25 Marzo, 2017

Sissela Bok. Lo que cuestan las mentiras a largo plazo

“¿Cómo te das cuenta de que los políticos están mintiendo? Al ver que sus labios se mueven.” Frases tan sarcásticas, difundiéndose a través de YouTube y las redes sociales, nos hablan de una profunda desconfianza hacia políticos y representantes públicos: desconfianza que alimentan las acusaciones y contraacusaciones de corrupción y mentiras de los oponentes políticos. Los mismos políticos deshonestos, al convencerse de que no están haciendo nada fuera de lo corriente, sólo logran contribuir a que aumente la desconfianza incluso hacia sus colegas honestos.

Los costos a largo plazo de prácticas engañosas y corruptas entre políticos y otros en la vida pública, documentada a diario por los medios, no tienen mucho misterio. Se necesita al menos un mínimo clima de confianza si las naciones piensan hacer frente a los desafíos ambientales, económicos o humanitarios que les vienen encima de forma colectiva. Hacerse cargo de estos desafíos precisa de niveles nunca vistos de cooperación internacional y, a su vez, un mínimo de confianza mutua. Aún así, cada revelación nueva sobre prácticas documentadas o sospechosas de ser engañosas, corroen la confianza del público. Ahora mismo vemos que los gobiernos de oriente y occidente, del norte y del sur están lastrados por la desconfianza del público, y muchos son incapaces de lograr apoyos públicos incluso para las reformas más urgentes.

Los economistas describen la confianza como un frágil recurso social, un elemento indispensable en nuestro entorno social, necesario para la cooperación y un gobierno efectivo. Este recurso puede ser dañado, contaminado o incluso envenenado tanto como los recursos naturales del agua y el aire. Los mentirosos, aprovechándose de este entorno social, dependen de que haya al menos una moderada confianza para engañar, incluso cuando sus propias conductas dañan esta confianza. Se les ha comparado con los que introducen moneda falsa entre el público. Cuando más se exponen estas prácticas, más desconfianza se despierta, incluso los políticos y las organizaciones más respetables se hacen sospechosas a ojos del público.

Los cínicos fruncen el ceño, sosteniendo que lo único que se puede esperar de los políticos es que mientan: “Al ver que sus labios se mueven”. Este punto de vista presupone una definición amplia de la mentira que incluye no sólo afirmaciones orientadas a engañar a la audiencia, sino también todo tipo de engaños, errores factuales, patinazos, e incluso guiños y sonrisas hipócritas. Este punto de vista tan amplio del engaño borra todas las distinciones morales entre los más amplios conceptos del error y el engaño y el concepto más estrecho de contar mentiras. Ayuda a perpetuar un punto de vista exagerado sobre la mendacidad de los políticos. De la misma manera que la afirmación del pensador francés del siglo XVII Proudhon “toda propiedad es un robo” dificulta ver la diferencia entre robar un banco y tener ahorros en él, la idea de que los guiños y sonrisas son formas de engaño dificulta distinguir entre el libelo y el perjurio. Los periodistas y los sociólogos hablan a menudo de lo que llaman “mentiras por omisión”, es decir, engañar a través del silencio, junto con “mentiras por comisión” y lo hacen bajo una categoría general de mentiras. Esto permite hacer afirmaciones que de otro modo se considerarían descabelladas sobre las incontables mentiras contadas cada día por una persona media. Otros ampliarían esta categoría de mentira para incluir las metáforas, observaciones irónicas, bromas y obras de ficción.

Si en lugar de esto nos preguntamos sobre las genuinas mentiras en política, ¿podemos saber si hoy son más comunes que en el pasado? No necesariamente. Es seguro que van a venir muchas más mentiras, transmitidas por los medios de comunicación. Sin embargo, no importa lo mendaces que fueran los políticos en tiempos anteriores, el público no podía, como ahora, observarles cómo miran fijamente a una cámara de TV mientras están contando lo que resultan ser mentiras.

Han surgido profesiones totalmente nuevas con el propósito expreso de alterar la percepción pública por medio de toda forma de retórica, persuasión y a veces engaño. Se trata de especialistas en desinformación, propaganda, relaciones públicas, spin control, trucos sucios, acusaciones falsas, e incluso astutos asesores que rechazan que las mentiras descaradas sean eficaces engañando o confundiendo al público mediante estadísticas erróneas, citas parciales, eufemismos, o énfasis fuera de lugar. Por supuesto todos estos profesionales tienen sus precursores en tiempos pasados, pero ahora son más numerosos y tienen acceso a nuevas tecnologías como Internet y las redes sociales. En la era de globalización y de Internet, cualquier fuente puede enviar mensajes falsos a millones de receptores.

Con todo, hay mucho más engaño en circulación, y en consecuencia, sí, los medios se hacen eco de muchos de estos ejemplos de mentiras de modos completamente nuevos, alcanzando a muchísima más gente. Aunque políticamente no necesariamente se está mintiendo más, a los receptores, oyentes y espectadores les llegan muchas más mentiras. Soy siempre escéptica con las afirmaciones según las cuales, década tras década, hay muchas más mentiras que nunca en la política. Hace cuarenta años trabajaba en mi libro Lying: Moral Choice in Public Life in the aftermath of Vietnam and Watergate (Mintiendo: Elecciones morales en la vida pública tras las secuelas de Vietnam y el Watergate). Me resulta difícil imaginar que los entramados del engaño y el secreto de esos tiempos hayan sido superados. Los conflictos subyacentes sobre la mentira y la sinceridad no han variado, y tampoco los desafíos morales que suponen para los políticos y para cualquiera, acerca del tipo de personas que quisiéramos ser, y el tipo de vidas que nos gustaría llevar. Pero aunque la mentira por parte de los políticos y otras figuras de la vida pública no es algo nuevo, estos nuevos contextos les ofrecen un campo mucho mayor. Como resultado, muchas más personas que antes se sienten engañadas y traicionadas, y desarrollan estrategias protectoras de desconfianza y escepticismo.

Pocas veces las consecuencias de las mentiras de los políticos son tan desastrosas como cuando conducen ciudadanos a la guerra. La carga que los representantes públicos imponen en los ciudadanos al apoyar la guerra, sobre la base de información errónea y un pobre juicio ya es muy grande; pero es aún mayor si recurren deliberadamente a mentiras y otras formas de engaño a la hora de presentar razones para ir a la guerra, o exagerar su necesidad. Como dijo Thomas Jefferson, insistiendo en que los ciudadanos tienen todo el derecho a tener una información completa sobre la posibilidad de una guerra: “Es su sudor el que se precisa a expensas de la guerra, y es su sangre la que ha de fluir para expiar sus causas”.

Una vez que entendemos la confianza como el recurso social frágil que es, entonces surgen las mismas preguntas tanto para políticos como para cualquier de nosotros: ¿En qué medida nuestros actos debilitan o ayudan a restaurar ese recurso social de al menos una cantidad mínima de confianza precisa para mantener en funcionamiento toda sociedad? ¿Cómo podemos evitar ser aprovecharnos que dañan el entorno? ¿Qué podemos hacer para ayudar a variar este equilibrio? ¿Y qué puede hacer un individuo, una compañía o un gobierno para ofrecer liderazgo al respecto?

Aunque puede que haya un cambio, en algunos cuarteles, hacia una mayor tolerancia por el engaño, e incluso una abierta defensa de la mentira, también hay fuerzas nuevas movilizándose para contrarrestar estas prácticas engañosas: prácticas fuertes y a veces innovadoras de contravigilancia que subrayan la búsqueda de la verdad y la necesidad de sinceridad, incluyendo las posibilidades que ofrecen los nuevos medios. Comisiones para la verdad en países como Sudáfrica, El Salvador y Guatemala vienen trabajando para poner fin a décadas de secretismo y engaño con respecto a prácticas de tortura, masacres, desapariciones y otros abusos. Así como las nuevas tecnologías han revolucionado el potencial para el engaño y el secretismo entre los seres humanos, también han abierto la puertas a formas innovadoras de investigar estas prácticas y buscar una mayor rendición de cuentas.

Las mentiras políticas siegan las raíces mismas de la democracia. En la medida en que los ciudadanos no pueden confiar en lo que dicen los representantes públicos y los candidatos, son desposeídos, carentes de la información fiable necesaria para votar o para decidir políticas públicas sobre, por ejemplo, inmigración, impuestos o intervenciones militares. Tal como escribió James Madison, “un gobierno popular, sin información popular, o sin los medios de adquirirla, no es sino un prólogo a una farsa o una tragedia; tal vez las dos.”


sisselabokSissela Bok

Filósofa

Autora de Lying: Moral Choice in Public and Private Life


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