22 octubre, 2017

EL QUIJOTE Y EL MILLÓN DE MONOS

Autor: Fernando Peregrín

EL QUIJOTE Y EL MILLÓN DE MONOSUna búsqueda rápida mediante Google permite saber que el Quijote tiene un total de 378.591 palabras. La media de caracteres por palabra es, muy aproximadamente, de 4,274. Por lo tanto, estas palabras suman un total de 1.618.098 caracteres. Entre palabra y palabra hay que poner un espacio en blanco, lo que significa añadir a esta suma otros 378.591 caracteres. En total, 1.996.689 caracteres. Un examen por encima del texto, nos indica que los signos de puntuación (punto, coma, punto y coma, signos de interrogación y de exclamación, etcétera) tienen una frecuencia media aproximada de uno por cada 10 palabras, conque habrá que sumar otros 37.859 caracteres. Podemos calcular, pues, con pequeño margen de error, que el Quijote contiene 2.034.548 caracteres en total.

En números redondos, tenemos unos 80 caracteres distintos, ya que se deben considerar distintas las letras mayúsculas y las minúsculas así como las vocales con tilde y sin ella (se han incluido 16 signos de puntuación, aunque no estoy seguro de que se utilicen todos en el Quijote).

Con esos 80 caracteres distintos, ¿cuantos textos con un total de 2.034.548 caracteres se pueden hacer? Teniendo en cuenta que se pueden repetir, resulta un total de 80^2.034.548, (80 elevado a 2.034.548) o lo que es lo mismo, el número que se obtenga multiplicando 80 por sí mismo 2.034.548 veces.

Vayamos con los monos y las máquinas de escribir. Supongamos que cada mono dispone de un teclado con esos mismos 80 caracteres distintos, uno por tecla, y que, de media, pulsan 60 teclas por minuto (por poner una cifra redonda y plausible, dentro de lo que cabe, claro está). En un año de 365 días (nos olvidamos de bisiestos, por irrelevantes en este cuento de cuentas de la vieja), tecleando sin parar, los monos habrán tecleado 3,1536×10^11 caracteres.

Unos cálculos logarítmicos sencillos nos indican que el número mínimo de años necesario para disponer de todos los distintos textos posibles con el mismo número de caracteres que el Quijote — lo que nos aseguraría que los monos, en plan “pool de mecanógrafos”, han escrito un texto idéntico al Quijote — es de 10^3.871.917, es decir, un 1 seguido de 3.871.917 ceros.

Para hacernos una idea, la edad del universo es de unos 13.600.000.000 años, o sea, 1,36×10^10.

Siendo grande, enorme, impensable, la cifra 10^3.871.917 no es, ciertamente, infinita. Por lo que el dicho del millón (o de cualquier otra cantidad finita) de monos y el Quijote es cierto, siempre y cuando les pongamos a teclear “un número suficiente de años”.

Claro que para un cálculo más preciso habría que tener en cuenta la probabilidad de que tras teclear 80^2.034.548 caracteres, y habiendo resultado el Quijote, éste no tuviese una copia exacta en los (80^2.034.548/2034.548-1) textos de la misma longitud del Quijote que resultan de todo este ejercicio de mecanografía simiesca.

Estas cifras tan impensables pueden llevar al creyente a postular, mediante un salto en el vacío – y sin red salvavidas – el “diseño inteligente”, y por tanto, la existencia de Dios. Pero esto conlleva otro ejercicio de imaginación mental. Y es el de la eternidad. Porque creer en Dios, según prácticamente todas las escatologías, lleva a creer en la vida eterna tras la muerte y la resurrección (o la reencarnación, o la ascensión kármica, o lo que se tercie). Y cuando pensamos en la monstruosidad que son esos 10^3.871.917 años, y que, cuando hayan pasado todos, uno tras otro, la eternidad no siquiera habrá comenzado, uno llega a pensar que, en efecto, lo de la eternidad es una broma pesada y de muy mal gusto y que mejor que no sea más que un cuento, una leyenda. Los creyentes dicen, ante esto, que el tiempo, en la eternidad de la otra vida, no discurre; entonces, habrá que responder que eso no es tiempo, sino la nada más absoluta, y que es una respuesta paradójica, pues las escatologías de las religiones se basan, como ya se ha dicho, en otra vida tras de esta, esa vida que nunca termina. Una eternidad sin tiempo es una eternidad de segunda. Algo que difícilmente cuadra con eso de la “vida eterna”.

Hay versiones de la eternidad más apetecibles, en principio. Leí un ejemplo en un libro que me regalaron para hacer de mí un “born-again-Christian”: decía el autor, un teólogo evangélico, que me imaginara el momento, el instante más feliz y placentero de mi vida. Y que ese momento durase para siempre. Me puse a pensar. Elegí el clímax de un orgasmo de muerte, de esos que no se olvidan jamás – y, en mi caso, no sé bien por qué es así, que conste – y que le marcan a uno de por vida. Y me imaginé que duraba ese instante de placer y felicidad inenarrable un millón de años. Luego que duraba 13.600 millones de años. Esta noche pienso que durase 10^3.871.917 años y que aún no habría empezado a saborear ese orgasmo de muerte pues aún no habría comenzado la eternidad, y, literalmente, me muero del susto. Porque eso no es un orgasmo ni la experiencia mística sublimemente placentera, beatífica y maravillosamente deliciosa que dicen que es la de contemplar a Dios cara a cara: eso es una faena, por no decir una obscenidad.

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3 Comments

  1. Carlos Sánchez

    Ciertamente los números muy grandes, hacen que pensemos en conceptos como infinito, eternidad y en “para siempre”.

    Es curioso como todas las religiones de mayor éxito o al menos, todas las que derivan del judaísmo (cristianismo e islam), plantean una “vida eterna” para sus fieles que sea cumplidores de sus dogmas y reglas.

    Resulta obvio que el mensaje sea: cumplimiento de determinados protocolos sociales (aunque también espirituales), la “nueva vida” sería una “estupenda vida” y que duraría además, mucho tiempo, concretamente “por siempre”. Pocos seguidores se obtendría si se ofreciera menos que eso y además, la alternativa siempre suele ser una existencia “más o menos eterna” pasándolo realmente mal o peor aun que en la vida “real”.

    Pero el término de “eternidad” es una falacia entonces y ahora.

    Me explico, pensemos que hoy en día, concebir los números realmente grandes es una tarea ardua para cualquier intelecto medianamente instruido (basta con concebir mentalmente una maqueta física y a escala, simplemente de nuestro sistema solar,… y de ahí para arriba), ¿qué dificultades no tendría un individuo medio del siglo VIII a.C.?

    Vidas cortas y difíciles (salvo que uno quiera creer las estimaciones numéricas de la biblia para según que individuo) para la mayoría y algo más largas y cómodas para los privilegiados, así que es fácil “comprar” un concepto de “buena vida” en el más allá; con más rebaños, menos trabajo y durante más tiempo,…¿cuanto más tiempo?,…!una eternidad!

    Intuyo que para aquellas personas, una eternidad era un periodo bastante finito y mesuráble,…por ejemplo, 2, 3 ó 4,… veces más tiempo que el más anciano que uno pudiera conocer y en cuanto a la “buena vida”… en fín: “ríos de leche y miel” es decir, garantía de alimentos deliciosos y obtenidos sin esfuerzo.

    Hoy ya nadie compra un concepto de “vida eterna” pringado en leche y miel,…lo del orgasmo es una idea, pero caray, todo cansa y además, lo bueno de un orgasmo es poder repetirlo, no quedarte en suspensión latente ad infinitum.

  2. Uranio enriquecido

    Antes de escribir una entrada sobre un tema en un blog con pretensiones, conviene ilustrarse un poco.

    Conozco una lectura muy adecuada para introducirse en el tema: “Historia de la eternidad”, de Jorge Luis Borges. Es breve, esclarecedora, escéptica y elegante. Está en Alianza Editorial, y también se puede descargar aquí.

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