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¿Está seguro de que a usted le funciona?

Publicado por el 6 ago, 2012 en General, Tercera Cultura | 0 comentarios

autor: Luis Alfonso Gámez en Magonia

“A mí me funciona”. Es la respuesta habitual de quienes usan la pulsera Power Balance para justificar su actitud. “Es un ejemplo típico de ilusión de causalidad, de falsa relación entre causa y efecto”, indica Helena Matute, catedrática de Psicología Experimental en la Universidad de Deusto. Su equipo acaba de publicar en el British Journal of Psychology los resultados de un experimento que demuestra que, cuando se presenta información no sesgada de la efectividad de un remedio mágico, se reduce en el público la sensación de que el producto cura.

La ilusión de causalidad se da cuando a una posible causa le sigue un posible efecto y vinculamos ambos erróneamente. Es lo que pasa cuando, en determinadas situaciones, vestimos una prenda o seguimos un ritual convencidos de que, siempre que lo hacemos, nos va bien. En realidad, muchas veces no nos va tan bien, pero tendemos a recordar los éxitos y olvidar los fracasos, algo de lo que se aprovechan los adivinos, los curanderos y los fabricantes de productos milagro.

La detección de causalidad precisa de la contigüidad temporal -dos fenómenos que ocurren seguidos tienden a estar relacionados- y de la contingencia, “que la probabilidad del efecto sea mayor o menor en presencia de la causa, pero nunca igual”, explica la investigadora vizcaína. A menudo, nos conformamos únicamente con la sucesión temporal para atribuir causalidad: “Si nos sentimos mal después de comer algo, inferimos que ha sido la causa y no lo volvemos a tomar. Es un proceder intuitivo que, en un porcentaje alto de las situaciones, da resultados correctos y es muy útil para el día a día”. Pero, cuando realmente necesitamos saber si algo es la causa de algo, debemos tener en cuenta la contingencia.

Una ilusión poderosa

La falsa percepción de causalidad está en el origen del éxito de los productos milagro y del curanderismo, indican Matute y sus colaboradores Ion Yarritu y Miguel A. Vadillo en su artículo, titulado Illusions of causality at the heart of pseudoscience(Ilusiones de causalidad en el corazón de la pseudociencia). Y es muy poderosa. Así, aunque se haya demostrado experimentalmente que una pulsera mágica carece de toda efectividad, puede parecernos que funciona y que, gracias a ella, nos duele menos la espalda o dormimos mejor.

¿Hay algún modo de reducir esa ilusión y frenar el avance del pensamiento mágico y la pseudociencia? Los psicólogos vascos han hecho un experimento que demuestra que sí. Para ello, se inventaron los resultados de unas pruebas de un medicamento ficticio que supuestamente curaba una enfermedad también ficticia, y se los presentaron a 108 internautas que visitaron el laboratorio virtual que dirige Matute. “Estudios previos han demostrado que los resultados de un experimento hecho a través de Internet son muy parecidos a los obtenidos en el laboratorio tradicional”, asegura.

Pretendían replicar en los internautas la ilusión de causalidad que se transmite al espectador “a través de anuncios y testimonios de personas que han seguido un tratamiento y se sienten mejor”, algo típico de la teletienda. Además, iban a tratar de reducir esa percepción errónea mediante dos estratagemas: presentando información de lo que pasaba a pacientes que no habían seguido el tratamiento y haciendo a los sujetos una pregunta causal directa: “¿Hasta qué punto crees que el Batatrim -nombre del fármaco ficticio- es la causa de la curación de las crisis de los pacientes que has visto?”. “Sospechábamos que hacer una pregunta así reduciría la ilusión”, indica Matute.

Curanderismo en línea

Crearon dos grupos de 100 pacientes ficticios. En uno, el 80% había seguido el tratamiento y el 20% no; en el otro, al revés. En ambos colectivos, el 80% de los pacientes se sentía al final mejor, lo que implicaba que el medicamento no servía para nada y la dolencia en realidad desaparecía siempre por sí sola. Los investigadores expusieron a 52 internautas a los resultados del primer grupo y a los 56 restantes, a los del segundo. Para cada enfermo, el sujeto veía tres paneles en la pantalla de su ordenador: el primero le informaba de si había tomado la medicina o no (causa presente o ausente); en el segundo se le preguntaba si creía que el paciente iba a sentirse mejor; y el tercero, que aparecía inmediatamente tras responder el anterior, revelaba si se había recuperado.

La ilusión de que el Batatrim curaba la enfermedad se produjo en todos los casos; pero fue mucho menor entre los sujetos expuestos a los resultados del grupo en el que la mayoría de los pacientes no había seguido el tratamiento. “Esto significa que, cuando a la gente le presentas todos los resultados sin sesgos, desciende la ilusión de causalidad. Si las autoridades obligaran a los fabricantes a exponer en sus anuncios información de todos los casos, incluidos los de quienes se sienten mejor sin seguir su tratamiento y no sólo aquéllos en los que está presente el remedio que venden, bajaría el éxito de los productos milagro”. Además, en los dos grupos de internautas se reducía significativamente la ilusión cuando se les preguntaba directamente si creían que el fármaco era la causa de la curación.

La pulsera mágica de la ministra y el parche milagroso del Príncipe

Unas fotos en Palma revelaron en agosto que Felipe de Borbón usaba unos parches de titanio que, dicen, equilibran la energía vital. En octubre, una de las primeras cosas que hizo Leire Pajín, nada más ser nombrada ministra de Sanidad, fue quitarse la Power Balance: la empujaron a ello las numerosas críticas que empezó a recibir en Twitter. Son sólo dos casos de famosos españoles a los que la ilusión de causalidad ha llevado a confiar en productos milagro. Pero hay muchos más: Esperanza Aguirre, Pablo Motos, Patxi López

Jonah Lehrer y las miserias del periodismo científico

Publicado por el 3 ago, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 5 comentarios

Jonah Lehrer en 2009

Cualquiera que se dedique a hablar de ciencia comete errores constantemente. Titulares amarillos, interpretaciones erróneas, conocimiento insuficiente del estado de la cuestión, conclusiones forzadas, y un largo etcétera. Si las equivocaciones son comunes en los propios artículos científicos revisados, pese a los mecanismos de corrección que aparentemente existen dentro del sistema, lo que se llama divulgación todavía es más vulnerable al error.

Pero hay errores más difíciles de perdonar si uno se dedica a escribir sobre ciencia. Inventarse citas de Bob Dylan para ilustrar su último libro, Imagine: How creativity works le ha costado a Jonah Lehrer la renuncia a su cargo en The New Yorker. Por lo visto, Lehrer, una conocida figura de la divulgación científica desde hace unos años (había colaborado con Seed Magazine y Wired), también se “autoplagió” en su propio blog, reproduciendo fragmentos literales de su libro sin advertir a los lectores sobre su procedencia.

No es el primer caso, ni será el último. Hay precedentes recientes de periodistas anglosajones que han renunciado a su puesto por conductas similarmente dudosas: Jayson Blair en The New York Times, Johann Hari en The Independent, y Stephen Glass en The New Republic (Vía).

Todos estos incidentes han producido un daño desconcertantemente serio (la cosa ha llegado hasta la CNN) en la imagen pública de Lehrer, mostrando que la permisividad hacia las conductas morales dudosas es muy baja en el ámbito de la ciencia y la divulgación (pensemos en lo ocurrido con Marc Hauser). Al fin y al cabo, las mentirijillas de Lehrer son pecata minuta en comparación con las maquinaciones cotidianas de los pundits, los “tertulianos” y otros guerreros culturales que colonizan nuestros medios de comunicación sin pedirnos nunca disculpas. En España puedes plagiar una novela entera y seguir haciéndote millonario si te dedicas al periodismo “rosa”, pero la ciencia es más exigente, y probablemente un mayor rigor de la cultura anglosajona hace que los defectos morales sean menos disculpables.

La caída de Lehrer muestra que el periodismo científico tampoco puede ser “puro”. Las presiones para publicar cosas “sexys” para el público también molestan a los divulgadores, escritores científicos y quizás “pensadores profesionales” obligados a decir cosas interesantes regularmente. Todo el mundo desea tener muchos lectores y escribir en los sitios más influyentes. No existe el periodismo y la escritura científica limpia de polvo y paja moral, de sensacionalismo, o incluso de compromisos ideológicos más o menos ocultos.

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Sobre este mismo tema, dos posts en PLOS blogs: “Quotations and ” Unquotations” in Journalism and Ethnography y Jonah Lehrer’s missing compass. Además, un intento de defensa, y Sam Harris. El País.

Actualizado el 5/8/2012

Dejad que se mueran

Publicado por el 2 ago, 2012 en Tercera Cultura | 31 comentarios

“La mayoría de las lenguas se mueren, no porque hayan sido eliminadas, sino porque sus hablantes nativos anhelan una vida mejor. Hablar una lengua como el inglés, el francés o el español y abandonar costumbres tradicionales puede abrir nuevos mundos y a menudo es un pasaje hacia la modernidad”

Un colaborador nuestro, Iñigo Valverde, ha tenido la amabilidad de traducir el articulo de  Kenan Malik “Let them die” del 2000. Aunque este artículo ya tiene una traducción en castellano de Gloria Lago, nos ha enviado la suya, magnífica también, que nos apresuramos a colgar. Un clásico.

Tercera Cultura

Marie Smith JonesEn la actualidad hay en el mundo alrededor de 6000 lenguas. Dentro de poco habrá una menos. Marie Smith Jones, de ochenta y un años es la última hablante con vida del “eyak”, una lengua de Alaska. Cuando muera, también morirá su lengua. Durante las últimas décadas han desparecido de esta misma forma un cantidad enorme de lenguas. Cuando en 1974 murió Ned Madrell en la Isla de Man, también se llevó a la tumba la antigua lengua “manx”. La muerte en 1992 de Tefvic Escenc, un granjero del pueblo turco de Haci Osman, se llevó por delante al “ubykh”, una lengua que se hablaba en el Cáucaso norte. Laura Somersal murió en 1990 y era la última hablante de una lengua nativa de América, el “wappo”. Seis años después, otra lengua nativa americana, el “catawba”, se extinguió con el fallecimiento de Carlos Westez, más conocido como Trueno Rojo.

Se estima que durante el próximo siglo, van a desaparecer al menos la mitad de las 6000 lenguas del mundo; algunos pesimistas insinúan que hacia el año 3000 solo quedarán 600 lenguas. Según el American Summer Institute of Linguistics (instituto americano de lingüística), hay 51 lenguas con un hablante único vivo -28 de ellas sólo en Australia. Otras 500 lenguas las usan menos de 100 hablantes y otras 1500 las hablan menos de 1000. La mayoría tendrán suerte si sobreviven a la próxima década. Una desaparición tan acelerada ha puesto en marcha una campaña cada vez más bulliciosa en favor de la conservación de la “diversidad lingüística”. En una necrológica dedicada a Carlos Westez, el escritor Peter Popham lanzó la siguiente advertencia “cuando muere una lengua “perdemos” la posibilidad de una manera única de percibir y describir el mundo”. Desesperado ante el “impacto que una cultura homogeneizadora tiene sobre nuestro modo de vida”, Popham mostraba su preocupación por la propagación del inglés acarreada por la cultura americana, a lomos de la tecnología japonesa, y por la hegemonía de unas pocas grandes lenguas transnacionales: el chino, el español, el ruso, el hindi. El año pasado (1999) el lingüista David Crystal se hizo eco de esos sentimientos en un trabajo de investigación publicado en Prospect . “Deberíamos preocuparnos por las lenguas que se están muriendo” argumentó, “por el mismo motivo por el que nos preocupamos cuando se extingue una especie del reino animal o vegetal. Reduce la diversidad de nuestro planeta”.

Ahora, un nuevo libro, Vanishing voices, del antropólogo Daniel Nettle y la lingüista Suzanne Romaine, asocia la campaña para la conservación de las lenguas a la campaña en favor de los derechos humanos fundamentales y por la protección de los grupos minoritarios, frente a lo que consideran una globalización y un imperialismo cultural agresivos. “La diversidad lingüística”, argumentan, “es un indicador de diversidad cultural. La muerte de las lenguas es un síntoma de muerte cultural: con la muerte de una lengua desaparece un modo de vida”. “Todo el mundo”, concluyen Nettle y Romaine, “tiene derecho a su propia lengua, a conservarla como un recurso natural y a transmitirla a sus hijos”.

Los propagandistas de la diversidad lingüística se presentan como defensores liberales de los derechos de las minorías, protegiendo a los vulnerables frente a las malignas fuerzas del capitalismo global. Sin embargo, bajo la retórica superficial, su campaña tiene mucho más en común con visiones reaccionarias y retrogradas tales como la campaña de William Hague para “salvar la libra” como una expresión única de la identidad británica, o el réquiem de Roger Scruton por una “anglidad” perdida. Todos buscan conservar lo inconservable y están poseídos de una visión irremediablemente nostálgica de lo que constituye una cultura o un “modo de vida”.

La razón de existir de una lengua es hacer posible la comunicación. Tal como lo planteó el prestigioso historiador y traductor mejicano Miguel León-Portilla para sobrevivir, una lengua debe tener una función. Una lengua hablada por una persona, o incluso por unos cuantos cientos, no es en realidad una lengua. Es una fantasía particular, como un código secreto infantil. Es, por supuesto, enriquecedor aprender otras lenguas y ahondar en otras culturas. Pero lo es no porque las diferentes lenguas y culturas sean únicas, sino porque comunicarnos salvando las barreras de la lengua y la cultura nos permite expandir nuestros propios horizontes y adquirir una perspectiva más universal.

Al lamentar la “homogeneización cultural”, los propagandistas de la diversidad lingüística demuestran no comprender lo que hace que una cultura sea dinámica e atractiva. No se trata de fragmentar el mundo con la mayor cantidad posible de lenguas, sino más bien de superar barreras para facilitar la interacción social. Cuanto más universal sea la comunicación, más dinámicas serán nuestras culturas, porque estarán más abiertas a nuevas formas de pensar, y de actuar. No es de provincianos creer que sería mejor que haya más gente que hable inglés, chino, español, ruso o hindi. Los verdaderos chauvinistas son, sin duda, los que emiten sombrías advertencias sobre la difusión de la “cultura americana” y la “tecnología japonesa”.

En el corazón de los argumentos de los conservacionistas está la creencia de que una lengua determinada está ligada a una forma de vida concreta y a una particular visión del mundo. “Cada lengua tiene su propia ventana al mundo”, escriben Nettle y Romaine. “Cada lengua es un museo viviente, un monumento dedicado a cada cultura de la que ha sido vehículo”. Se trata de una idea derivada de las concepciones románticas de siglo XIX basadas en las diferencias culturales. “Cada nación habla como piensa”, dejó escrito el crítico y poeta alemán Johann Gottfried von Herder, “Y piensa como habla”. Para Herder, la naturaleza de un pueblo se expresaba a través de su “volksgeist”- el inmutable espíritu de un pueblo. La lengua era un elemento esencial para delimitar a un pueblo, porque “en ella habita todo el mundo de la tradición, la historia, la religión, los principios de la existencia; todo su corazón y su alma”.

Es verdad que la capacidad lingüística del ser humano da forma a nuestros modos de pensar. Pero no lo hacen las lenguas concretas. Hace mucho que la mayoría de los lingüistas han desechado la idea de que las percepciones del mundo que tienen las personas y las clases de conceptos que sostienen, están delimitados por la lengua que utilizan. La idea de que los francófonos, por el hecho de hablar francés, ven el mundo de manera diferente que los angloparlantes es absurda. Más absurdo, incluso, es imaginar que todos los hablantes de francés, gracias a su lengua común, tienen una visión común del mundo.

Pero si la idea romántica de la lengua tiene poca influencia, la concepción romántica de las diferencia humanas si que la tiene. La creencia de que los diferentes pueblos tienen formas únicas de entender el mundo se transformó durante el siglo XIX en la base de una visión racial de mundo. El volksgeist de Herder evolucionó para convertirse en una concepción de raza, de contenido invariable, en el fundamento de toda apariencia física y potencia mental y en el substrato de las divisiones y diferencias dentro de la humanidad. Hoy la noción biológica de diferencia racial ha caído en desgracia, sobre todo a causa de la experiencia del Nazismo y el Holocausto. Pero, aun cuando la ciencia de la raza se ha desacreditado, no así el pensamiento racial. Simplemente ha traducido a términos culturales lo que antes expresaba en términos biológicos. El pluralismo cultural ha vuelto a poner de moda la idea de raza para el mundo posterior al Holocausto, con su alegación de que la diversidad es buena en sí misma y de que la humanidad puede empaquetarse en grupos separados, cada uno con su peculiar forma de vida y de expresión, con un “mirador único sobre el mundo”.

La argumentación contemporánea en favor de la conservación de la diversidad lingüística, aunque se presente como liberal, surge de la misma filosofía de la que emanaron las ideas de la diferencia racial. Por eso los argumentos de Popham, Crystal, Nettles y Romaine, al menos sobre este asunto, habrían podido recibir el aplauso del finado Enoch Powell. “Cada sociedad, cada nación es única” escribió éste. “Tiene su propio pasado, su propia historia, sus propios recuerdos, su propia manera de hacer las cosas, sus propias lenguas o formas de hablar, sus propia -me atrevo a usar la palabra- cultura“. Puede que los conservacionistas de la lengua actúen con la mejor de las intenciones, pero caminan por un terreno peligroso y en compañía de unos compañeros de viaje escasamente apetecibles.

La deuda de los propagandistas de las lenguas con el Romanticismo les ha dejado, como a la mayoría de los multiculturalistas, una noción bastante confusa de los derechos. Cuando Nettle y Romaine sugieren en Vanishing Voices, que “el derecho de las personas a existir, a practicar y producir su propio lenguaje y cultura, debe ser inalienable”, están mezclando dos tipos de derechos – los derechos individuales y los colectivos. Un individuo tiene, por supuesto, derecho a hablar la lengua que quiera y a involucrarse en cualesquiera prácticas culturales que desee en su vida privada. Pero nadie está obligado a escucharle, ni a facilitarle los recursos para la conservación ni de su lengua ni de su cultura. El motivo por el que el “eyak” pronto se habrá extinguido no es porque a Marie Smith Jones le hayan negado sus derechos, sino porque nadie quiere, o sabe, hablar esa lengua. Puede que esto signifique una tragedia para Marie Smith Jones –y una frustración para los lingüistas profesionales- pero no es una cuestión de derechos. Ninguna cultura, ningún modo de vida, ni siquiera una lengua, tienen un “derecho a existir” otorgado por Dios.

Los propagandistas de las lenguas también confunden opresión política y pérdida de la identidad cultural. A algunos grupos -por ejemplo a los kurdos de Turquía- se les prohíbe usar su lengua como parte de una campaña más amplia del Estado turco para negarles sus derechos. Pero la mayoría de las lenguas se mueren, no porque hayan sido eliminadas, sino porque sus hablantes nativos anhelan una vida mejor. Hablar una lengua como el inglés, el francés o el español y abandonar costumbres tradicionales puede abrir nuevos mundos y a menudo es un pasaje hacia la modernidad. Pero es la modernidad en sí misma lo que desaprueban Nettles y Romaine. Quieren que los pueblos del Tercer Mundo, y algunos grupos minoritarios de Occidente, mantengan “modos de vida locales” y persigan el “conocimiento tradicional” en lugar de recibir una “educación occidental”. Esto equivale a decir que esas personas deben vivir una vida marginal, excluidas de la corriente de modernidad en la que nos movemos los demás. No hay nada noble o auténtico en los modos de vida locales; a veces son simplemente degradantes y devastadores. “Nadie puede suponer que no sea más beneficioso para un bretón o un vasco pertenecer a la nacionalidad francesa, con todos los derechos inherentes a la ciudadanía francesa, que mantenerse enfurruñado sobre sus propias rocas, sin participar o interesarse por el movimiento general del mundo”. Esto lo escribió John Stuart Mill hace más de un siglo. Se habría quedado estupefacto si hubiera pensado que en el siglo XXI habría quienes creen que quedarte enfurruñado sobre tu propia roca es un estado que merece la pena proteger.

¿Qué pasa entonces si la mitad de las lenguas del mundo se encuentran al borde de la extinción?

¡Dejadlas morir en paz!

La conspiración del cromosoma perdido

Publicado por el 28 jul, 2012 en Divulgación Científica, General, Tercera Cultura | 0 comentarios

Las células corrientes del ser humano moderno poseen 23 pares de cromosomas, un par menos que nuestros más próximos parientes evolutivos: chimpancés y gorilas. Aunque pudiera parecer todo un derroche, es erróneo suponer que simplemente hemos perdido un cromosoma. En realidad, hemos fusionado dos que ya existían en nuestros ancestros de hace unos 6 millones de años.

Los biólogos evolutivos ya están en disposición de ofrecer una historia bastante precisa sobre este acontecimiento natural, algunos de cuyos detalles son elegantemente explicados por Carl Zimmer en su blog. Zimmer apunta a un estudio reciente de Evan Eichler y colegas, de la universidad de Washington, publicado en Genome Research, en el que se apreciarían las divergencias cromosómicas entre humanos, chimpancés y gorilas en los últimos 10 millones de años.

La serie de posts que Zimmer ha dedicado al asunto sin embargo también es interesante por las discusiones culturales extracientíficas que ha provocado. Por lo visto, Zimmer pidió explicaciones en un foro creacionista de Facebook en el que se ponía en duda el relato evolutivo sobre el cromosoma humano fusionado. En lugar de apuntar a evidencias publicadas en el sistema de publicación de la ciencia, los responsables del foro remitieron simplemente a un libro de David Klinghoffer (por si a alguien le interesa el título: A veil is drawn over our origins as human beings).

La respuesta de Zimmer es de antología:

Hola, Biologic Institute. Si hago una afirmación fuerte sobre ciencia en un foro online, y alguien me solicita evidencias de esa afirmación, no digo “Bueno, sólo tiene que leer mi libro”. Lo que hago es proporcionar las evidencias, señalando la investigación revisada en la que baso mi afirmación. Quedaría muy satisfecho si pudieran señalarme un artículo científico en el que se presenten los cálculos que muestran que la fusión del cromosoma no pudo haber ocurrido hace 6 millones de años. Si este artículo existe, podría encontrarlo por mí mismo.

Como suele ocurrir en estos casos, aunque sólo tras un tenso silencio, los responsables del foro creacionista terminaron proporcionando una referencia científica, un artículo publicado hace 10 años que, no sorprendentemente, no aporta ningún sustento a las afirmaciones de los creacionistas.

En realidad, esta carencia en el sistema de publicación ortodoxo (el único que hay) de la ciencia es una constante en todas estas discusiones. Es más, algunos de los creacionistas (es un poco indiferente hablar de partidarios del “diseño inteligente”) mejor informados, y más activos, son perfectamente conscientes de que esta carencia existe. Como explica Stephen C. Meyer, nada menos que el director del Instituto Discovery (la cursiva es mía):

Por supuesto, los críticos del diseño inteligente podrían juzgar que el número de libros y artículos publicados apoyando la teoría no es suficiente para garantizar su enseñanza corriente a los estudiantes. Quizás. Pero este es un juicio sobre la política educativa distinto de la decisión sobre el status científico, o menos aún, los méritos de la teoría misma del diseño inteligente. Claramente, no existe un número mágico de publicaciones revisadas que de repente confieran a una teoría el adjetivo de “científico” (Sauce for the goose, en The nature of nature. Examining the role of naturalism in science. ISI Books. 2011. Pág. 103).

La visión de Meyer es verdaderamente pintoresca. Por una parte, viene a equiparar las publicaciones científicas revisadas (“peer-review”) con “libros” financiados por cualquier institución cultural. Y por otra, viene a culpar a la “política educativa” de este apagón científico sobre el diseño inteligente en el sistema de publicación. La culpa siempre es de la política educativa o del establishment darwinista de la Academia.

De todos modos, nótese principalmente el quizás.

Para que se entienda bien lo que quiero decir: no estoy afirmando que no existan publicaciones científicas por parte de biólogos acreditados que son creacionistas, sino que no existen publicaciones científicas relevantes que apoyen algo así como el “diseño inteligente” en biología, con la excepcion de puntuales reflexiones de carácter más “filosófico” que científico que eventualmente se cuelan en revistas corrientes. Quizás esto es así porque el diseño inteligente no es realmente una teoría, ni una hipótesis, sino una teoria de la conspiración. Tal vez llegue a ser una hipótesis, algún día, pero para eso habrá que esperar a las pruebas.

El capital erótico

Publicado por el 25 jul, 2012 en Tercera Cultura | 9 comentarios

Publicado en: Letras Libres
El capital eróticoTengo un amigo casado, de cincuenta y tantos, que dedica gran parte de su tiempo a la persecución y conquista de mujeres bonitas, cuanto más jóvenes mejor. No piensa dejar a su pareja y le parece natural que un hombre aproveche al máximo su capacidad seductora aunque vaya dejando por el camino a un reguero de señoras que le detestan. Hombre instruido, formado científicamente, conoce el dictamen darwinista sobre la necesidad masculina de copular con todas las que se pongan a tiro y se siente justificado.

Un buen día mi amigo estableció una relación algo más sentimental  con una chica fantástica a quien doblaba la edad. Y ella, pasado un tiempo, acabó pidiéndole dinero y él se enfadó. Era darwinista pero, aparentemente, solo en su beneficio. Se le olvidó la otra cara de la moneda: si eres viejo, pagas.

Darwin fue de los primeros en señalar las diferencias de comportamiento sexual entre hombres y mujeres. Desde entonces se han realizado numerosas investigaciones. Las mujeres, por motivos que tienen que ver con la inversión parental, son más reservadas y priman las relaciones de calidad con varones con recursos. Los hombres, en cambio, son más promiscuos: favorecen la cantidad en las relaciones y su prioridad es la juventud y la belleza. Eso hace que, en un mundo donde el equilibrio entre sexos es del 50%, los varones perciban un déficit de mujeres disponibles, especialmente de las más deseables. Y, entre otros efectos, este es el motivo por el que la prostitución –“el oficio más antiguo del mundo”, lo llaman– es un mercado potente. Las mujeres, por lo tanto, han explotado esa ventaja en su beneficio desde que el mundo es mundo. Esta frase molestará a quienes piensan que, en el mercado del sexo, la mujer es la explotada. No es así. Lo que ha pasado, sin embargo, es que los hombres, debido a su fuerza física y capacidad para la agresión, encontraron un nicho de aprovechamiento explotando a las explotadoras.

Armas de mujer

¿Se ofendió justamente mi amigo? Según Catherine Hakim, en absoluto. Este año se ha publicado en España el libro más reciente de la profesora de la London School of Economics: Capital erótico. El poder de fascinar a los demás (Debate, 2012), donde defiende sin reservas una decidida puesta  en valor de la sexualidad de la mujer en  su mejor momento vital. El valor económico, en especial. (Como el que la joven amante de mi amigo creía merecer.) Catherine Hakim, a diferencia de otros autores que han tratado esta temática –como hace desde la ciencia la psicóloga Nancy Etcoff en Survival of the Prettiest. The Science of Beauty, o como hace Nancy Friday desde el ensayo popular en The Power of Beauty–, representa un tipo de feminismo que, después de la liberación sexual y la relativización de las normas morales tradicionales, aplaude este tipo de transacciones.

Catherine Hakim no es una provocadora más: la que tiene la osadía de proponer la utilización del potencial erótico como arma contra la “nada santa alianza” entre los religiosos fundamentalistas, las feministas radicales y “el patriarcado”[1] es una socióloga con un amplio historial de obras publicadas. Hakim no solo defiende el cultivo, la potenciación de esas “armas de mujer” –aunque también las defiende para los hombres jóvenes– como instrumentos de gran utilidad en todos los aspectos de la vida –los laborables, los sociales o los de pareja–, sino que exhorta a las jóvenes, especialmente a las que carecen de bazas financieras, intelectuales o circunstanciales, a explotar la propia belleza y juventud en el mercado del sexo, incluido el del sexo de pago.

Hakim ha tenido la habilidad de inventar la rueda renombrando con jerga de economista dos peculiaridades ancestrales que modulan la batalla de los sexos: la atracción de los hombres por la belleza y encanto de la juventud y la necesidad de los mismos de intercambiar fluidos con el mayor número de parejas sexuales dentro de sus posibilidades. A esos aspectos ya conocidos que han sido objeto de centenares de libros y artículos por parte de célebres investigadores les llama “capital erótico” y “déficit sexual masculino” respectivamente, demostrando de paso y a las claras cómo incluso hoy hay una lamentable distancia entre las ciencias biológicas y la sociología.[2]

A por los hombres

Para ella, la causa subyacente del odio de los hombres a las mujeres (que da por sentado) es su estado semipermanente de deseo y frustración sexual. Les “da rabia” que ellas no correspondan con el mismo deseo. “¿Por qué nadie anima a las mujeres a explotar a los hombres siempre que puedan?”, se pregunta. Asegura que la sexualidad masculina no vale nada debido al excedente a coste cero y para aprovecharlo reclama la completa legalización y liberalización de la prostitución y cualquier otra actividad económica de tipo sexual.

Siguiendo ese razonamiento, expresa una entusiasta admiración por ciertas escolares japonesas que en pocas horas ganan 650 dólares por entretener a hombres mayores, por las “amantes estudiantes” nigerianas o las chicas de los bares de Yakarta que espetan a sus clientes “no money, no honey”, frase que le da título al libro en inglés. No es un feminismo edificante el de una Hakim que dice que las mujeres ganan confianza y autoestima vendiéndose al darse cuenta de que “en el peor de los casos, los hombres son patéticos o despreciables”.

¿Una buena idea?

En el panorama que dibuja, los jóvenes en su plenitud simplemente disfrutan del sexo y reciben, además, un montón de dinero. ¿Es siempre así en el mercado del sexo mercenario? No olvidemos que en la relación sexual con extraños se violentan las fronteras de la intimidad (higiene, olores, defectos físicos), concurren el abuso, las enfermedades y es una fuente potencial de agresión. Dice Hakim que “gente desagradable, y experiencias ingratas, las encuentra casi todo el mundo, tanto si ejerce el comercio sexual como si tiene un trabajo normal en una oficina, tienda o fábrica”. Que “nadie es perfecto”; pasan cosas malas; “hay gente maleducada, arrogante y hasta violenta”. Quizá, pero no se suele estar desnudo y expuesto en una habitación cerrada a albur de un tipo más alto y de más peso que cree que, aunque sea por unos minutos, te ha comprado. Difícilmente puede considerarse eso una profesión “normal”. La reticencia de la mayoría de quienes la practican a considerarlo como un medio de vida recomendable para sus propias hijas ya debería darnos una pista.

Por otro lado, ¿sería mejor un mundo en el que los hombres y las mujeres jóvenes explotaran económicamente su sexualidad? ¿Cómo sería una sociedad en la que cada cual comerciase con su capital erótico sin la capacidad que tiene el sexo de crear lazos de afecto, responsabilidad y, sí, de amor?

El amor también es importante. Y no es cierto que, como también dice Hakim en su libro, la idea occidental del amor no sea compartida por el resto de los seres humanos del planeta. Por hablar solo de “química” señalaremos que hay diversas neurohormonas decisivas en la modulación de los engranajes amorosos. La famosa oxitocina, por ejemplo, es la hormona de la satisfacción y la plenitud afectiva. No solo se encuentra en el crescendo de la excitación sexual, sino también en el momento posterior. Se supone que es la responsable de elaborar engarces afectivos y sentimentales, marcando el cerebro con fijaciones de larga duración y cementando interdependencias afectivas.

El cazador cazado

Sí, el sexo tiene algo que ver con el amor. Por eso mi amigo depredador probó su propia medicina. A muchas mujeres no les gusta que las traten como objetos sexuales o que se las valore con baremos que no controlan, como la juventud o la belleza. A los hombres, aunque jueguen con ello,  no les gusta que se les trate como objetos de éxito o se les valore por lo abultado de su cartera y por la importancia de su posición en un mundo competitivo. Como todo el mundo desea ser querido, hay hombres que salen con sentimientos contradictorios de una relación en la que ha intervenido el interés, sea el que sea.

La propuesta de Hakim rebaja las relaciones humanas. No, no creo que la explotación cruda de las necesidades masculinas sea una buena idea. Aunque tenga razón en cierto sentido cuando dice que “los hombres siempre han tenido que pagar a cambio de sexo: en dinero, en matrimonio, en respeto, en compromiso a largo plazo o en disposición a colaborar en el cuidado de los hijos”, se trata de una dinámica de ajuste profundo entre distintas prioridades subyacentes en aras de una mayor efectividad parental, de pareja y social. Es bastante insensato imaginar que un cambio así de drástico no alteraría el sistema en su conjunto.Y seguramente para mal. ~

 


[1] Como otros ensayistas, Hakim aún habla del “patriarcado” como una conspiración masculina real.

[2]  Dice que descubrió “por casualidad” ese “déficit sexual masculino” al leer los resultados de “las últimas encuestas sobre sexo en todo el mundo”, y osa afirmar que esos conceptos son “nuevos”. Además asegura que, al nacer, “nadie sabe ser hombre o mujer” y que es un “papel”, apoyándose como autoridad nada menos que en ¡Simone de Beauvoir!

¡Foto! ¡Quieto!

Publicado por el 23 jul, 2012 en Tercera Cultura | 2 comentarios

Si te mueves no sales en la fotoSi te mueves no sales en la foto. Recientemente he visto una cámara fotográfica de las de ahora, chiquitita y con una pantalla por detrás que hacía lo siguiente, el fotógrafo, en la calle pública, estaba sacando la foto de una persona muy cerca de una escultura. Mientras la sacaba, por allí pasaban muchas personas, un perro, una bicicleta,… Sacó varias fotos, pero no logró ninguna sin gente. Entonces puso un programa especial de la cámara, repitió la foto y sobre la pantalla táctil fue señalando lo que quería que desapareciera. Señalaba un peatón y este desaparecía y en su lugar aparecía lo que había por detrás de él, como si se volviera absolutamente transparente. Un perro, fuera; una bici, fuera.

Puede parecer mágico – ¿cómo sabe la cámara lo que había detrás de esa persona que borra?– pero realmente es muy sencillo. Cuando tienes la cámara en el modo de «eliminar lo que se mueva» no saca una sola foto sino varias separadas un cierto intervalo de tiempo, con lo cual todo lo que se mueve ha cambiado de sitio. Si el fotógrafo señala que desaparezca un perro lo que la cámara hace es buscar un fotograma en el que el animal estuviera en otro sitio y sustituye la imagen en el primer fotograma por lo que había en la misma ubicación en el otro fotograma. Combina las imágenes de los dos fotogramas. Si después lo que quieres eliminar es el ciclista, hace lo mismo. Se señala qué es lo que quiere eliminar, la cámara busca un fotograma donde ese objeto esté en otro sitio o ya no esté y después se sustituyen todos sus puntos en el primer fotograma por lo que había en otro. El resultado es que la bicicleta desaparece como por encanto.

Si esto se hubiera realizado en un potente ordenador me hubiera sorprendido bastante poco; mi sorpresa venía del hecho de que era la propia cámara de bolsillo la que hacía todo el proceso. Es decir, la cámara llevaba dentro un potente ordenador. Eso me ha hecho preguntarme por el número de potentes ordenadores que solemos utilizar. El teléfono móvil es un potente ordenador, cada vez más potente. La máquina fotográfica también se ha convertido en otro potente ordenador, cuya potencia crece con cada nuevo modelo. Lo mismo ocurre con las videocámaras o los grabadores de TDT. Incluso la televisión TDT es un ordenador especializado en el tratamiento digital de las imágenes. Relojes digitales, equipos de GPS, ordenadores de a bordo de los coches, video consolas,… todos llevan en su interior circuitería electrónica inteligente que podemos llamar ordenadores.

El lado oscuro de la oxitocina

Publicado por el 20 jul, 2012 en Divulgación Científica, Neuroeconomía, Neurofilosofía, Tercera Cultura | 7 comentarios

Estructura química de la oxitocina

La oxitocina es una de las hormonas más “sexys” del mercado de la divulgación científica, debido al papel que desempeña en un variadísimo conjunto de conductas sociales: cuidado materno de los niños, cooperación social, ansiedad, confianza económica, miedo, diferencias sexuales, síndromes antisociales…

Sin embargo, la oxitocina no es exactamente una “molécula del amor”, y por desgracia los peores inconvenientes de vivir en sociedad no se van a poder resolver con sprays de esta hormona, tal como parecía inferirse de los primeros trabajos optimistas de los neuroeconomistas. El neurotransmisor de las caricias tiene su lado oscuro. No es una “bomba para la paz“.

Ed Yong pasa revista en New Scientist [PDF] (Vía) a algunos de los hallazgos desagradables de los que aparentemente es responsable la misma oxitocina: promoción de la envidia y de schandenfraude (Journal of Biological Psychiatry, Vol 66, Pág 864), mejora de la capacidad para leer las emociones, pero sólo para los más sociables (Psychological Science Vol 21, Pág 1426), reducción de la confianza y la cooperación en personas particularmente ansiosas (Social Cognitive and Affective Neuroscience, Vol 5, Pág 556), aumento de la confianza en los compatriotas, pero no hacia las personas de otras nacionalidades (Science, Vol 328, Pág 1408).

Según Carsten de Dreun, la oxitocina proporcionaría, ante todo, una respuesta de defensa dirigida a las personas del propio círculo social para protegerlas de los peligros exteriores. Más que promover una buena voluntad genérica, la oxitocina parece promocionar los sesgos sociales más provincianos. También es el “neurotransmisor del nacionalismo”.

Para Patricia Churchland, la oxitocina es una “poderosa hormona que juega muchos papeles en el cerebro y el cuerpo” pero sigue siendo muy difícil identificar un papel causal directo en comportamientos socialmente complejos. Es probable que averiguar más sobre estas “hormonas sociales” pueda ayudar, en un futuro próximo, a remediar síndromes antisociales como el autismo o el síndrome de Asperger, pero los efectos a largo plazo son desconocidos, y las soluciones fáciles están descartadas. En Braintrust (Pág. 59 ):

Aunque los datos que hemos discutido muestran que hay una importante relación entre el comportamiento social, la oxitocina, la vasopresina y sus receptores, entender la naturaleza precisa de estas relaciones requerirá entender mucho más sobre cómo se toman las decisiones, así como sobre los efectos de la percepción en las emociones. Hay que tener en cuenta que la Oxitocina no debe ser etiquetada como la molécula de la función social y cognitiva. Es una parte de un circuito interactivo complejo y flexible de genes, de interacciones entre genes, neuronas y el entorno neuroquímico, y de interacciones entre las neuronas y el cuerpo.

De lo que ya podemos dudar menos es de que existe una neurobiología de la moralidad y que, probablemente, el circuito cerebral de la oxitocina y la vasopresina, en particular, desempeña papeles cruciales. Como explica Mario Bunge en un libro de próxima aparición, “todos los descubrimientos científicos logrados durante estas tres décadas se refieren a entes concretos, y nadie descubrió entes desencarnados”. Carece de sentido sorprenderse de que las conductas “inmorales” o moralmente provincianas también se correlacionen con entes y moléculas concretas. Repetimos: la moralidad no ha bajado del cielo. El tradicional problema ético del mal también depende de una compleja interacción entre moléculas físicas.

Una educación científica, ¿nos defiende contra creencias erróneas?

Publicado por el 17 jul, 2012 en Tercera Cultura | 4 comentarios

Scientific knowledge En el último número de Cognition   un artículo titulado “Scientific knowledge suppresses but does not supplant earlier intuitions ”  (linkar al pdf) nos advierte  de esa dificultad.

Un estudio realizado por Andrew Shtulman  y Joshua Valcarcel del Departmento de Psicología del Occidental College de  Los Angeles se pregunta si los estudiantes modifican sus anteriores teorías ingenuas o intuitivas cuando aprenden teorías científicas que están en desacuerdo con ellas. ¿Se superponen a ellas o son simplemente suprimidas?

Los autores investigaron esta cuestión diseñando y poniendo en práctica una tarea de razonamiento rápido.

Propusieron a adultos con muchos años de educación científica que razonasen  sobre dos tipos de aserciones tan rápidamente como pudieran. En unas, el valor de la verdad de un fenómeno particular era el mismo tanto en sus antiguas teorías ingenuas como en las actuales ya científicas (por ejemplo, que la Luna gira alrededor de la Tierra). En otras,  donde estaban implícitas las mismas relaciones conceptuales pero cuyo valor de verdad difería entre teorías (por ejemplo, que la Tierra gira alrededor del sol ). Los participantes razonaron las últimas considerablemente más despacio y con menos exactitud que en las antiguas en 10 dominios del  conocimiento ( la astronomía, la evolución, fracciones, genética, gérmenes, materia, mecánica, fisiología, termodinámica y ondas), sugiriendo que las teorías ingenuas sobreviven a la adquisición de una teoría científica  incompatible y que coexisten con las misma durante muchos años.
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Estos resultados podrían arrojar luz a la relación entre teorías ingenuas y teorías científicas pero también sobre la naturaleza de la representación conceptual y sobre el cambio conceptual en un sentido más general.

Flimmies contra paparazis

Publicado por el 13 jul, 2012 en Tercera Cultura | 1 comentario

Autor. Félix Ares

Camuflaje que produce parpadeo luminoso evitan que se tomen fotos nítidas de los prototipos automovilísticos

Flimmies contra paparazisEstaba viendo un documental sobre Laponia, sus habitantes y sus renos, cuando se pusieron a hablar de que hay muchas marcas automovilísticas que utilizan sus lagos helados como pistas de prueba de sus prototipos, para ver cómo se comportan en carreteras heladas, frío, etc. Sobre el lago helado había nieve que tenían que quitar y luego pasaba una máquina que lanzaba agua para que se congelara y quedase una superficie totalmente cubierta de hielo. Después aparecieron unos coches feísimos, todos negros, que iban en grupo y se dirigían a las pistas. La fealdad de los coches me sorprendió, pero también lo hizo el que al ser totalmente negros, las sombras en la carrocería no se veían con lo que su forma exacta quedaba bastante difusa.

Se trataba de los prototipos que alguna marca automovilista quería probar. El negro y sus formas eran un camuflaje para evitar que los paparazis sacaran fotos nítidas de cómo era de verdad el nuevo modelo. Aquella masa negra incluía añadidos de gomaespuma o de plásticos para cambiar la forma. Para evitar que se supiera su forma exacta. Las leyes de tráfico permiten circular a los prototipos, pero los faros y las luces de freno deben funcionar. Si tenemos en cuenta que esos dos elementos son dos de los que más definen el aspecto de un nuevo coche, no es de extrañar que estuvieran modificados.

Al llegar a las pistas todos los añadidos tienen que quitarse pues hay que probar cómo se comporta el coche auténtico. Así que los técnicos quitan todos los añadidos y el coche queda al descubierto, momento que suelen aprovechar los paparazis para sacar sus fotos. Un momento, he dicho que quitan todos los añadidos, pero la pintura que se queda es de camuflaje. Durante bastante tiempo algunas empresas, entre ellas Vauxhall, usaban rombos blancos y negros que cubrían toda la carrocería con extrañas inclinaciones. Parece muy tonto, pero verdaderamente hace tremendamente difícil saber donde están las puertas o donde empieza o acaba una ventana. Aunque las modernas técnicas por computador hacen que sea posible identificar la auténtica forma de la carrocería. Así que tenemos una lucha entre los paparazis y los expertos en camuflaje. En una versión posterior los rombos tenían formas más alargadas, curvadas y redondeadas, por lo que disimulaban mejor. Su aspecto era el de una colección de peces nadando, por eso a esos dibujos les llamaban «fishies» (pescaditos). Y lo último son unas extrañas formas que producen una especie de parpadeo de la luz que impiden sacar unas fotos decentes. Les llaman «flimmies», que no me atrevo a traducir.

Drogas para el amor. Un argumento materialista

Publicado por el 10 jul, 2012 en Divulgación Científica, Psicología evolucionista, Tercera Cultura | 3 comentarios

Pareja de buhos

Los valores familiares no han bajado del cielo: son un invento de los mamíferos. Ni siquiera la monogamia es una característica humana sin antecedentes, como explica Patricia Churchland en su último libro. Un 3% de los mamíferos (castores, marmotas, monos titis, gibones, ratones de pradera y montaña) forman parejas de larga duración.

El caso de los ratones silvestres es particularmente ilustrativo. Mientras que los ratones de pradera se emparejan para siempre, los de montaña no lo hacen. Y parece que la diferencia sólo se puede apreciar a un nivel microestructural y neurobiológico muy concreto: los receptores de la hormona vasopresina. Para saber qué es un “sentimiento moral” a la Hume, resulta que hoy es preciso saber mucho de neuroendocrinología.

Naturalmente, la monogamia humana abarca un conjunto de valores e instituciones culturales mucho más complejas y difíciles de explicar. La ciencia natural del amor no reduce el matrimonio a neuroendocrinología, sólo muestra que la distancia entre la biología y los valores, no es insalvable.

Este viene a ser el supuesto básico con el que trabajan Earp, Sanders y Savulescu [PDF], del Oxford Uehiro Centre for Practical Ethics, que han propuesto abiertamente nada menos que mejorar las relaciones sentimentales utilizando “drogas para el amor”.

Teniendo en cuenta nuestra catastrófica situación nacional también en materia de relaciones personales (en España se divorcian cada año unas 100.000 parejas, uno de los países europeos con mayor tasa de rupturas), quizás nos convendría prestar atención a este tipo de sugerencias.

Como hemos explicado aquí, la monogamia tiene riesgos y ventajas. Y las “drogas para el amor” quizás podrían servir para reforzar sus efectos positivos: “Hay razones culturales y religiosas: las drogas para el amor podrían promover la fidelidad en lugares donde la monogamia se considera una virtud, por ejemplo. Hay razones de salud: los matrimonios felices reducen el stress, promueven la longevidad, etcétera, y las drogas para el amor podrían favorecer matrimonios de este (saludable) tipo. Hay razones hedonistas: las drogas para el amor podrían contribuir a tener una vida sexual más placentera.“

Para los partidarios de “neuromejorar” las relaciones sentimentales , las drogas para el amor sólo pueden ser administradas de forma que se respete la “autonomía marital” y la libertad individual. Pero hay una situación especialmente comprometida, concretamente el efecto devastador que las rupturas matrimoniales están teniendo sobre los hijos:

El divorcio puede ser devastador para los niños, de un modo que los estudiosos sólo están empezando a entender recientemente. Esto es cierto incluso cuando ambas partes de la pareja anticipan un tiempo feliz para ellos mismos fuera del vínculo matrimonial, e incluso cuando creen, con buena fe, que sus hijos también mejorarán. Esta última noción, aunque consistente con la sabiduría convencional, podría ser un mito. De hecho, “en comparación con los niños nacidos en matrimonios intactos, los niños de divorcios sufren en prácticamente todo lo que tiene que ver la salud del niño, ya sea educacional, económica, física, psicológica o emocionalmente.”

Una de las enseñanzas más importantes de las ciencias sociales a este respecto es justamente el reconocimiento de la estabilidad sentimental de la pareja, no precisamente el hecho de ser heterosexual, como factor clave para una crianza saludable.

Hasta el momento, para evitar que males sociales como el divorcio y el adulterio prevalezcan, teníamos que conformarnos con estrategias culturales más eficaces que el razonamiento científico: sermones, películas románticas o novelas. Las hipotéticas “drogas para el amor”, una propuesta inicial que probablemente se enfrentará a conocidos sesgos antimaterialistas, acaso puedan servir para ajustar nuestra naturaleza y nuestras expectativas culturales, y quién sabe si en un futuro no demasiado lejano sean más eficaces que la programación cultural de la monogamia.

Lo que decimos y lo que hacemos. Ciencia de la hipocresía moral

Publicado por el 9 jul, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Tenemos dos tipos de moralidad la una junto a la otra. Una que predicamos pero no practicamos, y otra que practicamos pero rara vez predicamos.

– Bertrand Russell

Buena parte de la ciencia moderna del razonamiento moral se basa en estudios con escenarios morales altamente estilizados, tales como los célebres “problemas de tranvía” en los que se invita a los sujetos a escoger entre distintos dilemas hipotéticos. Mientras que una mayoría de personas consideran moralmente aceptable salvar la vida de cinco personas a cambio de matar a una si lo que se requiere es apretar un botón que desvía la trayectoria de un tranvía sin control, una mayoría rechaza que sea moralmente aceptable empujar a una persona por un puente para detener la trayectoria del tranvía que mataría a otros cinco, aún cuando el resultado del cálculo utilitario sea idéntico en ambas situaciones. Esta divergencia se ha explicado en ocasiones apelando a una supuesta “aversión a dañar a los demás” profundamente implicada en nuestra naturaleza, hasta el punto de que trascendería culturas e incluso especies.

Un estudio de varios investigadores de la universidad de Cambridge, que acaba de aparecer en Cognition [PDF], arroja sombras sobre estos supuestos. Si no dañar a otros es una norma universal, y profundamente biológica, ¿Cómo explicar la aparente incongruencia de que la historia humana esté tan corrientemente salpicada con ejemplos de personas que dañan a otras para conseguir beneficios? ¿Hasta qué punto los escenarios morales estilizados reflejan el comportamiento moral real de la gente? Es tentador preguntarse si son “psicópatas” los responsables de terribles desastres que dañan a millones de personas, como la actual crisis política y financiera, o sólo personas corrientes que actúan en un entorno de incentivos egoístas.

Para indagar en estas incongruencias, en uno de sus estudios los investigadores preguntaron a 88 personas si pensaban que los participantes futuros en un experimento (otros 46 sujetos) estarían más o menos dispuestos a causar daño a otros, a cambio de una ganancia personal significativa. A continuación, los investigadores sometieron a los sujetos a un experimento basado en el paradigma llamado de “Dolor Versus Beneficio” PvG (Pain Versus Gain), en el que debían tomar una decisión moral: ganar dinero o evitar que se causara daño a otras personas. Para asegurar el realismo de la situación, los investigadores presentaron un video a los participantes con las consecuencias de los shocks eléctricos con los que se castigaría a los sujetos.

Escenario de “Dolor Versus Beneficio”. Cognition

En los resultados llegaron las sorpresas desagradables. Mientras que los sujetos del primer experimento afirmaron, según lo previsto, que los sujetos experimentales estarían menos dispuestos a causar daño en una situación real, en el segundo, que implicaba una tarea real PvG, los datos mostraron que los sujetos de hecho estaban significativamente másdispuestos a causar daño a otros sujetos a cambio de un beneficio personal. Los sujetos del segundo estudio fueron hasta 7 veces más “inmorales” de lo previsto por los sujetos del primero, y -lo que quizás es más temible- ni siquiera la perspectiva de ser observado disminuyó significativamente estos impulsos egoístas y desconsiderados con el daño ajeno.

Lo que hacemos no es lo que decimos, especialmente si hay ganancias factibles de por medio. Según los autores, los datos sugieren que “nuestras creencias morales podrían poseer un impacto mucho más débil en nuestra toma de decisiones si el contexto se enriquece con fuerzas especialmente motivadoras, tales como la presencia de una ganancia significativa. Esto plantea cuestiones sobre si las decisiones morales hipotéticas generadas en respuesta a escenarios fuera de contexto son una buena muestra de las elecciones morales reales”.

ACT. Estaría bien, por cierto, poder ver alguno de estos videos de “Dolor Vs Beneficio” para calibrar cómo son realmente los shocks eléctricos que aplican. Si alguien tiene acceso a este dato, se ruega compartir.


ResearchBlogging.orgFeldmanHall, O., Mobbs, D., Evans, D., Hiscox, L., Navrady, L., &; Dalgleish, T. (2012). What we say and what we do: The relationship between real and hypothetical moral choices Cognition, 123 (3), 434-441 DOI: 10.1016/j.cognition.2012.02.001

Hic sunt dracones

Publicado por el 7 jul, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

La biogeografía explica la distribución geográfica de los seres vivos

La biogeografía explica la distribución geográfica de los seres vivosEn la biblioteca de Nueva York se conserva un globo hueco de cobre de un diámetro de 34,5 cm en el que se muestra un mapa de la Tierra. Es uno de los más antiguos que se dibujaron después de que Cristóbal Colón descubriera América. Se supone que fue fabricado hacia 1510. En él figura América del sur, bastante bien dibujada, y América del Norte, aunque en este caso aparece únicamente como unas cuantas islas dispersas. Recibe el nombre de globo de Hunt-Lenox o simplemente de Lenox.

En el sureste asiático, que en el globo se llama India del sur este, inmediatamente debajo de la línea de su ecuador, aparece la leyenda «HC SVNT DRACONES» que es la frase latina «Hic sunt dracones», es decir, «aquí hay dragones». Muchos han visto en esta frase la costumbre medieval de poner en sus mapas criaturas para ellos extrañas, tales como leones, elefantes, osos polares o serpientes de mar. Otros, entre los que se encuentra Dennis McCarthy, autor de la obra «Here be dragons» (Aquí hay dragones), nos dicen que es muy probable que se trate de un intento de señalar que en distintas zonas geográficas hay distintos animales. Y dada la relativa proximidad de las islas de Komodo y de Flores donde habita el famoso, y para los habitantes del Medievo terrorífico, «dragón de Komodo», no es descabellado que pudiera ser una referencia al mismo.

Al margen de que la advertencia se refiera al dragón de Komodo o no, lo que es cierto es que estos mapas demuestran que se habían dado cuenta de que en distintas zonas geográficas había distintos animales y distintas plantas. Hoy hay una ciencia poco conocida que se llama biogeografía que estudia exactamente eso: la distribución de la vida en los distintos lugares de la Tierra. Es una ciencia cuyos padres son realmente ilustres y conocidos: Carolus Linnaeus, el padre de la taxonomía; Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, codescubridores de la selección natural como mecanismo de la evolución; Alfred Wegener, el padre de la deriva continental; E. O. Wilson, que muchos consideran la figura más representativa de la sociobiología y Jared Diamons, autor de «Armas, gérmenes y acero» que revolucionó la relación entre geografía y humanos.

La biogeografía explica por qué en zonas con temperaturas similares en el Ártico y en la Antártida, en una hay osos polares pero no hay pingüinos y en la otra hay pingüinos pero no osos polares. O por qué en la mayor parte de las islas no hay ranas o que el único mamífero nativo de las Hawái sea el murciélago.

Félix Ares

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