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Publicado por el 7 may, 2012 en Divulgación Científica, Tercera Cultura | 0 comentarios

¿Existe algo así como un “espejismo racionalista”?

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Jonathan Haidt es un profesor de psicología en la universidad de Virginia que ha publicado recientemente un interesante libro sobre razonamiento moral y político, The righteous mind. Why good people are divided by politics. En Tercera Cultura hemos traducido un artículo sobre su trabajo.

Uno de los capítulos de este libro trata sobre lo que su autor llama “el espejismo racionalista” (the rationalist delusion), que parece casi una “ecolalia en espejo” del título de uno de los libros más conocidos de Richard Dawkins: El espejismo de Dios. Haidt define este presunto espejismo como “la idea de que el razonamiento es nuestro más noble atributo, capaz de hacernos como dioses (para Platón) o de llevarnos más allá del “espejismo” de creer en dioses (para los nuevos ateos)”. Por añadidura, este “espejismo” no es sólo una afirmación sobre la naturaleza humana, también es algo más serio: es la afirmación de que “la casta racional (filósofos o científicos) deberían tener más poder, lo que normalmente está unido con un programa utópico para educar a niños más racionales”.

Basándose en su modelo “intuicionista”, de acuerdo con el cual la razón humana es un recurso estratégico subordinado la mayor parte del tiempo a las intuiciones y los sentimientos morales, Haidt juzga que el racionalismo viene a ser un “espejismo cognitivo”. “Cualquiera que valore la verdad debería dejar de adorar a la razón”, sentencia el psicólogo de Virginia.

Haidt cita en su apoyo el trabajo del filósofo moral Eric Schwitzgebel, que aparentemente apoya una visión escéptica sobre el comportamiento de los especialistas morales, y también el trabajo de dos científicos cognitivos franceses, Hugo Mercier y Dan Sperber, cuya nueva teoría de la argumentación, aparentemente, también arroja dudas sobre el papel público del razonamiento: “los argumentos sofisticados no persiguen la verdad sino otros argumentos que apoyen sus propios puntos de vista”. Por desgracia Haidt no pasa de presentar estos grandes titulares y declaraciones para la prensa y finalmente viene a proponernos que desconfiemos del razonamiento individual y pasemos a razonar en el contexto de grupos ideológicamente más extensos.

En realidad, este fragmento tan decepcionante del libro, que confunde sistemáticamente conceptos técnicos (“racionalismo” como distinto de “empirismo”) y conceptos culturales (el “racionalismo” de los “nuevos ateos”) sólo se entiende como parte de una “guerra cultural” en la que Haidt toma partido por un bando histórico: la ilustración moderada.

"Une soiree chez Madame Geoffrin" ("Una velada en casa de Madame Geoffrin"), por Anicet Gabriel Lemonniet, 1812

Como muestra Philipp Blom en su espléndido libro sobre la “gente peligrosa” de la Ilustración europea, siempre ha habido una intensa discusión entre moderados y radicales, “acomodacionistas” y partidarios del conflicto. Voltaire (“El ateo es un monstruo toda la vida”) y Rousseau (el ateísmo es “demasiado violento para el espíritu humano”) representaban en su tiempo posiciones deistas moderadas que reprochaban en términos muy fuertes el radicalismo peligroso reunido en el “salón de Holbach”, en el que se citaban algunos de los pensadores y científicos más audaces: Diderot, Helvetius o el propio Holbach. Los ilustrados radicales eran, por otra parte, perfectamente conscientes del importante papel de las emociones, tanto en tiempos de Hume (que estaba más cerca de los radicales, de hecho) como hoy mismo, por lo que la etiqueta “espejismo racionalista” no pasa de ser una descripción propagandística. En cualquier caso -y en esto lleva razón Haidt- no se trata sólo de una discusión entre modelos teóricos, puramente científicos, sino entre diferentes intereses y visiones del mundo sostenidas por viejos rivales, desde el corazón mismo de la Ilustración occidental.

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