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Egoísmo reflexivo y solidaridad natural

Publicado por el 13 oct, 2012 en Divulgación Científica, Moral natural, Tercera Cultura | 2 comentarios

La obra seminal de Adam Smith (1759)

Especialmente durante la última década, la ciencia que estudia el comportamiento moral ha recuperado e incluso exaltado la importancia de las intuiciones. Diversas ramas de la empresa científica: filósofos experimentales, economistas conductuales, psicólogos cognitivos, psicólogos evolucionistas, científicos políticos y neurofilósofos, convergen en la conclusión de que las decisiones morales arraigan en intuiciones naturales. Una versión standard de esta visión es la distinción de Daniel Kahneman entre un sistema intuitivo y automático, basado en predisposiciones naturales probablemente moldeadas por la evolución, y un sistema reflexivo y “racional”, basado en una evaluación más fria y cuidadosa de las decisiones a tomar.

Según David Rand, de la universidad de Harvard, y sus compañeros Joshua Green y Martin Nowak, los actos de altruísmo son más probables si descansan en sentimientos morales intuitivos que si lo hacen en la reflexión y el cálculo. Su trabajo ha aparecido este mes en Nature.

Miles de sujetos tomaron parte en 10 estudios basados en juegos económicos tales como el “juego de bienes públicos” en el que los participantes tienen que decidir si se quedan con el dinero que se les ha ofrecido, o están dispuestos a situarlo en un fondo común que beneficiaría a todo el grupo. Cuando los investigadores “manipularon” la mentalidad de los participantes, haciendo que pensaran en las virtudes de la intuición, contribuían más al bien común que cuando manipularon la mentalidad de los mismos participantes para que pensaran en las virtudes de la reflexión. En resumidas cuentas: “forzar a los sujetos a que decidan rápidamente incrementa las contribuciones, mientras que enseñarles a que reflexionen y forzarles a que decidan lentamente hace que las contribuciones decrezcan”.

Estos experimentos parecen evidenciar un “lado oscuro” de la reflexión moral, pero en ningún caso sirven para despreciar la deliberación moral. Según Joshua Green las intuiciones funcionan bien cuando se trata de la disyuntiva “Nosotros” y “Ellos”, pero cuando se trata de una confrontación de distintas intuiciones morales, y esta parece ser una cuestión clave de las diferencias políticas más importantes, según Jonathan Haidt, “el razonamiento y la reflexión pueden ser nuestra mejor esperanza para reconciliar nuestras diferencias”.

Referencia: Rand, David G. (2012-9-19) Spontaneous giving and calculated greed. Nature, 320(7416), 1605-430. DOI: 10.1038/nature11467

Los escépticos reprimen inconscientemente pensamientos sobrenaturales

Publicado por el 10 oct, 2012 en Ciencia cognitiva, Divulgación Científica, Tercera Cultura, Traducciones | 13 comentarios

Publicado por Tom Rees en Epiphenom*

La inhibición cognitiva es una importante habilidad mental. Detener o no prestar atención a procesos mentales, conscientes e inconscientes, es algo que a menudo se precisa para suprimir pensamientos irrelevantes o no deseados, y para suprimir significados inapropiados de palabras ambiguas.

En otras palabras, resulta vital centrar la atención.

Un decrecimiento en la inhibición cognitiva está asociado con la creatividad, pero también con la ansiedad y la neurosis, los sentimientos de amenaza e incontrol, los estados alterados de conciencia, el pensamiento intuitivo y los sesgos en el razonamiento lógico. Esto es lo que lleva a Marjaana Lindeman, de la universidad de Helsinki, Finlandia, a preguntarse si la falta de inhibición cognitiva también juega un papel en las creencias sobrenaturales.

Junto con sus colegas, colocó a 23 escépticos y creyentes dentro de un scanner de resonancia magnética (un scanner cerebral). Una vez allí, les dieron algunas historias cortas para que las leyeran, y una imagen a la que mirar. Pueden verse algunos ejemplos en el gráfico.

Lindeman. 2012

Se les pidió que imaginaran que estaban caminando, pensando con atención en un tema particular subrayado en la historia, y que miraran hacia la imagen mostrada. ¿Qué pensamientos provocaría la imagen?Ambos grupos mostraron actividad cerebral en una región llamada Giro Frontal Interior izquierdo (GFI). Esta es una parte del cerebro que juega un papel importante en el procesamiento de varios signos y sus significados, incluyendo el lenguaje hablado y escrito, lenguajes de signos, pantomimas, gestos y otros símbolos comunicativos. Sin embargo, aunque el IFG izquierdo se activaba lo mismo en ambos grupos, el GFI derecho se encendía con más fuerza en los escépticos que en los creyentes. Esto es importante, porque el GFI derecho es una área del cerebro que está asociada con la inhibición cognitiva.Como cabía esperar, resultó que los creyentes tuvieron más probabilidades que los escépticos de decir que vieron las imágenes como signos de algún tipo, una indicación de cómo iba a resolverse la situación. Esto sugiere que las asociaciones iniciales, producidas en el GFI izquierdo, no fueron suprimidas por el GFI derecho..

Como resultado, asegura Lindeman, esto “apoya el argumento de que los escépticos tacharon como irrelevante la idea potencial de un signo sobrenatural en las imágenes, mientras que los creyentes no lo hicieron. Esta interpretación se encuentra en línea con previos hallazgos que muestran que los escépticos son mejores en tareas inhibitorias que los creyentes.”

También encaja con una investigación previa de Lindeman una investigación previa de Lindeman que sugería que los creyentes en lo sobrenatural se sienten confusos cuando piensan sobre cómo funciona el mundo.

Continúa concluyendo que:

Aunque la inclinación general de la gente hacia las creencias sobrenaturales puede entenderse como un modo de procesamiento natural de la información, la inhibición cognitiva débil podría explicar por qué las creencias sobrenaturales no son típicas en todo el mundo y especialmente no lo son para los niños, la gente mayor, los individuos creativos, los pensadores intuitivos, las personas ansiosas o con desórdenes mentales, y también durante un sentido de control disminuído y estados alterados de conciencia.

En otras palabras, aunque todos nacemos con cerebros hiperactivos que buscan signos y señales, no todos nacemos creyentes. Porque muchos de nosotros también nacemos escépticos.

Referencia: Lindeman M, Svedholm AM, Riekki T, Raij T, & Hari R (2012). Is it just a brick wall or a sign from the universe? An fMRI study of supernatural believers and skeptics. Social cognitive and affective neuroscience PMID: 22956664

* Entrevista a Tom Rees en Tercera Cultura

José Joaquín Ferrer (astrónomo)

Publicado por el 8 oct, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

José Joaquín Ferrer fue un excelente astrónomo nacido en Pasajes y mundialmente reconocido.  

José Joaquín FerrerLos Amigos del Museo de San Telmo, cada primer domingo de mes invitan a un conferenciante para que hable sobre una de las piezas de su imponente colección. El pasado 1 de julio me invitaron a hablar sobre un telescopio de finales del siglo XVIII que perteneció a José Joaquín Ferrer. No conocía a este personaje, pero al indagar en hemerotecas y en bibliotecas me he encontrado con un científico con mayúsculas. Un gran astrónomo, cartógrafo y navegante, nacido en Pasajes de San Pedro en 1863. Creo no equivocarme si digo que es el mejor científico guipuzcoano, dejando aparte a las nuevas generaciones.

En sus estudios destacó en matemáticas y astronomía. Por una historia un poco rocambolesca, le conmutaron seis años en una cárcel británica por estudiar en uno de sus colegios, donde aprendió inglés y volvió a destacar en matemáticas y astronomía ante sus profesores. Saber inglés fue decisivo en su carrera.

Se especializó en calcular la longitud de puntos geográficos importantes. Calcular la longitud no es fácil; él destacó en hacerlo con gran precisión, basándose principalmente en la ocultación de las estrellas por la Luna. La estrella Aldebarán de la constelación de Tauro, la Omega de Sagitario,… le permitieron calcular con enorme precisión la longitud de Arica en Perú, del monte más alto de México, de la Habana, de San Juan de Puerto Rico, de San José de Costa Rica, de las islas de Barlovento, Bahamas,… de Nueva York, Filadelfia, y muchas ciudades estadounidenses. Sus coordenadas estaban tan bien calculadas que científicos de todo el mundo dijeron que gracias a él pudieron hacer buenos mapas de América.

En una artículo anterior hablé de los tránsitos de Venus del siglo XVIII y de la importancia que tuvieron para calcular la distancia de la Tierra al Sol. Lo que no dije es que varios años después, Ferrer recopiló todas las observaciones –en torno a las 150–, rehízo los cálculos y llegó a una cifra asombrosamente precisa. El gran astrónomo Laplace, por un método diferente, llegó a la misma distancia. Al leer el trabajo de Ferrer, Laplace quedó impresionado. Que por dos métodos distintos se llegase a la misma distancia confirmaba que ambos lo habían hecho bien. Laplace quiso conocerle y le invitó a París y allí se reunió con los científicos franceses más insignes: Laplace, Aragó –con el que ya tenía amistad desde sus días en la Habana–, Lalande –el que «casi» descubrió Neptuno… No está nada mal para un chico de Pasajes.

Los niños son “científicos” naturales

Publicado por el 5 oct, 2012 en Ciencia cognitiva, Divulgación Científica, General, Tercera Cultura | 1 comentario

Wikimedia Commons

Hace 30 años hubiera resultado absurdo sugerir que los niños pequeños piensan de un modo parecido a los científicos, debido sobre todo a la influencia del psicólogo evolutivo Jean Piaget (1896-1980), que había descrito a los preescolares como agentes irracionales que piensan de forma “pre-causal”. Antes todavía, Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939) había sugerido en línea con este tipo de pensamiento que el “alma primitiva” de los salvajes, cuyo estado mental se equiparaba más o menos con la infancia de la humanidad, también era “pre-lógica”.

Ambas ideas han resultado erróneas. En las últimas décadas se acumulan evidencias que apuntan a que los niños realmente razonan desde una edad muy temprana de un modo análogo a los científicos. Alison Gopnik, profesora de psicología en la universidad de California, pasa revista a estas investigaciones en Science, sintetizando los principales logros teóricos y algunas probables implicaciones para la política educativa.

De acuerdo con las conclusiones de esta nueva ciencia del aprendizaje, los niños podrían emplear mecanismos de aprendizaje que realmente “recuerdan a los procesos inductivos básicos de la ciencia”, y la clave podría residir en el razonamiento bayesiano, una aproximación utilizada ampliamente en la informática, la estadística y la filosofía de la ciencia.

Los niños no aprenderían aplicando a la realidad conceptos innatos, de tipo platónico, o categorías “a priori” a la manera de Kant, sino estableciendo una negociación permanente entre los modelos de pensamiento y las evidencias del mundo exterior. Como resultado, a semejanza de los científicos, también los niños serían capaces de revisar sus representaciones sobre el mundo en base a nuevas experiencias.

“Jugando a doctores”. Frederick Daniel Hardy (1827-1911)

Los niños son algo así como “bayesianos” intuitivos y, de un modo en que resulta útil compararlos con los científicos “emplean los datos para formular y poner a prueba hipótesis y teorías”. Los preescolares serían capaces de reconocer patrones estadísticos y aprender de ellos, de “jugar” y experimentar con la realidad para modificar su conocimiento del mundo, y también de aprender de la experiencia de otros. Los niños son incluso capaces de variar opiniones intuitivas sí se les presentan evidencias suficientes. No están atados a concepciones “intuitivas”:

Varios estudios recientes muestran que los niños integran el conocimiento anterior con las nuevas evidencias. Por ejemplo, los niños de 4 años de edad empiezan pensando que las causas psicológicas (por ejemplo, estar ansioso) no es probable que causen efectos físicos (por ejemplo, tener dolor de estómago) y rechazando las evidencias en sentido contrario. Pero si les das evidencias acumuladas en favor de esta hipótesis “psicosomática”, gradualmente se sentirán más inclinados a aceptarla que al principio, y un modelo bayesiano puede predecir este cambio de modo bastante preciso.

Nota bene: si la enseñanza acumulada de evidencias es capaz de cambiar el pensamiento de los niños pequeños en un tema relativamente trivial como el origen del dolor de estómago, ¿es que no se podrían también cuestionar, y desde una edad no menos temprana, otras ideas al parecer intuitivas, como el supuesto “teleologismo promiscuo” o el animismo intuitivo de los niños?

Existiría, por lo visto, una continuidad que no excluye diferencias entre el aprendizaje de los niños, y en general el aprendizaje diario, y el proceso más avanzado del aprendizaje científico.

Por supuesto, el pensamiento científico implica un nivel de reflexión autoconsciente, que incluye la reflexión sobre los mismos procesos de la ciencia. No vemos esta reflexión en los niños muy jóvenes: los preescolares ven evidencias probabilísticas y revisan hipótesis, pero no necesariamente entienden lo que están haciendo, y de hecho tampoco lo hacen los adultos normales.

¿Qué implicaciones se pueden derivar para las políticas educativas del presente y en definitiva para el modo en que enseñamos a los niños en la escuela?

Por de pronto, el conjunto de estas evidencias sugiere que los educadores podrían estar menospreciando las capacidades intelectuales de los niños preescolares, en favor de los aspectos “socio-emocionales”: “Los nuevos estudios muestran que incluso los niños muy jóvenes están metidos de lleno en un trabajo cognitivo tan profundo como la puesta a prueba de hipótesis y la inferencia causal”.

Los niños no son “pre-causales” ni insensibles al pensamiento lógico como se había creído. Son capaces de aprender de su entorno, de sus compañeros de juegos, y de los profesores desde una edad muy temprana. Según Gopnik, más que a través de una instrucción directa, los educadores podrían fomentar las habilidades cognitivas de los niños animándoles a que jueguen, pero también presentándoles anomalías que cuestionen sus visiones intuitivas y estimulando en ellos la búsqueda de explicaciones que a veces se parecen de forma asombrosa a las que ofrecen los mismos científicos.

 

Referencia: Gopnik, A. (2012-09-28) Scientific Thinking in Young Children: Theoretical Advances, Empirical Research, and Policy Implications. Science, 312(5782), 1900-1627. DOI: 10.1126/science.1223416

 

Muerte entre las bestias

Publicado por el 3 oct, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Publicado por nuestro colaborador Roger Corcho en la revista MUY

Tras una mordedura letal de serpiente, la elefante Eleonor, de cuarenta años de  edad, se desplomó en el suelo. Grace, que se encontraba cerca, se aproximó para socorrerla. Tras una noche de agonía, la elefante de la Reserva Nacional de Samburu en Kenia acabó muriendo. Estuvo acompañada en todo momento por Grace y, tras su muerte, el cadáver fue visitado por numerosos elefantes, tanto vinculados familiarmente con ella como otros. Este suceso casualmente ocurrió mientras  el zoólogo Iain Douglas-Hamilton y su equipo estaban estudiando la conducta de los elefantes de la zona, lo que permitió documentar exhaustivamente todos los movimientos y conductas que se produjeron tras el dramático suceso. En el estudio, publicado en 2006, se concluía que este caso era “un ejemplo de cómo elefantes y humanos pueden compartir emociones, como la compasión, y reconocer y estar interesados en la muerte”. Otros etólogos y zoólogos también han tomado nota del gran interés que tienen los elefantes por los huesos y colmillos de familiares suyos, que tocan y remueven con la trompa, incluso después de que hayan transcurrido años del deceso.

La historia de Tina y Tarzán es igualmente conmovedora. Tina era un chimpanzé que murió por una mordedura de leopardo. El macho alfa de la manada se mantuvo a su lado, durante  horas, protegiendo el cadáver e impidiendo que otros chimpanzés se aproximaran. Con una única excépción: Tarzán, el hermano de Tina, pudo sentarse a su lado, y tirar de su mano. Para la antropóloga Barbara King, esto no fue un acto aleatorio, sino que “el macho dominante fue capaz de reconocer el fuerte vínculo emocional entre Tina y Tarzán, y actuó con empatía”.  Tal como ha declarado el primatólogo Frans de Waal a MUY,  “los chimpancés reaccionan a la muerte de otros y parece que lo entiendan como un cambio impactante. No comen, están deprimidos, algunas veces pierden peso”. Hay una infinidad de observaciones en las que se constata la alteración de conducta de estos primates.

La gorila Gana sosteniendo a su hijo Claudio muerto entre sus brazos fue una imagen que tuvo un gran impacto mediático. En 2008, la hembra del zoológico de Munster asistió impotente a la muerte repentina de su hijo a causa de un defecto genético en el corazón. Los extremecidos visitantes del zoo fueron testigos de los esfuerzos de Gana por tratar de reanimar a su bebé, acunarlo y, finalmente, acarrearlo en su lomo. Todo el mundo se reconoció en la tristeza, dolor y consternación que reflejaba Gana en su conducta.

Los ciudadores de delfines también conocen el impacto que tiene la muerte de un delfín en el resto del grupo. Alteraciones en la alimentación, desánimo y apatía, son características frecuentes que pueden vincularse con la depresión.

HUIR DE ESPEJISMOS

Todas estas experiencias nos resultan extremadamente cercanas y familiares, equivalentes a las expresiones de dolor y sufrimiento que manifiestan los humanos durante el duelo. El paradigma darwinista confiere sentido a la idea de que existe un continuo en la evolución, y por tanto, invita a derribar las  concepciones que apuntalan la creencia en la excepcionalidad humana entre el resto de seres vivos. Si hay un continuo evolutivo, es esperable que rasgos de conductas que se creía que eran exclusivamente humanos, en realidad estén esparcidos por las distintas ramas de la vida. Las escenas descritas anteriormente se revelan, en este contexto, como una prueba de la conexión íntima que nos une al árbol de la evolución.

Y a pesar de estas aparentes evidencias, hay científicos que reclaman prudencia. La lógica darwinista puede hacer plausibles determinados razonamientos, pero cualquier afirmación tiene que apoyarse sobre evidencias. Es conocida además nuestra tendencia a atribuir cualidades humanas a mascotas como perros o incluso a todo tipo de objetos (numerosos propietarios de automóviles conocen esa experiencia). Es como si superpusiéramos emociones, intenciones y estados mentales sobre los objetos más próximos, -como una lámina transparente-,  con la finalidad de que la realidad sea más próxima y reconfortante. No son otra cosa que monigotes con los que embadurnamos la realidad, espejismos que reciben el calificativo de antropomorfización.

¿Estamos cayendo en la antropomorfización ante las situaciones descritas anteriormente? ¿Estamos colocando esta guinda que supone atribuir unos sentimientos y emociones a animales, que en realidad solo se encuentran en la mente del que mira? Esa es una de las razones por las que Frans de Waal manifiesta prudencia en la interpretación de determinados fenómenos:  “a partir de los datos recogidos es imposible saber si {estos animales] comprenden lo que está ocurriendo, y ni mucho menos se puede concluir que sean conscientes de su propia mortalidad”. El etólogo español Josep Call, también a instancias de MUY, ha respondido en la misma dirección: “Hay observaciones que te hacen pensar [que los chimpancés y otros seres vivos tienen emociones y sufren]. Sin embargo, son necesarios más datos empíricos y sistemáticos sobre este tema”.

TODO LO QUE VIVE TIENE QUE MORIR

Que los seres vivos reconozcan la muerte no es, en todo caso, un acontecimiento extraordinario. De hecho, es bastante habitual. Por ejemplo, Edward O. Wilson, el fundador de la sociobiología y uno de los mayores expertos en hormigas, observó que estos insectos detectan los cadáveres de miembros de su especie por el olor caracterísico que desprenden. En un experimento, se depositó una gota de ácido oleico sobre una hormiga viva. El resto de hormigas la trató como si estuviera muerta y la arrastró fuera del hormiguero.

Los etólogos conocen numerosas conductas animales en las que la muerte forma parte del juego de la supervivencia. Por ejemplo, animales que fingen su muerte para evitar el ataque de un predador. O incluso, arriesgar la propia vida para salvar a las crías, tal como hacen algunas aves, que fingen tener un ala rota para captar la actención de un predador y así alejarlo del nido.

Lo que llama la atención no es, por tanto, el reconocimiento de la muerte en sí, sino las supuestas emociones que arrastra dicho acto en seres como simios, delfines y elefantes.  Se trata de animales en cuyos cerebros se detecta una corteza prefrontal y la amígdala, que son partes cerebrales que se activan en las emociones humanas.  También son seres vivos altamente sociales, que establecen lazos de unión con sus congéneres. La muerte de un congénere con el que se habían establecido lazos afectivos parece producir un inmenso dolor y pena. El problema de fondo es, por tanto, si los animales pueden tener sentimientos y emociones. Lo parece: ¿es así?

SENTIR COMO UN CHIMPANCÉ

Resulta imposible ponernos en la cabeza de un elefante o un gorila para saber lo que sienten. Sin embargo, hay científicos que aseguran que este paso no es necesario porque las emociones se transparentan a través del ropaje de las actitudes, gestos y acciones. ¿Es el comportamiento como un cristal por el que vemos los estados mentales? ¿O bien el paso de conducta a mente es un salto con pértiga, arriesgado y, en definitiva, sin base científica?

La primatóloga Carmen Maté, profesora de la Universidad Pompeu Fabra, está convencida de que no es un error hablar de emociones animales: “De la misma manera que por el lenguaje no verbal podemos saber los estados emocionales de una persona –aunque no compartamos el mismo lenguaje ni la misma cultura- esta misma identificación se puede realizar con individuos de otras especies”. La profesora Maté –que fue directora del zoo de Barcelona- asegura que hay escasas diferencias entre humanos y chimpancés: “los chimpancés son capaces de reconocer nuestros estados emocionales, al igual que nosotros reconocemos los suyos. La diferencia reside en que nosotros somos capaces de expresarlo en un lenguaje verbal… Los chimpancés concretamente son muy expresivos, en caras y gestos, y hacen cosas como las que hacemos nosotros, y nosotros hacemos cosas como las que hacen ellos porque sobre todo compartimos un mismo sistema límbico, que es el encargado de las emociones”.

Maté tambén tiene la convicción de que la conciencia de la muerte está claramente vinculada con la capacidad de empatía y de simpatía, es decir, con la capacidad no solo de identificar los estados emocionales, sino también de ponerse en el lugar del otro. Los chimpancés son capaces de adivinar que otro compañero del grupo está decaído y tratar de consolarlo. En conclusión, asegura: “Estamos hablando de primates que se reconocen en el espejo y que tienen capacidades cognitivas en algunos casos muy parecidas a las nuestras y que son capaces de identificar estados emocionales para dar consuelo. ¿Por qué tendríamos que ser diferentes? Si tienen todas estas capacidades, ¿por qué no pueden sentir como sentimos nosotros?”

EXISTENCIALISMO ANIMAL Además de la vertiente emocional, el reconocimiento de la muerte en los humanos supone aceptar que uno mismo es finito y que también morirá.  A falta de averiguar si los gorilas sufren crisis existenciales, se puede avanzar que existen experimentos para averiguar su grado de autoconciencia. El reconocimiento en el espejo es un test que han superado elefantes, chimpancés y delfines, mientras que el resto de especies son incapaces de darse cuenta de que están viendo reflejado su cuerpo. Superar el test supone tener un grado de conciencia de sí mismos.

El dolor y la tristeza observados en el reino animal obligan a plantear la cuestión por las diferencias que nos separan del resto de seres vivos.  Se trata de saber dónde colocar la línea de separación, y los constantes experimentos y observaciones permiten añadir capas de complejidad, precisión  y gradualismo a este interrogante.  Nos encontramos ante un problema interpretativo, y de cómo la ciencia puede encararlo con solvencia. La falta de unanimidad en el seno de la comunidad científica para interpretar elementos como la empatía, el dolor y el duelo,o la autoconciencia en el mundo animal, invita a que se planteen más experimentos. Al fin y al cabo, como señala juiciosamente Michael Gazzaniga, jamás se nos ocurriría invitar a salir a un chimpancé. Aunque no nos quede aún muy claro por qué.

CUADRO COMPLEMENTARIO

KOKO AL HABLA

Koko es uno de los pocos gorilas que fue capaz de aprender el lenguaje de signos de los sordomudos. Las limitaciones fisiológicas impiden que chimpancés o gorilas puedan aprender a hablar, pero sí que son capaces de adquirir rudimientos de lenguaje (que en el caso del Koko alcanza las mil palabras). Carmen Maté, en el libro Seis miradas sobre la muerte, detalla cómo este animal utilizaba el lenguaje de signos para referirse a sus sentimientos y al hecho de morir.  Sus cuidadores le preguntaron, por ejemplo, dónde van los gorilas cuando mueren, a lo que Koko repuso: “Agujero cómodo, adiós”. Y sobre cómo se sienten los gorilas al morir, si contentos o tristes, la respuesta de Koko fue “dormir”. Ante la pérdida de algún ser querido, Koko afirmaba que quería “llorar”.

CUADRO COMPLEMENTARIO

EMOCIONES Y SENTIMIENTOS

Antonio Damasio es uno de los principales expertos en estudiar el papel de emociones y sentimientos. Las emociones son para Damasio reacciones corporales, y cada emoción concreta se distingue por un abanico específico de reacciones fisiológicas. Las emociones causan también los sentimientos, que son la unión de la percepción de dicha emoción junto a una manera de pensar. En los sentimientos, las emociones han alcanzado el córtex. Damasio, de esta manera, contraviene una creencia popular consistente en pensar que los sentimientos provocan las emociones.

¿Está creciendo demasiado la ciencia?

Publicado por el 1 oct, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 3 comentarios

En general se puede dar por buena la afirmación de Lewis H. Morgan sobre que “la humanidad comenzó su carrera en lo más bajo de la escala y se abrió paso a través del salvajismo hacia la civilización por medio de la lenta acumulación de conocimiento experimental.”

El progreso del conocimiento humano es gradual y acumulativo desde hace siglos, y ni siquiera se detuvo en la llamada “edad oscura” del medioevo, debido a una supuesta influencia negativa de la religión. Durante todo este periodo, el mayor obstáculo al progreso científico no fueron los dogmas de la iglesia, sino la peste negra que casi mató a la mitad de la población europea occidental durante el siglo XIV, “incluyendo muchos de los mejores filósofos naturales de Europa”, tal y como explica James Hannam.

Así pues, el avance del conocimiento humano no es unilineal. Existen momentos de estancamiento y de progreso, debido a una combinación de causas naturales y culturales.

Ahora que estamos viviendo en un periodo de “larga paz” y relativa afluencia económica, la ciencia, una de las joyas más brillantes del conocimiento humano, puede experimentar un desarrollo fabuloso.

Conviene recordar que antes del siglo XIX nunca se habló de “científicos” propiamente dichos y que el sistema de publicación de la ciencia moderno no es anterior al siglo XVIII, cuando aparecen los primeros números de Journal des sçavans en Francia o de Philosophical transactions of the Royal Society en Gran Bretaña (en España las primeras publicaciones de este estilo aparecieron algo más tarde).

Hoy en día, cuando hablamos de “ciencia”, normalmente nos referimos a los resultados publicados en este sistema de publicación.

En el fantástico blog Neuroskeptic han buscado en la base de datos de PubMed para ver cuántos artículos científicos se vienen publicando en los últimos 30 años. Los resultados son llamativos:

Artículos publicados en inglés de 1981 a 2011. Neuroskeptic

 

Cada año en estas últimas tres décadas los científicos han publicado más y más artículos, a razón de un 4% de incremento medio anual.

Si el crecimiento continúa de forma exponencial, para 2016 se publicarán 1 millón de artículos científicos revisados, y 2 millones en 2030. Normalmente asumimos que el progreso científico es algo positivo, pero ¿realmente puede llegar a haber más ciencia de la que podemos permitirnos asimilar?

 

¿Por qué somos de izquierdas o de derechas?

Publicado por el 29 sep, 2012 en Ciencia cognitiva, Divulgación Científica, Tercera Cultura | 18 comentarios

Publicado originalmente por John T. Tost y traducido por Antonio Arturo Gonzalez

Jonathan Haidt

Jonathan Haidt es todo lo omnipresente que un psicólogo social pueda ser. Cuando no está dando conferencias en las TED talks o escribiendo tribunas de prensa, aparece en el American Enterprise Institute o en el programa de Bill Moyers de la PBS, advierte al Dalai Lama de los males del socialismo o es satirizado por Stephen Colbert. Orador activo, seguro y carismático, es también un narrador con talento para entrelazar anécdotas históricas y personales, matáforas biológicas e incluso aforismos espirituales.

En The Righteous Mind, Haidt trata de explicar los fundamentos psicológicos de la moralidad y cómo éstos conducen al conflicto político. Las tres partes del libro no son tan firmes ni consistentes como la ingeniosa prosa de Haidt las hace parecer. La primera repasa los fascinantes argumentos de un influyente trabajo anterior (1) en el que expuso cómo el razonamiento moral no es más que racionalización post-hoc de intuiciones instintivas. La segunda presenta un marco evolutivo que establece cinco o seis “bases morales” y aplica esta estructura al análisis de las diferencias de juicio moral liberal-conservador. En la tercera parte, Haidt especula que el patriotismo, la religiosidad y “psicología de la colmena” evolucionó en los humanos rápidamente a través de selección de grupos.

De entrada, Haidt rechaza por ideológicamente sesgadas las tentativas por parte de Lawrence Kohlberg, Elliot Turiel y otros, de elaborar unos estándares psicológicos racionales y objetivos del desarrollo (o progreso) moral. Afirma que “era inevitable que su [de ellos] investigación avalara cosmovisiones de tipo secular, escéptico e igualitario”. Pero al refedinir la moral en términos subjetivos y culturalmente relativos, lo que hace Haidt no es tanto corregir un supuesto error en la investigación de la psicología del desarrollo, como reemplazar éste con su propia cosmovisión. Pero al borrar toda diferencia entre ser moral y ser moralista, su enfoque puramente subjetivista corre el peligro de sustituir lo que él considera un sesgo liberal en el estudio psicológico del comportamiento moral, por otro conservador.

¿Cómo llega hasta ahí? Una importante teoría del razonamieto humano sostiene que existen dos sistemas cognitivos(2): el Sistema 1 es rápido, intuitivo, fácil y asociativo. El Sistema 2 es lento, consciente, laborioso y lógico. Según Haidt, el Sistema 2 en realidad no es más que un bullshitter, un simulador, un racionalizador post hoc. Asegura que los humanos son abominables como científicos y lógicos pero excelentes abogados y secretarios de prensa (gente que sólo considera un aspecto del asunto y lo defiende al ultranza). Haidt procede así a hacer virtud de la necesidad: como funcionamos tan emocionalmente y realizamos tan mal el pensamiento racional acerca de la moralidad, debe seguirse que la moralidad en sí está basada, y sólo puede estarlo, en intuiciones instintivas (casi siempre emocionales). Descarta la posobilidad de que, como escribió Max Bazerman, “el Sistema 2, nuestros procesos de pensamiento más reflexivos, puede ser utilizado para rebajar los efectos negativos de nuestro juicio intuitivo”(3). Por contra, la investigación muestra que disminuir la intensidad emocional de las situaciones por medio de la reconsideración lleva a las personas a abandonar las intuiciones instintivas y a adoptar un razonamiento moral más reflexivo [p.ej. (4)].

Tras argumentar que el “razonamiento moral” no es más que racionalización post hoc de reacciones intuitivas y emocionales, Haidt corre riesgo de contradicción cuando pretende que los liberales adopten intuiciones morales conservadoras en cuanto a la importancia de la obediencia a la autoridad, la lealtad de grupo y el respeto de estándares de pureza. Si tiene que aceptarse la premisa de racionalización post hoc de Haidt y sus conclusiones sobre las diferencias de jucio moral entre liberales y conservadores, se podría dar una circunstancia más económica y más susceptible de soporte empírico: que por una variedad de razones psicológicas, los conservadores llevan a cabo más racionalización de reacciones instintivas, y esto los hace más moralistas (juiciosos) que los liberales. Sin embargo, esto no los convierte en más morales en ningún sentido de la palabra, ni les otorga base legítima para criticar el juicio moral liberal del modo en que lo hace Haidt.

Haidt argumenta que el código moral liberal es deficiente porque no se basa en todos sus “fundamentos morales”. Sostiene que el liberal es como el restaurador estúpido que pretendió elaborar toda una cocina con un sólo sabor, siempre que fuera dulce. Esto ilustra la mayor flaqueza del libro de Haidt: oscila entre un supuesto sentido neutral de la “moral” (todo lo que un individuo o grupo cree que es moral y sirve para suprimir el egoísmo) y un sentido más preceptivo que él usa principalmente para punzar a los liberales. En definitiva, las mismas preferencias retóricas de Haidt hacen que su pretensión de imparcialidad no resulte convincente. Si la moralidad descriptiva se basa en cualquier cosa que la gente crea, entonces tanto liberales como conservadores parecerían tener igual derecho a ella. ¿Tiene realmente sentido, filosófica, psicológica o políticamente, tratar de llevar la cuenta, no digamos aseverar que “más es mejor” en lo referente al juicio moral?

Haidt confía en los datos de una encuesta online (5) para basar su evaluación crítica de la “estrechez” liberal. Al ser preguntados acerca de en qué medida es bueno ser “jugador de equipo”, o malo “hacer daño a un animal indefenso” y otras cosas parecidas, los liberales resultan estar más interesados que los conservadores en alcanzar la justicia y evitar el daño, mientras que los conservadores se procupan más que los liberales por la obediencia a la autoridad, favorecer al grupo y respetar las reglas sagradas. Haidt caracteriza engañosamente estos resultados como sugerentes de que la moralidad liberal es un subconjunto parcial de la moralidad conservadora, de hecho llama a los liberales “monistas morales”. Una explicación más simple es que los juicios liberales son más precisos que los conservadores. De hecho, si los encuestados expresaran estar moderadamente de acuerdo con todas las preguntas (mostrando lo que los investigadores en encuestas llaman sesgo de consentimiento), sus puntuaciones en el cuestionario de fundamentos morales se parecerían a las de los encuestados “muy conservadores” a quienes Haidt admira por su dieta equilibrada.

Elegantemente escrito, el libro de Haidt proyecta una luz nueva y creativa a la filosofía moral y ofrece un mensaje provocador. Sin embargo, desde una perspectiva científica, su teoría plantea más preguntas de las que responde. ¿por qué algunas personas sienten que es moralmente bueno (o necesario) obedecer a la autoridad, favorecer al grupo y guardar pureza, mientras que otras son escépticas? ¿Por qué algunos creen que es moralmente aceptable juzgar o despreciar a otros (como las parejas gays o lesbianas o, sólo una generación antes, las parejas interraciales) porque no les gustan o se sienten disgustados por ellos, mientras que otros no? ¿Por qué “nos cuidamos hoy más de la violencia hacia más clases de víctimas que nuestros abuelos”? Haidt desestima la posibilidad de que este aspecto del liberalismo, que valora los factores universales sobre los provincianos (el principio de imparcialidad) es de hecho un enorme logro cultural, una victoria común sobre las limitaciones de nuestro más primitivo legado ancestral.

Antes de extraer amplias y profundas conclusiones sobre la política de la moralidad, Haidt necesita abordar una cuestión más básica: ¿cuáles son los criterios específicos empíricamente falsables para designar algo como fundamento moral con base evolutiva? Haidt coloca muy bajo el listón, cualquier cosa que inhiba el egoísmo individual en favor de intereses de grupo. Con esta definición, la decisión de saquear, quizá incluso asesinar, a miembros de otra tribu contaría como adaptación moral. Investigación reciente sugiere que maquiavelismo, autoritarismo, dominancia social y prejuicios están positivamente asociados a temas de valoración moral del grupo, autoridad y pureza [p.ej. (6, 7)]. Si todo esto tiene acomodo bajo el cada vez más amplio manto de la moralidad de grupo, uno se pregunta qué cosa no sería admitida.

No veo razones concluyentes para asumir que la moralidad sea, y mucho menos debiera ser, cualquier cosa que venga a la mente de la manera más rápida, fácil o incluso enérgica (debido a nuestra herencia evolutiva o a cualquier otra causa). En muchas circunstancias el comportamiento moral puede requerir de nosotros hacer cosas difíciles, quizá incluso “antinaturales” en cierto sentido. O, como dijo John Stuart Miller (8) ”…la naturaleza no puede ser para nosotros un modelo a imitar. O bien es correcto que debemos matar porque la naturaleza mata, torturar porque la naturaleza tortura, destruir y devastar porque la naturaleza lo hace, o bien no debemos considerar lo que la naturaleza hace, sino lo que es bueno hacer.

 

Referencias

1. J. Haidt, Psychol. Rev. 108, 814 (2001).

2. D. Kahneman, Thinking, Fast and Slow (Farrar, Straus and Giroux, New York, 2011); reviewed in (9).

3.http://www.psychologicalscience.org/index.php/publications/observer/obsonline/thinking-fast-and-slow.html.

4. M. Feinberg, R. Willer, O. Antonenko, O. P. John, Psychol. Sci. 23, 788 (2012).

5. www.yourmorals.org.

6. M. Arvan, Neuroethics 10.1007/s12152-011-9140-6 (2011).

7. J. H. Park, E. Isherwood, J. Soc. Psychol. 151, 391 (2011).

8. J. S. Mill, Nature, the Utility of Religion, and Theism (Longmans, Green, Reader, and Dyer, London, 1874).

9. S. J. Sherman, Science 334, 1062 (2011).

 

¡Apunta, enfoca, dispara!

Publicado por el 28 sep, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

El revólver y el fusil fotográficos son predecesores de las cámaras actuales…

¡Apunta, enfoca, dispara!Todos hemos visto en el cine que cuando se fusila a una persona los gritos de rigor son: ¡Preparados! ¡Apunten! ¡Fuego! Fíjense en la frase típica del fotógrafo: apuntar, enfocar, disparar. Disparar. Podría pensarse que es casualidad, o que el acto de apretar el disparador de la cámara fotográfica es similar al de apretar el gatillo y sin duda no nos equivocaríamos; pero el paralelismo entre fotografía, revólveres y fusiles es más profundo. Para verlo tenemos que remontarnos a 1874 cuando el astrónomo francés Pierre Jules Janssen se fue a Japón a fotografiar el tránsito de Venus. Debemos recordar que en aquellos momentos la fotografía se hacía mediante el procedimiento de Daguerre; es decir, el «cliché» era una placa de cobre recubierta de sales de plata. Para obtener una foto se necesitaba mucha luz y mucho tiempo; media hora de exposición era el estándar. Por suerte para Janssen, se acababa de inventar la placa fotográfica de alta velocidad que con muy buena luz permitía hacer las fotos en segundos. Janssen tenía la mejor luz posible, el Sol, y junto con las placas rápidas construyó una máquina que utilizaba la placa de un modo muy interesante. En vez de que una foto ocupase toda la placa, la dividía en pequeños rectángulos y un sistema de dos círculos perforados giratorios hacía que cada toma se grabara en un lugar diferente. El resultado era que una sola placa fotográfica tenía muchas fotos obtenidas en secuencia. Llegó a tomar una foto cada dieciocho segundos.

 

Janssen, para hacer los círculos que cambiaban la posición de las fotos, se inspiró en el cilindro de los revólveres de Colt. Por eso a su máquina le dio el nombre de «revólver fotográfico». Con ella obtuvo las primeras fotografías de un tránsito de Venus, aunque las fotos resultaron borrosas. En el boletín de la Sociedad Francesa de fotografía poco después escribía: «La propiedad del revólver, de ser capaz de dar automáticamente una serie numerosa de imágenes tan juntas como se quiera… nos permitirá acercarnos a la interesante pregunta del mecanismo fisiológico relacionado con el andar, con el vuelo y con otros variados movimientos». Poco después, Étienne Jules Marey, le dio otra vuelta de tuerca y para poder fotografiar animales en movimiento creó un equipo similar al de Janssen pero portátil, que se parecía enormemente a un fusil, por lo que le dio el nombre de «fusil fotográfico».

«Revólver» y «fusil» fotográficos, ¿se extrañan que a sacar una foto le llamemos disparar?

Un engaño “antidarwinista” al estilo Sokal

Publicado por el 26 sep, 2012 en General, Guerras culturales, Tercera Cultura | 4 comentarios

Caricatura de Darwin

Los lectores de Cultura 3.0 probablemente ya están familiarizados con el llamado engaño o escándalo de Sokal. Alan Sokal, un profesor de física en la universidad de Nueva York, envió un artículo lleno de disparates pseudocientíficos a la prestigiosa revista, de corte posmoderno cultural, Social Text, que aceptó el trabajo y lo publicó en su número correspondiente a la primavera/verano de 1996. El exitoso engaño dio lugar también a un libro, de enorme impacto en la visión que tenemos desde entonces en la relación entre ciencia y humanidades: Imposturas intelectuales, editado en español por Paidós en 1998.

El nuevo engaño, de estilo Sokal (vía Jerry Coyne), que acaba de perpetrar el filósofo belga Marteen Boudry, del departamento de filosofía y ciencias morales de la universidad de Gante, no va a tener tanta repercusión, pero también es muy ilustrativo, en este caso sobre la alarmante bajada de defensas intelectuales en las facultades de teología europeas. Boudry decidió enviar un artículo repleto de dislates “anti-darwinistas” a dos conferencias de teología, que aceptaron alegremente el trabajo (aquí se puede comprobar directamente en el programa).

Esta es una parte del resumen del artículo aceptado de Boudry:

Las paradojas del desorden darwinista. Hacia una reafirmación ontológica del orden y la trascendencia

Robert A. Maundy,  College of the Holy Cross, Reno, Nevada

En la perspectiva darwiniana, el orden no es inmanente en la realidad, sino en el aspecto auto-afirmante de la realidad en tanto es experimentada por sujetos situados. Sin embargo, no es tanto la realidad la que es auto-afirmante, sino el orden creativo estructurante de la realidad que se manifiesta a sí mismo en nosotros (…) La valoración del orden significativo, más que como órden-en-sí-mismo, ha sido radicalmente objetivizado en la visión del mundo darwiniana. Este proceso de de-contextualización y reificación últimamente ha llevado al establecimiento de un “des-órden” más que de un “este orden”. Como resultado, el darwnismo materialista se confronta con nosotros con una erradicación del significado desde la experiencia fenomenológica de la realidad (…) En contra de lo que afirma Dawkins, si volvemos a situar nuestro sentido de la localidad de la existencia dentro de un espacio de radical contingencia de destino espiritual, entonces el orden absoluto reemerge como posibilidad ontológica.

 

Dopamina feminista

Publicado por el 24 sep, 2012 en Divulgación Científica, Neurociencia, Tercera Cultura | 2 comentarios

Publicado en The Neurocritic

¿Tiene conciencia la Vagina?

 

“Virgen María Yoni”

Naomi Wolf, famosa autora y activista feminista, responde a esta precisa cuestión en su nuevo libro, Vagina: A New Biography. A primera vista, me parece una mezcla difícil de confesión sexual, auto-ayuda, neurociencia pop, y adoración de la diosa Yoni de nueva era.

¿Podría una profunda conexión entre el cerebro de una mujer y su experiencia con su vagina afectar a su mayor sentido de la creatividad e incluso de conciencia? En su nuevo, importante y provocativo libro, la autora de bestsellers como The beauty myth Naomi Wolf argumenta que esta conexión no sólo es real, y menospreciada mucho tiempo, sino que es fundamental para el sentido del yo de una mujer.

Estimulada por la experiencia de una crisis médica inesperada, un nervio pélvico lesionado que afectó temporalmente a sus propias sensaciones físicas, Wolf se dispone a descubrir por qué y cómo es mejor entender el cerebro y la vagina como un “sólo sistema”. Entender la conexión cerebro-vagina, según aprendió, no es meramente una llave para un sexo transformador en las mujeres, es una llave para la auto-actualización femenina, y en consecuencia para el poder femenino, la creatividad y la confianza.

La improbable combinación de elementos pseudocientíficos y místicos ofrece algo que todo el mundo puede detestar. Entre neurocientíficos, se han paseado por los medios sociales meteduras de pata como “la dopamina es el último elemento químico del cerebro femenino”, la oxitocina es “el superpoder emocional de la mujer” y la vagina “no es sólo coextensiva con el cerebro femenino sino parte del alma femenina”.

Casi siento lástima por la señora Wolf porque todo esto es pan comido. La dopamina no es un neurotransmisor feminista, a no ser que las culebras e insectos hayan estado leyendo en secreto a Betty Friedan y escuchando a Bikini Kill.

El capítulo 4 de Vagina trata sobre Dopamina, Opiáceos y Oxitocina. Aparte del resumen y la reseña en The Guardian, sólo tres capítulos están disponibles en línea. Pero aquí hay una cita:

Los que no somos científicos a menudo olvidamos que las sustancias quimicas del cerebro son vehiculos de profundas verdades humanas.

Creía que las sustancias químicas del cerebro eran vehículos que enlazaban los receptores y activaban moléculas de transducción de señales. Incluso los neurocientíficos más reduccionistas entre nosotros se dan cuenta de que estamos a muchísima distancia de entender cómo podría explicar la oxitocina la moralidad (con la excepción de Paul Zak)

Pero la biología feminista aparentemente nos dice que la vagina es el sistema adecuado para profundas verdades femeninas:

Por la misma razón, la experiencia de libertad del yo femenino, y su impulso para buscar más libertad, y hacerlo desde una base de auto-amor, la búsqueda feminista y la sensibilidad feminista, todo ello está reforzado en la mujer por la dopamina preorgásmia, y por el efecto del orgasmo sobre el cerebro. De este modo, la vagina es el sistema adecuado para alcanzar los estados mentales que llamamos confianza, auto-realización e incluso misticismo en la mujer.

¿Es que las mujeres que no tienen orgasmos no pueden ser feministas liberadas y seguras de sí? Esto hace que te preguntes por las fuentes científicas de Wolf…

Una gráfica ilustrada compilada por la investigadora de dopamina Marnia Robinson  muestra cómo afecta la dopamina a la conducta humana en las relaciones y los entornos sociales.

Cuando escucho “investigador de la dopamina”, pienso en expertos como Nora Volkow, Kent Berridge, Wolfram Schultz, y Barry Everitt. No podría encontrar ni un sólo artículo revisado en una revista del que sea autora Robinson. En su lugar, tiene un blog en Psychology Today para promocionar su libro. El trabajo de Robinson es parte de las neurorrelaciones de la industria de auto-ayuda, junto con libros y blogs como Rewire Your Brain for Love y Neuroscience and Relationships. No se precisa en absoluto ningún conocimiento del cerebro para mensajes de andar por casa que incluyen los beneficios de la meditación profunda y consejos para alcanzar objetivos.

¿Se puede culpar aquí a Wolf? ¿Tenía la responsabilidad de contactar con expertos reales (o incluso de saber quiénes eran)? Leyendo sólo una pequeña muestra, no puedo decir a quién más debió haber consultado. En el capítulo 2, cita un artículo científico serio de 1996 de Meston y Gorzalka sobre Los Efectos diferenciales de la activación simpática en la excitación sexual de mujeres sexualmente funcionales y disfuncionales. Pero dice:

El sistema nervioso autónomo prepara el camino para los impulsos neurales que viajarán desde la vagina, el clítoris y los labios hasta el cerebro, y este fascinante sistema nervioso regula las respuestas de la mujer a la relajación y la estimulación proporcionada por la Diosa (goddess array), “el conjunto de comportamientos que un amante emplea para excitar a su pareja”.

La diosa y el sistema nervioso autónomo, ¿juntos al fín o extraños compañeros de cama? Al final (o más bien, en el principio), la Vagina es parte de una autobiografía, y Wolf ciertamente se expone a sí misma y a sus orgasmos, algo que según lo veo la hace incluso más vulnerable a los ataques personales. De momento me quedaré con la neurociencia, y aguardaré a la secuela.

Próximamente: Pene: Una autobiografía, por Jesse Bering.2

Notas

1) Sin embargo, debo admitir que no he leído el libro entero, por lo que algunas de esas afirmaciones podrían ser no del todo justas.

2) Un momento, ¿Ya ha publicado esto?

Una búsqueda de conciencia

Publicado por el 21 sep, 2012 en Tercera Cultura | 2 comentarios

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“En este relato literario de Tononi, Francis Crick le enseña a Galileo las bases de la neurociencia. Y le dice, “esta es una «historia para gente adulta, no un consolador cuento para niños». Traducción:  Iñigo Valverde

Christof Koch, admirado ante un viaje que explica la teoría mente-cuerpo a través de una lente de fantasía.

UNA BUSQUEDA DE LA CONCIENCIA«Al final, lo que de verdad importa es la conciencia». Lo escribe Giulio Tononi, cuya asombrosa  y original Phi, es un eco lejano de la gran deducción que formuló René Descartes. Tononi, neurocientífico, psiquiatra y experto en materia de sueño y de conciencia, pertenece también a esa especie de universitarios modernos que tanto escasea, los idealistas. En este libro heterodoxo, presenta su teoría cuantitativa sobre la forma en que el cerebro elabora la mente como un viaje de descubrimiento, imaginado para Galileo Galilei.

En este relato literario de Tononi, Francis Crick le enseña a Galileo las bases de la neurociencia. Galileo comprende que el cerebro es la sede de la mente y que la conciencia fluye cuando las neuronas se apagan y se encienden colectivamente durante el sueño o los desmayos, en una serie de encuentros con estudiosos, científicos, doctores y artistas de la ilustración hasta la era moderna. Un elenco en el que aparecen Descartes, Copérnico, Darwin, Freud, Mar­cel Proust y al final, Alan Turing.

Galileo discute algunos conceptos dudosos a lo largo de un recorrido muy pateado por neurocientíficos y neurólogos, en su persecución de la conciencia hasta el fondo de su guarida cerebral. Aunque pudiéramos señalar este mecanismo biofísico, esas células nerviosas, como mediadores, por ejemplo, de la experiencia fenoménica del color rojo, todavía tendríamos que preguntarnos: ¿por qué estos mecanismos y neuronas concretos? ¿Por qué no otros? Históricamente, el gran desafío ha sido explicar cómo emerge la conciencia de una materia altamente organizada sin invocar la magia, el espíritu o alguna física de origen exótico.

Con el advenimiento de la teoría de la información de Claude Shannon en el siglo XX, los estudiosos verificaron la existencia de un vínculo entre la información y la experiencia consciente sin desarrollar una tesis sobre lo que podría ser o sobre sus consecuencias. La teoría de la información integrada de Tononi consigue ambas cosas. Partiendo de dos axiomas que están arraigados en la experiencia cotidiana de lo fenoménico, la teoría define una medida (con el símbolo Φ) asociada con cada sistema compuesto de partes que tienen una relación recíproca causal. Esta medida es elevada si el sistema constituye una sola entidad más allá de sus partes (integración) y está dotado de un gran repertorio de estados discriminables (información). Cuanto más integrada  sea la información de que disponga un sistema, más consciente será. Este marco, redactado en un lenguaje probabilístico, también capta la única calidad intrínseca de la experiencia — por qué el azul, por ejemplo, es más identificable con el rojo que con el dolor o el olor.

En Phi, esto se transmite a través de una serie de experiencias de un pensamiento deslumbrante con la ayuda de cameos de filósofos como Shannon y Spinoza, Leibniz y Thomas Nagel (la única persona viva que figura en el libro). A través de ellos, Galileo entiende cómo el álgebra de la información integrada se convierte en la geometría de las experiencias conscientes, y cómo enlaza esta idea con la fisiología y la anatomía del cerebro.

En el tercio final del libro, Tononi expone las implicaciones de su teoría. Argumenta una serie de conclusiones acerca de la conciencia: que cesa con la muerte y la demencia, no requiere lenguaje o conocimiento de sí mismo, existe en los animales en distintos grados y puede estar presente, hasta cierto punto, en el feto.

Diablos, se dice Tononi, todo  está en la mente. Uno de los personajes más escalofriantes de Phi es el Maestro, una amalgama del Capitán del relato de Kafka En la colonia penitenciaria (1914) y del Gran Inquisidor de Los hermanos Karamazov de Dostoyevski, (1880). La obsesión del Maestro es crear un dolor perfectamente interminable manipulando el contenido informativo del cerebro. En el capítulo final, el Maniquí, un clon de Mefistófeles, vomita algunas paradojas lógicas antes de dejar al moribundo Galileo reunirse con su amada hija.

Phi es extraordinaria. En su llamada a la imaginación, tiene cierto parecido con la novela corta Flatland de Edwin Abbott (1884) o Gödel, Escher, Bach de Douglas Hofstadter (Basic Books, 1979). Pero su lenguaje es más poético y está lleno de imágenes  y referencias culturales— fotos de películas y de obras de arte con los colores a menudo modificados. Las notas al final de cada capítulo conectan las alegorías y metáforas del texto con la ciencia.

Creo que cuando pase el tiempo necesario, el marco cuantitativo descrito en Phi demostrará que es correcto. La conciencia está estrechamente ligada a la complejidad y a la información, con profundas consecuencias para la comprensión de nuestro lugar en este universo en evolución. Como le dice Crick a Galileo, esta es una «historia para gente adulta, no un consolador cuento para niños».

 ■ Christof Koch es jefe del servicio científico en el Allen Institute for Brain Science de Seattle, Washington (EE.UU.) y profesor de Biología e ingeniería en el Instituto de tecnología de Pasadena, California. e-mail: christofk@alleninstitute.org

Tránsito de Venus

Publicado por el 18 sep, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Los tránsitos de Venus se utilizaron para calcular la distancia de la Tierra al Sol

Tránsito de VenusEl pasado 6 de junio el planeta Venus se interpuso entre la Tierra y el Sol y en muchos sitios de nuestro planeta pudieron observar cómo un pequeño disco oscuro –Venus– atravesaba nuestra estrella de lado a lado. Esta vez, desde nuestras coordenadas se puso observar al amanecer pero solamente la parte final. Sin embargo, hace ocho años lo pudimos ver perfectamente. Dado que se han visto dos veces en el intervalo de ocho años, podríamos pensar que es un fenómeno frecuente; pero no lo es. Lo que ocurre es que siempre se dan en parejas separadas por ocho años. El haber ocurrido el tránsito de Venus en 2004 ya nos decía que habría otro en 2012. Pero no volveremos a tener otros tránsitos hasta 2117-2125. El primer tránsito del que tenemos noticia fue observado en 1639 y desde entonces ha habido siete.

El de 1761 fue muy importante y se hicieron expediciones para verlo desde distintos puntos de la Tierra, pues si dos o más observadores, separados, miden con precisión el momento en el que Venus toca al Sol podemos saber la distancia que nos separa de nuestra estrella. En aquel tránsito de descubrió que Venus tenía atmósfera. Esa atmósfera hace que sea difícil calcular con precisión cuando Venus toca el Sol, pues el planeta se deforma y adquiere la forma de una gota de agua negra. Todavía fue más importante el transito que ocurrió ocho años después; los ingleses enviaron al famoso capitán Cook a Tahití para que hiciera mediciones desde allí. Con los datos desde varios lugares estimaron que la distancia entre la Tierra y el Sol era de aproximadamente 153 millones de kilómetros, con un error por exceso o por defecto de algo más de millón y medio de km. Hoy sabemos que la distancia media entre la Tierra y el Sol, que se llama Unidad Astronómica, es de aproximadamente 150 millones de kilómetros. Así que el cálculo que hicieron en 1769 era realmente bueno. Y si pensamos en los errores introducidos por la atmósfera de Venus, por nuestra propia atmósfera y por la del Sol, todavía quedamos más maravillados.

Una historia triste es la del astrónomo francés Guillaume Le Gentil, que embarcó para ver el tránsito de 1761 desde la India y sufrió un montón de vicisitudes y no lo vio. Se quedó ocho años para ver el siguiente, pero aquel día estuvo nublado. Al volver a Francia le habían declarado muerto, su mujer se había vuelto a casar, habían vendido sus propiedades y había perdido su trabajo en la Academia de Ciencias. A veces la ciencia tiene estas cosas.

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