12 diciembre, 2017

Adolf Tobeña: Desiguales

Fuente: euromind.

Algunas palabras destacadas encierran y difunden un mito, al tiempo que acarrean un gran potencial de confusión. “Igualdad” es una de ellas. Su pedigrí y estatus en la escala de los valores políticos es incontestable, sobre todo desde que los ilustrados la elevaron a la Trinidad de los principios republicanos, como uno de los garantes insoslayables del ejercicio de la plena ciudadanía. La igualdad social dibuja y prefigura una meta moral de perfección. Un apetecible y prístino horizonte de reparto equitativo y adecuadamente distribuido de atributos, bienes, roles, servicios y costes para todo el mundo, en cualquier circunstancia y condición, y en todos y cada uno de los rincones del planeta. No debe extrañar, por consiguiente, que la mayoría de los idearios que compiten en el mercado de las promesas de la buena gobernanza,  enarbolen la igualdad como enseña preferente.

El problema recurrente con la igualdad es que ofrece una insospechada y tozuda  resistencia a dejarse conquistar. Sea cual fuere la ruta ideológica de aproximación o el procedimiento normativo, económico o tecnológico de asedio siempre consigue escabullirse. Y no es infrecuente que algunas de las bienintencionadas sendas de acceso y conquista acaben generando unas cotas enormes de desigualdad, con  ostentosas y sangrantes disparidades. Son unos empeños que reiteran sus ilusionados viajes al fracaso demoledor con tanta asiduidad que, de no ser por el infinito y renovable poso de fe y esperanza que anida en las almas humanas, debieran catalogarse como espectáculos obscenos.

En los conflictos sobre hiatos de género la confusión y la desorientación que promueve el objetivo  de la igualdad a toda costa, ha tenido y tiene unos efectos particularmente ofuscadores. Y resulta muy curioso que eso ocurra alrededor de una de las fronteras más nítidas de diferenciación, el sexo, que  proporcionan los especímenes humanos, si se practica el necesario ejercicio mental de contemplarlos con alguna distancia y usando periscopios objetivos. En realidad, la reproducción sexual es un mecanismo inventado por la naturaleza para generar variabilidad de manera incesante e inclemente. Cada recombinación no clónica supone una aportación genuina a la diversidad. Y con cada nuevo germen o matiz de diversidad se abona el inabarcable predio de las posibles desigualdades siempre presto a la expansión multiplicativa.

Los rasgos diferenciadores en torno al hiato hembras-machos, en humanos, conforman un  intrincadísimo universo de disparidades biológicas que los frentes de investigación más desinhibidos, descocados e imaginativos van desbrozando con tino y buen ritmo[1]. Aunque los avances son espléndidos, con desbroces fructíferos de muchos resortes y sistemas fisiológicos distintivos, hay zonas muy aparentes de esa brecha femenino-masculina donde el conocimiento acumulado sigue siendo francamente pobre. La impactante longevidad diferencial es uno de ellos.

Las diferencias sexuales en longevidad constituyen una de las características más robustas y distintivas de la biología humana. En comparación con los datos de otras especies, los hallazgos sobre diferencias en longevidad entre los sexos humanos son abundantísimos y todos ellos van en la misma dirección: las mujeres gozan de una sólida y notoria ventaja en longevidad – entre cinco y siete años de vida, en promedio -, en todos los lugares del mundo. Existen datos para prácticamente todas las sociedades del planeta y aunque no todos ellos tienen el mismo grado de detalle, continuidad y fiabilidad, el hallazgo crucial es un firme predominio femenino en todas las medidas de durabilidad y de resistencia ante las adversidades[2]. Cuando los registros de datos son consistentes, a lo largo de centurias, se ha podido contrastar esa ventaja femenina en todas las franjas de edad (véase Figura 1, Austad and Fisher, 2016), y se ha constatado que la primacía en durabilidad es ya detectable alrededor del nacimiento y que se mantiene a lo largo de toda la vida. Se acentúa mucho más, todavía, en las etapas avanzadas y postreras: más del  90% de los supercentenarios, un segmento en aumento en todas las sociedades ricas, son mujeres.

Pero esa chocante ventaja en durabilidad y resiliencia femenina no es únicamente global. Las mujeres resisten mejor, en bajas comparativas, ante casi todas las causas principales de muerte. Esa mayor fortaleza se pone de manifiesto en unas cifras de resistencia acentuada ante las dolencias más letales[3]. En las 15 primeras causa de muerte en USA (véase Tabla; Xu et al, 2016) las mujeres salen mejor paradas en trece de ellas. Dos excepciones: no hay sesgo sexual apreciable en los ictus cerebrales y tan sólo en las bajas por demencia de Alzheimer, ellas acarrean mucho mayor riesgo.

No se han podido desvelar, en detalle, los mecanismos moleculares y celulares que confieren esa notoria ventaja en durabilidad y resistencia a las mujeres. Las sospechas más fundadas se dirigen hacia posibles influencias hormonales tempranas y diferenciales (estrógenos vs. andrógenos), que incidirían en una respuesta inflamatoria o  inmunológica más o menos eficiente, así como en una atenuación de la toxicidad del estrés oxidativo durante el trabajo metabólico ordinario. Pero los datos que puedan llegar a sustentar esas conjeturas son escasos y muy incipientes todavía. Se trata, sin embargo, de un campo de indagación con una gran relevancia ya que podría alumbrar  modos de funcionamiento de engranajes que median un hiato resistencial ante la letalidad, con diferencias considerables entre ambos sexos. Engranajes y mecanismos que de ser conocidos con precisión y suficiente seguridad, podrían permitir la introducción de avances correctivos para todo el mundo.

Cabe esperar que los litigios políticos por la “igualdad”, en los disputados y acalorados debates sobre hiatos sociales de género, no ignoren ni marginen una investigación cada vez más rica y fructífera sobre las diversidades existentes en las frondosas brechas biológicas entre los sexos humanos. Porque en medio de la polvareda y la efervescencia del combate político,  a menudo se da la circunstancia de que en aras de una estimulante y deseable paridad o equidad social se tiende a difuminar u ocultar, por error doctrinal grave, unas provechosas desigualdades que no van a cesar.

1. Cahill L (2006) Why sex matters for neuroscience, Nature Reviews Neuroscience, 7, 6, 477-484;

Pfaff DA (2011) Man and woman: an inside story, New York: Oxford University Press.

2. Austad SN and Fisher KE (2016) Sex differences in lifespan, Cell Metabolism, 23, 1022-1033.

3.  Xu J, Murphy SL, Kochanek KD and Bastian BA (2016) Deaths: final data for 2013, National Vital Statistics, Report 64, 1-119.

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4 Comments

  1. Alberto Esparcia

    La expresión “igualdad” en términos políticos es muy engañosa. Contemplo la “igualdad ante la ley”, que es una prolongación laica de la “igualdad en dignidad, “a los ojos de Dios, propio de la Religión (en particular a cristiana).

  2. Athini Glaucopis

    El hecho de que en todas las culturas la esperanza de vida de los varones sea menor que la de las mujeres, podría no responder a un hecho biológico propiamente dicho, sino ser una consecuencia de esa organización social llamada “patriarcado”, que resulta estar en absolutamente todas las sociedades conocidas (pese a lo que de vez en cuando digan los periódicos, no hay ni un sólo caso de matriarcado realmente documentado). ¿Cómo podríamos diferenciar aquí lo que hay de social y lo que hay de biólogico? Un equipo de investigación alemán ha documentado un hecho que podría dar la respuesta: la esperanza de vida de los monjes es muy similar a la de las monjas.

  3. Athini Glaucopis

    Como les decía en mi mensaje anterior, un equipo de investigación alemán estudia en detalle la longevidad de los religiosos y las religiosas (que llevan géneros de vida muy similar) con el fin de echar luz sobre la cuestión de si la diferencia de longevidad entre hombres y mujeres se debe a factores biológicos o a factores sociales. La página electrónica del equipo de investigación (con todo tipo de documentación al respecto) es la siguiente (está en inglés y en alemán:

    http://www.cloisterstudy.eu/index.htm

  4. Ahab

    Como bien ha indicado Alberto, la confusión semántica entre igualdad social e igualdad biológica es palmaria en este artículo. La igualdad social no dibuja una meta moral de perfección, sino que es requisito para una sociedad justa. Esta igualdad ante la ley nunca se ha correspondido en el discurso de la ilustración a una igualdad biológica, simplemente hace referencia al conjunto de derechos y responsabilidades que se poseen por el simple hecho de ser ciudadano (un tema interesante es ver la historia y evolución del concepto “ciudadano”, el cual también encierra muchos mitos).

    Creo que nadie defendería que su madre y su padre son iguales, pero poca gente estaría en contra a que cobren lo mismo por desempeñar el mismo trabajo. Eso es un ejemplo de igualdad social.

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