23 Julio, 2017

Razón y emoción en política

El pasado 27 de junio una espaciosa sala del parlamento europeo auspició un evento conjunto de dos iniciativas preocupadas por traer más cultura científica a la sociedad y la política: la serie de conferencias y publicaciones EUROMIND, coordinada por la eurodiputada Teresa Giménez Barbat, y la asociación cultural catalana CLAC (Centro libre. Arte y cultura), representada en Bruselas por Miriam Tey.

Para hablar de “razón y emoción en política” el evento contó con un panel de expertos formado por el catedrático de psicología clínica de la Universidad del País Vasco Enrique Echeburua, y con la experta en comunicación política Sophie Lecheler, moderados y presentados por el director del instituto de neurociencias de la universidad autónoma de Barcelona, Ignacio Morgado.

Aunque el tema del panel es tan antiguo como la política, ahora contamos con herramientas nuevas para abordarlo e intentar conjugar dos aspectos aparentemente mal avenidos como ciencia y política.

© European Union 2017

¿Es posible separar razón y emoción?

Ignacio Morado ofreció en la introducción una síntesis sobre la ciencia de las emociones en su relación con la razón.

De entrada, emoción y sentimientos no son lo mismo. Las emociones son una “revolución interior”, un asunto de las vísceras. El sentimiento, por el contrario, necesita de la percepción consciente. Para decirlo a la manera de Antonio Damasio, la emoción es una banda de música, y cada una de nuestras vísceras son un músico. Cada melodía es percibida por el cerebro como un “sentimiento” diferenciado.

Una segunda distinción media entre sentimiento y razón, difíciles de separar nítidamente a escala neuroanatómica, debido a que las partes del cerebro especializadas en emoción y razón interactúan corrientemente entre sí: ”el sistema límbico y la corteza prefrontal se necesitan”. Pero la razón representa una capa evolutiva más reciente, en cierto modo, más débil que las emociones y en consecuencia más difíciles de controlar: “El gran problema de la razón es que necesita tiempo para funcionar”.

Hay un equilibrio delicado entre el cerebro emocional y racional, y esto puede dar lugar a consecuencias políticas de distinto signo; como ilustraron las dos intervenciones posteriores.

Los fanáticos no son psicópatas

© European Union 2017

Enrique Echeburua, experto en violencia y agresión, intervino a continuación para analizar uno de los aspectos más negativos de las emociones políticas: la personalidad fanática.

Algunas características de esta personalidad son la deshumanización del adversario, la percepción sesgada de la realidad y formación de “ideas sobrevaloradas” y la intolerancia a la incertidumbre.

Los fanáticos no son simples “idealistas”, ni tampoco psicópatas. A diferencia de estos, los fanáticos son capaces de desarrollar vínculos afectivos, aunque a menudo circunscrito a su microgrupo de pertenencia.

Parecen existir, por otra parte, algunos rasgos de personalidad que predisponen el desarrollo del fanatismo; los más frecuentes son inmadurez emocional, impulsividad y rasgos paranoides. Estos factores de base explican que muchas personas fanáticas simplemente salten de un fanatismo a otro: “Es más fácil pasar de un dogmatismo a otro que del dogmatismo a la tolerancia”.

Echeburua resumió al final las principales recetas para prevenir una personalidad fanática: una educación que enseñe mayor tolerancia hacia la ambigüedad, reforzamiento familiar y fortalecimiento de la cultura democrática y de diálogo para hacer frente a los conflictos.

El poder de las emociones políticas positivas

Sophie Lecheler, ahora profesora de ciencia de la comunicación en la universidad de Viena, descendió hasta un área más específica de las emociones políticas: el poder de las emociones positivas en las noticias y la comunicación política.

© European Union 2017

Según Lecheler, las ciencias sociales están experimentando un “giro afectivo” en los últimos tiempos que muestra un nuevo interés por el estudio de las emociones –negativas y positivas– en el proceso del poder político. Este nuevo paradigma cuestiona supuestos previos comúnmente aceptados, según los cuales las emociones políticas se oponen a la racionalidad e impiden que se tomen buenas decisiones –ideas que por otra parte no armonizan con los principales hallazgos de la neurociencia cognitiva, tal como se explicó al inicio.

El poder de las emociones negativas en la comunicación política y mediática descansa en parte en lo que llaman “sesgo de negatividad”, según la cual tendemos a prestar más atención a las noticias negativas. Pero ahora sabemos, en parte gracias a estudios experimentales, que las emociones positivas también producen efectos medibles, tanto en los medios como en la política: lo evidencia el éxito de campañas políticas de tono positivo (Obama, Trudeau) y de noticias políticas que explotan un “sesgo de positividad” que –si bien no tan fuerte como la negatividad– también existe. En otro lugar, Lecheler ha sugerido emplear este enfoque emocional positivo para influir en una percepción más equilibrada y generosa de los procesos de integración europea: un optimismo racional para la comunicación política.

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