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Hoy tampoco amaneció

Publicado por el 8 ago, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

por Arcadi Espada en elmundo.es

 hombre que muerde al perroMe obsesiona un asunto. Acabar con el periodismo del hombre que muerde al perro. O con su extensión más o menos respetable del good news no news. Creo que entre las razones del misterio de Julien Simon («la vida irá cada vez mejor pero los hombres seguirán diciendo que va a peor») figura el periodismo. Hace tiempo escribí que el subtexto invisible de cualquier diario era la normalidad de las gestiones: hoy amaneció. Y que era lógico que el periodismo se basara en las variaciones de ese subtexto. Sin embargo, ya no estoy tan seguro de que el subtexto informativo sea ese, sino más bien su contrario. Hoy tampoco amaneció. Puede que haya una percepción circunstancial del fenómeno debida a la crisis; pero no estoy seguro. Creo que el periodismo ha acabado instalando una traducción abusiva, una inercia de la negatividad contra el que debería ser el primero en reaccionar. Los extremeños se tocan y la noticia de hoy es que el perro muerde al hombre. La proliferación de estupideces llamativas propiciada por la digitalización de la vida en forma y fondo: móviles, twitters, blogs ha acabado convirtiendo la vulgar mordida no sólo en lo interesante, sino también en lo importante.

Mientras el periodismo se lo piensa, algunos intelectuales reaccionan. Ya he hablado muchas veces del libro de Matt Ridley. Mañana hablaré de David Eagleman y el futuro de la responsabilidad y del castigo penal. En otoño llega lo nuevo de Pinker sobre la violencia. Con este párrafo deslumbrante por veraz:

«La crueldad como entretenimiento, el sacrificio humano para satisfacer a la superstición, el esclavismo como medio de ahorrar trabajo, la conquista como misión de gobierno, el genocidio como modo de adquirir estados, la tortura y la mutilación como castigo rutinario, la pena capital para delitos menores y discrepancias de opinión, el asesinato como mecanismo de sucesión política, la violación durante las guerras, los progromos a consecuencia de la frustración, el homicidio como el mejor modo de resolución de conflictos; todos ellos son rasgos de la vida poco excepcionales en la mayor parte de la historia humana. Pero hoy resultan raros o inexistentes en Occidente, mucho menos comunes en otras partes, y se lamentan cuando tienen lugar y se condenan cuando salen a la luz.»

El texto debe cambiar.

El cerebro a juicio

Publicado por el 6 ago, 2011 en Tercera Cultura | 11 comentarios

David Eagleman, The Atlantic, julio/agosto 2011

(Traducción: Verónica Puertollano)

El cerebro a juicioEl húmedo 1 de agosto de 1966, Charles Whitman tomó un ascensor al último piso de la torre de la Universidad de Texas en Austin. Tenía 25 años. Subió las escaleras hasta el mirador, cargando un baúl repleto de armas y munición. Arriba, mató a una recepcionista con la culata de su rifle. Aparecieron dos familias de turistas por el hueco de la escalera; les disparó a quemarropa. Después empezó a disparar indiscriminadamente desde arriba a las personas que estaban abajo. La primera mujer a la que disparó estaba embarazada. Cuando su novio se arrodilló para auxiliarla, Whitman le disparó también. Disparó a los peatones de la calle y a un conductor de ambulancia que había venido a rescatarlos.

La noche anterior, Whitman se había sentado a su máquina de escribir y redactado una nota de suicidio:

«No me entiendo a mí mismo estos días. Se supone que soy un joven medianamente razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no logro recordar cuándo empezó) he sido víctima de muchos pensamientos extraños e irracionales.»

Para cuando la policía lo mató a tiros, Whitman había matado a 13 personas y herido a otras 32. La noticia de esta masacre copó los titulares del día siguiente. Y cuando la policía fue a su casa a investigar las pistas, la historia se volvió aún más extraña: en las primeras horas de la mañana del día del tiroteo, había asesinado a su madre y apuñalado a su mujer hasta la muerte mientras dormía.

«Fue después de pensarlo mucho que decidí matar a mi mujer, Kathy, esta noche… La quiero mucho y ha sido la buena mujer que cualquier hombre pudiera desear. No puedo señalar ninguna razón específica para hacer esto…»

Junto a la conmoción de los asesinatos se hallaba otra sorpresa, aún más oculta: la yuxtaposición de sus aberrantes actos con su anodina vida personal. Whitman era Scout Águila y ex marine, estudió ingeniería arquitectónica en la Universidad de Texas; trabajó brevemente como cajero de un banco y fue monitor voluntario en la V Tropa de los Boy Scouts de Austin. De niño, había obtenido 138 puntos en la escala de Stanford-Binet, situándose en el percentil 99. De modo que, tras su masacre desde la torre de la Universidad de Texas, todo el mundo quería respuestas.

En ese sentido, también las quería Whitman. En su nota de suicidio pedía que se le realizara una autopsia para determinar si había cambiado algo en su cerebro, porque lo sospechaba.

«Hablé una vez con un doctor durante dos horas y traté de trasladarle mis temores de sentirme [superado por] insoportables impulsos violentos. Después de la primera sesión nunca volví a ver al doctor, y desde entonces he estado luchando contra mi perturbación mental por mi cuenta, y parece ser que en vano.»

El cuerpo de Whitman fue trasladado al depósito, pasaron su cráneo bajo la sierra y el examinador médico extrajo el cerebro de su cavidad. Descubrió que el cerebro de Whitman albergaba un tumor del diámetro de una moneda de cinco centavos. Este tumor, llamado glioblastoma, se había extendido desde la parta baja de una estructura llamada tálamo, afectando al hipotálamo y comprimiendo una tercera región llamada amígdala. La amígdala está implicada en la regulación emocional, especialmente el miedo y la agresividad. A finales de 1800, los investigadores descubrieron que el daño de la amígdala podía producir perturbaciones emocionales y sociales. En los años 30, los investigadores Heinrich Klüver y Paul Bucy demostraron que el daño de la amígdala en los monos producía una serie de síntomas, incluyendo la ausencia de miedo, la atrofia emocional y la reacción desmesurada. Las monas hembras con daños en la amigdala tendían al abandono o al abuso físico de sus crías. En los humanos, la actividad en la amígdala aumenta cuando se les enseñan caras amenazantes, cuando son puestos en situaciones aterradoras o experimentan fobias sociales. La intuición de Whitman sobre sí mismo —que algo en su cerebro estaba modificando su comportamiento— daba en el clavo.

Las historias como la de Whitman no son poco comunes: afloran cada vez más las causas legales relacionadas con daños cerebrales. A medida que desarrollamos tecnologías mejores para explorar el cerebro, detectamos más problemas, y los vinculamos más fácilmente con la conducta aberrante. Véase el caso, en 2000, de un hombre de 40 años que llamaremos Álex, cuyas preferencias sexuales empezaron a transformarse de repente. Desarrolló un interés por la pornografía infantil, y no un mero interés, sino que era un interés irrefrenable. Se pasaba el tiempo en las webs y revistas de pornografía infantil. También solicitó una prostituta en una casa de masajes, algo que jamás había hecho antes. Dijo después que habría querido parar, pero que «el principio del placer» anulaba su contención. Trató de esconder sus actos, pero las sutiles insinuaciones sexuales hacia su hijastra prepúber alarmaron a su esposa, que pronto descubrió su colección de pornografía infantil. Le echaron de su casa, le hallaron culpable de abuso infantil y sentenciado a rehabilitación en vez de a prisión. En el programa de rehabilitación, se insinuó de manera impropia al personal y a otros clientes, y fue expulsado y enviado a prisión.

A la vez, Alex se quejaba de unos dolores de cabeza que iban a peor. La noche antes de que se le fuera a informar de su sentencia de cárcel, ya no podía aguantar más el dolor y se fue a la sala de emergencias. Se sometió a un escáner cerebral, que reveló un tumor masivo en el córtex orbitofrontal. Los cirujanos extirparon el turmor. El apetito sexual de Alex volvió a la normalidad.

Al año siguiente de su cirujía cerebral, su conducta pedofílica empezó a reaparecer. El neuroradiólogo descubrió que no se había detectado una parte del tumor en la operación y que estaba volviendo a crecer, y Alex volvió a pasar por el bisturí. Tras extirparle el resto del tumor, su conducta volvió a ser normal.

Cuando cambia tu biología, también pueden cambiar tus deseos y las decisiones que tomas. Los impulsos que das por supuestos («Soy heterosexual/homosexual», «Me atraen los niños/adultos», «Soy agresivo/no lo soy», etc.) dependen de intrincados detalles de tu maquinaria neuronal. Aunque se considera que actuar sobre tales impulsos es una libre elección, el examen más superficial de las pruebas demuestra los límites de esa hipótesis.

La repentina pedofilia de Alex demuestra que los impulsos y deseos ocultos pueden permanecer escondidos tras la maquinaria neuronal de la socialización. Cuando los lóbulos frontales están afectados, la gente se vuelve deshinibida, y pueden surgir sorprendentes conductas. La deshinibición se ve comúnmente en pacientes con demencia frontotemporal, una trágica enfermedad que produce una degeneración de los lóbulos frontales y temporales. Con la pérdida del tejido cerebral, los pacientes pierden la capacidad de controlar sus impulsos ocultos. Para frustración de sus seres queridos, estos pacientes violan las normas sociales de infinitas maneras: robar en las tiendas delante de los encargados, quitarse la ropa en público, saltarse señales de stop, ponerse a cantar en momentos inoportunos, comer restos de basura de los contenedores públicos o ser físicamente agresivos o sexualmente transgresores. Los pacientes con demencia frontotemporal suelen acabar en los juzgados, donde sus abogados, médicos e hijos mayores avergonzados deben explicar al juez que la violación no fue culpa de quien la perpetró, exactamente: ha degenerado gran parte del cerebro, y la medicina no ofrece remedios. El 57% de los pacientes con demencia frontotemporal violan las normas sociales, frente a solo el 27% de los pacientes de Alzheimer.

Los cambios en el equilibrio químico cerebral, incluso los más leves, pueden provocar grandes e inesperados cambios de conducta. Las víctimas del Parkinson ofrecen un ejemplo. En 2001, los familiares y cuidadores de los pacientes de Parkinson comenzaron a notar algo raro. Cuando se les daba a los pacientes un medicamento llamado pramipexol, algunos se convirtieron en jugadores de azar. Y no jugadores ocasionales, sino jugadores patológicos. Estas eran personas que nunca habían jugado, y que ahora volaban a Las Vegas. Un hombre de 68 años tuvo pérdidas de más de 200.000 dólares en seis meses en una serie de casinos. Algunos pacientes se vieron consumidos por el poker en internet, acumulando impagables facturas de tarjetas de crédito. Para algunos, la nueva adicción sobrepasó los juegos de azar, y llegaron a las comidas compulsivas, el consumo excesivo de alcohol y la hipersexualidad.

¿Qué estaba ocurriendo? El Parkinson supone la pérdida de las células cerebrales que producen un neurotransmisor llamado dopamina. El pramipexol actúa suplantando la dopamina. Pero resulta que la dopamina tiene un doble cometido en el cerebro. Además de su función en los controles motores, también media en los sistemas de recompensa, guiando a una persona hacia la comida, la bebida, las relaciones y otras cosas útiles para la supervivencia. Debido a esa función de la dopamina de sopesar los costes y beneficios de las decisiones, los desequilibrios en sus niveles pueden disparar el juego, los excesos de comida y la adicción a las drogas: conductas que son resultado de un sistema de recompensas averiado. Los médicos estudian ahora estos cambios de conducta como posibles efectos secundarios de medicamentos como el pramipexol. Afortunadamente, los efectos negativos del medicamento son reversibles: los médicos bajaron la dosis y se acabó el juego compulsivo.

La lección de todas estas historias es la misma: la conducta humana no puede separarse de la biología humana. Si preferimos creer que las personas toman decisiones libres respecto a su conducta («Yo no juego, porque tengo mucha fuerza de voluntad»), los casos como el del Alex pedófilo, los frontotemporales que roban en las tiendas y los enfermos de Parkinson que juegan deberían animarnos a examinar más atentamente nuestros puntos de vista. Puede que no todo el mundo sea igual de «libre» para tomar decisiones socialmente adecuadas. ¿Modifica el descubrimiento del tumor cerebral de Charles Whitman sus sentimientos sobre los asesinatos sin sentido que cometió? ¿Afecta a la sentencia que consideraría apropiada para él, de haber sobrevivido aquel día? ¿Cambia el tumor el grado hasta el cual considera que «tiene la culpa» de sus asesinatos? ¿No podría tener usted tan fácilmente la suficiente mala suerte de desarrollar un tumor y perder el control de su comportamiento?

Por otro lado, ¿no sería peligroso sacar la conclusión de que las personas con un tumor están libres de culpa, y que se les debería dejar indemnes por sus crímenes?

A medida que mejora nuestra comprensión del cerebro humano, los juristas se ven cada vez más desafiados con este tipo de preguntas.  Cuando un criminal, hoy, se pone ante el estrado del juez, el sistema legal quiere saber si él es culpable. ¿Fue su culpa, o culpa de su biología? Yo sostengo que es la pregunta equivocada. Las elecciones que hacemos están inseparablemente unidas a nuestros circuitos neuronales, y por tanto no tenemos ningún modo significativo de separar ambas cosas. Cuanto más aprendemos, más complejo se vuelve el aparentemente sencillo concepto de culpabilidad, y más se debilitan los fundamentos de nuestro sistema legal.

Si parece que me dirijo hacia una dirección incómoda —dejar a los criminales indemnes— por favor, siga leyendo, porque voy a demostrar la lógica de un nuevo argumento, por partes.

El resultado es que podemos construir un sistema legal informado más profundamente por la ciencia, donde seguiremos sacando a los criminales de las calles pero adaptando las sentencias, impulsaremos nuevas oportunidades para la rehabilitación, y estructuraremos mejores incentivos para la buena conducta. Los descubrimientos de la neurociencia indican un nuevo camino hacia delante para la ley y el orden —uno que conducirá a un sistema más rentable, humano y flexible del que tenemos hoy—. Con la ciencia del cerebro moderna claramente establecida, es difícil justificar que nuestro sistema legal pueda seguir funcionando sin tener en cuenta lo que hemos aprendido.

A muchos de nosotros nos gusta creer que todos los adultos poseen la misma capacidad de tomar decisiones justas. Es una idea benévola, pero demostrablemente errónea. Los cerebros de las personas son sumamente diferentes. Quien tendrás la posibilidad de ser empieza incluso en la concepción. Si crees que los genes no afectan a cómo se comporta la gente, considérese este dato: si usted es portador de un determinado conjunto de genes, la probabilidad de que cometa un crimen es cuatro veces superior a la que tendría de carecer de estos genes. Es tres veces más probable que cometa robo, cinco veces más que cometa delitos de agresión, ocho veces más de ser detenido por asesinato, y trece veces más de ser arrestado por ataque sexual. La abrumadora mayoría de los presos portan estos genes; el 98.1% de los internos condenados a muerte también. Estas estadísticas indican por sí mismas que no podemos presumir que cualquiera viene igualmente equipado en términos de impulsos y conductas.

Y esto proporciona una lección mayor de biología: nosotros no somos los que manejamos el barco de nuestra conducta, al menos, mucho menos de lo que nos pensamos. Quiénes somos se ejecuta muy por debajo de la superficie de nuestro acceso consciente, y los datos se remontan a antes de nuestro nacimiento, cuando la unión de un espermatozoide y un óvulo nos garantizan ciertos atributos en vez de otros. Quiénes podemos ser empieza en nuestros planes moleculares —una serie de extraños códigos escritos en cadenas invisibles de ácidos—  mucho antes de que tengamos nada que ver con ello. Cada uno de nosotros es, en parte, un producto de nuestra historia inaccesible, microscópica. Por cierto, en lo que respecta a ese peligroso conjunto de genes, es probable que haya oído hablar de ellos. Se resumen como el cromosoma Y. Si es usted portador, le llamaremos varón.

Los genes son parte de la historia, pero no son toda la historia. Estamos igualmente influenciados por el entorno en el que crecemos. El abuso de sustancias por parte de la madre durante el embarazo, el estrés maternal y el bajo peso al nacer pueden influir en cómo ese bebé se convierte en adulto. Mientras un niño crece, el abandono, el maltrato físico, y los traumatismos craneales pueden impedir el desarrollo mental, igual que el entorno físico. (Por ejemplo, el gran movimiento de la salud pública para eliminar la pintura a base de plomo surgió de saber que la ingesta de plomo podía causar daños cerebrales, haciendo a los niños menos inteligentes y, en algunos casos, más impulsivos y agresivos). Y cada experiencia a lo largo de nuestras vidas puede modificar la expresión genética —activando ciertos genes o desconectando otros— que a su vez puede dar lugar a nuevas conductas. De este modo, los genes y los entornos se entrecruzan.

Cuando se habla de nature y nurture, lo importante es que no escojamos ninguna. Todos estamos construidos a partir de un patrón genético, y luego nacemos en un mundo de circunstancias que no podemos controlar en nuestros años principales de formación. Las complejas interacciones de los genes y el entorno significan que todos los ciudadanos —iguales ante la ley— tienen perspectivas distintas, personalidades distintas, y distinta capacidad para tomar decisiones. Los patrones únicos de neurobiología en el interior de cada una de nuestras cabezas no pueden calificarse de elecciones: son las cartas que nos ha tocado jugar.

Como no elegimos los factores que afectaron a la formación y la estructura de nuestro cerebro, a los conceptos de libre albedrío y responsabilidad personal les empiezan a brotar signos de interrogación. ¿Tiene sentido decir que Alex tomó malas decisiones, aunque no tuviera la culpa de su tumor cerebral? ¿Es justificable decir que los pacientes con demencia frontotemporal o de Parkinson deberían ser castigados por su mala conducta? Es problemático ponerse en la piel de otra persona que infringe la la ley, y concluir: «Bien, yo no lo habría hecho», porque si usted no se ha visto expuesto a la cocaína en el útero, envenenado con plomo y maltratado físicamente, y él sí, entonces él y usted no son directamente comparables. No puede dar ni un paso en su pellejo.

El sistema legal se basa en la hipótesis de que somos «razonadores prácticos», un término técnico que presume, en el fondo, la existencia del libre albedrío. La idea es que hacemos uso de la deliberación consciente cuando decidimos cómo actuar, es decir, que en la ausencia de coacción externa, tomamos decisiones libremente. Este concepto del razonador práctico es intuitivo, pero problemático.

La existencia del libre albedrío en la conducta humana es sujeto de un antiguo debate. Los argumentos a favor del libre albedrío se basan típicamente en la experiencia subjetiva directa («Siento que he tomado la decisión de levantar el dedo justo ahora»). Pero evaluar el libre albedrío requiere de ciertos matices más allá de nuestras intuiciones inmediatas. La decisión de moverse, o hablar. Parece como si el libre albedrío te llevara a sacar la lengua, o arrugar la cara, o decir el nombre de alguien. Pero el libre albedrío no necesita desempeñar ningún papel en estos actos. Las personas con síndrome de Tourette, por ejemplo, sufren movimientos y vocalizaciones involuntarias. Alguien con un caso típico de Tourette podría sacar la lengua, arrugar la cara o decir el nombre de alguien; todo eso sin haberlo elegido.

Aprendemos inmediatamente dos lecciones del paciente con Tourette. Primero, que las acciones pueden producirse en la ausencia de libre albedrío. Segundo, que el paciente con Tourette no tiene libre negativa. No puede usar el libre albedrío para anular o controlar lo que las partes subconscientes de su cerebro han decidido hacer. Lo que la ausencia de libre albedrío y la ausencia de libre negativa tienen en común es que no son «libres». El síndrome de Tourette plantea un caso en el que la maquinaria neuronal subyacente hace lo suyo, y todos estamos de acuerdo en que la persona no es responsable.

Este mismo fenómeno se da en personas con una enfermedad conocida como corea, por la cual los acciones de las manos, los brazos, las piernas y la cara son involuntarias, a pesar de parecer ciertamente voluntarias: pregúntele a una paciente así por qué mueve los dedos arriba y abajo, y ella explicará que no tiene control sobre su mano. No puede no hacerlo. De modo similar, algunos pacientes con el cerebro dividido (que tienen los dos hemisferios cerebrales quirúrgicamente desconectados) desarrollan el síndrome de la mano ajena: mientras una mano abrocha la camisa, la otra hace por desabrocharla. Cuando una mano alcanza un lápiz, la otra lo aparta. No importa lo mucho que lo intente el paciente, no puede hacer que su mano ajena no haga lo que está haciendo. Los movimientos no son «suyos» por lo que no puede iniciarlos o detenerlos libremente.

Las acciones inconscientes no se limitan a los gritos involuntarios o las manos díscolas: pueden ser soprendentemente sofisticadas. El caso de Kenneth Parks, un canadiense de 23 años con esposa e hija de 5 meses, con una estrecha relación con sus suegros (su suegra lo describió como un «gigante amable»). Atravesando dificultades económicas, problemas maritales y una adicción al juego, hizo planes para ir a ver a sus suegros para hablarles de sus problemas.

En la madrugada del 23 de mayo de 1987, Kenneth se levantó del sofá en el que se había quedado dormido, pero no se despertó. Sonámbulo, se montó en su coche y condujo los 23 kilómetros que distan de la casa de sus suegros. Entró en la casa y mató a su suegra a puñaladas y atacó a su suegro, que sobrevivió. Después, se dirigió él mismo a la comisaría. Una vez allí, dijo: «Creo que he matado a algunas personas… mis manos», dándose cuenta por primera vez de que sus manos tenían graves cortes. A lo largo del año siguiente, el testimonio de Kenneth fue notablemente coherente, incluso ante los intentos de engañarle: no recordaba nada del incidente. Es más, mientras que todas las partes estaban de acuerdo en que Kenneth había cometido indudablemente el crimen, también estaban de acuerdo en que no tenía móvil. Su abogado alegó que este era un caso de lo que se conoce como sonambulismo homicida.

Aunque los críticos gritaran «¡Impostor!», el sonambulismo es un fenómeno verificable. El 25 de mayo de 1988, tras un largo estudio de los registros eléctricos del cerebro de Kenneth, el jurado concluyó que sus actos habían sido efectivamente involuntarios, y lo declararon no culpable.

Como los enfermos de Tourette, los pacientes con el cerebro dividido y aquellos con movimientos coreicos, el caso de Kenneth ilustra cómo  pueden tener lugar conductas de alto nivel en ausencia de libre albedrío. Igual que los latidos del corazón, la respiración, el parpadeo y tragar, también la maquinaria mental puede funcionar con piloto automático. El quid de la cuestión es si todos tus actos se producen fundamentalmente con piloto automático o si alguna pequeña parte de ti es «libre» para elegir, independientemente de los dictados biológicos.

Este ha sido siempre el escollo para los filósofos y científicos. Al cabo, no existe ningún punto en el cerebro que no esté densamente interconectado con —y accionado por— otras partes del cerebro. Y eso sugiere que ninguna parte es independiente ni por lo tanto «libre». En la ciencia moderna, es difícil encontrar el hueco por el que pasar el libre albedrío —el creador primario— porque parece no haber parte de la maquinaria que no siga una relación causal de las otras partes.

El libre albedrío podría existir (podría estar simplemente más allá de nuestra ciencia actual), pero una cosa parece clara: si existe el libre albedrío, tiene poco sitio para operar. En el mejor de los casos, podría ser un pequeño factor funcionando por encima de las inmensas redes neuronales moldeadas por los genes y el entorno. De hecho, el libre albedrío podría resultar siendo tan pequeño que acabaremos pensando sobre las malas decisiones de la misma forma en que pensamos sobre cualquier proceso físico, como la diabetes o las enfermedades pulmonares.

El estudio del cerebro y la conducta está en medio de un cambio conceptual. Históricamente, los médicos y los abogados han estado de acuerdo sobre la distinción intuitiva entre trastornos neurológicos («problemas cerebrales») y trastornos psiquiátricos («problemas mentales»). Hace tan solo un siglo, era común hacer que los pacientes de psiquiatría «se fortalecieran» mediante la privación, las plegarias o la tortura. No es de extrañar que este enfoque resultase médicamente infructuoso. Al cabo, aunque los trastornos psiquiátricos tienden a ser el producto de patologías cerebrales más sutiles, estos, también, están basados en los datos biológicos del cerebro.

¿Cómo se explica el cambio de la culpa a la biología? Tal vez el principal motor es la efectividad de los tratamientos farmacológicos. Ninguna cantidad de amenazas puede ahuyentar la depresión, pero una pequeña píldora llamada fluoxetina puede resolver el problema. Los síntomas esquizofrénicos no puede resolverlos el exorcismo, pero pueden ser controlados con risperodina. La manía no responde a las palabras o al ostracismo, pero sí al litio. Estos éxitos, muchos de ellos introducidos en los últimos 60 años, han puesto de relieve la idea de que llamar a algunos trastornos «problemas cerebrales», mientras se consignan otros al inefable ámbito de la «psique», no tiene ningún sentido. En vez de eso, hemos empezado a tratar los problemas mentales de la misma manera que tratamos una pierna rota. El neurocientífico Robert Sapolsky nos invita a contemplar este cambio conceptual con una serie de preguntas:

«¿Se trata de una persona querida, sumida en una depresión tan aguda que no puede funcionar, un caso de enfermedad cuya base bioquímica es tan «real» como la bioquímica de, pongamos, la diabetes, o simplemente está siendo autoindulgente? ¿Se trata de un niño rindiendo mal en la escuela porque está desmotivado o es lento, o porque hay una incapacidad para aprender con base neurológica? ¿Se trata de un amigo al filo de un grave problema con el abuso de drogas, mostrando una simple falta de disciplina, o tiene problemas con la neuroquímica de la recompensa?».

Los actos no pueden ser entendidos separadamente de la biología de los actores, y su reconocimiento tiene implicaciones legales. Tom Bingham, ex Presidente de la Corte Suprema de Justicia, lo dijo así una vez:

«En el pasado, la ley ha tendido a basar su enfoque… en una serie de hipótesis de trabajo bastante rudimentarias: los adultos con una  capacidad mental competente son libres de elegir si actuarán de una u otra forma; se presume que actúan racionalmente, y en lo que ellos conciben como sus mejores intereses. Se les atribuye tal previsión de las consecuencias de sus actos como cabría esperar comúnmente de las personas razonables en su posición. Generalmente se les supone que lo que dicen tiene un sentido.

Al margen de los méritos o deméritos de hipótesis de trabajo como estas en el rango común de casos, es evidente que no proveen una guía uniformemente adecuada para la conducta humana».

A medida que vamos descubriendo sobre los circuitos neuronales, nos alejamos de las acusaciones de autoindulgencia, de falta de motivación y de pobre rendimiento hacia los datos de la biología. El paso de la culpa a la ciencia refleja nuestra comprensión moderna de que nuestras percepciones y conductas son dirigidas por programas neuronales profundamente insertos.

Imaginemos un espectro de cupabilidad. En un extremo, encontraríamos a personas como Alex el pedófilo, o a un paciente con demencia frontotemporal que se exhibe en público. A ojos del juez y del jurado, estas son personas que han sufrido daños cerebrales en manos del destino y que no eligieron su circunstancia neuronal. En el otro extremo del espectro —el lado culpable de la raya de la «culpa»— encontramos al delincuente común, cuyo cerebro está poco estudiado, y sobre el cual poco podría decir de todos modos nuestra tecnología actual. La abrumadora mayoría de los delincuentes están en este lado de la raya, porque no tienen ningún problema biológico obvio, medible. Simplemente se les considera actores que eligen libremente.

Dicho espectro refleja la intuición común que los jurados tienen respecto a la culpabilidad. Pero existe un profundo problema con esta intuición. La tecnología seguirá desarrollándose, y a medida que midamos mejor los problemas en cerebro, la raya de la culpa entrará en el territorio de las personas que actualmente tenemos por plenamente responsables de sus crímenes. Los problemas que ahora son opacos se abrirán al estudio mediante nuevas técnicas, y tal vez algún día descubramos que muchos tipos de mala conducta tienen una explicación biológica básica, como ha sucedido con la esquizofrenia, la epilepsia, la depresión y la manía.

Hoy, la neuroimagen es una tecnología muy rudimentaria, incapaz de explicar los detalles de la conducta individual. Podemos detectar únicamente problemas a gran escala, pero en las próximas décadas, seremos capaces de detectar patrones a niveles inimaginablemente pequeños de la microcircuitería relacionada con los problemas de la conducta. La neurociencia será más capaz de decir por qué las personas están predispuestas a actuar del modo en que lo hacen.

A medida que vayamos siendo más hábiles especificando los resultados de la conducta a partir de los datos microscópicos del cerebro, más abogados defensores apuntarán a los atenuantes biológicos de la culpa, y más jurados pondrán a los acusados en el lado de la raya de la no culpabilidad.

Esto nos pone en una extraña situación. Después de todo, un sistema legal justo no puede definir la culpabilidad simplemente por las limitaciones de nuestra tecnología actual. Los testimonios periciales médicos, por lo general, solo reflejan si tenemos siquiera nombres y medidas para un problema, no si existe un problema. Un sistema legal que declara a una persona culpable al principio de una década y no culpable al final, es un sistema en el que la culpabilidad no comporta un significado claro.

El quid del problema es que ya no tiene sentido preguntar: «¿Hasta qué punto fue su biología, y hasta qué punto fue él?», porque ahora sabemos que no existe ninguna distinción significativa entre la biología de una persona y su toma de decisiones. Son inseparables.

Mientras nuesto tipo actual de castigo se apoya en la base de la voluntad personal y la culpa, nuestra comprensión moderna del cerebro sugiere un enfoque distinto. La culpabilidad debería ser suprimida del argot judicial. Es un concepto retrógrado que requiere la tarea imposible de desentrañar la red desesperadamente compleja de genética y entorno que construye la trayectoria de una vida humana.

En vez de discutir la culpabilidad, deberíamos centrarnos en qué hacer,  avanzando, con un acusado de delincuencia. Yo sostengo que el sistema legaltiene que mirar hacia el futuro, fundamentalmente porque ya no puede esperar a hacer otra cosa. Dado que la ciencia complica la cuestión de la culpabilidad, nuestro sistema legal y nuestra política social tendrán que girar hacia un conjunto distinto de preguntas: ¿Cómo es probable que se comporte una persona en el futuro? ¿Tienden los actos criminales a repetirse? ¿Puede ser esta persona ayudada para la conducta prosocial? ¿Cómo pueden estructurarse los incentivos de manera realista para disuadir el crimen?

El cambio importante se producirá en la manera de responder al inmenso rango de actos delictivos. La explicación biológica no exculpará a los criminales, seguiremos sacando de las calles a los delincuentes que resulten demasiado agresivos, con déficit de empatía y que controlen mal sus impulsos. Consideremos, por ejemplo, que la mayoría de los asesinos en serie conocidos sufrieron abusos de pequeños. ¿Les hace esto menos culpables? ¿A quién le importa? Es la pregunta equivocada. Saber que sufrieron abusos nos anima a apoyar los programas sociales para prevenir el abuso infantil, pero no cambia en nada la forma en que afrontamos con el asesino en serie particular que está ante el estrado. Necesitamos seguir manteniéndolos fuera de las calles, al margen de sus desgracias pasadas. El abuso infantil no puede servir de excusa para dejarles marchar; el juez debe mantener la seguridad de la sociedad.

Aquellos que vulneran contratos sociales deben ser confinados, pero en este marco de trabajo, el futuro es más importante que el pasado. Un estudio biológico en profundidad de la conducta fomentará una mejor comprensión de la reincidencia —y esto ofrece la base para una sentencia apoyada empíricamente. Algunas personas tendrán que estar fuera de las calles durante más tiempo (incluso toda la vida), porque su probabilidad de reincidir es alta. Otros, a causa de las diferencias en la constitución neuronal, tienen menos probabilidades de reincidir, y por tanto pueden ser liberados antes.

La ley ya mira hacia delante en algunos aspectos: por ejemplo la indulgencia concedida a un crimen pasional frente a un asesinato premeditado. Es menos probable que reincidan quienes cometen el primero que quienes cometen el segundo, y sus sentencias lo reflejan de manera sensata. Asimismo, la ley americana traza una línea inequívoca entre los actos criminales cometidos por menores y los actos cometidos por adultos, castigando más severamente a los últimos. Este enfoque puede ser duro, pero la intuición que hay detrás es sensata: los adolescentes tienen menos habilidad para la toma de decisiones y el control de los impulsos que los adultos. El cerebro de un adolescente no es como el cerebro de un adulto. Las sentencias más leves son adecuadas para aquellos cuyos impulsos es probable que mejoren de forma natural cuando la adolescencia da paso a la edad adulta.

Aplicar un enfoque más científico a las sentencias, caso por caso, podría llevarnos más allá de estos ejemplos limitados. Por ejemplo, se están produciendo cambios importantes en las sentencias de los agresores sexuales. Antes, los investigadores les preguntaban a los psiquiatras y los miembros de las juntas de libertad condicional qué probabilidad tenían específicamente los agresores sexuales de recaer cuando salieran de prisión. Ambos grupos experimentaron con agresores, así que predecir quién estaba bien y quién iba a volver parecía sencillo. Pero, sorprendentemente, las estimaciones expertas apenas guardaban relación con los resultados reales. Los psiquiatras y los miembros de la junta de libertad provisional tuvieron una precisión predictiva solo ligeramente superior a la del que lanza una moneda al aire. Esto dejó atónita a la comunidad jurídica.

De modo que los investigadores probaron un enfoque más actuarial. Decidieron registrar decenas de características de unos 23.000 delincuentes sexuales en libertad: si el agresor había tenido inestabilidad de empleo, si había sufrido abuso sexual de niño, si era adicto a las drogas, si mostraba remordimientos, si tenía intereses sexuales anormales, etc. Los investigadores siguieron después a los delincuentes durante una media de cinco años tras su excarcelación para ver quién terminaba otra vez en la cárcel. Al final del estudio, calcularon qué factores explicaban mejor las tasas de reincidencia, y a partir de estos datos y otros posteriores fueron capaces de construir tablas actuariales que pudieran utilizarse en las sentencias.

¿Qué factores eran importantes? Pongamos el escaso remordimiento, la negación del delito y el abuso infantil. Cabría figurarse que estos factores se corresponderían con la reincidencia de los agresores sexuales. Pero sería un error: estos factores no tienen poder predictivo. ¿Y el trastorno antisocial de la personalidad y no lograr completar el tratamiento? Esto ofrece un cierto poder más predictivo. Pero entre los predictores más decisivos de reincidencia están los delitos sexuales previos y el interés sexual por los niños. Cuando comparas el poder predictivo del enfoque actuarial con el de las juntas de la provisional y los psiquiatras, no hay duda: los números derrotan a la intuición. En los juzgados de todo el país, estas pruebas actuariales se usan ahora para presentenciar o modular la duración de las penas.

Nunca sabremos con certeza qué hará alguien en el momento de salir de la cárcel, porque la vida real es complicada. Pero en los números se esconde un mayor poder predictivo del que la gente suele generalmente esperar. Las sentencias basadas en la estadística son imperfectas, sin embargo permiten que las pruebas triunfen sobre la intuición popular, y ofrece una adaptación en lugar de las categóricas guías que emplea típicamente el sistema legal. Los actuales enfoques actuariales no requieren una comprensión profunda de los genes o la química cerebral, pero a medida que introducimos más ciencia en estas medidas —por ejemplo con los estudios de neuroimagen— el poder predictivo solo podrá ir a mejor. (Para hacer blindar dicho sistema a los abusos del gobierno, los datos y ecuaciones que componen las guías de sentencia deben ser transparentes y accesibles online para quien quiera verificarlas).

Más allá de adaptar las sentencias, un sistema legal progresista informado por los estudios científicos del cerebro nos permitirá dejar de considerar la prisión como una solución válida para todo. Para hablar claro, no estoy en contra de la encarcelación, y su propósito no se limita a apartar a la gente peligrosa de las calles. La posibilidad de ir a la cárcel evita muchos delitos, y el tiempo pasado en prisión puede apartar a algunas personas de los actos criminales cuando salgan. Pero eso solo sirve para los cerebros que funcionan normalmente. El problema es que las cárceles se han convertido de facto en nuestras instituciones de atención a la salud mental, e infligir un castigo sobre los enfermos mentales suele tener poco efecto en su futura conducta. Una alentadora tendencia es el establecimiento de tribunales de salud mental por todo el país: mediante dichos tribunales, las personas con enfermedades mentales pueden recibir ayuda en vez de ser confinadas en un entorno a medida. Ciudades como Richmond (Virginia) se están moviendo en esta dirección, por razones de justicia así como de rentabilidad. El Sheriff C.T. Woody, que estima que casi el 20% de los presos de Richmond son enfermos mentales, le dijo a CBS News: «La cárcel no es un lugar para ellos. Deberían estar en un centro de salud mental». Similarmente, muchas jurisdicciones están abriendo tribunales de drogas y desarrollando sentencias alternativas. Se han dado cuenta de que las cárceles no son tan útiles para curar las adicciones como los programas específicos de rehabilitación de las drogas.

Un sistema legal progresista también transformará comprensión biológica en rehabilitación adaptada, viendo la conducta delictiva del modo en que entendemos otras enfermedades como la epilepsia, la esquizofrenia o la depresión, enfermedades que ahora permiten buscar y ofrecer ayuda. Estos y otros trastornos cerebrales se encuentran en el lado de la no culpabilidad de la raya, donde ahora son reconocidos como problemas biológicos, no demoníacos.

Muchas personas reconocen la rentabilidad a largo plazo de rehabilitar a los agresores en vez de apiñarlos en cárceles abarrotadas. El reto ha sido la falta de nuevas ideas sobre cómo rehabilitarlos. Una mejor comprensión del cerebro ofrece nuevas ideas. Por ejemplo, la falta de control es una característica de muchos presos. Estas personas pueden generalmente expresar la diferencia entre las buenas y malas acciones, y entienden las desventajas del castigo, pero están discapacitadas por la falta de control sobre sus impulsos. Ya sean fruto de la ira o la tentación, sus actos anulan la consideración razonada del futuro.

Si parece difícil empatizar con las personas que tienen problemas de autocontrol, solo hay que pensar en todas las cosas a las que sucumbes contra tu buen juicio. ¿Alcohol? ¿Pastel de chocolate? ¿Televisión? No es que no sepamos qué es lo mejor para nosotros, es que simplemente los circuitos del lóbulo frontal que representan las consideraciones a largo plazo no siempre pueden vencer sobre el deseo a corto plazo cuando tenemos la tentación delante.

Con este conocimiento de la mente, podemos modificar el sistema judicial de distintas maneras. Una, defendida por Mark A. R. Kleiman, profesor de política pública en la UCLA, es mejorar la certeza y la rapidez del castigo, por ejemplo, exigiendo a los delincuentes drogadictos que se sometan dos veces por semana a un test de drogas, con consecuencias inmediatas y automáticas si no lo superan, no basándose solo en una abstracción lejana. De forma similar, los economistas han sugerido que el descenso del crimen desde principios de los 90 se debe a, en parte, el incremento de la presencia policial en las calles: su visibilidad refuerza el apoyo a las partes del cerebro que sopesan las consecuencias a largo plazo.

Quizá estemos en la cúspide de encontrar nuevas estrategias rehabilitadoras también, permitiendo a las personas un mejor control de su conducta aun en la ausencia de autoridad externa. Para ayudar a un ciudadano a reinsertarse en la sociedad, el objetivo es cambiarlo lo menos posible mientras se guía su conducta de acuerdo a las necesidades de la sociedad. Mis colegas y yo estamos planteando un nuevo enfoque, que surge del entendimiento de que el cerebro opera como un equipo de rivales, con diferentes poblaciones neuronales que compiten por controlar el único canal de salida de la conducta. Como es una competición, el resultado puede dar un vuelco. Yo lo llamo el enfoque del «entrenamiento prefrontal».

La idea básica es que los lóbulos frontales puedan suprimir los circuitos cerebrales de corto plazo. Con este fin, mis colegas Stephen LaConte y Pearl Chiu han comenzado a dar feedback, en tiempo real, a personas a las que se les escanean sus cerebros. Imagine que usted quiere dejar de fumar. En este experimento, usted ve imágenes de cigarrillos mientras los doctores observan qué regiones están involucradas en su deseo. Luego le muestran la actividad de esas redes, representadas por una barra vertical en una pantalla de ordenador, mientras usted ve más imágenes de cigarrillos. La barra actúa como un termómetro de su deseo: si su deseo es alto, la barra es alta; si usted está suprimiendo el deseo, la barra es baja. Su tarea es hacer que baje. Quizás intuye qué hacer para resistir el deseo; quizás el mecanismo es inaccesible. En todo caso, usted recorrerá distintos caminos mentales hasta que la barra comience a bajar lentamente. Cuando baja del todo, significa que ha reclutado al lóbulo frontal para apagar la actividad en las redes involucradas en el deseo impulsivo. La meta es que el largo plazo triunfe sobre el corto. Sigue viendo cigarrillos, y usted logra que la barra baje una y otra vez, hasta que ha fortalecido los circuitos frontales. Con este método, usted es capaz de visualizar la actividad en partes de su cerebro que necesitan modulación, y puede ser testigo de los efectos de los diferentes enfoques mentales que podría adoptar.

Si esto suena a biofeedback de los 70, lo es, pero con una sofisticación mucho mayor, que permite monitorear redes específicas del interior de la cabeza, en lugar de colocar un electrodo en la piel. Esta investigación acaba de comenzar, de modo que su eficacia aún no se conoce, pero si funciona implicará un gran cambio. Podremos llevarla a la población penal, especialmente a quienes serán próximamente liberados, para evitar que vuelvan a atravesar las puertas giratorias de la prisión.

Este entrenamiento prefrontal está diseñado para equilibrar mejor la discusión entre las partes de largo y corto plazo del cerebro, brindando la opción de reflexionar antes de actuar a quienes carecen de ella. No es más que madurar. La principal diferencia entre un cerebro adolescente y uno adulto es el desarrollo de los lóbulos frontales. La corteza prefrontal humana no se desarrolla completamente hasta los 20 años, y este hecho es el que está detrás del comportamiento impulsivo de los adolescentes. A los lóbulos frontales se les llama a veces el órgano de la socialización, porque socializarse implica en gran parte desarrollar los circuitos para suprimir los primeros impulsos.

Esto explica por qué el daño de los lóbulos frontales desenmascara comportamientos no socializados, que nunca habríamos pensado hallar en nuestro interior. Recuérdese a los pacientes con demencia frontotemporal que roban en tiendas, se exhiben y se ponen a cantar en momentos inapropiados. El mismo tipo de desenmascaramiento funciona en las personas que salen y se emborrachan hasta decir basta: desinhiben la función normal de los lóbulos frontales y dejan que las redes más impulsivas tomen el control. Después de entrenar en el gimnasio prefrontal, una persona puede seguir ansiando un cigarrillo, pero sabrá cómo vencer el deseo, en vez de dejarse vencer por éste. No es que no queramos disfrutar de nuestros pensamientos impulsivos (Mmm, pastel), es que queremos dotar a la corteza frontal con algo de control sobre si debemos actuar sobre ellos (¡Paso!). De modo similar, si una persona piensa en cometer un acto criminal, eso será permisible mientras no llegue a actuar.

En cuanto al pedófilo, no podemos esperar controlar que se sienta atraído por un niño. Que él no actúe nunca sobre esa atracción podría ser lo mejor que podemos esperar, especialmente como sociedad que respeta los derechos individuales y la libertad de pensamiento. La política social solo puede esperar prevenir que los pensamientos impulsivos se transformen en una conducta irreflexiva. El objetivo es dar más control a la población neuronal que cuida de las consecuencias a largo plazo, para inhibir la impulsividad y alentar a la reflexión. Si una persona piensa sobre las consecuencias a largo plazo y aún decide seguir adelante con un acto ilegal, entonces responderemos en concordancia. El entrenamiento prefrontal deja el cerebro intacto —ni medicinas ni cirugía— y usa los mecanismos naturales de la plasticidad neuronal para ayudar al cerebro a ayudarse a sí mismo. Es un ajuste, en vez de la retirada del producto.

Esperamos que este enfoque represente el modelo correcto: se basa simultáneamente en la biología y la ética libertaria, permitiendo que una persona se ayude a sí misma mejorando su toma de decisiones a largo plazo. Como cualquier intento científico, podría fallar por una serie de razones imprevistas, pero al menos hemos alcanzado un punto en el que podemos desarrollar nuevas ideas en vez de asumir que el encarcelamiento constante es la única solución práctica para disuadir del crimen.

Junto a cualquier eje que usemos para medir a los seres humanos, descubrimos una distribución de amplio rango, sea en empatía, inteligencia, control de los impulsos o agresividad. La gente no ha sido creada igual. Aunque suele pensarse que es mejor barrer esta variabilidad bajo la alfombra, es de hecho el motor de la evolución. En cada generación, la naturaleza pone a prueba tantas variedades como pueda producir, a lo largo de todas las dimensiones disponibles. La variación da lugar a sociedades exuberantemente diversas, pero es una fuente de problemas para el sistema legal, en su mayor parte construido en la premisa de que los hombres son todos iguales ante la ley. Este mito de la igualdad humana sugiere que la gente es igualmente capaz de controlar los impulsos, tomar decisiones y comprender las consecuencias. Aun admirable en espíritu, la idea de la igualdad neutral no es cierta, simplemente.

A medida que mejore la ciencia del cerebro, entenderemos mejor que la gente existe a lo largo de un continuo de posibilidades, en vez de en categorías simplistas. Y seremos más capaces de adaptar las sentencias y la rehabilitación a los individuos, en vez de persistir en la pretensión de que todos los cerebros responden de forma idéntica a los desafíos complejos y que todas las personas merecen por tanto los mismos castigos. Algunas personas se preguntan si es injusto aplicar un enfoque científico a las sentencias. Al fin y al cabo, ¿qué hay de humano en ello? ¿Pero cuál es la alternativa? Tal como está ahora, los feos recibirán sentencias más largas que los guapos, los psiquiatras no tienen capacidad para averiguar qué agresores sexuales reincidirán, y nuestros presos están apiñados con drogadictos y enfermos mentales: a ambos les ayudaría más la rehabilitación. Así que ¿son las sentencias actuales realmente superiores al enfoque científicamente informado?

La neurociencia está empezando a tocar cuestiones que antes eran del dominio exclusivo de filósofos y psicólogos; cuestiones sobre cómo la gente toma decisiones y el grado en el que dichas decisiones son verdaderamente «libres». No son cuestiones ociosas. Al final, darán forma al futuro de la teoría legal y crearán una jurisprudencia más informada por la biología.

David Eagleman es neurocientífico en el Baylor College de Medicina. Su artículo está adaptado de su nuevo libro: Incognito: las vidas secretas del cerebro.

La pacificación de los teólogos

Publicado por el 5 ago, 2011 en Tercera Cultura | 3 comentarios

autor: Eduardo Robredo Zugasti en revolucionnaturalista.com
La pacificación de los teólogosLa violencia humana está en declive durante los últimos siglos, según Steven Pinker, autor del libro más esperado de este otoño.

La crueldad como entretenimiento, el sacrificio humano para satisfacer a la superstición, el esclavismo como medio de ahorrar trabajo, la conquista como misión de un gobierno, el genocidio como modo de adquirir estados, la tortura y la mutilación como castigo rutinario, la pena capital para delitos menores y diferencias de opinión, el asesinato como mecanismo de sucesión política, la violación durante las guerras, los progromos a consecuencia de la frustración, el homicidio como mayor modo de resolución de conflictos, todos ellos son rasgos de la vida poco excepcionales en la mayor parte de la historia humana. Pero hoy resultan raros o inexistentes en occidente, mucho menos comunes en otras partes, y son lamentados cuando tienen lugar y condenados cuando salen a la luz.

Lo que quiero sugerir ahora es que este declive de la violencia física se aprecia también en los discursos, y particularmente en los discursos de los teólogos concernientes a la tolerancia religiosa. Hace unos meses comentábamos un artículo de María Tausiet sobre el “duelo de insultos” entre Calvino y Servet, recordando que la denigración de los adversarios (especialmente religiosos) era un procedimiento normal, nada excepcional en nuestra tradición o en otras, donde la impiedad ha sido vista como un problema político además de puramente filosófico.

Todavía en el siglo XVIII el autor de una concienzuda contestación a los filósofos impíos de su tiempo  (a quienes considera, no obstante “pseudofilósofos”) se pronunciaba en estos términos sobre los peligros sociales y políticos inherentes al ateísmo y el materialismo:

Nótese desde aqui la profunda malicia en que se zanjan los principios del Deismo, Materialismo y demás falsos Filósofos. Sus hypótesis, que entre ellos tienen lugar de dogmas o de princicipios, no se contentan con referirse a ciertos puntos indiferentes, que nada influyen en los negocios del Estado y de la Religión o de la Moral, ya sea que se concedan o que se nieguen: no son como estas disputas de los Escolásticos que aun quando sean inútiles, no tocan con todo eso al estado comun de los hombres, ni al de los particulares; como si el todo sea alguna cosa mas que sus partes unidas; si los elementos entran formal o virtualmente en los mixtos; y asi otras en que se exercitan los jóvenes; sino principalmente miran a las costumbres, a la independencia de las Leyes, y de los Gefes de los pueblos; a los artículos de la fe, como si el mundo puede existir, y regirse por sí sin necesidad de algún Dios, y otros iremos viendo: advirtiendo, que estas hypótesis no ser reservan para las discusiones del Aula, sino que se tratan con el pueblo, y llaman fanatismo a la moderación que les opone.

El título completo del tratado escrito por Fernando de Ceballos es La falsa filosofía o El ateísmo, deismo, materialismo y demás nuevas sectas convencidas de crimen de estado contra los soberanos y sus regalías, contra los magistrados y potestades legítimas. Se combaten sus máximas sediciosas y subversivas de toda sociedad y aun de la humanidad.

Claramente se aprecia que la tolerancia religiosa es una conquista muy reciente, al lado de los estados laicos o los derechos humanos que han logrado mitigar, sino suprimir del todo, el terrorismo tradicional contra los no creyentes. Claramente se aprecia también la diferencia entre el libelo de Ceballos y la descripción del ateísmo como un respetable “modo de vida espiritual alternativo”, según los términos del filósofo católico Charles Taylor, que llegó a recibir el premio Templeton.

Por supuesto, las persecuciones contra impíos, herejes o apóstatas siguen produciéndose en el mundo, pero a menudo son denunciadas como vestigios teocráticos incompatibles con una democracia actualizada.

Paralelamente, también el discurso de los llamados “nuevos ateos” está lejos de las invectivas anticlericales de otros tiempos, y sólo algunos ignorantes y afectados histriones, deseosos de llamar la atención, se empeñan en asociar el “nuevo ateísmo” con violencias pasadas.

Dar a algo un nombre o saber cómo funciona

Publicado por el 3 ago, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

La «imagen dramática» de Richard Feynman

Freeman Dyson, The New York Review of Books

(Traducción exprés Verónica Puertollano para elmundo.es)

Dar a algo un nombre o saber cómo funcionaEn los últimos cien años, desde que la radio y la televisión crearan la industria del entretenimiento moderna, global y de masas, ha habido dos científicos superestrellas: Albert Einstein y Stephen Hawking. Luces menores como Carl Sagan, Neil Tyson y Richard Dawkins tienen un gran público seguidor, pero no están en la misma categoría que Einstein y Hawking. Sagan, Tyson y Dawkins tienen fans que no entienden casi nada de ciencia, y que se entusiasman con sus personalidades.

En general, el público muestra buen gusto en la elección de sus ídolos. Einstein y Hawking ganaron su estatus de superestrellas no solo por sus descubrimientos científicos, también por sus extraordinarias cualidades humanas. Los dos encajan fácilmente en el rol del ícono, respondiendo a la adoración del público con modestia y buen humor y con declaraciones provocativas calculadas para dirigir la atención. Los dos dedicaron sus vidas al esfuerzo sin concesiones de penetrar en los misterios más profundos de la naturaleza, y a los dos aún les quedó tiempo para atender las preocupaciones prácticas de la gente corriente. El público les juzgó correctamente como verdaderos héroes, amigos de la humanidad y también como genios científicos.

Dos nuevos libros plantean ahora la cuestión de si Richard Feynman está alcanzando el estatus de superestrella. Los dos libros son muy diferentes en estilo y en esencia. El libro de Lawrence Krauss, Quantum Man, narra la vida de Feynman como científico, eludiendo ligeramente las aventuras personales que han sido enfatizadas en anteriores biografías. Krauss logra explicar en un lenguaje no técnico el núcleo esencial del pensamiento de Feynman. A diferencia de otros biógrafos previos, lleva al lector al interior de la cabeza de Feynman y reconstruye la imagen de la naturaleza como Feynman la veía. Este es un nuevo tipo de historia científica, y Krauss está bien preparado para ello, al ser un físico experto y un talentoso escritor de libros científicos para el público general. Quantum Man nos muestra la cara de la personalidad de Feynman menos visible para la mayoría de sus admiradores, el silencioso y persistente calculador trabajando intensivamente los días y las noches para descifrar el funcionamiento de la naturaleza.

El otro libro, del escritor Jim Ottaviani y el artista Leland Myrick, es muy distinto. Es una biografía en cómic de Feynman, que contiene 266 páginas de dibujos de Feynman y sus legendarias aventuras. En cada dibujo, los bocadillos recogen los comentarios de Feynman, en su mayoría sacados de las historias que él y otros han contado y publicado en libros anteriores. Al principio vemos a Feynman como un inquisitivo niño de 5 años, aprendiendo de su padre a cuestionar la autoridad y admitir la ignorancia. Le pregunta a su padre en el parque: «¿Por qué [la pelota] sigue moviéndose?». Su padre responde: «La razón por la que la pelota sigue rodando es porque tiene “inercia”. Eso es lo que los científicos dicen que es la razón… pero es solo un nombre. Nadie sabe realmente qué significa». Su padre era un vendedor viajante sin formación científica, pero entendía la diferencia entre dar a algo un nombre y saber cómo funciona. Encendió en su hijo una pasión de por vida por saber cómo funcionan las cosas.

Tras las escenas con su padre, los dibujos muestran a Feynman pasando gradualmente por los papeles del joven y vivaz profesor y baterista en los carnavales, el padre cariñoso y el amante esposo, el venerado profesor y el reformista educativo, hasta que acaba su vida como un sabio arrugado en la batalla perdida contra el cáncer.

Resulta muy impactante verme a mí mismo retratado en estas páginas, como un afortunado y joven estudiante que se va cuatro días con Feynman en su coche desde Cleveland hasta Alburquerque, compartiendo con él alojamientos insólitos y divirtiéndome con el flujo inacabable de su memorable conversación.

Uno de los incidentes de la vida de Feynman que muestra sus cualidades humanas fue claramente su reacción a la noticia en 1965 de que había ganado un premio Nobel. Cuando se produjo la llamada telefónica desde Estocolmo, hizo comentarios que parecían arrogantes e ingratos. Dijo que probablemente rechazaría el premio, ya que odiaba las ceremonias formales y odiaba en particular los rituales pomposos relacionados con reyes y reinas. Su padre le había dicho, cuando era un crío, «¿Qué son los reyes, al cabo? Solo tipos con trajes de fantasía». Prefería rechazar el premio que verse obligado a trajearse y a estrechar la mano del Rey de Suecia.

Pero a los pocos días, cambió de parecer y aceptó el premio. Tan pronto como llegó a Suecia, se hizo amigo de los estudiantes suecos que fueron a recibirle. En el banquete de su aceptación oficial del premio, hizo un discurso espontáneo, disculpándose por su anterior rudeza y dando las gracias a la gente sueca con un emotivo relato personal de las bendiciones que el premio le había traído.

Feynman había esperado reunirse con Sin-Itiro Tomonaga, el físico japonés que compartía el premio Nobel con él. Tomonaga había hecho de forma independiente algunos de los mismos descubrimientos que Feynman, cinco años antes, en el absoluto aislamiento del Japón en guerra. Compartía con Feynman no solo las ideas sobre física, también las experiencias de una tragedia personal. En la primavera de 1945, Feynman estuvo cuidando de su amada primera esposa, Arline, durante las últimas semanas de su vida hasta que la vio morir de tuberculosis. En la misma primavera, Tomonaga estuvo ayudando a un grupo de estudiantes a sobrevivir en las cenizas de Tokio, después de que un incendio devastara la ciudad y matara a más personas de las que mató la bomba nuclear en Hiroshima cuatro meses antes. Feynman y Tomonaga compartían tres cualidades extraordinarias: dureza emocional, integridad intelectual y un saludable sentido del humor.

Para consternación de Feynman, Tomonaga no llegó a aparecer en Estocolmo. El libro de Ottaviani y Myrick saca a Tomonaga explicando lo que pasó:

«Aunque envié una carta diciendo que estaría “encantado de asistir”, detestaba la idea de ir, pensar que el frío podía ser duro, ya que la ceremonia se iba a celebrar en diciembre, y que las inevitables formalidades serían agotadoras. Después de que se se me nombrara ganador del Premio Nobel, vino mucha gente a visitarme, con licor. Tenía barriles de licor. Un día, el hermano menor de mi padre, al que le encantaba el whiskey, pasó por aquí y empezamos a beber alegremente. Bebimos un poco más de la cuenta, y después, aprovechando la ocasión de que mi mujer había salido de compras, entré en el baño y me bañé. Ahí me resbalo y me caigo, rompiéndome seis costillas… Hubo algo de buena suerte en ese infeliz incidente.»

Después de que Tomonaga se recuperara de sus lesiones, fue invitado a Inglaterra a recibir otro alto honor que requería un encuentro formal con la realeza. Esta vez no se resbaló en la bañera. Apareció debidamente en el Palacio de Buckingham y estrechó la mano a la Reina inglesa. La Reina no sabía que él no había podido viajar a Estocolmo. Y le preguntó ingenuamente si había disfrutado de su encuentro con el Rey de Suecia. Tomonaga estaba totalmente desconcertado. No podía confesarle a la reina que se había emborrachado y que se había roto las costillas. Dijo que había disfrutado mucho de su conversación con el Rey. Comentó después que durante el resto de su vida cargaría con una doble culpa, primero por emborracharse, y segundo por mentir a la Reina de Inglaterra.

Veinte años más tarde, cuando Feynman estaba mortalmente enfermo de cáncer, sirvió en la comisión de investigación de la NASA del desastre del Challenger de 1986. Asumió su trabajo a regañadientes, sabiendo que tendría que emplear la mayor parte del tiempo y las fuerzas que le quedaban. Lo asumió porque sentía como una obligación hallar las causas que provocaron el desastre y hablar al público de manera llana sobre sus descubrimientos. Fue a Washington y descubrió lo que se esperaba en el corazón de la tragedia: una jerarquía burocrática con dos grupos de personas, los ingenieros y los gestores, que vivían en mundos separados y que no se comunicaban entre sí. Los ingenieros vivían en el mundo de los datos técnicos; los políticos vivían en el mundo de los dogmas políticos.

Le pidió a los miembros de ambos grupos que le explicaran sus estimaciones de riesgo de catástrofe en cada misión del Transbordador Espacial. Los ingenieros estimaban que el riesgo era del orden de un desastre por cada cien misiones. Los gestores estimaban que el riesgo era del orden de un desastre por cada cien mil misiones. La diferencia, un factor de mil entre las dos estimaciones, nunca fue reconciliada y nunca se discutió abiertamente. Los gestores estaban al cargo de las operaciones y tomaban las decisiones de volar o no volar, basándose en sus propias estimaciones de riesgo. Pero los datos técnicos que Feynman descubrió probaban que los gestores se habían equivocado y que los ingenieros llevaban razón.

Feynman tuvo dos ocasiones para educar al público sobre las causas del desastre. La primera concernía a los datos técnicos. Se celebró una reunión abierta de la comisión con periodistas de prensa y televisión presentes. Feynman había preparado un vaso de agua helada y una muestra de la junta tórica de caucho de un cohete propulsor de combustible sólido. Mojó la arandela de caucho en el agua helada, la sacó, y demostró el hecho de que la goma fría estaba rígida. La goma fría no podría funcionar como un sello hermético para mantener los gases calientes lejos de la estructura. Como el lanzamiento del Challenger se había producido el 28 de enero con un tiempo inusualmente frío, la pequeña demostración de Feynman apuntaba a la rigidez de las juntas tóricas como probable causa técnica del desastre.

La segunda oportunidad de educar al público concernía a la cultura de la NASA. Feynman escribó un relato de la situación cultural como él la vio, con la división fatal de la administración de la NASA en dos culturas estancas: ingenieros y gestores. El dogma político de los gestores, declarando que los riesgos son mil veces menores de lo que los datos técnicos indican, fue la causa cultural del desastre. El dogma político surgía de una larga historia de declaraciones públicas por parte de líderes políticos de que la Lanzadera era segura y fiable. Feynman acababa con la famosa sentencia: «Para una tecnología exitosa, la realidad debe tener preferencia sobre las relaciones públicas, pues no se puede engañar a la naturaleza».

Feynman intentó como pudo que se incluyera esta declaración de conclusiones en el informe oficial de la comisión. El presidente de la comisión, William Rogers, era un político profesional con larga experiencia en el gobierno. Rogers quería que el público creyera que el desastre del Challenger era un accidente sumamente improbable del que la NASA no tenía la culpa. Intentó como pudo excluir la declaración de Feynman del informe. Al final se llegó a un acuerdo. La declaración de Feynman no se incluyó en el informe pero se añadió como apéndice al final, con una nota que decía que era la declaración personal de Feynman y no la acordada por la comisión. Este acuerdo sirvió en favor de Feynman. Como él señaló por entonces, el apéndice que estaba al final obtuvo mucha más atención pública de la que habría tenido de haber formado parte del informe oficial.

La dramática exposición de Feynman de la incompetencia de la NASA y sus demostraciones con la arandela le hicieron un héroe para el público general. El suceso fue el comienzo de su ascenso al estatus de superestrella. Antes de su servicio en la comisión del Challenger, era ampliamente admirado por los entendidos como científico y como carácter original. Después, fue admirado por un público mucho más amplio, como un defensor de la honestidad y la franqueza en el gobierno. Cualquiera que luchara contra el secretismo y la corrupción en cualquier parte del gobierno podía mirar a Feynman como líder.

En la escena final del cómic, Feynman camina por el sendero de una montaña con su amigo Danny Hillis. Dice Hillis: «Estoy triste porque te vas a morir». Feynman responde: «Sí, eso también me fastidia a mí a veces. Pero no tanto como crees. Mira, cuando te haces tan viejo como yo soy, empiezas a darte cuenta de que de todas formas ya le has dicho la mayoría de todas las cosas buenas que sabes a los demás. ¡Oye! ¡Seguro que puedo mostrarte un camino de vuelta a casa mejor!». Y Hillis se queda solo en la montaña. Estas imágenes captan con notable sensibilidad la esencia del carácter de Feynman. Las imagen del cómic, de algún modo, cobra vida y habla con la voz del Feynman real.

Hace veinte años, mientras viajaba en un tren de cercanías en los suburbios de Tokio, me asombró ver que una gran parte de los pasajeros japoneses iban leyendo libros, y que una gran parte de ellos eran cómics. El género de la literatura seria en cómic se desarrolló enormemente en Japón mucho antes de que apareciera en Occidente. El libro de Ottaviani-Myrick es el mejor ejemplo de este género que yo haya visto con texto inglés. Algunos lectores usan comúnmente la palabra japonesa manga para referirse a la literatura seria en cómic. Según uno de mis amigos japoneses, este uso es incorrecto. La palabra manga significa «garabato» y se usa en Japón para referirse a las colecciones de cómic triviales. La palabra correcta para la literatura seria en comic es gekiga, que significa «imagen dramática». El libro ilustrado de Feynman es un buen ejemplo de gekiga para los lectores occidentales.

El título del libro de Krauss, El hombre cuántico, está bien elegido. El tema central del trabajo de Feynman como científico fue explorar una nueva forma de pensamiento y trabajar con la mecánica cuántica. El libro logra explicar sin ninguna jerga matemática cómo pensaba Feynman y cómo trabajaba. Esto es posible porque Feynman visualizaba el mundo en imágenes en vez de ecuaciones. Otros físicos del pasado y del presente describen las leyes de la naturaleza con ecuaciones, y después resuelven las ecuaciones para averiguar qué sucede. Feynman se saltaba las ecuaciones y anotaba las soluciones directamente, empleando sus imágenes como guía. Saltarse las ecuaciones fue su mayor contribución a la ciencia. Saltándose las ecuaciones, creó el lenguaje que habla la mayoría de los físicos modernos. Indirectamente, creó un lenguaje que la mayoría de la gente sin formación matemática podía entender. Usar el lenguaje para realizar cálculos cuantitativos requiere formación, pero la gente no formada puede usarlo para describir cualitativamente cómo se comporta la naturaleza.

La imagen del mundo de Feynman surge a partir de la idea de que el mundo tiene dos capas, una capa clásica y una capa cuántica. Clásico se refiere a las cosas que son normales. Cuántico se refiere a las cosas que son raras. Nosotros vivimos en la capa clásica. Todas las cosas que podemos ver y tocar y medir, como los ladrillos, las personas y la energía, son clásicas. Las vemos con dispositivos clásicos como los ojos y las cámaras, y las medimos con instrumentos clásicos como los termómetros y los relojes. Las imágenes que Feynman inventó para describir el mundo son imágenes clásicas de objetos moviéndose en la capa clásica. Cada imagen representa una posible historia de la capa clásica. Pero el mundo real de los átomos y las partículas no es clásico. Los átomos y las partículas aparecen en las imágenes de Feynman como objetos clásicos, pero en realidad obedecen a leyes muy diferentes. Obedecen a las leyes cuánticas que Feynman nos enseñó a describir mediante el uso de sus imágenes. El mundo de los átomos pertence a la capa cuántica, que no podemos tocar directamente.
La principal diferencia entre la capa clásica y la capa cuántica es que la capa clásica maneja factores y la capa clásica maneja probabilidades. En las situaciones en que las leyes clásicas son válidas, podemos predecir el futuro observando el pasado. En situaciones en que las leyes cuánticas son válidas, podemos observar el pasado pero no podemos predecir el futuro. En la capa cuántica, los sucesos son impredecibles. Las imágenes de Feynman solo nos permiten calcular las probabilidades de que distintos futuros alternativos puedan suceder.

La capa cuántica está relacionada con la capa clásica de dos maneras. La primera, el estado de la capa cuántica es lo que se llama «suma de historias», es decir, una combinación de todas las historias posibles de la capa clásica que anticipan ese estado. Cada historia clásica posible tiene una amplitud cuántica. La amplitud cuántica, también conocida como función de onda, es un número que define la contribución de la historia clásica a ese estado cuántico. La segunda, la amplitud cuántica se obtiene a partir de la imagen de la historia clásica siguiendo un sencillo conjunto de normas. Las normas son pictóricas, traduciendo la imagen directamente a un número. La parte difícil del cálculo es agregar a la suma de historias correctamente. El gran logro de Feynman fue demostrar que esta visión de la suma de historias del mundo cuántico reproduce los resultados conocidos de la teoría cuántica, y permite una descripción exacta de los procesos cuánticos en situaciones en las que versiones previas de la teoría cuántica se habían venido abajo.

Feynman era radical en su falta de respeto por la autoridad, pero conservador en su ciencia. Cuando era joven había esperado empezar una revolución en la ciencia, pero la naturaleza dijo no. La naturaleza le dijo que la jungla existente de ideas científicas, con el mundo clásico y el mundo cuántico descritos por leyes muy diferentes, era básicamente correcta. Intentó encontrar nuevas leyes de la naturaleza, pero el resultado de sus esfuerzos resultaron finalmente consolidar las leyes existentes en una nueva estructura. Esperaba encontrar discrepancias que demostraran que las viejas teorías eran incorrectas, pero la naturaleza persistía obstinadamente en probarlas correctas. Por muy irrespetuoso que pudiera ser hacia los viejos científicos famosos, nunca fue irrespetuoso hacia la naturaleza.

Hacia el final de la vida de Feynman, su visión conservadora de la ciencia se quedó pasada de moda. Los teóricos de moda rechazaban su imagen dualista de la naturaleza, con el mundo clásico y el mundo cuántico existiendo lado a lado. Pensaban que solo el mundo cuántico era real, y que el mundo clásico debería ser explicado como una especie de ilusión que surge de los procesos cuánticos. Discrepaban de la manera en que las leyes cuánticas debían ser interpretadas. Su problema fundamental era explicar cómo un mundo de probabilidades cuánticas puede generar las ilusiones de certidumbre clásica que experimentamos en nuestras vidas diarias. Sus distintas interpretaciones de la teoría cuántica dio lugar a especulaciones filosóficas en competencia sobre el papel del observador en la descripción de la naturaleza.

Feynman no tenía paciencia para esas especulaciones. Él decía que la naturaleza nos dice que tanto el mundo cuántico como el mundo clásico existen y que son reales. No entendemos con precisión cómo encajan entre sí. Según Feynman, el camino a la comprensión no es discutir sobre filosofía sino seguir explorando los datos de la naturaleza. En los años recientes, una nueva generación de experimentadores ha ido avanzando por el camino de Feynman con gran éxito, moviéndose hacia los nuevos mundos de la computación cuántica y la criptografía cuántica.

Krauss nos muestra un retrato de un científico que era excepcionalmente altruista. Su desdén por los honores y los premios era auténtico. Después de ser elegido como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, dimitió porque los miembros de la Academia se pasaban mucho de su tiempo discutiendo quién se merecía la admisión en las próximas elecciones de la Academia. Consideraba que la academia estaba más preocupada por el autobombo que por el servicio público. Odiaba todas las jerarquías, y no quería que ningún distintivo de estatus académico superior se interpusiera entre él y sus amigos más jóvenes. Consideraba que la ciencia era una empresa colectiva en la que educar a los jóvenes era tan importante como hacer descubrimientos personales. Dedicó los mismos esfuerzos a la enseñanza como a su pensamiento.

Nunca mostró el más ligero resentimiento cuando publiqué algunas de sus ideas antes de que lo hiciera él. Me dijo que él había evitado las discusiones sobre la prioridad en la ciencia siguiendo una simple regla: «Da siempre a los bastardos más crédito del que se merecen». He seguido esta regla por mí mismo. Y la encuentro considerablemente efectiva para evitar las riñas y hacer amigos. Compartir con generosidad el crédito es la forma más rápida de construir una comunidad científica saludable. Al final, la mayor contribución de Feynman ala ciencia no fue ningún descubrimiento en particular. Su contribución fue la creación de una nueva forma de pensar que permitió que una gran multitud de estudiantes y colegas, incluyéndome a mí, hicieran sus propios descubrimientos.

El amor es producido en el cerebro

Publicado por el 1 ago, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

El amor es producido en el cerebro Video corto sobre descubrimientos en el amor por Helen Fisher en la Universidad de New Jersey.  En su libro Por qué amamos, la antropóloga norteamericana Helen Fisher ofrece una nueva visión de este fenómeno universal basada en un novedoso estudio científico. Consiguió demostrar que, cuando uno se enamora, se «encienden» unas zonas concretas del cerebro por un aumento del flujo sanguíneo.
A partir de estos datos ha llegado a la conclusión de que la pasión romántica está, en realidad, estrechamente ligada al cerebro. No es una emoción. Es un instinto tan fuerte como el hambre. En esta fascinante obra, Fisher revela exactamente qué experimentamos cuando nos enamoramos, por qué elegimos a una persona y no a otra, y cómo el amor romántico afecta biológicamente al impulso sexual y a los sentimientos de atracción por el otro. También expone las diferencias entre el cerebro femenino y el masculino, y lo que esto implica para nuestra forma de amar.

EL CEREBRO Y LAS DOS CULTURAS

Publicado por el 30 jul, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

Publicado por Miquel en http://memoriasdesoledad.blogspot.com

EL CEREBRO Y LAS DOS CULTURASEl cerebro de los animales, como cualquier otro órgano, ha estado sometido al mecanismo de la selección natural y ha ido ganando complejidad porque favorecía la supervivencia de los organismos que disponían de él. El cerebro ayuda a gestionar mejor la vida porque extrae regularidades del entorno que permite aprovechar los recursos para mantener un estado óptimo del medio interno de los animales. Es,por tanto, un mecanismo eficaz de supervivencia para extraer el orden del mundo real por medio de ensayo y error, y con ello, optimizar las respuestas a una mayor diversidad de circunstancias medioambientales.
En el caso de los humanos, durante miles de generaciones, no solo fueron captando leyes naturales sino que además, con la aparición del lenguaje fueron capaces de transmitir esos conocimientos a los organismos de su especie, logrando así adaptaciones muy eficaces en la lucha por la vida. Estas leyes, con el tiempo se transformarían en leyes científicas.
Como muestra la poco conocida epistemología evolucionista la razón la extrae el cerebro del medio. El origen de la ciencia puede así considerarse como esos primeros experimentos intuitivos que conseguían predecir el comportamiento de los fenómenos naturales y así tener ventajas a la hora de sobrevivir y perpetuar los genes.

Pero junto a esta función del cerebro, el desarrollo del lenguaje condujo a otra capacidad. Los humanos podían utilizar la complejidad neuronal para convencer a los congéneres en beneficio del interés particular y establecerse como líderes de su grupo, obteniendo mayor poder en las relaciones sociales. De esta manera, la razón se utilizó, no para obtener la verdad sino para buscar argumentos que justifiquen sus acciones y poder atraer a los miembros del clan formando grupos sólidos; sin importar la racionalidad de las propuestas y utilizando la confusión como un elemento más. El lenguaje se convierte en un instrumento para confirmar nuestras creencias y nuestro interés. Esta teoría argumentativa de la razón ha sido propuesta recientemente por Sperber y Mercier, y podría estar en la base del arte y de las disciplinas humanísticas. Esta teoría viene excelentemente detallada en este enlace de Tercera Cultura.
La razón no sirve, en este sentido, para buscar la verdad sino para buscar partidarios que confirmen nuestras ideas y mejoren nuestra posición social. Tener una buena inteligencia social también es adaptativa y ayudó a los homínidos a transmitir sus genes en su aventura evolutiva.
Esta función argumentativa de la razón se puede observar en cualquier varón cortejando a una hembra sacando todo un arsenal de argumentos para intentar convencer a su compañera de que se encuentra ante el macho ideal para compartir sus favores sexuales. Pero se puede encontrar en muchas otras situaciones. Escuchen tertulias políticas; discusiones futbolísticas.
Todos intentan argumentar sus posiciones, confirmar sus creencias, aumentar su prestigio en el grupo, independientemente de la conquista de la verdad.

Extraer orden de la naturaleza. Argumentar y defender nuestras ideas. En estas funciones del cerebro estarían las raíces de las dos culturas. De su comprensión y su fusión emerge la Tercera.

La ideología antisecular de Anders Behring Breivik

Publicado por el 26 jul, 2011 en Tercera Cultura | 2 comentarios

autor: Eduardo Robredo Zugasti en revolucion naturalista
atentados en NoruegaLos recientes atentados en Noruega, perpetrados aparentemente por un “lobo solitario”, Anders Behring Breivik, están provocando un intenso debate acerca de la agenda ideológica detrás de los crímenes. La publicación en internet de un “Manifiesto sobre la independencia europea“, un concienzudo tratado político de 1.500 páginas escrito por el propio Breivik (con su nombre anglicanizado como “Andrew Berwick”) arroja mucha luz sobre el caso. Breivik ha resultado ser un terrorista “ilustrado” cuyo caso recuerda a otro asesino filosóficamente brillante, el estadounidense Theodore John Kaczynski, “Unabomber“.

Tal como explican en GNXP, los últimos años testimonian el auge en la percepción social de los motivos religiosos del terrorismo. Esta tendencia podría haber provocado una sobreexposición de los motivos religiosos, desorientando a los analistas y a la opinión pública sobre la verdadera agenda política detrás del terror. El mismo Breivik, más bien un nacionalista europeísta y un conservador intelectualmente lúcido, no encajaría con el estereotipo del fanático religioso. Su manifiesto es de hecho una crítica bastante exhaustiva de la ideología de la “corrección política” europea, supuestamente heredada de la escuela de Frankfurt y convertida por las élites europeas en un “marxismo cultural” dominante. El problema religioso, fundamentalmente provocado por las políticas “multiculturalistas” europeas que facilitan la expansión islámica, desempeña un papel central dentro del drama moral del manifiesto, cuya ideología destila un fuerte carácter antisecular (en esto coincide con el nazismo, tal como ha explicado Richard Steigmann-Gall). Breivik critica explícitamente lo que llama “ateísmo chic” (de Dawkins y cia) y divisa un futuro “cristianismo europeo” que tolerará a los ateos, a diferencia del Islam, pero promulgará políticas conservadoras respetuosas con la “naturaleza humana”. Significativamente, el nacionalismo europeo de Breivik carga tanto contra el sencularismo europeo como contra las tendencias apaciguadoras del Vaticano:

No podemos tener un Vaticano que tiembla a los pies de la Ummah islámica, o un Vaticano que facilita su propia destrucción sin luchar. Debemos librar al Vaticano de sus miembros corruptos e incluso suicidas y asegurar que poseemos unos líderes de la iglesia que crean en una cristiandad europea sostenible y confiada. Necesitamos un cristianismo que crea en el concepto fundamental de la autodefensa y que tenga la ambición de sobrevivir. Necesitamos líderes cristianos que estén dispuestos a llamar a las cruzadas de defensa si nuestros hermanos cristianos son amenazados por la Yihad en el futuro.

Será verdad por tanto que Breivik no encaja con la imagen pública del “fanático religioso”, o del “creyente fanático” (él mismo afirma que mentiría si dijera “que es una persona muy religiosa”), pero lo cierto es que el problema religioso, y de forma aún más significativa el choque de la cultura religiosa y secular, es el elemento crucial de su agenda política.

ACTUALIZACIÓN. ¿Es Breivik el primer terrorista de masas inspirado por los blogs? LGF: “A diferencia de Jared Loughner (el francotirador que disparó contra la congresista Gabrielle Giffords), en el caso de Anders Behring Breivik no hay duda de dónde encontró la inspiración y la ideología que llevó inexorablemente al horror de Oslo.”

ACTUALIZACIÓN II. Hoy, de actualidad: “Por qué dejé la derecha” (2009)

ACTUALIZACIÓN III. Breivik no es “sólo un loco“. Es un asesino político, movido por una ideología patológica, mezcla de fantasía y realidad, que es totalmente necesario analizar.

ACTUALIZACIÓN IV. Bruce Bawer: “Muchos de los que hemos hablado sobre el ascenso del Islam en Europa habíamos advertido de que el fracaso de los líderes políticos mayoritarios para señalar responsablemente los desafíos actuales daría como resultado el surgimiento de extremistas como Breivik.”

TREINTA AÑOS DEL SIDA

Publicado por el 25 jul, 2011 en Tercera Cultura | 0 comentarios

autora:  Teresa Giménez Barbat

TREINTA AÑOS DEL SIDASe cumplen treinta años del descubrimiento del sida. Para muchos fue un verdadero “fin de la infancia”, jugando con el título de la novela de Arthur C. Clarke. De repente, el sexo ya no era ese festival de paz, amor e intercambio de fluidos sin consecuencias que habían regalado los métodos fiables de contracepción a la generación beat. El sida significó volver a hablar de cosas aburridas como “sexo responsable”. Incluso de resucitar maldiciones bíblicas de antiguos confesionarios. El 5 de junio de 1981 fue el anuncio oficial de que una nueva enfermedad estaba causando una avalancha de trágicas y penosas muertes. Su naturaleza desconocida provocó una oleada de pánico mundial.

Michael Gottlieb, un joven médico clínico, advirtió que, en tres hospitales de Los Ángeles, un total de cinco varones jóvenes, blancos y homosexuales habían presentado una rarísima infección solo característica de inmunodeprimidos terminales. A la vez, tanto en California como en Nueva York se detectó el crecimiento anormal de un sarcoma, el de Kaposi, que pasó a convertirse en símbolo de la enfermedad. El sida dejaba al organismo inerme ante enfermedades como la neumonía, su contagio resultaba fatal y no había vacuna ni remedio a la vista. En este estado de confusión dos investigadores en el Instituto Pasteur, Françoise Barré-Sinoussi y Luc Montagnier, el 3 de enero de 1983, a partir de la biopsia de un ganglio de un paciente, se dieron cuenta de que se trataba de un virus nuevo que se transmitía por vía sexual y sanguínea, y que era urgente detenerlo. Pero no fueron comprendidos por el resto de la comunidad científica, al menos durante un año, hasta que Robert Gallo confirmó los resultados en los Estados Unidos.

Una de las sorpresas fue saber que su origen podría estar en África y no ser únicamente humano. Utilizando relojes moleculares han acabado estableciéndose los distintos linajes de la infección desde los simios al hombre. Parece que el virus se transmitió a los humanos múltiples veces desde al menos dos tipos de primates distintos. ¿Cómo fue esto posible? Los cambios sociales, económicos y políticos de los últimos cien años han resultado en un movimiento global y un contacto sin precedentes entre las poblaciones humanas. Bajo estas condiciones, la transmisión de un virus animal a un anfitrión humano y de ahí a grandes poblaciones es relativamente sencilla.

Hasta que en los setenta se convirtiera en prevalente en individuos infectados en Estados Unidos y Europa, el virus ya había estado en grupos humanos por lo menos desde 1930. La velocidad de su propagación fue muy lenta al principio, pero debió de estallar alrededor de los años cincuenta y sesenta, coincidiendo con el fin de la colonización en África, varias guerras civiles, la introducción de los programas de vacunación (con la desgraciada circunstancia de la reutilización de agujas), la revolución sexual y el incremento de los viajes tanto a África como desde África. “El sida cambió el mundo; un nuevo vínculo social se creó entre países del norte y del sur, lo que ninguna enfermedad había provocado”, destacó Michel Sidibé, director de Onusida.
Su modo de transmisión, en particular la vía sexual, rodeó la enfermedad de prejuicio. El hecho de que se cebara en la comunidad homosexual hizo que los grupos religiosos más reaccionarios lo atribuyesen a 
una especie de maldición por la abominación del pecado. Por otro lado, el sida es una enfermedad que hizo su aparición y se extendió en los momentos de auge de las filosofías relativistas y anticientíficas herederas de la posmodernidad. Y para empeorarlo más, coincidió también con los años cumbre del tercermundismo e indigenismos antioccidentales.

Uno de los primeros en hablar del tema fue Jean-François Revel en su libro El conocimiento inútil. En él cuenta que en octubre de 1985, un diario de Nueva Delhi, The Patriot (órgano pro soviético conocido como tal en la India pero no fuera), publicaba un artículo para “revelar” que el virus del sida era producto de experimentos en ingeniería genética hechos por el ejército estadounidense con vistas a la guerra biológica. Este bulo fue creciendo hasta el punto de que en septiembre de 1986, durante la cumbre de los países no alineados celebrada en Zimbabue, se distribuyó a los delegados un grueso informe con todas las apariencias de seriedad científica asegurando que el virus del sida procedía del laboratorio de Fort Detrick, en Maryland. Aunque más adelante se dieron las oportunas rectificaciones, el daño ya estaba hecho: en el Tercer Mundo (y en otros muchos lugares) es hoy muy difícil encontrar a alguien que no esté persuadido de que el Pentágono y la cia desencadenaron la epidemia.

La premio Nobel de la Paz del 2004, por ejemplo, la inefable Wangari Maathai, acusó a Occidente de crearlo para exterminar la raza negra, provocando la estupefacción y la polémica en Suecia. En una en-
trevista aseguró que el sida “es una herramienta de control creada por investigadores para erradicar algunas razas”. La paradoja es que Maathai es doctora en biología y la primera mujer africana que obtuvo un doctorado. También el presidente sudafricano Thabo Mbeki llegó a opinar que los negros que aceptan la ciencia ortodoxa del sida son “reprimidos” y víctimas de una mentalidad esclava.

Esta nueva enfermedad se detectó gracias a la eficacia de los sistemas sanitarios modernos y al uso de métodos científicos como la estadística. Su aplicación rutinaria permitió que, en junio de 1981, el sistema de control de enfermedades de Estados Unidos –el Center of Disease Control de Atlanta– detectase una inusual incidencia de neumonía por Pneumocystis carinii. A partir de aquí se puso en marcha un proceso que, a pesar de treinta años de enfermedad y millones de muertos, ha sido un gran triunfo de la ciencia. En 1996, con las triterapias, la enfermedad mortal pasó a ser una enfermedad crónica. Y el 12 de mayo de este año, el hiv Prevention Trials Network (hptn) anunció que un estudio realizado sobre 1,763 parejas (la mayoría heterosexuales, algunas gays), tanto de África, Asia y el norte y el sur de América, en las que un miembro estaba infectado, demostró que las drogas modernas no solo prolongaban la vida de los enfermos, sino que podían detener la transmisión del virus.

Aunque muchos científicos descartan esta posibilidad por demasiado optimista, existen determinados grupos que piensan que el sida se podría curar. Una de las razones es que una de cada mil personas afectadas controla la infección de manera natural sin desarrollar nunca los síntomas. Como existen estudios que han identificado los anticuerpos que neutralizan el sida, también podría crearse una vacuna en un futuro cercano. Tiempo al tiempo.

La pregunta Edge (II)

Publicado por el 18 jul, 2011 en Tercera Cultura | 1 comentario

autor: Fernando Peregrín

¿Qué concepto científico mejorará la caja de herramientas cognitivas de cada uno?

J. Craig Venter

¿Qué concepto científico mejorará la caja de herramientas cognitivas de cada uno?Para Craig Venter se trata de un conocimiento más que de una idea o concepto científico. Por eso dice que no puede imaginar un solo descubrimiento que tenga mayor impacto que el descubrimiento de vida fuera de nuestro sistema solar. “La mayoría del pensamiento cultural y social está impregnado por una visión homocéntrica y “tierracentrica”. Encontrando que hay múltiples, quizá millones de orígenes de vida y que la vida está en todas partes del universo afectará profundamente a cada humano.”

La respuesta como vemos no se ajusta a la pregunta ya que más que un concepto científico, Venter nos da un hecho que se podrá comprobar si es cierto o falso posiblemente con las herramientas cognitivas de las que tenemos a nuestra disposición para tratar de contestar a esta “otra” pregunta.

“Vivimos – continua Venter – en un planeta microbiano. Hay un millón de células microbianas por centímetro cúbico en las aguas de nuestros océanos, lagos y ríos; en la profundidad de la corteza y en nuestra atmósfera. Tenemos más de 100.000.000.000.000 en nosotros y dentro de nosotros. La diversidad de la Tierra habría sido de ciencia ficción para nuestros ancestros. Tenemos microbios que pueden aguantar millones de Rad de radiación ionizante; esos ácidos y bases tan fuertes que disolverían la piel; microbios que crecen en el hielo y microbios que crecen y se desarrollan a temperaturas superiores a los 100º. Tenemos vida que vive en dióxido de carbono, en metano, en sulfuro o en azúcar. Hemos enviado miles de billones al espacio a lo largo de los últimos  miles de millones de años y hemos intercambiado material con Marte de forma constante, así que sería muy sorprendente si no encontramos evidencia de vida microbiana en nuestro sistema solar, particularmente en Marte”

A continuación C. Venter expone que “los recientes descubrimientos por Dimitar Sasselov y colegas de planetas parecidos a la Tierra y a una super-Tierra fuera del sistema solar, incluyendo mundos con agua, aumentan la probabilidad de descubrir vida. Sasselov estima aproximadamente en 100.000 Tierras y super-Tierras en nuestra propia galaxia. El universo es joven y dondequiera que hallemos vida microbiana habrá vida inteligente”

“Expandiendo nuestra investigación científica más allá en los cielos nos cambiará para siempre”, sentencia C. Venter

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Joshua D. Greene

Científico cognitivo neurocientífico  y filósofo. Universidad de Harvard

Superveniencia

Hay un montón de cosas en el mundo: árboles, coches, galaxias, benceno, los baños de Caracalla, su páncreas, Ottawa, hastío, Walter-Mondale. ¿Cómo cabe junto todo esto? En una palabra: superveniencia.

Superveniencia es una abstracción nativa de la filosofía anglo-americana, que proporciona un marco general para pensar cómo todo se relaciona con todo. “La definición técnica es un tanto complicada”, dice Green.

No obstante existe una definición de superveniencia – palabra que figura en el diccionario de la Real Academia – que dice así:

En filosofía, la superveniencia es una relación de dependencia entre propiedades de ‘alto nivel’ y de ‘bajo nivel’. Un grupo de propiedades X superviene de un grupo de propiedades Y cuando las propiedades del grupo X están determinadas por las del grupo Y.

Formalmente, un grupo de propiedades X superviene de un grupo de propiedades Y si y sólo si, para todos los objetos a y b se cumple cualquiera de las siguientes condiciones (lógicamente equivalentes):

  1. a y b no pueden diferir en las propiedades de su grupo X sin diferir también de las propiedades del grupo Y.
  2. Si a y b tienen propiedades idénticas a las del grupo Y, entonces también tienen propiedades idénticas a las del grupo X.
  3. Si a y b no tienen propiedades idénticas al grupo X, entonces tampoco tienen propiedades idénticas a las del grupo Y.

Si las propiedades de A supervienen las propiedades de B. Las propiedades de B son las propiedades base y las de A son llamadas propiedades supervenientes. Si dos cosas difieren en sus propiedades supervenientes, esto quiere decir que deben diferir de sus propiedades de base. Como ejemplo, si las propiedades psicológicas supervienen a lo físico, dos personas que son físicamente indistinguibles, deberían ser psicológicamente iguales. Lo mismo si son psicológicamente diferentes deberían ser físicamente diferentes. Lo interesante es que lo superviniente no es simétrico. Dos personas pueden ser psicológicamente iguales y no ser físicamente iguales. Lo último da por el concepto de múltiples posibilidades. Las propiedades psicológicas tienen muchos modos de ser posibles en lo físico. La superveniencia ha sido usada tradicionalmente para describir relaciones entre conjuntos de propiedades de modo que no implique una fuerte relación hablando de la reducción y el reduccionismo. Muchos sostienen que las propiedades económicas supervienen a las propiedades físicas. Si por ejemplo dos mundos son iguales físicamente deberían ser iguales económicamente, sin embargo eso no significa que la economía puede ser reducida de un modo directo a lo físico. La superveniencia permite asumir que los niveles altos (como la economía y la psicología) dependen al final de lo físico, pero queda claro que no se puede estudiar a los fenómenos de alto nivel usando medios que si bien son apropiados para estudiar lo físico, no lo son para estudiar los niveles altos. Superveniencia quiere decir “la ocurrencia de algo nuevo, adicional o inesperado”.

Esta definición – continúa Green – admirablemente precisa, hace difícil ver que superveniencia es realmente acerca de qué relaciones hay entre los diferentes niveles de la realidad.

“El concepto de superveniencia merece una atención más amplia ya que nos permite pensar claramente acerca de muchas cosas. La superveniencia explica, por ejemplo, cómo la física es la ciencia más fundamental y cómo las cosas que estudia la física son las cosas más fundamentales. Para mucha gente esto sonará a juicio de valor, pero no lo es o no tiene por qué serlo. La física es fundamental porque todas las cosas en el universo, desde su páncreas a Ottawa, superviene en materia física.(o así les gusta decirlo a los ‘fisicalistas’). Si hubiese un universo físicamente idéntico al nuestro, entonces también incluiría un páncreas como el suyo y una Ottawa como la de Canadá.”

La superveniencia es especialmente de ayuda cuando tenemos que lidiar con tres discutibles y estrechamente relacionados hechos: 1) la relación entre ciencia y las humanidades, 2) la relación entre mente y cerebro y 3) la relación entre hechos y valores.

Los humanistas a veces perciben la ciencia como imperialista, que aspira a absorber las humanices, a “reducir” todo a electrones, genes, números y neuronas, explicando así toda las cosas que hacen la vida digna de vivirse. Estos pensamientos van acompañados de disgusto y temor, dependiendo de cómo se vea que puedan ocurrir estas cosas. Los científicos, por su parte, a veces son imperialistas, disminuyendo las humanidades como infantiles y desmerecedoras de respeto. La superveniencia puede ayudarnos a pensar acerca de cómo la ciencia y las humanidades encajan, por qué la ciencia se ve a veces como invasora del territorio de las humanidades y hasta que extremo estas cuestiones son o no válidas.

Puede parecer que las humanistas y los científicos estudian cosas diferentes. Los humanistas están interesados con cosas como el amor, la venganza, la belleza, la crueldad y la evolución de nuestra concepción de esas cosas. Los científicos estudian cosas como electrones y nucleótidos. Pero a veces parece que los científicos se vuelven glotones del saber. Los físicos aspiran a construir una teoría física, algunas veces llamada ‘teoría del todo’ (TOE, por sus siglas en inglés). Si los humanistas y los científicos estudian cosas diferentes, y si la física cubre todo, entonces, ¿Qué se deja para los humanistas? (O por ese razonamiento, para los no físicos).

Hay un sentido en que una TOE realmente es una TOE y hay un sentido en el cual no lo es. Una TOE es una teoría completa de todas las cosas sobre las cuales todo superviene. Si dos palabras son físicamente idénticas, entonces también lo son humanísticamente, conteniendo el mismo amor, venganza, belleza, crueldad. Pero esto no quiere decir que una TOE deje sin trabajo a toda otra clase de teorizadores. Una TOE no te va a decir nada interesante acerca de Macbeth o la rebelión de los Boxers.

Tal vez el reto de la física nunca fue tan serio. Hoy, la amenaza real, si hay alguna, viene de las ciencias del comportamiento, especialmente de ciencias que conectan el tipo de ciencia “dura” que todos hemos estudiado en los institutos de enseñanza media con las preocupaciones de los humanistas. “En mi opinión – dice Green – tres ciencias destacan a este respecto: genética del comportamiento, psicología evolutiva, y neurociencias cognitivas. Yo estudio juicios morales, una materia clásicamente humanística. Lo hago en parte escaneando los cerebros de la gente mientras hacen juicios morales. Más recientemente, he empezado a mirar a los genes y mi trabajo está guiado por el pensamiento evolucionista. Mi trabajo asume que la mente superviene al cerebro, y trato de explicar valores humanos – por ejemplo, la tensión entre los derechos del individuo y el bien superior – en términos de sistemas neuronales en competición.”

“La materia sujeto de las humanidades siempre a supervenido la materia sujeto a las ciencias físicas, pero en el pasado un humanista podía confortablemente ignorar los detalles físicos subvenientes, como un admirador de una pintura puede ignorar los detalles a nivel del píxel. ¿Sigue esto siendo verdad? Quizá lo es. Quizá depende  del interés de cada uno. En cualquier caso, nada de lo que preocupe hasta la enfermedad.”

LA VIOLENCIA EN LOS MEDIOS

Publicado por el 16 jul, 2011 en Tercera Cultura | 2 comentarios

por Arcadi Espada en Letras Libres

LA VIOLENCIA EN LOS MEDIOSArcadi Espada, invitado por la Universidad Iberoamericana, Forotv y esta revista, impartió un seminario sobre los retos del periodismo, con especial hincapié en cómo los medios deben cubrir la violencia a la luz de la experiencia española con el terrorismo etarra. El siguiente texto es un extracto de esas sesiones magistrales. Incluimos en un recuadro su puntual crítica al “Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia”.

En México han muerto según cifras del gobierno entre treinta y cinco mil y cuarenta mil personas en los últimos cinco o seis años. Poco puedo ir más allá en la descripción de esas víctimas. Que no pueda yo no tiene demasiada importancia: es realmente llamativo que no pueda el gobierno ni la prensa. ¿Lo que está pasando en México es el fruto de una acción terrorista? El desconocimiento de los nombres, es decir, la falta de información absoluta que revela la inexistencia de los nombres, impide en estos momentos dar una respuesta clara y contundente a la posibilidad de llamar a esto una ofensiva terrorista.Ahora bien, que en México hayan muerto cuarenta mil personas y no sepamos qué nombre ponerle a todo eso es una situación completamente insólita. En Ruanda, en tres meses, unos cuantos miles de hutus asesinaron a casi ochocientos mil tutsis a machetazos y le pusimos un nombre: genocidio. En Italia, entre los ochenta y los noventa, murieron asesinadas alrededor de diez mil personas al año y rápidamente se le puso nombre: era obra de la mafia. En esa circunstancia había un objetivo político que era el control del Estado por parte de una organización determinada. Nada de eso está en el caso mexicano. Podemos sospechar que hay una organización que pretende poner al Estado en jaque para pactar con él exactamente igual que en el caso mafioso, pero no llega nítidamente este mensaje a los ciudadanos. Y no puede llegar porque desconocemos los nombres de los cuarenta mil muertos, para empezar.

Tuve la fortuna de hablar la noche de mi llegada con altos funcionarios de la seguridad del Estado, a los cuales les hice una pregunta muy concreta: ¿dónde está, y a disposición de quién, la lista completa de las personas asesinadas en estos años? La cuestión tiene un indudable carácter moral: en una democracia como la mexicana se puede morir sin estar en una lista de muertos. Y ese es el asunto fundamental a la hora de definir lo que está pasando en el país: la inexistencia de una palabra para señalar, para aislar, para entender y, finalmente, para combatir. Porque el crimen no solo se combate con ametralladoras, sino, principalmente y antes de cualquier cosa, identificando a las víctimas y a los asesinos. Se dice en México “violencia”: ¡a qué último eslabón semántico tan frágil nos hemos tenido que acoger! Violencia sin más, como nacida espontáneamente. ¿Hay algún otro lugar en el mundo donde el sustantivo “violencia” quede colgado de la brocha sin un adjetivo como en México?

La BBC igual que la agencia Reuters, tiene prohibido el uso de la palabra terrorismo en sus cables, y sobre ello dice en su manual de estilo:

Deberemos informar sobre los actos terroristas con rapidez, exactitud, precisión, de forma completa y 
con responsabilidad. Nuestra credibilidad se ve socavada por el uso descuidado de palabras que conlleven juicios emocionales o de valor. La palabra terrorista en sí misma puede ser un obstáculo más que servir de ayuda para entender lo que pasa.

La BBC considera que la palabra terrorista incluye un juicio moral y, por lo tanto, sujeto a especulación. Pero podemos pensar en el sustantivo terrorista como podríamos pensar en el sustantivo carpintero. No parece que haya ninguna diferencia: el carpintero utiliza la madera para su trabajo y el terrorista utiliza el terror. La situación adjetival del término terrorista o terrorismo tiene poco sentido. Lo que sí tiene sentido es acotar las características de la acción terrorista para que podamos identificarla como distinta de la guerra, del crimen familiar o incluso del crimen político.

Rafael Sánchez Ferlosio, hablando de la guerra y el terror, planteaba una consideración de gran interés semántico que puede ayudarnos a desglosar el camino conceptual. Decía que el muerto por la acción del terrorismo no podía ser en modo alguno un muerto fortuito, dándole a fortuito la siguiente explicación: imagínense dos ejércitos que luchan y de repente hay una tempestad y un rayo cae sobre uno de los ejércitos y aniquila a cien o ciento cincuenta soldados. Esto sería vivido con placer por el ejército contrario, que de repente se ha deshecho de ciento cincuenta enemigos. Esa es la muerte habitual de la guerra. Dos ejércitos luchan y cualquier circunstancia que perjudica al ejército contrario beneficia al propio. Si en cambio cae el rayo sobre un enemigo de la patria vasca, difícilmente veríamos al día siguiente un comunicado de la organización terrorista ETA celebrando esa muerte. No imaginamos tampoco al IRA celebrando la caída del rayo sobre la cabeza de Ian Paisley, por ejemplo. Por lo tanto, hay una nítida línea de diferencia entre lo que es la guerra convencional, donde se celebra la muerte del enemigo por cualquier medio –porque uno menos es una forma de avance–, y la muerte por un acto terrorista.

¿Qué es lo que está obligatoriamente presente en el acto terrorista, y lo que en cambio no forma parte del azar proyectado sobre la guerra? ¿Por qué el rayo parte la cabeza de un enemigo y la guerra lo celebra y el terrorismo reacciona con indiferencia? La palabra clave es propaganda. Todo acto terrorista lleva un rayo, pero también un relámpago y un trueno. No se puede concebir la muerte terrorista sin el eco que la multiplica. No se trata solamente de la liquidación física del enemigo, sino de la expansión de esta liquidación en términos de amenaza a los vivos. El eco es inseparable de la muerte terrorista. Una muerte terrorista en secreto no sirve, como no hubiera servido que Al Qaeda matase a todas las personas que mató en las Torres Gemelas sin que ese suceso fuera retransmitido a todo el mundo.

Hay otra condición algo más complicada: el daño colateral, algo que está al margen del objetivo militar, casi siempre una matanza de civiles. Practiquemos un salto de pértiga intelectual y pongamos el concepto daño colateral en el centro mismo de la conducta terrorista. En 1987 el grupo terrorista eta puso una bomba en el estacionamiento del supermercado Hipercor en la ciudad de Barcelona y mató a decenas de personas. Una de las características sutiles y complejas de la diferencia entre un acto de guerra y un acto terrorista es que el acto terrorista implica per se la inexistencia de un daño colateral, porque, en realidad, todo él es un daño colateral.

Otro rasgo del terrorismo es lo que podríamos llamar la “despersonalización necesaria del acto terrorista”. Hace muchos años, en un artículo memorable en el diario El País, Ferlosio recogía las declaraciones de un miembro de la banda terrorista ETA que, en un intento de justificar su crimen, decía: “Yo no tenía nada personal en contra de la víctima.” El terrorista lo decía como atenuante. Ferlosio le contestaba: “Precisamente lo grave es que usted no tenga nada personal contra la víctima.” Con independencia del ajuste de cuentas moral, el criminal no dejaba de tener razón. Muchos años después, en otro juicio, a la pregunta del fiscal, “¿No es verdad que usted disparó?”, el terrorista contestó: “No: disparó ETA.” Nada personal. Tercer ejemplo: el que era un alto funcionario español del Ministerio de Ciencia y Tecnología hace diez años fue objeto de un atentado del que salió milagrosamente vivo. Al pasar su coche oficial por una esquina de Madrid un coche bomba explotó. Al cabo de pocas horas y gracias a un ciudadano anónimo que siguió a los terroristas, pudieron detenerlos y llevarlos ante el juez. En sus primeras declaraciones les preguntaron: “¿Por qué atentaron contra Juan Junquera?”, y la terrorista –era mujer– contestó: “Yo no sé quién era; ni lo sé, ni me importa.”

En el acto terrorista hay una despersonalización, pero no solo de la víctima, a la que se refería Ferlosio, sino también del criminal. Muchas veces nos preguntamos cómo es posible que un ser humano dispare contra la nuca de una persona indefensa que va caminando por la calle. Aunque es una pregunta imposible de responder, sí hay una aproximación, y la aproximación la da el “disparó ETA”. De alguna manera, el que dispara también se siente despersonalizado. En el fenómeno del terrorismo tiene que coincidir ese doble núcleo de deshumanización. Todo es el reino simbólico. Ficción, al fin.

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Simbólica es la víctima, simbólico es el asesino. Nada humano parece estar ahí en juego. Quizá eso es lo que explica que una madre de familia se coloque un sujetador bomba y entre en un autobús de judíos, o que mande a su hijo a hacerlo, deficiente mental o no, y tantas enormidades que solo se justifican por esa deshumanización.

Teniendo deslindada la naturaleza del acto terrorista, examinemos cómo funciona la instalación de la palabra terrorismo dentro del discurso mediático. Una de las grandes incógnitas no resueltas todavía sobre el acto terrorista es por qué alguien se convierte en terrorista. Ideas infecciosas hay muchas, como la religión o el comunismo, pero naturalmente no todas esas ideas llevan a las personas a matar. El ansia de dinero es quizá compartida por todos, pero no por todos es compartido matar por dinero. Sin duda, la pobreza es un mal asunto, pero la inmensa mayoría de los pobres son pacíficos. Cuando tengamos este tipo de pruebas conceptuales yo recomiendo ser anglosajón e intentar ver la luz de la teoría en los hechos. En el acto terrorista hay algunos hechos que se repiten. Por ejemplo: los terroristas son jóvenes (de pronto hay alguno que envejece por ahí en las selvas, pero la mayoría son jóvenes). Son jóvenes y son machos (sí, hay mujeres terroristas, cada vez más, pero por lo general son hombres jóvenes). Son hombres jóvenes que, además, actúan en grupo (no existe el terrorista aislado, a excepción de los viejos anarquistas, cavaliers seuls, que actuaban en el albor del fenómeno). Siempre habrá un relato –la justicia universal, la superioridad de la raza, una religión mejor que otra–, pero la cuestión es por qué en determinadas personas prenden esos relatos, esas ideas malignas. Es una pregunta que no tiene respuesta. Podemos hacer aproximaciones según los sujetos protagonistas: varones, jóvenes y en grupo.

Hay una vieja discusión en la cultura universal entre la naturaleza y la cultura. Es decir, en qué medida nuestros actos son fruto de nuestro hardware genético-biológico o de nuestro software cultural. Estamos programados perfectamente desde el punto de vista cultural para aceptar que un hombre puede matar a otro por la libertad del pueblo vasco. Nos parece mal, pero lo aceptamos. En cambio, si se atribuyera a especiales patrones biológicos el hecho de que un hombre decida matar a otro a causa de un relato, nos mostraríamos escépticos. Evidentemente no hay, que se sepa, un gen terrorista. No hay un patrón específico de personas que se dediquen al terrorismo y que biológicamente presenten unas características similares desde el punto de vista neurocientífico. Pero esto que encontrarían tan ridículo empieza a serlo menos cuando los crecientes estudios sobre la neurociencia sí que parecen cercanos a encontrar determinados patrones genéticos en personas violentas en términos generales; es decir, en personas que pueden rozar la psicopatía, o en personas cuyo nivel de testosterona es muy superior al de la mayoría. Por lo tanto, no es descabellado suponer que en la naturaleza del terrorista hay, aparte de las cuestiones de edad y sexo, una cierta programación biológica.

Judith Rich Harris, una psicóloga estadounidense, autora del libro El mito de la educación, dice con una claridad consoladora que la educación no sirve de nada, y que los padres pueden respirar tranquilos porque si les sale un hijo futbolista ellos no han tenido la culpa. Rich Harris atribuye la conducta futura de los hijos, lo que sean en la vida, a dos factores: los genes y el grupo. Del choque de esas dos magnitudes surge el individuo adulto. Es una teoría muy plausible, sostenida por Rich Harris con firmes argumentos estadísticos, estudios de gemelos, etcétera. La menciono aquí porque ella fue la primera en destacar la importancia del grupo en la conducta. Que no les quepa duda de que la importancia del grupo en la conducta terrorista es fundamental. La teoría del grupo mezclada con alguna adherencia biológica es la tesis central del quizá mejor libro que se haya publicado hasta ahora sobre la naturaleza del terrorista, no traducido al español, obra de Scott Atran [Talking to the enemy: Faith, brotherhood, and the (un)making of terrorists, 2010].

Susan Sontag, en Sobre la fotografía, advertía contra el efecto anestesiador de la proliferación de imágenes violentas. Antes de morir, en una última lección, Sontag abjuró de esa teoría. Ella ponía de ejemplo la iconografía de Jesús, con imágenes muy violentas que sostenidamente han seguido impresionando a los fieles. Es una discusión aún abierta. El hecho de que el periodismo acuda a las fotografías de cadáveres en principio podría responder a la representación de la realidad en el sentido más estricto. ¿Qué representación más exacta, más nítida, hay de la muerte que el cuerpo? Pocas objeciones pueden ponerse a la exhibición del cuerpo –en la medida en que esto suponga un añadido a la información y no su suplantación–, y no deberíamos tratar el tema con tantos aspavientos de damisela del XVIII, con el frasco de sales a cada momento: es un cuerpo muerto, que muerto sigue conservando su nobleza, y que la pierde no por el hecho de haber sido triturado por el Mal.

Una de las hipocresías moralistas a las que nos tiene acostumbrados una determinada prensa de referencia en cualquier lugar del mundo consiste en el siguiente panorama: no hemos visto una fotografía de cadáveres del II-s. Lo máximo, casi una representación pictórica de alguien que va a ser un cadáver, o quizá ya lo es, que va cayendo por la ventana con el telón de fondo del rascacielos. Y quizá alguna otra imagen mucho menos nítida entre las cenizas. Pero en cambio hemos visto muchas fotografías –publicadas en The New York Times, en The Washington Post, en Los Angeles Times o en cualquier gran periódico estadounidense– de alguna calle africana, desconchados, charcos y un negro con la cabeza abierta en primer plano. Naturalmente, eso no es nada más que un áspero doble lenguaje. Nuestros muertos no pueden exhibirse, pero los muertos de la tribu pueden salir en primera plana.

Como norma general, y para evitar esta sucia ilustración de la muerte, no su representación, yo creo que nunca puede aparecer la foto de un cadáver en un periódico sin su nombre. Es decir, opongámonos a la exhibición meramente zoológica, al cadáver como ilustración, pero no nos opongamos a enterrar y dar cobijo metafórico a un muerto en las páginas de un periódico.

En el caso de México, si yo fuera director de un periódico, publicaría las imágenes de las víctimas una a una. Sería algo extraordinario desde el punto de vista moral, pero también desde el punto de vista periodístico. Una de las portadas más maravillosas que yo he visto en mi vida es de The Independent: una portada completamente en blanco con un pequeñísimo retrato de cada una de las víctimas de los atentados de Londres de 2005.

En España hemos tenido cincuenta años de terrorismo y ha habido muchos debates sobre cadáveres y asesinos. Uno de estos implicaba específicamente a las fotografías de las víctimas en los periódicos. Hace algunos años me tocó hablar en una mesa redonda que reunía especialistas en el terror y también algunos familiares de víctimas, concretamente el hermano del presidente socialista del Parlamento Vasco, que había sido asesinado pocas semanas antes. Se enfocó la discusión hacia un debate más bien apasionado, a veces beligerante, sobre la manera como las víctimas de los atentados tenían que aparecer en los periódicos. Había personas que lamentaban que los diarios publicaran en portada fotografías de sus deudos asesinados, despedazados, hechos a veces un amasijo informe. Yo sostuve la teoría de que una víctima del terrorismo es de algún modo un cadáver público. ¿Por qué? Si esa víctima hubiera muerto de un infarto en la calle, esa muerte no traspasaría el ámbito de la privacidad y de la intimidad y, por lo tanto, nada habría que hacer en los periódicos más que asentir ante el deseo de las familias y de las víctimas colaterales.

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Pero el disparo contra un hombre en una calle es también un disparo contra todos. De ahí que siendo hasta entonces una persona anónima, salga en los periódicos. No hay ninguna duda de que la muerte violenta de un hombre es noticia periodística siempre: el pacto fundamental de convivencia se quiebra en su nivel más grave. Y por supuesto el periodismo tiene toda la jurisdicción para “apoderarse” de ese cadáver, porque forma ya parte del discurso público. Es una necesidad social que ese cadáver ejemplifique la barbarie: la barbarie hasta la que pueden llegar los asesinos. Bien, dije más o menos esto. Inmediatamente intervenía esta otra víctima, el hermano del presidente del Parlamento Vasco, y, la verdad, me alegró que reconociese públicamente esta condición del cadáver terrorista –finalmente el cadáver de su hermano– como público.

A partir de aquel momento se zanjó para mí esa discusión que hoy veo, por ejemplo en México, en torno a la conveniencia de no presentar a las víctimas del terrorismo en la primera página de los periódicos. Cierto es que, como en todo, hay grados, y que naturalmente no podemos convertir los periódicos en una suerte de tiendas de despojos, y que el respeto, el equilibrio, la ecuanimidad, la sensibilidad, son perfectamente compatibles con la exigencia de que el público sepa hasta dónde son capaces de llegar los criminales.

En cambio, me parece totalmente desproporcionado el papel que tienen los discursos de los criminales en determinada prensa mexicana. El criminal tiene que estar en los periódicos. Es, se podría decir sin forzar demasiado el cinismo, una figura de la actualidad. Pero atención: debe estar en los periódicos por aquello que lo trae a los periódicos, no por sus aficiones literarias, sus pujos teoréticos respecto a la organización del mundo, sus delirios conspirativos; es decir, por sus declaraciones. Las únicas declaraciones de los asesinos que nos interesan a los demócratas son dos: uno, sus crímenes; dos, sus palabras cuando digan “nos rendimos”. Los pensamientos de los terroristas tienen escaso interés o ningún interés. Tienen, y mucho, sus acciones. Por lo tanto hay que mostrar necesariamente las grietas, los corazones caídos, los estómagos abiertos, sí, ¿por qué no? Con toda dureza si es necesario. Pero en modo alguno hay que entrevistar a sujetos completamente alienados que viven en una realidad infantiloide y cruel y que nada tienen que aportar al mundo más que sus balas.

Ahora bien, dar la palabra a los asesinos ni siquiera es un problema moral, sino técnico: las declaraciones de las personas tienen que tener un valor para ser publicadas, un valor objetivo, fijado naturalmente por los periodistas. Esa es una de sus responsabilidades. Si efectivamente el terrorista, gracias a sus disparos, goza del derecho a la palabra, es que el mundo está al revés. No le neguemos la entrada al discurso mediático, siempre y cuando no venga armado. Entre que el periodista examine la declaración de un narcotraficante y la coteje con la realidad, es decir, la ponga en asociación con otros datos del entorno que tenga, y ponerle el micrófono al narcotraficante en la boca para que se explaye, existe la misma diferencia que entre Twitter y el periodismo. El periodismo es una aduana moral insoslayable en una sociedad democrática. Y por el momento el periódico, contra lo que pudiera parecer, no es una galería donde desfilan los modelos: aquí el narco, aquí Messi, aquí la reina de Inglaterra, todos diciendo sus pendejadas. Lo primero que no debería ser un periódico es una galería donde todos los alucinados de este mundo van dejando caer sus deposiciones colombófilas.

Hay en esto algo más: una relación terrible entre el crimen organizado y el mito. Estoy seguro de que del sostenido y brutal, perseverante y cruel papel de la mafia italiana tienen buena parte de culpa los productores de Hollywood, que han convertido, desde principios del siglo XX, a unos asesinos en sujetos de culto estético. De Hollywood pasamos sin solución de continuidad a los periódicos. Yo he visto en magazines de periódicos reputados reportajes en los cuales las dinastías mafiosas son tratadas exactamente con el mismo respeto y la misma lujuria de detalles que las dinastías borbónicas, por ejemplo. ¿Cómo juzgar el papel que desempeña la ficción en todo esto? ¿Hasta qué punto los adolescentes que retrata Roberto Saviano en Gomorra han recibido la imagen del espejo hollywoodense y eso ha contribuido a provocar sus conductas? ¿Hasta qué punto, la estética del narcocorrido en los narcos mexicanos? ¿Hasta qué punto no es profundamente inmoral que alguien, los días siguientes al II-S, dijera que la fotografía del avión estrellándose contra el World Trade Center estaba llena de belleza? El prestigio de los asesinos no es nada más que el tributo que paga nuestra normalidad. En realidad, la única gente interesante son 
los normales. Quizá tengamos que asumir como vía escapatoria de nuestra normalidad disfrutar de las atrocidades que un puñado de raros cometen, ¿pero por qué tendría un niño que admirar a un delincuente? Ese es un tópico muy extendido. ¿Solamente porque ganó dinero fácilmente, en poco tiempo? Ocurre, sin duda, pero ese no es el único valor que guía a las personas; hay mucha gente que, una vez conseguido el nivel de supervivencia normal y natural, se mueve por muchos otros valores que nada tienen que ver con el dinero, como el placer de descubrir, de saber, de entenderse con los otros, de ayudarles. El prestigio estético del crimen es el primer gran aliado de los criminales. Y esa historia de que, efectivamente, cómo no van a admirarles si ganan dinero tan rápido, no es nada más que su correlato.

Naturalmente, nadie se hace criminal por leer a Mario Puzo, pero el tratamiento moral que merece la mafia está mucho más cerca de Sciascia que de Puzo.

En México está empezando a emerger en algunas manifestaciones, fundamentalmente en la manifestación después del asesinato del hijo del poeta Javier Sicilia, el vocablo paz. La paz tiene su momento en este asunto: el gran momento en que el crimen empieza a relativizarse por obra y gracia de los hechos consumados y entonces aparece un ferviente, un anhelante, un desesperado deseo. Este deseo de paz tiene, desde el punto de vista de la moral, el inquietante propósito de equiparar contendientes. Es una urgencia muy histérica: resuelvan esto de una vez por todas, no podemos permitir esta orgía de sangre, resuélvanlo.

En ese momento de la paz se producen muchos malentendidos. Uno de ellos es la dialéctica entre guerra y paz, y terrorismo y ley. Lo que el terrorismo pervierte es la ley, y lo que el poder democrático y la ciudadanía debe de preservar es la ley. No va la paz a cambio de la ley.

Un momento así se produjo en México el año pasado con el editorial de El Diario de Ciudad Juárez, después del asesinato de dos de sus periodistas. En el editorial se lee esta frase: “esta guerra en la que ustedes –refiriéndose a los criminales– y el gobierno federal se hallan…” Este es exactamente el peor papel que puede adoptar un periódico. En principio desdeñemos la utilización de guerra –ya quedó claro que esto no es una guerra–, pero sobre todo desdeñemos esa equidistancia del periódico. Como si el fenómeno de treinta y cinco mil o cuarenta mil personas asesinadas en el país no fuera un fenómeno que implicara a los periodistas y al conjunto de la sociedad, y, sobre todo, en el cual ese periódico no tuviera que optar. El periodismo no puede perder su objetividad hablando del terrorismo. El narcotráfico, el crimen, el terrorismo de eta, el terrorismo islámico son dictaduras. Esas dictaduras son incompatibles con el periodismo. Naturalmente, el periodismo debe combatirlo. La manera de combatirlo es doble: respetando el patrón de la objetividad, también ahí, y exponiendo la imposibilidad de que un demócrata ceda ante cualquier exposición dictatorial.A veces ser periodista tiene un riesgo mortal, cuando toca serlo en la Ciudad Juárez de principios del siglo XXI, en el País Vasco de finales del XX, en la Alemania nazi de los años treinta, en la Colombia de Pablo Escobar. No es extraño tener miedo. El miedo efectivamente es completamente legítimo y no se puede evitar, pero no se pueden escribir editoriales de renuncia. Lo que sí se debe es reclamar al poder político, y con dureza, que ponga tanques en la puerta de los periódicos.

El «sexo» de las bacterias. Las bacterias intercambian genes y de ese modo evolucionan

Publicado por el 13 jul, 2011 en Tercera Cultura | 0 comentarios

La tristemente famosa Escherichia coli que ha causado decenas de muertes en Alemania se ha puesto de manifiesto una vez más el tremendo poder del intercambio de genes entre las bacterias. En muy poco tiempo laboratorios alemanes y chinos han secuenciado el genoma de la nueva bacteria y con ello han demostrado que la nueva cepa mortífera procede del intercambio de genes entre dos bacterias de la misma especie. Lo que da cierto miedo es saber que al unir los genes de dos cepas que no son mortales resulta una que sí lo es.

Cuando estudiábamos en el colegio aprendimos que las bacterias y las arqueas se reproducen simplemente partiéndose en dos trozos, por lo que los genes de la «madre» son idénticos a los de las «hijas». Es decir, son clónicos.

Este modelo elemental de cómo se reproducen las bacterias sufrió un duro golpe cuando se demostró que muchas bacterias se habían hecho resistentes a los antibióticos en un corto espacio de tiempo. ¿Si son clones idénticos de dónde surge dicha resistencia?

Se supone que el sexo en los seres superiores proporciona una mezcla de genes, de forma que los hijos son distintos a los padres y es en esa variabilidad de los hijos en la que se basa la selección natural para quedarse con los mejor adaptados a un cierto entorno. Pero en las bacterias teóricamente no había esa mezcla de genes. Estudios posteriores demostraron que sí, que en las bacterias sí que había mezcla de genes. Dos bacterias distintas se aproximaban y eran capaces de intercambiar genes. En principio con bacterias de la misma especie, pero se descubrió que incluso eran capaces de realizar el intercambio entre especies distintas. A eso se le llama transferencia horizontal de genes. Eso explicaba la rápida difusión de la resistencia a los antibióticos. Los genes que la proporcionaban, rápidamente se transmitían a una población muy amplia mediante intercambio de genes. No obstante, se pensaba que esa transferencia horizontal ocurría solamente en situaciones de alto estrés. Por ejemplo, un entorno con antibióticos es una situación de alto estrés para las bacterias.

Pero en un reciente artículo publicado en la revista Plos Genetics el 27 de enero de este año, los investigadores del Instituto Pasteur de París, J. Treangen y Eduardo P.C. Rocha, demostraron que entre los 110 genomas estudiados entre el 88 y el 98 % de sus genes se habían adquirido por transferencia horizontal.

Una novedad que permita una mejor adaptación de las bacterias al medio puede surgir por mutación de los genes dentro de la bacteria, pero ese camino es muy lento y, además, afectaría tan solo a los descendientes de esa bacteria. El estudio demuestra que la gran mayoría de los nuevos genes de las bacterias no surgen por mutación dentro de la misma sino que se adquieren por intercambio de genes con otras. De ese modo, una bacteria puede adquirir rápidamente características positivas –para ella– que hayan desarrollado otros organismos. Eso explica, por ejemplo, la rápida difusión de los genes que producen la resistencia a los antibióticos.

El artículo demuestra que el intercambio de genes, el «sexo» de las bacterias, no es lo extraordinario ni raro sino que es lo estándar. Sorprende que esa «promiscuidad» les lleve a capturar genes no solo de otros individuos de la misma especie sino de otras relativamente lejanas. Se trata de una buena noticia para las bacterias, tienen un modo de adquirir las ventajas desarrolladas por otros individuos de un modo mucho más eficaz que el nuestro. La mala noticia para nosotros es que de ese modo se hacen rápidamente resistentes a los antibióticos o desarrollan nuevas especies con una gran virulencia.

E. Coli. Foto de C de Paz con licencia Creative Commons

E. Coli. Foto de C de Paz con licencia Creative Commons

Extremófilos

Los extremófilos son seres, entre ellos algunas bacterias y arqueobacterias, que son capaces de vivir en entornos con características extremas, incluso en ambientes que la biología tradicional consideraba que en ellos era imposible la vida. Por ejemplo, en sitios con enorme salinidad, halófilos; en aguas tremendamente ácidas, acidófilos; a temperaturas muy bajas, psicrófilos; a temperaturas muy altas, termófilos; en entornos muy secos, prácticamente sin agua, xerófilos; que viven en mitad de las rocas, endolitos; e incluso los que se llevan muy bien con altas dosis de radiactividad, radiófilos

Gracias a los termófilos, hoy tenemos las pruebas genéticas que sirven para demostrar la culpabilidad o la inocencia de una persona, detectar enfermedades genéticas, test de paternidad, medicinas adaptadas a las características genéticas de una persona, etc.

Gracias a los radiófilos estamos siendo capaces de descontaminar lugares con altas dosis de radiactividad.

Bacteria termófilo Chloroflexus aurantiaus. Gentileza Wikimedia

Bacteria termófilo Chloroflexus aurantiaus. Gentileza Wikimedia


Crecimiento exponencial

Las bacterias en un entorno adecuado, con alimento suficiente, se dividen muy rápidamente. Pensemos por un momento que en nuestro organismo se introduce una bacteria perjudicial, por ejemplo, la que produce una diarrea. Pensemos que se duplique cada 20 minutos.

El ejercicio que te pedimos es que calcules cuántos individuos podría haber dentro de tu cuerpo 48 horas después. Para hacerlo ten en cuenta que a los 20 minutos habrá 2 bacterias, a los 40 minutos 4, a los 60, 8… El número de bacterias que potencialmente podría haber si todas las condiciones se mantuvieran sería 2 elevado a número de horas * 3. La solución la tienes abajo.

Verás que te salen dos números tan enormes que son imposibles. Para que te hagas una idea, el número de átomos del universo accesible tiene 80 cifras. Las bacterias deben dejar de reproducirse antes porque se quedan sin alimentos. Estos números te harán entender cómo es posible que una bacteria tarde tan poco tiempo en invadir todo tu organismo.

Lo que significa el crecimiento exponencial. Dibujo de los autores. Licencia CC

Lo que significa el crecimiento exponencial. Dibujo de los autores. Licencia CC

En 48 horas un número con 44 cifras. En 72 un número con 66 cifras. En cuatro días el número de bacterias superaría el número de átomos del universo.

El secreto de la longevidad

Publicado por el 8 jul, 2011 en Tercera Cultura | 5 comentarios

autor: Fernando Peregrín

El secreto de la longevidadChristophe Labbé y Olivia Recasens publican una entrevista con Miroslav Radman, el genetista molecular nacido en Split, Croacia, en 1944 y naturalizado francés  en 1966, en el semanario francés Le Point, con la ocasión de la publicación de un libro se Radman sobre la longevidad inducida mediante manipulación genética. En dicho libro se puede leer que en la actualidad la esperanza de vida se alarga seis horas por día, dos días por semana tres meses por año[1]. “A este respecto, y sin que se sepa por qué ni cómo, la especie humana se retrasa en su envejecimiento seis horas por día. Radman es uno de los más renombrados genetistas moleculares y trabaja en la universidad de Medicina René-Descartes de París. De siempre se ha interesado por seguir investigando en terrenos nuevos, donde poca gente se preocupa por aventurarse. Este investigador de primera línea de la genética molecular ha revelado que las células no mutan de manera aleatoria e inevitable, haciendo volar por los aires uno de las dogmas de la genética. También es descubrimiento suyo un mecanismo inédito para la reparación del ADN. Y ha sido el primero en comprender los procesos moleculares que permiten la aparición de nuevas especies.

Miroslav Radman está convencido de que ha descubierto el camino hacia el elixir de la juventud.

–Es desmenuzando una bacteria extraña que yo he llegado a la convicción de que debe ser posible prolongar la vida humana en buena salud, bastante más allá de lo que es imaginable hoy día.

Esta bacteria esconde, como un puñado de otros bichos microscópicos, el arma contra el envejecimiento, es la “bacteria del corned-beef”, descubierta en 1956 en unas conservas de carne esterilizada a golpes de rayos gamma. Una correosa capaz de resistir a las radiaciones 10.000 veces superiores a la dosis mortal para el hombre. Hasta el punto que algunos se ha preguntado si Deinococcus radiodurans, éste es su nombre científico, ¡no ha venido del espacio!  Habiendo viajado sobre un meteorito, habrá sido irradiada y totalmente desecada, lo que explica su fenomenal resistencia a la deshidratación

– En pleno desierto, abrasado por los rayos de sol, Deinococus puede, gracias a una solo gota de lluvia, resucitar decenas, puede que hasta centenas de años más tarde – se entusiasma el investigador.

¿Cuál es el secreto de la bacteria del “corned-beef?

–A partir de un estado de muerte clínica, resucita autoreparándose gracias a un juego de dos copias de su genoma. Si usted tuviera sobre su mesa varios puzzles idénticos incompletos uno a uno, podrí intentar solucionar dicho puzzle recurriendo a la totalidad de los datos que nos proporcionan todos los puzzles. La dificultad estriba en volver aponer en orden las centenas de fragmentos del genoma pulverizados por la radiación, cosa que el Deinococcus radiodurans logra hacer en tres o cuatro horas.

Las proteínas llamadas “mecanos” que resuelven estos puzzles están en funcionamiento en todos los organismos vivos. Deben normalmente protegernos contra la herrumbre molecular producida por los radicales libres. Entonces, ¿por qué no están en marcha en el ser humano?

– El problema es que estas proteínas son asimismo víctimas de la corrosión y se hacen menos eficaces.

El arma secreta de ese cóctel de moléculas que le permiten blindar las enzimas reparadoras contra la oxidación molecular.

Disponemos asimismo de una protección antioxidante  — sin  ella estaríamos quemados antes de poder reproducirnos –, pero en cantidades insuficientes para vivir tanto tiempo como deseáramos.

Una vez identificadas las piezas antirradicales, el profesor Radman trata de ensayar cómo se comporta este “elixir” en ratones

– Este será el grano de arena que vendría a ralentizar, incluso a parar, el tic tac de nuestro reloj biológico. De aquí a una decena de años, podríamos dispones de una vacuna que nos inmunice contra el envejecimiento y las enfermedades que acompañan.


[1] Como media para una mujer de un país desarrollado

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