jul, 2012 en Divulgación Científica, Psicología evolucionista, Tercera Cultura | 3 comentarios

Pareja de buhos

Los valores familiares no han bajado del cielo: son un invento de los mamíferos. Ni siquiera la monogamia es una característica humana sin antecedentes, como explica Patricia Churchland en su último libro. Un 3% de los mamíferos (castores, marmotas, monos titis, gibones, ratones de pradera y montaña) forman parejas de larga duración.

El caso de los ratones silvestres es particularmente ilustrativo. Mientras que los ratones de pradera se emparejan para siempre, los de montaña no lo hacen. Y parece que la diferencia sólo se puede apreciar a un nivel microestructural y neurobiológico muy concreto: los receptores de la hormona vasopresina. Para saber qué es un “sentimiento moral” a la Hume, resulta que hoy es preciso saber mucho de neuroendocrinología.

Naturalmente, la monogamia humana abarca un conjunto de valores e instituciones culturales mucho más complejas y difíciles de explicar. La ciencia natural del amor no reduce el matrimonio a neuroendocrinología, sólo muestra que la distancia entre la biología y los valores, no es insalvable.

Este viene a ser el supuesto básico con el que trabajan Earp, Sanders y Savulescu [PDF], del Oxford Uehiro Centre for Practical Ethics, que han propuesto abiertamente nada menos que mejorar las relaciones sentimentales utilizando “drogas para el amor”.

Teniendo en cuenta nuestra catastrófica situación nacional también en materia de relaciones personales (en España se divorcian cada año unas 100.000 parejas, uno de los países europeos con mayor tasa de rupturas), quizás nos convendría prestar atención a este tipo de sugerencias.

Como hemos explicado aquí, la monogamia tiene riesgos y ventajas. Y las “drogas para el amor” quizás podrían servir para reforzar sus efectos positivos: “Hay razones culturales y religiosas: las drogas para el amor podrían promover la fidelidad en lugares donde la monogamia se considera una virtud, por ejemplo. Hay razones de salud: los matrimonios felices reducen el stress, promueven la longevidad, etcétera, y las drogas para el amor podrían favorecer matrimonios de este (saludable) tipo. Hay razones hedonistas: las drogas para el amor podrían contribuir a tener una vida sexual más placentera.“

Para los partidarios de “neuromejorar” las relaciones sentimentales , las drogas para el amor sólo pueden ser administradas de forma que se respete la “autonomía marital” y la libertad individual. Pero hay una situación especialmente comprometida, concretamente el efecto devastador que las rupturas matrimoniales están teniendo sobre los hijos:

El divorcio puede ser devastador para los niños, de un modo que los estudiosos sólo están empezando a entender recientemente. Esto es cierto incluso cuando ambas partes de la pareja anticipan un tiempo feliz para ellos mismos fuera del vínculo matrimonial, e incluso cuando creen, con buena fe, que sus hijos también mejorarán. Esta última noción, aunque consistente con la sabiduría convencional, podría ser un mito. De hecho, “en comparación con los niños nacidos en matrimonios intactos, los niños de divorcios sufren en prácticamente todo lo que tiene que ver la salud del niño, ya sea educacional, económica, física, psicológica o emocionalmente.”

Una de las enseñanzas más importantes de las ciencias sociales a este respecto es justamente el reconocimiento de la estabilidad sentimental de la pareja, no precisamente el hecho de ser heterosexual, como factor clave para una crianza saludable.

Hasta el momento, para evitar que males sociales como el divorcio y el adulterio prevalezcan, teníamos que conformarnos con estrategias culturales más eficaces que el razonamiento científico: sermones, películas románticas o novelas. Las hipotéticas “drogas para el amor”, una propuesta inicial que probablemente se enfrentará a conocidos sesgos antimaterialistas, acaso puedan servir para ajustar nuestra naturaleza y nuestras expectativas culturales, y quién sabe si en un futuro no demasiado lejano sean más eficaces que la programación cultural de la monogamia.

Lo que decimos y lo que hacemos. Ciencia de la hipocresía moral

Publicado por el 9 jul, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Tenemos dos tipos de moralidad la una junto a la otra. Una que predicamos pero no practicamos, y otra que practicamos pero rara vez predicamos.

– Bertrand Russell

Buena parte de la ciencia moderna del razonamiento moral se basa en estudios con escenarios morales altamente estilizados, tales como los célebres “problemas de tranvía” en los que se invita a los sujetos a escoger entre distintos dilemas hipotéticos. Mientras que una mayoría de personas consideran moralmente aceptable salvar la vida de cinco personas a cambio de matar a una si lo que se requiere es apretar un botón que desvía la trayectoria de un tranvía sin control, una mayoría rechaza que sea moralmente aceptable empujar a una persona por un puente para detener la trayectoria del tranvía que mataría a otros cinco, aún cuando el resultado del cálculo utilitario sea idéntico en ambas situaciones. Esta divergencia se ha explicado en ocasiones apelando a una supuesta “aversión a dañar a los demás” profundamente implicada en nuestra naturaleza, hasta el punto de que trascendería culturas e incluso especies.

Un estudio de varios investigadores de la universidad de Cambridge, que acaba de aparecer en Cognition [PDF], arroja sombras sobre estos supuestos. Si no dañar a otros es una norma universal, y profundamente biológica, ¿Cómo explicar la aparente incongruencia de que la historia humana esté tan corrientemente salpicada con ejemplos de personas que dañan a otras para conseguir beneficios? ¿Hasta qué punto los escenarios morales estilizados reflejan el comportamiento moral real de la gente? Es tentador preguntarse si son “psicópatas” los responsables de terribles desastres que dañan a millones de personas, como la actual crisis política y financiera, o sólo personas corrientes que actúan en un entorno de incentivos egoístas.

Para indagar en estas incongruencias, en uno de sus estudios los investigadores preguntaron a 88 personas si pensaban que los participantes futuros en un experimento (otros 46 sujetos) estarían más o menos dispuestos a causar daño a otros, a cambio de una ganancia personal significativa. A continuación, los investigadores sometieron a los sujetos a un experimento basado en el paradigma llamado de “Dolor Versus Beneficio” PvG (Pain Versus Gain), en el que debían tomar una decisión moral: ganar dinero o evitar que se causara daño a otras personas. Para asegurar el realismo de la situación, los investigadores presentaron un video a los participantes con las consecuencias de los shocks eléctricos con los que se castigaría a los sujetos.

Escenario de “Dolor Versus Beneficio”. Cognition

En los resultados llegaron las sorpresas desagradables. Mientras que los sujetos del primer experimento afirmaron, según lo previsto, que los sujetos experimentales estarían menos dispuestos a causar daño en una situación real, en el segundo, que implicaba una tarea real PvG, los datos mostraron que los sujetos de hecho estaban significativamente másdispuestos a causar daño a otros sujetos a cambio de un beneficio personal. Los sujetos del segundo estudio fueron hasta 7 veces más “inmorales” de lo previsto por los sujetos del primero, y -lo que quizás es más temible- ni siquiera la perspectiva de ser observado disminuyó significativamente estos impulsos egoístas y desconsiderados con el daño ajeno.

Lo que hacemos no es lo que decimos, especialmente si hay ganancias factibles de por medio. Según los autores, los datos sugieren que “nuestras creencias morales podrían poseer un impacto mucho más débil en nuestra toma de decisiones si el contexto se enriquece con fuerzas especialmente motivadoras, tales como la presencia de una ganancia significativa. Esto plantea cuestiones sobre si las decisiones morales hipotéticas generadas en respuesta a escenarios fuera de contexto son una buena muestra de las elecciones morales reales”.

ACT. Estaría bien, por cierto, poder ver alguno de estos videos de “Dolor Vs Beneficio” para calibrar cómo son realmente los shocks eléctricos que aplican. Si alguien tiene acceso a este dato, se ruega compartir.


ResearchBlogging.orgFeldmanHall, O., Mobbs, D., Evans, D., Hiscox, L., Navrady, L., &; Dalgleish, T. (2012). What we say and what we do: The relationship between real and hypothetical moral choices Cognition, 123 (3), 434-441 DOI: 10.1016/j.cognition.2012.02.001

Hic sunt dracones

Publicado por el 7 jul, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

La biogeografía explica la distribución geográfica de los seres vivos

La biogeografía explica la distribución geográfica de los seres vivosEn la biblioteca de Nueva York se conserva un globo hueco de cobre de un diámetro de 34,5 cm en el que se muestra un mapa de la Tierra. Es uno de los más antiguos que se dibujaron después de que Cristóbal Colón descubriera América. Se supone que fue fabricado hacia 1510. En él figura América del sur, bastante bien dibujada, y América del Norte, aunque en este caso aparece únicamente como unas cuantas islas dispersas. Recibe el nombre de globo de Hunt-Lenox o simplemente de Lenox.

En el sureste asiático, que en el globo se llama India del sur este, inmediatamente debajo de la línea de su ecuador, aparece la leyenda «HC SVNT DRACONES» que es la frase latina «Hic sunt dracones», es decir, «aquí hay dragones». Muchos han visto en esta frase la costumbre medieval de poner en sus mapas criaturas para ellos extrañas, tales como leones, elefantes, osos polares o serpientes de mar. Otros, entre los que se encuentra Dennis McCarthy, autor de la obra «Here be dragons» (Aquí hay dragones), nos dicen que es muy probable que se trate de un intento de señalar que en distintas zonas geográficas hay distintos animales. Y dada la relativa proximidad de las islas de Komodo y de Flores donde habita el famoso, y para los habitantes del Medievo terrorífico, «dragón de Komodo», no es descabellado que pudiera ser una referencia al mismo.

Al margen de que la advertencia se refiera al dragón de Komodo o no, lo que es cierto es que estos mapas demuestran que se habían dado cuenta de que en distintas zonas geográficas había distintos animales y distintas plantas. Hoy hay una ciencia poco conocida que se llama biogeografía que estudia exactamente eso: la distribución de la vida en los distintos lugares de la Tierra. Es una ciencia cuyos padres son realmente ilustres y conocidos: Carolus Linnaeus, el padre de la taxonomía; Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, codescubridores de la selección natural como mecanismo de la evolución; Alfred Wegener, el padre de la deriva continental; E. O. Wilson, que muchos consideran la figura más representativa de la sociobiología y Jared Diamons, autor de «Armas, gérmenes y acero» que revolucionó la relación entre geografía y humanos.

La biogeografía explica por qué en zonas con temperaturas similares en el Ártico y en la Antártida, en una hay osos polares pero no hay pingüinos y en la otra hay pingüinos pero no osos polares. O por qué en la mayor parte de las islas no hay ranas o que el único mamífero nativo de las Hawái sea el murciélago.

Félix Ares

La ciencia lúgubre de la infidelidad

Publicado por el 4 jul, 2012 en Divulgación Científica, Psicología evolucionista, Tercera Cultura | 3 comentarios

Además de una obvia preocupación moral desde hace milenios, las ventajas e inconvenientes del matrimonio y la aparejada fidelidad marital también son temas que preocupan a los científicos. El asunto no pasó inadvertido para el que se considera comúnmente el padre lejano de la psicología evolucionista moderna. En el capítulo V de El origen del hombre, Charles Darwin escribía sobre la mala fortuna de los solteros:

De un enorme conjunto de estadísticas recogidas en Francia el año 1853, resulta con toda claridad que en ese pueblo mueren los solteros de veinte a ochenta años en proporción mucho mayor que los casados, por ejemplo, por cada 1.000 hombres de de veinte a treinta años, mueren anualmente 11,3 solteros y 6,5 casados. Oigamos sobre este punto al doctor Stark (…) la disminución de la mortalidad es el resultado directo del “matrimonio y de la regularidad que este estado imprime a los hábitos domésticos”.

Digan lo que digan los revolucionarios sexuales, hoy sabemos que esta observación de Darwin sigue siendo básicamente correcta. La monogamia cultural no sólo hace a las sociedades más pacíficas en su conjunto, al reducir la competencia cruenta de los machos dominantes por acaparar amantes, sino que también aporta ciertas ventajas individuales. Según los datos barajados por Waite y Gallagher los hombres casados de hecho tienen una mejor situación financiera, poseen una salud mental más fuerte, viven más, y son más felices que los solteros. Vivir en un entorno social que dificulta la conducta infiel presumiblemente también tiene efectos saludables en los mismos hombres, ya que se sabe que la percepción de la infidelidad incrementa mucho más el stress de los hombres que el de las mujeres.

Ni siquiera hay muchos sentidos por los que podamos considerar irresistiblemente “natural” la infidelidad. Ser infiel no es inevitable ni tan corriente como se cree. La mayoría de las personas en casi todas las culturas encuentran que la infidelidad es punible en distinto grado, y la mayoría de las personas (entre el 75% y el 98%, según encuestas en EE.UU) también son fieles en su vida real. Por otra parte, la “naturalidad” de la infidelidad en un ambiente evolutivo más ancestral, en ausencia de fuertes normas culturales para castigar a los infieles, todavía está sujeta a discusión.

Por contra, la infidelidad practicada por, o al alcance de, una minoría (por lo visto sólo entre el 1.5 y el 4% de los hombres casados tienen relaciones extramaritales en un año, y alrededor del 23% son infieles a sus parejas alguna vez durante toda su relación) sí que puede conllevar riesgos tangibles para la salud.

Y no se trata de un castigo divino, tal como explican Alessandra Fisher y sus colegas en el número de abril de Journal of sexual medicine. Aunque la muerte durante la cópula sexual es rara, cuando sucede, afecta más a los hombres adúlteros.

En 1963, un patólogo japonés informó que 34 hombres habrían muerto mientras practicaban sexo, y casi el 80 por ciento durante sexo extramarital, la mayoría por causas cardiacas. En 2006 patólogos surcoreanos documentaron 14 casos de muerte coital súbita y hallaron que sólo uno implicaba a un hombre que había practicado sexo con su mujer, todos los demás habían muerto por causas cardiovasculares. En 2006 investigadores de la Universidad Goethe de Frankfurt en Alemania publicaron un análisis de autopsias relacionadas con el sexo sobre 68 hombres. Diez habían muerto con una amante y 39 con una prostituta.

Hay riesgos evidentes que contribuyen a estos episodios cardiacos mortales, como que muchos de estos aventureros sexuales masculinos resulten demasiado mayores para sus jóvenes y atléticas amantes, pero según Alessandra Fisher el sentimiento de culpa también podría desempeñar un papel importante. En más de una ocasión una oportunista combinación de conciencia y naturaleza hace que las ligerezas sexuales se paguen caro.

Es posible que la soltería y la infidelidad sexual sistemática sean apropiadas para una minoría de esforzados dandys, pero para la inmensa mayoría de los hombres en nuestra cultura, la fidelidad monógama parece una no tan mala idea.

Embarazos por encargo. La polémica de los vientres de alquiler

Publicado por el 2 jul, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

autora:  Paula Casal

El problema

Embarazos por encargo. La polémica de los vientres de alquilerDistintas condiciones médicas hacen que haya mujeres que puedan producir óvulos e incluso quedarse embarazadas sin dificultad, pero que luego pierden una y otra vez al hijo que llevan dentro. Es por ello que en algunos países se les permite salvar a uno de esos embriones traspasándolo al útero de una mujer sin ese problema que se ofrezca a hacerlo gratuitamente o a cambio de una compensación económica. En España no es posible, pero hay personas y colectivos que piensan que debería serlo. Ser madre o padre es demasiado importante como para impedir que una voluntaria ayude a las parejas con este problema, sin ofrecerles una sólida justificación. Por eso es importante que tengamos este debate.

Para muchas personas, lograr ser padres o madres es lo más importante del mundo. Actrices como Angelina Jolie, Kate Winslet y Julia Roberts, a las que se supone que lo tienen todo, declaran que lo más importante del mundo para ellas fue lograr ser madres. En este sentido, la maternidad nos iguala: lo que estas y tantas otras personas valoran más en el mundo está casi al alcance de cualquiera. Pero por otro lado, la maternidad nos desiguala al máximo: hay una minoría que no puede acceder a lo que otros consideran lo primero. Y cuando «lo mejor» y «lo normal» coinciden, quedar excluido es especialmente doloroso. Nadie clama al cielo por no ser como Angelina: ya nos lo esperamos. Ser infértil, en cambio, no solo nos priva de los hijos, sino de cierta normalidad. Y aunque haya personas normalísimas que no quieren tener hijos, otras lo desean con tal fuerza que arriesgan sus carreras, su economía, su salud e incluso su vida para conseguirlo.

Se rumorea mucho sobre si tanto Angelina Jolie como Julia Roberts se hicieron solo un tratamiento hormonal antes de tener gemelos. Otras se someten a todo tipo de medicación, operaciones y a embarazos de alto riesgo; fracasan, repiten, se desesperan, buscan soluciones en el extranjero, se arruinan, se sienten culpables, se separan o prolongan relaciones que deberían dejar, y sufren. Sufren, física y psicológicamente, con una intensidad que nos obliga a reconsiderar qué soluciones se les puede dar.

Las soluciones

Las clínicas de fertilidad ayudan mediante la reproducción asistida y la donación de óvulos y esperma a un buen número de personas que no pueden lograr el embarazo. Quedan los que, aunque puedan lograrlo, no pueden luego completar con éxito la gestación.

Tomemos el caso de María y Manuel, que pueden conseguir fácilmente el embarazo, pero no que llegue a buen término. Pasados los primeros meses, la pareja termina ensangrentada en urgencias. Entonces su amiga Ana, que ya tiene dos hijos, propone que si vuelven a lograr el embarazo traspasen el embrión a su útero durante los meses de mayor peligro. La pareja piensa que si eso fuese posible, quedarían tan agradecidos que matricularían a la hija de Ana en el centro de educación especial que necesita, por muy caro que éste sea. Hasta aquí, ninguna persona, acto o pensamiento ha sido inmoral. Y no tiene ningún sentido hablar de venta de niños. Ana solo se ofrece a hacer de canguro los meses en que María no puede hacerlo.

Supongamos ahora que, por razones médicas, cuanto antes se haga el traspaso de embrión, más probable su éxito. Lo inmoral sería entonces insistir en que lo tenga María los primeros meses. Supongamos también que la pareja ha conocido a Ana en una clínica donde otras parejas piden esta ayuda, y que Ana, que solo va a hacerlo una vez, elige a María y a Manuel porque le inspiran confianza, porque quiere ayudarles y porque se han comprometido al máximo a financiar la educación que necesita su niña. La motivación humana suele tener muchas fuentes y el hecho de que el médico nos cobre no significa que no quiera curarnos. Uno puede actuar por varias razones, sin que una de ellas cancele las demás. Ana puede querer ayudarles y también querer que ellos la ayuden dándole el dinero que necesita para su hija. Y lo natural es que ellos se sientan muy agradecidos y quieran expresarlo con más que palabras.

Así que, hasta aquí sigue sin haber inmoralidad, siempre que un acuerdo de esta magnitud no se cierre solo con un apretón de manos. Todos deben estar asesorados, médica, psicológica y jurídicamente, y todo el proceso debe estar cuidadosamente planificado y supervisado de principio a fin. Por ejemplo, María y Manuel querrán asegurarse de que es cierto que Ana ya ha llevado a cabo sin problemas dos embarazos y seguirá las recomendaciones médicas, acudirá a los controles pautados y mantendrá el acuerdo hasta que el bebé pueda pasar sin peligro a la incubadora. Querrán, por tanto, establecer las penalizaciones correspondientes a cualquier incumplimiento, dejar constancia de su paternidad genética y legal, y protegerse del riesgo de que las hormonas hagan vacilar a Ana en algún momento. Y Ana también querrá asegurarse de que la pareja no vaya a echarse atrás en lo acordado, y le asegure su anonimato, o al contrario, la posibilidad de seguir el desarrollo del niño y verlo de vez en cuando. Es cuestión de que todos tengan deseos compatibles y nadie claudique en algo fundamental. Hay que ser máximamente previsor y establecer, por ejemplo, cómo compensar a Ana si el embarazo es ectópico, si tiene que estar en reposo o ingresada, si son gemelos, o si los médicos recomiendan una reducción embrionaria. Todo el mundo debería pensar en estos riesgos antes de lanzarse a procrear y es bueno que al menos en estos casos podamos asegurarnos de que todos entren en acción debidamente preparados.

Hay países donde se admite que la madre subrogada sea también la biológica. Eso complica mucho las cosas si surgen desacuerdos e incluso si no surgen, porque una cosa es pedir sal a la vecina y otra pedirle todos los ingredientes, y ya puestos, que haga ella misma la paella. Pero dado que es posible exigir que la subrogada no sea la madre biológica, ni la que cuida o cría al niño, no es necesario discutir todos los casos a la vez. Podemos centrarnos en casos como el de María y Manuel, que juntos han generado el embrión de una niña a la que quieren llamar Mía, y sólo necesitan que les permitamos que Ana sea su gestante.

El artículo 10 de la Ley 14/2006 de 26 de mayo sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida declara nulo «el contrato por el que se convenga la gestación, con o sin precio, a cargo de una mujer que renuncie a la filiación materna, a favor del contratante o de un tercero». Establece además que la filiación viene «determinada por el parto», y solo deja «a salvo la posible acción de reclamación de la paternidad respecto del padre biológico». Esto no tiene sentido si el embrión es de María y Manuel, pues si Manuel conserva sus derechos porque se trata de sus genes, María debería también poder conservarlos, aun si el segundo tramo del embarazo corre a cargo de Ana.

Otorgar derechos por paternidad, pero no por maternidad biológica, es negar a una mujer, que por necesidad ha firmado un meditado contrato, los derechos que adquiere cualquier alocado en una noche de borrachera, solo porque es varón. Mientras el bebé está dentro de Ana, Ana no lo verá; y una vez que esté fuera, ese bebé será como cualquier otro, y ni Ana ni la ciencia podrán reconocerlo. Se parecerá a María, que fue quien quiso tener y criar a Mía, y puso su óvulo y todo lo que tuvo a su alcance para conseguirlo. María y Manuel serán quienes la cuiden y quienes se conviertan luego en los abuelos de los hijos de Mía. María es la madre biológica y la madre social, así que, o bien Mía tiene dos madres, o bien, si madre no hay más que una, debería serlo María, aunque la ley diga que es Ana. En todo caso, esto puede resolverse añadiendo al contrato el acuerdo de adopción de Mía al nacer o incluso antes.

Habrá personas que no lleguen a un acuerdo, por ejemplo, sobre qué compensación sería adecuada por cierto incumplimiento. Si es así, tendrán que buscar a otra persona más compatible. No es necesario, por tanto, que una ley general establezca de antemano todos los detalles y las compensaciones exactas debidas en cada caso. Se pueden establecer solamente unos mínimos y unos máximos y permitir que las compensaciones debidas por incumplimiento sean, dentro de esos márgenes, las acordadas.

Esto da una respuesta, al menos en principio, al problema más grave, que es la posibilidad de que alguien cambie de idea. Estando tan desesperados por ser padres, el riesgo de que Manuel y María quieran interrumpir el embarazo o dar a Mía en adopción es probablemente mucho menor que el que existe con cualquier embarazo improvisado. También sería muy raro que, en el corto lapso que pasaría entre la implantación y el término del plazo en que se permite interrumpir un embarazo, Ana cambiase de parecer. Además podría acordarse también una adopción irreversible anticipada y está claro que los más involucrados prefieren correr estos riesgos a tirar la toalla. En todo caso, si la subrogación no se permite para proteger a las personas implicadas, quizá negarles una regulación legal les deje todavía más desprotegidos. Deberíamos centrar la discusión en cómo reaccionar a cada peligro de incumplimiento. Sin embargo, las objeciones más frecuentes son otras que me parecen menos relevantes por las razones que explico a continuación.

El uso innecesario

Una de las objeciones más frecuentes a permitir que María llegue a este acuerdo con Ana –muy repetida en un debate sobre el tema en el programa televisivo La Noria– es que entonces las Angelinas también la querrán contratar para mantener la figura. Este es un argumento muy malo: basta con admitir solo los casos de necesidad médica. Prohibir ser madre a María para que alguien no la imite por gusto es como prohibir la cirugía para que nadie la use innecesariamente. A parte de todo, las estrellas se recuperan de los embarazos maravillosamente, y probablemente mejor que de la pérdida de popularidad que tendrían si se supiese que alquilaron un útero innecesariamente. Y las personas conocidas saben que los periodistas no les dejarán tranquilos, ni a ellos ni a las madres subrogadas. A la mujer que gestó las gemelas de Sarah Jessica Parker llegaron a intervenirle el teléfono, y Nicole Kidman sigue siendo acusada de no haberlo intentando suficientemente con su propio útero, cuando acudió a la subrogación a los 43.

La posible explotación

No es sensato preocuparse por las estrellas. Tiene más sentido pensar en las mujeres pobres, vulnerables a la explotación. Este sí es un problema real, muy general y mucho más grave en otros casos, como el de la prostitución. Puede que disponer de esta opción haga a algunas mujeres menos vulnerables a la explotación en otros sectores; y aunque quizá solo alguien muy pobre o muy altruista esté dispuesto a hacer algo así, no está claro que restar esta opción a los pobres vaya a beneficiarles. Las gestantes por acuerdo tendrían, además de la satisfacción moral de estar ayudando a alguien, la protección de un servicio continuo de apoyo médico, psicológico y legal, y una compensación económica considerable –se está hablando de quince a veinte mil euros en España, y unos cien mil dólares en el extranjero–. Hay que tener en cuenta que reformar el citado artículo 10 no tiene por qué dar lugar a un mercado libre, sino a la posibilidad de que se permitan ciertos contratos muy determinados con una compensación mínima exigida por la ley. Cuanto mayor la compensación, menor la explotación, mayor la cobertura de riesgos y menos probable será que alguien subrogue en lugar de adoptar, principalmente para ahorrar.

El impacto sobre la adopción 

La tercera y última objeción más frecuente incide en que hay millones de niños que necesitan ser adoptados. Si esto significa que María tiene una alternativa aceptable, esto también es cierto para los fértiles, y no por ello les prohibimos tener hijos. Reformulemos la objeción: permitir la subrogación aumentará el sufrimiento porque reducirá la adopción, y los huérfanos del mundo sufren más que los españoles infértiles. Es posible. Pero la obligación moral con los niños del mundo la tenemos todos y no solo los infértiles, ni los que quieren ser padres. Que a alguien le cueste más gestar no significa que le cueste menos adoptar: quizá una persona como María, desesperada por reproducirse biológicamente, tenga que renunciar a más para adoptar que otras que ni sienten esa urgencia, ni se plantean ser madres o padres, aunque podrían hacerlo, y con una renuncia menor.

No podemos pedir a María que haga por los niños del mundo algo que los que estamos estupendamente no hacemos, aduciendo que en su caso la diferencia entre reproducción y adopción es menor. Teniendo a Ana, lo único que separa a María de otras madres es nuestro permiso. Sería distinto si la pareja necesitase también óvulos y esperma. En esos casos tiene más sentido adoptar a un niño que ya existe, ya nos necesita, ya tiene una vida que podemos mejorar enormemente, y ya podemos saber cómo es, si encajamos con él, y si nos vemos capaces y deseosos de adoptarle. Pero el caso de María es distinto. Ella puede generar embriones y si no la dejamos subrogar, seguirá intentando gestarlos.

Habrá que reformular de nuevo la objeción: puede que de todas formas María no fuese a adoptar, pero otros sí, y su ejemplo desanimará a la adopción, entre otras cosas, porque expresa el deseo de tener hijos biológicos como sea. Puede ser. Pero hay que tener en cuenta que, si los españoles no adoptamos más, no siempre es por falta de una buena disposición a ello. Hay costes (de once a cincuenta mil euros), esperas (de dos a ocho años) y otras barreras (como la actitud de algunos países hacia las familias atípicas, homosexuales o monoparentales), que la gente no siempre consigue superar. Elton John, por ejemplo, recurrió a la subrogación cuando, por su edad y falta de esposa, Ucrania rechazó su solicitud de adoptar a un niño seropositivo y a su hermano. La combinación de estas barreras y los límites en el número de adopciones que imponen ciertos países pueden hacer que María no consiga arrancar a ninguna niña de la pobreza, sino de los brazos de la siguiente aspirante a madre en las listas de adopción, que quizá no tenga ninguna otra esperanza de formar una familia, por carecer de la pareja o los embriones viables de María. Y puede que María, con tal de que le dejemos salvar a uno de sus embriones, esté dispuesta a contribuir económicamente a que otra mujer logre adoptar, compensando así el posible efecto negativo que su ejemplo pudiese tener sobre la adopción. Así todo el mundo saldría ganando y se podría reducir un poco la diferencia de costes entre subrogación y adopción.

Más soluciones

Prohibir la subrogación no es, por tanto, ni el mejor ni el único modo de aumentar la adopción. Se podrían aumentar las ayudas económicas a los adoptantes, ofrecerles servicios de traducción y gestoría, e informatizar los trámites, facilitando el seguimiento. Se podría eliminar la espera por la carta de idoneidad, dotando al servicio de más personal, porque ni el estudio de la idoneidad de los padres, ni el seguimiento postadopción deben hacerse a la ligera, especialmente si la adopción se acelera, se abarata y se relajan ciertos requisitos. Con todo, el que alguien resista un peregrinaje de ventanillas largo y costoso no deja de ser una buena señal.

Hay mejoras posibles que no dependen de España, que lo hace mejor que otros países en varios aspectos, como el trato parejo que da a la adopción nacional e internacional, los países con quien tiene acuerdo, el nivel de preparación de los funcionarios implicados y su actitud de ayuda. Pero hace falta más coordinación a nivel nacional, porque no tiene sentido que los procedimientos, los criterios o los países de procedencia dependan de la parte de España en la que uno esté en ese momento, o que alguien sea enviado de nuevo al final de la cola porque ha tenido que irse un tiempo a otra zona del país. Y las embajadas podrían dar más apoyo legal y médico a los adoptantes; por ejemplo, financiando, en casos de duda, pruebas de filiación que impidan dar en adopción niños que no son propios.

No poder adoptar o tener hijos es especialmente triste en nuestra sociedad, porque los españoles, cualesquiera que sean nuestros otros defectos, somos una gente que celebra, valora, acoge y disfruta muchísimo de los niños. Así que esta es una cuestión en la que deberíamos mejorar cuanto antes. Tengamos un debate serio sobre los pactos de gestación, mejoremos con urgencia el servicio de adopción, y dejemos corretear a los niños por este país de sol y columpios, lleno de gente dispuesta a ayudar a subir carritos por las escaleras, a pellizcar mofletes y a presentar sus respetos con una piruleta. Que ya quisieran Angelina Jolie, Julia Roberts y Kate Winslet un país donde los niños son tan bien recibidos.

Paula Casal. Profesora investigadora del Instituto Catalán de Investigación y Estudios Avanzados, Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Catedrática de Filosofía Moral y Política, Universidad de Reading, Reino Unido.

© Mètode 71, Otoño 2011.

 

Casal, Paula, 2011. «Embarazos por encargo. La polémica de los vientres de alquiler». Mètode, 71: 30-35. Disponible en: http://www.metode.cat/es/revistas/articulo/embarassos-per-encarrec.

Pollos polinésicos en Chile

Publicado por el 29 jun, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

En la América precolombina había pollos polinésicos que indican contacto de ambas civilizaciones

Pollos polinésicos en ChileLos viajes de los polinesios siempre me han maravillado. Sus conocimientos de astronomía, oleaje, comportamiento de peces y pájaros y de cómo se forman las nubes para logar navegar de una isla a otra es uno de los grandes ejemplos del ingenio humano. La Isla de Pascua se considera la más al este de la polinesia. Si miramos en un mapa la encontraremos enfrente de Valparaíso (Chile), pero a 3 700 km.

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