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Culpabilimetros

Publicado por el 23 jun, 2012 en Tercera Cultura | 2 comentarios

autor: Adolf  Tobeña

Es perfectamente comprensible que nos afanemos en buscar culpables cuando ocurren catástrofes o desgracias. Estamos tan acostumbrados a establecer nexos de causalidad verificable entre los hechos y sus inductores principales, que nos cuesta resistirnos a esa pulsión. Lo hacemos ante los traspiés o incidentes banales, nos lo preguntamos siempre ante las dolencias pasajeras o duraderas, y lo exigimos, imperativamente, ante los infortunios  y las tragedias que nos abruman.

Todo el “peso” de la humanidad en el planeta

Publicado por el 20 jun, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 1 comentario

Publicado en Le Scienze.

¿Es la obesidad humana un problema ecológico?

¿Cuánto pesa la humanidad en términos de biomasa? Se lo han preguntado investigadores de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, llegando a una estimación publicada ahora en la revista de acceso libre “BMC Pubic Health

La cuestión de hecho es relevante desde el punto de vista ecológico: la población humana ha alcanzado hace poco los siete mil millones de individuos, pero la necesidad energética y de alimentación dependen también de la masa corpórea total de la humanidad, de su distribución geográfica y también de la prevalencia de sobrepeso y obesidad. Los investigadores han partido de las revelaciones de las Naciones Unidas y de las Organizaciones mundiales de la sanidad, para llegar a una estimación de la población humana adulta de 287 millones de toneladas, 15 millones de las cuales se deben al sobrepeso y 3.5 millones a la obesidad.

Se trata de valores de absoluta relevancia aunque se ha de considerar que subestiman la realidad, dado que los datos de la OMS empleados son relativos al informe SURF del 2005.

Son sorprendentes las diferencias regionales, que parece que reproducen en fotocopia las desigualdades económicas y sociales: al frente de un meso medio individual de 62 kilogramos, Norte América conserva el primer puesto de la clasificación por naciones con una media de 80.7 kilogramos. Comparado con la población, significa que Norte América representa el 35 por ciento de la masa humana mundial con sólo el 6 por ciento de la población, mientras que Asia constituye sólo el 13 por ciento de la biomasa mundial y el 61 por ciento de la población.

“Nuestros resultados subrayan la importancia de tener en cuenta también la biomasa en lugar de sólo la población cuando se considera el impacto biológico de una especie, especialmente en el caso de los seres humanos”, ha explicado Sarah Walpole, que ha participado en el estudio.

La batalla por un menor impacto humano en el ambiente terrestre pasa también por medidas de cura y prevención del sobrepeso y la obesidad, que generalmente son diseñadas para proteger la salud de los ciudadanos.

“Cualquiera está dispuesto a aceptar la idea de que el crecimiento de la población mundial puede amenazar la sostenibilidad ambiental”, ha concluído Ian Roberts, que ha dirigido el estudio. “Nuestros resultados llaman la atención sobre el hecho de que también el peso excesivo de los individuos representan una amenaza para la sostenibilidad”.

La aparente contradicción entre madres y cazadores (o guerreros)

Publicado por el 19 jun, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 1 comentario

Metode

Dentro de un monográfico publicado por la revista Mètode sobre la “naturaleza humana”, Paula Casal (vicepresidenta del proyecto Gran Simio) critica lo que llama “reduccionismo tradicional masculino y centrado en la guerra”. Este relato tradicional, que ejemplificaría el cinematográfico “femurazo” con el que se abre paso la banda de homínidos victoriosa en las primeras escenas de 2001. Una odisea en el espacio, debe compensarse en opinión de Casal con el reconocimiento del papel de las madres en el proceso de la “humanización”. Cualquiera de los procesos en los que nos fijemos, conducta protomoral, protolingüística, prototecnológica, desde la educación de los sentimientos morales hasta la reforma de la dieta, todos reivindican un papel central para las madres. Según este “punto de vista materno” de la evolución, la conducta protomoral de los homínidos no depende esencialmente de la guerra, sino del cuidado infantil y de la transmisión materna de la cultura y la empatía: “El garrotazo es la barbarie, la empatía es la civilización” (Rifkin arriesga aún más al afirmar que la empatía es también “el alma de la democracia”). El amor al bebé, no la guerra, hizo a la civilización:

Al parecer -por los datos genómicos y fósiles-, en los orígenes de nuestra especie éramos poquísimos. No teníamos gran necesidad de enfracasrnos en una guerra fratricida que, siendo tan pocos, podría haber sido nuestro fin. Sin embargo, se piensa que, al menos entre los machos, había altos niveles de agresividad. Luego nos fuimos tranquilizando, nos hicimos menos brutos, menos polígamos, disminuyó nuestro dimorfismo sexual, aumentó el cerebro y el papel del padre y nos hicimos más “humanos”. Es probable que, en lugar de un sólo factor, varios factores coevolucionasen, quizás estando todos ellos relacionados con un mismo reto: cómo sacar adelante a los bebes.

Necesitamos generar, según Casal, una nueva imagen del proceso humanizador que no sea “beliocéntrica”.

La que tenemos ahora es una extensión tradicional de la historia como sucesión de glorias bélicas y masculinas. La que deberíamos tener presta más atención a modestas tareas cotidianas como cuidar a quien lo necesite, preparar comidas seguras y nutritivas y enseñar motherese.

Es posible, como argumenta Casal, que la ciencia haya prestado una atención insuficiente al papel de las madres en la evolución humana, aunque no necesariamente hay una contradicción “hegeliana” entre madres y cazadores (recordemos que de acuerdo con Hegel las madres son “enemigas del estado”, ya que no desean que sus hijos mueran en la guerra).

En sentido contrario, según un trabajo de Ella Psouni, de la universidad de Lund, en Suecia, existiría una fuerte conexión entre la dieta de los cazadores y el amamantamiento. Como explicamos también en Tercera Cultura: “Nuestro precoz destete se deba a que los sapiens son carnívoros cazadores capaces de aportar una dieta más energética, a diferencia de gorilas, chimpancés u orangutanes, que son omnívoros o herbívoros.”

La guerra fratricida, de hecho, podría haber influido realmente en la evolución humana, como muestra Sam Bowles. Y ya entrando en los tiempos históricos, de acuerdo con el razonamiento de Ian Morris, la llamada “guerra productiva” de los milenios recientes nos habría vuelto paradójicamente más pacíficos “permitiendo la creación de estados más centralizados, mejor organizados, más pacíficos y más prósperos.

Incluso la biología de la agresividad y la guerra está fuertemente entrelazada con el lado más cooperativo del ser humano: los mismos mecanismos físicos que aparentemente apoyan la imagen más dulce de nuestra evolución, como el papel que desempeña la oxitocina en la empatía social, ahora sabemos que también podrían estar involucrados en la cohesión de las coaliciones agresivas. Dicho de otro modo, la misma hormona que sirve para estrechar los lazos entre la madre y sus hijos, sirve para formar coaliciones agresivas entre machos que acaban dando “femurazos” a los extraños.

Es posible que recordar el papel de la guerra sea desagradable, e incluso “políticamente incorrecto”, como recuerda Victor Davis Hanson, pero a fin de cuentas los aspectos más amorosos del ser humano no necesariamente están en contradicción con otros más oscuros y difíciles de encajar con la mentalidad moderna.

Esta es una versión aumentada y revisada del post El papel de las madres en la evolución humana.

 

Referencia: Casal, Paula (2010). «La humanización no es solo cosa de hombres. El papel de las madres en la evolución humana». En: Sevilla,Sergio (coord.) Naturaleza humana. En la senda filosòfica del hombreMètode, 67: 84-90. Disponible en: http://www.metode.cat/es/revistas/monografics/naturaleza-humana/la-humanitzacio-no-es-sols-cosa-dhomes

¿Está nuestro cerebro diseñado para la felicidad?

Publicado por el 17 jun, 2012 en Tercera Cultura | 7 comentarios

Francisco Mora es catedrático de Fisiología Humana, Universidad Complutense de Madrid y catedrático adscrito de Fisiología Molecular y Biofísica, Universidad de Iowa). Publicado en http://www.huffingtonpost.es

¿Está nuestro cerebro diseñado para la felicidad?Acabo de publicar un libro sobre la felicidad que es la contestación a esa pregunta. Y la respuesta, desafiante y apretada, es que no. Nuestro cerebro, producto de muchos cientos de millones de años de evolución biológica y construido a golpes de azar y determinantes ambientales, solo contiene un diseño máximo y es aquel de la supervivencia. Puede doler admitirlo pero es lo que hay. La ley suprema del funcionamiento del cerebro es el de mantenernos vivos. Y eso, en su esencia, implica lucha, dolor, desazón y sufrimiento. Y esa realidad golpea inmisericorde, y de modo constante, la vida humana.

El diseño del funcionamiento del cerebro lo deja bastante claro. Toda interacción con el mundo, toda lucha por la consecución de algo conlleva placer o dolor y eso nos aleja de la felicidad. Y eso se debe a que todo cuanto vemos, tocamos, oímos u olemos o gustamos es filtrado, antes de alcanzar la conciencia y la construcción del pensamiento, por nuestro cerebro emocional, en donde a esa información sensorial se le da la impronta de bueno o malo, de placentero o doloroso. Y ese marchamo es el centro y el origen de la infelicidad y el sufrimiento.

La felicidad no es más que una idea sin más existencia que la que puede tener un sueño. Una idea, sin embargo, que impregna toda la conducta humana desde los tiempos del pensamiento mágico y lo sobrenatural, hasta ahora mismo que estamos entrando más de lleno en el pensamiento llamado crítico. Una idea si se quiere, eso es cierto, universal, como bien pudiera pensarse que es la idea de Dios pues ambas vienen impregnadas de profundas emociones y sentimientos. Pero frente a la idea de Dios, que no es verdaderamente universal, sí lo es en cambio la idea de felicidad. A la felicidad aspira todo el mundo, independientemente de raza, cultura, pensamiento, sociedad o lugar escondido del planeta. Todo el mundo, sin excepción alguna aspira, de un modo u otro, a huir del sufrimiento y abrazar la felicidad y construir su vida alrededor de esa idea. No es así para la idea de Dios en donde dos tercios de la humanidad, buscando y aspirando a ser verdadera y humanamente feliz, no aspira, ni tiene ninguna necesidad de un Dios que casi siempre instrumenta alguien o muchos para su propio beneficio. La felicidad es posiblemente la única idea, la única palabra, verdaderamente universal.

Cualquiera entendería que la felicidad, entendida como esa aspiración de los budistas, en donde al final se extingue todo sufrimiento y dolor ante el mundo no es humano, pues ni aun el mismo Buda debió alcanzarla completamente dado que algo de frustración debió quedar enterrada en los entresijos profundos de su cerebro cuando para lograr su propia felicidad abandonó a su propio hijo. Es así que la felicidad se convierte en una búsqueda y un peregrinaje constante sin que nadie haya alcanzado a encontrar lo que buscaba. La felicidad de este modo, la felicidad humana, queda reducida a “momentos”, a “parpadeos” de felicidad. A un vuelo fugaz como aquellos que a veces se experimentan si te encuentras con casi todas las necesidades satisfechas, lejos del dolor, el miedo, las angustias y ambiciones y aún lejos de tu propio yo (centro de toda infelicidad) que por segundos puede quedar diluido en el entorno. Esos segundos sí serían segundos de felicidad. Segundos como aquellos que señaló Miguel Delibes cuando dijo que “la felicidad no existe y a lo mucho que se llega, a lo largo de la vida, es a briznas de dicha que se deshacen como las pompas de jabón”.

La vida humana es pues, y de modo nuclear, lucha, actividad, curiosidad, un hacer constante el mundo, lo que implica infelicidad. La infelicidad, así entendida, es intrínseca a la vida humana. La felicidad, por el contrario no lo es. Y es curioso el que la verdadera idea de felicidad, su consecución, reside precisamente en el sufrimiento. El sufrimiento se convierte así en un motor, una catapulta, una energía que nos mueve para intentar alcanzar algún parpadeo de felicidad. Una aspiración humana a la que solo aquellos que se bastan a sí mismo son capaces de aproximarse más largamente. Una aspiración a la que debe aplicarse una regla de oro que es aquella de no pretender conseguir nunca felicidad, si esta es a costa de la felicidad de los demás. Y una paradoja añadida. Esos parpadeos de felicidad que llega a disfrutar el hombre de hoy, y no un galeote en otros tiempos, se deben precisamente al esfuerzo de hombres infelices, inquietos, con desazón y lucha constante por cambiar el mundo.

Dijo Umberto Eco una vez que “aquellos que aspiran a ser felices de modo constante (aquí o en otro mundo) son unos cretinos”. Y esto nos lleva a que si queremos ser “humanamente felices” hay que desengancharse de ese imposible que es la felicidad permanente. Y aun todavía más alejarse de ese otro imposible religioso de encontrar la felicidad más allá de nuestro mundo vivo, telúrico. La verdadera felicidad humana, esos parpadeos de felicidad “humanos”, solo son posibles aquí y ahora en este mundo y aun en briega constante con el mismo sufrimiento pues “la vida vale la pena vivirla incluso cuando todo lo malo nos llega a manos llenas y lo bueno es tan poco y escaso que no compensa” (Thomas Nagel). De esto último fue ejemplo vivo otro filósofo Ludwig Wittgenstein quien siendo un ser irascible y melancólico casi toda su vida y en su lecho de muerte, solo y ante su casera, dijo algo así como “Dígales que ha sido maravilloso”.

Los déficits en la cognición social reducen la creencia en un Dios personal

Publicado por el 13 jun, 2012 en Ciencia cognitiva, Divulgación Científica, Tercera Cultura | 11 comentarios

Según la ciencia cognitiva de la religión, si queremos entender por qué las personas son religiosas (o son ateas) debemos hacer algo más que estudiar teología o historia de las religiones, debemos entender los estilos cognitivos naturales. La creencia en agentes sobrenaturales, tan ampliamente distribuida en las culturas humanas, estaría enraizada en la cognición social de la especie, en particular en las facultades “mentalizadoras” que nos permiten interpretar las intenciones de los otros.

Si la “teoria de la mente” es tan importante para entender las creencias religiosas, entonces, segun la hipótesis que plantean Norenzayan, Gervais y Trzesniewski, “los déficits de mentalización asociados con el espectro del autismo y encontrado más comúnmente en hombres que en mujeres, podrían subyacer al apoyo intuitivo de los agentes sobrenaturales y reducir la creencia en Dios”. De hecho, un trabajo no publicado ya había avalado que los autistas tienden a ser más ateos (Figura 1) y que las personas neurotípicas con un cociente de autismo más alto también tienden a ser más ateos que los demás.

Figura 1. Creencias religiosas por grupos y cociente de autismo ((Caldwell-Harris et al. 2011))

 

Norenzayan y sus colegas han ratificado estas conclusiones, a través de cuatro estudios experimentales que muestran una robusta asociación entre los déficits de mentalización y la increencia religiosa (Figura 2). Este asociación también explicaría en parte la consistente brecha de género entre hombres y mujeres (las mujeres tienden a ser más religiosas, y también más sociables, que los hombres, descontando otros factores como status socioeconómico, raza o cultura).

Figura 2. Asociación entre mentalización e increencia religiosa (Norenzayan et al., 2012)

 

Ahora bien, la asociación entre los déficits de mentalización y la irreligiosidad de ninguna manera es una explicación completa de la increencia, como se apresuran a subrayar los autores del mismo trabajo:

La increencia religiosa no surge solamente de los déficit de mentalización. Es probable que múltiples sendas psicológicas y socio-culturales conduzcan a un fenómeno tan complejo como la increencia en Dios o los dioses. Los déficit de mentalizacion son sólo una senda entre otras muchas hacia la increencia. Los procesos analíticos que suprimen o invalidan las intuiciones que hacen cognitivamente atractivo el teísmo y la exposición a contextos culturales seculares (…) también promueven la increencia religiosa. En otras palabras, los presentes resultados sugieren que la increencia puede resultar de déficits de mentalización, pero también puede surgir de otras múltiples fuentes, manteniéndose constantes las tendencias de mentalización.

Este “contexto secular”, en especial, desempeña un papel claramente decisivo en la increencia religiosa tan extendida en determinados segmentos de población, como los filósofos o científicos. Los profesores de matemáticas o los profesores de hermenéutica no son más ateos porque sean mas autistas. Y también son factores socio-económicos y socio-culturales, no factores cognitivos, los que explican que haya más ateos en Oslo que en Texas.

Como admiten Norenzayan y sus compañeros, existen numerosas variaciones de increencia que no se explican únicamente desde la aproximación cognitiva y los problemas de cognición social. Por ejemplo, si el déficit autista favorece el interés por las matemáticas y las ciencias “duras”,  y simultáneamente reduce las creencias religiosas ¿cómo explicar entonces que los ateos abunden más, de hecho, entre los académicos de las humanidades?

 

H/T: Eugenia Codina. Via

Referencia: Norenzayan A, Gervais WM, Trzesniewski KH (2012) Mentalizing Deficits Constrain Belief in a Personal God. PLoS ONE  7(5): e36880.doi:10.1371/journal.pone.0036880

El nuevo poder de los clientes

Publicado por el 12 jun, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Una canción criticando la actuación de una línea aérea sobrepasa los once millones de descargas

United Breaks GuitarsEn 2008 los componentes del grupo musical «Sons of Maxwell» volaban desde Halifax (Canadá) hasta Nebraska, con transbordo en el aeropuerto de O´Hare en Chicago. Parados en este último aeropuerto, Dave Carroll, el cantante del grupo, oyó a un pasajero detrás de él que decía que estaban «lloviendo guitarras». Miró por la ventana horrorizado y vio que sus guitarras –las guitarras del grupo– estaban siendo tratadas terriblemente mal. Las lanzaban, caían al suelo,… temieron que se rompieran y al llegar a Nebraska verificaron que así había sido. Su guitarra Taylor se había roto. Dave intentó hablar con la compañía aérea para que, en vista de lo mal que habían tratado el equipaje en Chicago, se hicieran cargo de los gastos de arreglar la guitarra. En la canción nos cuenta que fue de ventanilla en ventanilla y nadie le hacía caso y que al final llegó a la «jefa» que siempre decía que no. Pasó un año y lo único que sacaron fue un «no». Así que el grupo compuso una canción y un videoclip cuyo título es absolutamente explicativo «United Breaks Guitars» (United rompe las guitarras). La canción es muy pegadiza y tiene su gracia oírla y ver el video clip. A mí personalmente sus bigotitos a lo «mexicano» me hacen gracia. Pueden escucharla –no se trata de pirateo– buscando en Youtube «United Breaks Guitars Spanish».  Dave y su grupo grabaron la canción, y en 2009 la pusieron en su página web para descarga gratuita y también la subieron a Youtube y a otros sitios. De momento tan solo en Youtube ha tenido más de once millones de descargas. Tengo la leve sospecha de que ahora United está arrepentida de haber tratado prepotentemente a Dave.

Este no es nada más que un ejemplo del nuevo poder que intenet nos da a los clientes. Ahora, un trato inapropiado puede llegar a millones de personas. Lo contrario también es cierto, un trato exquisito pronto se expande por la red.

Dave Carroll, ahora, en 2012, es uno de los promotores de la página Gripevine.com. El título de la página es un híbrido de la palabra «gripe», cuyo significado es «queja» y «grapevine» que, además de significar lo obvio: viñas, también significa «rumor». Así que gripevine mezcla las quejas con el rumor. En esa página cualquier ciudadano que crea que sus derechos han sido violados puede hacer su queja, amplificarla y lograr que llegue a los responsables de las compañías.

Desde que oí está canción siempre que viajo en avión dentro de España envío mis maletas por mensajero. ¿Saben lo bien que se viaja sin maletas?

El estudio económico de la evolución humana

Publicado por el 8 jun, 2012 en Historia de las ideas, Tercera Cultura | 0 comentarios

Presentamos este artículo de Arcadi Navarro, profesor de la Universitat Pompeu Fabra — (ICREA) y del Institut de Biologia Evolutiva (UPF-CSIC: Un siglo y medio después. El estudio económico de la evolución humana.

"The origin of species"

Desde la publicación en 1859 de The Origin of Species y en 1871 de The descent of man, dos de las obras capitales de Darwin, el estudio científico de la evolución de las características específicas de los humanos ha sido el objeto de grandes esfuerzos provenientes de diversas áreas de la ciencia. Hoy en día, después de un siglo y medio de investigaciones se han acumulado resultados impresionantes sobre qué es aquello que, separándonos del resto de primates, «nos hace humanos» y sobre cómo puede haber evolucionado. En los últimos años una nueva área de investigación, liderada, sorprendentemente, por economistas,está empezando a hacer contribuciones importantes en el estudio de la hominización.

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Corea del Sur sucumbe a la presión de los creacionistas y suprime la evolución de las escuelas

Publicado por el 6 jun, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 5 comentarios

Korea Creation Magazine

Las autoridades educativas de Corea del Sur finalmente han cedido a las presiones del lobby creacionista, concretamente la Korea Association for Creation Research, con extensiones en otros países asiáticos, como Japón e Indonesia, y los EE.UU. En una editorial de Nature, se explica que los creacionistas han intentado apoyar su presión en ciertos descubrimientos recientes, como un estudio según el cual el dinosaurio Archaeropteryx no es necesariamente un antecesor de los pájaros. De acuerdo con el psicólogo evolucionista coreano Joonghawn Jeon explotar estos debates sobre los linajes de las especies es  ”una típica estrategia de los creacionistas para atacar la enseñanza de la evolución”.

El grado de negacionismo científico con respecto a la evolución en Corea del Sur se acerca al de EE.UU. con aproximadamente 1/3 de personas que afirman no creer en la evolución. Si bien el elevado porcentaje de no creyentes (¿influencia del budismo?), con hasta un 40% de coreanos que afirman no creer en Dios, y con sólo 1/4 de la población identificada como fuertemente religiosa (la mayoría evangélicos cristianos) plantea dudas sobre las fuentes de este negacionismo, habida cuenta de que las razones para negar la evolución suelen ser preferentemente religiosas. ¿Cómo puede ser que en un país con casi la mitad de no creyentes prospere una medida tan radical? Tal vez existan consideraciones extracientíficas y no religiosas, como la adhesión al nacionalismo étnico y un orgullo nacional que considera incómoda la descendencia común con los primates, pero esto no son más que conjeturas.

En cualquier caso, la frustrada enseñanza de la evolución en Corea del Sur es una ilustración más de que un pequeño grupo ruidoso y radical, pero bien financiado, puede llevar adelante sus objetivos en medio de un público indiferente hacia los valores de la ciencia.

¿Realmente ha disminuido la violencia humana?

Publicado por el 5 jun, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 0 comentarios

Science :: Human conflict

Durante la primera mitad del siglo XX, una visión preferentemente “rousseauniana” de la naturaleza humana estuvo de moda entre los académicos. Todavía no se habían encontrado evidencias arqueológicas de violencia organizada arcaica. Los estudios sobre cazadores y recolectores no mostraban una tasa de violencia alta. Según Margaret Mead, entre los Arapesh de Nueva Guinea “tanto hombres como mujeres son naturalmente maternales, amables, obsequiosos y nada agresivos”. Y las noticias sobre los primates tampoco traían noticias demasiado desagradables.

La tendencia empezó a ser socavada sobre todo a partir de la década de los ochenta, tal como explica Andrew Lawler en el monográfico de Science sobre conflicto humano. Se encontraron evidencias de guerra y asesinato entre los chimpancés. Lawrence Keeley, autor del influyente War before civilization. The myth of the peaceful savage calculó que hasta el 90% de los grupos humanos tradicionales se enzarzaron en la guerra, y todavía más sorprendente, que la tasa de muertes violentas era superior en los pequeños grupos (324 muertes por cada 100.000) que entre los más sangrientos y totalitarios estados del siglo XX (140 muertes por cada 100.000). Por si esto fuera poco, modelos matemáticos evolucionistas como el de Sam Bowles han propuesto que la guerra ancestral podría haber desempeñado un papel decisivo en la evolución de nuestra especie, y Ian Morris ha argumentado convincentemente que lo que llama “guerra productiva”, al menos en los márgenes de ciertas “latitudes afortunadas”, nos ha hecho más pacíficos en el largo plazo.

Steven Pinker se ha convertido en el defensor más conocido de la visión alternativa al cuadro “rousseauniano” sobre la violencia humana, sobre todo después de publicar The better angels of our nature en 2011. Pinker considera que los llamados “antropólogos de la paz” han impuesto un sesgo favorable sobre las sociedades tradicionales y argumenta que las sociedades se hacen significativamente más pacíficas a medida que se hacen socialmente más complejas. Aunque el mismo Pinker admite que hay importantes excepciones a las reglas, una de los principales objeciones concierne a la fiabilidad de los datos que soportan sus tesis. Quizás la distribución de la violencia humana en los pequeños grupos es demasiado variable como para extraer conclusiones generales: “Diferentes investigadores, por ejemplo asignan tasas diferentes de violencia a los !Kung. Y números diminutos en pequeños grupos hace que las estadísticas no sean fiables. Keeley cita a los esquimales polares, por ejemplo, pero dada su pequeña población, un sólo asesinato esquimal cada 50 años igualaría la tasa actual para los Estados Unidos”.

En un comentario en Science, Scott Atran resume el conjunto de las objeciones a las tesis de Pinker:

Gran parte de las tesis de Pinker sobre el declive de la violencia se concentra en datos fragmentarios. Incluso si las evidencias apoyan el declive de la violencia interpersonal, esto no tiene en cuenta la importante ley de distribución para las grandes guerras: desde hace unos 1500 años, son crecientemente infrecuentes pero muchas veces son más asesinas y de consecuencias más amplias que las precedentes. Cada evento más grande genera consecuencias más terribles para el mundo que el último, política, económica y socialmente. La tendencia interpersonal ha descendido durante siglos, incluso milenios, mientras que la violencia intergrupal de gran escala se ha reforzado recientemente. Pinker reconoce que esta fuerte tendencia, pero argumenta que no ha ocurrido ninguna “gran guerra” desde 1945. Confundir una reducción de 70 años en la guerra internacional con un declive de 7000 años en la violencia interpersonal implica una convergencia bastante súbita de factores que supuestamente llevan a la reducción general de la violencia: de forma creciente, la interdependencia, la conciencia y la empatía con los valores del otro, y la razón. Pocos diseñadores de políticas que conozco creen que hemos evitado la guerra nuclear porque nos hayamos vuelto súbitamente mas empáticos, más conscientes a escala global, y más razonables.

Al subrayar la gran diferencia que media entre la violencia interpersonal y la violencia intergrupal, Atran alerta sobre una visión demasiado complaciente o confiada que puede emerger de las conclusiones típicas de Pinker y Keeley. Mientras que es posible que la violencia entre personas haya disminuído en los últimos milenios, y que de hecho nos hayamos vuelto más empáticos, ni la “naturaleza humana” ni una organización social más compleja nos libran de catástrofes de gran escala.

Invernaderos que enfrían

Publicado por el 1 jun, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

Las 30 000 hectáreas de invernaderos en Almería disminuyen la temperatura de la zona

Muchas veces se ha dicho que la Gran Muralla China es la única obra humana que se ve desde el espacio. No es cierto: no se ve. Lo que sí es cierto es que las más de 30.000 hectáreas de invernaderos que se han construido en Almería, y que han recibido el muy adecuado nombre de «mar de plástico», sí que se ve desde el espacio. Es la única construcción que se ve, debido a que como los invernaderos son blancos reflejan mucha luz al espacio lo que permite verlos desde las alturas.  Pero todavía hay algo más sorprendente, en un reciente estudio realizado por el profesor de la Universidad de Almería Pablo Campra, se demuestra que mientras que en el resto de España –tanto en el sur como en el norte– las temperaturas han subido 0,4 ºC cada década en los últimos 25 años, en Almería no solo no ha aumentado sino que ha disminuido en 0,3 ºC.

Invernaderos que enfríanTras un estudio muy complejo en el que se ha estudiado la evolución de las temperaturas en distintos puntos donde había estaciones meteorológicas, se llegó a la conclusión de que mientras que en la mayoría los observatorios la temperatura crecía en los de los invernaderos bajaba. Una vez demostrado fehacientemente este hecho se trató de ver cuál era la causa y para ello se usaron datos de teledetección –detección a distancia– obtenidos por el satélite Terra de NASA.

Los resultados son muy interesantes. En un «erial a pastos» –terreno raso con pasto ocasional–, que es lo que había en Almería antes de poner los invernaderos, una hectárea devuelve al espacio 380 000 vatios de potencia media anual. Con los invernaderos esa potencia media anual aumenta a 580 000 vatios y en verano llega a un millón de vatios. De hecho, esa enorme masa de techos y paredes blancos de los invernaderos están contribuyendo, aunque tan solo sea con un granito de arena, a disminuir el problema del Cambio Climático.

La actividad humana que más contribuye al calentamiento global es la emisión de gases de efecto invernadero; en segundo lugar tenemos el uso que hacemos del suelo. En este caso, el haber cambiado de una agricultura de subsistencia a la alta tecnología de los invernaderos ha traído un efecto positivo. No todos son malas noticias.

Los autores del estudio también señalan un efecto secundario interesante. Para que las plantas crezcan necesitan carbono que lo obtienen del CO2 de la atmósfera. En su estudio estiman que cada hectárea absorbe diez toneladas de CO2, que es lo que emiten aproximadamente cuatro automóviles de tamaño medio.

 

¿Podemos fiarnos de las ciencias humanas?

Publicado por el 28 may, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 6 comentarios

Más que para evidenciar la existencia de fenómenos parapsicológicos, el trabajo de Daryl Bem parece haber servido para recordar uno de los defectos predilectos de las ciencias humanas, y concretamente de la psicología: la exacerbada tendencia a publicar resultados positivos.

De hecho, los investigadores que trabajan dentro de las llamadas “ciencias humanas” encuentran muchas más facilidades para publicar resultados que confirman una hipótesis, y muchas más dificultades para publicar resultados que la echan por tierra. Según un trabajo de Daniele Fanelli, esta tendencia concuerda con la hipótesis llamada de la Jerarquía de las Ciencias: “en algunos campos de estudio (que llamaremos en adelante “duros”, los datos y las teorías hablan más por sí mismos, mientras que en otros campos (los “suaves”), los factores sociológicos y psicológicos -por ejemplo, el prestigio de los científicos dentro de la comunidad, sus preferencias estéticas, sus creencias políticas y todo tipo de factores no cognitivos- desempeñan un papel mucho más importante en las decisiones de la investigación, desde las hipótesis que son puestas a prueba a los datos que se recolectan, se analizan, se interpretan y se comparan con estudios previos.”

Este mayor apego del investigador a las cosas que investiga, y quzás esta mayor vulnerabilidad de los científicos humanos al tristemente célebre sesgo de confirmación, es una característica de la “cultura” de las ciencias humanas que se refleja en la publicación de más resultados positivos. Cuánto menos “dura” es una ciencia, y cuánto más cerca está de los prejuicios humanos del propio autor, más resultados positivos publica:

Resultados positivos publicados por disciplina. PLoS

Según Ed Yong, que ha llevado este tema hasta Nature, a veces las consecuencias son graves y pueden dar lugar a que la mala conducta científica pase desapercibida o bien sea difícil de diagnosticar. Yong menciona el caso de Diederik Stapel, un psicólogo social que fabricó falsas pruebas para documentar efectos supuestamente discriminatorios sobre las personas en determinados “ambientes desordenados” (por ejemplo, una sucia estación de tren). Sus conclusiones fueron aceptadas por 30 revistas, y fueron bien recibidas por el público, probablemente porque eran conclusiones demasiado sexys para resistirse. Otro caso más conocido, que tampoco ha quedado impune, es el del psicólogo animal Marc Hauser, profesor en Harvard hasta 2010.

El problema con la metodología de las ciencias humanas es que no se trata de una curiosidad para eruditos, especialmente cuando se emplean los resultados científicos para avalar decisiones políticas con un gran impacto potencial. Las ciencias humanas hablan de las cosas que más nos interesan pese a que, como en su día reconocía August Comte, siguen siendo las menos desarrolladas. Otros van más lejos, como Jim Manzi, y son profundamente escépticos con el empleo de las ciencias humanas como base para tomar decisiones políticas. Pero no deberíamos ser radicalmente negativos. Como argumenta el mismo trabajo de Fanelli, será cierto que el rigor científico es inversamente proporcional a la complejidad del campo de estudio, pero al fin y al cabo las diferencias entre las ciencias “duras” y “blandas” podrían ser sólo de una cuestión de grado, no de esencia. El hecho de que estemos discutiendo abiertamente sobre estos problemas, y de que los fraudes claros no consigan pasar desapercibidos, también indica que las ciencias humanas con una vocación realmente experimental no son un caso perdido.

¿Futuro sin celos?

Publicado por el 25 may, 2012 en Tercera Cultura | 3 comentarios

Publicado en Letras Libres

¿Futuro sin celos?A pesar de las proclamas a favor de la razón y de la ciencia, nuestra sociedad sigue siendo sectaria. Eso se refleja en una variedad de cuestiones del debate social, pero particularmente en aquellas que atañen al sexo, la pareja y la familia. Tanto la derecha clásica –tintada por la religión– como la izquierda también clásica –imbuida por las destilaciones “progres” de los años sesenta–, mantienen sesgos que hacen inviable un debate sin carga emocional. Sin embargo, a diferencia de las aproximaciones de las religiones e ideologías, de la ciencia nos llegan nuevas propuestas a antiguas preguntas, pero con conclusiones provisionales y, desde luego, mucho menos tajantes.

Y es que hay muchas cosas importantes que sí están claras. Sabemos, por ejemplo que  hay una naturaleza humana, que  hay una naturaleza masculina y una femenina (con sutiles configuraciones intermedias), que estas son fruto de múltiples genes laboriosos o perezosos y de cócteles específicos de hormonas y cableados cerebrales, y que muchas de nuestras pautas de emparejamiento e instituciones se hunden en la noche de los tiempos. Parece poco, pero es mucho. Es infinitamente más de lo que se creía hace solo treinta años (o algunos sabios aún ahora).

Quizá lo que deberíamos hacer es distinguir entre las estrategias de emparejamiento primarias –que forman parte de la estructura profunda de nuestras relaciones con el sexo diana, genéticamente adaptativas– y las estrategias que grosso modo podríamos llamar matrimoniales –socialmente adaptativas–. Sobre lo que “nos pide el cuerpo” desde el punto de vista del vínculo matrimonial no hay –y difícilmente habrá– conclusiones determinantes, a menos que se invente una máquina del tiempo y podamos remontarnos a nuestro pasado sapiens, incluso a los ancestros homínidos.

Si juzgamos las sociedades primitivas según los estudios actuales y por los registros de datos etnográficos, parece que la monogamia es la institución básica en los grupos cazadores-recolectores, aunque con tendencia a la poliginia a medida que algunos varones acumulan excedentes de recursos y se produce una evaporación del igualitarismo.[1] Si vamos a los datos físicos, la diferencia de peso y altura habla de competencia entre machos, y esto suele ser señal de que unos pocos acaparan más hembras –fenómeno extensamente documentado en mamíferos–, así que somos sospechosos de poliginia. Por otro lado, el tamaño de los testículos humanos, grandes comparados con su volumen corporal, también habla de la “competencia espermática” y de la ligereza de cascos: como los hombres no controlan a los otros machos que copulan con la hembra, la batalla se da en el tracto reproductivo femenino.

También según las investigaciones de paternidad que permiten las secuencias de ADN, incluso en las sociedades estrictamente monógamas (sean de pájaros o de mamíferos), un porcentaje elevado de los hijos no suele ser de quien aparece como “titular”. Así que podríamos decir que gustamos de cierta variación que combinamos con una inclinación importante al vínculo monógamo que se abre a la poliginia cuando un varón tiene posibles. Sobre la promiscuidad en los grupos supuestamente no contaminados por nuestra influencia perturbadora ha habido muchos mitos.

Y ahora vamos a la otra cuestión: las estrategias de emparejamiento matrimonial, tan importantes como esa “auténtica naturaleza” de las tendencias sexuales. Como he dicho, la poliginia es un dato etnográfico consistente. Aproximadamente el 85% de la sociedades del registro antropológico han permitido a los hombres casarse con varias mujeres. Sin embargo, hoy en día, en las sociedades desarrolladas la monogamia parece haberse impuesto.[2] Lo interesante es que las sociedades modernas no son igualitarias.

Estos meses ha circulado un libro superventas que ha acaparado portadas y tertulias más o menos emparejadas: En el principio era el sexo de Christopher Ryan y Cacilda Jethá.[3] Ese curioso dueto aboga por la hipótesis de un ser humano “hipersexual”, de naturaleza promiscua, pero reprimido por los topicazos de la visión que podríamos estereotipar como “progre”. Tanto en el ensayo como en entrevistas, los autores acusan de todo ello al patriarcado, ese grupo de machos que hace miles de años se conjuró para subyugar a las mujeres hasta alcanzar el “Big Crunch”. Incluso denuestan la “agricultura” (a la que infantilmente califican de “estafa”), pues es un estadio al que habría sido mejor no acceder aunque ello representara perder las bases de la civilización de la que ahora disfrutamos.

El libro está sembrado de analogías absurdas y perfectas para un debate televisivo tipo La noria. Por ejemplo, esta frase: “si la mitad de los aviones se estrellasen, se revisaría su funcionamiento… ¿Por qué no ocurre eso con el matrimonio?” Y ahí está probablemente el origen del malentendido. Como he dicho, no son lo mismo las estrategias de emparejamiento primarias que las costumbres matrimoniales. Lo segundo es el resultado de adaptaciones ancestrales que recibimos los miembros de una comunidad humana a la vez que el conjunto entero de creencias, normas y tradiciones que hacen que la sociedad funcione. No se llega a las instituciones o costumbres matrimoniales de la misma manera que se construye un artefacto. No hay diseño ni premeditación ingenieril, en este caso. Es un producto de milenios de cocina social y circunstancias ecológicas.

Independientemente de que nuestros ancestros fueran más o menos promiscuos, es crucial entender que las normas matrimoniales no son la traducción exacta de nuestra psicología amorosa resultado de la evolución biológica. Son sistemas que adoptan formas distintas dependiendo de su eficacia en cada contexto. Y, como en tantas cosas, se acaba imponiendo lo que mejor funciona.

Hay estudios en cadena que señalan que la adopción del matrimonio monógamo reduce la competición entre los varones por el acceso a sexo y reproducción. Esto tiene consecuencias demostrables e importantísimas. Como por ejemplo impedir que se cree una bolsa de solteros de bajo estatus y con tendencia al conflicto. La monogamia es una estrategia más segura a largo plazo, porque los hombres que viven en sociedades que la fomentan son menos propensos al riesgo y más pacientes.[4] Su efecto en el conjunto social son unas cifras más bajas de criminalidad, mayor productividad económica, mayor igualdad entre hombres y mujeres, y mayor inversión en los hijos por parte del padre, entre otras ventajas.

Cuando los índices de criminalidad se reducen se favorece el comercio, la inversión económica, la circulación libre de flujos de información, un mayor rendimiento productivo y una división del trabajo más sutil y mejor organizada. Varios de estos factores favorecen la innovación y un crecimiento más rápido.

La cuestión de la inversión del padre que he mencionado podría haber sido decisiva en el desarrollo de las sociedades modernas tal como las conocemos. Al darse determinadas condiciones, los padres futuribles tienen que decidir si invierten recursos en su descendencia o en buscar parejas sexuales adicionales. La certeza de paternidad, por complicada que fuera de establecer en su día, se vio favorecida por el conjunto de normas y prohibiciones que solía llevar aparejado el matrimonio monógamo. A pesar de que Ryan y Jethá idealizan la llamada “paternidad difusa” que al parecer permitía que los niños de un grupo ancestral fueran cuidados por todos los hombres sin distinción ni regateos, eso se da de bruces con los datos estudiados tanto en las sociedades contemporáneas como en las bandas de cazadores-recolectores que perduran. Lo que se ha constatado, reiteradamente, es que cuanta menos certeza de paternidad y menos ataduras de pareja existen, más negligente se torna la atención por parte del padre. Y una sociedad con padres involucrados o no desemboca en diferencias mensurables en el nivel de vida. La mayor inversión paternal unida a una fertilidad inferior favorece una descendencia de mayor calidad en todos los sentidos, con las consecuencias obvias en la sociedad que las disfruta. En resumen: la competición entre sociedades ha conducido a que se impongan las que mejor funcionan y resulta que la monogamia es una constante.

Ryan y Jethá creen que el futuro será polígamo. Convencerse de que lo sea o no es una cuestión de elección estético/política, como quien prefiere un concierto carca de Julio Iglesias a uno “transgresor” de Lady Gaga. Sin embargo, esto no es algo que se pueda decidir por las buenas (y cuando se ha intentado, ha conducido a desgracias). Los pactos matrimoniales dependen del contexto histórico a la vez que hunden sus raíces en sistemas de apareamiento antiguos, dejando claro, eso sí, que las normas no son del todo independientes de la psicología del intercambio sexual y que tampoco pueden subvertirlo excesivamente. Se influyen en los dos sentidos.

Sea como sea el futuro, será difícil que desaparezcan los celos cuando irrumpen (como invitados o extemporáneos) terceros o cuartos o duodécimos; o que se evaporen las infidelidades en lapareja-fiel-hasta-que-la-muerte-nos-separe. No existe el vínculo ideal, solo el mejor posible para cada contexto. El acuerdo amoroso siempre será una fuente de frustraciones, pero también de notables gratificaciones que pueden compensar y darle lustre a la existencia. Es en ese diferencial donde anidan, medran y a veces se imponen unos arreglos matrimoniales u otros. ~


[1] Ver, por ejemplo, las publicaciones de Richard D. Alexander.

[2] Esta práctica, originaria de Occidente, ha sido imitada en otras sociedades: Japón prohibió la poliginia en 1980, China en 1953, India en 1955 y en Nepal en 1963.

[3] Christopher Ryan y Cacilda Jethá, En el principio era el sexo. Los orígenes de la sexualidad moderna. Cómo nos emparejamos y por qué nos separamos, Madrid, Paidós, 2012, 480 pp.

[4] El estudio mencionado ofrece, entre otros, datos de cómo las comunidades de mormones entre 1830 y 1890 experimentaron una disminución dramática de la competición intrasexual cuando el gobierno de Estados Unidos suprimió el matrimonio polígínico.

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