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¿Tienen realmente “moral” los bebés?

Publicado por el 10 sep, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 1 comentario

Wikimedia Commons

El estudio de la psicología infantil durante los últimos años está conduciendo a afirmaciones considerablemente fuertes sobre habilidades cognitivas innatas que en otro tiempo se atribuían a etapas posteriores del desarrollo. Algunas de estas tempranas habilidades, en particular con respecto a la interacción social, podrían ser incluso prenatales, y mientras que algunos investigadores de la cognición infantil creen haber encontrado rastros de religiosidad natural en los niños, otros creen haber descubierto que los bebés humanos de menos de un año poseen ya una “vida moral”.

Este tipo de historias son atractivas y tienen grandes posibilidades de convertirse en ciencia popular, hasta alcanzar los titulares del New York Times, pero hay nuevas razones para pensar en ellas con una dosis de escepticismo. Parece que no corren muy buenos tiempos para el innatismo moral.

Recapitulando, según las conclusiones del trabajo más conocido de Hamlin, Wynn y Bloom (citado desde 2007 hasta 100 veces, a raíz de su aparición en la prensa popular) los bebés humanos entre 8 y 10 meses distinguirían entre acciones morales e inmorales. En el experimento preparado en la universidad de Yale, los bebés sorprendentemente mostraban una preferencia hacia la figura que ayudaba a otra a escalar una especie de  montaña (en comparación a la figura que impedía la misma acción). A partir de esta base experimental, los autores concluían que la habilidad de distinguir interacciones sociales de carácter moral podría ser no “universal y no aprendida”.

Una imagen del experimento de Yale

Para un grupo de investigadores de la universidad de Otago, en Nueva Zelanda, hay una explicación de los experimentos más parsimoniosa que la hipótesis de la interacción social. Los resultados de sus nuevos experimentos han aparecido recientemente en PLoS. Tras ver los videos de los experimentos en Yale, conducidos por Bloom y su equipo, los investigadores se dieron cuenta de que las preferencias de los niños podrían deberse en realidad a eventos relacionados con la percepción. Dicho en términos más llanos, los niños podrían interesarse no por los eventos morales en sí, sino por cosas atractivas que rebotan y chocan entre sí… Alterando las condiciones del experimento de modo que la atención de los niños sea convenientemente redirigida, los psicólogos experimentales de hecho logran que los niños “prefieran” la figura “inmoral” a la “moral”, en abierta contradicción con la hipótesis de la evaluación social.

 

Referencia: Scarf D, Imuta K, Colombo M, Hayne H (2012) Social Evaluation or Simple Association? Simple Associations May Explain Moral Reasoning in Infants. PLoS ONE7(8): e42698. doi:10.1371/journal.pone.0042698

Richard Feynman sobre el papel de la cultura científica en la sociedad moderna

Publicado por el 4 sep, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura, Traducciones | 25 comentarios

Publicado por Maria Popova en Brain pickings y traducido por Tercera Cultura

“Para lograr un progreso, uno debe dejar la puerta medio abierta a lo desconocido, sólo medio abierta.”


“Realmente esperaba que, hacia el fin del siglo, habríamos conseguido substancialmente más de lo que realmente hemos hecho”, se lamentaba el paseante lunar original Neil Armstrong, que falleció a la edad de 82 la pasada semana. En este lamento esta incluído la inquietante cuestión del por qué. ¿Qué es lo que retiene a la humanidad?

Richard Feynman

Esto es precisamente lo que el gran Richard Feynman exploró cuando subió al escenario del Symposium Galileo en Italia en 1964 e impartió una conferencia titulada: “Qué es y cuál debería ser el Rol de la Cultura Científica en la Sociedad Moderna”, publicada en el también excelente The Pleasure of Finding Things Out: The Best Short Works of Richard P. Feynman (public library), titulado tras el famoso film del mismo nombre.

Feynman comparte el lamento de Armstrong:

A todos nos entristece mirar el mundo y ver que pocos logros hemos hecho, en comparación a lo que sentimos que son las potencialidades de los seres humanos. Las personas del pasado, en la pesadilla de sus tiempo, tenía sueños sobre el futuro. Y ahora el futuro que se ha materializado el futuro vemos que los sueños han sido superados de muchos modos, pero en todavía más modos muchos de nuestros sueños todavía son los mismos que los sueños de las personas del pasado.

Atribuye gran parte de esta desconexión a la profunda falta de un entendimiento general y un entusiasmo por la ciencia, defendiendo la maravilla de la ciencia:

… las personas, y me refiero a la persona media, la gran mayoría de la gente, la enorme mayoría de la gente, es absoluta y lamentablemente ignorante sobre la ciencia del mundo en el que viven, y así siguen… Una cuestión interesante sobre la relación de la ciencia con la sociedad moderna es esta: ¿por qué es posible que la gente sea tan lamentablemente ignorante y aún así razonablemente feliz en la sociedad moderna, teniendo en cuenta que hay tanto conocimiento disponible para ellos? De paso, Mr. Bernardino, sobre el conocimiento y la maravilla, el sr. Bernardini ha dicho que no debemos enseñar maravillas sino conocimiento.

Podría tratarse de una mera diferencia en el significado de las palabras. Yo creo que deberíamos enseñarles maravillas, y que el propósito del conocimiento es apreciar todavía más las maravillas. Y que el conocimiento consiste simplemente en situar la maravilla en el marco adecuado de la naturaleza.

Proseguía fijándose en lo anticientifica que resultaba la cultura popular, y de qué forma se condonaban ciertas creencias no científicas:

… Me gustaria mostrarle nuestro mundo a Galileo, y debería hacerlo con una gran dosis de vergüenza. Si miramos más lejos que la ciencia hacia el mundo que nos rodea, averiguamos algo bastante lamentable: que el medio en el que vivimos es activa e intensamente anticientífico. Galileo podría decir: “me di cuenta de que Júpiter era una bola con lunas y no un Dios del cielo. Decirme, ¿qué ocurrió con los astrólogos?” Bueno, pues que publicaron sus resultados en los periódicos, al menos en los Estados Unidos, en cada periódico de cada día. ¿Por qué aún tenemos astrólogos?

Creo que debemos atacar estas cosas en las que no creemos. No atacar mediante el procedimiento de cortar las cabezas de la gente, sino atacar en el sentido de discutir. Creo que deberíamos pedir a la gente que intenten obtener en sus mentes una imagen más consistente de su propio mundo; que no se permitan a sí mismos el lujo de partir en pedazos su cerebro, unos para el lado en el que creen esto y otros para el lado en el que creen esto otro, pero sin intentar comparar los dos puntos de vista. Porque hemos aprendido que, al intentar juntar los puntos de vista que tenemos en nuestra cabeza y compararlos con el otro, hacemos un cierto progreso en el entendimiento y aprecio de donde estamos y lo que somos. Creo que la ciencia ha seguido siendo irrelevante porque esperamos a que alguien nos haga las preguntas, o a que nos inviten a dar una charla sobre la teoría de Einstein a personas que no entienden la mecánica newtoniana, pero nunca nos invitan para atacar las curaciones basadas en la fe, o en el caso de la astrología, para mostrar cuál es la visión científica de la astrología.

La solución que propone consiste en una buena escritura científica y un debate crítico como la forma necesaria de pinchar la burbuja del interés público:

Creo que debemos escribir algunos artículos. ¿Qué pasaría entonces? La persona que cree en astrología tendrá que estudiar algo de astronomía. La persona que cree en la curación basada en la fe tal vez tenga que estudiar algo de medicina, dado que los argumentos van y vienen, y algo de biología. En otras palabras, será necesario que la ciencia se convierta en relevante.

Y luego tenemos ese terrible esfuerzo para tratar de explicar las cosas a gente que no tiene razones para querer saber. Pero si quieren defender sus propios puntos de vista, deberán aprender algo de tí. Sugiero, quizás correcta o quizás incorrectamente, que somos demasiado amables. En el pasado existió una era de conversación  sobre estos temas. La iglesia sentía que los puntos de vista de Galileo atacaban a la iglesia. Hoy la iglesia no siente que los puntos de vista científicos ataquen a la iglesia. Nadie está equivocado sobre esto. Nadie ataca. Quiero decir, nadie escribe tratando de explicar las inconsistencias entre los puntos de vista teológicos sostenidos hoy por distintas personas, o incluso las inconsistencias sostenidas alguna vez por el mismo científico, entre sus creencias religiosas y científicas.

Claro está, que desde 1964 hemos visto el auge de los “cuatro jinetes del nuevo ateísmo” (Richard Dawkins, Christopher Hitchens, Dan Dennett, y Sam Harris), quienes, junto incontables científicos, se han segurado de proporcionar una consistente falta de “amabilidad” en el debate.

Feynman también reitera un argumento crucial sobre la naturaleza y el propósito de la ciencia y el pensamiento crítico, el papel de la ignorancia y la importancia de abrazar la incertidumbre, recibido con enorme resistencia en una cultura condicionada por aferrarse a las respuestas:

Un científico nunca está seguro. Todos lo sabemos. Sabemos que todas nuestras afirmaciones son afirmaciones aproximadas con distintos grados de certeza; que cuando se hace una afirmación, la cuestión no es si es verdadera o falsa, sino más bien qué probabilidad tiene de ser verdadera o falsa.  ¿Existe Dios? Cuando se coloca en forma de pregunta, ¿“qué probabilidad tiene”?, se provoca una terrible transformación en el punto de vista religioso, y por esto el punto de vista religioso no es científico. Debemos discutir cada cuestión dentro de las incertidumbres que nos son permitidas.

Debemos dejar sitio a la duda o de lo contrario no hay progreso ni aprendizaje. No hay aprendizaje sin haber planteado una pregunta. Y una pregunta requiere duda. La gente busca certezas. Pero la certeza no existe. La gente está aterrorizada, ¿cómo puedes vivir y no saber? Pero no es raro en absoluto. Solo piensas que sabes como cuestión de hecho. Muchos de tus actos están basados en conocimiento incompleto  y realmente no sabes de qué tratan, o cuál es el propósito del mundo, ni sabes mucho de otras cosas. Es posible vivir y no saber.

Feynman concluye haciendo lo que hace mejor, tendiendo un puente entre la ciencia y la filosofía para expandir la cuestión específica dentro de una meditación más amplia sobre la existencia humana:

Hoy no estamos en una buena posición, no vemos lo que hemos hecho demasiado bien. Los hombres, los filósofos de todos los tiempos, han intentado encontrar el secreto de la existencia, el significado de todo. Porque si eran capaces de encontrar el significado real de la vida, entonces todo este esfuerzo humano, toda esta maravillosa potencionalidad de los seres humanos, podremos movernos en la dirección correcta y marchar hacia adelante con gran éxito. Por eso intentamos estas ideas diferentes. Pero la cuestión del significado de todo el mundo, de la vida y de los seres humanos, ha sido respondida muchas veces por mucha y muy variada gente. Desafortunadamente todas estas respuestas son diferentes; y la gente con una respuesta contempla con horror los actos y el comportamiento de la gente con otras respuestas. Horror, porque ven las cosas terribles que han hecho; el modo en que el hombre es impulsado hasta un callejón sin salida por sus rígidos puntos de vista sobre el mundo. De hecho, quizás es debido al tamaño fantástico del horror por lo que queda claro lo grandes que son las potencialidades de los seres humanos. Es posible que nos den esperanza para dirigir las cosas en la dirección correcta y que mejoren. ¿Entonces cuál es el significado de todo el mundo?

No sabemos cuál es el significado de la existencia. Como resultado del estudio de todos los puntos de vista que hemos tenido, averiguamos que no sabemos el significado de la existencia, pero al decir que no sabemos el significado de la existencia, probablemente hemos hallado un canal abierto, con sólo permitir que, a medida que progresamos, dejemos oportunidades abiertas a las alternativas, y que no nos entusiasmemos por el hecho, el conocimiento, la verdad absoluta, sino que nos mantengamos siempre en la incertidumbre a la que nos arriesgamos. Los ingleses, que han desarrollado el gobierno en esta dirección, lo llaman “salir al paso” (muddling though), y aunque suena bastante estúpido, es el modo más científico de progresar. No es científico decidir la respuesta. Para conseguir un progreso, debemos dejar medio abierta la puerta a lo desconocido, sólo medio abierta. Sólo estamos al comienzo del desarrollo de la raza humana, del desarrollo de la mente humana, de la vida inteligente. Tenemos años y años en el futuro. Es nuestra responsabilidad no dar la respuesta hoy a todo de lo que se trata, forzando a todo el mundo en esa dirección y diciendo: “Esta es la solución a todo”.

Porque estaremos encadenados a los límites de nuestra presente imaginación. Sólo podremos hacer aquellas cosas que hoy pensamos que hay que hacer. Mientras que, si siempre dejamos sitio a la duda, algún sitio a la discusión, y procedemos de un modo análogo a las ciencias, entonces no surgirá esta dificultad. Creo, por tanto, que aunque no es el caso de hoy, algún día llegará la hora, espero, en la que podremos apreciar completamente el hecho de que el poder del gobierno es limitado; que no debemos conceder a los gobiernos el poder de decidir sobre la validez de las teorías científicas, que es ridículo para ellos intentar hacerlo, que ellos no deciden las distintas descripciones de la historia de nuestra teoría económica o de la filosofía. Sólo de este modo pueden desarrollarse en último término las posibilidades futuras de la raza humana. El placer de averiguar cosas es un tesoro de genios completa y totalmente recomendable.

Respeto a lo aprendido

Publicado por el 3 sep, 2012 en Tercera Cultura | 4 comentarios

Las novedades en informática deberían respetar el esfuerzo realizado para aprender lo anterior

Respeto a lo aprendidoMi primer programa informático lo «pasé» en el año 1964 y más o menos hasta el comienzo del siglo XXI observé un gran respeto por lo aprendido. Un ejemplo, uno de los grandes ordenadores que se utilizaban en las empresas a mediados de los años 60 se parecía muy poco a los del año 2000, sin embargo, la mayor parte de los programas escritos en aquellos años seguían funcionando  el año 2000. Sin duda, eso obligaba a los fabricantes a un gran trabajo para lograr la compatibilidad; pero lo hacían no solo por respeto al programador, sino porque la inversión hecha por las empresas en programas «antiguos» era  astronómica y había que respetarla.

Por fin, llegó Windows con una serie de estándares: «archivos» a la izquierda y dentro está «imprimir»; pegado a ella estaba «editar» con «buscar» dentro, etc. Nada del otro mundo; simplemente una serie de normas que todo el que fabricaba programas para Windows admitió como estándares. Microsoft, sacó un nuevo procesador de textos llamado Word. Tenía varias cosas interesantes, pero para mí lo más importante es que seguía los estándares de Windows. Es decir, todo el esfuerzo de aprendizaje que realicé para Windows, servía para Word. Empecé a usar Word y poco a poco fui aprendiendo todas sus tripas. Pero, en 2007 a Microsoft se le ocurrió la brillante idea de hacer un nuevo Word que no cumplía ninguna de las normas de Windows. No me cabe la menor duda de que el nuevo interfaz es mejor; pero hay un «pequeño» problema, nada de lo aprendido me sirve; así que busqué y encontré un competidor, OpenOffice, que se parece mucho más a Word que el nuevo Word de Microsoft. Empecé a usarlo quedando muy satisfecho.

Me regalaron un iPad y me puse a «jugar» con él. Es muy bonito, muy mono; pero quise escribir una «a» acentuada y tuve que ir a internet para ver cómo se hacía. Quise imprimir y tuve que volver a internet y comprar un programa, etc. En fin, que ahora lo tengo arrinconado pues por bonito que sea no ha respetado mis conocimientos adquiridos, que me han costado mucho dinero y mucho tiempo.

Por razones similares me pasé de Windows a Linux Ubuntu y me pareció estupendo. Respetaba todo mi conocimiento adquirido, funcionaba razonablemente bien y tenía más de 35 000 programas de todo tipo, gratis, que se instalaban con un clic de ratón. Pero de repente se les ha ocurrido hacer un interfaz «mucho mejor». No me cabe duda de que lo es, pero no respeta lo que he tardado tanto en aprender. Me he pasado a Linux Mint que sí me respeta.

 

Los mercados financieros se basan en el error

Publicado por el 30 ago, 2012 en Tercera Cultura | 3 comentarios

Fuente: http://abordodelottoneurath.blogspot.com.es

El famoso psicólogo, ganador del premio Nobel de Economía y Ciencias Sociales en 2002, Daniel Kahneman, menciona en su reciente best seller Thinking: fast and slow, una curiosa paradoja sobre el funcionamiento de los mercados financieros.

Es sabido que la existencia de los mercados, como del intercambio en general, se basa en el hecho de que los individuos tienen preferencias distintas: cuando yo compro un kilo de melocotones, lo hago porque prefiero tener ese kilo de melocotones y dos euros menos en mi bolsillo, en vez de seguir con los dos euros y no disfrutar de los melocotones; el frutero, en cambio, tiene una preferencia distinta: él prefiere tener los dos euros y perder los melocotones, en lugar de quedarse con los melocotones pero sin los dos euros. Hasta aquí, nada extraño (aunque sí curioso, y que ha dado lugar a muchas reflexiones y lo seguirá haciendo).
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Pero en el caso de los mercados financieros hay una circunstancia peculiar e importante: aquello que se compra y se vende son “activos financieros”, que no satisfacen ninguna necesidad o preferencia inmediata, sino que se valoran casi exclusivamente por una cualidad específica: su rentabilidad futura esperada. Es cierto que puede haber algunas diferencias, como si los activos tienen vencimiento (p.ej., los bonos del estado) o no (como las acciones, o las “mortificaciones preferentes” de tan mala y merecida prensa), o si el vencimiento es a un plazo más o menos largo, pero si hay un mercado fluido en el que los activos se pueden comprar y vender en cualquier momento, esas diferencias son irrelevantes: la empresa que emite acciones cotizadas en bolsa no tiene la obligación de devolver el dinero a quienes las suscriben, pero éstos las pueden vender cuando quieran, al precio que tengan en el mercado llegada la ocasión. También es verdad que algunos activos, en especial las acciones, pueden ser deseadas no sólo por su rentabilidad, sino por el poder que otorgan (cuando se poseen muchas) para influir en el comportamiento de la empresa a través de las juntas de accionistas. Pero centrémonos en el caso de aquellos compradores y vendedores de activos que sólo están preocupados por la rentabilidad futura, y nada más.

La pregunta, obvia como la luz del día, pero que no se me había ocurrido hasta leerla en Kahneman, como supongo que a mucha otra gente, es: ¿qué puede tener un determinado título -pongamos, un bono del estado  español a 3 años, emitido al 4 % de interés anual- para que yo lo posea y lo quiera vender, mientras que otra persona me lo quieracomprar? Naturalmente, es posible que yo ande falto de liquidez y quiera ir deshaciéndome de mi cartera de activos. Pero pensemos en el caso en el que “yo” soy (como es el caso típico en esta situación) un fondo de inversión preocupado únicamente por maximizar la rentabilidad de mi cartera, de modo que si vendo un activo, será para comprar con el dinero de su venta otro activo que crea que es más rentable? Es perfectamente lógico que yo quiera vender aquel activo y comprar otro en su lugar (p.ej., letras del tesoro finlandesas), porque piense que la rentabilidad del segundo será más alta. Pero la cuestión es: si lo que yo pienso acerca de la rentabilidad de los bonos españoles y letras finlandesas es correcto, ¿por qué hay alguien dispuesto a comprar mi bono español, en vez de usar ese dinero, como hago yo, en comprar letras finlandesas?

Obviamente, el hecho de que mucha gente quiera vender sus bonos españoles hace que baje su precio y, por lo tanto, aumente su rentabilidad, hasta que ésta se iguale con la rentabilidad esperada de las letras finlandesas. Pero el caso es que, para que ese proceso de igualación ocurra, alguien tiene que comprar mi bono español antes de que el proceso finalice, pues si ya hubiera finalizado cuando yo vendo mi activo, entonces me daría igual venderlo o no, pues lo que voy a comprar en su lugar es por hipótesis igual de rentable.

Por lo tanto, cuando sucede una compraventa de un activo financiero (que esté motivada únicamente por las creencias de los agentes sobre la rentabilidad futura de ese activo), ocurre necesariamente que el vendedor piensa que el activo va a ser menos rentable de lo que piensa el comprador: yo le vendo a mi bono del tesoro a alguien que cree que es más rentable de lo que creo yo que es. Luego al menos uno de los dos se equivoca necesariamente. Pues en este caso los intercambios existen no sólo porque los agentes tengan distintas preferencias, sino sobre todo porque tienen diferentes creencias.

Así, el hecho de que los agentes económicos estén sistemáticamente equivocados (no que sus equivocaciones sean sistemáticas y por tanto predecibles, sino el que por sistema algunos de ellos no acierten en sus estimaciones, aunque lo hagan de manera aleatoria) resulta ser una condición de posibilidad para la existencia de los mercados financieros. Si esto tiene alguna consecuencia política o económica interesante, ya lo veremos.

“La Contra” de ‘La Vanguardia’: el mejor trampolín para la charlatanería en la gran prensa española

Publicado por el 29 ago, 2012 en General | 0 comentarios

Fuente: Magonia

En la televisión, tenemos Cuarto Milenio; en la radio, Espacio en BlancoLa Rosa de los Vientos,Misterio 3 y Luces en la Oscuridad; y en la prensa, “La Contra”La entrevista de la última página de La Vanguardia es la mejor plataforma para la promoción de sanadores cuánticos, terapeutas angelicales, exopolíticos, médicos alternativos, filósofos de baratillo y otros charlatanes. Y digo promoción porque, en la mayoría de los casos, el periodista de turno -son tres los encargados de la sección- no hace ni una pregunta incómoda: se limita a transcribir las afirmaciones extraordinarias que hace su interlocutor como si fueran palabra de Dios.

Entrevista al abogado Agustín Bocos en la contraportada de 'La Vanguardia'.Los protagonistas exóticos de “La Contra” dicen cosas como que “el corazón tiene cerebro”“las plantas son organismos inteligentes, pero se mueven y toman decisiones en un tiempo más largo que el del hombre”“todas las enfermedades de tu cuerpo tienen raíz anímica, espiritual”;“todos los aparatos electrónicos están programados para morir”“hay un campo de información como sustancia del cosmos del que participamos todos”“el ser humano es luz condensada”“hay que utilizar el móvil con cautela, con el altavoz o con aparatitos que evitan las radiaciones, porque si te lo pones en el cerebro eres tú la antena”“la Tierra no se reproduce, pero en lo demás actúa como un organismo vivo”

El problema no son las tonterías y la ignorancia de esos entrevistados, sino quecasi siempre el redactor reproduce las declaraciones sin poner nada en duda. Casi todo periodista ha tenido que entrevistar alguna vez a un tipo como los de los titulares del párrafo anterior. Y todos sabemos que actuar como mero transcriptor de lo que dice un personaje no es periodismo, ni en el caso de un médico alternativo ni en el de un político. Para eso, no hacemos falta. La práctica profesional obliga a mostrarse incrédulo ante las afirmaciones extraordinarias, a preguntar y repreguntar y, si alguien dice que puede curar el cáncer imponiendo las manos o cualquier otra barbaridad, dejar claro que eso es un disparate. Lo mismo que si un político te dice que él acabará con el paro en España en cuatro días.

Pocas veces pasa algo así en “La Contra” cuando el invitado es un sabio alternativo. Uno de los mejores ejemplos de entrevista no complaciente ocurrió hace un año cuando el tantas veces crédulo Víctor-M. Amela charló con Oberom Silva, un yogui que dice llevar años sin comer nada:

-Repita esto: no sé si le he entendido…

-Que son personas que no comen nada. Mi madre siguió el preceptivo retiro iniciático, que incluye ayunar 21 días seguidos.

-¿Y cómo quedó su imprudente madre?

-Muy contenta, feliz, serena.

-Eso es imposible: si no comes, mueres.

-Mediante un cambio de tus estructuras de conciencia, puedes conseguir un cambio de tu memoria celular.

-Eso es palabrería, lo lamento.

-Yo llevo nueve años sin comer alimento sólido alguno. Sólo me tomo cuatro zumos de frutas por semana.

-No me lo creo: no le veo nada famélico.

-Entiendo que no me crea, porque esto es algo muy raro. Pero que yo no coma alimentos sólidos… no significa que no me nutra.

¿Por qué no actúa Amela igual cuando habla con otros chiflados? Cómo se entiende que él, miope perdido -yo también lo soy-, admita sin más que la causa de ese defecto visual es “una vida demasiado alejada de la naturaleza, usar los ojos poco para la lejanía, una alimentación con pocos alimentos vivos -poca fruta, pocas ensaladas, poca verdura, mucho cocinado-; pero también aspectos psicosomáticos”, como sostiene el médico naturista Jordi Campos? ¿Cómo se entiende que su compañera Ima Sanchís dé por cierta la existencia del campo akásicodescubierto por Ervin László, algo así como La Fuerza de Star wars, o que la Tierra es un planeta con inteligencia, como mantiene la artista argentina Bianca Atwell? ¿Cómo puede, como hace también Sanchís, irse a hacer una entrevista a un impulsor del pánico electromagnético sin haberse informado mínimamente?

Ciencia y superchería, al mismo nivel

En esa sección de La Vanguardia, aparecen también con frecuencia científicos, pensadores y creadores de los que merecen la pena; pero eso no redime a esa página de ser el Cuarto Mileniode la prensa española. Al igual que el programa de Cuatro, “La Contra” mezcla ciencia y cultura con charlatanería y susperstición, para beneficio de estas últimas. Lo vienen haciendo las revistas esotéricas desde que en 1961 Louis Pauwels y Jacques Bergier fundaronPlanète, que tuvo ediciones en España y Argentina. Entendieron ya entonces que, colocar en un mismo plano a científicos y cuentistas beneficiaba a los segundos por contagio.

Es lo que hace Iker Jiménez en la radio y la televisión cuando da la voz a un astrónomo, físico o neurocientífico inmediatamente antes o después de hablar de psicofonías, posesiones demoniacas o la guerra psíquica. Cada vez que un científico aparece en un programa esotérico da credibilidad al espacio y a todo lo que en él se dice. Sin embargo, del mismo modo que, por muchos premios Príncipe de Asturias de Investigación que intervengan en Cuarto Milenio, el programa no dejará de ser telebasura paranormal, por muchos premios Nobel que luzcan en la entrevista de la última del diario barcelonés, ésta no dejará de ser el principal escaparate de la superchería en la gran prensa española. A no ser, claro, que a sus autores les dé por hacer preguntas incómodas a los charlatanes como a Amela cuando entrevistó al yogui ayunador.

El sábado, cuando ya tenía decidido escribir esta anotación, Pepe CerveraToni PiquéAntonio Martínez Ron, algunos más y yo mantuvimos una interesante microtertulia en Twitter sobre periodismo y charlatanería a raíz de la demencial entrevista que publicaba ese día La Vanguardia. 140 caracteres dan para lo que dan y, por eso, he querido desarrollar aquí lo que posiblemente no supe explicar en esa red social.

Tu quoque. La izquierda contra la ciencia

Publicado por el 27 ago, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 4 comentarios

Koren Shadmi para el Washington Post

A fines de los años sesenta del siglo pasado el mero hecho de hablar sobre la relación entre cociente de inteligencia y status social podía ser motivo de tumultos juveniles. En las universidades norteamericanas se repartían panfletos en donde se llamaba a “luchar contra las mentiras del profesor de Harvard” (en referencia a Richard Herrnstein, que había cometido la osadía de publicar sus ideas sobre genes, inteligencia y sociedad en la prensa popular). Por pintoresco que pueda parecer, entonces un científico que propusiera que ciertos gestos humanos podían ser universales y determinados desde el nacimiento, se la jugaba. Margaret Mead, sacerdotisa de la antropología progresista, describió como “espantosos” los hallazgos de Paul Ekman en este sentido. “Espantosos” y “Una vergüenza”. El mero hecho de sugerir que el sistema visual de los gatos podía ser innato servía para ser descrito como un “fascista” en los alrededores de la Academia. Tras atreverse a publicar su Sociobiología, E.O. Wilson también se enfrentó a consignas estudiantiles que le describían como un peligroso “patriarca de la derecha”. Y Robert Trivers, uno de los creadores de las teorías modernas sobre altruísmo recíproco o inversión parental, fue tachado en la misma época como “una herramienta del racismo y la opresión de la derecha”.

Steven Pinker coleccionaba estos y otros ejemplos similares en su libro La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana, de cuya primera edición pasa ya más de una década.

Las razones por las que estos alborotadores rechazaban la sociobiología, las emociones universales o el sistema visual innato de los gatos no tenían nada que ver con razones científicas. Con independencia de que esas teorías sean o no ciertas, se trataba de repulsas exclusivamente motivadas por la ideología, en este caso por la izquierda radical.

La “clausura” del cerebro conservador

En los últimos años, sin embargo, se ha dado a conocer una “ciencia de la negación de la ciencia” centrada en los ejemplos más turbios de la derecha. La tendencia parece haberse recrudecido especialmente en los últimos años. Para hacernos una idea, de acuerdo con una encuesta Pew de 2009, sólo el 6% de los científicos en EE.UU se declaran hoy republicanos, frente a un 55% de demócratas.

Chris Mooney. Wikimedia Commons

Según Chris Mooney, autor de The republican war of science, la mayor resistencia de los conservadores a aceptar los hechos científicos podría derivar no de las vicisitudes de la historia cultural, sino de un estilo cognitivo diferente. Al parecer, los conservadores puntúan muy por debajo de los progresistas en los test psicológicos que miden la “apertura a la experiencia” y en consecuencia resultarían mucho más propensos a apoyar lo que llaman una “clausura cognitiva del mundo”. Esta clausura se referiría al:

malestar con la incertidumbre y el deseo de resolverla mediante creencias firmes. Alguien con una alta necesidad de clausura tiende a fijarse en la información que disipa dudas o ambigüedad y a rechazar nueva información. También se espera que aquellos que poseen este rasgo pasen menos tiempo procesando información que aquellos que están dirigidos por motivaciones diferentes, tales como el logro de precisión. Varios estudios sugieren que los conservadores tienden a poseer una necesidad mayor para la clausura que los progresistas, que es exactamente lo esperado a la luz de la fuerte relación que hay entre el progresismo y la apertura.

Esta característica de la mente políticamente conservadora ayudaría a explicar por qué una mayor educación no siempre sirve para dejar atrás ideas erróneas, tal como cabría esperar desde presupuestos “ilustrados” y racionalistas ingenuos (en román paladino, esa absurda idea de que “hablando se entiende la gente”). Por ejemplo, se sabe que el negacionismo del cambio climático antropogénico aumenta, no disminuye, a medida que lo hace la educación. Las personas conservadoras más educadas tienden a ser más escépticos con el calentamiento global (a los progresistas les pasa exactamente al revés) y, lo que es más perturbador, también tienden a creer más en que Obama es musulmán. Mooney lo llama el “efecto del idiota inteligente” (smart idiot effect).

La publicación del libro de Mooney, y especialmente la sugerencia de que en definitivas cuentas podrían existir razones naturales por las que los conservadores rechazan más la ciencia, despierta suspicacias culturales previsibles. Pero, como sintetiza Paul Rosenberg en Al-Jazeera, las conclusiones de Mooney son más fáciles de lamentar que de rebatir. Insinuar que puede haber una relación entre la ideología y determinadas capacidades cognitivas despierta automáticamente el “Miedo a la diferencia” (copyright Steven Pinker): ¿Cómo se atreve usted a sugerir que existen diferencias naturales, no culturales, entre sexos, razas o personas con distinta ideología?

Izquierda, tú también

Una crítica más rigurosa a estos planteamientos corre a cargo de Dan Kahan, a la cabeza del proyecto de Cognición Cultural en la facultad de derecho de Yale. Para Kahan, el problema no está tanto en la síntesis de Mooney, sino en la fiabilidad y en la metodología de los estudios en los cuales se apoya. Según Kahan existirían otras formas más fiables de medir la competencia en tareas cognitivas específicas, tales como test de “cognición reflexiva”, que miden la disposición para poner a prueba las intuiciones mediante razonamiento analítico, así como tests aritméticos que miden las capacidades cuantitativas del razonamiento. Y se ha comprobado que estos tests sirven para predecir, de forma muy precisa, “la disposición de las personas tanto para caer como para evitar alguna forma de sesgo cognitivo”. Lo que es más interesante, según Kahan los resultados de este tipo de test no estarían correlacionados con la ideología o las predisposiciones culturales.

“Science left behind”

Según los periodistas científicos Alex Berezow y Hank B. Campbell, autores del libro reciente Science left behind. The feel-good fallacies and the rise of the antiscientific left, las aparentes diferencias entre izquierdistas y derechistas pudieran deberse además a un sesgo cultural. Los temas científicos más molestos para la izquierda podrían estar insuficientemente estudiados. Se sabe, de hecho, que las personas que se describen como progresistas en general son más proclives a rechazar la vacunación, a mantener la insalubridad e inseguridad de lo que no es “natural”, la aversión a programas de energía limpia, o cierta investigación biológica, por no mencionar lo que otros se atreven a llamar “falacias de la izquierda reaccionaria”.

¿Se basa la negación de la ciencia realmente en sesgos cognitivos alimentados por la ideología? En parte, parece que así es, aunque mi impresión personal es que este programa de investigación, por lo demás tan interesante, menosprecia una fuente aún más obvia de aversión a la ciencia y la realidad: el papel de las autoridades culturales. Al fin y al cabo, el “pensamiento analítico”, el gusto por las evidencias y el estudio de la ciencia son lujos cognitivos al alcance de pocos. Es más probable que una mayoría significativa acepte o rechace una teoría científica en función de la opinión mantenida por sus autoridades culturales preferidas. Alrededor del 75% de los españoles afirmaron en una encuesta de 2005 “aceptar” la teoría de la la evolución, lo cual por de pronto sólo indica que confían en las autoridades científicas que construyen el consenso sobre este tema. ¿Pero qué porcentaje dentro de este abrumador 75 estaría capacitado para dar detalles técnicos sobre la teoría, basado en las evidencias y en el “pensamiento analítico”, o simplemente de responder con argumentos racionales a las objeciones más rutinarias de los oponentes culturales del evolucionismo?

Estoy convencido de que ese porcentaje debe ser muy bajo. Lo cual no resulta sorprendente, habida cuenta de que la estructura de nuestra sociedad de masas sigue siendo fuertemente propagandística, como en su día entendió el sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays, tan temprano como en 1928: “En teoría, cada ciudadano toma sus decisiones en cuestiones públicas y asuntos de conducta privada. En la práctica, si todos los hombres tuvieran que estudiar por sí mismos los abstrusos datos económicos, políticos y éticos implicados en cada cuestión, encontrarían que es imposible llegar a una conclusión sobre nada.”

Cabe recordar, eso sí, que siempre que hablamos aquí de “conservadores” y “progresistas” nos referimos a conservadores y progresistas anglosajones. Nos referimos mayoritariamente a gente “weird”. Podemos hacer la suposición razonable de que conclusiones similares pueden extrapolarse a los demás países del área de influencia occidental, incluyendo España, pero es más discutible que pueda aplicarse el mismo análisis a las lejanas naciones orientales, por no hablar de culturas tradicionales no europeas.

La falacia “natural” igual a “seguro”

Publicado por el 24 ago, 2012 en Divulgación Científica, Guerras culturales, Tercera Cultura, Traducciones | 2 comentarios

Publicado por Edzart Ernst en British Medical Journal Blogs y traducido por Tercera Cultura

Edzart Ernst

Las cosas que son naturales deben ser seguras. Esta falacia está profundamente arraigada en nuestras mentes. Parece casi como si, en cuanto seres humanos, estuviéramos determinados para creer en este mito. Una industria entera se ha desarrollado alrededor de esta afirmación: desde pasta dentrífica a vino, desde comida para perros a crema para manos, se considera que los productos son mejores si llevan la etiqueta “natural”. Un sector que prospera claramente con esta falacia es la medicina alternativa (MA).

Gran parte de la popularidad de la MA puede explicarse por medio de la atracción que ejercen las cosas naturales. De acuerdo con sus defensores, la MA es natural y, por definición, esto significa que está libre de riesgos. ¡No como esas malvadas drogas sintéticas y químicas que nos prescriben, que son una gran causa de mortalidad! Esta falsa lógica convence no sólo a pacientes y consumidores, sino que también parece fascinar a grandes sectores de la prensa popular y muchos políticos. Pese a su popularidad, la noción es obviamente errónea y seriamente equivocada.

Lo primero que todo pensador critico debe hacer nota es el simple y desarmante hecho de que, bajo ningún concepto, la MA es natural. Por ejemplo, que hay de natural en un acupuntor aplicando agujas a sus pacientes, en un quiropractico forzado las vertebras por encima de su rango fisiológico de movimiento, de un homeópata diluyendo sin fin sus remedios, o de un irrigacionista del colon colocando un tubo “allí donde no luce el sol”. Cuánto más de cerca miramos, más nos damos cuenta de que, en la MA, lo natural es poco más que una falsa etiqueta que frecuentemente no coincide con la realidad.

Lo siguiente que no debemos dejar de observar es el indiscutible hecho de que no existe una terapia totalmente libre de riesgos. Los remedios homeopáticos, por ejemplo, usualmente carecen tanto de moléculas activas como de efectos adversos directos. Pero esto no significa que la homeopatía no pueda hacer daño. De hecho, cualquier tratamiento ineficaz que es empleado en enfermedades serias inevitablemente causará un daño substancial, si reemplaza a las terapias eficaces.

Otras formas de MA se han asociado con considerables riesgos directos. Las manipulaciones quiroprácticas, por ejemplo, se han asociado con numerosas serias complicaciones tales como ataque al corazón y muerte.

De modo similar, los remedios a base de hierbas pueden ocasionar efectos adversos a través de la toxicidad de sus ingredientes o de interacciones con drogas sintéticas. La irrigación del colon ha llevado al agotamiento de electrolitos y perforación intestinal. La aromaterapia puede ocasionar reacciones alérgicas, etc, etc.

Pero los entusiastas insistirán en que, en su conjunto, la MA es relativamente segura, esto es, que ocasiona menos problemas que los tratamientos convencionales. Este argumento podría muy bien ser cierto pero, si es empleado para promocionar la MA, de todos modos es equivocado. En primer lugar, es preciso señalar que, en la MA, los sistemas de vigilancia post-marketing de la medicina convencional no existen. Por tanto es concebible, incluso probable, que la relativa seguridad de la MA pudiera no ser totalmente correcta. En segundo lugar, deberíamos recordarnos a nosotros mismos que el valor de un tratamiento no está determinado sólo por su seguridad. Hay muchas intervenciones seguras aunque inútiles así como terapias útiles aunque dañinas. El valor de un tratamiento dado está determinado por la cuestión de si genera más bien que daño. Si un tratamiento es ineficaz, incluso los menores riesgos podrían inclinar el balance de riesgos y beneficios hacia el lado negativo. Si otro tratamiento está lastrado por severos efectos adversos pero sus acciones pueden salvar una vida, aún puede ser extraordinariamente útil.

La conclusión de todo esto no podría ser más sencilla: el supuesto de que lo “natural” equivale a lo “seguro” es erróneo. En el reino de la MA, donde es empleado con propósitos promocionales, esto también es erróneo, tanto que puede poner en riesgo la salud de los que caen en esta falacia.

Edzart Ernst es profesor de medicina complementaria en el Peninsula Medical School, Exeter, Gran Bretaña

¿Persistirá la Larga Paz?

Publicado por el 20 ago, 2012 en Política, Tercera Cultura, Traducciones | 0 comentarios

Publicado por Allan Dafoe en Global Trends 2030 y traducido por Tercera Cultura

 

Vivimos en una era de paz históricamente sin precedentes. Tanto si nos fijamos en una escala temporal de décadas o siglos, las guerras se han hecho menos frecuentes. La figura 1 (datos extraídos del excelente nuevo libro de Pinker y fuentes originales incluidas aqui y aqui) ilustra la tendencia descendente según cinco medidas. Hay menos guerras entre grandes potencias, menos guerras en la Europa occidental, menos años de duración en las guerras de grandes potencias, y menor redistribución de territorios después de las guerras. Otras tendencias, no tan fácilmente cuantificables, son evidentes. Los países ya no codician el territorio de los demás, ni temen la invasión o coacción militar, como lo han hecho a lo largo de la mayor parte de la historia. Las identidades y aspiraciones nacionales están basadas menos en la gloria marcial, el honor, y el dominio. La ausencia relativa de guerra, y especialmente de una guerra de Gran Pontencia, desde el fin de la segunda guerra mundial, ha sido denominadaLarga Paz. Por más increíble que esto parezca a los lectores de historia, estas y otras tendencias sugieren a muchos académicos que es posible que persista la Larga Paz.
Figura 1
Pero a diferencia del fuerte declive en la violencia gubernamental interpersonal y doméstica (de nuevo, ver Pinker), no resulta tan obvio que los costos de la guerra hayan descendido con el tiempo. La figura 2 ilustra otras dos importantes medidas que no muestran un declive: excepto para las décadas más recientes, las muertes en batallas producidas en guerras de Grandes Potencias y las muertes en batallas en proporción a la población en Europa no muestran un descenso obvio. Pese a que las recientes décadas sí parecen ser particularmente pacíficas dadas estas tendencias a largo plazo, apenas podemos ser complacientes sobre esta tendencia. Muchos periodos de paz en las décadas anteriores terminaron en guerras devastadoras.
Figura 2
Podría ser, entonces, que las guerras se hayan vuelto muchísimo más destructivas, especialmente con la invención de las armas nucleares, llevando a que los países sean más precavidos sobre el uso de coacción militar. Los costos netos de la guerra sobre la humanidad, sin embargo, puede que no hayan descendido. La crisis de los misiles cubanos finalizó con un escaso derramamiento de sangre; y sin embargo pudo haber finalizado con cientos de millones de muertos. Este contrafactual produría un enorme pico al fin de la derecha de las líneas en la figura 2, y acallaría cualquier discusión sobre una Larga Paz. Datos agregados como los anteriores nos proporcionan alguna, sino mucha confianza en que el mundo podría haberse dirigido hacia la guerra. Para probar la persistencia de esta Larga Paz, nos ayudaría averiguar los factores que han hecho posible un mundo más pacífico, y la medida en que estos factores pueden persistir en el futuro. Causas potenciales de la paz incluyen incrementos en el comercio, democracia, dificultad de coaccionar la riqueza, empatía global, estabilidad basada en una Gran Potencia, el empoderamiento de las mujeres, y los efectos disuasorios de las armas nucleares. Global Trends 2030 identifica otros factores pertinentes para la probabilidad futura de una guerra, incluyendo transiciones de poder, declive de la superioridad militar de EE.UU, escasez de recursos, nuevas tecnologías de coacción (como ciberarmas, capacidad para atacar con precisión, y bioarmas), y conflictos regionales no resueltos. Las guerras son raras, pero cuando ocurren alteran el curso de la historia. Cualquier proyección de lo que sea el mundo unas décadas en el futuro necesita evaluar la probabilidad y el carácter de la guerra, y especialmente de la guerra de Gran Potencia. Esta semana podemos volver a mirar a un conjunto de eminentes académicos que están compartiendo sus pensamientos sobre si persistirá la Larga Paz. Contribuyen: Erik Gartzke, (UC San Diego), Benjamin Fordham (Binghamton), Joshua Goldstein(American), Steven Pinker (Harvard), Jack S. Levy (Rutgers), Richard Rosecrance (Harvard), Bradley Thayer (Baylor), y William Thompson (Indiana).

Referencias

Pinker, S. 2011. The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined. Penguin Group.

Levy, J. S., & Thompson, W. R. 2011. The Arc of War: Origins, Escalation, and Transformation. Chicago: University of Chicago Press.

Levy, J. S. 1983. War in the Modern Great Power System 1495–1975. Lexington: University Press of Kentucky.

Long, W. J., & Brecke, P. 2003. War and Reconciliation: Reason and Emotion in Conflict Resolution. Cambridge, Mass.: MIT Press.

Zacher, M. W. 2001. The Territorial Integrity Norm: International Boundaries and the Use of Force. International Organization, 55, 215-250.

Adicciones que se neutralizan entre sí

Publicado por el 17 ago, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

¿Quiere dejar de fumar? Enamórese. ¿Quiere olvidar un amor? Búsquese otra adicción.

Adicciones Se sabe que diversas experiencias gratificantes activan los mismos mecanismos de recompensa cerebrales que también refuerzan el consumo y abuso de tabaco y drogas.  Las experiencias que llenan (self–expanding) pueden ser muy beneficiosas en las etapas primeras de la supresión del consumo de tabaco porque no sólo proporcionan recompensa sino que parece que mitigan el dolor físico, lo que puede reducir la incomodidad del “mono”. Ya que tanto la nicotina como las experiencias arrebatadoras activan el mismo  sistema neuro-endocrino,  una vivencia así puede ser un sustituto apropiado. Estudios llevados a cabo por los investigadores  Xu Xoaomeng y Arthur Aron, entre otros, en una colaboración entre centros americanos y chinos, sugieren que fumadores privados de nicotina en los primeras etapas de una pasión amorosa pueden dejar su adicción.  Se centraron particularmente en el enamoramiento como supresor de adicciones por ser una de las formas más potentes de experiencia plena que es susceptible de ser testada con facilidad. Esto ya se había hecho otras veces, pero la novedad es el estudio fMRI.

Estos estudios plantean la posibilidad de combatir la adicción al tabaco a base de buscar experiencias que compitan con el mismo sistema neural. Uno de los problemas, nada menor, es que es fácil conseguir un paquete de tabaco y bastante menos una experiencia altamente gratificante o un amor apasionado.

Leer original en PDF:

Xiaomeng Xu1,4*., Jin Wang2,3., Arthur Aron1, Wei Lei2,5, J. Lee Westmaas6, Xuchu Weng2,7

1 Department of Psychology, Stony Brook University, Stony Brook, New York, United States of America, 2 Laboratory for Higher Brain Function, Institute of Psychology,

Chinese Academy of Sciences, Beijing, China, 3 Graduate University, Chinese Academy of Sciences, Beijing, China, 4 Department of Psychiatry and Human Behavior,

Warren Alpert Medical School of Brown University, The Miriam Hospital, Weight Control and Diabetes Research Center, Providence, Rhode Island, United States of

America, 5 Mental Health Center of West China Hospital, Sichuan University, Chengdu, China, 6 Behavioral Research Center, American Cancer Society, Atlanta, Georgia,

United States of America, 7 Center for Cognition and Brain Disorders, Hangzhou Normal University, Hangzhou, China

El sistema dúplex de Edison

Publicado por el 15 ago, 2012 en Tercera Cultura | 0 comentarios

Autor. Félix Ares

Edison inventó un circuito que permitía enviar dos conversaciones telegráficas por la misma línea.

El sistema dúplex de EdisonLos primeros trabajos de Thomas Alva Edison estuvieron relacionados con el tren y con el telégrafo. Con tan solo doce años de edad comenzó a trabajar en la recién inaugurada línea de tren que iba desde Port Huron, en el lago Hurón, Michigan, donde vivía su familia, hasta Detroit, la capital del estado. El tren salía a las siete de la mañana y llegaba a Detroit a las diez. El viaje de vuelta salía a las seis de la tarde y llegaba a las nueve. A Edison le quedaban ocho horas libres que empleaba en aprender de todo, especialmente ciencia, en la biblioteca pública de Detroit. Un día, en la parada de Mt. Clemens , un accidente estuvo a punto de costarle la vida al hijo de tres años del jefe de estación. Edison salvó al niño y el padre agradecido le recompensó enseñándole el oficio de telegrafista e incluso ayudándole a entrar como tal en la compañía del ferrocarril.

Pronto consiguió otros trabajos como telegrafista pues era bueno. En 1864, con diecisiete años de edad, consiguió uno en la línea «Lake Shore & Michigan», en el pueblo de Adrián, cien kilómetros al sur Detroit. Un día le pidieron que enviara un telegrama urgente y al hacerlo se encontró con que el operador del otro lado estaba enviando un mensaje. En aquellos momentos por la misma línea iban los mensajes en un sentido y en el otro, pero los operadores tenían que respetar el fin del mensaje de su corresponsal antes de empezar a transmitir el suyo. En esta ocasión, como le habían dicho que era urgente, interrumpió el mensaje de su corresponsal, poniéndose él a emitir el suyo antes de que acabara el otro. Él creía cumplir órdenes, pues si era urgente debía mandarlo urgentemente. Pero el que estaba al otro lado era su supervisor y le despidió fulminantemente.

Desde entonces estuvo dándole vueltas a la idea de cómo se podrían transmitir dos mensajes a la vez, uno en una dirección y otro en la otra. En un trabajo posterior en Cincinnati, discutió la idea con sus compañeros de piso. Pero tuvo que esperar hasta el año 1874, ya trabajando como investigador a tiempo total, para que consiguiera la patente sobre el sistema dúplex, que permitía enviar dos mensajes a la vez por una única línea. El mismo sistema después se utilizó para enviar dos conversaciones telefónicas a la vez por el mismo par de cables.

El joven Edison estaba tan motivado para conseguirlo y puso tanto empeño en ello que tras pensarlo muchos varios años, tras diversas pruebas que terminaron en fracaso, en 1874 lo consiguió.

Los engaños predecibles de los científicos

Publicado por el 13 ago, 2012 en Ciencias sociales, Divulgación Científica, General, Tercera Cultura | 5 comentarios

¿Se pasan todo el tiempo los científicos, como afirma el cosmólogo Sean Carroll, “intentando probar que sus ideas favoritas no son correctas”? A juzgar por lo que sabemos sobre el sesgo de confirmación en ciencia, en realidad esta atractiva afirmación peca de un hiperoptimismo digno de estudio.

Por sesgo de confirmación se conoce a la tendencia humana prácticamente universal que tienen las personas de “favorecer la información que confirma sus creencias e hipótesis”. En los últimos años especialmente, es una de las características más notables y estudiadas de nuestra psicología. Se trata de una tendencia que no tiene porque ser consciente, pero las personas pueden estar de hecho motivadas para tratar las evidencias selectivamente, de modo que les sirvan para defender las creencias que mantienen.

En realidad, desde hace tiempo se sabe que esta clase de “confirmación motivada”, como la llama Nickerson (1988) [PDF], es un significativo determinante del pensamiento y el comportamiento. Francis Bacon (1561-1626), uno de los padres fundadores de la metodología científica moderna, era ya consciente de que este sesgo también afectaba a la ciencia y la filosofía:

Una vez que se ha adoptado una opinión (bien sea una opinión recibida o a la que se haya llegado mediante un acuerdo), el entendimiento humano dispone todas las cosas de modo que la apoyen y estén de acuerdo con ella. Por más que las instancias puedan encontrarse en su contra sean más numerosas y de mayor peso, o bien se las rechaza y desprecia, o bien se las separa mediante alguna distinción, con el fin de que se mantenga intacta esta grande y perniciosa predeterminación de la autoridad de sus conclusiones. Así ocurre en todas las supersticiones, ya sea en astrología, sueños, profecías, juicios divinos y cosas por el estilo. Los hombres que se deleitan con estas vanidades se fijan en los eventos cuando se cumplen, pero cuando fracasan, lo cual pasa mucho más a menudo, los niegan y se olvidan de ellos.

Aunque Bacon se fijaba sobre todo en lo que llamaríamos “pseudociencias”, hoy sabemos que el problema también afecta masivamente a la ciencia convencional, no sólo a anécdotas culturales como la parapsicología. En el mismo trabajo, Nickerson pone abundantes ejemplos procedentes de la historia de la ciencia que de hecho desmienten firmemente la sugerencia de Carroll. En Wikipedia (tranquilos, sigue siendo más fiable que otras enciclopedias) encontramos una síntesis interesante: “En el contexto de la investigación científica, los sesgos de confirmación pueden apoyar teorías y programas de investigación en frente de evidencias inadecuadas o incluso contradictorias”.

También sabemos que los científicos de hecho engañan de forma estadísticamente predecible y que tienen, como la mayoría de los seres humanos, una visión exageradamente optimista de sí mismos y de su moralidad. Daniele Fanelli, de la universidad de Edinburgo, publicó en 2009 en PLoS el primer meta-análisis (Vía) sobre las encuestas que intentan medir cuánto engañan los científicos. Basándose en datos procedentes de 18 de estas encuestas, concluyó que el 2% de los científicos admitía haber cometido alguna mala conducta científica (como invenciones, falsificación o “cocinado” de datos, excluyendo plagio). Además, el 14% de los científicos afirmaba conocer a colegas responsables de malas conductas científicas (y el 72% conocía también prácticas cuestionables de otros).

Fanelli también ha publicado recientemente un trabajo poco amable con la metodología y las prácticas de las ciencias sociales, mostrando que los científicos sociales de hecho están mucho más dispuestos y encuentran muchas más facilidades institucionales para publicar resultados que confirman sus hipótesis.

Aunque a veces es irresistible para los medios presentar una imagen negativa de la ciencia basada en este tipo de trabajos, de hecho son muy importantes para comprender cómo funcionan realmente los procedimientos de la ciencia y hasta qué punto los mismos científicos son predeciblemente irracionales como el resto de los mortales. Los fraudes científicos (la divulgación también está afectada) no son simplemente “unas pocas manzanas podridas”, y la imagen popular de una autocomplaciente “ciencia prístina”, como la bautiza Fanelli, necesita enfrentarse con las evidencias y con una visión mucho más realista.

Referencias:

Fanelli D. (2009) How many scientists fabricate and falsify research? A systematic review and meta-analysis of survey data. PloS one, 4(5). PMID: 19478950

Fanelli D. (2010) “Positive” results increase down the Hierarchy of the Sciences. PloS one, 5(4). PMID: 20383332

Nickerson, Raymond S. (1998) Confirmation bias: A ubiquitous phenomenon in many guises. Review of General Psychology, 2(2), 175-220. DOI: 10.1037//1089-2680.2.2.175

Las aversiones sexuales y los juicios morales a la luz del sexo entre hermanos

Publicado por el 8 ago, 2012 en Tercera Cultura | 17 comentarios

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Las aversiones sexuales y los juicios morales  a la luz del sexo entre hermanosEste mes de julio pasado, Debra Lieberman y Adam Smith de la Universidad de Miami publicaron un estudio en la revista APS Psychological science en el que se discuten las señales de parentesco que regulan las aversiones sexuales entre hermanos y los trabajos recientes que sugieren que la intensidad de las aversiones sexuales dirigidas a los hermanos moldean las actitudes morales hacia los demás. Tomado todo junto, la investigación sobre  la evitación entre familiares puede dar base a planteamientos fundamentales referidos al desarrollo y a la elección de pareja, a la vez que a la moralidad y a la política social.

El tema de la aversión incestuosa ofrece una rendija única y extraordinaria a cómo la selección natural ha dado forma a la psicología humana moderna y cómo nuestra herencia biológica puede moldear nuestros puntos de vista morales.

El incesto es “malo” básicamente porque la posibilidad de trasmitir genes perjudiciales a la descendencia se amplia si se producen hijos entre parientes nucleares. Por ejemplo, según dice el estudio se ha encontrado que el porcentaje de mortalidad de niños y de recién nacidos hijos de primos hermanos es un 4.4% más alto que entre padres no parientes. Eso es muchísimo en términos evolutivos.

Pero, ¿cómo se plasma eso en una aversión sexual? Hay distintos mecanismos. Uno de los más estudiados e importantes es el que se desarrolla entre niños que han sido criados juntos desde la primera infancia, sean o no sean hermanos o parientes. Si no existen esas señales de infancia compartida, no se desarrolla el disgusto que origina la aversión. Es más, los hermanos (en este artículo no se habla de eso, pero también entre padres e hijos) que no se conocieron en la infancia y se reúnen en la madurez sexual pueden encontrarse más atractivos que otros hombres y mujeres no emparentados debido precisamente a los puntos de similitud que actúan a su favor como el aspecto físico, las preferencias y tendencias generales etc. Las mismas “pistas”, por cierto, que hacen atractivos a los del propio grupo.

La conclusión de esos investigadores es que las señales de parentesco que predicen la aversión sexual hacia los propios hermanos también predicen la intensidad de los juicios morales que tienen que ver con el incesto en general.  Estos resultados sugieren que las adaptaciones psicológicas que motivan las decisiones sexuales personales colorean los juicios morales sobre la conducta sexual de los demás.

TGB para Tercera Cultura.

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