Todos recordamos las Sagan Series: una serie de vídeos muy bien montados con la voz de Carl Sagan de fondo, hablando sobre la NASA, el SETI, la necesidad de la exploración espacial… poesía científica en estado puro. Pues bien, Reid Gower, responsable de esta magnífica serie, ha decidido hacer otra serie, pero esta vez con otro de los grandes como protagonista: Richard Feyman.
Segundo capítulo subtitulado: Honours.
Si no veis los subtítulos del vídeo en español, pulsar en el icono CC de la barra de navegación.
New Scientist Magazine número 2812. Love and Sex.Our intrepid reporter performs an intimate act in an fMRI scanner to explore the pathways of pleasure and pain – El amor y el sexo. Nuestra intrépida reportera realiza un acto íntimo dentro de un escáner fMRI para explorar los caminos del deseo y el dolor.
Traducción de Carmen Casariego
CON un click y un brrrr me introducen en el escáner. Mi cabeza está sujeta con unas ataduras y me han echado una manta por encima de manera que pueda acariciar mi zona íntima, el clítoris en particular, con cierto grado de pudor. No estoy aquí por ningún motivo de salud ni para grabar una película sólo para adultos. Estoy a punto de estimular mi zona genital hasa alcanzar el orgasmo mientras un escáner fMRI refleja el flujo de sangre en mi cerebro.
Con esta acción espero ayudar a Barry Komisaruk de la Universidad de Rutgers en Newark, Nueva Jersey, y a sus colegas a engañar a los mecanismos subyacentes en el despertar sexual. Con este estudio, no sólo han descubierto que hay más de una ruta para alcanzar el orgasmo, sino que también han revelado un nuevo tipo de conciencia, cuya comprensión podría llevar a nuevos tratamientos para el dolor.
A pesar de que el orgasmo es un fenómeno humano cuasi universal, aún no sabemos mucho acerca del mismo. “La cantidad de especulación frente los datos actuales, tanto en cuanto a la función como en cuanto al valor del orgasmo, es asombrosa”, relata Julia Heiman, directora del Instituto Kinsey para la investigación del sexo, el género y la reproducción en Bloomington, Indiana.
Se calcula que una de cada cuatro mujeres en los Estados Unidos ha tenido dificultad en alcanzar el orgasmo a lo largo del último año, mientras que entre el 5 y el 10 por ciento de las mujeres son anorgásmicas (completamente incapaces de alcanzar el orgasmo). Pero sin datos precisos que expliquen qué ocurre durante esta experiencia, hay pocas opciones de tratamiento para las mujeres que quieran obtener ayuda.
A Komisaruk le interesa el transcurso del orgamo en el tiempo, y de manera particular cuando se activa la zona del cerebro conocida como cortex prefrontal (CPF). El CPF está situado en la parte delantera del cerebro e interviene en aspectos de la conciencia tales como la autoevaluación y la capacidad de sopesar algo desde el punto de vista de otra persona.
El equipo de Komisaruk encontró recientemente que durante el clímax femenino se produce una activación importante en el CPF, algo que no se había observado en estudios previos en torno al orgasmo. Sorprendentemente, ocurría lo mismo en el caso de individuos capaces de alcanzar el orgasmo sólo mediante el pensamiento. A menudo se ha descrito que parte de la experiencia sexual residen en la fantasía y en imágenes auto-referidas, lo que llevó a Komisaruk y a sus colegas a preguntarse si el CPF podría tener un papel importante en la creación de una respuesta psicológica que proviniera únicamente de la imaginación. Este es el motivo por el que estoy aquí.
Komisaruk me pide que martillee un dedo contra el pulgar durante 3 minutos. A continuación, me pide que sólo imagine esa misma acción durante otros 3 minutos mientras el fMRI revela por dónde fluye la sangre en mi cerebro. Justo a continuación, repito el mismo ciclo con ejercicios de Kegel (breves contracciones de los músculos del suelo pélvico) y luego con toques en el clítoris. Luego se me pide que me acaricie hasta alcanzar el orgasmo, levantando la mano libre para indicar cuándo he alcanzado el clímax. A pesar de la situación, lo consigo sin mucho esfuerzo.
Desde el inicio hasta el final, se activan más de 30 zonas de mi cerebro, incluyendo aquellas que intervienen en el tacto, la memoria, la sensación de recompensa e incluso el dolor. Tal y como esperaba Komisaruk, los toques imaginados en el clítoris y los ejercicios de Kegel activaron las mismas zonas cerebrales que las acciones reales, aunque con un flujo sanguíneo algo menor. Sin embargo, el CPF mostró más actividad cuando los toques y las contracciones pélvicas se imaginaban que frente a las acciones reales. Sugiere que esta mayor activación puede reflejar imaginación o fantasía, o quizás algún proceso cognitivo que ayuda a gestionar lo que llamamos “control desde arriba hacia abajo” (la regulación directa por parte del cerebro de funciones fisiológicas) del propio placer. El equipo de investigación presentó los resultados de sus estudios en la conferencia anual de la Sociedad de Neurociencia que tuvo lugar en San Diego en Noviembre de 2010.
Por el contrario, cuando Janniko Georgiadis de la Universidad de Groningen en Holanda y su equipo llevaron a cabo experimentos similares, se encontraron con que la misma región del cerebro se “apagaba” durante el orgasmo. En particular, encontraron una desactivación significativa en la zona del CPF llamada cortex orbitofrontal izquierdo (COF).
Estado alterado
Georgiadis dice que el COF puede ser la base del control sexual y que quizá sólo se alcance el orgasmo “dejándose llevar” de alguna manera. Sugiere que la desactivación puede ser el ejemplo más explícito de un “estado de conciencia alterado” aún no encontrado en ningún otro tipo de actividad.
“No creo que el orgasmo desactive la conciencia, pero la cambia”, nos dice. “Cuando le preguntas a la gente cómo perciben sus orgasmos, describen una sensación de pérdida de control.” Georgiadis sugiere que quizá el orgasmo relega sistemas que generalmente dominan la atención y el comportamiento. “No estoy seguro de que este estado alterado de la conciencia sea necesario para alcanzar más placer o si se trata tan solo de un efecto lateral”, nos dice. Puede que la incapacidad para dejarse llevar y alcanzar este estado sea lo que impide que los individuos anorgásmicos alcancen el clímax.
Puede que haya una explicación sencilla para las discrepancias entre el trabajo de Georgiadis y el de Komisaruk: es posible que representen dos caminos distintos hacia el orgasmo, activado por diferentes métodos de inducción. Mientras que los participantes en los estudios de Komisaruk se masturbaban hasta el orgasmo, a los de Georgiadis les estimulaba su pareja. “Puede que haya una diferencia entre alguien que intenta mentalizar la estimulación sexual frente a alguien que la recibe por parte de su pareja”, dice Georgiadis. Quizá tener un compañero haga que sea más fácil dejarse llevar y alcanzar el orgasmo. Otra explicación puede ser que tener un compañero haga que el control de las sensaciones y el placer desde arriba hacia abajo sea menos necesario para alcanzar el clímax.
“Este tipo de investigación resulta increiblemente util”, dice Heiman. “El orgasmo está unido a la percepción de una recompensa en el cerebro, como seguramente también lo están otros sistemas. Hay muchas cosas que podemos aprender acerca del cerebro con respecto a la sensación de placer y de cómo funciona la misma y probablemente muchas más cosas con respecto a esta respuesta física”.
Komisaruk está de acuerdo. Espera poder algún día emplear una retroalimentación neuronal para permitir que las mujeres anorgásmicas puedan contemplar su actividad cerebral en tiempo real durante la estimulación genital, y que esta retroalimentación les ayude a manipular su actividad cerebral para acercarla a un patrón de actividad orgásmica. También cree que más estudios en torno al orgasmo y al papel que en el mismo juega el CPF ofrecerán una visión muy necesaria acerca de cómo podemos emplear sólo el pensamiento para controlar otras sensaciones físicas como el dolor. “Hay un gran misterio que debemos esclarecer en esta intensa experiencia humana”, nos dice.
El orgasmo escaneado
Aquí se muestra el cerebro de Kayt Sukel en el momento del orgasmo. El escáner es una sección sagital, esencialmente una fotografía de perfil, que muestra un momento reflejado en distintos “cortes” del cerebro.
Los puntos coloreados representan el flujo sanguíneo. Los colores fríos indican menos flujo sanguíneo y menos activación. Los colores calientes indican más activación.
Por la extensión de la actividad cerebral, se aprecia que el orgasmo es una experiencia en la que el cerebro interviene en su totalidad. La activacióndel cortex prefrontal (A) se aprecia claramente, así como la actividad en el cortex cingular anterior (B), que se cree interviene en la experimentación del dolor.
Alivio del dolor desde arriba hacia abajo
El orgasmo es un fuerte analgésico. Con los estudios en torno a la actividad cerebral durante el orgasmo que muestran patrones únicos de activación en regiones implicadas en la atención, la conciencia de uno mismo y la conciencia, los investigadores creen que estos estudios también pueden ser útiles para el control del dolor.
“El orgasmo es un tipo de conciencia especial”, afirma Barry Komisaruk de la Universidad de Rutgers en Newark, Nueva Jersey. “Si podemos estudiar distintas maneras de inducir el orgasmo, puede que logremos entender mejor cómo podemos utilizar los procesos desde arriba hacia abajo para controlar las sensaciones físicas.”
Aquellos que sufren de dolor crónico podrían aprender a aliviar algunos de sus síntomas empleando dichas técnicas, dice Kenneth Casey de la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Podrían utilizar procesos mentales de alto nivel para modular lo que sienten físicamente. “El efecto placebo es un ejemplo sencillo de la práctica del control desde arriba hacia abajo. Crees que estás tomando una medicación que te ayudará y de alguna manera lo hace”, nos explica. “De acuerdo con mi experiencia, simplemente diciéndole a un paciente que el dolor que está experimentando no es nocivo tiene un efecto analgésico”.
Investigadores de la Universidad de Stanford en California han mostrado recientemente que las personas eran capaces de controlar el dolor mediante la observación de la actividad cerebral en tiempo real de la zona llamada cortex cingular rostral anterior (CCA) y luego ajustándola mentalmente. El CCA también se activa durante el orgasmo.
Una mejor comprensión de lo que hacen estas zonas del cerebro en situaciones de dolor y de placer puede abrir la puerta a técnicas mejoradas de control desde arriba hacia abajo para modular ambos extremos, dice Komisaruk.
El enigmático, reservado y visionario Steve Jobs, ha muerto hoy a los 56 años, ha anunciado Apple. Jobs era mucho más que el consejero delegado de Apple. Nunca antes una marca estuvo tan asociada a una persona. Su contribución al mundo tecnológico le convierte en uno de los grandes innovadores de los últimos 75 años, en un transformador de la industria.
Todos recordamos las Sagan Series: una serie de vídeos muy bien montados con la voz de Carl Sagan de fondo, hablando sobre la NASA, el SETI, la necesidad de la exploración espacial… poesía científica en estado puro. Pues bien, Reid Gower, responsable de esta magnífica serie, ha decidido hacer otra serie, pero esta vez con otro de los grandes como protagonista: Richard Feyman.
Aquí va el primer capítulo subtitulado: Beauty.
Si no veis los subtítulos del vídeo en español, pulsar en el icono CC de la barra de navegación.
La luz al final del túnel (Matt Ridley). Traducción : Verónica Puertollano en el “Mundo por dentro y por fuera” (columna de Arcadi Espada)
Matthew Parris metió el dedo en la llaga el sábado pasado con su afirmación de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y que ahora hemos de esperar tener que trabajar más duro y ser un 25% más pobres. Me llamó la atención como a muchos lectores. Ahorró todos los detalles de la deuda, el impago y el déficit para extraer una verdad esencial. Occidente ha funcionado con un sistema piramidal, gastando capital prestado para estimular los actuales estándares de vida. De las pensiones a las hipotecas, y del gasto público a la extravagancia del consumidor, ha llegado el ajuste de cuentas.
Todo eso es cierto, pero aquí van algunas reflexiones para animarles a ustedes y a Matthew. En primer lugar, el dinero lo prestaron aquellos que tenían activos netos, principalmente los chinos. Permitiendo algunos trucos matemáticos, el mundo no puede estar en deuda, aunque si tuviese la mínima oportunidad, Goldman Sachs encontraría sin duda la forma de lograr un préstamo de los marcianos. Por tanto la economía mundial, en su conjunto, no puede ser un esquema piramidal.
Y la economía mundial, en su conjunto, ha seguido creciendo: retrocedió en solo un 0.6% en 2009 y luego repuntó al alza en un 5% en 2010, según el FMI. Los últimos cuatro años han resultado fatales para nosotros, pero buenos para los chinos, los indios, los brasileños e incluso los africanos. Nigeria está creciendo en un 9% al año.
Gran parte de África, habiéndose estancado en los 80 y los 90, ha empezado a crecer como un tigre asiático, elevando gradualmente la esperanza y los estándares de vida, reduciendo inexorablemente las tasas de nacimientos y la pobreza. Dado que en África se encuentra mucha de la población más pobre del mundo, estas son unas excelentes noticias para cualquiera que se preocupe por la humanidad en su conjunto. Hay un largo camino que recorrer, pero cada vez se demuestra más que los pesimistas que dijeron que África jamás podría emular a Asia están equivocados.
¿Triste consuelo para los británicos, dicen? Los tigres asiáticos se han comido nuestro almuerzo: si los leones africanos se están uniendo al banquete ¿qué esperanzas nos quedan? Muchas, la verdad. Sin duda, podríamos haber crecido también más rápido si hubiésemos pedido menos prestado y hubiésemos formado a los ingenieros en vez de a coordinadores de promoción comunitaria. Pero el comercio no es un juego de suma cero. Que otras personas se hagan más ricas significa más clientes para nuestros productos y servicios. Algunas exportaciones europeas a China, que van desde los seguros al perfume, están floreciendo. Las líneas aéreas asiáticas están pidiendo Airbuses como si fueran pizzas.
Hay una oportunidad que debe ser aprovechada.
Además, una década de estancamiento mientras saldamos (o incumplimos, o desinflamos) nuestras deudas, si es eso a lo que nos enfrentamos, no significa una década de estancamiento tecnológico. Los años 30 trajeron una serie de innovaciones —desde el neopreno al nylon, desde Lego a Biro, desde el pan en rebanadas a la televisión— que hicieron que la vida fuese mejor entonces y en la década de 2010. El crecimiento económico funciona ahorrando segundos del tiempo que debes trabajar para permitirte algo que quieres, dejándote ese tiempo libre para satisfacer una nueva necesidad. Cuanto más trabajemos los unos para los otros, y cuanto más aumentemos nuestra productividad con herramientas y combustible, más deseos podremos satisfacer.
Las noticias de la semana pasada de que la localidad de Blackpool se asienta sobre un gigantesco yacimiento de gas, ahora accesible gracias a las nuevas tecnologías. El gas pizarra, barato, limpio y con niveles relativamente bajos de carbono, puede reducir el coste de la electricidad, del transporte y la producción, como ya ha empezado a hacer en América. Eso rebajará los costes de los bienes y servicios, posibilitando a los consumidores a permitirse más, lo que crea empleos y sube los niveles de vida. (Y hace que el aumento de la pobreza energética y la profanación de los paisajes con parques eólicos resulten innecesarios).
Pensemos en el cambio tecnológico de esta manera. Aunque viajaras en el tiempo hasta los años 80, con tu salario moderno, y te vieras más rico que la mayoría de la gente, seguirías sin encontrar maletas con ruedas, señal de teléfonos móviles, vacunas para la hepatitis C o buenos descafeinados con leche en las principales calles. De manera similar, viajen en el tiempo hacia un próspero 2040 sin un aumento de sueldo y verá que es relativamente pobre. Pero piense en los productos que podrá encontrar allí, algunos de ellos proporcionados por los recientemente ricos e inventivos africanos. Que otra gente se haga rica significa otra gente que trabaja inventando cosas para ti.
Por eso se equivoca Matthew Parris cuando dice que el libre mercado no nos garantiza el crecimiento, al menos para el mundo en su totalidad. La generalización de la especialización y el intercambio en todo el mundo hará de todo excepto garantizar al mundo un flujo estable de innovaciones y crecimientos de niveles de vida. Es tarea nuestra asegurarnos nuestra parte de esos beneficios.
Si los británicos siguen viviendo por encima de sus posibilidades, y optando por perdedores seguros como la energía eólica y (Dios no lo quiera) los «productores» definidos por Milliband, entonces sí que nos caeremos en el tablero de la liga económica. Podríamos ser incluso tan estúpidos de emular a Corea del Norte o Somalia y lograr el absoluto declive, perdiéndonos las nuevas ideas, servicios y bienes que el mundo estará produciendo. Pero eso requiere de los esfuerzos heroicos de una locura colectiva que están sin duda más allá de nuestro alcance. ¿Verdad?
Así que, decir que tenemos que volver al trabajo si queremos subsanar la deuda y permitirnos el estilo de vida que creíamos que ya teníamos, es solo la mitad de la historia. A la larga es más positivo que eso. Si volvemos al trabajo, de manera productiva, existe una inmensa oportunidad: de vender suficientes mercancías y servicios a los consumidores del mundo y permitirnos así comprar todas las cosas maravillosas que a su vez pueden proporcionarnos ellos. Así es como podemos duplicar nuestra renta per capita real otra vez, como hemos hecho ya tres veces y media desde 1830.
La prosperidad no es un montón de activos. Es un sistema de oferta y demanda eficientes. Recuérdese lo que dijo Lord Macaulay sobre las consecuencias de la Burbuja de los mares del sur: «Si cualquiera le hubiese dicho a un Parlamento en estado de perplejidad y terror tras la crisis de 1720 que en 1830 la riqueza de Inglaterra sobrepasaría sus sueños más imposibles (…) que la diligencia viajaría de Londres a Nueva York en 24 horas, que los hombres se acostumbrarían a navegar sin viento, y que empezarían a cabalgar sin caballos, nuestros ancestros le habrían dado tanta credibilidad a la predicción como se la darían a Los viajes de Gulliver. Pero la predicción habría sido cierta».
Los fotones tienen propiedades tales como la polarización que los hacen primordialmente simples pero en realidad compuestos. Al menos desde el punto de vista dualístico de su polarización. Esto les da dimensionalidad al menos dualística respecto del espín, del espacio-tiempo concretamente, y también permite (u origina, según se vea) que interactúen con la materia, También los decelera ligeramente cuando pasan a través de la materia
Por otro lado, los neutrinos, como se observa muchas veces, se propagan a través de la materia la mayoría de las veces sin dejar huella alguna, sin interferencias denotables. Se puede inferir que son “dimensional-cero”, esto es, son puros puntos de materia-energía. Como tales, no deberían ver reducida su velocidad por interacciones con otras partículas mientras que atraviesan la materia.
Esta dimensionalidad o falta de ella, es el factor decisivo para diferenciar entre el neutrino y el fotón. Un corolario de esta propiedad es que los fotones. Dichas partículas elementales existen en la forma de espiral, mientras que lo neutrinos serían partículas que se dirigen verdaderamente en línea recta.
Queda entonces la cuestión de si estos dos modos diferentes de transmisión afectan o no a la velocidad. Se puede suponer que sí.
Otra implicación aún más misteriosa es que, siendo cero-dimensionales, los neutrinos no pueden existir sólo en nuestro espacio-tiempo, sino que pueden existir y moverse en el marco de la “materia oscura”, también. WIMP, otra forma de materia y los neutrinos parece ser que están relacionados. Así, WIMP, materia oscura y neutrinos parecer esta relacionados entre sí. Los neutrinos son como partículas-puente entre el mundo que observamos y la materia oscura y deben estar dimensionalmente abiertas en el marco de las dimensiones de orden superior de nuestro mundo físico que observamos, tales como el átomo y sus propiedades espacio-temporal.
Con dimensiones abiertas estrujadas en nuestro “espacio” en el que coexisten con la materia oscura, se da la posibilidad de “cuerdas” existiendo como cortacircuitos a través de nuestro las dimensiones físicas de nuestro espacio-temporal.
Potencialmente, los neutrinos viajan a lo largo de estas cuerdas lineales más que estar constreñidos a usar espacio-temporal curvilíneo, como se observa. Esta es una de las hipótesis para explicar por qué los neutrinos puedan concebiblemente a atravesar el espacio-tiempo en intervalos más cortos de los que podemos esperar de los fotones
Los resultados aún no son conclusivos. Pueden ser de varias causas y orígenes. Es posible que la cifra medida como viaje de los neutrinos sea mayor que la que se mide mediante otros procesos convencionales, lo que podría conducirnos, tal y como se ha apuntado antes, a la existencia de más dimensiones que las espacio-tiempo de la física de nuestro mundo tridimensional en el espacio y unidimensional en el tiempo que actuaría de cortocircuito, por así decirlo; cabe la posibilidad, así mismo de un error sistemático en las medidas del CERN, lo que queda aún por desestimar.
¿Por qué es tan importante este resultado, fruto de la colaboración de físicos de CERN y de Gran SASSO, el detector de neutrinos debajo de la montañas italianas (732m) y a una distancia del haz de neutrinos de 11,4 kilómetros?
Uno de los pilares básicos de la física actual se basa en la existencia de una constante para una velocidad máxima de propagación de las interacciones físicas y que esa constante coincide con la velocidad de la luz. Así, hay una velocidad máxima finita de propagación de las interacciones y dicha constante coincide con la velocidad de la luz.
Si tras revisar todos los datos en busca de errores sistemáticos (se puede darse cuenta con facilidad que las medidas de las distancias y de los tiempos se hacen con precisiones extraordinarias, recurriendo, por ejemplo, a relojes atómicos y otros dispositivos para medir los tiempos y a resultados de los GPS), sigue saliendo el mismo resultado dentro de margen de error previsto teóricamente, habrá que pensar en un nuevo fenómeno físico antes de echar por tierra la teoría de la relatividad, que lo más seguro es que salga reforzada tras este experimento
Crítica del libro "Si de argumentar se trata"
de Luis Vega Reñón ed.Montesinos, Barcelona, 2007
Para cualquier observador que durante y después de los trágicos sucesos del 11 de marzo en Madrid, principalmente cuando se cumplen aniversarios como el de los diez años que se acaban de cumplir, y el inesperado resultado—a la vista de los sondeos que se habían hecho públicos con anterioridad—de las elecciones de tres días después, haya podido conservar la cabeza fría y el pensamiento crítico, es muy posible que resultara patente la creciente confusión, falta de coherencia argumental e inconsistencia de muchas de las inferencias explícitas e implícitas en las declaraciones de los políticos, de los comentaristas y locutores de radios y televisiones y en una gran mayoría de los artículos de opinión, editoriales e informaciones de los principales y más prestigiosos diarios de circulación nacional. Era difícil de entender, verbigracia, cómo un gobierno, aunque presumiblemente desbordado por los acontecimientos, informara públicamente de unos datos y hechos para a continuación mantener hipótesis cuya veracidad era cada vez menos plausible. O las deducciones sin conexión lógica alguna entre premisas y conclusiones de editoriales y columnistas de casi todos los periódicos, fueran favorables a unos o a otros. Con apasionamiento y mucha incorrección se mezclaban constantemente los hechos y datos conocidos y comprobados con las opiniones sobre sus causas, alcance y significado.
Con el paso de los días, no se hizo aparente que las aguas volvieran a sus cauces, pues siguieron apareciendo en la prensa artículos de opinión, firmados por personalidades muy notables de la política y de la politología y la sociología que mostraban tal pobreza argumental (además, en ocasiones, de confusiones semánticas e irregularidades gramaticales), que ni siquiera apelando a la excusa de la premura de su redacción y publicación, tendrían justificación o disculpa.
Puede resultar sorprendente para algunos esta pobre capacidad argumentativa de muchos de nuestros próceres del periodismo y del comentario político, sobre todo teniendo en cuenta que más de uno se ha formado en una facultad de derecho, y existe una larga y asentada tradición del buen discurso argumentativo en el razonamiento jurídico. Mas lo cierto es que los planes de estudios superiores españoles permiten que un doctor en farmacia, pongo por caso, carezca de las nociones elementales que le permitan, no sólo argumentar correctamente, sino darse cuenta de cuando su interlocutor está recurriendo a una falacia tras otra. Para evitar esta importante laguna, la teoría de la argumentación, o mejor dicho, los intentos de establecer una teoría, pues de momento, y pese a lo mucho que se ha avanzado en los últimos treinta años, no deja de ser un proyecto en marcha (el “joyciano” work in progress, que dicen los anglohablantes), debería incluirse lo antes posible en casi todos los planes de estudio. Una de las ventajas que tiene la lectura de Si de argumentar se trata es que su autor es catedrático y reputado especialista en historia de la lógica, por lo que, constantemente, nos informa también de los orígenes (que se remontan, como sabrá cualquier lector no lego en la materia, a Aristóteles) y del desarrollo del intento de dar a la teoría de la argumentación una cierta demarcación en el campo de las ciencias y de poner en marcha esta nueva disciplina con el mayor rigor posible. No es infrecuente leer opiniones escépticas respecto de la posibilidad de darle formato científico a la argumentación, algo tan abierto y tan difícil de acotar. Sin embargo, otros—y yo entre ellos—opinamos que el esfuerzo merece la pena y que se puede avanzar mucho, con el apoyo del enorme progreso que han hecho ya la pragmática y la pragma-dialéctica, especialidades a las que es difícil ya negar su cada vez más sólida consolidación como ciencias. El escepticismo de algunos, creo yo, está basado en que la teoría de la argumentación se aborda desde distintos enfoques de ese magma insondable, desde ese revoltijo informe que se denomina análisis del discurso (a veces, análisis crítico del discurso, cuando de crítico no tiene nada). El enfoque de Vega Reñón es el filosófico analítico y naturalista, sin que ello signifique ignorar las aportaciones de la lingüística si es menester. Asimismo, su orientación está en línea con las doctrinas más serias del análisis del discurso, el “acto de habla” (traducción literal de speech act, uno de cuyos principales pioneros y expertos del moderno enfoque es John R. Searle. Cf.: Speech Acts. An Essay in the Philosophy of Language. Cambridge, 1969). Relacionado con esta perspectiva de la teoría de la argumentación, está también el llamado “pensamiento crítico” (traducción literal de Critical Thinking, una de las poderosas herramientas del moderno escepticismo racional y científico). Basten estos breves datos para que el lector con algún conocimiento de estas materias se aperciba de dónde debe situar el libro de Vega Reñón, muy lejos, por supuesto, de la parafernalia de libros, artículos y ponencias que, inspirándose o apoyándose en el relativismo cultural y gnoseológico del posmodernismo, de la antropología multicultural extrema, de la sociología literaria antiempírica, y de la politología alternativa, hacen del análisis del discurso una bazofia intelectual arcana con cursilería y pretensiones de profundidad hermética.
Siendo un libro muy interesante y recomendable, creo que es susceptible de mejorarse. No tanto por la claridad, la naturalidad del relato, sin que se resienta por ello el rigor, y la abundancia de ejemplos, sino por algunos contenidos. Se nota cierta precipitación en la finalización y publicación, pues abundan las erratas. La extensa disertación sobre la argumentación del fallecido Alfredo Deaño a favor de la naturaleza trascendental de la lógica formal y de su unicidad es larga y muy técnica, por lo que parece escrita para expertos más que para los que se acerquen al libro con intenciones de aprendices. A cambio, me hubiera gustado un tratamiento más extenso de la lógica informal—tan relacionada con las teorías de la argumentación—y de su conexión con la llamada “psicología popular” (folk psychology), así como más páginas dedicadas a las falacias, llenas de buenos ejemplos. Es verdad que hay mucha literatura sobre las falacias, y que el autor considera que si bien se puede intentar buscar una teoría de la argumentación desde la bondad de ésta, es imposible hacerlo desde la perspectiva de los errores y falacias; mas tengo para mí que un autor nunca se pasará de lo acertado en un tratado introductorio a la teoría de la argumentación como es este del profesor Vega, por muchos ejemplos de falacias que exponga y diseccione.
Aunque el libro lo puede leer casi en su totalidad una persona instruida, hay partes que requieren, para su mejor comprensión, unas buenas nociones de lógica formal, aunque en notas a pie de página, el autor ha intentado ayudar al lector lego en la materia a que no se pierda del todo cuando argumenta sobre cómo apercibirse de que se ha desvirtuado el uso del Modus Ponens o se ha permutado indebidamente operadores lógicos en una argumentación dialéctica. En resumen, Si de argumentar se trata quiere ser una introducción a los análisis y estudios hoy en curso sobre la argumentación, a través de los actuales planteamientos lógicos, dialécticos y retóricos de la buena y de la mala argumentación. Pero también es una invitación a su buena práctica o, al menos, a saber a qué atenernos cuando argumentamos o nos argumentan, pues toda intervención en este dominio nos hace responsables de la suerte de nuestra comunicación interpersonal, sea en la esfera pública o privada. En suma, si de argumentar se trata, habremos de hacerlo bien en vez de hacerlo mal o de jugar a otra cosa.
por Adolf Tobeña. Catedrático de Psiquiatria. Universidad Autónoma de Barcelona Publicado en “El Mundo”, Ciencia, 2-6-2008, p. 39.
¿Cómo puede haber una propensión heredada para participar en votaciones políticas si la democracia es un invento de breve recorrido – 2500 años como máximo -, y de salud más bien precaria en la mayor parte del globo?. Puede parecer una simpleza de esas que menudean en esta época de titulares génico-céntricos, pero eso es lo que sugieren dos trabajos californianos (Amer. Polit. Sci. Review , 102, 2, 233-248, 2008; J. of Politics, 70, 3, 579-594, 2008). Esos estudios indican que los genes moldean de una manera relevante la predisposición a participar en las elecciones y otros tipos de activismo político o religioso y han podido identificar, además, un vínculo entre genes específicos y la concurrencia ante las urnas, en primarias o presidenciales USA.
Los datos muestran que los individuos portadores de una modalidad del gen MAOA (monoamino oxidasa A) es más probable que acudieran a votar en la elección del 2000 (Gore vs. Bush) y también que una variante del gen para el transportador de la serotonina (5HTT) se asocia a la participación electoral. La investigación de partida se basó en una aproximación impecable: al comparar la participación en el distrito de Los Angeles, en ocho elecciones en el período 2000-2005, entre gemelos monozigóticos (con una correspondencia en su DNA del 99,99%), respecto de los mellizos (con una similitud génica del 50%), los resultados desvelaron que había una concordancia participativa muy superior entre los gemelos idénticos que entre los disímiles, hasta el punto que la carga genética explicaba alrededor del 53% de la propensión a implicarse o a eludir el engorro de una votación. Esos datos indican, asimismo, que la crianza familiar pesa poco en la modelación de las actitudes de colaboración o pasotismo en las criaturas que devendrán, luego, ciudadanos cumplidores o displicentes.
Repitieron las indagaciones a escala federal aprovechando datos de seguimiento sanitario de jóvenes, entre 1994 y 2000, obteniendo una potencia explicativa génica todavía superior: el 72%. Finalmente optaron por dirigir los periscopios hacia variantes de genes con una influencia conocida en las actitudes prosociales y asociales de la gente. Entre otros candidatos plausibles, los genes MAOA y 5-HTT eran dianas obvias porque se han ido acumulando hallazgos que empiezan a ser abrumadores. Las modalidades que favorecen un cometido enzimático MAOA eficiente o una buena recarga de serotonina hacia el interior neuronal (dos rutinas de la neuroregulación cerebral), incrementaban en un 10% la probabilidad de colaborar socialmente yendo a votar. Se trata de datos sólidos para lidiar con un problema que ha tenido intrigados a economistas y politólogos desde hace mucho tiempo: ¿porque acude la gente a votar si los rendimientos son nulos?. La probabilidad de hacer variar, con un sólo sufragio, los resultados de una contienda en una gran elección es minúscula y debe contrapesarse, además, con el esfuerzo dedicado a enterarse de las opciones en liza, formarse una opinión y acudir a los colegios, soportar demoras y sacrificar asuetos. Se trata, en definitiva, de una actividad antieconómica. Una donación dadivosa que una proporción de gente está dispuesta a hacer para promover las carreras de unos sujetos que no son muy de fiar. No hay que extrañarse, por tanto, que esa propensión a la candidez participativa (o a la desconfianza asocial) tenga trazos biológicos potentes. Vale la pena seguir tirando del hilo.
O sea, que Montaigne tenía razón en “Sobre el amor de los padres a los hijos”: “Si existe alguna ley verdaderamente natural, es decir, algún instinto que sea universal y perpetuamente impreso en los animales y en nosotros, puedo decir que, a mi juicio, tras el afán que tienen los animales por su conservación y por evitar lo nocivo, ocupa el segundo puesto el amor del que engendra por su prole”…
Un estudio del que hemos tenido conocimiento esta semana viene a corroborar la intuición del humanista de Burdeos. Según se ha publicado en la revisa Proceedings of the National Academy of Sciences, los niveles de testosterona de los hombres descienden significativamente tras la paternidad. Es decir, que las mujeres no son las únicas que experimentan variaciones hormonales durante el embarazo y la crianza de los hijos.
El estudio se ha basado en la monitorización de la actividad hormonal de 600 varones filipinos durante un periodo de cinco años. En todos los casos, se les tomaron mediciones de testosterona a los 21 años de edad, cuando aún no habían tenido hijos. Pasado un lustro se volvió a analizar su carga hormonal y se buscaron diferencias entre los que ya habían sido padres y los que no.
Se sabe que existe una tendencia progresiva al descenso de producción de testosterona con el paso del tiempo, pero en el caso de los padres este descenso fue evidentemente mayor.
Una de las mayores sorpresas de la investigación ha sido la constatación de que el descenso de la hormona está íntimamente relacionado con la implicación del hombre en el cuidado de la prole. Aquellos que pasaron más de tres horas diarias con sus retoños experimentaron una reducción mayor.
Se da la circunstancia de que la testosterona es conocida como la hormona de la masculinidad. Aunque se halla también en mujeres, su producción está relacionada con algunos comportamientos evolutivamente más propios de los mamíferos macho: el combate por la pareja, la protección del territorio, la caza… Esto ha llevado a muchos medios de comunicación a expresar con poco acierto que la paternidad “saca a la luz lo más femenino de los hombres”. Aunque sea un bonito brindis al sol de la corrección política, la metáfora no es buena. Lo que estos estudios parecen indicar es que entre las atribuciones con que la naturaleza dota al sexo masculino se encuentra también el cuidado de la prole. Es decir, que existe un instinto paternal tan natural como el maternal, inscrito en nuestros genes y expresado en el comportamiento de nuestras hormonas.
Los que hayan tenido la amabilidad de leer mi libro Te necesito, papá(¡gracias!) recordarán que esto no es nuevo. Hasta hace bien poco, el instinto de guarda de la prole parecía un terreno exclusivo de la mujer. Ellas eran las únicas que sentían un deseo irrefrenable de tener hijos, las únicas que parecían sensibles a la llamada reproductiva de la naturaleza. Pero he aquí que hay un buen número de científicos, repartidos por laboratorios de todo el mundo, empeñados en demostrar que la biología también prepara al macho humano para el cuidado de la descendencia. Antes incluso de que esta llegue. Aunque parezca increíble, el ciclo de vida de algunas hormonas masculinas varía cuando la pareja está embarazada. El caso de la testosterona no es el único: cuando los hombres estamos embarazados, los niveles de testosterona en sangre bajan considerablemente, al tiempo que crecen los de otras hormonas, como el estradiol, que curiosamente pertenece a la familia de las hormonas sexuales femeninas. Para colmo, estos cambios hormonales generan en algunos hombres síntomas parecidos a los de la mujer embarazada: nauseas, falta de apetito, comportamiento caprichoso. El futuro papá se vuelve sensible y antojadizo.
Los expertos no conocen aún bien por qué se producen estos cambios. Pero parece obvio que debemos encontrar alguna explicación evolutiva. La naturaleza evolutiva de los seres humanos ha diseñado un sutil truco para facilitar algo las cosas, dentro de lo doloroso y difícil que les resulta parir a las Homo sapiens. El tamaño del cráneo de los chimpancés recién nacidos es aproximadamente un tercio del de los individuos adultos. Si los humanos hubiéramos mantenido esa proporción, ninguna mujer sería capaz de parir sin morir en el intento. Un cráneo de 500 centímetros cúbicos (el volumen del cerebro adulto del ser humano es de unos 1.500 centímetros cúbicos) no cabría ni por la más ancha cadera femenina. Para poder salir del vientre materno, los humanos tenemos que nacer con el cráneo menos desarrollado del mundo de los mamíferos. Es decir, las mujeres dan a luz a sus hijos antes de que el feto se desarrolle plenamente. Los bebés humanos nacen a medio hacer. De otro modo, no podrían jamás ser expulsados del útero materno. El parto humano es siempre un parto prematuro, por lo que nuestras crías nacen con el mayor grado de dependencia entre los mamíferos; están necesitadas de cuidados durante muchos años, y en su crianza interviene toda la familia (no solo la madre).
La energía que padres y madres ponen en el cuidado y protección de los pequeños es mayor que en cualquier otra especie. Tanto, que la mujer es la única que sufre la menopausia, para compensar el desgaste de la crianza humana a una avanzada edad. Y el grado de inmadurez del retoño presenta algunos retos también para el papá.
Aunque en la mayoría de las especies la hembra es la que realiza el mayor esfuerzo en la crianza, no son pocas las que experimentan también una considerable inversión paternal. Generalmente se trata de especies en que las demandas energéticas de la prole son muy altas y, por lo tanto, en que la selección natural ha favorecido a aquellas parejas que colaboran en la alimentación y protección de los retoños. Entre los animales en los que se ha descubierto una profunda intervención del macho en la crianza, una característica común aflora desde el punto de vista etológico: se descubre una relación inextricable entre el comportamiento paterno y determinados patrones hormonales. En muchas especies los machos experimentan aumentos de producción de la hormona prolactina, por ejemplo, durante los periodos de contacto directo con sus descendientes. Los esteroides parecen también intervenir en el asunto, aunque su efecto es menor o al menos más difuso que el de las prolactinas. En ciertos casos, la intervención hormonal difiere según la especie. Es lo que ocurre con la tan masculina testosterona. Se sabe que esta hormona suele dificultar la pulsión paternal en animales como los hámsteres, los titíes y, ahora, los seres humanos. Lo hace fundamentalmente porque se trata de un compuesto químico mediador en comportamientos violentos y de cortejo, lo que interfiere en la práctica de la paternidad cuidadosa.
En ratones macho de laboratorio se ha descubierto que la responsabilidad de los padres aumenta cuando se alarga el tiempo de contacto de la pareja con las crías. La madurez del padre se ve también reflejada en el comportamiento hormonal. El caso de los monos tamarinos cabeza de algodón es significativo. Estos pequeños simios de copete blanco que habitan en selvas húmedas de Panamá y Colombia han demostrado saber mucho de paternidad. En su especie, el macho presta atención especial a la prole desde el mismo momento del alumbramiento. Y, como en otros casos, ese comportamiento coincide con un aumento general de la producción de hormona prolactina y un descenso de la presencia de cortisol en sangre. Sin embargo, el fenómeno no ocurre de idéntica manera en todos los individuos del clan. Los machos que ya han sido padres alguna vez experimentan una mayor producción hormonal que los primerizos. Algo similar ocurre con las titíes. En este caso, los niveles de testosterona en los machos que crían por segunda vez son mucho menores que los de los noveles. Sí, la química es importante para ser padre pero, de alguna manera sutil, la naturaleza nos prepara para aprender también de la experiencia.
Sea como fuere, parece que sólo hay un modo de tomarse este tipo de noticias. La naturaleza nos confirma que el instinto paternal existe, y que este instinto es muy masculino. De su protección, ahora, debemos encargarnos los propios implicados. Porque cuanto más sepamos de él menos vulnerables seremos los padres al ataque diario a que se ve sometida nuestra figura.
Antonio Lafuente escribe sobre poesía y ciencia en un reciente número de Blanco y Negro Cultural (la columna de J.J. Armas Marcelo, tan bien surtida de errores como de obviedades insustanciales, es mejor taparla con el piadoso velo del silencio).
Es una pena, lamento decirlo, que el autor no haya estado a la altura del interesante tema sobre el que escribe. Entre los muchos desaciertos, permítaseme que indique unos cuantos que, en mi opinión, empobrecen en gran medida el texto.
Es poco claro, por no decir erróneo, afirmar que “pensar no es computar, sino encontrar diferencias donde sólo hay relaciones”. Pues por lo que sabemos con bastante seguridad sobre lo que las ciencias cognitivas van sacando a la luz sobre la epistemología natural, la forma elemental de pensamiento con que la evolución equipó a la mente humana es la de identificación de pautas y regularidades, la asociación de causas y efectos y la expectación de ocurrencia de sucesos por inducción. Como se puede observar, esto tiene poco que ver con lo de “encontrar diferencias donde sólo hay relaciones”, cuyo sentido, por otro lado, se me escapa.
No puedo estar de acuerdo tampoco con el autor de este breve artículo cuando dice, respecto de la ciencia (y de la poesía) que “eso que llamamos verdad, belleza o ritmo son asuntos públicos, son temas de los que siempre hemos discutido, problemas que por fortuna siempre tendremos que renegociar”. La poesía es, qué duda cabe, una categoría artística muy dependiente de la cultura en la que se escribe y se lee. Cabe pues, y de hecho es así, la negociación y renegociación intra e intercultural de ideas y conceptos como verdad poética, belleza y ritmo. Mas ese no es el caso de la ciencia, que si bien como empresa, como actividad humana tiene dependencias culturales, el conocimiento científico que proporciona, cuanto más se aproxime a la verdad, es necesariamente transcultural. La verdad científica no se negocia, se somete al tribunal de la naturaleza. A propósito de esto, recuerdo un célebre aserto de R. P. Feynman, que dice más o menos que por muy bella que sea una teoría, por muy renombrado que sea el que la propone, si sus resultados (predicciones, explicaciones, soluciones a problemas planteados, etcétera), no coinciden con los datos experimentales, entonces es falsa.
Richard Dawkins, contrariamente a lo que dice el señor Lafuente, pese a ser a veces un tanto radical, no propugna ni quiere encontrar en los genes todas las claves para explicar la conducta humana. Precisamente, y por la importancia que concede a la cultura, acuño el concepto de “meme”, una especie de unidad de replicación cultural.
Es un error confundir la intensidad con la frecuencia cuando el autor escribe sobre el color amarillo de los plátanos. Estos no son amarillos, diga lo que diga el señor Lafuente, “cualquiera que sea la luz que sobre ellos proyectemos”, pues si hacemos incidir sobre ellos luces carentes de las frecuencias que corresponden, más o menos, a lo que percibimos como amarillo, desde luego que no van a reflejar dichas frecuencias y no van a tener la apariencia que da ese color. La luz tanto del verano como del invierno, de la mañana o de la tarde, es luz blanca, variable en intensidad y casi nada en frecuencias. Esta es la razón de que veamos siempre, más o menos brillante o atenuadamente, amarillos a los plátanos.
Con todo, tengo para mí que lo más importante es que el autor no acierta a explorar y exponer los vínculos y relaciones entre ciencia y poesía. Nada se dice, por ejemplo, de las diferencias ontológicas entre los objetos y las categorías creados por una y otra, ni de las diferencias entre la verdad científica y la verdad poética. Tampoco se analizan con un mínimo de rigor y profundidad las cuestiones estéticas, esto es, las diferencias y similitudes entre lo bello en la poesía y lo bello en la ciencia (pese a que no siempre conduce a resultados válidos, no cabe duda de que la búsqueda de la belleza, de la elegancia de lo simple, es un principio epistemológico—subjetivo—que inspira a los científicos en la formulación de sus hipótesis). Lo que se expone sobre metáforas poéticas con conceptos científicos es insuficiente y confuso, siendo uno de los territorios más interesantes de explotar (las metáforas en ciencia sirven para aclarar; en poesía, muchas veces, para introducir misterios y ambigüedades).
No es mi propósito replicar al señor Lafuente ni polemizar con él, aunque me veo en la incómoda tesitura de señalar sus yerros. Se trata simplemente de expresar mi desilusión por la ocasión perdida de haber tratado con seriedad y bondad un asunto que tanto me apasiona.
autor: Arcadi Espada en Diarios de Arcadi Espada Cynthia Daily, una americana cuarentona, se quedó embarazada tras su paso por un banco de semen. Mujer inquieta, inició una prolija, pero no muy complicada investigación sobre su donante. Así logró averiguar que al menos otros 149 niños habían nacido del mismo esperma. Cuenta el Times que de vez en cuando partes de la familia extendida se reúnen con los retoños: «Wow! es fantástico. Son todos iguales», explicó al periódico. Con la excepción de un amigo de Madrid («Uf, sí, a mí también me preocupa haber creado un problema parecido, y además de forma natural») cualquiera comprende que estamos ante una novedad compleja. La muestra de un donante puede utilizarse varias veces y aunque hay países que regulan, más o menos arbitrariamente, el número de veces (Inglaterra, 10; España, 6; Italia, 0: prohibida la donación) en otros (USA) ni siquiera existe la regulación. Por otra parte, cualquiera puede acudir a bancos distintos, del mismo o de diferente país: no existe, por así decirlo, una base de datos mundial de donantes. Desde luego no conviene exagerar los problemas resultantes. Aunque los controles actuales deben mejorarse, a fin de prevenir enfermedades genéticas y novelas románticas entre hermanastros, basta un somero cálculo para dejar las probabilidades en anecdóticas. En este sentido, cabe alabar las inciaitivas de hermandad promovidas por la señora Daily, porque parece que la repugnancia ante el incesto (completo o demi) se da entre los que se han criado juntos. Ya se sabe: esta cosa triste de jóvenes que parecen hechos el uno para el otro y que, entrañables amigos desde la infancia, se rechazan diciendo que son como hermanos.
Lo interesante de esa historia no son los imaginarios apocalipsis, sino la sorprendente laxitud con que la sociedad contemporáneo ha encarado esta variante reproductora. La fertilización de una mujer con el semen de un desconocido no ha desencadenado debates proporcionalmente comparables a los que desencadenaron el divorcio o el aborto. La explicación probable es que la fertilización aleatoria no exige la destrucción de ningún mito poderoso como el del amor eterno o la inmaculada concepción. Todo lo contrario. La ausencia de debate y control sobre el semental aleatorio descansa sobre un mito muy generalizado. La convicción de que la crianza es lo que hace al hombre, que nada diferencia el semen de la sangre, que en esos bancos blancos se almacena líquido y no carácter.
“Mischel también ha ayudado a redefinir la voluntad. La idea típica es que la voluntad es apretar los dientes y resistir la tentación – apartando la vista del dulce – Mischel se dio cuenta de que era al revés. Más bien, la capacidad de posponer la satisfacción dependió ” de la asignación estratégica de atención, ” un modo rebuscado de decir que algunos niños saben distraerse deliberadamente. En vez de obsesionarse con el dulce, – ” el estímulo caliente ” – estos niños pacientes cubrieron sus ojos o miraron a otro lado. Su deseo no fue suprimido – simplemente fue olvidado. ” Los niños que pueden retrasar la satisfacción tienen una comprensión mucho más realista de voluntad “, me dijo Mischel. ” Ellos saben que la voluntad muy es limitada. Si piensas en el dulce y en lo delicioso que es, te lo comes. “La clave es evitar pensar en ello en primer lugar.” Hay, desde luego, algo inquietante sobre este nuevo modelo de voluntad, ya que asume la total debilidad de la fuerza de voluntad. La resistencia es sólo posible cuando no tratamos activamente de oponernos.
De más está decir que estas preguntas tienen profundas implicaciones políticas. Como he escrito antes, hay buenas pruebas de que el autocontrol puede ser mejorado considerablemente cuando la educación comienza en una temprana edad. Lo que tenemos que hacer ahora es desarrollar nuevas lecciones: cada niño tiene que saber que no tienen que comer el dulce irremediablemente. Su circunvolución frontal inferior puede decir que no.”