Navegar a...

Artículos recientes

El estudio económico de la evolución humana

Publicado por el 8 jun, 2012 en Historia de las ideas, Tercera Cultura | 0 comentarios

Presentamos este artículo de Arcadi Navarro, profesor de la Universitat Pompeu Fabra — (ICREA) y del Institut de Biologia Evolutiva (UPF-CSIC: Un siglo y medio después. El estudio económico de la evolución humana.

"The origin of species"

Desde la publicación en 1859 de The Origin of Species y en 1871 de The descent of man, dos de las obras capitales de Darwin, el estudio científico de la evolución de las características específicas de los humanos ha sido el objeto de grandes esfuerzos provenientes de diversas áreas de la ciencia. Hoy en día, después de un siglo y medio de investigaciones se han acumulado resultados impresionantes sobre qué es aquello que, separándonos del resto de primates, «nos hace humanos» y sobre cómo puede haber evolucionado. En los últimos años una nueva área de investigación, liderada, sorprendentemente, por economistas,está empezando a hacer contribuciones importantes en el estudio de la hominización.

Continuar leyendo.

Corea del Sur sucumbe a la presión de los creacionistas y suprime la evolución de las escuelas

Publicado por el 6 jun, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 5 comentarios

Korea Creation Magazine

Las autoridades educativas de Corea del Sur finalmente han cedido a las presiones del lobby creacionista, concretamente la Korea Association for Creation Research, con extensiones en otros países asiáticos, como Japón e Indonesia, y los EE.UU. En una editorial de Nature, se explica que los creacionistas han intentado apoyar su presión en ciertos descubrimientos recientes, como un estudio según el cual el dinosaurio Archaeropteryx no es necesariamente un antecesor de los pájaros. De acuerdo con el psicólogo evolucionista coreano Joonghawn Jeon explotar estos debates sobre los linajes de las especies es  ”una típica estrategia de los creacionistas para atacar la enseñanza de la evolución”.

El grado de negacionismo científico con respecto a la evolución en Corea del Sur se acerca al de EE.UU. con aproximadamente 1/3 de personas que afirman no creer en la evolución. Si bien el elevado porcentaje de no creyentes (¿influencia del budismo?), con hasta un 40% de coreanos que afirman no creer en Dios, y con sólo 1/4 de la población identificada como fuertemente religiosa (la mayoría evangélicos cristianos) plantea dudas sobre las fuentes de este negacionismo, habida cuenta de que las razones para negar la evolución suelen ser preferentemente religiosas. ¿Cómo puede ser que en un país con casi la mitad de no creyentes prospere una medida tan radical? Tal vez existan consideraciones extracientíficas y no religiosas, como la adhesión al nacionalismo étnico y un orgullo nacional que considera incómoda la descendencia común con los primates, pero esto no son más que conjeturas.

En cualquier caso, la frustrada enseñanza de la evolución en Corea del Sur es una ilustración más de que un pequeño grupo ruidoso y radical, pero bien financiado, puede llevar adelante sus objetivos en medio de un público indiferente hacia los valores de la ciencia.

¿Realmente ha disminuido la violencia humana?

Publicado por el 5 jun, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 0 comentarios

Science :: Human conflict

Durante la primera mitad del siglo XX, una visión preferentemente “rousseauniana” de la naturaleza humana estuvo de moda entre los académicos. Todavía no se habían encontrado evidencias arqueológicas de violencia organizada arcaica. Los estudios sobre cazadores y recolectores no mostraban una tasa de violencia alta. Según Margaret Mead, entre los Arapesh de Nueva Guinea “tanto hombres como mujeres son naturalmente maternales, amables, obsequiosos y nada agresivos”. Y las noticias sobre los primates tampoco traían noticias demasiado desagradables.

La tendencia empezó a ser socavada sobre todo a partir de la década de los ochenta, tal como explica Andrew Lawler en el monográfico de Science sobre conflicto humano. Se encontraron evidencias de guerra y asesinato entre los chimpancés. Lawrence Keeley, autor del influyente War before civilization. The myth of the peaceful savage calculó que hasta el 90% de los grupos humanos tradicionales se enzarzaron en la guerra, y todavía más sorprendente, que la tasa de muertes violentas era superior en los pequeños grupos (324 muertes por cada 100.000) que entre los más sangrientos y totalitarios estados del siglo XX (140 muertes por cada 100.000). Por si esto fuera poco, modelos matemáticos evolucionistas como el de Sam Bowles han propuesto que la guerra ancestral podría haber desempeñado un papel decisivo en la evolución de nuestra especie, y Ian Morris ha argumentado convincentemente que lo que llama “guerra productiva”, al menos en los márgenes de ciertas “latitudes afortunadas”, nos ha hecho más pacíficos en el largo plazo.

Steven Pinker se ha convertido en el defensor más conocido de la visión alternativa al cuadro “rousseauniano” sobre la violencia humana, sobre todo después de publicar The better angels of our nature en 2011. Pinker considera que los llamados “antropólogos de la paz” han impuesto un sesgo favorable sobre las sociedades tradicionales y argumenta que las sociedades se hacen significativamente más pacíficas a medida que se hacen socialmente más complejas. Aunque el mismo Pinker admite que hay importantes excepciones a las reglas, una de los principales objeciones concierne a la fiabilidad de los datos que soportan sus tesis. Quizás la distribución de la violencia humana en los pequeños grupos es demasiado variable como para extraer conclusiones generales: “Diferentes investigadores, por ejemplo asignan tasas diferentes de violencia a los !Kung. Y números diminutos en pequeños grupos hace que las estadísticas no sean fiables. Keeley cita a los esquimales polares, por ejemplo, pero dada su pequeña población, un sólo asesinato esquimal cada 50 años igualaría la tasa actual para los Estados Unidos”.

En un comentario en Science, Scott Atran resume el conjunto de las objeciones a las tesis de Pinker:

Gran parte de las tesis de Pinker sobre el declive de la violencia se concentra en datos fragmentarios. Incluso si las evidencias apoyan el declive de la violencia interpersonal, esto no tiene en cuenta la importante ley de distribución para las grandes guerras: desde hace unos 1500 años, son crecientemente infrecuentes pero muchas veces son más asesinas y de consecuencias más amplias que las precedentes. Cada evento más grande genera consecuencias más terribles para el mundo que el último, política, económica y socialmente. La tendencia interpersonal ha descendido durante siglos, incluso milenios, mientras que la violencia intergrupal de gran escala se ha reforzado recientemente. Pinker reconoce que esta fuerte tendencia, pero argumenta que no ha ocurrido ninguna “gran guerra” desde 1945. Confundir una reducción de 70 años en la guerra internacional con un declive de 7000 años en la violencia interpersonal implica una convergencia bastante súbita de factores que supuestamente llevan a la reducción general de la violencia: de forma creciente, la interdependencia, la conciencia y la empatía con los valores del otro, y la razón. Pocos diseñadores de políticas que conozco creen que hemos evitado la guerra nuclear porque nos hayamos vuelto súbitamente mas empáticos, más conscientes a escala global, y más razonables.

Al subrayar la gran diferencia que media entre la violencia interpersonal y la violencia intergrupal, Atran alerta sobre una visión demasiado complaciente o confiada que puede emerger de las conclusiones típicas de Pinker y Keeley. Mientras que es posible que la violencia entre personas haya disminuído en los últimos milenios, y que de hecho nos hayamos vuelto más empáticos, ni la “naturaleza humana” ni una organización social más compleja nos libran de catástrofes de gran escala.

Invernaderos que enfrían

Publicado por el 1 jun, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

Las 30 000 hectáreas de invernaderos en Almería disminuyen la temperatura de la zona

Muchas veces se ha dicho que la Gran Muralla China es la única obra humana que se ve desde el espacio. No es cierto: no se ve. Lo que sí es cierto es que las más de 30.000 hectáreas de invernaderos que se han construido en Almería, y que han recibido el muy adecuado nombre de «mar de plástico», sí que se ve desde el espacio. Es la única construcción que se ve, debido a que como los invernaderos son blancos reflejan mucha luz al espacio lo que permite verlos desde las alturas.  Pero todavía hay algo más sorprendente, en un reciente estudio realizado por el profesor de la Universidad de Almería Pablo Campra, se demuestra que mientras que en el resto de España –tanto en el sur como en el norte– las temperaturas han subido 0,4 ºC cada década en los últimos 25 años, en Almería no solo no ha aumentado sino que ha disminuido en 0,3 ºC.

Invernaderos que enfríanTras un estudio muy complejo en el que se ha estudiado la evolución de las temperaturas en distintos puntos donde había estaciones meteorológicas, se llegó a la conclusión de que mientras que en la mayoría los observatorios la temperatura crecía en los de los invernaderos bajaba. Una vez demostrado fehacientemente este hecho se trató de ver cuál era la causa y para ello se usaron datos de teledetección –detección a distancia– obtenidos por el satélite Terra de NASA.

Los resultados son muy interesantes. En un «erial a pastos» –terreno raso con pasto ocasional–, que es lo que había en Almería antes de poner los invernaderos, una hectárea devuelve al espacio 380 000 vatios de potencia media anual. Con los invernaderos esa potencia media anual aumenta a 580 000 vatios y en verano llega a un millón de vatios. De hecho, esa enorme masa de techos y paredes blancos de los invernaderos están contribuyendo, aunque tan solo sea con un granito de arena, a disminuir el problema del Cambio Climático.

La actividad humana que más contribuye al calentamiento global es la emisión de gases de efecto invernadero; en segundo lugar tenemos el uso que hacemos del suelo. En este caso, el haber cambiado de una agricultura de subsistencia a la alta tecnología de los invernaderos ha traído un efecto positivo. No todos son malas noticias.

Los autores del estudio también señalan un efecto secundario interesante. Para que las plantas crezcan necesitan carbono que lo obtienen del CO2 de la atmósfera. En su estudio estiman que cada hectárea absorbe diez toneladas de CO2, que es lo que emiten aproximadamente cuatro automóviles de tamaño medio.

 

¿Podemos fiarnos de las ciencias humanas?

Publicado por el 28 may, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 6 comentarios

Más que para evidenciar la existencia de fenómenos parapsicológicos, el trabajo de Daryl Bem parece haber servido para recordar uno de los defectos predilectos de las ciencias humanas, y concretamente de la psicología: la exacerbada tendencia a publicar resultados positivos.

De hecho, los investigadores que trabajan dentro de las llamadas “ciencias humanas” encuentran muchas más facilidades para publicar resultados que confirman una hipótesis, y muchas más dificultades para publicar resultados que la echan por tierra. Según un trabajo de Daniele Fanelli, esta tendencia concuerda con la hipótesis llamada de la Jerarquía de las Ciencias: “en algunos campos de estudio (que llamaremos en adelante “duros”, los datos y las teorías hablan más por sí mismos, mientras que en otros campos (los “suaves”), los factores sociológicos y psicológicos -por ejemplo, el prestigio de los científicos dentro de la comunidad, sus preferencias estéticas, sus creencias políticas y todo tipo de factores no cognitivos- desempeñan un papel mucho más importante en las decisiones de la investigación, desde las hipótesis que son puestas a prueba a los datos que se recolectan, se analizan, se interpretan y se comparan con estudios previos.”

Este mayor apego del investigador a las cosas que investiga, y quzás esta mayor vulnerabilidad de los científicos humanos al tristemente célebre sesgo de confirmación, es una característica de la “cultura” de las ciencias humanas que se refleja en la publicación de más resultados positivos. Cuánto menos “dura” es una ciencia, y cuánto más cerca está de los prejuicios humanos del propio autor, más resultados positivos publica:

Resultados positivos publicados por disciplina. PLoS

Según Ed Yong, que ha llevado este tema hasta Nature, a veces las consecuencias son graves y pueden dar lugar a que la mala conducta científica pase desapercibida o bien sea difícil de diagnosticar. Yong menciona el caso de Diederik Stapel, un psicólogo social que fabricó falsas pruebas para documentar efectos supuestamente discriminatorios sobre las personas en determinados “ambientes desordenados” (por ejemplo, una sucia estación de tren). Sus conclusiones fueron aceptadas por 30 revistas, y fueron bien recibidas por el público, probablemente porque eran conclusiones demasiado sexys para resistirse. Otro caso más conocido, que tampoco ha quedado impune, es el del psicólogo animal Marc Hauser, profesor en Harvard hasta 2010.

El problema con la metodología de las ciencias humanas es que no se trata de una curiosidad para eruditos, especialmente cuando se emplean los resultados científicos para avalar decisiones políticas con un gran impacto potencial. Las ciencias humanas hablan de las cosas que más nos interesan pese a que, como en su día reconocía August Comte, siguen siendo las menos desarrolladas. Otros van más lejos, como Jim Manzi, y son profundamente escépticos con el empleo de las ciencias humanas como base para tomar decisiones políticas. Pero no deberíamos ser radicalmente negativos. Como argumenta el mismo trabajo de Fanelli, será cierto que el rigor científico es inversamente proporcional a la complejidad del campo de estudio, pero al fin y al cabo las diferencias entre las ciencias “duras” y “blandas” podrían ser sólo de una cuestión de grado, no de esencia. El hecho de que estemos discutiendo abiertamente sobre estos problemas, y de que los fraudes claros no consigan pasar desapercibidos, también indica que las ciencias humanas con una vocación realmente experimental no son un caso perdido.

¿Futuro sin celos?

Publicado por el 25 may, 2012 en Tercera Cultura | 3 comentarios

Publicado en Letras Libres

¿Futuro sin celos?A pesar de las proclamas a favor de la razón y de la ciencia, nuestra sociedad sigue siendo sectaria. Eso se refleja en una variedad de cuestiones del debate social, pero particularmente en aquellas que atañen al sexo, la pareja y la familia. Tanto la derecha clásica –tintada por la religión– como la izquierda también clásica –imbuida por las destilaciones “progres” de los años sesenta–, mantienen sesgos que hacen inviable un debate sin carga emocional. Sin embargo, a diferencia de las aproximaciones de las religiones e ideologías, de la ciencia nos llegan nuevas propuestas a antiguas preguntas, pero con conclusiones provisionales y, desde luego, mucho menos tajantes.

Y es que hay muchas cosas importantes que sí están claras. Sabemos, por ejemplo que  hay una naturaleza humana, que  hay una naturaleza masculina y una femenina (con sutiles configuraciones intermedias), que estas son fruto de múltiples genes laboriosos o perezosos y de cócteles específicos de hormonas y cableados cerebrales, y que muchas de nuestras pautas de emparejamiento e instituciones se hunden en la noche de los tiempos. Parece poco, pero es mucho. Es infinitamente más de lo que se creía hace solo treinta años (o algunos sabios aún ahora).

Quizá lo que deberíamos hacer es distinguir entre las estrategias de emparejamiento primarias –que forman parte de la estructura profunda de nuestras relaciones con el sexo diana, genéticamente adaptativas– y las estrategias que grosso modo podríamos llamar matrimoniales –socialmente adaptativas–. Sobre lo que “nos pide el cuerpo” desde el punto de vista del vínculo matrimonial no hay –y difícilmente habrá– conclusiones determinantes, a menos que se invente una máquina del tiempo y podamos remontarnos a nuestro pasado sapiens, incluso a los ancestros homínidos.

Si juzgamos las sociedades primitivas según los estudios actuales y por los registros de datos etnográficos, parece que la monogamia es la institución básica en los grupos cazadores-recolectores, aunque con tendencia a la poliginia a medida que algunos varones acumulan excedentes de recursos y se produce una evaporación del igualitarismo.[1] Si vamos a los datos físicos, la diferencia de peso y altura habla de competencia entre machos, y esto suele ser señal de que unos pocos acaparan más hembras –fenómeno extensamente documentado en mamíferos–, así que somos sospechosos de poliginia. Por otro lado, el tamaño de los testículos humanos, grandes comparados con su volumen corporal, también habla de la “competencia espermática” y de la ligereza de cascos: como los hombres no controlan a los otros machos que copulan con la hembra, la batalla se da en el tracto reproductivo femenino.

También según las investigaciones de paternidad que permiten las secuencias de ADN, incluso en las sociedades estrictamente monógamas (sean de pájaros o de mamíferos), un porcentaje elevado de los hijos no suele ser de quien aparece como “titular”. Así que podríamos decir que gustamos de cierta variación que combinamos con una inclinación importante al vínculo monógamo que se abre a la poliginia cuando un varón tiene posibles. Sobre la promiscuidad en los grupos supuestamente no contaminados por nuestra influencia perturbadora ha habido muchos mitos.

Y ahora vamos a la otra cuestión: las estrategias de emparejamiento matrimonial, tan importantes como esa “auténtica naturaleza” de las tendencias sexuales. Como he dicho, la poliginia es un dato etnográfico consistente. Aproximadamente el 85% de la sociedades del registro antropológico han permitido a los hombres casarse con varias mujeres. Sin embargo, hoy en día, en las sociedades desarrolladas la monogamia parece haberse impuesto.[2] Lo interesante es que las sociedades modernas no son igualitarias.

Estos meses ha circulado un libro superventas que ha acaparado portadas y tertulias más o menos emparejadas: En el principio era el sexo de Christopher Ryan y Cacilda Jethá.[3] Ese curioso dueto aboga por la hipótesis de un ser humano “hipersexual”, de naturaleza promiscua, pero reprimido por los topicazos de la visión que podríamos estereotipar como “progre”. Tanto en el ensayo como en entrevistas, los autores acusan de todo ello al patriarcado, ese grupo de machos que hace miles de años se conjuró para subyugar a las mujeres hasta alcanzar el “Big Crunch”. Incluso denuestan la “agricultura” (a la que infantilmente califican de “estafa”), pues es un estadio al que habría sido mejor no acceder aunque ello representara perder las bases de la civilización de la que ahora disfrutamos.

El libro está sembrado de analogías absurdas y perfectas para un debate televisivo tipo La noria. Por ejemplo, esta frase: “si la mitad de los aviones se estrellasen, se revisaría su funcionamiento… ¿Por qué no ocurre eso con el matrimonio?” Y ahí está probablemente el origen del malentendido. Como he dicho, no son lo mismo las estrategias de emparejamiento primarias que las costumbres matrimoniales. Lo segundo es el resultado de adaptaciones ancestrales que recibimos los miembros de una comunidad humana a la vez que el conjunto entero de creencias, normas y tradiciones que hacen que la sociedad funcione. No se llega a las instituciones o costumbres matrimoniales de la misma manera que se construye un artefacto. No hay diseño ni premeditación ingenieril, en este caso. Es un producto de milenios de cocina social y circunstancias ecológicas.

Independientemente de que nuestros ancestros fueran más o menos promiscuos, es crucial entender que las normas matrimoniales no son la traducción exacta de nuestra psicología amorosa resultado de la evolución biológica. Son sistemas que adoptan formas distintas dependiendo de su eficacia en cada contexto. Y, como en tantas cosas, se acaba imponiendo lo que mejor funciona.

Hay estudios en cadena que señalan que la adopción del matrimonio monógamo reduce la competición entre los varones por el acceso a sexo y reproducción. Esto tiene consecuencias demostrables e importantísimas. Como por ejemplo impedir que se cree una bolsa de solteros de bajo estatus y con tendencia al conflicto. La monogamia es una estrategia más segura a largo plazo, porque los hombres que viven en sociedades que la fomentan son menos propensos al riesgo y más pacientes.[4] Su efecto en el conjunto social son unas cifras más bajas de criminalidad, mayor productividad económica, mayor igualdad entre hombres y mujeres, y mayor inversión en los hijos por parte del padre, entre otras ventajas.

Cuando los índices de criminalidad se reducen se favorece el comercio, la inversión económica, la circulación libre de flujos de información, un mayor rendimiento productivo y una división del trabajo más sutil y mejor organizada. Varios de estos factores favorecen la innovación y un crecimiento más rápido.

La cuestión de la inversión del padre que he mencionado podría haber sido decisiva en el desarrollo de las sociedades modernas tal como las conocemos. Al darse determinadas condiciones, los padres futuribles tienen que decidir si invierten recursos en su descendencia o en buscar parejas sexuales adicionales. La certeza de paternidad, por complicada que fuera de establecer en su día, se vio favorecida por el conjunto de normas y prohibiciones que solía llevar aparejado el matrimonio monógamo. A pesar de que Ryan y Jethá idealizan la llamada “paternidad difusa” que al parecer permitía que los niños de un grupo ancestral fueran cuidados por todos los hombres sin distinción ni regateos, eso se da de bruces con los datos estudiados tanto en las sociedades contemporáneas como en las bandas de cazadores-recolectores que perduran. Lo que se ha constatado, reiteradamente, es que cuanta menos certeza de paternidad y menos ataduras de pareja existen, más negligente se torna la atención por parte del padre. Y una sociedad con padres involucrados o no desemboca en diferencias mensurables en el nivel de vida. La mayor inversión paternal unida a una fertilidad inferior favorece una descendencia de mayor calidad en todos los sentidos, con las consecuencias obvias en la sociedad que las disfruta. En resumen: la competición entre sociedades ha conducido a que se impongan las que mejor funcionan y resulta que la monogamia es una constante.

Ryan y Jethá creen que el futuro será polígamo. Convencerse de que lo sea o no es una cuestión de elección estético/política, como quien prefiere un concierto carca de Julio Iglesias a uno “transgresor” de Lady Gaga. Sin embargo, esto no es algo que se pueda decidir por las buenas (y cuando se ha intentado, ha conducido a desgracias). Los pactos matrimoniales dependen del contexto histórico a la vez que hunden sus raíces en sistemas de apareamiento antiguos, dejando claro, eso sí, que las normas no son del todo independientes de la psicología del intercambio sexual y que tampoco pueden subvertirlo excesivamente. Se influyen en los dos sentidos.

Sea como sea el futuro, será difícil que desaparezcan los celos cuando irrumpen (como invitados o extemporáneos) terceros o cuartos o duodécimos; o que se evaporen las infidelidades en lapareja-fiel-hasta-que-la-muerte-nos-separe. No existe el vínculo ideal, solo el mejor posible para cada contexto. El acuerdo amoroso siempre será una fuente de frustraciones, pero también de notables gratificaciones que pueden compensar y darle lustre a la existencia. Es en ese diferencial donde anidan, medran y a veces se imponen unos arreglos matrimoniales u otros. ~


[1] Ver, por ejemplo, las publicaciones de Richard D. Alexander.

[2] Esta práctica, originaria de Occidente, ha sido imitada en otras sociedades: Japón prohibió la poliginia en 1980, China en 1953, India en 1955 y en Nepal en 1963.

[3] Christopher Ryan y Cacilda Jethá, En el principio era el sexo. Los orígenes de la sexualidad moderna. Cómo nos emparejamos y por qué nos separamos, Madrid, Paidós, 2012, 480 pp.

[4] El estudio mencionado ofrece, entre otros, datos de cómo las comunidades de mormones entre 1830 y 1890 experimentaron una disminución dramática de la competición intrasexual cuando el gobierno de Estados Unidos suprimió el matrimonio polígínico.

De nacimiento. La extraña nueva ciencia de la identidad política innata.

Publicado por el 21 may, 2012 en Tercera Cultura | 4 comentarios

Por Sasha Issenberg, en New York Times Magazine, 8 de Abril 2012 - Artículo original – Traducción: Antonio Arturo

De nacimiento. La extraña nueva ciencia de la identidad política innata.Pocas semanas antes de las elecciones de 2008, los estrategas demócratas de Al Franken se estaban quedando sin ideas. Su candidatura frente al vigente senador por Minnesota Norm Coleman estaba atascada: a pesar de unos gastos per capita de los más altos del país, la contienda estaba muy disputada, con un pequeño número de votantes indecisos y aparentemente inamovibles.

El trabajo de los analistas en tales situaciones consiste en averiguar quiénes son en realidad los indecisos y qué les hará moverse. A menudo se centran en datos demográficos (mujeres mayores en barriadas) o en problemas (reforma educativa). Pero uno de los analistas que trabajaba para el comité demócrata de campaña para el Senado, Mark Mellman, pensó que sería útil buscar distinciones más elementales.

Mellman añadió a sus encuestas de Minnesota una batería de preguntas inspiradas en la investigación en psicología y neurociencias, tomadas de tests de personalidad y diseñadas para distinguir a quienes tienen sistemas de procesamiento más racional de los que confían su toma de decisiones a las emociones. Aquí las encuestas mostraron una distinción latente: Franken aventajaba a Coleman por un punto entre aquellos clasificados como “emotivos”, pero perdía por siete puntos entre los “pensadores”. El comité varió su estrategia publicitaria en consecuencia. Se sustituyeron anuncios televisivos altamente esquemáticos, como una parodia que representaba a Coleman como un fugitivo huyendo de George W. Bush, por mensajes que eran “un poco más categóricos, un poco más fácticos, un poco más fundados”, según Mellman. En uno de ellos se defendía a Franken de las acusaciones de Coleman por medio de un sereno narrador leyendo una lista de refutaciones concisas bajo las palabras “La Verdad”. Franken ganó, tras un largo recuento, y en 2010 Mellman usó la misma batería de preguntas para configurar la estrategia mediática de Harry Reid y Barbara Boxer.

Este tipo de ciencias pueden parecer ajenas a los centros de mando de campaña, pero la intuición de Mellman, que las diferencias en el modo en que la gente entiende la política puede ser mas innato de lo que habíamos pensado, se está llegando a dar por supuesta en laboratorios de investigación en todas partes.  Más o menos durante la última decada, los científicos han estado aplicando a la política los conocimientos inexorables de la neurociencia y la psicología evolucionista que han sacudido a otras ciencias sociales.

En la vanguardia de este movimiento se encuentra Jonathan Haidt, psicólogo moral cuyo nuevo y popular libro, The Righteous Mind, recopila experimentos propios (tendencias, prejuicios y preferencias), y el trabajo de colegas afines para descubrir gran parte de nuestro “pensamiento” político como un instinto moral envuelto, post facto, de racionalización ideológica. Podemos decirnos a nosotros mismos que el estado del bienestar es justo o que el aborto atenta contra la vida humana, pero en realidad estamos usando lenguaje prestado para expresar actitudes mucho más viscerales, orientadas en torno a una de seis esferas morales: mal, justicia, lealtad, autoridad, libertad y santidad. Gran parte de lo que pasa por el teatro diario de la política electoral, dice, es meramente un intento de encontrar el lenguaje que ayude a los ciudadanos a justificar estos instintos. “Una vez que las personas se vinculan a un equipo político, quedan atrapadas en su matriz moral” escribe Haidt. “Ven la confirmación de sus grandes narrativas por todas partes”.

Pero la nueva ciencia de la política innata va un poco más allá de la psicología. En los últimos años, los investigadores no sólo han relacionado rasgos de caracteres básicos con liberalismo y conservadurismo, sino que han comenzado a identificar genes específicos que según ellos “cablean” esas ideologías. Si hemos de dar crédito a este trabajo, esto implica que el camino de un individuo hacia una identidad política no empieza con una serie de opciones sino con remotas mutaciones genéticas, y que nuestra experiencia colectiva de la política puede no ser tanto una batalla de ideas como una contienda darwinista en la que todos somos participantes involuntarios. Cuando un equipo de genetistas publicó en un artículo en American Political Science Review en 2005 que tenían pruebas de la influencia del ADN en la política, el politólogo de Duke Evan Charney opuso que sus revelaciones “requerirían nada menos que una revisión de nuestra interpretación de toda la Historia humana, de gran parte, si no la mayor parte, de la ciencia política, la sociología, la antropología y la psicología, así como, quizás, de nuestra idea del significado de ser humano”.

Lo primero que tenemos que revisar puede puede ser nuestro reflejo de auto-adulación. Nos complacemos con la idea de que la política personal es perfectamente deliberativa, y nunca más que en un año en que Barack Obama y Mitt Romney, dos objetivos racionalistas con gran confianza en su capacidad de persuasión, recorrerán el país para ganarse las mentes y corazones de sus conciudadanos. Pero la reconfortante metáfora del gran debate nacional para determinar dónde irán a parar los votos indecisos nunca ha parecido estar tan discordante con la tónica general de la ciencia. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve todo lo que ocurra de aquí al 6 de Noviembre, si nuestro cableado determina cómo votamos?

En 2006, mientras los politólogos se centraban en la división rojo-azul del país, el psicólogo de la NYU John Jost publicó un artículo titulado “”el fin del fin de la ideología”. Durante años, los expertos habían considerado que las diferencias entre liberales y conservadores eran triviales y superficiales, que los dos principales partidos políticos de los Estados Unidos no están tan alejados y que la lealtad de los votantes hacia ellos es simplemente arbitraria. Algunos estaban convencidos de que la gente se liga a una ideología simplemente por afirmar su sofisticación, tomando partido para mostrar que son capaces de articular una visión coherente del mundo, y que, como sugiere Haidt, el partidismo es meramente una superestructura intelectual.

Pero Jost pensaba que había algo más en el fondo de la identidad política, algo que podría explicar por qué ha habido tanta continuidad, tan poco cambio de forma, en la política en el Occidente moderno. Desde que los parlamentarios franceses decidieron la disposición de sus asientos en el siglo dieciocho, la división entre la izquierda (preocupada por la desigualdad y entusiasta del cambio social) y la derecha (guardianes de la tradición y conformes con un reparto desigual de los recursos) ha permanecido notablemente constante en tiempo y lugar. A medida que han surgido nuevos problemas, las opiniones se han alineado claramente con las viejas pautas, unas pautas tan consistentes que no pueden ser arbitrarias, y tan peculiares que es difícil de creer que sean completamente racionales. ¿Por qué en el sistema americano quienes se oponen a la pena de muerte son casi siempre los mismos que piensan que los ricos deben pagar más impuestos? ¿Por qué quienes se preocupan por la neutralidad de la Red están también obsesionados con los productos locales? ¿Por qué la defensa de regulaciones duras con el aborto y suaves con el sector financiero parecen ir juntas?

Jost quería averiguarlo y, con un grupo de colegas, inició el mapeo de la infraestructura psicológica de la política. No se molestaron en preguntar a la gente sobre el mercado de emisiones o el control de armas, sino que se centraron en el jazz, la masturbación y la jardinería. Lo que descubrieron fue una serie de contrastes: a los conservadores les gustaban los documentales e ir de bares; a los liberales les gustaban las motos y cantar canciones. En estudios anteriores, los liberales habían sido mostrados como impredecibles e incontrolados, los conservadores aplicados y dignos de confianza. Jost halló que los liberales aceptaban a las personas marginadas de las corrientes sociales dominantes, como lesbianas, “gente de la calle” y los ateos; los conservadores eran partidarios de fraternidades y hermandades femeninas, políticos y caucasianos. Los conservadores tenían más aprecio por los niños, los liberales por los profesores universitarios. Entre las mujeres, las conservadoras estaban más implicadas en el sexo; entre los hombres, Jost y sus colegas hallaron lo contrario.

También visitaron las habitaciones de 76 estudiantes de la UC-Berkeley, junto con una serie de despachos cercanos, y anotaron prácticamente todo objeto que había en las estancias tras interrogar a sus habitantes acerca de sus opiniones. Los dormitorios conservadores contenían más cestas de lavandería, sellos de correos y recordatorios. En los liberales había más mapas internacionales y material artístico y de papelería. Los despachos conservadores eran menos cómodos y estilosos;  los  lugares de trabajo de los liberales eran más coloridos. Cuando Jost y sus colegas grabaron conversaciones de tres minutos con los estudiantes y revisaron las cintas, los liberales resultaron más habladores, los conservadores más retraídos y cautelosos.

No era el objetivo de Jost confirmar caricaturas baratas de la prensa, aunque el artículo lo hace a la perfección, sino ver qué pueden explicar características no obviamente políticas sobre el funcionamiento de la mente de las personas. “Por regla general,” escriben los autores, “los liberales son de mente más abierta en su búsqueda de creatividad, novedad y diversidad, mientras que los conservadores persiguen vidas más ordenadas, convencionales y mejor organizadas”. Aparte de las raras conversiones en la madurez, nuestros partidos son grupos de dos clases diferentes de personas, dicen, divididas no por clase, geografía o educación, sino por temperamento.

Hasta hace poco, la simple apariencia de clasificar a la gente en clases políticas era tabú, con reminiscencias de eugenesia nazi. En los años treinta, el psicólogo alemán Ernst Jaensch definió rasgos -determinado, inequívoco… duro, firme- que servirían para elegir buenos candidatos para el Nacional-Socialismo. Tras la guerra, los investigadores americanos se alejaron de cualquier sugerencia de que las ideas políticas fuesen innatas, dejando a los politólogos sólo la exploración de las causas sociales. Con esto, las ciencias políticas se autoexcluyeron e las ciencias “duras”, dejando a la disciplina involuntariamente colgada de un supuesto extraño: la política es la única esfera de la existencia humana que es inmune a la influencia hereditaria.

Otras disciplinas estaban menos intimidadas por el tabú. En 1989, los psicólogos evolutivos Jack y Jeanne Block, de la UC-Berkeley, localizaron poco más de 100 individuos de 23 años que habían observado de cerca dos décadas antes. A finales de los sesenta, los Block habían identificado un conjunto de preescolares en Bay Area y les habían asignado a cada uno características de personalidad basadas en su comportamiento individual y colectivo, como parte de un estudio sobre creatividad y autoestima. Veinte años después, los Block volvieron e iniciaron conversaciones sobre política con ellos, comparando sus respuestas con los rasgos de personalidad que habían observado en los sujetos cuando eran niños. Hallaron que ya en preescolar los liberales eran flexibles y autosuficientes, con capacidad de desarrollar relaciones estrechas e inclinados a liberarse de rutinas con facilidad. Los conservadores eran desconfiados con los demás, inquietos ante la incertidumbre, fácilmente susceptibles y dados al sentimiento de culpa. Los Block pensaron que habían descubierto que los orígenes del partidismo adulto aparecían en una edad caracterizada con frecuencia por su inocencia respecto al mundo de la política.

Si la clasificación experimental de los Block es correcta, podría implicar que las ideologías no son filosofías circulantes a las que los individuos pueden adherirse libremente, sino manifestaciones de rasgos profundos de la personalidad. El conservadurismo no sería tanto lo que definieron William F. Buckley o Edmund Burke, sino una condición fundamental por la que las personas se protegen contra el desorden y el cambio que no podrían controlar de otra manera. Quizá el indicador más claro de que Rudy Giuliani es conservador sea el hecho de que no puede tolerar el desorden. Otras personas en la derecha han realizado las más altas apelaciones al principio de repelencia: Leon Kass, que presidió la Comisión de Bioética de George W. Bush, ha promovido la “sabiduría de la repugnancia” como valor clave para articular  políticas en asuntos como la clonación. “Tenemos emociones básicas establecidas para enfrentar estas cuestiones, sea miedo, ira o indignación”, dice el politólogo de la universidad de Brown Rose McDermott. “Esta predisposición afecta tanto a conservadores como a liberales porque les ayuda a organizar el mundo de un modo que reduce su temor”.

En 2008, el psicólogo de Cornell David Pizarro trató de explicar cómo interactuamos con este miedo. Él y sus colegas habían encuestado a sujetos acerca de sus creencias políticas y después les preguntaron en qué medida les repugnaba el olor de la orina, la visión de gusanos arrastrándose o enterarse de que un recipiente de sopa había sido removido con un matamoscas usado. La gente desarrolla el reflejo de náusea mucho antes de optar por un movimiento político, especuló Pizarro, y muchos de los debates políticos que aparentan ser adultos tests morales finalmente resultan ser poco más que una medida de repulsión infantil. ¿Le produce asco la tortura, la visión de dos hobres besándose o la sangre de Grand Theft Auto?

Pizarro halló que quienes se situaban en la derecha se repugnaban más fácilmente, confirmando nuestras imágenes intuitivas  “vive y deja vivir” liberal y de “ley y orden” conservador. Pero el estudio mostró también que los conservadores no sólo sentían disgusto por moscas, mierdas y peleas sino que se estimulaban positivamente por su propio sentimiento de repugnancia, especialmente en un experimento relacionado llevado a cabo en la universidad de Nebraska-Lincoln. Los investigadores equiparon a sujetos con un rastreador ocular que medía cómo y dónde enfocaban su atención los participantes, antes de proyectar collagescon mezclas de imágenes que se sabe que disparan reacciones adversas (arañas, más gusanos) con otras que estimulan bondad (lindo conejo, niño feliz). A diferencia de los liberales, los ojos de los conservadores se mantenían por tiempo inusualmente prolongado en las imágenes que encontraban más repelentes. Análogamente, cuando se usaron electrodos para medir la humedad emitida por los sujetos (un método típico para determinar la respuesta emocional), los investigadores hallaron que los conservadores eran más estimulados por imágenes de políticos antipáticos para ellos (los Clinton) que por las de los simpáticos (Ronald Reagan, George W. Bush). Los liberales eran estimulados por la vista de los que les gustaban.

En “El hombre es un animal político por naturaleza“, publicado el pasado año, los redactores de la antología exponen que cualquier indagación honesta sobre estas cuestiones mostrará que las inclinaciones evolutivas conforman nuestra interioridad política tanto como nuestra forma física. McDermott, uno de los redactores del libro, predice que en diez años las muestras de saliva identificarán el enlace genético que explique por qué algunas personas son favorables a la inmigración mientras que otras responden violentamente a ella. Los ciudadanos con “sistema inmune realmente fuerte van a estar de acuerdo con la inmigración”, aventura McDermott, porque les afectará menos la amenaza patógena que suponen los foráneos.

“Es difícil encontrar algo de lo que no podamos decir que está afectado de manera significativa por la heredabilidad de los genes”, dice James Fowler, científico social de la UC-San Diego. Si los genes pueden hacer a alguien más propenso a la depresión o al mal carácter, ¿por qué no podrían explicar también sus opiniones políticas? Y si los genes fueron modelados en el tiempo por presiones evolutivas que primaron la protección del dominio y el éxito reproductivo, ¿por qué no habríamos de considerar la política en los mismos términos, al menos en parte?

“Sé que la reacción automática a esto es que no puede ser cierto: de ningún modo existe un gen responsable de mis ideas políticas”, dice Matthew C. Keller, genetista conductual de la universidad de Colorado. “Para mí, esto es como un test IQ genético. Si dicen este tipo de cosas, es que no entienden muy bien la genética”.

Para quienes están dedicados a la ciencia, las cuestiones morales parecen  tener una fuerte influencia hereditaria y manifestarse tempranamente en la vida. Son las más estables a lo largo de la vida y las menos propensas a la persuasión. Esto puede explicar por qué las más agrias y persistentes divisiones en la política americana moderna han girado en torno a “God, guns, gays” -Dios, armas, gays- y por qué una tregua entre republicanos en asuntos culturales como estos se antoja a casi todos especialmente absurda. ¿Y si las actitudes sobre estos asuntos evocasen las respuestas más primarias porque, en términos animales, son en su mayoría primarios?

Tales ideas amenazarían la fe de la izquierda y la fe de la derecha. Los conservadores tendrían que adaptarse a un mundo en el cual pocos defectos humanos podrían achacarse totalmente a la decadencia cultural. A su vez, la mentalidad liberal podría verse forzada a pensar de nuevo su postura respecto del tradicionalesmo cultural y decidir si debiera considerar algunos atributos no liberales como la intolerancia y el racismo como parte de la naturaleza humana. ¿Deberían quienes se oponen a la discriminación de los gays en base a que la sexualidad no es una opción, seguir sintiéndose calificados para detestar a la derecha si saben que los homófobos, también, nacieron así?

La cuestión apunta directamente, a través de la conducta y la heredabilidad, a nuestro ADN. A mediados de los 2000, Fowler trató de aislar los efectos de genes específicos sobre el compromiso civil: al comparar la frecuencia de votación de gemelos idénticos (que comparten ADN) con la de mellizos (que comparten la mitad), Fowler y su equipo concluyeron que los diferenciales en las pautas de asistencia al voto pueden explicarse igualmente por genética que por comportamiento aprendido.

Fowler y sus colegas dieron un paso más para averiguar si alguno de los 25.000 genes humanos conocidos que han sido relacionados con condiciones como la dislexia o la depresión, pudieran relacionarse con el temperamento político. Se centraron en una de las primeras variaciones genéticas en ser conectadas con un tipo particular de personalidad: el DRD4-7R, una variante del gen que codifica los receptores de dopamina del cerebro y que ya ha sido relacionado con la conducta propensa a las sensaciones. “Es un sistema de recompensa”, dice Fowler. “Se enciende cuando comemos chocolate, hacemos sexo o tomamos cocaína. Es el sistema que se descontrola en las personas con adicción al juego. Fowler recordó estudios de personalidad realizados por Jost y otros que presentaron rasgos como la “apertura” y  el ansia de sensaciones como rasgos liberales. Si el nivel de dopamina impulsa a alguien con mayor probabilidad a hacer puenting, ¿no podría llevarle también a un partido político menos orientado por la tradición?

Para probar la hipótesis, Fowler y sus colegas debían encontrar un grupo de liberales y observar si era más probable que portaran dos copias DRD4-7R. En los datos de un estudio previo, encontró 2.574 personas identificadas como portadoras del  DRD4 que habían sido preguntadas por sus ideas políticas y colocadas en un continuum político. No hallaron conexión directa entre el gen y la ideología, pero cuando los investigadores examinaron el número de amigos que los sujetos habían tenido en la escuela secundaria, que era una de las preguntas de la encuesta, hallaron un fuerte vínculo. Las personas que tenían la variante genética y que habían tenido vida social adolescente más animada era más probable que se consideraran liberales como adultos jóvenes .

Aun así, Fowler se ríe ante la idea que él haya  aislado un gen individual responsable del liberalismo, idea que se movíó en la mayoría del chismorreo que produjo el estudio. “Hay cientos o miles de genes que interactúan para incidir en la conductas sociales complejas”, dice Fowler, y los científicos  sólo tienen una idea aproximada del proceso. “Existe una cadena causal realmente larga y compleja funcionando ahí”, dice la politóloga de UC-Berkeley Laura  Stoker, “y no vamos a tener una comprensión real sin más investigación de cientos y  cientos de años”.

Pero un siglo es mucho tiempo de espera. La cobertura mediática del “gen liberal” de Fowler (Foxnews.com tituló “No culpe a los liberales de sus opiniones, ellos no pueden evitarlo”) demostró el ansia que debe de haber de desentrañar las implicaciones del nuevo determinismo biológico en un año electoral. ¿Debieran los estrategas republicanos activar las posiciones conservadoras recordando la base de las cosas que rechazan (gusanos, Bill Clinton)? ¿Debieran los demócratas montar sus campañas de registro de votantes junto a máquinas tragaperras y puentes? ¿Hay algo en el carácter de políticos como Obama y Romney que los haga aparentemente más dúctiles que las personas cuyos votos quieren ganarse? Ahora que tenemos certificado de nacimiento necesitaremos un algodoncillo de ADN. ¿Por qué Romney parece cambiar de opinión fácilmente en asuntos morales que debieran ser elementales y se mantiene fiel a principios económicos que tienen heredabilidad genética más débil? ¿El hecho de que sea un veleta también significa que es un robot? ¿Y qué pasa con las obsesivas concesiones de Obama a los republicanos, se trata de algún tipo de insólita mutación genética? ¿O es más evidencia de que oculta, como podría hacer Romney, una agenda atávica más siniestra? ¿En vez de alabar a los independientes, deberíamos tratar su falta de ideología clara como prueba de falta de desarrollo? ¿Carecen los americanos de un tercer partido porque las leyes de la evolución no le permiten sobrevivir?

La llegada de un período electoral despeja rápidamente cualquier sentido de fatalismo político. Cada cuatro años, consideramos nuestra campaña presidencial como si se tratara de un ejercicio de libre albedrío político Tocquevillesco, 200 millones de americanos cuestionando sus creencias personales y prioridades nacionales sin prejuicios de linaje o herencia. Organizamos nuestra vida cívica en torno al culto del votante sin amarras ideológicas, una vez llamado ticket-splitter, después swing-voter y ahora simplemente independiente. Pero los cambios diarios en el lenguaje de Biden, en la posición política de Romney, o el lenguaje publicitario de los super-PAC (Political Action Committee) sólo merecen la atención que les prestamos si son juzgados por un electorado de mentalidad perfectamente abierta.

“Puedes hacer la mejor campaña, pero si alguien está genéticamente predispuesto a ser inmune a ella no va a haber mucha diferencia” dice el politólogo de Fordham Costas Panagopoulos, antiguo jefe de redacción de la revista Campaigns & Elections. Aunque los estudios genéticos no sugieren que el voto sea completamente automático, los intentos por conseguir que los conservadores miembros  de la unión Católica voten por Obama o los liberales corredores de bolsa por Mitt Romney pueden estar más sentenciados de lo que deseamos creer.  Naturalmente, hace bastante que valoramos el papel jugado por un factor predictivo biológico, la brecha de género, que se ha convertido en la explicación más popular de la ventaja de Obama sobre Romney a medida que nos acercamos a la campaña de Otoño.

Ciertamente, independientemente de los avances académicos en la comprensión del papel  de la psicología evolucionista en la política, la vieja heurística debe bastar por ahora. Partidos y candidatos tienen pocas herramientas prácticas para clasificar los votantes según nuevas categorías biológicas, y poco entendimiento sofisticado sobre cómo aprovechar los nuevos descubrimientos. “No es fácil aplicar eso a un escrutinio”, apunta Will Feltus, consultor republicano que utiliza modelos estadísticos para asesorar a las campañas sobre el modo de dirigir sus gastos televisivos.

Es fácil imaginar que una mayor información sobre cómo cerebros y cuerpos procesan los mensajes políticos debe de hacer más atractiva la lógica de la división rojo-azul con precisión científica. Las campañas se convencerían aun más de que la gente que no está por ellos hoy nunca lo estará, redoblarían esfuerzos en movilizar a los votantes que saben que están de su parte, y dejarían de intentar cambiar las opiniones. “Para lo que yo hago, averiguar si alguien es como es desde la niñez no es de mucha ayuda. Me pagan para decir a los políticos dónde está la gente y cuan variable puede ser en un periodo de doce a dieciocho meses”, dice Whit Ayres, un analista de opinión que trabajó en la campaña presidencial de Jon Huntsman. “Son sólo números. Cuanta gente hay en este grupo, cuanta en ese, y cuanta gente te falta para llegar al 50 por ciento”.

______________________

Antonio Arturo Gonzalez

Mayo 2012

Problemas en la neurozona

Publicado por el 14 may, 2012 en Divulgación Científica, General, Neurofilosofía, Tercera Cultura | 0 comentarios


Frenología

Que te escaneen el cerebro es una experiencia muy rara. A mí me lo han hecho una vez. Me cargaron, como si fuera un torpedo, en una claustrofóbica cámara parecida a un Cocoon durante aproximadamente una hora, cuyos primeros terroríficos minutos pasé intentando recordar desesperadamente si me había deshecho de aquella bola de metal que me tragué cuando era un niño. Las máquinas mismas son bastante ruidosas, pero hay algo en sus ruidos tintineantes que me resulta relajante, así que pasé la mayor parte del tiempo en la cámara de lanzamiento intentando no bostezar. Realmente lo disfruté bastante.

La razón por la que estaba en el escáner era ayudar a calibrar algunas rutinas, asi que no entré allí para participar en ningún experimento. Debo ser uno de los pocos, ya que los estudios que emplean imágenes de resonancia magnética funcional han disfrutado de gran popularidad tanto en la comunidad científica como en los grandes medios en los últimos años. Tanto, que ha empezado a convertirse en la base para explicarlo todo, desde las opiniones de los consumidores a lo que ocurre cuando te avergüenzas, a, más recientemente, lo que piensa tu perro. Como en cualquier otro campo, parte de esta investigación es realmente buena, y parte es pura basura. De forma creciente, sin embargo, se están haciendo intentos para relacionar los hallazgos neurocientíficos con nuestra conducta cotidiana, bajo el supuesto de que las imágenes de nuestro cerebro pueden explicar la condición humana.

Tras cosas como la neuroestética o el neuromarketing, la última de estas modas parece ser la neuropolítica. Esta es la idea que los puntos de vista y las posiciones políticas pueden ser enraizadas de alguna forma en la biología humana, y de que las técnicas de neuroimagen pueden proporcionar un medio a través del cual averiguar qué partes del cerebro son políticamente relevantes.

Hay un problema con esta idea. Bueno, realmente hay varios problemas, pero me concentraré de momento en uno. Los estudios de neuroimagen que buscan los puntos de vista politicos tienden a buscar correlatos neurales en el cerebro. En otras palabras, hacen algo similar a este estudio [PDF], reunen a un puñado de izquierdistas, un puñado de derechistas, y ven si hay diferencias en el tamaño o en la activación de varias partes del cerebro. Si es un buen estudio, los investigadores intentarán que los dos grupos sean lo más similares que sea posible en otras variables (lo básico serían cosas como el género y la edad, el status socioeconómico y el nivel de educación, pero la lista puede continuar), de forma que puedas asegurarte de que cualquier diferencia puede atribuirse a los puntos de vista políticos y no a nada más. Por ejemplo, en el estudio anterior, los autores hallaron que las personas que se consideraban más liberales mostraban mayor materia gris en una área del cerebro llamada corteza cingulada anterior, y aquellos que se consideraban más conservadores tenían una amigdala derecha más grande.

Tal como he señalado en otros post, señalar que dos cosas están correlacionadas no nos da ninguna idea sobre la causalidad. Nótese que esto no es una crítica del estudio anterior; los autores también lo señalan correctamente. Pero el problema viene cuando otros empiezan a inferir mucho más de lo que la investigación original prentendía. Por ejemplo, tomemos el resultado de los conservadores. La amígdala es una parte antigua del cerebro, implicada entre otras cosas en las reacciones emocionales.

De forma específica, se cree que está fuertemente implicada en el procesamiento del miedo y la detección inicial de amenazas, en particular debido a un importante papel químicosensible en la detección de CO2 en la corriente sanguínea. En otras palabras, el incremento en CO2 causa una reducción en la acidez de la sangre, lo que puede ocurrir cuando estás sofocado. La amígdala es sensible a la reduccion de este pH, y provoca una respuesta de miedo para que intentes resolver la situación. ¿Qué significa esto para los conservadores? Bueno, pues en realidad no mucho. Las creencias políticas son enormemente complejas, y pueden cambiar rápidamente en el tiempo. Para simplificar, puede ser demasiado simple llegar a inferencias causales como “bueno, la amígdala trata de la sensibilidad a las amenazas, y los conservadores tienden a ser más sensibles a las amenazas al poseer puntos de vista más estrictos sobre el crimen y el castigo”, lo que a su vez lleva a “las personas son conservadoras porque poseen una amígdala más gande”. Es una trampa en la que es fácil caer, y además es adecuada para ser leída en los periódicos, por lo que sucede inevitablemente.

Menciono esto porque hoy he leído un post de un blog del comentarista (neuro)político Chris Mooney en el que, pese a describir este tipo de críticas (y otras), llega a la conclusión de que, dado que hay algo de verdad en ellos, debemos prestar atención a los estudios de neuroimagen que nos dicen qué partes del cerebro son políticas. En primer lugar, este no es un argumento particularmente bueno. Puedo buscar todas las peras que quiera, pero si sigo recogiendo manzanas, lo que tengo es una cesta de manzanas. Más aún, conduce a todo tipo de cuestiones éticas dificiles sobre el tipo de información que se emplea ostensiblemente para “cambiar” a las personas. Sin mencionar que nos sitúa peligrosamente cerca de una moderna frenología.

Para ser claro, no me meto con la investigación científica que utiliza técnicas de neuroimagen. Simplemente pienso que necesitamos ser extremadamente cautos con cualquier intento de emplear esta investigación para desarrollar grandes teorías sobre características humanas complejas. Todavía hay un montón de cosas que no sabemos sobre el cerebro, y esgrimir prematurmente esta exigua investigación de formas embarazosas en el mejor de los casos es inúti, y en el peor peligrosamente divisorio.

Publicado por Pete Etchells en Nature Blogs

Sobre el combate de las creencias falsas en el aula

Publicado por el 12 may, 2012 en Tercera Cultura | 4 comentarios

Este escrito recoge parte de una charla impartida en Santander el 18 de abril de 2012, pero sobre todo se hace eco de infinidad de discusiones con mi padre.

No se puede confundir tolerancia  con ausencia de crítica.

Sobre el combate de las creencias falsas en el aulaEn las aulas circulan innumerables ideas, e inevitablemente habrá ideas falsas junto a otras verdaderas. Sobre las creencias verdaderas no hay discusión: son buenas, beneficiosas, y constituyen el sendero para el progreso humano.  ¿Pero qué hay que hacer con las creencias falsas? ¿Cómo hay que gestionarlas?

Si se define la escuela como un templo de la verdad –de la misma manera que se construyen templos dedicados a “quimeras perjudiciales”- , en ese caso los profesores deberían actuar como filtros que acorralaran y dejaran a la intemperie las creencias falsas. Esta solución no es, sin embargo, tan sencilla de aplicar.

Uno de los pilares de la democracia es la libertad de expresión. John Stuart Mill defendió este derecho en su libro Sobre la libertad, donde se puede encontrar este fragmento clásico:

“Si toda la humanidad, menos una persona, fuera de una misma opinión y esta persona fuera de opinión contraria, la humanidad sería tan injusta impidiendo que hablase como ella misma  lo sería si teniendo poder bastante impidiera que hablara la humanidad…”

El único límite al ejercicio de la libertad de expresión se encuentra según Mill en la difamación, en la agresión gratuita del otro. Aunque este límite entraña problemas, la idea fundamental es clara: se puede afirmar lo que se quiera, pero sin perjudicar gratuitamente a los demás.

La libertad de expresar cualquier idea, ya sea esta verdadera o falsa, es uno de los pilares de la democracia, y uno de los principios que debe regir en cualquier institución democrática.

Mill añade una interesante continuación a su reflexión, explicando lo que ocurre cuando se prohíbe o censura una idea. Según afirma, las consecuencias son siempre negativas:

“Si la opinión es verdadera se les priva de la oportunidad de cambiar el error por la verdad; y si es errónea, pierden lo que es un beneficio no menos importante: la más clara percepción y la impresión más viva de la verdad, producida por su colisión con el error”.

Mill piensa que las creencias falsas son útiles en tanto que “la colisión con el error” produce una “más clara percepción y la impresión más viva de la verdad”.  Por tanto, prohibir creencias supone siempre una pérdida: si es verdadera por razones obvias, y si es falsa, porque su manifestación ayuda a que las creencias verdaderas brillen con más intensidad. Mill no identifica libertad de expresión con tolerancia con las ideas falsas, sino conflicto, o como digo yo, crítica.

¿De qué creencias estamos hablando?  Sirva este ejemplo entre la infinidad de creencias falsas: es frecuente que se critique a las empresas farmacéuticas a la vez que se alaban los productos naturales u homeopáticos. Como ramificaciones que se extienden hasta el infinito, encontramos seguidamente a los que rechazan los pesticidas, las vacunas o los transgénicos, y por no faltar, hay incluso los que sienten pánico por el wifi. Se trata de una oposición global y visceral hacia la ciencia y sus productos, basada en la opinión de que las industrias (sobre todo farmacéuticas) acumulan un gran poder y tienen unos intereses mercantiles incompatibles con el respeto a la vida en general y a la vida humana en particular.

Sería absurdo negar que las empresas tienen intereses y que esperan obtener beneficios de sus inversiones. ¿Y quién no?  El cinismo se encuentra en creer que los intereses son lo único que hay y que todo se mueve por el interés (tesis que además se puede adornar recurriendo a autoridades académicas como Michel Foucault). Según esta forma de relativismo, los intereses y las luchas de poder agotan la explicación de la realidad.

Sin embargo, los intereses acaban allí donde empiezan los hechos, y la ciencia tiene el método para ampliar el número de hechos y ponerlos a disposición del progreso humano. Se dirá que hay fraudes y errores también en la ciencia, pero las aduanas y controles que constituyen el método científico convierten esta actividad en la fiscalización más precisa de las creencias de que disponemos hasta la fecha, ya sea al contrastar las hipótesis con la realidad, o bien la transparencia que permite que los experimentos sean reproducibles. La industria farmacéutica y de los transgénicos se asienta sobre esta maquinaria de la verdad construida por el ser humano y concebida para mitigar el dolor y el sufrimiento, y que tiene la pretensión de robarle tanto terreno a la muerte como sea posible.

Las creencias falsas constituyen un océano en el que nadan algunos peces que constituyen los hechos. Y la ciencia proporciona los mejores instrumentos para su pesca. Richard Dawinks resume muy bien este espíritu cuando aconseja a su hija: «Y la próxima vez que alguien te diga que una cosa es verdad, prueba a preguntarle: “¿Qué pruebas existen de ello?” Y si no pueden darte una respuesta, espero que te lo pienses muy bien antes de creer una sola palabra de lo que te digan».

¿Supone ser intolerante defender las creencias verdaderas y atacar las creencias falsas y perjudiciales? ¿La renuncia a la reflexión es el sacrificio que hay que hacer en beneficio de la tolerancia y en definitiva de la democracia?  Es más, ¿en el aula se puede exponer cualquier idea? ¿Toda idea es defendible? ¿Tienen que recibir las creencias verdaderas y las falsas el mismo tratamiento desde la imparcialidad?

No todas las creencias merecen el mismo trato. Hay que jerarquizarlas, sopesarlas y clasificarlas, y señalar las falsas y dar las razones. Cuando la tolerancia se identifica con abrazar el relativismo, estamos debilitando nuestra democracia, erosionamos la convivencia y dinamitamos el progreso. Someter a  escrutinio las ideas, creencias e hipótesis que manejamos en nuestra vida cotidiana es una obligación moral, un imperativo como ciudadanos. Y por la posición que ocupan maestros y profesores, esta actitud tendría que constituir la esencia de su ejercicio laboral. “¿y en qué me baso para creer esto?” tendría que ser una máxima aplicada a todas las creencias (desde el pacifismo hasta el cambio climático). Agarrarse a una ideología constituye en realidad el naufragio del pensamiento.

Hay que exigir la tolerancia respecto a la expresión de las ideas sin renunciar al combate de las ideas erróneas (renuncia que se expresa por ejemplo cuando un profesor respeta la opción de los padres que deciden no vacunar a sus hijos, sin tener en cuenta que se expone a estos niños y a sus compañeros a enfermedades que pueden ser mortales).

Tengo la convicción de que las creencias falsas son un lastre para el progreso humano. Mientras que las creencias falsas jamás han permitido que vuelen aviones, las creencias verdaderas nos han llevado a la Luna. En las creencias verdaderas se encuentra el triunfo sobre la enfermedad y sobre los desmanes y limitaciones de la naturaleza; en las erróneas, solo encontramos pobreza y muerte. La historia humana ha sido un progresivo y constante arrinconamiento de las ideas erróneas.

En la plaza pública conviven tanto ideas verdaderas como falsas, y pienso que la tarea del profesor ha de consistir en proveer a los alumnos del instrumental conceptual y argumentativo para saber defenderse por sí mismos del desorden y caos de ideas a las que están expuestos desde su nacimiento. Digo la tarea del profesor, pero pienso más concretamente en la tarea del profesor de filosofía, en donde con mayor claridad recae la responsabilidad de enseñar a pensar a los alumnos, y de proporcionarles las herramientas para que piensen de forma crítica y responsable (lo que implica, entre otras cosas, que no se les aplauda cuando deciden incendiar las calles por reclamar calefacción). En la tarea de dar las herramientas para combatir las creencias falsas se justifica la existencia de una asignatura como esta en el bachillerato.

¿La filosofía es la homeopatía del pensamiento? Así lo afirma el siempre estimulante periodista Cristian campos en su blog El Pandemonium.  Campos denuncia la irrelevancia, incluso el efecto placebo, de creer que se está pensando, cuando en realidad se están haciendo malabarismos en el aire. Al renunciar al pensamiento crítico, y si rechazamos proporcionar a los alumnos las herramientas para combatir creencias falsas en aras de una tolerancia mal entendida, los estamos abandonándolos en su infantilismo (que se expresa a menudo con el impulso de destruir y llevarse por delante todo lo que se encuentre a su paso). Si queremos una sociedad formada por ciudadanos adultos que contribuyan a incrementar el bienestar de todos, el instrumento de la crítica es indispensable.

Ötzi no bebía leche

Publicado por el 10 may, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

El análisis del DNA de Ötzi nos ha permitido saber muchas cosas de su vida

ÖtziSe acaba de publicar el genoma completo del núcleo del famoso «hombre de hielo», también llamado Ötzi, que fue encontrado en los Alpes italianos en 1991 y cuya muerte se produjo hace unos 5 300 años. Previamente se había analizado el genoma perteneciente a sus mitocondrias; ahora le ha tocado el turno al del núcleo. En una célula hay decenas de mitocondrias que tienen su propio genoma, que es mucho más pequeño que el nuclear. Las células poseen un solo núcleo. Tanto el tamaño como el número hacen que sea más fácil descifrar el genoma mitocondrial que el nuclear.

Cada día me maravillan más los datos que los científicos son capaces de obtener del genoma. En el caso de Ötzi han logrado saber que tenía ojos marrones, sangre del tipo O, predisposición a enfermedades del corazón, sus parientes más próximos pueden vivir en Córcega y Cerdeña y era intolerante a la lactosa.

Que sea intolerante a la lactosa confirma lo que era más probable. Todos los mamíferos durante el periodo de lactancia producen la enzima lactasa, que permite asimilar los azúcares de la leche materna; pero nada más acabar ese periodo dejan de producirla y, por lo tanto, dejan de tener la capacidad de alimentarse de leche. He dicho todos los mamíferos, pero no es estrictamente cierto, una parte de la población humana es capaz de tomar leche de adulto, aunque hay muchos más humanos que no toleran la leche que los que lo hacen. Los más tolerantes son los suecos (99% de la población), los menos los tailandeses (solo un 2%). En Euskadi el 85% de las personas pueden tomar leche.

Las mutaciones que nos hicieron tolerantes a la lactosa son muy recientes. Surgen una vez que domesticamos animales que producen leche (cabras, ovejas y vacas). Siempre se había pensado que esa mutación surgió en Escandinavia hace unos 5 000 años; pero recientes simulaciones por ordenador ponen en entredicho esa idea y sitúan su origen en un punto entre los Balcanes o Centroeuropa hace unos 7 500 años. Pero para llegar al sur de los Alpes seguro que tuvieron que transcurrir muchos años. De hecho, se estima que en la zona donde se encontró Ötzi y cuando estaba vivo se estaba realizando la transición a la agricultura y a la ganadería; es decir, todavía la mutación de tolerancia a la leche no ofrecía muchas ventajas y por lo tanto no era muy probable que la tuviera.

En África se han dado al menos tres veces mutaciones similares para tolerar la lactosa y eso ha ocurrido hace tan poco tiempo como 3 000 años.

¿Existe algo así como un “espejismo racionalista”?

Publicado por el 7 may, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 0 comentarios

Jonathan Haidt es un profesor de psicología en la universidad de Virginia que ha publicado recientemente un interesante libro sobre razonamiento moral y político, The righteous mind. Why good people are divided by politics. En Tercera Cultura hemos traducido un artículo sobre su trabajo.

Uno de los capítulos de este libro trata sobre lo que su autor llama “el espejismo racionalista” (the rationalist delusion), que parece casi una “ecolalia en espejo” del título de uno de los libros más conocidos de Richard Dawkins: El espejismo de Dios. Haidt define este presunto espejismo como “la idea de que el razonamiento es nuestro más noble atributo, capaz de hacernos como dioses (para Platón) o de llevarnos más allá del “espejismo” de creer en dioses (para los nuevos ateos)”. Por añadidura, este “espejismo” no es sólo una afirmación sobre la naturaleza humana, también es algo más serio: es la afirmación de que “la casta racional (filósofos o científicos) deberían tener más poder, lo que normalmente está unido con un programa utópico para educar a niños más racionales”.

Basándose en su modelo “intuicionista”, de acuerdo con el cual la razón humana es un recurso estratégico subordinado la mayor parte del tiempo a las intuiciones y los sentimientos morales, Haidt juzga que el racionalismo viene a ser un “espejismo cognitivo”. “Cualquiera que valore la verdad debería dejar de adorar a la razón”, sentencia el psicólogo de Virginia.

Haidt cita en su apoyo el trabajo del filósofo moral Eric Schwitzgebel, que aparentemente apoya una visión escéptica sobre el comportamiento de los especialistas morales, y también el trabajo de dos científicos cognitivos franceses, Hugo Mercier y Dan Sperber, cuya nueva teoría de la argumentación, aparentemente, también arroja dudas sobre el papel público del razonamiento: “los argumentos sofisticados no persiguen la verdad sino otros argumentos que apoyen sus propios puntos de vista”. Por desgracia Haidt no pasa de presentar estos grandes titulares y declaraciones para la prensa y finalmente viene a proponernos que desconfiemos del razonamiento individual y pasemos a razonar en el contexto de grupos ideológicamente más extensos.

En realidad, este fragmento tan decepcionante del libro, que confunde sistemáticamente conceptos técnicos (“racionalismo” como distinto de “empirismo”) y conceptos culturales (el “racionalismo” de los “nuevos ateos”) sólo se entiende como parte de una “guerra cultural” en la que Haidt toma partido por un bando histórico: la ilustración moderada.

"Une soiree chez Madame Geoffrin" ("Una velada en casa de Madame Geoffrin"), por Anicet Gabriel Lemonniet, 1812

Como muestra Philipp Blom en su espléndido libro sobre la “gente peligrosa” de la Ilustración europea, siempre ha habido una intensa discusión entre moderados y radicales, “acomodacionistas” y partidarios del conflicto. Voltaire (“El ateo es un monstruo toda la vida”) y Rousseau (el ateísmo es “demasiado violento para el espíritu humano”) representaban en su tiempo posiciones deistas moderadas que reprochaban en términos muy fuertes el radicalismo peligroso reunido en el “salón de Holbach”, en el que se citaban algunos de los pensadores y científicos más audaces: Diderot, Helvetius o el propio Holbach. Los ilustrados radicales eran, por otra parte, perfectamente conscientes del importante papel de las emociones, tanto en tiempos de Hume (que estaba más cerca de los radicales, de hecho) como hoy mismo, por lo que la etiqueta “espejismo racionalista” no pasa de ser una descripción propagandística. En cualquier caso -y en esto lleva razón Haidt- no se trata sólo de una discusión entre modelos teóricos, puramente científicos, sino entre diferentes intereses y visiones del mundo sostenidas por viejos rivales, desde el corazón mismo de la Ilustración occidental.

Pregunta Edge 2012 – explicación favorita por su profundidad, elegancia o belleza de Dan Sperber

Publicado por el 4 may, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Traducción de Iñigo Valverde

Dan Sperber, científico social y cognitivo, es autor de Rethinking Symbolism (El simbolismo en general), On Anthropological Knowledge, (Explicar la cultura: Un enfoque naturalista). En estos tres libros, desarrolla un enfoque naturalista de la cultura amparado en el término «epidemiología de las representaciones”. También es coautor, con Deirdre Wilson (Departamento de Lingüística del University College de Londres) de  Dan Sperber y Deirdre Wilson han desarrollado un enfoque cognitivo de la comunicación que se conoce como «teoría de la relevancia». Ambos conceptos son considerados «influyentes y controvertidos».

Sperber es titular de una plaza de profesor en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), en Paris, y frecuenta como profesor visitante la Universidad de Cambridge, la Academia Británica, la London School of Economics, el Instituto Van Leer de Jerusalén, el Instituto de Estudios Avanzados y la Universidad de Princeton y las Universidades de Michigan, Bolonia y Hong-Kong.

http://edge.org/memberbio/dan_sperber

http://edge.org/response-detail/2927/what-is-your-favorite-deep-elegant-or-beautiful-explanation

Cómo midió Eratóstenes la circunferencia de la Tierra

Eratóstenes (276-195 AC), director de la famosa Biblioteca de Alejandría en el Egipto ptolemaico, aportó contribuciones pioneras a las matemáticas, la astronomía, la geografía y la historia. También elaboró una serie de argumentos contra la división de la humanidad entre griegos y «bárbaros». Sin embargo, por lo que se le recuerda es por haber hecho la primera medición correcta de la circunferencia de la Tierra (una historia bien contada en el reciente libro de Nicholas Nicastro, Circumference). ¿Cómo lo hizo?

Eratóstenes había oído que, al mediodía de un único día de cada año, el Sol brillaba directamente en el fondo de un pozo abierto en la ciudad de Syena (ahora Asuán). Esto significaba que el Sol estaba en ese momento en el cénit. En consecuencia, Asuán tenía que estar en el Trópico de Cáncer y ese día tenía que ser el del solsticio de verano (nuestro 21 de junio). Sabía cuanto tardaban las caravanas en hacer el viaje desde Alejandría a Asuán y, basándose en ese tiempo, calculó que la distancia entre las dos ciudades era de 5.014 estadios. Dio por supuesto que Asuán estaba, en dirección sur, en el mismo meridiano que Alejandría. En realidad se equivocaba levemente en dos cosas: el meridiano de Asuán está un poco al este del de Alejandría y Asuán no está justo en el Trópico; pero, por afortunada serendipia, estos dos errores se anulaban mutuamente. Entendió que el Sol estaba lo suficientemente lejos como para considerar paralelos los rayos que llegan a la Tierra. Cuando el Sol estaba en el cénit en Asuán, tenía que encontrarse al sur del cenit en la Alejandría más septentrional. ¿En qué medida?

Midió la longitud de la sombra proyectada por un obelisco que se alzaba frente a la Biblioteca (dice la leyenda —pero pudo ser algún otro objeto vertical más fácil de medir), y, aún sin trigonometría, a la que todavía le faltaba mucho desarrollo, pudo determinar que el Sol estaba en un ángulo de 7,2 grados al sur del cenit. Entendió que ese ángulo era la medida de la curvatura de la Tierra entre Alejandría y Asuán (véase la figura). Puesto que 7,2 grados es la quincuagésima parte de 360 grados, Eratóstenes, multiplicando por 50 la distancia entre Alejandría y Asuán, pudo calcular la circunferencia de la Tierra. El resultado, 252.000 estadios, dio un escaso 1% menos que la medición moderna de 40.008 km.

Cómo midió Eratóstenes la circunferencia de la Tierra

Eratóstenes articuló unos elementos que no tenían entre ellos una relación aparente: datos comprobados, como el paso de las caravanas, el Sol que se reflejaba en el fondo de un pozo, la longitud de la sombra de un obelisco; hipótesis, como la forma esférica de la Tierra, su distancia del sol, y herramientas matemáticas para medir una circunferencia que sólo podía imaginar, pero no ver ni comprobar. Su resultado es simple y convincente: la manera de llegar a él es un perfecto ejemplo de la inteligencia humana más elevada.

¿Pensaba Eratóstenes concretamente (de la forma en que podría haber pensando concretamente en la distancia entre la Biblioteca y el Palacio de Alejandría) en la circunferencia de la Tierra? Supongo que no. Creo más bien en un reto planteado por estimaciones bastante diferentes de la circunferencia de la Tierra que hubieran ofrecido otros estudiosos de la época. Estaría pensando en diversas herramientas y principios matemáticos que pudieran aplicarse a la cuestión. Estaría pensando en el uso demostrativo que puede hacerse de diversas observaciones e informes. Trataría de encontrar una solución clara y convincente, un argumento incontestable. En otros términos, estaría reflexionando acerca de las representaciones: teorías, conjeturas, informes, y buscando una manera novedosa y perspicaz de combinarlos. Al hacerlo, se sentiría inspirado por otros y tendría a otros como interlocutores destinatarios. Su hazaña intelectual sólo tiene sentido como un eslabón particularmente notable en una cadena social y cultural de actos mentales y públicos. Para mí, es una ilustración impresionante no sólo de la inteligencia humana individual sino también, y sobre todo, de los poderes de unas mentes social y culturalmente ampliadas.

Página 20 de 61« Primera...10...181920212223...304050...Última »